Mostrando entradas con la etiqueta teoría Out-of-Africa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta teoría Out-of-Africa. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de julio de 2018

Se sigue buscando el origen del hombre (sin mucho acierto)


Suelo estar atento a las últimas novedades de la arqueología y la paleoantropología, a ver si desde el mundo académico me sorprenden con un nuevo enfoque científico o con investigaciones reveladoras, pero visto lo visto me reafirmo en lo que escribí hace no mucho: que el paradigma –que sigue en sus trece evolucionistas– hace aguas, se hunde en el Pacífico (y otros lugares) y continúa dando tumbos en cuanto al controvertido origen del hombre. Ahora mismo, según una información difundida por muchos medios de comunicación, un equipo internacional de 22 científicos liderado por la arqueóloga Eleanor Scerri, de la Universidad de Oxford, después de poner en orden las piezas disponibles sobre el origen del hombre moderno, ha llegado a la conclusión de que la vieja teoría de un único lugar de origen del ser humano ya no se sostiene. Recordemos que durante un siglo el paradigma ha defendido una cierta evolución en los primates en regiones concretas de África que habría dado paso al proceso de hominización en el citado continente, y que de allí el hombre habría saltado al resto de masas continentales; esto es lo que popularmente se ha llamado la teoría “Out-of-Africa”.

Según Eleanor Scerri, hemos de empezar a cambiar el chip. A partir de las pruebas (fósiles, artefactos, genética), el equipo en cuestión considera que más bien estamos ante un mosaico de orígenes del ser humano moderno (esto es, el H. sapiens), si bien todos ellos estarían en África, con lo cual no se violenta del todo el sacrosanto axioma del “Out-of-Africa”. Eso sí, en un arrebato de humildad, Scerri admite que la idea de un único origen del ser humano había calado en la mente de las personas, pero que tal vez la manera en que se había planteado era “demasiado simplista”. En fin, Sra. Scerri, recuerde que casi todos los mortales realizan un acto de fe con los científicos y se creen todo lo que les digan, aunque luego se demuestre que era una total estupidez. Fueron los científicos quienes crearon y desarrollaron la teoría evolucionista y luego la visión Out-of-Africa, y vendieron –y siguen vendiendo– dichos postulados como verdades demostradas, mientras enviaban al creacionismo al indeseable cajón de las creencias.

Esquema espacial y cronológico de la teoría Out-of-Africa
Pero vayamos al grano. Dado que los últimos hallazgos arqueológicos han delatado la presencia de humanos anatómicamente modernos en regiones africanas tan dispares como Etiopía, Sudáfrica y Marruecos, no ha quedado otro remedio que decir: “Bueno, sí, había humanos en todos esos sitios, y además en épocas muy antiguas”[1]. Y para complicar un poco más cosas, muy recientemente se halló una mandíbula de sapiens en Israel, con una antigüedad de unos 200.000 años. Ahora bien, puestos a arreglar este entuerto, se nos dice que esas comunidades africanas “pre-sapiens” –por llamarlas de alguna manera– vivían, en efecto, por todo el continente y que pasaron largos periodos de hibridación e intercambios culturales entre ellas para dar forma finalmente al ser humano actual. Pero además se afirma que las características anatómicas más típicas del sapiens (cráneo globular, mentón, arco supraciliar suave, cara pequeña, etc.) aparecieron en distintas zonas y en distintas épocas. La cosa se complica; o sea, se propone que no hubo un único núcleo de “importantes cambios anatómicos”, sino que varios grupos experimentaron cambios paralelos y luego, con el paso de decenas o centenares de miles de años se fueron mezclando para crear un sapiens bien definido.

Para tratar de dar cobertura a esta tesis, el equipo de Scerri incide en la importancia de los cambios climáticos, que provocaron aislamientos y acercamientos entre las diversas comunidades, que a veces podían estar separadas por ríos, montañas, desiertos, selvas,  etc., pero que según se suavizaban las condiciones más duras, podían darse nuevamente las migraciones y los contactos. Esto, de algún modo, explicaría la innegable diversidad espacial y temporal que recoge el registro paleoantropológico, con ejemplares de sapiens separados por enormes distancias y muchísimos miles de años.

