martes, 3 de abril de 2018

¿Intrusos o pioneros?


Déjenme comenzar con una anécdota personal. Por allá a mediados de los años 80, un servidor de ustedes –siendo estudiante de arqueología en segundo año de carrera– pisó por primera vez una excavación arqueológica. Se trataba de la Penya del Moro, un importante poblado ibérico[1]cercano a Barcelona en el cual iba a realizar mis primeras prácticas de campo junto con otros compañeros novatos. Había por allí algunos estudiantes ya más veteranos, algunos jóvenes licenciados y alguna otra persona que ayudaba en las tareas de excavación. Pero entre todos los presentes destacaba la figura de un hombre mayor, canoso y con sonrisa afable, que parecía estar al mando de la situación. Los jóvenes arqueólogos le iban a consultar cosas, le mostraban piezas de cerámica, conversaban sobre cómo planear las excavaciones de ese día, etc.

Excavaciones en la Penya del Moro (1984)
Lógicamente deduje que ese era el “jefe”, el director de la excavación, y que a él debía dirigirme preferentemente para solucionar mis múltiples dudas de novato. Pero antes hablé con uno de jóvenes licenciados y le pregunté quién era exactamente el hombre mayor. La respuesta me sorprendió un poco entonces, pero rápidamente me hice a la idea de lo que significaba la expresión mundo académico, y su contexto político-cultural-administrativo. Básicamente me dijeron esto: “Aquel señor se llama Josep Barberà, pero no es el director de la excavación porque no puede ejercer de director de cara a la administración, ya que no tiene el título.” ¡Zasca! En un momento me puse al corriente de cómo funcionaban las cosas. Sólo la administración concede permisos para excavar, en unas condiciones y requisitos determinados, y los directores de excavación han de poseer el título universitario correspondiente. 

No era el caso de Josep Barberà i Farràs (1925-2003), profundo aficionado a la arqueología desde su juventud y fundador de la Societat Catalana d’Arqueologia. Ahora, ya cercano a la jubilación, seguía dedicando tiempo a las excavaciones, que eran su gran pasión desde hacía décadas. Pero el señor Barberà no era un cualquiera. Había trabajado codo con codo con los más notables arqueólogos del país en las ruinas de Emporion, había aprendido las técnicas y métodos de los arqueólogos, había leído muchos libros e incluso había co-escrito varios artículos científicos con los profesionales de carrera. He aquí el porqué los jóvenes licenciados –entre los cuales estaban los directores oficiales de la excavación– le consultaban repetidamente. Josep Barberà era el erudito, el que sabía de verdad y el que en su calidad de arqueólogo amateur podía dar algunas lecciones a los profesionales aún un poco verdes.

Tuve la oportunidad de excavar un par o tres de años en aquel yacimiento y siempre quedé admirado por el conocimiento técnico de aquel hombre, siempre dispuesto a ayudar a todo el mundo, en especial a los más inexpertos. Fue un placer y un honor trabajar a su lado, por todo lo que aprendí y especialmente por ser un ejemplo de humildad y dedicación. Con el tiempo fui conociendo a otras personas –aunque no del nivel de Barberà– que colaboraban con los arqueólogos por pura pasión hacia la investigación arqueológica. De todos modos, esas ayudas siempre estaban dentro de los cauces de lo marcaban los “profesionales al mando”, los cuales aplicaban el método científico, procedían a registrar y analizar los hallazgos, y finalmente redactaban sus memorias técnicas (¡imprescindibles para la administración!), quedando como último paso la publicación de sus resultados en alguna revista técnica.

