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martes, 10 de septiembre de 2019

El legado prohibido de una raza caída (3ª parte)


El pueblo serpiente 

Hacia el 5500 a. C. los habitantes kurdos de las faldas de las colinas comenzaron a descender en gran número a las llanuras de Mesopotamia. Fue alrededor de esa fecha en que se fundó Eridu (la Erec bíblica), la primera ciudad del Creciente Fértil, con su propio complejo de templos que incluye un estanque ritual subterráneo.

Estatuilla de la cultura el-Obeid
En algún momento alrededor del 5000 a. C., tuvo lugar la llegada a las llanuras del norte de Mesopotamia de una nueva cultura que se conoce hoy como el Obeid (en honor a Tell al-Ubaid)
, el yacimiento en que se detectó su presencia por primera vez durante las excavaciones del eminente arqueólogo del Medio Oriente Sir Leonard Woolley en 1922). Este pueblo trajo consigo su exclusivo estilo artístico, así como sus prácticas funerarias, entre ellas el hábito de colocar unas figuras antropomorfas muy extrañas en las tumbas de los muertos. Las estatuillas eran de hombres o mujeres (aunque predominantemente femeninas), con un delgado y bien proporcionado cuerpo desnudo, hombros anchos, y unas extrañas cabezas reptiloides que los estudiosos, en general, califican de “aspecto de lagarto”. En efecto, presentan rostros alargados, como hocicos afilados, con una amplia hendidura en los ojos (normalmente unas pelotillas elípticas de arcilla pellizcadas para formar lo que se conoce como ojos de “granos de café”) y un espeso penacho de betún en la cabeza que representa un moño para enrollar el pelo (aparecen moños similares en arcilla en algunas cabezas encontradas en Jarmo). Todas las estatuillas exhiben vello púbico o genitales femeninos o masculinos.

Cada figurilla Ubaid tiene su propia postura. Con mucho, la figura más extraña y más impactante muestra a una mujer desnuda que sostiene a un bebé contra su pecho izquierdo. La mano izquierda del infante está aferrada al pecho, y no cabe duda de que está succionando leche. Es una imagen muy conmovedora, a pesar de que tiene una característica escalofriante: el niño tiene grandes ojos rasgados y la cabeza de un reptil. Esto es muy significativo, ya que sugiere que se daba por cierto que el bebé había nacido con esas características. En otras palabras, las cabezas “aspecto de lagarto” de las figuras no son máscaras o formas simbólicas animalescas, sino imágenes abstractas de una raza real que –según la creencia del pueblo Ubaid– poseía tales cualidades reptiloides.

En el pasado, estas figurillas de “aspecto de lagarto” fueron identificadas por los eruditos como representaciones de la Diosa Madre; una suposición totalmente errónea, ya que algunas de ellas son, evidentemente masculinas, mientras que los teóricos de los antiguos astronautas, como Erich von Däniken han considerado oportuno identificarlas como imágenes de entidades extraterrestres. En mi opinión, ambas explicaciones intentan clasificar las figurillas de arcilla en típicos estereotipos que son insuficientes para explicar su simbolismo completo. Por otra parte, dado que la mayoría de los ejemplos encontrados procedían de tumbas, donde éstas eran a menudo el único objeto de importancia, Sir Leonard Woolley llegó a la conclusión de que representaban “deidades ctónicas”, es decir, habitantes subterráneos conectados de alguna manera con los ritos funerarios.


Aparte de esta observación, parece muy poco probable que las figurillas representen a individuos con rostro de lagarto, puesto que no se tiene constancia de que los lagartos tuvieran un lugar especial en la mitología del Cercano Oriente. Es mucho más probable que las cabezas sean de serpientes, ya que se sabe que éstas estuvieron asociadas con las deidades sumerias subterráneas, como Ningiszida, el Señor del Buen Árbol.

Dado que las cabezas de las figuras de Ubaid parece que fueron modeladas sobre los patrones mucho más antiguos encontrados en Jarmo, en las montañas kurdas, ¿podrían ser representaciones muy abstractas de los Vigilantes con rostro de víbora? El hecho de que estas figurillas se encuentren específicamente en tumbas sugiere que estaban conectadas con algún tipo de práctica supersticiosa en un contexto ritual funerario. ¿Qué pretendían conseguir los Ubaid colocando tales imágenes extrañas junto a sus familiares difuntos? ¿Estaban tratando de garantizar el tránsito seguro del alma al otro mundo, o bien querían proteger el cadáver después del entierro?

En la tradición babilónica tardía, existía un verdadero temor de que si los muertos no eran enterrados de manera correcta, su alma entonces sería arrastrada a los infiernos para convertirse en Edimmus chupadores de sangre. ¿Es esto lo que temían los Ubaid, que sus familiares fallecidos se convirtiesen en vampiros si los Vigilantes con rostro de víbora no eran aplacados de forma adecuada? ¿Incluía esto el entierro de figurillas con rasgos abstractos, como un difuso recuerdo de la raza caída?

El Inframundo

Ciudad de Derinküyü
Aunque a día de hoy no se ha encontrado rastro de ningún reino subterráneo en Mesopotamia, sí existen ciudadelas ctónicas de extrema antigüedad en el Cercano Oriente. Por ejemplo, bajo las llanuras de Capadocia, al este de Turquía, existen no menos de 36 ciudades subterráneas, siendo la más famosa de ellas la de Derinküyü, que se estima que albergó unos 20.000 habitantes. Las ciudades exploradas hasta el momento alcanzan profundidades de hasta 400 metros. Tienen calles, complejos sistemas de túneles, viviendas, y salas y áreas comunales. Cada una puede quedar aislada del mundo exterior desplazando unas grandes puertas circulares, mientras que en la superficie, el único signo visible de su presencia son unas piedras megalíticas verticales que marcan las posiciones de profundos pozos que también tienen la función de canales de ventilación para los distintos niveles.


Nadie sabe quién construyó estos dominios subterráneos. Tienen al menos 4.000 años de antigüedad, si bien las pruebas provisionales sugieren que fueron construidas ya en 9000 a. C., cuando el embate final de la última Edad de Hielo estaba a punto de llevar al Oriente Medio a unas condiciones árticas. Al mismo tiempo, los volcanes activos escupían lluvias de fuego, y cuando la Edad de Hielo finalmente retrocedió, llegaron unas inundaciones comparables con el Diluvio de la Biblia, lo que causó estragos en las zonas bajas. Además, la mitología persa recoge que los antepasados de la raza iraní habían escapado del largo invierno de nieve y hielo construyendo un var, una palabra que denota una ciudad subterránea (curiosamente, la palabra arca significa “ciudad” en la lengua persa).


El recuerdo de esos mundos subterráneos también es probable que estuviera detrás de la creencia judeo-cristiana del Gehenna [
infierno o purgatorio judío] y el Infierno, el reino de fuego al que fueron arrojados los ángeles caídos como castigo por su injerencia en los asuntos de la humanidad. 