Reconstrucción del Homo naledi
Las conclusiones científicas de este equipo no van mucho más allá y se reconoce que posiblemente hubo una gran diversidad de especies o poblaciones humanas –mayor que la actual– entre unos 400.000 y 200.000 años, y que todas ellas habrían convivido, sólo en África, con otros homínidos parientes nuestros como el Homo heilderbergensis o el Homo naledi. A ello cabría añadir, a modo de apostilla, que cada vez está más probado que el H. sapiens convivió en otros lugares del planeta con otros homínidos como los neandertales, los floresienses, los denisovanos e incluso con poblaciones marginales de erectus. Scerri admite en este contexto que hace medio millón de años, más o menos, los neandertales y los sapiens divergieron de un ancestro común (¿cuál?) y que los cambios se fueron acumulando con el tiempo, con lo que un sapiens arcaico no tendría que parecerse demasiado a un hombre actual. De hecho, cuando se hallaron los cráneos de Jebel Irhoud (Marruecos), con una datación de poco más de 300.000 años, al principio se los tomó por algún tipo de neandertales (que, por cierto, nunca han sido identificados como tales en África).

Por lo demás, Scerri apunta con acierto a que durante décadas ha existido un afán por protagonizar grandes descubrimientos y por llevarse el gato al agua a la hora de ajustar la teoría darwinista a los hallazgos de campo. Así, no esconde que ha existido cierto divismo e incluso guerra de trincheras entre equipos de Sudáfrica y de África oriental en una especie de competición por “encontrar lo mejor” y “tener la razón”. De esta manera, no ha sido nada extraño leer en las noticias que el paleontólogo X y su equipo declaraban –a bombo y platillo– haber descubierto un cierto cráneo muy singular, tras lo cual ya se ponían la medalla de haber dado con el origen de la humanidad, o el mítico eslabón perdido. El caso reciente del Homo naledi, que despertó expectativa, cautela y desdén a partes iguales, es buena muestra de ello.

Con todas estas explicaciones, se me ocurren algunas reflexiones finales que paso a enumerar:

1.   La propia teoría “Out-of-Africa” ya hace años que se está tambaleando, porque han ido apareciendo ejemplares de homínidos extraordinariamente antiguos en distintos puntos del planeta. Las dataciones caen por su propio peso y ya no se pueden negar. A este respecto, las supuestas migraciones desde África tendrían que haber ocurrido muchísimo antes de lo que se acepta. Además, incluso desde ámbitos científicos ortodoxos se ha empezado a insinuar la existencia de largos procesos evolutivos humanos fuera de África, y que ello implicaría también al H. sapiens. El último mazazo en este campo ha sido el hallazgo de un conjunto de toscas herramientas líticas en China con una datación de nada menos que 2,1 millones de años, que se han atribuido al Homo erectus o incluso al Homo habilis (por un mero prejuicio cronológico, como ya es costumbre[2]). En fin, puestos a hablar de chauvinismo científico, desde China –o Asia en general– hace tiempo que se están mostrando pruebas muy significativas y la comunidad científica occidental sigue mirando para otro lado.

Reproducción del cráneo del "Hombre de Pekín" (H. erectus asiático)
2.  Las nuevas propuestas sobre diversas poblaciones de pre-sapiens que conformaron al sapiens tal como lo conocemos constituyen un brillante ejercicio de fantasía e incluso un sutil varapalo al darwinismo más ortodoxo. Después de décadas hablando de sustitución (“mejora”) de unas especies por otras por selección natural, de la lucha por los recursos y de la supervivencia del más apto, del papel de las mutaciones genéticas aleatorias, etc. ahora resulta que los cambios anatómicos y conductuales que condujeron al humano moderno fueron fruto del cruce y del intercambio cultural[3], aunque bien es cierto que no se presentan sólidas pruebas que respalden este postulado. ¡Bravo!

3.    De todos modos, esta posición de “diversidad” no aclara en absoluto el origen del humano moderno en términos evolutivos, según los propios axiomas darwinistas. Si los sapiens proceden supuestamente de especies “inferiores”, como el H. erectus (en África, el llamado Homo ergaster), ¿hay que suponer que había también varios grupos de homínidos primitivos que evolucionaron a la vez en distintos lugares y épocas hacia formas “modernas”? Porque la visión que plantea Scerri es que hubo un intercambio genético entre poblaciones que reconocemos como sapiens (aunque fuesen muy arcaicos). Pero, ¿quién había antes allí? ¿Con qué clase de magia aparecen procesos evolutivos propios en tres zonas tan alejadas entre sí?

