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jueves, 6 de junio de 2019

El misterio de las ciudades subterráneas


Uno de los temas más polémicos presentados por la arqueología alternativa en las últimas décadas ha sido el de las ciudades subterráneas, o por extensión, las antiguas estructuras artificiales halladas en el subsuelo de muchas regiones del planeta. En este asunto, empero, cabe distinguir bien entre lo que es mera ficción o conjetura y los restos observables en el terreno. Así, es evidente que existe una amplia literatura sobre ciudades o reinos intraterrestres de carácter casi mágico como Shambala o Agartha, o incluso una hipotética civilización perdida en la Antártida (relacionada con la “Tierra hueca”). Sobre estos refugios o santuarios de antiguas civilizaciones o de hombres sabios se ha escrito mucho y se ha especulado más, y no suelen faltar los clásicos elementos esotéricos o mitológicos –e incluso ufológicos– que bien poco ayudan a desvelar las incógnitas. Confieso que es un tema apasionante como mero ejercicio de fantasía alternativa, pero no me interesa demasiado desde el punto de vista estrictamente histórico o arqueológico.

Ahora bien, el tema adquiere otro cariz si nos referimos a ciertos restos arqueológicos, más o menos explorados y estudiados. En este ámbito tenemos constancia de diversas estructuras subterráneas –sobre todo en forma de túneles, cuevas, catacumbas, laberintos, hipogeos, etc.– que nos indican que en un momento remoto de la Antigüedad algunas sociedades avanzadas hicieron uso del subsuelo para fines no siempre bien identificados. En algunos casos se aprecia una clara finalidad ritual o funeraria, pero en muchos otros no hay certeza sobre el propósito de las obras, en particular cuando no hay restos materiales in situ que permitan asociar la estructura a una función determinada. En su momento ya dediqué una entrada a la cuestión de la red de túneles que podía existir en América del Sur, que apenas ha sido objeto de investigación y que suscita muchas más preguntas que respuestas. Estamos hablando de una extensa red de kilómetros y kilómetros de terreno excavado a cierta profundidad en un tiempo indefinido, aunque se haya querido asociar tales obras a las antiguas civilizaciones precolombinas.

Por desgracia, hay muy poca información completa y fiable en este tema, así como en otras posibles redes de túneles en otros puntos del planeta (en Europa, Asia, África…), que apuntarían a una interconexión entre territorios muy distantes entre sí. He leído algo sobre estas propuestas, y realmente la imaginación se dispara a partir de pequeños indicios o de rumores, que dan pie a hablar de incluso una civilización subterránea mundial que existió en una época remotísima. En todo caso, quisiera destacar ahora un fenómeno intraterreno que ha sido estudiado en parte por la arqueología académica y reinterpretado a su vez por la arqueología alternativa, sin que ni unos ni otros muestren gran seguridad en sus argumentos y explicaciones. Me voy a referir pues a lo que podríamos llamar “el misterio de las ciudades subterráneas”, y muy en concreto a las ciudades que encontramos en la región de Capadocia (Turquía).

Lo cierto es que la arqueología ortodoxa tiene muchos focos de interés en Turquía y el asunto de estas ciudades subterráneas ha quedado relegado a un segundo o tercer plano, teniendo en cuenta además las propias dificultades y altos costes de emprender intervenciones de este tipo. En este punto, hay que remarcar que no se trata de estructuras que quedaron abandonadas en superficie y luego sepultadas por capas de sedimentos, sino que se trata realmente de hábitats excavados en la roca o subsuelo ya en épocas antiguas, lo que implica un trabajo ingente. Además, no se puede decir que este fenómeno sea algo marginal o de poco alcance, pues hasta la fecha se han identificado en la zona nada menos que unas doscientas poblaciones subterráneas, de las cuales sólo una pequeña parte ha sido abordada por los investigadores. Actualmente son accesibles al público 37 de estas estructuras, si bien dicho acceso está restringido a una porción acondicionada (“turística”) del yacimiento, pues la mayor parte de estos complejos subterráneos aún está siendo documentada por los profesionales o está por explorar. Y de entre todos ellos, hay dos que destacan poderosamente, y más en particular uno llamado Derinkuyu (“pozo profundo”, en idioma turco), del cual hablaremos más extensamente.

Vista de las estructuras de Kaymakli
En primer lugar, cabe mencionar el yacimiento de Kaymakli, situado en la provincia de Nevsehir, en el corazón de Anatolia. Se trata de una pequeña ciudad subterránea conocida desde antaño, pues aún se habitaba a inicios del siglo XX. Por su interés arqueológico y cultural fue prontamente estudiada y acondicionada, y es visitable desde 1964. La estructura excavada en la roca volcánica tiene por lo menos hasta ocho niveles o pisos conocidos, aunque sólo se pueden visitar los cuatro superiores. En realidad, es un complejo laberíntico de estancias y túneles (alrededor de un centenar) no demasiado amplios que podría soportar una población de unos 4.000 habitantes, con espacios suficientes para personas, animales y suministros básicos. En todo caso, no se trataba de unas poblaciones “primitivas”. De hecho, encontramos allí pruebas de una actividad laboriosa, con lugares sociales y económicos diferenciados, que van desde viviendas a almacenes, ¡y hasta una iglesia! En cuanto a su datación, los arqueólogos fijan su fundación en la época frigia (primer milenio antes de Cristo), si bien luego las estructuras fueron reutilizadas por todos los pueblos o culturas que se instalaron en la zona hasta los tiempos modernos.

Y a unos 12 km. de este enclave tenemos la ciudad subterránea por excelencia, Derinkuyu, que estaba conectada a la anterior por un túnel hoy parcialmente derruido. Cabe señalar que la ciudad había sido abandonada y olvidada, pero en 1963 fue redescubierta fortuitamente y enseguida fue objeto de exploración, hasta ser abierta al público en 1969. Aquí ya hemos de emplear palabras mayores, pues los niveles o pisos identificados hasta la fecha son unos 20 –aunque sólo son visitables los ocho más próximos a la superficie– y se estima que la profundidad alcanzada estaría alrededor de los 85 metros bajo la superficie, con una extensión horizontal de unos 4 km2. Los distintos niveles estaban conectados por pasajes y escaleras talladas en la roca. En este caso, las valoraciones acerca de la capacidad de población se sitúan sobre las 20.000 personas[1], más los animales y otros bienes, como en el caso anterior. En cuanto a la estructura y disposición de los espacios, se repite más o menos lo visto en Kaymakli pero a una escala superior. Así pues, aquí encontramos habitáculos, establos, cocinas, prensas de vino y de aceite, almacenes, graneros, comedores, escuelas, talleres de metalurgia y también una iglesia de tamaño respetable de planta cruciforme. Como dato a destacar, en el segundo nivel se halló una enorme sala cubierta por una bóveda de cañón, que se cree que pudo ser usada como escuela religiosa.