G. Belzoni
El caso del señor Barberà podría ser el arquetipo del sabio sin título, del erudito que había hecho de la arqueología su vocación y que sin haber pasado necesariamente por las aulas académicas poseía un sólido bagaje de conocimiento y experiencia. Este perfil se remonta a los mismos inicios de la arqueología, cuando había en realidad más aficionados que expertos, porque los estudios académicos estaban aún en pañales. Más adelante, la arqueología se consolidó como ciencia, pero la figura del amateur estuvo muy presente durante décadas y en la mayoría de los casos constituyó un aporte muy valioso para la arqueología. En efecto, si somos estrictos, muchos investigadores del siglo XIX, entre los cuales podemos citar a Belzoni, Howard-Vyse o Heinrich Schliemann[2], eran en realidad amateurs que trabajaron voluntariosamente –si bien generalmente con escaso rigor– y que pese a sus errores y carencias pusieron su granito de arena en la construcción del edificio científico. Y en ese sentido fueron pioneros.

Claro que una vez establecido el dogma académico y la reputación profesional, las cosas empezaron a cambiar. La arqueología se asentó como disciplina universitaria y se creó un estamento internacional de sabios reconocidos. Esto hizo que se fueran marcando las diferencias entre los amateurs y los académicos, y que los primeros tuvieran que aceptar una cierta sumisión a los segundos. Sin embargo, no todos los arqueólogos aficionados o vocacionales de finales del siglo XIX y principios del XX se sumaron al carro de la ortodoxia o la visión predominante. De hecho, a menudo se posicionaron contra el estamento académico, como fueron los casos del doctor Morlet en el tristemente célebre caso de Glozel (Francia) o el de James Reid Moir en Red Crag (Inglaterra). Y décadas antes de éstos, el santanderino Marcelino Sanz de Sautuola había sufrido el menosprecio de los académicos franceses cuando descubrió las pinturas de Altamira.

Ahora bien, ya bien avanzado el siglo XX se fue consolidando otro perfil de intruso en el mundo de la arqueología. Se trataba de los proponentes o defensores de la llamada arqueología alternativa, que para los académicos no merece consideración seria, pues en su opinión no es más que un producto pseudocientífico, un simple negocio literario o cultural sin ninguna fiabilidad científica. Así, cuando empecé a adentrarme en la arqueología alternativa, no fue una gran sorpresa descubrir que prácticamente todos los autores heterodoxos no eran arqueólogos ni historiadores. Son personas con un bagaje diverso, a veces con una sólida formación científica o técnica, pero que nunca han pisado las aulas académicas donde se imparte la doctrina oficial de la arqueología.

El egiptólogo Z. Hawass con tres destacados autores alternativos: West, Bauval y Hancock
Obviamente, este fenómeno se parece bastante en la forma a lo que hemos comentado (gente que se implica en la arqueología sin tener el título) pero no así en el fondo. Los modernos autores de arqueología alternativa no participan en excavaciones arqueológicas, no comulgan con el paradigma y publican sus obras fuera de los cauces académicos. En este sentido, los márgenes de actuación están bastante claros en casi todos los países del mundo: o bien los aficionados –o cualquier clase de técnicos auxiliares– colaboran dentro del paradigma o bien no les dejan excavar ni meterse en exploraciones que vayan poco más allá de hacer unas fotos[3]

El problema es doble. Por un lado, los alternativos no tienen título, no tienen profesión, no tienen legitimidad para inmiscuirse en el aparato del mundo académico. Por otro lado, esos autores acostumbran a lanzar ideas y teorías que chocan directamente con los fundamentos del paradigma. Y evidentemente eso no está demasiado bien visto.

A partir de este punto, creo que vale la pena hacer una breve reflexión sobre el papel de las personas que se introducen en el estudio del pasado sin tener el sello oficial concedido por la administración y el mundo académico. Antes de proseguir, empero, es preciso situar las coordenadas del debate. En arqueología, como en cualquier otra disciplina de la ciencia, estamos hablando básicamente de un saber definido y acotado. Por tanto, eso es lo que nos ofrece una licenciatura en esta materia: un amplio conocimiento que es objeto de examen y certificación. Así pues, al cabo de cinco años de estudios, el licenciado obtiene un título reconocido administrativamente que le permite demostrar su capacidad profesional y le da a acceso a los trabajos que requieren de tal certificación. Ahora bien, hay que situar las cosas en su realidad y justa medida. Me explicaré.