4.   El concepto de que el humano moderno ya habría salido bien definido de África, tras estas supuestas hibridaciones, es un relato especulativo. Cabe recordar que miles de años más tarde nos encontramos en Europa con el hombre de Cro-Magnon, que era un individuo robusto y con una altura media que rondaba los dos metros. Sin embargo, el humano moderno parece ser una versión un poco más ligera y reducida de dicho individuo. En cualquier caso, la diversidad racial del hombre moderno en tantos lugares del mundo sigue siendo un pequeño misterio que nadie ha desvelado aún y que se mantiene en el limbo de los cambios adaptativos al entorno natural, con la consabida aportación de las mutaciones aleatorias que se aprovechan en uno u otro sentido. 

5.   La interpretación del propio registro arqueológico podría estar contaminada por el sesgo de querer ver “evolución de especies” en vez de una simple diversidad racial o morfológica, que es lo que apreciamos hoy en día en las poblaciones humanas. Por ejemplo, una chica de raza blanca nórdica se podría juntar hoy en día con un aborigen australiano y tener descendencia, y nadie los considera individuos de “especies” diferentes. En este sentido, existen evidentes diferencias anatómicas entre un neandertal y un sapiens, pero bien que se unieron y se reprodujeron entre ellos. Y parece probado que otras “especies” se cruzaron con el sapiens o bien entre ellas. Lo que está claro es que no podemos tener hibridación con ningún simio. Eso sí que es una diferencia.

Una propuesta de árbol genealógico de la Humanidad
Concluyendo, la definición de “humano moderno” y de “cadena evolutiva” (aunque hoy en día ya se prefiere hablar de un “arbusto evolutivo”) sigue en un estadio de indefinición y especulación, a la espera de nuevas ideas brillantes o de hallazgos más o menos determinantes. Entretanto, parece que el darwinismo más rancio, con sus seres inferiores y superiores y la prevalencia y supervivencia del más apto, va a la baja. (Tales conceptos ya fueron ampliamente criticados por el profesor Máximo Sandín y en nada puedo mejorar sus argumentos[4]). Esta reformulación del clásico “Out-of-Africa” apenas aporta nada significativo, salvo la constatación de que la paleoantropología, en su búsqueda del origen del hombre, sigue perdida en sus axiomas y en la confusa interpretación de las pruebas, por otra parte bastante escasas y parciales. En realidad, la patata caliente de este asunto sigue siendo el paso milagroso de seres simiescos a humanos; esto es, cómo y por qué apareció el género Homo a partir de unos supuestos cambios evolutivos en los australopitecos. Y como en la actualidad no hay forma humana de experimentar, contrastar o reproducir los procesos evolutivos mediante mutaciones genéticas que duraron supuestamente millones de años, estamos en un callejón sin salida, y cualquier cosa que nos digan los científicos será una mera conjetura revestida de alta ciencia empírica.

Y ya puestos a criticar el oportunismo de la ciencia, veo en esta historia una propaganda multicultural y multiétnica proyectada sobre el pasado, que sin duda encaja de maravilla en la corrección política imperante, pero que como ya he señalado excluye cualquier factor no-africano, y no explica la tremenda diversidad de razas de sapiens en todo el planeta ni el propio origen del hombre moderno. En todo caso, si se reconoce que en los últimos 300.000 años los restos humanos muestran una cierta diversidad o mezcla de rasgos arcaicos y modernos, nos podríamos preguntar hasta qué punto es lícito poner fronteras bien delimitadas entre las especies de homínidos y buscar relaciones de evolución entre ellas.

© Xavier Bartlett 2018


Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] También es procedente señalar que hace unas décadas, al H. sapiens no se le daba más de 100.000 años de antigüedad; luego se aceptó, por pruebas fósiles y genéticas, que los primeros humanos modernos podrían remontarse a unos 200.000 años, y recientemente los hallazgos de restos humanos en Jebel Irhoud (Marruecos) han sido datados en más de 300.000 años. Aparte, existen otras investigaciones genéticas que apuntan a que los rasgos modernos ya estaban presentes hace centenares de miles de años, antes de que se diera una cierta diversificación o bifurcación de homínidos.
[2] En todo caso, los especialistas aseguran con el mayor aplomo que los autores de esas herramientas “vinieron de África”.
[3] En un artículo de este mismo blog recojo la opinión herética de la antropóloga americana Susan Martínez, que defiende que la diversidad de especies humanas se debió a la sucesiva hibridación y no a la evolución.
[4] Véase en este blog el artículo de Sandín sobre el origen del hombre, en tres partes.