Mapa de la ciudad subterránea de Derinkuyu
Lo que destaca poderosamente es la habilidad e inteligencia con que se construyó todo el complejo, pues existe una red de canales de ventilación que llega hasta la superficie, a menudo de forma camuflada o discreta, para el suministro de aire fresco. Asimismo, los diversos niveles están conectados por unos conductos de pequeño diámetro que tienen una sonoridad perfecta, lo que vendría a constituir un sistema de interfonía muy eficiente. Aparte, la ciudad disponía de abundante agua potable gracias a pozos que se alimentaban de ríos y acuíferos subterráneos. Los túneles o pasadizos eran aquí un poco más amplios que en Kaymakli y los accesos se bloqueaban mediante unas enormes ruedas macizas de piedra, de entre uno y dos metros de diámetro, medio metro de grosor y un peso de hasta media tonelada. En realidad, funcionaban como una especie de puertas correderas que se podían mover –abrir y cerrar– con cierta facilidad desde el interior, pero no así desde el exterior.

En lo referente a la datación y ocupación, se constata una vez más que la ciudad fue habitada de manera ocasional durante muchísimos siglos por distintas culturas, con una especial incidencia en la era bizantina –cuando supuestamente tuvo lugar una ampliación de la ciudad– y prácticamente hasta épocas recientes, llegando a inicios del siglo pasado. Según algunos estudios arqueológicos, las dataciones de los niveles superiores se podrían remontar hasta la época hitita (entre el 1800 a. C. y 1200 a. C. aproximadamente), pasando luego por las diversas civilizaciones posteriores (frigios, griegos, romanos, bizantinos, árabes, otomanos…). Eso sí, no hay datos concluyentes sobre los niveles más profundos, que están pendientes de posteriores estudios.

Dicho esto, debo precisar que en este punto he hallado informaciones dispares, pues según las autoridades culturales turcas, Derinkuyu fue excavada en época frigia (siglos VIII – VII a. C.), aprovechando cavidades naturales existentes, y no hay ningún otro precedente histórico. En todo caso, cabría preguntarse cómo se obtuvieron las dataciones; si fue por tipología de objetos, por dataciones radiométricas de C-14, o por otros métodos. Por lo que he podido rastrear someramente, parece ser que en efecto se encontraron algunos objetos claramente hititas en los túneles y de ahí las estimaciones cronológicas más arcaicas, que se van al segundo milenio a. C. Lamentablemente, las referencias históricas no aportan luz sobre el origen de estas ciudades, pues el primer documento escrito que las cita es la Anábasis, un relato de Jenofonte datado en siglo IV a. C.

Paisaje de la región de Capadocia
Lo que está claro que es que todavía hay mucho trabajo por hacer en esa región de Turquía y que los estudios deben proseguir para podernos hacer un retrato más completo y fiable de estos complejos subterráneos. Por de pronto, en 2014 se identificó otro yacimiento más al norte, bajo la ciudad de Nevsehir, del cual no se tenía ninguna referencia previa. Este complejo, según las prospecciones iniciales, podría ser mucho más grande que Derinkuyu, con túneles de hasta siete kilómetros de longitud. Algunos arqueólogos, tomando en conjunto todo el fenómeno, se han atrevido a sugerir que las estructuras subterráneas de Capadocia podrían albergar a más de un millón de personas, cifra que –para los tiempos antiguos– parece realmente desorbitada. Ahí lo dejamos.

Una vez presentada la cuestión en sus elementos esenciales, vamos a adentrarnos en los dos aspectos más oscuros del tema, que han atraído la atención de las propuestas más variopintas de la arqueología alternativa: 1) el motivo por el cual se construyeron estas ciudades subterráneas, y 2) su contexto histórico, con la polémica específica sobre el origen y datación de las estructuras. Como veremos, todo apunta a que ambos aspectos están muy relacionados, y en esta ocasión la arqueología alternativa presenta una serie de escenarios que poco o nada tienen que ver con las explicaciones oficiales, aunque –en honor a la verdad– hay que reconocer que algunos investigadores ortodoxos ofrecen unas interpretaciones relativamente audaces.

Si nos centramos en la razón por la que se realizaron estas impresionantes obras, el contexto dado por el estamento académico es categórico: estas ciudades fueron construidas como grandes refugios para casos de guerra, en una región que precisamente vivió innumerables conflictos e invasiones desde el mismo principio de la civilización. Así, ante el peligro de que la población fuese saqueada, esclavizada o asesinada, se habrían construido unas fortificaciones subterráneas capaces de mantener a gran cantidad de personas durante cierto tiempo. Esta idea viene reforzada por la discreción de los accesos, la estrechez de los pasadizos y sobre todo por los potentes sistemas de bloqueo que ya hemos citado. Todo esto tiene sentido en una zona devastada por las guerras, con continuos ataques y contrataques de los imperios que se disputaban el dominio del territorio.

Túnel con sistema de bloqueo mediante una enorme rueda-puerta (Derinkuyu)

Ahora bien, a esta hipótesis razonable le podríamos objetar algunos hechos. Que las ciudades subterráneas sirvieran de refugio temporal a través de diversas épocas no significa necesariamente que fueran creadas con esa finalidad. Es algo similar al clásico problema de las pirámides egipcias; quizá en algún momento de la historia pudieron ejercer de tumbas, pero no hay evidencia fehaciente de que fueran diseñadas y construidas originalmente para tal fin, según se aprecia en los monumentos más antiguos. Después está el factor defensivo. Las ciudades del subsuelo podrían ser útiles en tanto que se mantuvieran en cierto secreto o sigilo. En caso de ser descubiertas, y aunque los invasores no pudieran sortear los bloqueos, sí podrían localizar los canales de ventilación y taponarlos, o bien llenarlos de humo, o incluso arrojar líquidos.