El paisaje lunar de Capadocia
 
En la misma zona que las ciudades subterráneas de Capadocia existe un virtual paisaje lunar compuesto por miles de enormes conos de roca tallados por los fuertes vientos durante muchos miles de años. La tradición local se refiere a ellos como peri bacalari, “las chimeneas de fuego de los Peri”, hermosos ángeles caídos nacidos de Iblis, la forma árabe-persa de Satanás. Se dice hoy en día que estas “chimeneas de hadas” (como se las llama inadecuadamente en inglés) están encantadas por los Djinn, parientes espectrales de los ángeles que también vivieron una vez en el cielo, antes de su caída. 


Muchas de estas “chimeneas de hadas” fueron ocupadas durante los primeros tiempos cristianos, mientras que algunas de ellas fueron convertidas en iglesias rupestres o trogloditas, a partir del siglo VI. Las más antiguas contienen muchas imágenes fascinantes que van más allá de la iconografía aceptada por la Iglesia Primitiva. Estas imágenes incluyen diseños geométricos recurrentes y, en un caso, un estilizado hombre-pájaro, que bien puede reflejar el estilo artístico de los santuarios de los buitres de hace 8.000 años, en Çatal Hüyük. La cercana proximidad tanto de este arte único “cristiano” como del asentamiento de Çatal Hüyük a las ciudades subterráneas no puede ser subestimada. Cabe recordar también que en la historia del descenso de la diosa Ishtar al mundo subterráneo ésta se encuentra con seres “como aves, cubiertos de plumas", quienes “desde los días de antaño dominaban la tierra”.

Paisaje de Capadocia (Turquía)

¿Es posible que los habitantes de las ciudades subterráneas fueran realmente los precursores de los que construyeron la ciudadela de Çatal Hüyük? ¿Podrían haber estado relacionados con la cultura chamánica de los Vigilantes de las tierras altas kurdas, que estaban a cierta distancia al este de Capadocia?

Los Hijos de los Djinn

Si es así, entonces, ¿dónde se pudieron originar estas extrañas culturas chamánicas? ¿Se desarrollaron en Turquía y el Kurdistán poco después del final de la última Edad de Hielo, o bien sus antepasados originales emigraron de alguna tierra extranjera? Los cultos de adoración a los ángeles del Kurdistán se ven a sí mismos sólo como descendientes del patriarca Noé, el salvador de la humanidad, cuyos familiares directos se asentaron en sus tierras. En contraste, los judíos kurdos preservan una historia muy curiosa acerca de los orígenes de sus vecinos gentiles, a quienes se refieren como los “hijos de los Djinn”. Según ellos, hace mucho tiempo el rey Salomón ordenó a 500 Djinn que le buscaran 500 de las vírgenes más bellas del mundo, y no debían regresar hasta que la última de ellas estuviera en su poder.

Figuración del templo del rey Salomón
os Djinn se pusieron manos a la obra en su inmensa tarea, yendo a Europa a buscar las doncellas. Finalmente, después de reunir el número correcto, los Djinn estaban a punto de regresar a Jerusalén, cuando se enteraron de que Salomón había fallecido. Ante el dilema, los Djinn meditaron qué hacer: ¿Debían devolver las doncellas a sus hogares correspondientes en Europa, o bien debían quedarse con ellas? Debido a que las jóvenes vírgenes habían “caído en gracia a los ojos de los Djinn, los Djinn las tomaron ellos mismos como esposas. Y engendraron muchos niños hermosos, y esos niños tuvieron más hijos... Y esa es la manera en que se creó la nación de los kurdos.” En otra versión de la misma historia, cien genios son despachados por Salomón para buscar a cien de las doncellas más bellas del mundo para su harén personal.

Después de haber logrado este contingente, Salomón muere y los cien genios deciden establecerse con las doncellas en medio de las inaccesibles montañas del Kurdistán. Los hijos de estos matrimonios dieron lugar a la fundación de la raza kurda, “quienes, en su carácter esquivo, se asemejan a sus antepasados genios y en su hermosura a sus progenitoras”. Aunque puede parecer que estas leyendas no tienen sentido, tratan de describir las inexplicables características extranjeras de algunas comunidades kurdas y señalan su origen en el reino bíblico de Salomón, en otras palabras, el Israel de la actualidad.

La Montaña de los Madai
 
Los Mandeos del Bajo Irak son más específicos acerca del origen de su raza. A pesar de que se dice que sus ancestros directos provienen de un mítico lugar conocido como la Montaña de los Madai (en el Kurdistán iraní), al parecer sus antepasados más lejanos tenían su origen en Egipto. Aunque esto podría parecer una mera fantasía por parte de los mandeos, es un hecho que su lenguaje contiene varias palabras que son, sin duda, de origen egipcio antiguo.  Y lo que es más importante aún, creen que después de la muerte, el alma vuela hacia el norte (es decir, hacia las montañas de Kurdistán), donde entra en un dominio mítico llamado Mataratha, el lugar del juicio. Ahí es donde se encontraban los enclaves de vigilancia de los neter.

El término neter puede ser usado como sustantivo en algunas lenguas del Cercano Oriente, en el sentido de “Vigilantes”, el mismo nombre de los primeros ángeles que figuran en la literatura Enoquiana y la literatura del Mar Muerto, mientras que en la antigua lengua egipcia esta misma palabra se utiliza para definir a los seres semi-divinos que vivían en una Edad de Oro conocida como Zep Tepi, el “Tiempo Primero”. Así pues, ¿sería posible que los Vigilantes del Kurdistán fuesen descendientes de los dioses-neter de Egipto?

Los primeros agricultores

Antiguo templo junto al río Nilo
Aunque se sabe que la explosión neolítica había arrancado en las montañas del Kurdistán, en algún momento alrededor del 8500 a. C., esta no fue la génesis de la primitiva agricultura, la domesticación de animales, la fabricación de herramientas de precisión y los asentamientos estructurados. Existen sólidas pruebas de que todos estos factores estaban presentes en varios lugares a lo largo del Nilo, al sur de Egipto y al norte de Sudán ya en el año 12500 antes de Cristo. Estas comunidades avanzadas siguieron evolucionando a un ritmo constante hasta el 10500 a. C., cuando de pronto abandonaron la agricultura sin ninguna razón obvia. Los expertos han atribuido este cese total y absoluto de un sofisticado estilo de vida basado en la agricultura de los pueblos del Nilo a las extremadamente fuertes inundaciones del Nilo que se produjeron durante esta época. Sin embargo, en mi opinión, había algo más detrás de este extraordinario giro radical por parte de estas comunidades.

Parecía casi como si aquellos que habían enseñado a los pueblos nilóticos los rudimentos de un estilo de vida agrícola hubieran salido repentinamente de escena, dejando que sus obedientes alumnos regresaran al primitivo estilo de vida de cazadores-recolectores, más acorde con la época en cuestión. Por tanto, es interesante observar que después de su aparente desaparición de Egipto, hacia el 10500 a. C., la agricultura no vuelve a aparecer otra vez hasta su florecimiento en el Kurdistán 1.500 años más tarde. Por tanto, ¿es posible que los maestros de las comunidades del Nilo partieran de Egipto hacia el Kurdistán en algún momento entre el 10500 a. C. y el 9000 a. C.? ¿Quiénes eran exactamente esos hipotéticos agricultores y qué les hizo dejar las estepas cultivadas del Antiguo Egipto Paleolítico en busca de nuevos pastos? Y lo que es más importante aún, ¿fueron ellos los antepasados de los Vigilantes, los ángeles humanos de la tradición Enoquiana y del Mar Muerto?