Los estudios oficiales nos proporcionan una visión de la teoría y de la práctica científica y nos aportan una gran cantidad de datos y hechos que siempre son de gran utilidad. Los estudios académicos nos abren la puerta al conocimiento establecido, fruto de cierto consenso científico internacional, si bien nunca es completo ni “sagrado”[4]. Pero en la práctica, ocurren dos cosas. En primer lugar, todo el conocimiento arqueológico o histórico es realmente muy amplio y debe limitarse. De ahí que la licenciatura en Geografía e Historia (tal como existía en España hace 30 años) tuviera múltiples especialidades en diversos campos entre los que estaba la propia Geografía, la Antropología, la Historia del arte, o las diversas épocas de la Historia.

Aspecto habitual de una excavación arqueológica (Roma)

Pero yendo un poco más allá, la misma Prehistoria e Historia Antigua constituía un conjunto demasiado amplio para especializarse y así, dentro de esa rama, los alumnos tendían a escoger unas determinadas asignaturas para obtener un conocimiento todavía más especializado. De este modo, había alumnos que optaban por profundizar más en el Paleolítico, otros en el Neolítico, otros en la Edad de Bronce, otros en el mundo clásico, etc. El resultado es que tenías una idea general de todo, pero realmente sabías más de unas épocas o culturas determinadas. Por ejemplo, un servidor de ustedes jamás pisó una excavación de ámbito paleolítico, y sin embargo excavé bastante en varios poblados ibéricos y villas romanas. Y este es el gran drama de nuestra ciencia actual: muchos super-especialistas y casi nadie con una capacidad holística de relacionar o integrar conocimientos entre diversas materias.

En segundo lugar, de forma inevitable, lo que se recibe en la universidad es la visión oficial y aceptada del saber acumulado hasta la fecha por parte de los sabios, y eso incluye todas las normas y reglas de juego del paradigma científico, que en la práctica son axiomas teóricos y metodológicos que no están bajo discusión. No me atrevería a llamar a esto adoctrinamiento, pero es evidente que en todas las ciencias la trasmisión del conocimiento también supone la aceptación de una forma de pensamiento y una determinada concepción y aplicación del método científico. Esto significa que, una vez obtenido el título, si se quiere ejercer la profesión y prosperar, uno debe atenerse a las normas académicas y profesionales y no salirse del guión. Por tanto, todos mis antiguos compañeros de promoción que se acabaron dedicando profesionalmente a la arqueología repitieron los hábitos clásicos de la profesión, bajo las estrictas regulaciones y normas de la administración y el mundo académico, que en conjunto controlan toda la actividad arqueológica (en investigación, conservación y promoción del patrimonio).

No obstante, la arqueología parece atraer a muchos outsiders, que desde hace décadas vienen investigando por su cuenta y ofreciendo puntos de vista a veces bien distintos de los que presenta el paradigma, hasta el punto de caer en la auténtica herejía. Y aquí llegamos al quid de la cuestión: ¿debemos rechazar a esas personas por ser “intrusos” sólo interesados en vender libros o documentales, o al menos conseguir cierta cuota de notoriedad? ¿O hay que considerarlos “pioneros”, porque aportan una bocanada de aire fresco a la visión convencional de la arqueología? ¿Y si hubiera una posición intermedia, alejada de condenas de una u otra parte?  Vamos a profundizar en este dilema.

Obras alternativas
En principio, todo el mundo es libre de opinar acerca de cualquier tema sobre el cual se tenga una mínima noción. Otra cosa bien distinta es valorar lo que pueden aportar tales opiniones. Para opinar con criterio, obviamente, lo primero que se precisa es conocer el campo en que se emiten las críticas. Por ello, la mayoría de autores alternativos toma la precaución de informarse sobre lo que el paradigma dice y luego elaborar su discurso. Por mi conocimiento de la arqueología alternativa, he comprobado que el grado de ese conocimiento académico es muy variable, y va desde lo más superficial o parcial hasta un conocimiento profundo de la materia, hasta el punto de que varios intrusos adquieren un dominio más que notable de los asuntos a tratar, sobre todo a través de lecturas, y en menor medida a través de algún tipo de observación sobre el terreno.