Finalmente, el enorme trabajo de excavar la roca y acondicionar los espacios implica una labor coordinada de mucha gente durante muchos años, y todo ello fue… ¿para construir un mero refugio temporal? Está claro que vivir lejos de la luz solar y el aire libre acarrearía graves problemas, pero todo indica que estas ciudades estaban diseñadas para resistir durante mucho tiempo, no sólo para ocultarse durante unas semanas o meses. En realidad, más bien parece que estas ciudades pretendían replicar la vida normal en superficie en la mayoría de los aspectos, lo cual sí justificaría el enorme esfuerzo realizado. No obstante, en aquellas épocas el sistema de defensa por excelencia era la construcción de fuertes murallas en torno a las ciudades, y tenemos ejemplos de éstas en toda Turquía. A veces resistían y a veces no, pero los defensores ya contaban con ello. En cambio, sobre el posible éxito o eficacia de los hábitats subterráneos poco sabemos, pero ya hemos visto que podían convertirse en ratoneras en caso de ser localizados, lo que tampoco era un panorama muy halagüeño.

E. Von Däniken
En este punto varios autores alternativos empezaron a ver cosas extrañas y se plantearon otros escenarios bien distintos. Nuestro viejo amigo, el inefable Erich Von Däniken, visitó varias veces Derinkuyu y en uno de sus libros (La respuesta de los dioses) especuló sobre el origen de la ciudad. Esta vez el autor suizo no se atrevió a decir que el complejo subterráneo era una obra extraterrestre, pero sí afirmó que había sido creado para refugiarse de unas terribles guerras –con armamentos devastadores– entre alienígenas. En paralelo a esta línea, otros autores como Steiger, Childress y Sitchin han sugerido que en épocas muy antiguas pudieron darse unas terribles guerras atómicas sobre el planeta, y muy concretamente en la zona de Oriente Medio, siendo protagonistas los extraterrestres o unas civilizaciones desaparecidas. En este contexto no sería de extrañar la construcción de grandes refugios subterráneos donde protegerse de los catastróficos efectos de tales guerras, empezando por la radiación. Desde luego, la propuesta de guerras nucleares arcaicas tiene numerosos puntos discutibles –siendo muy generosos– y los académicos la consideran un absoluto disparate. En fin, esta teoría nos conduce a otro escenario muy polémico y complejo de la arqueología alternativa que dejaré para un futuro artículo para no desviarme en exceso del tema principal.

Sin embargo, existe otra línea alternativa que también plantea una situación de gran catástrofe, con dos opciones más o menos interrelacionadas. En este caso, no habría guerras (del tipo que fueren), pero sí un tremendo cambio en el medio ambiente de la superficie terrestre provocado por factores naturales, lo que habría empujado a los habitantes de la región a buscar refugio en el subsuelo durante periodos de tiempo muy extensos. Para los que siguen este blog este asunto ya les resultará familiar y no es otro que el del cataclismo global que asoló la Tierra hace unos 12.000 años y que autores como Graham Hancock defienden a capa y espada, si bien esta idea ya había arrancado con fuerza en los años 60 con Charles Hapgood, e incluso se podría remontar al siglo XIX, en los tiempos de Ignatius Donnelly.

¿Un desastre natural de gigantescas proporciones?
Recordemos que según esta visión un evento cósmico, probablemente el impacto de un cometa, provocó una reacción en cadena al final de la última era glacial, con la inmediata fusión de gran parte de los hielos árticos, inundaciones gigantescas, terremotos, tsunamis, erupciones, etc. Todo ello habría causado un tremendo cambio climático –nada que ver con las estupideces y mentiras que nos venden ahora– que quizá se llevó por delante a gran parte de la población humana del planeta, incluyendo una hipotética civilización muy avanzada. De este modo, se pasó de una etapa benigna de progresivo calentamiento al retorno de los rigores de la era glacial más dura, con nieves, hielos e intenso frío. Este lapso climático se denomina Dryas reciente y tuvo una duración de unos mil años, durante los cuales desaparecieron muchas especies animales y vegetales.

El investigador inglés Andrew Collins estima que precisamente durante esta etapa los habitantes de la región construyeron las ciudades subterráneas para resguardarse de las inclemencias climáticas superficiales y disponer de un microclima con una temperatura fresca pero estable, en el que –por cierto– se darían las condiciones óptimas para la conservación de los alimentos. Collins también apuntaba al detalle de que los niveles o zonas más antiguas de la ciudad eran de mayor altura, lo que vendría a sugerir que los hombres de aquella época eran bastante más altos. ¿Tal vez serían los famosos Cro-Magnon del paleolítico superior, cuya altura media rondaría los dos metros? Estaríamos hablando de meras conjeturas.

G. Hancock
A su vez, Graham Hancock visitó Derinkuyu en 2013 y su veredicto –expresado en Magicians of the Gods– fue que las ciudades del subsuelo podían ser mucho más antiguas de lo que reconoce el estamento académico, coincidiendo con Collins en que podían haber sido construidas como refugio hace unos 12.800 años, en respuesta al terrible evento cósmico que dio un vuelco al medio ambiente del planeta. Hancock añade que tal vez los hábitats subterráneos, aparte de responder a las duras condiciones climáticas, se crearon como protección ante el periódico bombardeo de pequeños fragmentos del cometa, que se alargó probablemente durante siglos.

Pero el escenario catastrofista no acaba aquí. El geólogo de la Universidad de Boston Robert Schoch –que desde los años 90 está instalado parcialmente en la arqueología alternativa– propuso hace no mucho otra visión no menos impactante. En este caso, Schoch tiene en cuenta la hipótesis anterior, pero la desestima por falta de pruebas de impactos de objetos celestes, y más bien cree que el verdadero motivo para la construcción de las ciudades subterráneas fue un evento cósmico de diferente naturaleza. Así, el geólogo estadounidense alude a la posibilidad de un gran estallido o explosión solar, acompañado de llamaradas solares y eyección de masa coronal (descarga de materia y radiación electromagnética en forma de plasma), que habría ocurrido hacia el final de la última Edad del Hielo.

