sábado, 21 de septiembre de 2013

El fraude de las piedras de Ica


Una de las grandes acusaciones que se lanzan sobre la arqueología alternativa es su falta de seriedad e integridad, a diferencia de la (supuesta) ética y profesionalidad genuinamente científica. Esta crítica se ha centrado sobre todo en la sospechosa aparición y explotación de determinados objetos –muy especialmente en el ámbito de los ooparts– para conseguir un cierto impacto sensacionalista, lo que suele ir acompañado de alguna clase de negocio. Estamos hablando pues de manipulación o, directamente, fraude. Desde luego, para ser justos, hay que señalar que la arqueología ortodoxa también se ha visto salpicada por esta clase de comportamientos, pues el famoso episodio del llamado Hombre de Piltdown, una especie de eslabón perdido entre el mono y el humano en la cadena evolutiva, acabó en escándalo, al descubrise décadas más tarde que se trataba de una excelente falsificación, no sin antes haber dado gran notoriedad a su “descubridor”.

Sin embargo, es la arqueología alternativa la que sin duda ha recibido mayor cantidad de acusaciones de faltar a la verdad. De este modo, el célebre caso de las piedras de Ica (Perú) suele presentarse como uno de los más sonados fraudes pseudoarqueológicos. No cabe duda de que el asunto de estas piedras levantó un gran revuelo en su tiempo, creando cierta expectación entre el público en general, muy influido en ese momento por la entonces reciente literatura sobre antiguos astronautas. Por supuesto, detrás de este fenómeno de cultura popular, aparte de su promotor, estaban varios investigadores alternativos de cierta relevancia, que o bien se dejaron engañar o bien participaron del espectáculo (esta última opción parece la más plausible). En efecto, esta lamentable experiencia fue objeto de numerosos libros y documentales, con mayor interés si cabe por tratarse de una región muy próxima a las famosas líneas de Nazca.

El Dr. Javier Cabrera
Para centrarnos en el caso, es preciso aportar previamente unos datos genéricos, y luego entraremos a analizar sus detalles a través de la visión de varios investigadores. Así pues, todo arranca en la reivindicación que hizo en los años 70 del siglo pasado el Dr. Javier Cabrera sobre la autenticidad de una enorme colección de piedras de su propiedad, grabadas supuestamente en una época prehistórica (se habla de hasta 50.000 piezas, que Cabrera bautizó como “gliptolitos”). Lo anómalo de la colección del Dr. Cabrera, una especie de enciclopedia en piedra, es que los grabados mostraban seres humanos primitivos en compañía de... dinosaurios. Asimismo, estos seres aparecían asociados a prácticas aparentemente modernas, como operaciones de corazón, observación del firmamento mediante telescopios o vuelos en naves aeroespaciales. Para Cabrera dichas piedras eran la muestra inequívoca de que había existido una avanzadísima civilización humana hace millones de años, lo cual era un atentado completo a la ortodoxia histórica y arqueológica. Sea como fuere, la arqueología académica nunca prestó atención al tema, por considerarlo un total disparate.

De hecho, todo ello parecía altamente sospechoso y poco después un campesino de la zona, Basilio Uchuya, se confesó autor de dichas piedras por encargo del Dr. Cabrera (y en 1975 firmó un documento que así lo acreditaba). No obstante, Javier Cabrera argumentaba que Basilio había hecho tal declaración para evitar la prisión, acusado de realizar excavaciones ilegales. Sea como fuere, Basilio y una prima suya reconocieron que habían recibido dibujos-modelo del Dr. Cabrera para luego realizar los grabados.

¿Telescopios en la Prehistoria?

Ahora es el momento de presentar grosso modo todo el fenómeno Ica, esto es, la explotación del misterio y el posterior derribo del mito, a partir de la investigación de varios autores, en particular de los españoles José Antonio Caravaca y Vicente París, que en aras de una impecable objetividad acabaron por destapar todas las vergüenzas del caso. Así, lo primero que hay que destacar es que, si bien el propio Dr. Cabrera escribió un oportuno libro sobre “sus piedras”, fue sin duda la intervención de diversos autores internacionales el factor que potenció todo el caso y el negocio subsiguiente.

Uno de ellos fue el periodista español J.J. Benítez, que en 1974 aterrizó en Perú con el ánimo de comprobar la veracidad de los hechos, lo que se tradujo en la publicación de un libro específico sobre el tema (“Existió otra humanidad”). Así, tras realizar un estudio de campo de este asunto, Benítez concluyó que las piedras podían ser reales. Incluso en un documental que realizó años más tarde trató de soprender al público al “descubrir”, con la ayuda de unos pobladores locales, unas pocas piedras enterradas en las proximidades de Ica. A este respecto, recientemente vi un documental de David H. Childress, en que se repetía la misma escena. Unos indígenas acompañan al ávido investigador occidental a un lugar indeterminado y empiezan a hallar, a poca profundidad, unas inconfundibles piedras de Ica. Sin comentarios...

