Robert Bauval, nacido en Alejandría en 1948 de padres belgas, es un ingeniero que desde joven desarrolló un gran interés por el imponente legado del tiempo de los faraones. Así, durante años, Bauval compaginó su trabajo profesional con el estudio de la civilización egipcia. De esta pasión nació una vocación investigadora que culminó en la formulación de una hipótesis sobre el sentido astronómico de las grandes pirámides como símbolo de una religión estelar, que habría quedado oculta bajo la preponderancia de la religión solar y del gran dios Ra.
Bauval se preguntó
no sólo cómo fueron construidas las pirámides –un tema harto recurrente– sino
especialmente con qué finalidad, más allá del consabido propósito funerario.
¿Existiría un plan maestro que habría diseñado perfectamente el tamaño y
posición de las pirámides en función de claves astronómicas? Su investigación
al respecto le condujo a estudiar los llamados textos de las pirámides, un conjunto de textos jeroglíficos de
carácter mágico-religioso hallados en el interior de la pirámide del faraón
Unas[1],
(alrededor del 2300 a. C.), que han sido objeto de estudio durante un siglo y
sobre los cuales no hay una versión total y definitiva. De hecho, se han
realizado diversas traducciones de estos textos, que son en gran parte
crípticos –con varias palabras que han resultado indescifrables– y que están
conformados por fórmulas mágicas, conjuros, oraciones y ensalmos relacionados
con el ritual del paso del faraón al mundo de ultratumba.
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Pirámide del faraón Unas |
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Representación del dios Osiris |
Para Bauval, estos
textos, que constituyen el documento religioso escrito más antiguo de la
historia, contenían algo más que un extraño galimatías de tipo
ritual-religioso. En su opinión, confirmando lo expresado por el egiptólogo
norteamericano J. H. Breasted a inicios del siglo XX, los textos sugerían la existencia de un
culto estelar muy antiguo, probablemente anterior al culto solar, en que se
podía apreciar la importancia de Osiris, el dios representado por la
constelación de Orión. Este culto se fundamentaba en la creencia de que el
faraón, al morir, se convertía en una estrella y pasaba a morar el Duat, el mundo estelar de Osiris.
Tirando de este hilo vinculado al Duat, a Osiris y a la constelación de Orión,
Bauval se internó en la búsqueda de relaciones entre las creencias religiosas y
las observaciones astronómicas.
En este camino también se fijó en otra estrella
de gran significación para los egipcios, Sirio, asociada a la diosa Isis, cuya
constelación (el Can Mayor) aparecía no por casualidad inmediatamente después
de Orión. El siguiente paso de su investigación, el que finalmente dio origen a
su clásico best-seller El misterio de Orión (1995), consistió
en traspasar esta religión estelar al contexto de las grandes pirámides de
Guiza.
Ya se sabía que la
pirámide de Khufu (Keops) tenía cuatro pequeños conductos, calificados
erróneamente como «canales de ventilación», que apuntaban al
cielo de la meseta de Guiza, aunque los dos conductos que procedían de la
Cámara de la Reina estaban bloqueados y no tenían salida al exterior. Bauval
recogió las observaciones realizadas por algunos egiptólogos, principalmente
Alexander Badawy, en el sentido de que dichos conductos tenían en realidad una
función simbólica de tipo ritual, una especie de pasajes para el viaje estelar del alma del faraón. Así, tomando la
inclinación de los conductos, resultaba que para una fecha de alrededor de 2600
a. C. los cálculos astronómicos mostraban que el conducto sur de la Cámara del
Rey apuntaba directamente a la constelación de Orión, mientras que el conducto
norte se alineaba con la que entonces era la estrella polar, Alfa Draconis, de
la constelación del Dragón.
Sin embargo, pese a
todas estas coincidencias y analogías, Bauval se preguntaba porqué las tres
grandes pirámides, que están perfectamente orientadas según los cuatro puntos
cardinales, no habían sido alineadas entre sí de forma que se facilitara el
proceso de orientación y construcción. Además, surgía la pregunta de porqué la
pirámide de Menkaure (Micerino) era notablemente más pequeña y presentaba un
evidente desvío respecto al eje sudoeste que alineaba a sus hermanas. La
respuesta la obtuvo casualmente cuando contemplaba el cielo nocturno del
desierto junto con un amigo, el cual le hizo notar que las tres estrellas
centrales de Orión no están perfectamente alineadas, sino que la tercera, la
más pequeña, presenta una ligera desviación hacia el este.
Lo que Bauval vio
en ese momento fue una conexión directa entre la posición de las tres grandes
pirámides y el cinturón de Orión. Y no sólo eso, sino que la ubicación de las
pirámides guardaba una estrecha relación con el río Nilo, ya que esta
disposición sería un calco de la posición de Orión en relación con la Vía
Láctea, a modo de río estelar. En conjunto, la necropólis menfita sería el
mítico enclave de Rostau, la puerta terrenal al reino estelar de Osiris, el
Duat. Este fue el argumento central de su libro, coescrito con la aportación de
Adrian Gilbert, que supuso el nacimiento de la Teoría de la Correlación de Orión (TCO), objeto de numerosas críticas
y discusiones tanto en el campo alternativo como en el ortodoxo. Tras este
descubrimiento, Bauval publicó un artículo en la revista Discussions in
Egyptology, y recibió el apoyo
moderado de toda una institución en la egiptología, el profesor británico
I.E.S. Edwards.