Actividad solar devastadora
Schoch fundamenta su interpretación en los trabajos de Paul LaViolette, según los cuales se ha podido documentar los efectos químicos y radiactivos de este fenómeno en sedimentos y núcleos de hielo analizados en diversos lugares, desde Venezuela a Groenlandia. Otros recientes estudios, como los de Ted Bunch et alii[2], han confirmado esa gran explosión solar y la han acotado temporalmente en una antigüedad de 12.900 años. Aparte, Schoch se remite a las investigaciones emprendidas por Heinrich e Ingrid Kusch, que han identificado en distintos puntos de Europa la presencia de centenares de túneles –que incluyen habitáculos y salas de almacenamiento– justo por debajo de los asentamientos neolíticos, con una datación muy similar a la ya citada (hace unos 12.000 años). Con todo ello, Robert Schoch construye un hipotético escenario en el cual los hombres de esa época tuvieron que protegerse de la catástrofe ambiental producida por la potente actividad solar desatada, y de ahí que buscasen refugio en el subsuelo, excavando con gran pericia redes de túneles y hábitats estables bajo tierra.

Llegados a este punto, ya podemos entrar de lleno en la segunda cuestión a debate, que es una continuación directa de la primera: ¿Cuál es la auténtica antigüedad de estas estructuras? Como hemos visto, las interpretaciones alternativas suponen la negación de la versión académica, pues sitúan la construcción de estas ciudades subterráneas en otro momento muy anterior de la historia; para ser exactos, de la prehistoria. Para empezar, hay que remarcar que no es posible datar las estructuras subterráneas en sí mismas por los métodos habituales, pues aquí se trata de roca excavada y trabajada a golpe de pico y cincel. En cuanto a los objetos o posibles restos óseos, hay que tener en cuenta que pueden haber sido depositados durante muchos siglos –de forma “intrusiva”– por lo cual es muy difícil datar el momento original de la excavación.

Lo que choca es que, mientras que varios científicos académicos han reconocido que hay evidencia hitita en los túneles y que por ello las dataciones deberían remontarse al segundo milenio antes de Cristo, las autoridades culturales han fijado el horizonte frigio como el momento original de la excavación. La verdad es que no se entiende mucho esta postura, cuando todavía hay una duda o controversia científica sobre una datación fiable. El historiador y arqueólogo turco Ömer Demir no sólo tiene en cuenta la cronología hitita, sino que se atreve a remontar el origen de las ciudades del subsuelo al final del periodo paleolítico. De este modo, viene a confirmar las opiniones de los alternativos en el sentido de que las civilizaciones de época histórica simplemente se encontraron con las estructuras y las reaprovecharon y modificaron para sus necesidades en sus respectivas épocas. 

Una de las salas de la ciudad de Derinkuyu
Demir sustenta su opinión en varios elementos. Primeramente, se aprecian diferencias de estilo entre los distintos niveles, lo que demuestra que hubo un cierto lapso temporal entre las obras. Después, se observa que los niveles más antiguos no presentan las típicas marcas de los utensilios al trabajar la roca, pues éstas desaparecen tras muchos siglos de estar expuestas; en cambio, dichas marcas todavía son observables en los niveles más modernos. Finalmente, está el problema de localizar los materiales que fueron extraídos del subsuelo para crear las cavidades. En este caso, no se han localizado en torno a Derinkuyu, sino que han sido identificados en un río, a bastante distancia (26 km), lo que indica que fueron arrojados a varios ríos de la zona para que se los llevara la corriente. Pero lo más llamativo es que allí mismo se encontraron diversas herramientas de piedra del paleolítico. En conjunto, no son pruebas definitivas, pero sí al menos indicativas de que la ciudad pudo ser excavada muchísimo antes de lo aceptado en el entorno académico.

Sea como fuere, no tenemos realmente certezas acerca del momento fundacional de estas ciudades, y el origen prehistórico no debería descartarse, aunque parezca algo forzado. Ahora bien, hemos de recordar que las versiones alternativas sitúan la cronología en función de la tesis del gran cataclismo de hace más de 12.000 años, pero no pueden aportar ninguna prueba directa de ello, ni una relación causa-efecto indiscutible que justifique la creación de esas ciudades; son sólo hipótesis. De hecho, aún abandonando la tesis oficial del “refugio en tiempo de guerra”, quedan muchos cabos sueltos que se ofrecen a múltiples interpretaciones y posibilidades.

Yacimiento de Göbekli Tepe (Turquía)
Así pues, nos podríamos preguntar quiénes excavaron estos complejos al final del paleolítico, pues vistas la enorme cantidad de trabajo, la destreza y la ingeniería que comportan estas estructuras no parece algo propio de cavernícolas primitivos, los cazadores-recolectores de esa época. Además, llama mucho la atención la capacidad de construir tantos complejos para tanta gente, si es que todos fueron contemporáneos. Tal vez apelar a una civilización desaparecida sea demasiado arriesgado, pero bien es cierto que en la misma Turquía tenemos el yacimiento de Göbleki Tepe, cuya datación fiable se va más allá del 9000 a. C. Y recordemos que se trata de un amplio conjunto de recintos o templos con estructuras megalíticas y decoraciones en relieve. Todo esto era impensable para el estamento académico hace unos años, pero ahora no pueden negar la evidencia de una sociedad desarrollada anterior a la llamada revolución neolítica. Por tanto, es factible que estos complejos subterráneos, que tienen algo de megalítico, puedan remontarse a esa época tan lejana... y no tan primitiva.