En fin, no había que ser muy avispado para ver que sobre las piedras se cernían las negras sombras del fraude. Así, Vicente París se propuso emitir un veredicto equilibrado, lo que finalmente condujo a la sentencia casi definitiva del caso de Ica (según su artículo “Las piedras de Ica son un fraude” en www.antiguos astronautas.com). En efecto, en los años 90 París estuvo varias veces en Perú y a lo largo de cuatro años estudió meticulosamente tanto los temas (iconografía) como el propio proceso de grabado de las piedras con la ayuda de profesionales de la arqueología y la geología, y llegó a la conclusión de que los gliptolitos eran inequívocamente falsos.

Los argumentos principales para esta conclusión se basaban en lo siguiente:

  • París estuvo en el lugar en el que supuestamente aparecían las piedras (pero sin grabado de ningún tipo) y asistió, en casa de la prima de Basilio, a la “manufactura” de una de estas piedras, idéntica a las que guardaba Cabrera en su Museo
  • El estudio de la Universidad de Bonn que Cabrera esgrimía como prueba científica de la antigüedad de los grabados no certificaba que las piedras fueran realmente muy antiguas.
  • Las piedras mostraban las marcas de uso de instrumentos modernos, según el estudio llevado a cabo por dos geólogos de la Universidad de Tucumán (Argentina).
  • Algunos de los temas representados reproducen reconocidos errores históricos.
  • La mayor parte de la iconografía se basaba en temas de las antiguas culturas nazca y mochica, con los consiguientes añadidos fantásticos.
  • Se encontraron restos de papel de lija en las grietas de algunas piedras.
  • Nunca se identificó claramente la procedencia exacta de las piedras.

Y por si fueran pocos argumentos, hay que añadir que Cabrera también guardaba en una habitación cerrada una gran colección de figuras de arcilla, la mayoría también dinosaurios, a veces con humanos. Sin embargo, aquí el montaje se veía aún con más claridad, pues estas estatuillas, hechas también por Basilio, se habían secado sobre un cartón, y en su base mostraban las marcas correspondientes. Además, tantas figuras, en tan buen estado, no es lo que se suele encontrar en las excavaciones arqueológicas... Para rematar el tema, basta citar la esperpéntica anécdota protagonizada por Erich Von Däniken, que robó una de estas figuras y la mandó datar mediante un análisis de radiocarbono, que dio una antigüedad de... 20 años.

Piedra con el famoso tema de la "araña de Nazca"
Quien escribe estas líneas tuvo acceso a algunas piedras de Ica procedentes de un coleccionista privado, y lo cierto es que no puedo emitir un juicio técnico más allá de las pruebas aportadas por París. Las piedras no parecían muy gastadas o deterioradas en sus marcas, pero no sabría decir hasta qué punto esto puede ser discutible. A este respecto, parece ser que que las piedras falsificadas eran quemadas para obtener artificialmente un aspecto viejo. Lo que sí resulta ciertamente más que sospechoso es el tema iconográfico, tan poco creíble se mire como se mire.

Dicho todo esto, el propio París reconocía que unas pocas piedras sí podían ser auténticas, concretamente unos pocos ejemplares hallados por Alejandro Pezzia y Santiago Agurto, arqueólogos profesionales, en algunas tumbas prehispánicas. De hecho, sabemos con seguridad que en los años 60 ya circulaban unas piedras grabadas por la zona de Ica y que muchas habían sido compradas por los hermanos Soldi, unos coleccionistas de antigüedades. Sin embargo, estas piedras, a pesar de tener cierto parecido con las del Dr. Cabrera, mostraban claras diferencias de estilo, y en algunas ocasiones podían proceder de tumbas antiguas mientras que en otras se trataría de simples falsificaciones. En todo caso, ninguna de estas piezas presentaba las famosas temáticas fantásticas. Lo que parece claro es que los hermanos Soldi vendieron algunas piedras al Dr. Cabrera, y de esta forma se empezó a crear el mito gliptolítico. También se sabe que Basilio Uchuya ya desde los primeros tiempos estaba involucrado en el asunto, en labores de huaquero (desenterrador de objetos) y de artesano. Lo único que faltaba pues era una obsesión y ganas de hacer negocio, lo que en definitiva se produjo tras la asociación entre Cabrera y Uchuya. En conclusión, a partir de la explotación de unas piedras auténticas se montó un negocio fraudulento que Cabrera llevó a un terreno totalmente desmesurado que acabó por atraer la atención de ciertos autores alternativos.

Y en fin, a pesar de todo lo expuesto, todavía hay quien defiende la autenticidad de las piedras y no encuentra sentido a falsificar miles y miles de piedras, ni siquiera por motivos económicos. Quizá nunca lleguemos a saber si Cabrera fue inocentemente engañado, o si perdió el juicio y llegó a creerse su propia farsa para darse cierta notoriedad. En todo caso, la antigua casa-museo del Dr. Cabrera sigue siendo lugar de peregrinación para muchos amantes de mundos fantásticos, aunque parece que a estas alturas la historia se va apagando irremisiblemente.

(c) Xavier Bartlett 2013

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