Su trabajo se vio
completado por otros estudios arqueoastronómicos y, gracias a las recientes
medidas tomadas por el ingeniero alemán Rudolf Gantembrink, pudo confirmar que
se daba una alineación perfecta entre el conducto sur de la Cámara del Rey de
la gran pirámide y la estrella Zeta Orionis (o Al Nitak) en un intervalo fijado
entre 2475 a. C. y 2400 a. C., lo cual representaba un indicio que permitiría
poner fecha «astronómica» para la construcción de la pirámide,
ligeramente más moderna que la cronología convencionalmente aceptada. Según el
propio autor:
«[...] si los
antiguos egipcios eran conscientes del hecho de que las estrellas se
desplazaban lentamente, y que este movimiento era fácil de medir en el tránsito
del meridiano, la conclusión es inevitable: el arquitecto que diseñó el
conducto sur de la Cámara del Rey en la Gran Pirámide y lo dirigió
intencionalmente a Zeta Orionis, sabía que esta estrella con el tiempo
cambiaría de altura y también sabía que la estrella estaba fijando un punto (c. 2450 a. C.) en el gran ciclo del tiempo.»
Pero el Misterio de Orión todavía nos revelaba
una propuesta más audaz: tanto la construcción del conjunto de Guiza como la de
otras pirámides próximas habría sido diseñada según un plan ancestral que se
remontaría al Zep Tepi o «Tiempo
Primero». Siguiendo un viejo lema de la tradición hermética[2],
«Como es arriba, así es abajo», Bauval propuso que la disposición de estos
monumentos era un auténtico reloj o marcador temporal, ya que reflejaría en su
cénit la exacta posición de las estrellas de Orión en el firmamento en una
época tan lejana como 10450 a. C., lo cual vendría a ser un claro indicio de
que los egipcios conocían bien el ciclo precesional. En esta especie de gran
mapa estelar, no sólo las grandes pirámides dibujarían la posición de Orión,
sino que otros monumentos también tendrían su referente en la bóveda celeste;
así, por ejemplo, las pirámides de Dashur –construidas por el fundador de la IV
dinastía, Snefru– serían una imagen terrestre de la constelación de las Híades,
mientras que la pirámide del faraón Djedefre (faraón de la IV dinastía) en Abu
Roash representaría en la tierra a la estrella Kappa Orionis.
Posteriormente,
Robert Bauval colaboró con Graham Hancock (con el que ha escrito otras obras
alternativas), pero básicamente siempre ha sido fiel al Egipto faraónico y a
los estudios arqueoastronómicos. Entre estas obras a dos manos podríamos
destacar Keeper of genesis (1996),
en la cual se repasa ampliamente la polémica que rodea a la Esfinge de Guiza,
sin olvidar los oportunos comentarios sobre las inevitables grandes pirámides.
Bauval daba igualmente a este monumento un sentido astronómico, puesto que su
orientación hacia el este sería un marcador equinoccial de la Era de Leo –no
por casualidad la esfinge tendría la forma de este animal– para la misma
referencia temporal ya citada, alrededor de 10500 a. C., lo que de algún modo
completaría el simbolismo estelar del Zep Tepi.
Con su libro The Egypt Code (2006) Bauval retomó la
TCO y trató de demostrar la existencia de un gran plan unificado de la
arquitectura monumental egipcia, basado enteramente en patrones astronómicos.
El autor insiste en la introducción de esta obra que no se trata de otro típico
libro New Age, con un fuerte componente especulativo, sino que sus propuestas
se atienen a datos perfectamente comprobables y verificables, lo que permitiría
someterlos al criterio de falsabilidad. Tenemos, pues, un estudio que se mueve
en términos geográficos, históricos y astronómicos, y que a veces no resulta
demasiado accesible al lector profano por su contenido técnico. En todo caso,
se apunta a una línea cada vez más próxima a la ortodoxia y, a diferencia del
trabajo de Hancock, con una escasa o inexistente mención al tema de las
antiguas civilizaciones desaparecidas.
Sobre la obra de
Bauval podemos decir que, pese a ser colocada en el mismo cesto de la
literatura alternativa pseudocientífica, sus propuestas han tenido mayor eco en
la comunidad académica y han generado todo tipo de reacciones, algunas incluso
relativamente benévolas. Así, varios libros o artículos ortodoxos
mencionan la TCO, como una nueva aportación o enfoque para el estudio de la
civilización egipcia, aunque generalmente desautorizan a Bauval o ponen en
entredicho muchos de sus postulados. En todo caso, es justo reconocer que Bauval
ya es un todo referente en las nuevas vías de investigación alternativas (especialmente
la vía arqueoastronómica) para arrojar nueva luz sobre el origen de la civilización
egipcia.
(C) Xavier Bartlett 2013
[1] En realidad,
se encontraron fragmentos de estos textos en cinco pirámides de las dinastías V
y VI (y en alguna de la VIII), pero la que más datos ha revelado es la de Unas,
último faraón de la V dinastía.
[2] Los Textos
Herméticos, que fueron escritos en Egipto hacia el 200 d. C., deben su nombre a
Hermes (el dios griego de la sabiduría, el Tot de los egipcios) y recogen una
antiquísima sabiduría del tiempo de la era faraónica, o incluso anterior. Según
estos textos, Egipto estaba hecho «a
imagen del cielo».
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