Sitchin era un
judío nacido en Rusia, que creció en Palestina, y que finalmente se estableció
en los EE UU. De joven adquirió un sólido conocimiento de las lenguas
semíticas, si bien en sus estudios superiores –realizados en Londres– se
decantó por la Historia Económica. Más tarde trabajó como periodista y editor
durante muchos años en Israel hasta llegar a su etapa de investigador y autor
de best-sellers.
El origen de su
vocación alternativa se sitúa en su interés personal, desde su misma niñez, por
la figura mítica de unos personajes llamados Nefilim, que vendrían a ser unos gigantes citados en el Génesis
bíblico en calidad de “hijos de los dioses que se unieron a las hijas de los
hombres”. Sitchin, como buen conocedor de las lenguas semíticas, consideraba
que tal traducción era incorrecta y que en realidad los Nefilim eran “aquellos
que descendieron a la Tierra desde los cielos”. Con este punto de partida,
Sitchin empezó a interesarse por estos seres, y fue entonces cuando sus
averiguaciones en el campo arqueológico y mitológico fueron a mezclarse con las
recientes teorías sobre dioses-astronautas en la Antigüedad.
De este modo,
Sitchin llegó a la conclusión de que los Nefilim bíblicos eran los mismos seres
que la mitología sumeria llamaba “Anunnaki” (y de hecho la mitología bíblica
bebió abundantemente en las fuentes de la mitología sumeria y acadia). Estos
Anunnaki eran los dioses de los sumerios que habían otorgado la civilización a
los hombres, lo cual encajaba bastante bien con la teoría del antiguo
astronauta. Lo que vino después ya es lo que podemos llamar la literatura
Sitchin: una extensa colección de libros titulada “Crónicas de la Tierra”, traducida a varios idiomas, en la cual Sitchin fue desgranando todos los entresijos de esta intervención
divina (léase alienígena) en los asuntos humanos.
Su primer libro, y sin duda el más destacado, fue “El 12º
planeta” (1976), que se tradujo a muchos idiomas y resultó un gran éxito de
ventas. En esta obra, Sitchin ponía las bases de su teoría, que pasamos a
resumir a continuación. Según este autor, los Anunnaki, que procedían de un
lejano planeta llamado Nibiru, enseñaron a los sumerios todo cuanto sabían,
incluidos sus altos conocimientos astronómicos. Lo que quedaba por dilucidar
era qué planeta podía ser Nibiru. Para Sitchin, no podía tratarse de ningún
planeta del Sistema Solar, sino un planeta exterior al sistema, que sería en
efecto el “12º planeta” (los sumerios contaban a la luna y el sol como
planetas). Nibiru tendría una inmensa órbita alrededor del Sol y así periódicamente
(cada 3.600 años) “visitaría” el sistema para cruzarse con el resto de
planetas.
En este campo, Sitchin construyó su catastrofismo particular
al estilo de Velikovsky (eso sí, con un argumento distinto), que recuperaba la
mitología creacionista sumeria –el Enuma Elish– para explicar que las
batallas entre dioses fueron en realidad movimientos y choques entre astros, lo
que dio como resultado la configuración actual del Sistema Solar. En concreto,
Sitchin proponía que la colisión entre dos grandes planetas, Tiamat y Marduk (Nibiru),
habría provocado nada menos que el nacimiento de Marte, de la Tierra, y del cinturón
de asteroides
Obviamente, eso no era todo. Sitchin afirmaba que los Anunnaki eran unos astronautas con grandes
capacidades científicas y técnicas, y que habían venido a la Tierra –concretamente
hace unos 450.000 años– en busca de recursos naturales (muy especialmente oro) para
regenerar su planeta de origen. Entonces, transformando los relatos mitológicos
sumerios en textos históricos, Sitchin sacó de la chistera una historia sorprendente:
la evolución del ser humano sería falsa en su última etapa. No fueron factores
naturales los que condujeron a la aparición del Homo sapiens, sino una
intervención inteligente, a través de ingeniería genética.
Para sostener esta
propuesta, Sitchin tomó de forma literal el relato acerca de las tribulaciones
de los dioses. Así, cuando los Igigi (que serían colonos trabajadores
en las minas) se rebelaron contra el poder del dios Enlil (el “jefe de la
misión”) a causa de las duras condiciones de trabajo, se produjo una grave situación
de conflicto que el gran dios Anu (el “jefe supremo”) sólo pudo solucionar
ofreciendo una alternativa a los rebeldes: el dios Enki (el “jefe científico”)
crearía un ser híbrido (un lu.lu o trabajador primitivo) para llevar a
cabo los duros trabajos, a partir de una criatura simiesca terrestre (supuestamente
un Homo erectus) y de la propia sangre Anunnaki. Así pues,
lo que se hizo fue mezclar el material genético de los Anunnaki con los del Homo erectus para obtener un hibrído de
aspecto (“imagen”) y mente (“semejanza”) similar a los Anunnaki. Esta
ingeniería genética habría quedado plasmada en el uso de la palabra kisir –tradicionalmente
traducida como “esencia” o “concentración”– pero que a juicio del autor se
debería traducir como “gen”.