Otro asunto es valorar la capacidad de supervivencia en estos complejos y el tiempo que podían pasar las personas sin salir al exterior. En efecto, parecen ser ciudades completas y bien preparadas en las que poder subsistir durante periodos extensos, pero surgen varios problemas, como la necesidad de recurrir a la alimentación vegetal (para personas y animales) y de obtener materias primas, aparte del propio contacto con el aire fresco y la luz solar. Si las condiciones externas eran durísimas –y no sabemos hasta qué punto– tal vez el cultivo de plantas en superficie sería inviable o problemático. Es obvio que se podría almacenar gran cantidad de alimentos, la mayoría en seco, pero una población de miles de personas acabaría por consumir las reservas en cuestión de meses. Por tanto, es complicado hallar un equilibrio entre la tesis oficial –un refugio temporal– y la alternativa, que nos muestra escenario poco menos que apocalíptico. Tal vez deberíamos pensar en alguna solución intermedia, en que se podía combinar una reducida actividad exterior con una más intensa actividad interior, a la espera de disponer de datos paleoclimáticos más precisos.

Concluyendo, considero que tanto las visiones ortodoxas como las alternativas se mueven todavía en datos parciales e inseguros, y deben recurrir a especulaciones y escenarios probables para tratar de dar una explicación coherente. No descarto, empero, que ambas tengan su parte de razón, sin entrar en contradicciones, pues el uso original pudo tener como motivo un problema climático, mientras que el uso “histórico” pudo estar más relacionado con las guerras locales. Sólo el tiempo e investigaciones más profundas podrán darnos pistas más sólidas sobre estas asombrosas ciudades subterráneas de hace tantos siglos.

© Xavier Bartlett 2019
Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Según otras estimaciones, la cifra de habitantes podría llegar incluso a los 50.000.
[2] BUNCH, T. et alii. Very high-temperature impact melt products as evidence for cosmic airbursts and impacts 12,900 years ago. PNAS, June 2012.

sábado, 14 de abril de 2018

¿Se afianza el catastrofismo?


Uno de los habituales campos de batalla entre la historia alternativa y la académica es el papel del llamado catastrofismo, teoría no precisamente moderna que sostiene que la Tierra ha sufrido gigantescas catástrofes naturales, a menudo ligadas a fenómenos celestes,  que marcaron poderosamente el devenir de la vida en el planeta, incluyendo el de la especie humana. Frente a esto, el estamento académico reconoce que se dieron grandes cataclismos en tiempos remotísimos, pero prefiere dar un rol preponderante al gradualismo o uniformismo, esto es, a los lentos y progresivos cambios en la naturaleza a lo largo de millones de años, impulsados por una serie de factores ambientales más o menos definidos y no tan “traumáticos”. Además, el evolucionismo y el gradualismo han ido de la mano desde los tiempos de Darwin y no están por la labor de separarse, sobre todo para no perjudicar al edificio teórico evolucionista.

Esto no obsta a que los científicos ortodoxos hayan recurrido a grandes catástrofes puntuales para justificar los inexplicables saltos o vacíos en la evolución de las especies, según propugnaba Steven Jay Gould con su teoría del equilibrio puntuado. Asimismo, la desaparición masiva de los dinosaurios hace 65 millones de años ha sido achacada básicamente a un gran evento cósmico; en concreto, al impacto de un enorme meteorito en el continente americano. Ahora bien, es pertinente señalar que ambas explicaciones se mueven en el terreno de la conjetura –más o menos fundada– pues a día de hoy no hay pruebas que puedan corroborarlas con seguridad.

Immanuel Velikovsky
Sin embargo, el catastrofismo defendido por algunos herejes de la ciencia, como los casos de Immanuel Velikovsky o de Charles Hapgood, fue duramente atacado por proponer la existencia de enormes cataclismos con graves efectos en todo el planeta en tiempos relativamente recientes. Sólo para resumir estos argumentos, basta decir que Velikovsky, tomando como base datos geológicos, antiguas observaciones astronómicas y crónicas de diversas civilizaciones, llegó a la conclusión de que la Tierra había sufrido tremendos cataclismos ligados al paso errático del planeta Venus (en su fase de cometa) por el sistema solar, y todo ello en unas fechas tan recientes –en términos geológicos–como el 1500 a. C. y el 700 a. C. aproximadamente. Este evento no sólo habría causado gran muerte y destrucción sino que habría alterado incluso la rotación del planeta hasta pararlo y modificar el año de rotación alrededor del Sol, que habría pasado de los 360 a los actuales 365 días[1].

A su vez, Charles Hapgood propuso que la Tierra habría sufrido un súbito cambio en su eje hace miles de años, a causa de un desplazamiento de la astenosfera, una capa semisólida de la corteza terrestre, si bien no podía determinar con certeza cuál había sido el origen de tal movimiento. Este evento se habría traducido en un desplazamiento de los polos, un enorme proceso de deshielo y en suma un cataclismo global, en el cual –por ejemplo– el continente que estaba situado en medio del Atlántico se desplazó al polo sur, formando lo que es la actual Antártida. Y lo que es más, Hapgood creía que esto no había sido un hecho aislado sino que se había repetido de forma cíclica. Según sus investigaciones, estas alteraciones habrían ocurrido cada 20.000 ó 30.000 años, con una duración media de unos 5.000 años, provocando una fuerte inclinación del eje terrestre, aunque nunca superior a los 40º. Como resultado de estos movimientos, Hapgood determinó que el polo norte habría cambiado de posición por lo menos tres veces en el hemisferio norte en los últimos 100.000 años.

Estas teorías, lanzadas en los años 50 y 60 del pasado siglo, fueron duramente atacadas y rebatidas por el estamento académico con argumentos de todo tipo, pero básicamente aludiendo a la falta de pruebas mínimamente fiables. No obstante, en los años 90, el investigador escocés Graham Hancock recogió el guante del catastrofismo y volvió a promover este tipo de propuestas en su libro Fingerprints of the Gods (“Las huellas de los dioses”), si bien no pudo aportar mayores razonamientos que los ya expuestos por los autores citados. Como era de esperar, Hancock fue blanco de todas las críticas académicas por este revival de las teorías apocalípticas y más aún por el hecho de que ligaba la existencia de una gran catástrofe natural –ocurrida hace unos 12.000 años– a la desaparición de una avanzada civilización perdida que inevitablemente se relacionaba con la tan denostada Atlántida.