Nueva datación de la Esfinge
 
Las sólidas pruebas que están apareciendo actualmente en Egipto sugieren que la Gran Esfinge de Guiza no fue esculpida durante la época faraónica, como siempre se ha creído, sino mucho antes. Como se ha difundido ampliamente en los últimos años, el perfil geológico de este antiquísimo monumento indica que fue realizado antes de la desecación gradual del Oriente Medio en el cuarto milenio antes de Cristo. La intensa erosión de su cuerpo parece haber sido provocada, no por la acción de la arena, sino por la precipitación de lluvia a lo largo de muchos miles de años. La última vez que cayó lluvia con tanta profusión fue durante el período conocido por los climatólogos como el Neolítico sub-pluvial, que tuvo lugar entre 8000 y 5000 antes de Cristo. Esto sugiere que la Esfinge fue esculpida durante o antes de esta época.


La Esfinge es, obviamente, un león, cuya cabeza fue reesculpida en la época faraónica para representar a un rey con el tocado nemes. Está orientada exactamente hacia el este y mira hacia el punto del horizonte donde el sol se levanta cada equinoccio de primavera y otoño. Su función es como la de un marcador de tiempo, una manecilla larga de reloj que registra el retorno de la órbita solar a medida que pasa a través de su ciclo de 365 días. Sin embargo, también posee una manecilla corta, incluso quizás más importante, que señala el minúsculo cambio de la bóveda celeste al girar sobre su ciclo de 26.000 años de precesión. Este efecto visual es causado por la oscilación extremadamente lenta de la Tierra, que podría compararse con el balanceo de una peonza infantil que girase a ritmo de caracol.

Construida en la Era de Leo

En términos astronómicos, el fenómeno conocido como precesión hace que las doce constelaciones zodiacales se muevan retrógradamente en línea con la eclíptica –la trayectoria del sol– en una secuencia regular. En términos simples, esto significa que las estrellas que se alzan junto al sol dan paso a otra constelación cada 2.160 años más o menos, hasta que los doce signos han completado su rueda astronómica. Al “leer” la precesión como un ciclo de tiempo de largo plazo, los antiguos observaban qué signo zodiacal surgía con el sol en el equinoccio de primavera, el punto-cero de calendario anual en muchas culturas del Oriente Medio. Si hoy miramos hacia el horizonte, al este, justo antes de salir el sol, el 21 de marzo, vamos a ver las estrellas de Piscis. Cuando Alejandro Magno conquistó el Imperio Persa en el 330 a. C., eran las estrellas de Aries (el carnero) las que se veían junto con el sol equinoccial, y cuando se construyeron las pirámides de Guiza, hacia el 2500 a. C., eran de las estrellas de Tauro (el toro), las que se alzaban con el sol en el equinoccio de primavera.

La Gran Esfinge de Guiza

Si la Gran Esfinge fue esculpida como marcador equinoccial, en el mismo tiempo en que se erigieron las cercanas pirámides de la época faraónica, seguramente tendría más sentido que hubiera sido un toro. El hecho de haber esculpido un león apunta a una conexión con las estrellas de Leo, lo que sugiere que marcaba la era en que la constelación de Leo se alzaba con el sol equinoccial. La última Edad de Leo tuvo lugar entre 10970 a. C.  y 8810 a. C., lo cual insinúa que la fecha de construcción de la Gran Esfinge se inscribe en algún momento de este marco temporal. Esta no es una nueva idea fruto de la imaginación. Por lo que yo sé, esta teoría fue presentada inicialmente por el astro-mitólogo británico Gerald Massey en 1907. En un extraordinario trabajo titulado “El Antiguo Egipto: La Luz del Mundo” concluyó audazmente que:

“... Podemos datar la Esfinge como monumento erigido por esos grandiosos constructores y pensadores (egipcios), que vivían tan fuera de sí mismos, hace unos trece mil años (es decir, en la era de Leo, su equivalente astronómico).”

Las pruebas arqueoastronómicas más recientes, presentadas por Graham Hancock y Robert Bauval en su libro de 1996 “Guardián del Génesis", demuestran convincentemente que la Gran Esfinge, así como el plan básico de la meseta de Guiza en su conjunto, debe datarse en una precoz fecha de 10.500 a. C., el mismo marco temporal en que se da la brusca interrupción de la proto-agricultura del Nilo. Y dado que sabemos que los grandes bloques de piedra extraídos de la cubeta que rodea el monumento leonino fueron utilizados para construir los cercanos templos del Valle y de la Esfinge, deducimos que estos también deben fecharse en la misma época distante de la historia humana.

Todo esto indica la presencia en Egipto alrededor del 10500 a. C. de una cultura avanzada, experta en agronomía, ingeniería, tecnología de la construcción, así como la Astromitología y la Geomitología que incluía un profundo conocimiento del ciclo de precesión de la Tierra, de 26.000 años. ¿Quiénes fueron estas gentes? ¿Fueron estos los constructores de la Gran Esfinge realmente los antepasados de los grandes Vigilantes con rostros de víbora del Kurdistán? El folclore, las leyendas y la difusión de la agricultura en el mundo antiguo parecen respaldar esta opinión. Sin embargo, si este fuera el caso, entonces, ¿qué sucedió para que esta antigua cultura egipcia quisiera migrar a las montañas del Kurdistán?

Destrucción mundial
 
Representación del Diluvio Universal
Como ya ha sido demostrado suficientemente por varios autores (Hapgood, 1958 y 1970; Hancock, 1995; Flem-Ath, 1995), existen abundantes pruebas de que el mundo, al llegar a su fin la última Edad de Hielo hacia el 11º -10º milenio a. C., fue alterado por una serie de fuertes cambios climáticos y trastornos geológicos. Los volcanes entraron en erupción, las tierras fueron sacudidas por terremotos, las inundaciones cubrieron el paisaje, y se dieron largos períodos de oscuridad que taparon el sol. Esto dio lugar a la destrucción de muchos millones de animales y la extinción absoluta de docenas de especies individuales. Las leyendas sobre cataclismos que hallamos en todo el mundo parecen registrar estos sucesos con vivos detalles, a menudo simbólicos.

La supuesta antigua cultura egipcia habría estado justo en medio de esta destrucción mundial. Ciertamente, se sabe que los cambios climáticos de esta época causaron extensas inundaciones a lo largo del Nilo, siendo esta la razón que los estudiosos han sugerido para explicar el cese de su proto-agricultura. 

El “Padre del Terror”
 
Es probable que estos tiempos difíciles obligaran a la avanzada cultura de Egipto a fragmentarse y dispersarse, y de aquí la brusca interrupción de la proto-agricultura entre las diversas comunidades del Nilo Occidental. Esta suposición se apoya en relatos vívidos de fuegos e inundaciones en Egipto. Por ejemplo, unos textos copto-árabes que han perdurado hablan de la devastación de la tierra a causa de las inundaciones y de un gran fuego que llegó de “la constelación de Leo”, que no se refiere necesariamente a algún bólido astronómico proveniente de esta parte del cielo, sino al marco temporal en el cual ocurrieron estos hechos, en otras palabras, durante la Era de Leo.