Pero lo mejor de todo es que esa captación y procesado de información se produce desde su punto de vista, lo que hace que enfoquen la arqueología desde una óptica conceptual y práctica diferente de la clásica versión que recibimos los estudiantes académicos (“los de Letras”). De este modo, nos encontramos que el estudio de la realidad arqueológica es vista a través ojos bien distintos de los habituales, por ejemplo, a cargo de filósofos, antropólogos, astrónomos, filólogos, físicos, químicos, ingenieros, geólogos, arquitectos, periodistas, etc. Esta circunstancia es en realidad un arma de doble filo. Por una parte, se puede meter la pata hasta el fondo, al desconocer los parámetros en que se mueve la investigación arqueológica o al omitir muchos hechos relevantes que son objeto de constante revisión o renovación[5]. Por otra parte, estas personas que proceden de otros campos profesionales pueden interpretar los mismos restos o pruebas bajo otras muchas consideraciones –no menos científicas– que no son compartidas o entendidas por los profesionales académicos.

No obstante, lo más valioso de los intrusos es que no llevan en su bagaje todo el arsenal de sesgos, prejuicios y dogmas que caracteriza a los llamados especialistas. Los autores que examinan la realidad arqueológica desde otra perspectiva pueden ver lo que los arqueólogos de carrera no ven porque no han sido educados para ello. En realidad, éstos se han limitado a consolidar y repetir las concepciones adquiridas a lo largo de muchas décadas –y algunas se remontan todavía al siglo XIX– y les cuesta aceptar las visiones de otros científicos o estudiosos porque no cuadran con su sistema de creencias. Sólo a veces, los arqueólogos aceptan las aportaciones de otros científicos simplemente porque encajan en los márgenes del paradigma. Por ejemplo, las dataciones radiométricas que permiten obtener cronologías absolutas son un gran acto de fe por parte de los arqueólogos porque ninguno de nosotros está formado para comprender los entresijos de la ciencia físico-química que hay detrás de ellas. Como las primeras dataciones de C-14 coincidieron más o menos con las dataciones históricas que se tenían del Antiguo Egipto, se aceptó la validez de este método y luego los demás, pero en más de una ocasión se han producido serios choques e incomprensiones entre la visión arqueológica y los datos que ofrecían los laboratorios.

J. A. West
Y aquí llegamos al punto central de la discusión. ¿Cómo hemos de considerar a los alternativos: intrusos o pioneros? Desde el punto de vista estrictamente académico, son personas sin la pertinente cualificación, pero esto me parece un argumento de muy poca solidez. Lo primero que hay que decir al respecto es que hoy en día existe un amplio acceso a libros y artículos científicos, potenciado exponencialmente por la existencia de Internet. Por lo tanto, formarse e informarse adecuadamente en ciertos temas de arqueología no es tarea imposible, aunque sí ardua y meticulosa, pues requiere paciencia y trabajo durante meses o años. Esto incluye la posibilidad de contrastar opiniones directamente con arqueólogos profesionales, cosa que han hecho algunos investigadores como West, Alford, Cremo, Bauval o Hancock. En este aspecto cabe señalar que, si bien existen recelos o cierta resistencia a colaborar con los autores alternativos, muchos arqueólogos –u otros científicos– han accedido gustosamente a facilitar información, dialogar y compartir sus puntos de vista con  esos autores.