Magicians of the Gods (2015), de G. Hancock
Así las cosas, Hancock nunca se acabó de rendir, y en estos últimos años ha vuelto con fuerza a defender la tesis de un catastrofismo global en fechas no demasiado antiguas y que tuvo un enorme impacto sobre la Humanidad. No obstante, esta vez Hancock ha aportado nuevos argumentos y ha dejado en segundo plano las referencias históricas y mitológicas para sumergirse directamente en el terreno de las ciencias duras, en particular la geología. De este modo, el autor escocés nos propuso en su reciente obra de 2015 Magicians of the Gods (“Los magos de los dioses”) un sólido escenario científico que podría dar cobertura a ese catastrofismo a gran escala que la ciencia ortodoxa se niega a reconocer.

Lo que Hancock planteaba como base para su propuesta no está muy lejos de lo que Hapgood expuso hace medio siglo; esto es, que la Tierra sufrió un dramático y rápido deshielo de una masa ingente de hielo polar, con consecuencias nefastas en el hemisferio norte, y de rebote en el resto del planeta. Este deshielo habría supuesto, entre otras cosas, el notable aumento del nivel de los mares y océanos (una media de unos 125 metros), anegando enormes porciones costeras de todos los continentes[2], aparte de otros desastres naturales de gran magnitud. Esto habría sucedido aproximadamente hacia el 10.000 a. C., justo antes del arranque del proceso de neolitización y posterior civilización.

A partir de este punto, Graham Hancock desarrolló una investigación para determinar en qué periodo exacto se produjo la catástrofe y cuál fue el motivo último o el origen de ese deshielo, a fin de esclarecer la auténtica naturaleza del cataclismo. Así pues, Hancock pudo poner sobre la mesa una serie de datos científicos que no estaban disponibles cuando escribió Fingerprints (1995) y que se han ido acumulando en los últimos 20 años. Vamos a repasar a continuación todo este argumentario para sopesar la validez de este escenario neo-catastrofista y sus implicaciones en la historia de la Humanidad.

Hancock focalizaba su atención en el continente americano, con el objetivo de vincular las antiguas tradiciones nativas con los datos que nos pueden ofrecer los modernos estudios geológicos. En este sentido, constataba que en toda América del norte existen aún numerosas leyendas que hacen referencia a tremendas destrucciones y mortandades en forma de terremotos, inundaciones, diluvios, fenómenos celestes, etc. Y en muchas de estas historias está presente la descripción de un gran cometa o astro destructor que se precipitó sobre la Tierra. Estos relatos vendrían a coincidir con lo que los geólogos norteamericanos han apreciado sobre el terreno: que al final de la última era glacial, concretamente en el periodo llamado Dryas Reciente, tuvieron lugar inundaciones y cataclismos en buena parte de Norteamérica, si bien no se tiene una idea clara del alcance y magnitud de este desastre natural, ni tampoco del elemento más importante: la causa de la catástrofe.

Mapa de situación de los Scablands
A este respecto, Hancock rescató el trabajo de un geólogo apartado de la corriente principal académica que a inicios del siglo XX formuló una propuesta de lo que podía haber sucedido, a partir de sus observaciones en el estado de Washington (al noroeste de los EE UU). Este geólogo se llamaba J. Harlen Bretz y en la década de 1920 fijó su atención en un típico paisaje llamado Scablands, unos vastos terrenos y canales rocosos marcadamente agrietados y erosionados, como si fueran cicatrices. Además, Bretz observó unos grandes bloques de piedra aislados –llamados en inglés boulders– de un peso que podría superar incluso las 10.000 toneladas. Dichos bloques, generalmente de basalto, no pertenecían al contexto geológico de la región, sino que presumiblemente habían sido llevados allí por enormes icebergs que luego se fundieron. Según su punto de vista, en aquel lugar había ocurrido un tremendo evento hidrológico de gran magnitud que cesó abruptamente. Tras comprobar esta evidencia, Bretz quedó del todo convencido de que allí no había existido un proceso geológico gradual sino una súbita catástrofe de dimensiones bíblicas –en forma de enormes corrientes de agua– que cambió completamente el paisaje en relativamente poco tiempo, si bien no pudo formular una propuesta firme sobre el origen de la catástrofe.

La reacción del estamento académico ante esta propuesta fue de escepticismo cuando no de abierta oposición, pues un escenario de “Diluvio Universal” no era en absoluto contemplado por los geólogos, en su casi totalidad gradualistas. Bretz fue duramente criticado, refutado y marginado, y sus ideas cayeron en el olvido durante décadas hasta que a finales del siglo XX empezaron a surgir nuevos datos y nuevas investigaciones que planteaban de forma más o menos explícita la huella de una gran catástrofe acaecida en Norteamérica. Bretz fue reivindicado antes de su muerte en 1981 y se admitió que los Scablands encajaban más en un escenario catastrofista que en uno gradualista. A este respecto, el estamento académico acabó por admitir que gran parte del paisaje de los Scablands pudo haber sido causado por el desbordamiento periódico –a lo largo de miles de años– del cercano lago glacial Missoula.

Dry Falls, un enorme salto de agua (ahora seco) en los Scablands del estado de Washington (EE UU)


Con todo, quedaban aún muchas piezas para acabar de componer el rompecabezas y Hancock se preocupó de buscarlas y conectarlas para ofrecer una perspectiva realista y rigurosa de esa posible gran catástrofe. Para Hancock, la clave de todo este asunto se movía en torno al ya citado periodo del Dryas Reciente, del cual se sabe relativamente poco. Se trata de una época de cambio climático inesperado y abrupto que duró poco más de mil años. Lo que se conoce a grandes rasgos es que después de un periodo de progresivo calentamiento al final de la Edad del Hielo, hace entre 15.000 y 13.000 años, de repente el clima global se invirtió fuertemente, volviendo a un ambiente de marcado frío y sequedad, sin que se tenga certeza la causa de esta reversión, más allá de las hipótesis. Y justamente aquí es cuando aparece en escena una propuesta científica defendida por una minoría de científicos y que no había sido estudiada a fondo hasta hace relativamente poco: el cometa del Dryas Reciente, también llamado cometa Clovis (denominación que sugiere que el cometa fue el causante directo de la desaparición de la cultura prehistórica Clovis[3]).