Busto de la divinidad leonina Sekhmet
Más elocuente es el mito de Sekhmet, la deidad con cabeza de león del panteón egipcio. Debido a que la raza humana había dado la espalda a los caminos del dios sol Ra (o Re), a quien veían como “demasiado viejo”, la feroz diosa desató un fuego devastador. Su genocidio en masa se habría traducido en la destrucción de la humanidad de no haber sido por la intervención personal de Ra, que envió un brebaje embriagador que cubrió la tierra. El consumo de esta bebida emborrachó tanto a Sekhmet que se quedó dormida.

Suponiendo que el terrible fuego de Sekhmet fue de alguna manera la representación de una conflagración global que devastó Egipto, entonces, ¿pudo ser este embriagador brebaje un recuerdo de una posterior inundación que también asoló la tierra? Si es así, ¿fue Sekhmet simplemente una alusión alegórica a la Era de Leo? Los indicios apuntan a que el león de Leo llegó a simbolizar la era del caos y de la destrucción hacia el final de la Edad de Hielo, razón por la cual tal vez los árabes se refirieron a la Gran Esfinge como el Padre del Terror.

 
En la historia de Sekhmet, los supervivientes de la raza humana intentan escapar del fuego devastador de la diosa ya sea escalando una montaña o escondiéndose en “agujeros” como serpientes o gusanos. Encontramos otros medios similares de protección contra los cataclismos que se prolongaron durante la Era de Leo en las mitologías de todo el mundo, si bien estas leyendas egipcias apuntan a la desintegración de la antigua cultura y su posterior reestablecimiento en otras regiones. ¿Podría esto haber incluido Capadocia, donde parece que ya tenemos ciudades subterráneas en el 9000 a. C., y en las montañas de Kurdistán, donde los Vigilantes bien pudieron haber impulsado el comienzo de la revolución neolítica, ya en 8500 a. C.?


La fecha de esta aparente diáspora de la cultura antigua hacia el final de la última Edad de Hielo puede ser fijada de manera efectiva con cierto grado de precisión. Por ejemplo, un texto copto-árabe del siglo IX, conocido como Abou Hormeis registra que los sacerdotes-astrónomos de Egipto, al darse cuenta de la inminente destrucción de su raza, reconocieron que: “El diluvio iba a tener lugar cuando el corazón del León entrase en el primer minuto de la cabeza de cáncer.” Este “corazón de león” era el nombre dado en la antigüedad clásica a la estrella Regulus, la “estrella real de Leo”, que se encuentra exactamente sobre la eclíptica, el curso diario del sol a través del cielo. Puesto que la constelación de Cáncer sigue a Leo solamente en el ciclo de precesión (Leo sigue a cáncer en el ciclo anual), entonces esto parece confirmar que esta leyenda preservaba, no sólo el recuerdo de los hipotéticos acontecimientos históricos, sino también la fecha aproximada en que ocurrieron.


A petición mía, el ingeniero en electrónica Rodney Hale introdujo la información astronómica contenida en los registros de Abou Hormeis en un ordenador mediante el programa Skyglobe 3,5. Aseguró que la última vez que la “Estrella Real” de Leo se alzó y se pudo vislumbrar en el horizonte oriental justo antes de la salida del sol equinoccial fue alrededor del 9220 a. C. Cuando la estrella Regulus, el "corazón del león”, ya no se levantó con el sol en el equinoccio de primavera, los sacerdotes-astrónomos de Egipto lo interpretaron como una señal de que la Era de Leo había llegado a su fin, y que la Era de Cáncer estaba a punto de comenzar, o que ya había entrado en su “primer minuto” de arco en el cielo. Esta información, por tanto, sugería que este fue el momento en que la cultura antigua salió de Egipto anticipándose a un gran diluvio que iba a arrasar sus tierras.
 


El kosmokrator
 
Si ahora volvemos a la tradición iraní, encontramos que varios textos de Zoroastro, incluyendo el Bundahishn, hablan del comienzo de la historia del mundo 9.000 años antes de la fecha tradicionalmente aceptada para la llegada de su gran profeta, Zoroastro, en el 588 a. C., lo que nos da una fecha de 9588 a. C. Fue en este momento, como lo afirma un texto, que las deidades dualistas de la fe, Ahura Mazda y Angra Mainyu, nacieron del “fuego del aire” y “del agua de la tierra”, una vez más referencias crípticas a los fuegos y las inundaciones durante la Era de Leo.


Las deidades gemelas compitieron por la supremacía sobre el cielo y la tierra, una batalla que sólo se resolvió cuando se dice que Zoroastro venció a los sacerdotes Magi, adoradores de los daeva en el transcurso de su vida. Desde ese tiempo, el Buen Espíritu, Ahura Mazda, ha reinado de forma absoluta. ¿Implica todo esto que los antepasados de los reyes-dioses iraníes había poblado por primera vez su mítica patria, conocida como Vaejah Airyana (la Extensión Iraní), alrededor del 9585 a. C.? Siglo más o menos, esta fecha era extraordinariamente cercana al marco temporal en el que la antigua cultura egipcia pareció deshacerse. Y puesto que Vaejah Airyana se equipara con las tierras altas kurdas, ¿pudiera ser que esta tradición también registrara la llegada a la región de aquella antigua cultura que acabaría fundando la llamada cultura Vigilante?



Representación del dios Mitra
Según la mitología iraní, las fuerzas duales de Ahura Mazda y Angra Mainyu nacieron de un ser supremo conocido como Zurvan, que simbolizaba el “tiempo infinito”. En el culto romano del dios Mitra, que se desarrolló a partir de fuentes originales iraníes, el concepto de “tiempo infinito” estaba simbolizado por una deidad con cabeza de león. Las estatuas que representan esta figura leonina muestran los doce signos del zodíaco en su pecho, y una serpiente enroscándose en la parte superior de su melena. Si bien esta deidad no es identificada con un nombre (aunque a veces se relaciona con Aeon, un dios gnóstico de tiempo), los estudiosos del mitraísmo lo describen como un kosmokrator, la inteligencia controladora que está detrás del fenómeno de la precesión.

El hecho de hallar un kosmokrator con cabeza de león, con origen en una tradición que consideraba que la historia mundial había comenzado en 9588 a. C., durante la Era de Leo, era imposible de ignorar. ¿Pudiera ser que, aunque la antigua cultura de Egipto había alcanzado el conocimiento del ciclo de precesión, las culturas más tardías que heredaron esta tradición no comprendieran su mecánica? Así que en lugar de que Leo dejara paso a la Era de Cáncer, y luego a Géminis, y más tarde a Tauro, el símbolo del león se convirtió en el único kosmokrator, o guardián del tiempo infinito, de la misma manera en que la Gran Esfinge se convirtió en un marcador temporal precesional en la meseta de Guiza.