Dicho esto, es evidente que algunos autores han escrito sobre arqueología a partir de un conocimiento muy limitado y parcial, que les ha impedido tener una visión holística y científica, lo que les ha empujado a menudo al sesgo y al error. Sin embargo, he tenido la oportunidad de leer a otros autores de gran erudición y conocimiento profundo de la materia que han tratado de atenerse al rigor científico y a las pruebas disponibles para elaborar sus teorías y propuestas; eso sí, generalmente con planteamientos más arriesgados o que salen de los parámetros de la ciencia aceptada. Normalmente, el estamento académico ha ignorado esas propuestas, y sólo en algunos casos se ha molestado en ridiculizarlas o atacarlas frontalmente. Con todo, nos queda la posibilidad de que algunas ideas alternativas, formuladas con pleno conocimiento de causa, puedan apuntar a nuevas vías de investigación que por una razón u otra la ciencia ortodoxa no quiere explorar.

Así pues, si con el tiempo se llega a demostrar que esos autores tenían razón estaríamos hablando de auténticos pioneros. Personas que, gracias a su enfoque abierto e interdisciplinario, pudieron abrir insospechadas puertas del saber precisamente porque estaban fuera del sistema y podían aportar visiones innovadoras no contaminadas por el corporativismo, el conservadurismo y la inercia de los dogmas indiscutidos, por no hablar de la arrogancia, los méritos y el prestigio.

C. Dunn
Sólo por poner unos pocos ejemplos de estas intrusiones que han sido aparcadas o desdeñadas por el estamento académico, citaré a algunos investigadores de las últimas décadas, y más concretamente del ámbito de la egiptología. Así, el químico francés Joseph Davidovits afirmó que los antiguos egipcios pudieron levantar la Gran Pirámide de Guiza gracias al uso de una especie de piedra sintética (que él llama geopolímeros), un sistema que permitiría “elaborar” las piedras calizas en forma de bloques de cemento que se podían moldear y fraguar in situ.  A su vez, el físico y químico argentino José Álvarez López propuso –a partir de ciertos experimentos y observaciones– que la Gran Pirámide tenía propiedades energéticas que afectaban a procesos biológicos y químicos, y que la teoría de la tumba colosal tenía más bien poco fundamento. El experto en maquinaria inglés Christopher Dunn comprobó en Guiza y en el Serapeum de Sakkara que los egipcios trabajaban con una altísima tecnología de construcción, con unos estándares de calidad y unas herramientas iguales o superiores a las que disponemos hoy en día. El ingeniero anglo-belga Robert Bauval planteó que los principales monumentos egipcios –en especial las pirámides de Guiza– estaban situados sobre el terreno a partir de patrones astronómicos. Además, desde su conocimiento de la ingeniería, se ha maravillado sobre ciertos logros megalíticos de los egipcios, al reconocer, por ejemplo, que tallar, levantar y colocar el obelisco inacabado de Aswan (más de 1.000 toneladas) sería tarea casi imposible para nuestra moderna tecnología.

R. Schoch
Y finalmente, tenemos el conocido caso del geólogo de la Universidad de Boston Robert Schoch, que acudió a Guiza en los años 90 siendo un poco escéptico sobre las teorías que defendía John A. West sobre una Gran Esfinge mucho más antigua de lo aceptado. No obstante, Schoch pudo realizar un trabajo científico sobre la Esfinge y su recinto y llegó a la conclusión de que el monumento presentaba una marcada huella de erosión por agua (precipitación) y que ese patrón erosivo no había sido posible en la era faraónica, pues el clima de entonces era tan seco como el actual, lo cual retrasaba la datación de la Esfinge en varios miles de años. A partir de aquí saltó la polémica y el estamento egiptológico se le tiró a la yugular con los más diversos argumentos, entre los cuales no faltó: “Usted no es arqueólogo.” Pero viendo la fuerza de las pruebas esgrimidas por Schoch, algunos egiptólogos quisieron cortar por lo sano y le espetaron que “no se conocía ninguna civilización capaz de realizar ese monumento miles de años antes del periodo dinástico egipcio.” A lo cual Schoch repuso: “Ese no es mi problema. Yo me he limitado a hacer un veredicto geológico en función de lo que se observa sobre el terreno. El problema lo tienen ustedes.”