¿Un cometa devastador hace 12.800 años?
Para centrar la cuestión, hay que señalar que la gran mayoría del estamento académico rechaza esta propuesta –por ser evidentemente catastrofista– y la ha enviado al terreno de las hipótesis sin fundamento. No obstante, desde inicios de este siglo XXI se han ido recogiendo numerosas pruebas que apuntan todas en la misma dirección: un evento catastrófico de enormes proporciones. Básicamente, lo que defienden estos científicos es que hace 12.800 años un gran cometa se precipitó sobre la Tierra y se desintegró en varios fragmentos al llegar a la atmósfera, cayendo la mayoría de éstos en la zona noreste de Norteamérica (el epicentro) y causando en muy poco tiempo una cadena de desastres de gigantescas dimensiones.

Así pues, Graham Hancock creyó haber dado aquí con la respuesta que buscaba: un desastre global de origen cósmico que pudo convertirse en el referente real de todas las posteriores mitologías sobre el Diluvio Universal. Para resumir, los argumentos esgrimidos por los científicos son los siguientes:
  • En varios asentamientos de la cultura Clovis, el químico nuclear Richard Firestone detectó la presencia de una delgada capa de sedimentos con trazas de partículas magnéticas con iridio, microesférulas magnéticas, hollín, esférulas de carbono, y sobre todo carbón vitrificado que contenía nano-diamantes[4]. Sólo unas condiciones de enormes temperaturas (por encima de 2.200º C), típicas de impactos de cometas o asteroides, son capaces de crear tales materiales. Asimismo, se han observado capas geológicas con idénticos restos en diversos puntos de Norteamérica y también en otros continentes. En varios estudios geológicos datados entre 2010 y 2014 se incide en la presencia de materiales fundidos a altísimas temperaturas en América, Europa y Asia.   
  • Según Jim Kennet, oceanógrafo de la Universidad de California, existen huellas bioquímicas sobre el terreno que certifican que América del Norte sufrió tremendos incendios que arrasaron gran parte de su biomasa y que acabaron directamente o indirectamente con la gran megafauna de la época. Asimismo, según pruebas arqueológicas aportadas por el arqueólogo Al Goodyear, la catástrofe natural redujo drásticamente la población de la cultura Clovis en un 70%. 
Paisaje desolado de los Scablands
  • Varios científicos, seguidores del camino emprendido por Bretz, han señalado que las enormes corrientes de agua detectadas en los Scablands no pudieron ser causadas por el desbordamiento del citado lago glacial Missoula –con una capacidad de unos 2.000 kilómetros cúbicos de agua– sino por un volumen de agua muchísimo mayor. El geólogo Warren Hunt cree que fue la fusión de la propia masa de hielo la que provocó el desastre, por lo menos unos 840.000 kilómetros cúbicos (una décima parte del total de la capa de hielo). Y no hay fuente de calor terrestre capaz de desatar tal fenómeno a esa escala gigantesca; sólo la energía cinética de un cometa podría tener esa capacidad.  
  • Existen paisajes muy similares a los Scablands de Washington en otras zonas de Norteamérica, como en particular la meseta de Columbia, así como en el río Saint Croix (Minnesota) y determinadas regiones de los estados de New Jersey y New York, con la presencia inequívoca de boulders, los grandes bloques errantes aislados no propios de la geología del lugar.

A partir de estos datos, los científicos han reconstruido un escenario global catastrófico que podría describirse del siguiente modo:

Dos enormes boulders ("Twin Sisters")
Hace unos 12.800 años un gran cometa, que podría haber tenido un diámetro de unos 100 kilómetros, llegó a nuestro planeta y se desintegró sobre América del Norte en múltiples fragmentos. Varios de ellos habrían impactado sobre la llamada capa de hielo Laurentino, que cubría buena parte del continente durante el Pleistoceno. Se cree que al menos hubo cuatro grandes impactos a cargo de imponentes fragmentos, que tendrían alrededor de dos kilómetros de diámetro. Las estimaciones de los geólogos apuntan a que la energía cinética desatada en conjunto tenía una potencia equivalente a 10 millones de megatones. Estos impactos causaron la casi inmediata fusión de la gruesa capa de hielo acumulada en aquella región, lo que condujo a dramáticas consecuencias al crear unas enormes corrientes de agua que fluyeron de norte a sur en forma de inundaciones colosales y que se llevaron por delante todo lo que encontraron[5].

Asimismo, tuvieron lugar otros fenómenos colaterales no menos graves. Por ejemplo, la fusión del hielo produjo que una cantidad enorme de agua dulce se vertiera en los océanos Ártico y Atlántico, lo que provocó un descenso de la salinización de los mares, y un enfriamiento de la superficie marina, alterando en consecuencia la circulación de las corrientes oceánicas. A su vez, el propio impacto causó una devastadora onda de choque y una liberación de energía que abrasó literalmente bosques y todo tipo de vegetación. Se produjeron fortísimos vientos y sismos. El intensísimo calor liberado provocó la transformación de  algunos elementos, especialmente en forma de esférulas vítreas y nano-diamantes. El cielo quedó completamente cubierto de partículas, que –en combinación con la enorme cantidad de vapor de agua liberado– formaron una nube de polvo y ceniza que tapó la radiación solar durante mucho tiempo, lo que sumió al mundo en la oscuridad y un progresivo enfriamiento.

Pero de ningún modo fue un evento local. Los efectos directos e indirectos de los impactos cubrieron una amplia zona de unos 50 millones de km.2 que englobaría toda América del Norte, Centroamérica, una porción de Sudamérica, el Atlántico norte, la práctica totalidad de Europa y buena parte de Oriente Medio[6]. De este modo, el fenómeno provocó un rápido cambio climático a escala planetaria en el transcurso aproximado de una generación humana, lo que sería de hecho el inicio y la causa del propio Dryas Reciente, una época convulsa de intenso frío y sequedad, que provocó la extinción de numerosas especies animales y puso la supervivencia humana contra las cuerdas, a la vez que impulsó a determinados cambios en las estrategias de subsistencia, lo que abriría la puerta a una nueva era en la historia de la Humanidad.