sábado, 24 de junio de 2017

Homo sapiens: perdido en el limbo científico



En un reciente artículo saqué a relucir las diversas herejías que complican en cierta manera las explicaciones evolucionistas habituales sobre el origen del hombre. Y todo parece indicar que los nuevos hallazgos e investigaciones –en lugar de aclarar más el panorama– introducen más confusión y perplejidad, pues los axiomas hasta ahora aceptados parecen cada vez más flexibles e interpretables a la vista de las pruebas objetivas. En todo caso, la ortodoxia darwinista no está por la labor de abandonar la idea de evolución por selección natural o su versión actualizada de la “síntesis evolutiva moderna”. Y desde luego, cualquier cosa que suene a diseño inteligente o creacionismo es pura religión, una afrenta a la verdadera ciencia.

Así pues, vamos a adentrarnos en la enésima vuelta de tuerca de una teoría que lucha por sobrevivir contra el propio método científico. Recordemos, a modo de introducción, que el actual consenso académico sigue defendiendo que los primeros pasos evolutivos hacia la línea Homo surgieron en África y que el propio Homo sapiens “apareció” indiscutiblemente en África oriental –y sólo en África– hace unos 200.000 años como mucho, y que luego se fue extendiendo por los cinco continentes a partir de dos grandes olas migratorias, la primera hace 130.000 años y la segunda, hace unos 70.000 años. En ambos casos, los humanos modernos habrían reemplazado –según los procesos de selección natural– a las poblaciones de homínidos más arcaicos.

Pero esta visión ya no es un mandamiento divino. En este sentido, considero oportuno exponer brevemente tres notables argumentos que de nuevo ponen en entredicho la versión académica, sobre todo en cuanto al origen del Homo sapiens y la tan manoseada teoría de Out-of-Africa (“desde África”) que acabamos de citar. Por un lado, tenemos el reciente libro del investigador independiente británico Bruce Fenton titulado The forgotten Exodus (“El éxodo olvidado”); por otro, los descubrimientos de homínidos de gran antigüedad en China; y finalmente, un sorprendente hallazgo paleontológico que ha tenido lugar en Marruecos.
 
Mapa y cronología de la teoría Out-of-Africa ("Desde África")
Lo que plantea Bruce Fenton en su libro es una propuesta bastante herética, pues afirma que ni los hallazgos paleoantropológicos ni los últimos estudios genéticos refuerzan la teoría de que el Homo sapiens surgió en África, sino que más bien la desmienten, ofreciendo como clara alternativa que el H. sapiens apareció en otra parte del planeta y que posteriormente se desplazó a África. Pero veamos con detalle la argumentación que expone Fenton y luego que cada cual extraiga sus conclusiones.

En primer lugar, tenemos la aportación de la moderna investigación genética que ha abierto –teóricamente– más puertas al estudio del origen de los humanos, pero que en la práctica ha arrojado más paradoja y confusión, sobre todo al comparar los datos con las verdades paleontológicas establecidas desde hace bastantes décadas. Así, los análisis genéticos de varios especímenes humanos muy antiguos han puesto de manifiesto los siguientes hechos:

  • Que la separación genética entre los neandertales y los sapiens se produjo mucho antes de lo que se pensaba; así, el último ancestro común de ambos podría situarse en una antigüedad de entre 400.000 y 700.000 años, siendo esta última cifra la más probable. Así, el vacío temporal con respecto a la aparición (teórica) del Homo sapiens –hace 200.000 años– resulta ser demasiado grande.
  • Que el llamado Homo heilderbergensis[1], situado en un estadio evolutivo más avanzado que el Homo erectus y que encontramos básicamente en Europa y parte de Asia y África, no es un antecesor del Homo sapiens, y eso a pesar de compartir bastantes características anatómicas y una capacidad craneal prácticamente idéntica. Tradicionalmente se lo había considerado antecesor de los neandertales, pero las modernas pruebas genéticas lo relacionan más directamente con los Denisovianos.
  • Que estos Denisovianos, otra especie de homínidos de muy reciente descubrimiento, se empezaron a separar de la línea de los humanos modernos hace nada menos que 800.000 años.
  • Que los antepasados más antiguos comunes del sapiens y del resto de Homo avanzados deben buscarse en una población que vivió hace 900.000-700.000 años, según las conclusiones de la reputada paleoantropóloga y médico española María Martinón Torres, del University College de Londres.


