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viernes, 3 de mayo de 2019

America before: el nuevo libro de Graham Hancock


Acaba de salir al mercado internacional el último libro del conocido autor de best-sellers Graham Hancock, con el título de America before (“América antes”). Hancock es en la actualidad uno de los investigadores más leídos y comentados en el ámbito de la arqueología alternativa –sino el que más– y por ello he creído oportuno presentar una breve reseña de esta obra, que esperemos sea prontamente traducida y publicada en castellano como lo han sido sus anteriores trabajos. Vamos pues a analizar brevemente su contenido y su posible interés para los lectores ávidos de novedades en arqueología alternativa.

¿Qué nos ofrece Hancock en America before? La verdad es que, siendo honestos, el autor escocés no aporta demasiadas cosas novedosas e insiste grosso modo en la línea del reciente Magicians of the Gods (2015), que era una secuela o ampliación del imprescindible clásico Fingerprints of the Gods (1995). Una vez más, el eje de todo el discurso es la defensa de una hipotética civilización desaparecida que existió en tiempos antediluvianos y que fue víctima del tremendo cataclismo global que Hancock sitúa alrededor del 10800 a. C., como consecuencia del impacto de un cometa o meteorito en el hemisferio norte, más concretamente en América[1].

No obstante, Hancock ha ido esta vez más lejos y ha estado buscando argumentos diversos que desmonten las teorías convencionales sobre la Prehistoria del continente americano, en particular con relación a su primer poblamiento humano y al origen de tal poblamiento. El motivo por el que se haya centrado ahora en América es probablemente porque allí hay una importante fuente de polémicas prehistóricas y porque conoce bien el terreno, debido a sus múltiples viajes por la zona, de un extremo al otro del continente. En esta ocasión, Hancock reedita sus exploraciones en los dos subcontinentes americanos a la búsqueda de anomalías y datos sorprendentes que refuercen sus visiones sobre un mundo perdido que los académicos parecen ignorar o despreciar, haciendo hincapié en la herética teoría de que quizás el origen de la civilización no deba focalizarse en el Viejo Mundo, sino en el Nuevo.

Artefactos de la cultura Clovis
En primer lugar, Hancock pone el dedo en una llaga bien conocida, que no es otra que la cronología del poblamiento humano en América. Frente a la tradicional versión ortodoxa de la llamada cultura Clovis[2], que data la irrupción de los humanos en América hacia el 11000 a. C., Hancock saca a la palestra nuevos datos que remontan la presencia humana en el continente a nada menos que 130.000 años, según unos recientes descubrimientos localizados en el sur de California. A todo esto, debemos decir que Hancock tal vez no quiera meterse en demasiados líos, pues es bien sabido que algunos científicos han descubierto y datado diversos restos de presencia humana de mayor antigüedad, como en los controvertidos yacimientos de Calico (EE UU), Hueyatlaco (México) y Toca da Esperança (Brasil), que se sitúan en horizonte aún más audaz, de entre 200.000 y 400.000 años.

En segundo lugar, Hancock explora otro tema que ya había tocado tangencialmente en trabajos anteriores, y es la diversidad de culturas o etnias de la América arcaica, poniendo de relieve que la antigua población indígena no se debía exclusivamente a la penetración de pueblos asiáticos por el estrecho de Bering[3]. En este sentido, el autor escocés aporta datos sobre unos recientes análisis de ADN de comunidades indígenas del Amazonas, que muestran una inesperada presencia de material genético propio de los aborígenes de Australia y de gentes de la Melanesia. Este hecho, una vez más, pondría sobre la mesa el viejo debate sobre si los pueblos del Pacífico pudieron llegar a Sudamérica –y establecerse allí en cierto número– en tiempos remotos, como ya se sabe que sí hicieron en la isla de Pascua.

Típico mound indígena en EE UU
En tercer lugar, America Before nos ofrece una comparativa entre culturas ampliamente separadas en el espacio y el tiempo, como el antiguo Egipto y la cultura del valle del Mississippi, que es relativamente poco conocida fuera de los Estados Unidos, pero que resulta muy notable por sus famosos mounds (túmulos o colinas artificiales). Hancock busca aquí los paralelismos en las creencias y costumbres de ambos pueblos, y certifica una serie de rasgos similares en las tradiciones religiosas y funerarias, así como en la iconografía ritual. Todo ello, a juicio del autor, no puede ser mera casualidad, sino fruto de un origen común muy arcaico, lo cual le permite revivir el clásico difusionismo, una teoría ampliamente combatida desde hace décadas por el estamento académico, actualmente instalado en el aislacionismo o autoctonismo.