La tragedia de la Caída

La antigua cultura de Egipto nunca llegó a las páginas de la historia. El recuerdo de sus supuestos descendientes, los Vigilantes del Kurdistán, no es más que una inútil victoria. El hecho de ser recordados como hermosos ángeles que cayeron en desgracia, o como dioses o diosas inmortales, o como demonios lascivos que corrompieron las mentes de la humanidad, apenas tiene parangón con sus increíbles logros en astronomía, agricultura, geomítica, tecnología de construcción y estructuración social. Es casi seguro que fueron los descendientes de la antigua cultura egipcia quienes allanaron el camino para el desarrollo de la civilización en el Viejo Mundo.

Sin embargo, estas personas hicieron mucho más que esto, pues también parece que transmitieron un importante legado al mundo, que puede ser rastreado en la astromitología y la geomítica de la meseta de Guiza, así como en los mitos y leyendas universales sobre cataclismos globales y cálculos precesionales. Este legado trasciende todas las barreras del idioma y pueden ser “leído” por todos. Se trata de un simple mensaje repetido una y otra vez, como una recurrente señal de S.O.S., que sugiere que lo que aconteció a su raza podría volver a ocurrir algún día. 


Nosotros mismos, por cualquier razón, podríamos caer en el olvido sin dejar huella y desaparecer de las páginas de la historia, a menos que despertemos de esta amnesia colectiva que parece que hemos venido experimentando en los últimos once mil años y nos demos cuenta de que nunca fuimos los primeros.


Los librepensadores, místicos y eruditos inconformistas nos han estado diciendo, en los últimos cien años o más, que la civilización es mucho más antigua de lo que a la ciencia quiere que creamos. Las Pirámides, Tiahuanaco, los Mayas, Piri Reis, Hapgood, Platón y la batería de Bagdad son solamente palabras que se repiten sin cesar. Sin embargo, nadie más que los creyentes se han tomado alguna vez estos asuntos seriamente.


Con la nueva datación de la Gran Esfinge en particular, ahora hay demasiadas pruebas para negar que al final de la última Edad de Hielo existió una cultura muy avanzada en este mundo. El origen de este pueblo nos es completamente desconocido. Algunos podrían sugerir que vinieron de la Atlántida, otros dirán que vinieron de los cielos, pero para ser honestos, simplemente no lo sabemos. Lo que es más importante es que vayamos dando pasos, y nos ciñamos a los hechos concretos, con la esperanza de que esta vez todo el mundo participará de estas grandes revelaciones de nuestro tiempo.

© Andrew Collins

Fuente original: “The forbidden legacy of a fallen race”, en www.andrewcollins.com/articles

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Bibliografía

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ULANSEY, David. The Origins of the Mithraic Mysteries: Cosmology and Salvation in the Ancient World, OUP, 1989.

jueves, 6 de junio de 2019

El misterio de las ciudades subterráneas


Uno de los temas más polémicos presentados por la arqueología alternativa en las últimas décadas ha sido el de las ciudades subterráneas, o por extensión, las antiguas estructuras artificiales halladas en el subsuelo de muchas regiones del planeta. En este asunto, empero, cabe distinguir bien entre lo que es mera ficción o conjetura y los restos observables en el terreno. Así, es evidente que existe una amplia literatura sobre ciudades o reinos intraterrestres de carácter casi mágico como Shambala o Agartha, o incluso una hipotética civilización perdida en la Antártida (relacionada con la “Tierra hueca”). Sobre estos refugios o santuarios de antiguas civilizaciones o de hombres sabios se ha escrito mucho y se ha especulado más, y no suelen faltar los clásicos elementos esotéricos o mitológicos –e incluso ufológicos– que bien poco ayudan a desvelar las incógnitas. Confieso que es un tema apasionante como mero ejercicio de fantasía alternativa, pero no me interesa demasiado desde el punto de vista estrictamente histórico o arqueológico.

Ahora bien, el tema adquiere otro cariz si nos referimos a ciertos restos arqueológicos, más o menos explorados y estudiados. En este ámbito tenemos constancia de diversas estructuras subterráneas –sobre todo en forma de túneles, cuevas, catacumbas, laberintos, hipogeos, etc.– que nos indican que en un momento remoto de la Antigüedad algunas sociedades avanzadas hicieron uso del subsuelo para fines no siempre bien identificados. En algunos casos se aprecia una clara finalidad ritual o funeraria, pero en muchos otros no hay certeza sobre el propósito de las obras, en particular cuando no hay restos materiales in situ que permitan asociar la estructura a una función determinada. En su momento ya dediqué una entrada a la cuestión de la red de túneles que podía existir en América del Sur, que apenas ha sido objeto de investigación y que suscita muchas más preguntas que respuestas. Estamos hablando de una extensa red de kilómetros y kilómetros de terreno excavado a cierta profundidad en un tiempo indefinido, aunque se haya querido asociar tales obras a las antiguas civilizaciones precolombinas.

Por desgracia, hay muy poca información completa y fiable en este tema, así como en otras posibles redes de túneles en otros puntos del planeta (en Europa, Asia, África…), que apuntarían a una interconexión entre territorios muy distantes entre sí. He leído algo sobre estas propuestas, y realmente la imaginación se dispara a partir de pequeños indicios o de rumores, que dan pie a hablar de incluso una civilización subterránea mundial que existió en una época remotísima. En todo caso, quisiera destacar ahora un fenómeno intraterreno que ha sido estudiado en parte por la arqueología académica y reinterpretado a su vez por la arqueología alternativa, sin que ni unos ni otros muestren gran seguridad en sus argumentos y explicaciones. Me voy a referir pues a lo que podríamos llamar “el misterio de las ciudades subterráneas”, y muy en concreto a las ciudades que encontramos en la región de Capadocia (Turquía).

Lo cierto es que la arqueología ortodoxa tiene muchos focos de interés en Turquía y el asunto de estas ciudades subterráneas ha quedado relegado a un segundo o tercer plano, teniendo en cuenta además las propias dificultades y altos costes de emprender intervenciones de este tipo. En este punto, hay que remarcar que no se trata de estructuras que quedaron abandonadas en superficie y luego sepultadas por capas de sedimentos, sino que se trata realmente de hábitats excavados en la roca o subsuelo ya en épocas antiguas, lo que implica un trabajo ingente. Además, no se puede decir que este fenómeno sea algo marginal o de poco alcance, pues hasta la fecha se han identificado en la zona nada menos que unas doscientas poblaciones subterráneas, de las cuales sólo una pequeña parte ha sido abordada por los investigadores. Actualmente son accesibles al público 37 de estas estructuras, si bien dicho acceso está restringido a una porción acondicionada (“turística”) del yacimiento, pues la mayor parte de estos complejos subterráneos aún está siendo documentada por los profesionales o está por explorar. Y de entre todos ellos, hay dos que destacan poderosamente, y más en particular uno llamado Derinkuyu (“pozo profundo”, en idioma turco), del cual hablaremos más extensamente.