Todo ello marca unos orígenes genéticos muy antiguos para los primeros sapiens, y con poblaciones situadas fuera de África, lo cual ya produjo en su día un cierto desasosiego para las tesis tradicionales tan centradas en África (cuna de los primeros grandes descubrimientos paleoantropológicos, así como de famosos científicos). Para tratar de dar respuesta a estas incógnitas, Fenton nos menciona otra teoría que pretende eludir el problema africano, que no es otra que la de la evolución multi-regional del ser humano.

Restos del llamado "Hombre de Java", un H. erectus asiático
Esta propuesta, defendida por reputados paleontólogos como Milford H. Wolpoff, Xinzhi Wu y Alan Thorne, se fundamenta en la idea de que no hubo un único origen para el hombre moderno, sino un origen múltiple a partir de las diversas poblaciones de Homo erectus esparcidas por todos los continentes, excepto América, donde no hay evidencia física de la presencia de este homínido. Así, aceptan que los homínidos más primitivos surgieron en África y que de allí partió el Homo erectus (en su versión africana, Homo ergaster) para extenderse por muchas regiones del planeta. Más adelante, hace unos 500.000 años, los erectus habrían evolucionado en Eurasia dando origen a varias líneas de hombres modernos, que habrían mantenido a lo largo de los milenios una cierta homogeneidad evolutiva gracias a un continuo mestizaje entre las distintas poblaciones.

Ahora bien, Fenton rompe la baraja al desmarcarse de la teoría tradicional africana pero también de la multi-regional. Entonces, ¿qué? En su opinión, cree que debe considerarse seriamente una tercera opción: que el hombre moderno podría haber surgido en Extremo Oriente o en Australasia. Para sustentar esta teoría, Fenton echa mano de diversas pruebas de varios ámbitos (genético y paleontológico), que le empujan a defender la propuesta de que el origen del Homo sapiens debe situarse más específicamente en Australasia[2]. Así, considera que el antecesor directo del sapiens debió ser una población de erectus establecida firmemente en Australasia hace unos 900.000-800.000 años.

El reciente libro de B. Fenton
A partir de este punto, Bruce Fenton rescribe la prehistoria más lejana al revés, de Oriente a Occidente, y propone hasta tres olas migratorias de Homo sapiens en función de tres eventos geológicos. El primer “éxodo” habría tenido lugar hace unos 200.000 años, coincidiendo con un periodo de fuertes cambios climáticos. Así, una población de sapiens habría alcanzado las costas de África oriental (Etiopía), precisamente donde hasta el momento se había hallado el ejemplar de sapiens más antiguo, de unos 195.000 años de antigüedad. Luego, una gran erupción volcánica (la del lago Toba) habría causado la segunda migración hace unos 74.000 años, provocando la colonización del interior y sur de África, así como algunas costas asiáticas. Finalmente, habría existido una tercera migración –hace unos 60.000 años– que habría ocupado el sudeste asiático y que habría sido el inicio de la progresiva expansión del hombre moderno por el continente euroasiático,  dando así origen a toda la población de sapiens no-africana y no-australiana.

Todo este escenario heterodoxo se asienta mayormente en hallazgos de homínidos ya conocidos y en recientes investigaciones genéticas. Por consiguiente, no hay grandes novedades pero sí una profunda reinterpretación de pruebas ya existentes, lo que confirma que la teoría evolucionista sobre el ser humano se va moviendo de acá para allá en las aguas de la especulación y la conjetura, a la espera de que las pruebas físicas confirmen por fin la teoría, de una u otra manera. Por cierto, es de destacar que algunos científicos –como el profesor Máximo Sandín– no avalan las conclusiones de los estudios genéticos basados en la técnica del “reloj molecular”, a la que consideran carente de todo rigor científico en el marco de la biología[3], pero dejaremos este asunto en el cajón para no alejarnos hacia otros derroteros.

En segundo término, vale la pena comentar que –para complicar más las cosas– la ciencia paleontológica está marcada por un inconfesado chauvinismo “patriótico-científico”. Porque aparte de la aportación “pro-australiana” de Fenton, hace décadas que los científicos chinos se quejan de que la comunidad científica occidental ha tendido a minusvalorar o marginar los hallazgos de homínidos en Extremo Oriente, principalmente en la propia China. De hecho, varios paleontólogos chinos hace tiempo que reclaman que la teoría Out-of-Africa debe revisarse a la luz de los descubrimientos asiáticos. De este modo, hacen hincapié en que los científicos occidentales suelen interpretar los restos asiáticos en clave africana o europea, como una mera derivación, posiblemente por el sesgo de que la intervención paleontológica occidental ha estado centrada en Europa, desde el siglo XIX, y en África desde inicios del siglo XX.