¿Una explicación científica para el mítico Diluvio?
En cuanto al final del Dryas Reciente, Hancock recogía dos versiones que pueden ser complementarias. Por un lado, es posible que los cielos se despejaran completamente después de 1.000 años, lo que habría permitido la vuelta a una radiación solar “normal”, favoreciendo el progresivo calentamiento del planeta. Por otro lado, se especula con que hace 11.600 años la Tierra se volviera a encontrar con los restos del cometa, aunque en esta ocasión los fragmentos habrían caído fundamentalmente sobre los océanos, causando una enorme cantidad de vapor de agua que habría provocado un efecto invernadero y un consiguiente aumento de las temperaturas. El resultado final fue un segundo desastre natural, pues se acabó por fundir la capa de hielo remanente, lo que provocó a su vez una notable subida del nivel de los mares. Y, por cierto, esa fecha (hacia el 9.600 a. C.) viene a coincidir con la fecha dada por Platón en sus diálogos sobre el final cataclísmico de la Atlántida.

A todo esto, hay que insistir en que el estamento académico no da ninguna credibilidad a esta teoría e incluso algunos reputados científicos se han dedicado a escribir artículos específicos para refutar y ridiculizar a los proponentes del Cometa Clovis. Para empezar, algunos críticos han apuntado a que no hay un cráter –o varios de ellos– que puedan avalar el impacto del cometa. Sin embargo, en opinión del geofísico Allan West, los fragmentos más pequeños se pudieron haber desintegrado antes de llegar al suelo sin dejar rastro mientras que los más grandes impactaron contra una enorme capa de hielo de más de dos kilómetros de espesor. Esto habría provocado que el cráter hubiese quedado rodeado por un muro de hielo y  que posteriormente se hubiese fundido al final de la era glacial, sin dejar prácticamente ninguna huella.

Aún así, en algunas regiones de Canadá se han identificado posibles restos de cráteres de cientos de metros de diámetro atribuibles al cometa Clovis. Uno de los más llamativos es el llamado cráter Corossol –situado en el golfo de San Lorenzo– que tiene 4 kilómetros de diámetro y está bajo las aguas, a una profundidad que oscila entre 40 y 125 metros. En principio se creía que su origen era muy antiguo, de unos 470 millones de años, pero pruebas recientes realizadas in situ demostraron que era mucho más moderno, ya que la base de la secuencia de sedimentos ofrecía una cronología que podría estar alrededor de los 12.900 años de antigüedad.

Graham Hancock
Con todo, se puede apreciar que existe un alarmante sesgo o manipulación a la hora de valorar otras pruebas que se muestran mucho más sólidas que los dudosos cráteres. Así, algunos geólogos ortodoxos decían haber sido incapaces de reproducir los resultados obtenidos por sus colegas heterodoxos en siete yacimientos, habiendo usado los mismos protocolos metodológicos. Dicho de otro modo, no habían encontrado ninguna esférula sospechosa en las capas referidas a la época del Dryas Reciente. No obstante, como cita Hancock en su libro, un estudio independiente[7] impulsado en 2012 a fin de despejar la controversia destapó que los puntos donde habían extraído las muestras los escépticos no coincidían con los lugares previamente excavados; o sea, las muestras no eran equivalentes. Así pues, cuando el equipo independiente excavó en las localizaciones adecuadas, sí se encontraron las esférulas y se pudo confirmar que se formaron por fusión de minerales terrestres sometidos a altísimas temperaturas. Visto lo cual, la supuesta objetividad de la ciencia predominante queda más bien en entredicho.

En todo caso, la polémica está lejos de cerrarse y sobrevive aún en las disputas geológicas, mientras que el mundo de la arqueología académica no parece inmutarse ni preocuparse por esta teoría herética catastrofista. Personalmente, considero que las pruebas acumuladas hasta la fecha tienen un peso importante, si bien serían necesarios estudios más profundos para confirmar la hipótesis. Por el momento, la teoría catastrofista parece aportar muchas posibles respuestas a interrogantes largamente planteados sobre el final del Paleolítico y la gran megafauna y la posterior transición a una nueva forma de vida productora (el Neolítico y la civilización).

Sea como fuere, para Graham Hancock, este escenario del cometa es completamente posible y –si bien no puede demostrarlo– podría haber sido la causa de la desaparición de una ignota y avanzada civilización, teniendo en cuenta que los efectos del Diluvio descritos en las mitologías de muchas antiguas culturas muestran un marcado paralelismo con los efectos del impacto de un enorme cuerpo celeste. En este sentido, el autor escocés se remite a las incipientes muestras de civilización que podemos observar por ejemplo en Göbekli Tepe (hacia el 9.500 a. C.), que serían la prueba del renacer de la civilización perdida, cuyos escasos supervivientes –llamados los sabios, los magos, o los resplandecientes– volverían a recorrer los confines de la Tierra para recuperar al menos parcialmente lo que se había perdido con el gran cataclismo, ofreciendo las semillas de la civilización a los pueblos primitivos...

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / Santha Faiia (foto de G. Hancock)



[1] Según afirmaba Velikovsky, muchas culturas antiguas utilizaban un calendario basado en un año de 360 días, a los que luego hubo que adjuntar unos días especiales.

[2] Este ascenso del nivel de las aguas está reconocido por la ciencia moderna, si bien no de una forma generalizada ni súbita ni tan catastrófica como defienden los autores alternativos.

[3] Cultura de la Edad de Piedra, la más antigua del continente reconocida por la ciencia ortodoxa y que está datada alrededor del 11.000 a. C. aproximadamente. Toma su nombre del yacimiento de Clovis (Nuevo México).

[4] Diamantes microscópicos que se forman en condiciones extremas de gran impacto, presión y temperatura y que son tomados por los científicos como indicadores de potentes impactos de asteroides o cometas.

[5] Se estima, de igual modo, que algunos fragmentos impactaron sobre la capa de hielo que cubría el norte de Europa, causando también la fusión parcial de los hielos en aquella zona.

[6] El alcance del evento fue delimitado por un estudio publicado en 2013 sobre la presencia de 10 millones de toneladas de esférulas en todos estos lugares, coincidiendo en una datación de 12.800 A.P.


[7] Malcolm A. Le Compte, Albert C. Goodyear et al, Independent Evaluation of Conflicting Microspherule Results from Different Investigations of the Younger Dryas Impact Hypothesis, PNAS, 30 October 2012, Vol. 109, No. 44, pp. E29609.