En cuarto lugar, tenemos un asunto que ya traté aquí en su momento, que no es otro que la posibilidad de que hubiera existido una civilización desconocida en medio en la región amazónica. Hancock se refiere en concreto a las investigaciones sobre diversos restos que desmontan la típica imagen de un terreno salvaje y apenas poblado por tribus primitivas de cazadores-recolectores desde hace milenios. En este campo, se citan los modernos hallazgos de obras sobre el terreno y huellas de poblamiento avanzado, así como de remodelación del paisaje natural, cuya datación se remonta a más de 13.000 años. Así, Hancock se fija en el gran logro de la llamada terra preta (“tierra negra”), un esfuerzo por convertir la tierra improductiva en tierra muy fértil capaz de sostener a grandes comunidades humanas. Además, estos pueblos tendrían amplios conocimientos de geometría y astronomía, tal y como se puede deducir de sus monumentos sobre el terreno (que Hancock compara con Stonehenge y Angkor Vat), aparte de unos imponentes geoglifos, parecidos a los que se pueden admirar en Norteamérica.

El catastrofismo cósmico como explicación
Finalmente, cabe mencionar la insistencia de Graham Hancock en su tesis catastrofista, que lleva incubando desde Fingerprints of the Gods. En este sentido, se reafirma en que hubo una gran catástrofe planetaria hace unos 12.800 años causada por múltiples impactos de grandes fragmentos (algunos de ellos de más de un kilómetro de diámetro) de un cometa, si bien el epicentro estuvo sin duda en Norteamérica. Esto, a su vez, provocó la rápida fusión de buena parte de la capa de hielo ártica que arrasó seguidamente enormes extensiones de terreno. En este campo, Hancock se apoya en el trabajo de unos 60 científicos que defienden esta tesis desde principios de este siglo, aunque a decir verdad la mayoría de la comunidad científica no ve claro el tema del impacto del cometa. En todo caso, sí que empieza a existir un mínimo consenso científico en que hacia esas fechas ocurrió un gran cataclismo global cuya naturaleza, origen y magnitud es aún objeto de controversia. Sea como fuere, Hancock considera que en el lapso que duró esta época oscura y catastrófica (unos 1.200 años) desapareció toda una civilización global.

Este vendría a ser el panorama que nos desvela Hancock con su nuevo trabajo, que incide en contenidos ya presentados anteriormente, y visto lo visto no se aparta mucho de la estela temática de Magicians of the Gods, sólo que ahora se centra en el continente americano. A este respecto, me permito realizar dos reflexiones. Por un lado, parece evidente que a estas alturas Hancock está agotando los enfoques y los temas, y más bien está dedicándose a ampliar contenidos concretos a partir de investigaciones puntuales. ¿Estamos pues ante un déjà vu? Admito que siento un gran respeto por todo lo que ha aportado Hancock desde hace más de veinte años en el ámbito de la arqueología alternativa, pero es posible que su faceta de autor esté fagocitando a la de investigador. En este sentido, la realidad es que desde finales de los 80 –cuando dejó su trabajo de periodista– se ha estado dedicando en cuerpo y alma a la escritura como modus vivendi y ello provoca la necesidad de seguir creando expectación con cada nueva obra, lo que cada vez se hace más difícil. Así, como autor profesional que vive de sus libros, debe publicar nuevos materiales cada cierto tiempo y tal vez este factor esté marcando la calidad de su producción.

G. Hancock
Por otro lado, veo que cada vez más tiende a acercarse al mundo académico (aunque sea a través de voces más o menos heterodoxas) y a no complicarse la vida o a exponer teorías más audaces. En efecto, a lo largo de su carrera literaria, y sobre todo al principio, Hancock tuvo muchas críticas –algunas feroces– y con el tiempo su discurso se ha ido moderando y encajando en patrones más próximos a la investigación científica académica. Otros autores, como su amigo Robert Bauval, han seguido este mismo camino buscando un cierto reconocimiento y un aire de rigor y seriedad que, dicho sea de paso, se echa en falta en otras tendencias más fantasiosas de la arqueología alternativa. Entretanto, Hancock ha tenido el gran acierto de explotar otros terrenos y escribir libros de temáticas alternativas o incluso de ficción, como las novelas Entangled o War God.

Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente, y creo que Hancock se ha dejado en el tintero temas no poco polémicos relacionados con la paleontología o arqueología americana, como podría ser la presunta supresión de pruebas llevada a cabo por el Smithsonian, la posible existencia de seres humanoides como el bigfoot, el turbio asunto de Hueyatlaco (que sigue en el limbo entre la versión oficial y la herética), la extraña presencia de individuos de cráneos alargados en diversos puntos del continente, las nuevas investigaciones sobre el megalitismo americano o el oscuro tema de los gigantes, que tiene una especial incidencia en aquellas tierras con testimonios y pruebas de todo tipo. Recuerdo bien que cuando entrevisté a Hancock en 2013 le pregunté específicamente por los gigantes y me respondió que no creía en ellos y que de hecho no le interesaba en particular el tema. Bien, cada uno es libre de enfocar su investigación como estime oportuno y seguro que un servidor de ustedes es culpable de incontables omisiones, sesgos y errores en sus estudios.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons y Santha Faiia (foto de G.H.)



[1] Precisamente, uno de los temas centrales de Magicians fue el exhaustivo estudio geológico que muestra las huellas de un terrible cataclismo en Norteamérica, a causa de un evento cósmico (la caída de grandes fragmentos de un cometa).

[2] Hay que resaltar, empero, que hoy en día ya se admite la existencia de un horizonte “Pre-Clovis”, con una antigüedad máxima que no superaría los 25.000 años.


[3] Cabe destacar que, en libros y artículos anteriores, Hancock ya había llamado la atención sobre diversas pruebas (esqueletos, esculturas, etc.) según las cuales la América antigua parecía haber sido poblada también por individuos semíticos, caucásicos, negroides o asiáticos procedentes de China.

sábado, 14 de abril de 2018

¿Se afianza el catastrofismo?


Uno de los habituales campos de batalla entre la historia alternativa y la académica es el papel del llamado catastrofismo, teoría no precisamente moderna que sostiene que la Tierra ha sufrido gigantescas catástrofes naturales, a menudo ligadas a fenómenos celestes,  que marcaron poderosamente el devenir de la vida en el planeta, incluyendo el de la especie humana. Frente a esto, el estamento académico reconoce que se dieron grandes cataclismos en tiempos remotísimos, pero prefiere dar un rol preponderante al gradualismo o uniformismo, esto es, a los lentos y progresivos cambios en la naturaleza a lo largo de millones de años, impulsados por una serie de factores ambientales más o menos definidos y no tan “traumáticos”. Además, el evolucionismo y el gradualismo han ido de la mano desde los tiempos de Darwin y no están por la labor de separarse, sobre todo para no perjudicar al edificio teórico evolucionista.

Esto no obsta a que los científicos ortodoxos hayan recurrido a grandes catástrofes puntuales para justificar los inexplicables saltos o vacíos en la evolución de las especies, según propugnaba Steven Jay Gould con su teoría del equilibrio puntuado. Asimismo, la desaparición masiva de los dinosaurios hace 65 millones de años ha sido achacada básicamente a un gran evento cósmico; en concreto, al impacto de un enorme meteorito en el continente americano. Ahora bien, es pertinente señalar que ambas explicaciones se mueven en el terreno de la conjetura –más o menos fundada– pues a día de hoy no hay pruebas que puedan corroborarlas con seguridad.