Cráneo reconstruido del Hombre de Pekín
Lo cierto es que los hallazgos de homínidos muy antiguos se han ido acumulando en tierras chinas y entre estos tenemos numerosos ejemplares de dientes de humanos modernos datados entre 80.000 y 120.000 años, con un caso (una cueva en la provincia de Guizhou) en que la datación se podría ir hasta un máximo de 178.000 años. También cabe destacar el reciente descubrimiento de un fósil de humano moderno de más de 100.000 años de antigüedad en Daoxian (Hunan), publicado en la revista científica Nature. Y todo ello por no hablar de otros homínidos más arcaicos con características mixtas de erectus y sapiens, como el famoso “hombre de Pekín”, hallado en 1929 y con una antigüedad estimada de unos 780.000 años, y otros especímenes cuya datación oscila entre 900.000 y 125.000 años. La ortodoxia reconoce que son individuos más avanzados que los erectus, pero no se decide a clasificarlos de una manera taxativa, aunque el reputado especialista Chris Stringer opina que se trataría de heilderbergensis asiáticos. Claro que tampoco faltan las grandes anomalías evolutivas como una supuesta población residual de Homo erectus que habitaba China hace apenas unos 15.000 años[4].

Con todo este arsenal de pruebas, no es de extrañar que los chinos dejen caer la idea de una cierta teoría Out-of-China (“desde China”), pues estos datos no parecen cuadrar con la gran expansión euroasiática del sapiens a partir de una segunda migración, que se habría iniciado hace sólo unos 70.000 años. En suma, algo tan evidente como decir que en China ya había humanos modernos, fruto de una hipotética evolución autóctona a partir de los erectus locales, antes de que llegasen los supuestos colonos africanos.

Y así llegamos al tercer asunto que ha trastocado –al menos ligeramente– los cimientos de las teorías convencionales sobre el origen del sapiens. Si hace décadas no se le concedía una antigüedad superior a 100.000 años, en tiempos más recientes esta cifra se ha ido alejando en el pasado hasta llegar a los 200.000 años, principalmente por el hallazgo de unos huesos humanos en Omo Kibish (Etiopía) y por las técnicas genéticas basadas en el ADN mitocondrial –con el apoyo teórico de la llamada genética de poblaciones– que lanzaron la propuesta de una cierta “Eva mitocondrial”, la mujer sapiens más antigua del mundo, situada en África y con una datación de 200.000 años, coincidiendo de forma “casi perfecta” con la cronología asignada a los huesos recién mencionados.

Jean-Jacques Hublin en Jebel Irhoud
Sin embargo, hace escasas fechas se ha propagado la noticia de que en el yacimiento de Jebel Irhoud, una cueva a unos 100 km. de Marrakech (Marruecos), se habían hallado restos óseos de cinco humanos anatómicamente modernos datados en una antigüedad de entre 300.000 y 350.000 años. El hallazgo, publicado en la prestigiosa revista Nature, corrió a cargo de un equipo liderado por Jean-Jacques Hublin, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania) y por Abdelouahed Ben-Ncer, del Instituto Nacional de Arqueología de Marruecos.

De hecho, el yacimiento ya era conocido desde los años 60 del pasado siglo y había sido excavado parcial y esporádicamente. Los restos humanos que se hallaron entonces fueron calificados de homínidos arcaicos (tal vez unos “neandertales africanos”[5]) y no se les dio un antigüedad superior a los 40.000 años. En los años 90, como pudo comprobar Hublin, la cueva estaba totalmente tapada de nuevo y hubo de esperar hasta 2004, en que se inició un programa sistemático de excavaciones. Los resultados fueron realmente esperanzadores, pues aparte de los huesos humanos –entre los que había cráneos y mandíbulas– hallaron numerosas herramientas y huesos de animales. Y precisamente las herramientas de sílex, empleadas básicamente para la caza, fueron de enorme utilidad, pues se pudo comprobar que habían sido calentadas, lo que a su vez permitía datarlas mediante el método de la termoluminiscencia, que arrojó la inesperada cronología de más de 300.000 años.