Según Sitchin, este
experimento genético tuvo algunos problemas, pues los primeros prototipos no
resultaron muy existosos, hasta que por fin se halló el modelo ideal, que fue
bautizado como Adamu o Adapa (el Adán bíblico). A continuación se
pasó a la producción “en serie” de este ser, que en tanto que híbrido era estéril.
Posteriormente, siguiendo el relato de la Biblia, este ser que habría ocupado
un territorio idílico en Mesopotamia (¿el jardín del Edén?) fue tentado a
probar la fruta del árbol del conocimiento por la serpiente, lo que se tradujo
en la expulsión del Paraíso por parte de la divinidad. Para Zecharia Sitchin,
el episodio escondía la intervención de Enki (nahash, la serpiente, significa
también “descubrir”) que habría ofrecido, a través de una nueva intervención biológica,
la posibilidad de reproducción a los hombres y mujeres terrestres.
Más tarde vendría
el episodio, real en su opinión, del Diluvio Universal, de Noé (o Utnapishtim
en versión sumeria) y del gobierno de los reyes-dioses sobre la Tierra, que
legaron su civilización al ser humano antes de partir, no sin antes involucrarse
en terribles conflictos, como relata en su libro “Las guerras de los dioses y
los hombres”, que incluirían terribles destrucciones atómicas, como la
devastación de Sodoma y Gomorra. Y en fin, Sitchin siguió escribiendo libros e
impartiendo conferencias casi hasta sus últimos días para apuntalar sus
propuestas, siempre afirmando que él trabajaba de forma metódica y rigurosa,
como un verdadero científico, a partir de fuentes (principalmente tablillas
escritas en cuneiforme) perfectamente conocidas e identificadas.
Si ahora entramos
en el terreno crítico, podemos decir que Sitchin fue siempre muy fustigado por
la ciencia académica, por cuanto, a diferencia de Von Däniken (que se
consideraba a sí mismo un amateur y sus barbaridades eran pues más
disculpables), Sitchin se presentaba como un auténtico erudito. Lo primero que
hay que resaltar es que el autor rusoamericano ha sido atacado precisamente por
su supuesta falta de erudición. Se ha dicho que no tiene estudios oficiales de
filología y que sus traducciones libres son del todo erróneas y manipuladas
para cuadrar con sus tesis. Por supuesto, sus críticos también han dejado claro
que una lectura literal y técnica de los textos sumerios es un enorme despropósito.
Y no faltan los que señalan que Sitchin toma, oculta o modifica datos de
origen académico (especialmente las obras de Kramer) según le conviene para cuadrar
su teoría. Así, por ejemplo, el número de grandes dioses (o gran consejo
Anunnaki) –que Sitchin estimaba en el número místico doce– sería en realidad de
siete; la cifra de doce era fruto del añadido arbitrario de algunos hijos de
los dioses Enki y Enlil.
Así pues, Sitchin
se quedó prácticamente solo en su particular interpretación. Los lingüistas le
echaron en cara la traducción distorsionada de muchas palabras; por ejemplo, destaca
el caso de shem, que vendría a ser “cohete” o “aeronave” en versión de
Sitchin, cuando la versión tradicional es “nombre”, “reputación” o “monumento”.
A este respecto, algunos críticos le recordaban que la tecnología Anunnaki se
parecía demasiado a nuestra actual tecnología aerospacial, sin que haya motivo
para tal similitud. Otros tampoco entienden que una sociedad tan superavanzada cometa
supuestas chapuzas genéticas o recurra a la fuerza humana para la extracción
minera.
Sobre el tema intervencionista, poco se puede decir,
pues el paradigma evolucionista ni se molesta en contestar este tipo de afirmaciones,
por calificarlas de totalmente acientíficas. En el terreno astronómico, Sitchin
también ha recibido fuertes varapalos, pues se han invalidado sus
interpretaciones de la astronomía sumeria (sobre todo a partir de un sello
acadio), así como su escenario catastrofista, por diversas imposibilidades físicas,
que no entro a valorar por mi falta de competencia en este ámbito. En todo
caso, la crítica más fuerte se ha centrado en el invento de Nibiru,
planeta sobre el que se ha especulado mucho (y se llegó a relacionar con la
famosa fecha del 21 de diciembre de 2012), pero que a día de hoy no tiene
ninguna confirmación científica.
En fin, dejando de
lado sus posibles aciertos, fallos, manipulaciones o especulaciones, no cabe
duda de que Sitchin creó fuertes corrientes de pensamiento en el campo
alternativo, a la vez que levantó un impresionante negocio Sitchin (como
se puede apreciar en su sitio web: www.sitchin.com) que todavía persiste depués
de su fallecimiento. Por cierto, sobre este punto hay que citar una
desagradable anécdota en la que se vio involucrado uno de sus seguidores más
fieles, Alan Alford. Este autor inglés, que escribió un best-seller en la más
pura línea Sitchin (“Gods of the New Millenium”), luego se retractó y empezó a
criticar en público las visiones de Sitchin. Entonces, para su sorpresa, recibió
una notificación de su antiguo maestro, en que le conminaba a abandonar
tales comentarios, y le amenzaba con ponerle un demanda judicial por causarle
un potencial gran perjuicio económico. Sin comentarios.
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