Immanuel Velikovsky
Sin embargo, el catastrofismo defendido por algunos herejes de la ciencia, como los casos de Immanuel Velikovsky o de Charles Hapgood, fue duramente atacado por proponer la existencia de enormes cataclismos con graves efectos en todo el planeta en tiempos relativamente recientes. Sólo para resumir estos argumentos, basta decir que Velikovsky, tomando como base datos geológicos, antiguas observaciones astronómicas y crónicas de diversas civilizaciones, llegó a la conclusión de que la Tierra había sufrido tremendos cataclismos ligados al paso errático del planeta Venus (en su fase de cometa) por el sistema solar, y todo ello en unas fechas tan recientes –en términos geológicos–como el 1500 a. C. y el 700 a. C. aproximadamente. Este evento no sólo habría causado gran muerte y destrucción sino que habría alterado incluso la rotación del planeta hasta pararlo y modificar el año de rotación alrededor del Sol, que habría pasado de los 360 a los actuales 365 días[1].

A su vez, Charles Hapgood propuso que la Tierra habría sufrido un súbito cambio en su eje hace miles de años, a causa de un desplazamiento de la astenosfera, una capa semisólida de la corteza terrestre, si bien no podía determinar con certeza cuál había sido el origen de tal movimiento. Este evento se habría traducido en un desplazamiento de los polos, un enorme proceso de deshielo y en suma un cataclismo global, en el cual –por ejemplo– el continente que estaba situado en medio del Atlántico se desplazó al polo sur, formando lo que es la actual Antártida. Y lo que es más, Hapgood creía que esto no había sido un hecho aislado sino que se había repetido de forma cíclica. Según sus investigaciones, estas alteraciones habrían ocurrido cada 20.000 ó 30.000 años, con una duración media de unos 5.000 años, provocando una fuerte inclinación del eje terrestre, aunque nunca superior a los 40º. Como resultado de estos movimientos, Hapgood determinó que el polo norte habría cambiado de posición por lo menos tres veces en el hemisferio norte en los últimos 100.000 años.

Estas teorías, lanzadas en los años 50 y 60 del pasado siglo, fueron duramente atacadas y rebatidas por el estamento académico con argumentos de todo tipo, pero básicamente aludiendo a la falta de pruebas mínimamente fiables. No obstante, en los años 90, el investigador escocés Graham Hancock recogió el guante del catastrofismo y volvió a promover este tipo de propuestas en su libro Fingerprints of the Gods (“Las huellas de los dioses”), si bien no pudo aportar mayores razonamientos que los ya expuestos por los autores citados. Como era de esperar, Hancock fue blanco de todas las críticas académicas por este revival de las teorías apocalípticas y más aún por el hecho de que ligaba la existencia de una gran catástrofe natural –ocurrida hace unos 12.000 años– a la desaparición de una avanzada civilización perdida que inevitablemente se relacionaba con la tan denostada Atlántida.

Magicians of the Gods (2015), de G. Hancock
Así las cosas, Hancock nunca se acabó de rendir, y en estos últimos años ha vuelto con fuerza a defender la tesis de un catastrofismo global en fechas no demasiado antiguas y que tuvo un enorme impacto sobre la Humanidad. No obstante, esta vez Hancock ha aportado nuevos argumentos y ha dejado en segundo plano las referencias históricas y mitológicas para sumergirse directamente en el terreno de las ciencias duras, en particular la geología. De este modo, el autor escocés nos propuso en su reciente obra de 2015 Magicians of the Gods (“Los magos de los dioses”) un sólido escenario científico que podría dar cobertura a ese catastrofismo a gran escala que la ciencia ortodoxa se niega a reconocer.

Lo que Hancock planteaba como base para su propuesta no está muy lejos de lo que Hapgood expuso hace medio siglo; esto es, que la Tierra sufrió un dramático y rápido deshielo de una masa ingente de hielo polar, con consecuencias nefastas en el hemisferio norte, y de rebote en el resto del planeta. Este deshielo habría supuesto, entre otras cosas, el notable aumento del nivel de los mares y océanos (una media de unos 125 metros), anegando enormes porciones costeras de todos los continentes[2], aparte de otros desastres naturales de gran magnitud. Esto habría sucedido aproximadamente hacia el 10.000 a. C., justo antes del arranque del proceso de neolitización y posterior civilización.

A partir de este punto, Graham Hancock desarrolló una investigación para determinar en qué periodo exacto se produjo la catástrofe y cuál fue el motivo último o el origen de ese deshielo, a fin de esclarecer la auténtica naturaleza del cataclismo. Así pues, Hancock pudo poner sobre la mesa una serie de datos científicos que no estaban disponibles cuando escribió Fingerprints (1995) y que se han ido acumulando en los últimos 20 años. Vamos a repasar a continuación todo este argumentario para sopesar la validez de este escenario neo-catastrofista y sus implicaciones en la historia de la Humanidad.