Cráneo de Homo sapiens de Jebel Irhoud
Pero sin duda, más que la propia antigüedad de los homínidos, lo que realmente estaba en juego era su clasificación, y aquí Hublin ha acabado por desestimar la hipótesis de una “especie de neandertal” y ha adscrito los restos al Homo sapiens, aunque se trate de una forma relativamente arcaica... pero no muy arcaica, porque según los análisis anatómicos realizados con las más modernas técnicas microtomográficas se ha podido reconstruir el aspecto de los cráneos y Hublin ha tenido que reconocer que dicho aspecto es prácticamente indistinguible del de los humanos actuales, si bien los cráneos de estos antiguos humanos serían ligeramente más alargados. Asimismo, el estudio de las piezas dentales ha confirmado que se trata de típicos dientes de sapiens, bien distintos de los neandertales o de los erectus. Lamentablemente, los intentos por extraer ADN de los huesos han fracasado, y habrían sido de gran ayuda para averiguar si estos sapiens estaban en la línea evolutiva directa que ha conducido a los humanos actuales.

En definitiva, el escenario ya está servido para la polémica: tenemos una población de Homo sapiens 100.000 años más antigua que los restos más arcaicos reconocidos hasta la fecha y además en el norte de África, lo que representa una cierta desconexión en espacio y el tiempo de la supuesta “cuna de la humanidad  moderna”, en el extremo este del continente africano. Pero lo mejor empieza cuando los paleontólogos se lanzan a especular para tratar de encajar las piezas de este nuevo puzzle en el marco teórico.

Herramientas halladas en Jebel Irhoud
Naturalmente, la ortodoxia no cree que una flor haga primavera y no consideran que el origen evolutivo del sapiens tenga que desplazarse al norte de África. Más bien, se quiere proponer una evolución continua del sapiens por gran parte de África[6], y este hallazgo sería sólo una muestra de ese proceso evolutivo. No obstante, dada la gran antigüedad de los restos de Jebel Irhoud, Hublin piensa que los primeros pasos en la evolución del sapiens tal vez se dieron en el norte de África. El problema es que los restos recuperados muestran una morfología no muy distinta de los humanos actuales. Así, para tratar de explicar ese aspecto tan moderno en un fósil tan antiguo, un miembro del equipo de Hublin, Philipp Gunz, ha sugerido que la evolución física en los primeros sapiens fue mínima o súbita (pues su morfología facial parece muy “moderna”) y que, en cambio, la evolución cerebral fue mucho más larga. En fin, ¡viva la especulación!

Aunque, claro, ante la aparición de datos relativamente incómodos, no podía faltar la voz de los escépticos. Así, el paleontólogo Jeffrey Schwartz, de la Universidad de Pittsburg (EE UU), considera que los restos hallados son notables pero que no pueden asignarse a los sapiens, pues muchas veces se ha tendido a unificar en una sola especie restos apreciablemente diferentes, a falta de mejores interpretaciones. Asimismo, la ya citada María Martinón tampoco cree que estos restos sean de sapiens, y alude a la escasez de especímenes para estudiar el origen del sapiens y a que los cráneos de Jebel Irhoud no tienen una frente y un mentón equiparables a los de los humanos actuales.

Sobre estas opiniones, tal vez habría que recordarle a Schwartz que no siempre se ha tendido a la unificación. De hecho, en muchos casos, se ha optado por lo contrario. Esto es, cada diferencia apreciable podía ser motivo suficiente para crear nuevas especies y subespecies, bautizándolas con sus correspondientes nombres en latín, con lo cual el científico de turno ya podía sacar pecho por haber hallado una nueva rama en el árbol evolutivo humano. En cuanto a Martinón, se le tendría que preguntar hasta qué punto quiere llevar las diferencias, pues desde hace tiempo se han englobado a diferentes homínidos modernos bajo una misma denominación. Así, por ejemplo, los arcaicos Cro-Magnon no eran exactamente igual que nosotros pero también eran sapiens. Y lo mismo podríamos decir de la rica variedad de razas dentro del actual Homo sapiens, a menos que recurramos al espíritu original –manifiestamente racista– del darwinismo, con sus superiores e inferiores. ¡Cuánto me recuerda esto a los Untermenschen de los nazis!