Vista de las estructuras de Kaymakli
En primer lugar, cabe mencionar el yacimiento de Kaymakli, situado en la provincia de Nevsehir, en el corazón de Anatolia. Se trata de una pequeña ciudad subterránea conocida desde antaño, pues aún se habitaba a inicios del siglo XX. Por su interés arqueológico y cultural fue prontamente estudiada y acondicionada, y es visitable desde 1964. La estructura excavada en la roca volcánica tiene por lo menos hasta ocho niveles o pisos conocidos, aunque sólo se pueden visitar los cuatro superiores. En realidad, es un complejo laberíntico de estancias y túneles (alrededor de un centenar) no demasiado amplios que podría soportar una población de unos 4.000 habitantes, con espacios suficientes para personas, animales y suministros básicos. En todo caso, no se trataba de unas poblaciones “primitivas”. De hecho, encontramos allí pruebas de una actividad laboriosa, con lugares sociales y económicos diferenciados, que van desde viviendas a almacenes, ¡y hasta una iglesia! En cuanto a su datación, los arqueólogos fijan su fundación en la época frigia (primer milenio antes de Cristo), si bien luego las estructuras fueron reutilizadas por todos los pueblos o culturas que se instalaron en la zona hasta los tiempos modernos.

Y a unos 12 km. de este enclave tenemos la ciudad subterránea por excelencia, Derinkuyu, que estaba conectada a la anterior por un túnel hoy parcialmente derruido. Cabe señalar que la ciudad había sido abandonada y olvidada, pero en 1963 fue redescubierta fortuitamente y enseguida fue objeto de exploración, hasta ser abierta al público en 1969. Aquí ya hemos de emplear palabras mayores, pues los niveles o pisos identificados hasta la fecha son unos 20 –aunque sólo son visitables los ocho más próximos a la superficie– y se estima que la profundidad alcanzada estaría alrededor de los 85 metros bajo la superficie, con una extensión horizontal de unos 4 km2. Los distintos niveles estaban conectados por pasajes y escaleras talladas en la roca. En este caso, las valoraciones acerca de la capacidad de población se sitúan sobre las 20.000 personas[1], más los animales y otros bienes, como en el caso anterior. En cuanto a la estructura y disposición de los espacios, se repite más o menos lo visto en Kaymakli pero a una escala superior. Así pues, aquí encontramos habitáculos, establos, cocinas, prensas de vino y de aceite, almacenes, graneros, comedores, escuelas, talleres de metalurgia y también una iglesia de tamaño respetable de planta cruciforme. Como dato a destacar, en el segundo nivel se halló una enorme sala cubierta por una bóveda de cañón, que se cree que pudo ser usada como escuela religiosa.

Mapa de la ciudad subterránea de Derinkuyu
Lo que destaca poderosamente es la habilidad e inteligencia con que se construyó todo el complejo, pues existe una red de canales de ventilación que llega hasta la superficie, a menudo de forma camuflada o discreta, para el suministro de aire fresco. Asimismo, los diversos niveles están conectados por unos conductos de pequeño diámetro que tienen una sonoridad perfecta, lo que vendría a constituir un sistema de interfonía muy eficiente. Aparte, la ciudad disponía de abundante agua potable gracias a pozos que se alimentaban de ríos y acuíferos subterráneos. Los túneles o pasadizos eran aquí un poco más amplios que en Kaymakli y los accesos se bloqueaban mediante unas enormes ruedas macizas de piedra, de entre uno y dos metros de diámetro, medio metro de grosor y un peso de hasta media tonelada. En realidad, funcionaban como una especie de puertas correderas que se podían mover –abrir y cerrar– con cierta facilidad desde el interior, pero no así desde el exterior.

En lo referente a la datación y ocupación, se constata una vez más que la ciudad fue habitada de manera ocasional durante muchísimos siglos por distintas culturas, con una especial incidencia en la era bizantina –cuando supuestamente tuvo lugar una ampliación de la ciudad– y prácticamente hasta épocas recientes, llegando a inicios del siglo pasado. Según algunos estudios arqueológicos, las dataciones de los niveles superiores se podrían remontar hasta la época hitita (entre el 1800 a. C. y 1200 a. C. aproximadamente), pasando luego por las diversas civilizaciones posteriores (frigios, griegos, romanos, bizantinos, árabes, otomanos…). Eso sí, no hay datos concluyentes sobre los niveles más profundos, que están pendientes de posteriores estudios.

Dicho esto, debo precisar que en este punto he hallado informaciones dispares, pues según las autoridades culturales turcas, Derinkuyu fue excavada en época frigia (siglos VIII – VII a. C.), aprovechando cavidades naturales existentes, y no hay ningún otro precedente histórico. En todo caso, cabría preguntarse cómo se obtuvieron las dataciones; si fue por tipología de objetos, por dataciones radiométricas de C-14, o por otros métodos. Por lo que he podido rastrear someramente, parece ser que en efecto se encontraron algunos objetos claramente hititas en los túneles y de ahí las estimaciones cronológicas más arcaicas, que se van al segundo milenio a. C. Lamentablemente, las referencias históricas no aportan luz sobre el origen de estas ciudades, pues el primer documento escrito que las cita es la Anábasis, un relato de Jenofonte datado en siglo IV a. C.

Paisaje de la región de Capadocia
Lo que está claro que es que todavía hay mucho trabajo por hacer en esa región de Turquía y que los estudios deben proseguir para podernos hacer un retrato más completo y fiable de estos complejos subterráneos. Por de pronto, en 2014 se identificó otro yacimiento más al norte, bajo la ciudad de Nevsehir, del cual no se tenía ninguna referencia previa. Este complejo, según las prospecciones iniciales, podría ser mucho más grande que Derinkuyu, con túneles de hasta siete kilómetros de longitud. Algunos arqueólogos, tomando en conjunto todo el fenómeno, se han atrevido a sugerir que las estructuras subterráneas de Capadocia podrían albergar a más de un millón de personas, cifra que –para los tiempos antiguos– parece realmente desorbitada. Ahí lo dejamos.

Una vez presentada la cuestión en sus elementos esenciales, vamos a adentrarnos en los dos aspectos más oscuros del tema, que han atraído la atención de las propuestas más variopintas de la arqueología alternativa: 1) el motivo por el cual se construyeron estas ciudades subterráneas, y 2) su contexto histórico, con la polémica específica sobre el origen y datación de las estructuras. Como veremos, todo apunta a que ambos aspectos están muy relacionados, y en esta ocasión la arqueología alternativa presenta una serie de escenarios que poco o nada tienen que ver con las explicaciones oficiales, aunque –en honor a la verdad– hay que reconocer que algunos investigadores ortodoxos ofrecen unas interpretaciones relativamente audaces.

Si nos centramos en la razón por la que se realizaron estas impresionantes obras, el contexto dado por el estamento académico es categórico: estas ciudades fueron construidas como grandes refugios para casos de guerra, en una región que precisamente vivió innumerables conflictos e invasiones desde el mismo principio de la civilización. Así, ante el peligro de que la población fuese saqueada, esclavizada o asesinada, se habrían construido unas fortificaciones subterráneas capaces de mantener a gran cantidad de personas durante cierto tiempo. Esta idea viene reforzada por la discreción de los accesos, la estrechez de los pasadizos y sobre todo por los potentes sistemas de bloqueo que ya hemos citado. Todo esto tiene sentido en una zona devastada por las guerras, con continuos ataques y contrataques de los imperios que se disputaban el dominio del territorio.