La ciencia, estoy convencido, debe ser siempre un acto y un camino de humildad, no de arrogancia o imposición dogmática. Por ese motivo, sería deseable no decretar condenas antes de tiempo y analizar con objetividad y una mente abierta todas las propuestas que puedan venir de otras personas y disciplinas. Lógicamente, algunas de éstas carecerán de base o serán demasiado forzadas o especulativas, pero... ¿acaso la ciencia establecida no se sostiene sobre cimientos que tal vez no sean tan sólidos como nos quieren vender? Por consiguiente, tanto si se tiene un título “especializado” como si no, es preciso que se establezcan puentes de franco diálogo entre unos y otros para poder avanzar. Porque todos podemos errar, rectificar y aprender, incluso los que tienen los más altos méritos.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons




[1] La “Penya del Moro” es una pequeña montaña sita en la localidad de Sant Just Desvern. La cultura ibérica se encuadra en la Edad del Hierro en el Levante peninsular, en el primer milenio antes de Cristo.

[2] Respectivamente, un aventurero, un político y militar, y un hombre de negocios.

[3] No obstante, existen excepciones a este proceder, como por ejemplo cuando el Servicio de Antigüedades egipcio autorizó unos estudios geológicos en la Gran Esfinge de Guiza a cargo del egiptólogo amateur John A. West junto con el geólogo profesional Robert Schoch.

[4] En la práctica, el consenso nunca suele ser total e incondicional; hay opiniones, matices, temas en disputa, lagunas, etc. Y por supuesto, el consenso en sí, no es más que acuerdo político en un tiempo determinado; o sea, un campo común en el cual trabajar, pero no una verdad científica irrefutable.


[5] Esto implica que, dados los nuevos hallazgos o propuestas, la ciencia avanza constantemente y que puede quedarse obsoleta en cuestión de pocos años. Los autores alternativos a veces pecan de “fijar” el conocimiento académico, cuando éste ya está bajo revisión o ha evolucionado hacia otras posiciones.

6 comentarios:

Piedra dijo...

Solo decir que un profesional y un experto, ni son lo mismo ni necesariamente el primero siempre es lo segundo. Pero esto pasa en todas las disciplinas, ya sean científicas o no. Por poner un ejemplo hay pintores y músicos extraordinarios que jamás pisaron una escuela de bellas artes ni un conservatorio (respectivamente).
Hay también gente sin titulaciones y hasta sin estudios, que se especializa en un tema poco conocido o poco interesante para la ciencia oficial y termina siendo el mayor experto del tema, como el caso real que nos contaba la película "el aceite de la vida".

De cualquier forma, lo que está claro es que los académicos puros, nunca reconocen los méritos de nadie que no tenga, como mínimo, tantos titulitos colgados en la pared como ellos.

Un saludo.

Xavier Bartlett dijo...

Gracias piedra

No puedo estar más de acuerdo. No se trata de "certificaciones" sino de "saber", y sobre todo de ser capaz de enfocar el conocimiento o la maestría desde otras perspectivas.

Saludos,
X.

koke dijo...

Se nota tu erudición y el profundo conocimiento de la materia,lástima que tengas que luchar con el lado oscuro

Xavier Bartlett dijo...

Gracias por el comentario

Erudición y conocimiento, el justo. Después de tantos años, y sin haberme dedicado profesionalmente, estoy desfasado en muchos temas. Pero al menos tengo un respetable conocimiento de ambas arqueologías, la ortodoxa y la alternativa y eso me permite razonar, criticar y contrastar argumentos y al final ser razonablemente ecuánime.

Saludos

Cobalt UDK dijo...

"Pero al menos tengo un respetable conocimiento de ambas arqueologías, la ortodoxa y la alternativa y eso me permite razonar, criticar y contrastar argumentos y al final ser razonablemente ecuánime."

Y entre otras cosas como lo interesante de la temática que tratas, creo que por eso mucho seguimos tu blog. Saludos.

Xavier Bartlett dijo...

Gracias Cobalt

En eso estamos. Lástima que la ponderación y la crítica sosegada se lleven poco. Más bien triunfan los extremismos y los sensacionalismos, pero en fin...

Saludos