Escena de H. erectus haciendo fuego
En definitiva, el hallazgo de Jebel Irhoud añade nuevos dolores de cabeza a la ortodoxia y también, de paso, pone en entredicho las tesis ya citadas de Fenton, que debería explicar qué hacían ahí esos sapiens antes de la primera ola de “colonos australianos” que llegó a África hace 200.000 años según sus estimaciones. Como ya expuse en un artículo anterior, vemos distintas especies del género Homo que aparecen en varios lugares del planeta, a veces muy alejados entre sí, con dataciones que se solapan y sobre todo sin un claro recorrido evolutivo. Esto es, ¿dónde está la pléyade de formas intermedias, los eslabones perdidos, que hicieron “avanzar” la evolución humana? ¿Por qué el sapiens más arcaico tiene una morfología muy similar a la del hombre actual? ¿O es que las famosas mutaciones aleatorias transformaron de golpe y porrazo a un erectus en sapiens perfecto sin ninguna progresión a lo largo de milenios? ¿Es que siguen faltando los fósiles “adecuados”? ¿Por qué esa repulsión a la idea del mestizaje para explicar las diferencias –y afinidades– entre las especies de Homo?

Y por supuesto, ya no he querido sacar a la palestra el controvertido tema de los ooparts, pues –según defienden algunos autores alternativos– durante el siglo XIX y principios del XX se hallaron huesos y objetos atribuibles a humanos modernos de una antigüedad enorme (hasta cientos de miles o millones de años), que destrozarían completamente los esquemas evolutivos[7]. Para estos críticos, los hallazgos fueron olvidados, marginados, ocultados o incluso destruidos, mientras que para el estamento académico simplemente se trata de confusiones y errores propios de la ciencia, pues la Prehistoria era entonces todavía una disciplina poco metódica y fiable.

La pregunta ahora sería: ¿qué antigüedad máxima para el Homo sapiens será capaz de admitir la ortodoxia evolucionista? Recordemos que cuando a finales del siglo XIX se descubrieron en Castenedolo (Italia) varios esqueletos de individuos anatómicamente modernos datados –según el contexto geológico– entre 3 y 4 millones de años, la ciencia oficial rechazó firmemente esa cronología y consideró que se trataba de un evidente enterramiento intrusivo. Pero lo más inquietante fue la actitud de cerrazón mental ante los hallazgos, pues para los darwinistas las pruebas deben encajar en la teoría y no al revés. Véase que en 1921 el arqueólogo irlandés Robert Macalister, pese a  no dudar de la competencia de los descubridores de los esqueletos, dijo lo siguiente: 
“Debe haber algo erróneo en alguna parte... Si [los huesos] pertenecían al estrato en que se encontraron, esto implicaría un extraordinariamente largo parón para la evolución. Es mucho más probable que algo se haya escapado en las observaciones. La aceptación de una fecha del Plioceno para los esqueletos de Castenedolo crearía tantos problemas insolubles que difícilmente podemos dudar entre las alternativas de adoptar o rechazar su autenticidad.”
Sin comentarios.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons 

Actualización

Apenas unas semanas después de publicar este artículo me han llegado noticias de que, a partir de los restos de  un neandertal de hace 124.000 años ubicado en Alemania, se han hallado pruebas genéticas de mestizaje entre neandertales y sapiens en Europa en una fecha muy remota: hace unos 220.000 años. Ello tira por tierra el concepto de que los sapiens llegaron a Europa en la segunda ola migratoria (70.000-60.000 años) pero también pone en entredicho el alcance de la primera ola, supuestamente acaecida hace 130.000 años y que sólo habría llegado al levante mediterráneo. Además, dichos estudios vuelven a conectar más a los neandertales con los humanos modernos, alejándolos relativamente de los denisovianos. En fin, seguimos mareando la perdiz y dando tumbos, pero definitivamente la antigüedad del sapiens y su expansión por el planeta están en completa revisión.



[1] Ubicado cronológicamente entre los 600.000 y 200.000 años.

[2] De hecho, las primeras propuestas serias sobre el origen australasiático del sapiens se remontan a 1982, a partir de los hallazgos del profesor Alan Wilson.

[3] Sandín, de hecho, no da ninguna credibilidad científica a la teoría de la “Eva mitocondrial”, el supuesto primer ser humano moderno ubicado en África, hace unos 150.000-200.000 años.

[4] Para más detalles, véase el artículo Herejías evolutivas de este mismo blog.

[5] Esta asignación, más que a la propia fisonomía de los restos óseos, se debió a los utensilios de piedra hallados, que se parecían mucho a la industria musteriense, típica de los neandertales. Sin embargo, a día de hoy, no se reconoce la presencia de neandertales en África; sólo en Europa y Asia.

[6] De hecho, hay otro posible sapiens identificado en Florisbad (Sudáfrica), datado en una antigüedad de 260.000 años.


[7] Para consultar una muestra extensa de estas “anomalías”, recomiendo el libro de Cremo y Thompson Forbidden Archaeology.