Túnel con sistema de bloqueo mediante una enorme rueda-puerta (Derinkuyu)

Ahora bien, a esta hipótesis razonable le podríamos objetar algunos hechos. Que las ciudades subterráneas sirvieran de refugio temporal a través de diversas épocas no significa necesariamente que fueran creadas con esa finalidad. Es algo similar al clásico problema de las pirámides egipcias; quizá en algún momento de la historia pudieron ejercer de tumbas, pero no hay evidencia fehaciente de que fueran diseñadas y construidas originalmente para tal fin, según se aprecia en los monumentos más antiguos. Después está el factor defensivo. Las ciudades del subsuelo podrían ser útiles en tanto que se mantuvieran en cierto secreto o sigilo. En caso de ser descubiertas, y aunque los invasores no pudieran sortear los bloqueos, sí podrían localizar los canales de ventilación y taponarlos, o bien llenarlos de humo, o incluso arrojar líquidos.

Finalmente, el enorme trabajo de excavar la roca y acondicionar los espacios implica una labor coordinada de mucha gente durante muchos años, y todo ello fue… ¿para construir un mero refugio temporal? Está claro que vivir lejos de la luz solar y el aire libre acarrearía graves problemas, pero todo indica que estas ciudades estaban diseñadas para resistir durante mucho tiempo, no sólo para ocultarse durante unas semanas o meses. En realidad, más bien parece que estas ciudades pretendían replicar la vida normal en superficie en la mayoría de los aspectos, lo cual sí justificaría el enorme esfuerzo realizado. No obstante, en aquellas épocas el sistema de defensa por excelencia era la construcción de fuertes murallas en torno a las ciudades, y tenemos ejemplos de éstas en toda Turquía. A veces resistían y a veces no, pero los defensores ya contaban con ello. En cambio, sobre el posible éxito o eficacia de los hábitats subterráneos poco sabemos, pero ya hemos visto que podían convertirse en ratoneras en caso de ser localizados, lo que tampoco era un panorama muy halagüeño.

E. Von Däniken
En este punto varios autores alternativos empezaron a ver cosas extrañas y se plantearon otros escenarios bien distintos. Nuestro viejo amigo, el inefable Erich Von Däniken, visitó varias veces Derinkuyu y en uno de sus libros (La respuesta de los dioses) especuló sobre el origen de la ciudad. Esta vez el autor suizo no se atrevió a decir que el complejo subterráneo era una obra extraterrestre, pero sí afirmó que había sido creado para refugiarse de unas terribles guerras –con armamentos devastadores– entre alienígenas. En paralelo a esta línea, otros autores como Steiger, Childress y Sitchin han sugerido que en épocas muy antiguas pudieron darse unas terribles guerras atómicas sobre el planeta, y muy concretamente en la zona de Oriente Medio, siendo protagonistas los extraterrestres o unas civilizaciones desaparecidas. En este contexto no sería de extrañar la construcción de grandes refugios subterráneos donde protegerse de los catastróficos efectos de tales guerras, empezando por la radiación. Desde luego, la propuesta de guerras nucleares arcaicas tiene numerosos puntos discutibles –siendo muy generosos– y los académicos la consideran un absoluto disparate. En fin, esta teoría nos conduce a otro escenario muy polémico y complejo de la arqueología alternativa que dejaré para un futuro artículo para no desviarme en exceso del tema principal.

Sin embargo, existe otra línea alternativa que también plantea una situación de gran catástrofe, con dos opciones más o menos interrelacionadas. En este caso, no habría guerras (del tipo que fueren), pero sí un tremendo cambio en el medio ambiente de la superficie terrestre provocado por factores naturales, lo que habría empujado a los habitantes de la región a buscar refugio en el subsuelo durante periodos de tiempo muy extensos. Para los que siguen este blog este asunto ya les resultará familiar y no es otro que el del cataclismo global que asoló la Tierra hace unos 12.000 años y que autores como Graham Hancock defienden a capa y espada, si bien esta idea ya había arrancado con fuerza en los años 60 con Charles Hapgood, e incluso se podría remontar al siglo XIX, en los tiempos de Ignatius Donnelly.

¿Un desastre natural de gigantescas proporciones?
Recordemos que según esta visión un evento cósmico, probablemente el impacto de un cometa, provocó una reacción en cadena al final de la última era glacial, con la inmediata fusión de gran parte de los hielos árticos, inundaciones gigantescas, terremotos, tsunamis, erupciones, etc. Todo ello habría causado un tremendo cambio climático –nada que ver con las estupideces y mentiras que nos venden ahora– que quizá se llevó por delante a gran parte de la población humana del planeta, incluyendo una hipotética civilización muy avanzada. De este modo, se pasó de una etapa benigna de progresivo calentamiento al retorno de los rigores de la era glacial más dura, con nieves, hielos e intenso frío. Este lapso climático se denomina Dryas reciente y tuvo una duración de unos mil años, durante los cuales desaparecieron muchas especies animales y vegetales.

El investigador inglés Andrew Collins estima que precisamente durante esta etapa los habitantes de la región construyeron las ciudades subterráneas para resguardarse de las inclemencias climáticas superficiales y disponer de un microclima con una temperatura fresca pero estable, en el que –por cierto– se darían las condiciones óptimas para la conservación de los alimentos. Collins también apuntaba al detalle de que los niveles o zonas más antiguas de la ciudad eran de mayor altura, lo que vendría a sugerir que los hombres de aquella época eran bastante más altos. ¿Tal vez serían los famosos Cro-Magnon del paleolítico superior, cuya altura media rondaría los dos metros? Estaríamos hablando de meras conjeturas.

G. Hancock
A su vez, Graham Hancock visitó Derinkuyu en 2013 y su veredicto –expresado en Magicians of the Gods– fue que las ciudades del subsuelo podían ser mucho más antiguas de lo que reconoce el estamento académico, coincidiendo con Collins en que podían haber sido construidas como refugio hace unos 12.800 años, en respuesta al terrible evento cósmico que dio un vuelco al medio ambiente del planeta. Hancock añade que tal vez los hábitats subterráneos, aparte de responder a las duras condiciones climáticas, se crearon como protección ante el periódico bombardeo de pequeños fragmentos del cometa, que se alargó probablemente durante siglos.

Pero el escenario catastrofista no acaba aquí. El geólogo de la Universidad de Boston Robert Schoch –que desde los años 90 está instalado parcialmente en la arqueología alternativa– propuso hace no mucho otra visión no menos impactante. En este caso, Schoch tiene en cuenta la hipótesis anterior, pero la desestima por falta de pruebas de impactos de objetos celestes, y más bien cree que el verdadero motivo para la construcción de las ciudades subterráneas fue un evento cósmico de diferente naturaleza. Así, el geólogo estadounidense alude a la posibilidad de un gran estallido o explosión solar, acompañado de llamaradas solares y eyección de masa coronal (descarga de materia y radiación electromagnética en forma de plasma), que habría ocurrido hacia el final de la última Edad del Hielo.

Actividad solar devastadora
Schoch fundamenta su interpretación en los trabajos de Paul LaViolette, según los cuales se ha podido documentar los efectos químicos y radiactivos de este fenómeno en sedimentos y núcleos de hielo analizados en diversos lugares, desde Venezuela a Groenlandia. Otros recientes estudios, como los de Ted Bunch et alii[2], han confirmado esa gran explosión solar y la han acotado temporalmente en una antigüedad de 12.900 años. Aparte, Schoch se remite a las investigaciones emprendidas por Heinrich e Ingrid Kusch, que han identificado en distintos puntos de Europa la presencia de centenares de túneles –que incluyen habitáculos y salas de almacenamiento– justo por debajo de los asentamientos neolíticos, con una datación muy similar a la ya citada (hace unos 12.000 años). Con todo ello, Robert Schoch construye un hipotético escenario en el cual los hombres de esa época tuvieron que protegerse de la catástrofe ambiental producida por la potente actividad solar desatada, y de ahí que buscasen refugio en el subsuelo, excavando con gran pericia redes de túneles y hábitats estables bajo tierra.

Llegados a este punto, ya podemos entrar de lleno en la segunda cuestión a debate, que es una continuación directa de la primera: ¿Cuál es la auténtica antigüedad de estas estructuras? Como hemos visto, las interpretaciones alternativas suponen la negación de la versión académica, pues sitúan la construcción de estas ciudades subterráneas en otro momento muy anterior de la historia; para ser exactos, de la prehistoria. Para empezar, hay que remarcar que no es posible datar las estructuras subterráneas en sí mismas por los métodos habituales, pues aquí se trata de roca excavada y trabajada a golpe de pico y cincel. En cuanto a los objetos o posibles restos óseos, hay que tener en cuenta que pueden haber sido depositados durante muchos siglos –de forma “intrusiva”– por lo cual es muy difícil datar el momento original de la excavación.

Lo que choca es que, mientras que varios científicos académicos han reconocido que hay evidencia hitita en los túneles y que por ello las dataciones deberían remontarse al segundo milenio antes de Cristo, las autoridades culturales han fijado el horizonte frigio como el momento original de la excavación. La verdad es que no se entiende mucho esta postura, cuando todavía hay una duda o controversia científica sobre una datación fiable. El historiador y arqueólogo turco Ömer Demir no sólo tiene en cuenta la cronología hitita, sino que se atreve a remontar el origen de las ciudades del subsuelo al final del periodo paleolítico. De este modo, viene a confirmar las opiniones de los alternativos en el sentido de que las civilizaciones de época histórica simplemente se encontraron con las estructuras y las reaprovecharon y modificaron para sus necesidades en sus respectivas épocas. 

Una de las salas de la ciudad de Derinkuyu
Demir sustenta su opinión en varios elementos. Primeramente, se aprecian diferencias de estilo entre los distintos niveles, lo que demuestra que hubo un cierto lapso temporal entre las obras. Después, se observa que los niveles más antiguos no presentan las típicas marcas de los utensilios al trabajar la roca, pues éstas desaparecen tras muchos siglos de estar expuestas; en cambio, dichas marcas todavía son observables en los niveles más modernos. Finalmente, está el problema de localizar los materiales que fueron extraídos del subsuelo para crear las cavidades. En este caso, no se han localizado en torno a Derinkuyu, sino que han sido identificados en un río, a bastante distancia (26 km), lo que indica que fueron arrojados a varios ríos de la zona para que se los llevara la corriente. Pero lo más llamativo es que allí mismo se encontraron diversas herramientas de piedra del paleolítico. En conjunto, no son pruebas definitivas, pero sí al menos indicativas de que la ciudad pudo ser excavada muchísimo antes de lo aceptado en el entorno académico.

Sea como fuere, no tenemos realmente certezas acerca del momento fundacional de estas ciudades, y el origen prehistórico no debería descartarse, aunque parezca algo forzado. Ahora bien, hemos de recordar que las versiones alternativas sitúan la cronología en función de la tesis del gran cataclismo de hace más de 12.000 años, pero no pueden aportar ninguna prueba directa de ello, ni una relación causa-efecto indiscutible que justifique la creación de esas ciudades; son sólo hipótesis. De hecho, aún abandonando la tesis oficial del “refugio en tiempo de guerra”, quedan muchos cabos sueltos que se ofrecen a múltiples interpretaciones y posibilidades.

Yacimiento de Göbekli Tepe (Turquía)
Así pues, nos podríamos preguntar quiénes excavaron estos complejos al final del paleolítico, pues vistas la enorme cantidad de trabajo, la destreza y la ingeniería que comportan estas estructuras no parece algo propio de cavernícolas primitivos, los cazadores-recolectores de esa época. Además, llama mucho la atención la capacidad de construir tantos complejos para tanta gente, si es que todos fueron contemporáneos. Tal vez apelar a una civilización desaparecida sea demasiado arriesgado, pero bien es cierto que en la misma Turquía tenemos el yacimiento de Göbleki Tepe, cuya datación fiable se va más allá del 9000 a. C. Y recordemos que se trata de un amplio conjunto de recintos o templos con estructuras megalíticas y decoraciones en relieve. Todo esto era impensable para el estamento académico hace unos años, pero ahora no pueden negar la evidencia de una sociedad desarrollada anterior a la llamada revolución neolítica. Por tanto, es factible que estos complejos subterráneos, que tienen algo de megalítico, puedan remontarse a esa época tan lejana... y no tan primitiva.

Otro asunto es valorar la capacidad de supervivencia en estos complejos y el tiempo que podían pasar las personas sin salir al exterior. En efecto, parecen ser ciudades completas y bien preparadas en las que poder subsistir durante periodos extensos, pero surgen varios problemas, como la necesidad de recurrir a la alimentación vegetal (para personas y animales) y de obtener materias primas, aparte del propio contacto con el aire fresco y la luz solar. Si las condiciones externas eran durísimas –y no sabemos hasta qué punto– tal vez el cultivo de plantas en superficie sería inviable o problemático. Es obvio que se podría almacenar gran cantidad de alimentos, la mayoría en seco, pero una población de miles de personas acabaría por consumir las reservas en cuestión de meses. Por tanto, es complicado hallar un equilibrio entre la tesis oficial –un refugio temporal– y la alternativa, que nos muestra escenario poco menos que apocalíptico. Tal vez deberíamos pensar en alguna solución intermedia, en que se podía combinar una reducida actividad exterior con una más intensa actividad interior, a la espera de disponer de datos paleoclimáticos más precisos.

Concluyendo, considero que tanto las visiones ortodoxas como las alternativas se mueven todavía en datos parciales e inseguros, y deben recurrir a especulaciones y escenarios probables para tratar de dar una explicación coherente. No descarto, empero, que ambas tengan su parte de razón, sin entrar en contradicciones, pues el uso original pudo tener como motivo un problema climático, mientras que el uso “histórico” pudo estar más relacionado con las guerras locales. Sólo el tiempo e investigaciones más profundas podrán darnos pistas más sólidas sobre estas asombrosas ciudades subterráneas de hace tantos siglos.

© Xavier Bartlett 2019
Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Según otras estimaciones, la cifra de habitantes podría llegar incluso a los 50.000.
[2] BUNCH, T. et alii. Very high-temperature impact melt products as evidence for cosmic airbursts and impacts 12,900 years ago. PNAS, June 2012.