Hancock focalizaba su atención en el continente americano, con el objetivo de vincular las antiguas tradiciones nativas con los datos que nos pueden ofrecer los modernos estudios geológicos. En este sentido, constataba que en toda América del norte existen aún numerosas leyendas que hacen referencia a tremendas destrucciones y mortandades en forma de terremotos, inundaciones, diluvios, fenómenos celestes, etc. Y en muchas de estas historias está presente la descripción de un gran cometa o astro destructor que se precipitó sobre la Tierra. Estos relatos vendrían a coincidir con lo que los geólogos norteamericanos han apreciado sobre el terreno: que al final de la última era glacial, concretamente en el periodo llamado Dryas Reciente, tuvieron lugar inundaciones y cataclismos en buena parte de Norteamérica, si bien no se tiene una idea clara del alcance y magnitud de este desastre natural, ni tampoco del elemento más importante: la causa de la catástrofe.

Mapa de situación de los Scablands
A este respecto, Hancock rescató el trabajo de un geólogo apartado de la corriente principal académica que a inicios del siglo XX formuló una propuesta de lo que podía haber sucedido, a partir de sus observaciones en el estado de Washington (al noroeste de los EE UU). Este geólogo se llamaba J. Harlen Bretz y en la década de 1920 fijó su atención en un típico paisaje llamado Scablands, unos vastos terrenos y canales rocosos marcadamente agrietados y erosionados, como si fueran cicatrices. Además, Bretz observó unos grandes bloques de piedra aislados –llamados en inglés boulders– de un peso que podría superar incluso las 10.000 toneladas. Dichos bloques, generalmente de basalto, no pertenecían al contexto geológico de la región, sino que presumiblemente habían sido llevados allí por enormes icebergs que luego se fundieron. Según su punto de vista, en aquel lugar había ocurrido un tremendo evento hidrológico de gran magnitud que cesó abruptamente. Tras comprobar esta evidencia, Bretz quedó del todo convencido de que allí no había existido un proceso geológico gradual sino una súbita catástrofe de dimensiones bíblicas –en forma de enormes corrientes de agua– que cambió completamente el paisaje en relativamente poco tiempo, si bien no pudo formular una propuesta firme sobre el origen de la catástrofe.

La reacción del estamento académico ante esta propuesta fue de escepticismo cuando no de abierta oposición, pues un escenario de “Diluvio Universal” no era en absoluto contemplado por los geólogos, en su casi totalidad gradualistas. Bretz fue duramente criticado, refutado y marginado, y sus ideas cayeron en el olvido durante décadas hasta que a finales del siglo XX empezaron a surgir nuevos datos y nuevas investigaciones que planteaban de forma más o menos explícita la huella de una gran catástrofe acaecida en Norteamérica. Bretz fue reivindicado antes de su muerte en 1981 y se admitió que los Scablands encajaban más en un escenario catastrofista que en uno gradualista. A este respecto, el estamento académico acabó por admitir que gran parte del paisaje de los Scablands pudo haber sido causado por el desbordamiento periódico –a lo largo de miles de años– del cercano lago glacial Missoula.

Dry Falls, un enorme salto de agua (ahora seco) en los Scablands del estado de Washington (EE UU)


Con todo, quedaban aún muchas piezas para acabar de componer el rompecabezas y Hancock se preocupó de buscarlas y conectarlas para ofrecer una perspectiva realista y rigurosa de esa posible gran catástrofe. Para Hancock, la clave de todo este asunto se movía en torno al ya citado periodo del Dryas Reciente, del cual se sabe relativamente poco. Se trata de una época de cambio climático inesperado y abrupto que duró poco más de mil años. Lo que se conoce a grandes rasgos es que después de un periodo de progresivo calentamiento al final de la Edad del Hielo, hace entre 15.000 y 13.000 años, de repente el clima global se invirtió fuertemente, volviendo a un ambiente de marcado frío y sequedad, sin que se tenga certeza la causa de esta reversión, más allá de las hipótesis. Y justamente aquí es cuando aparece en escena una propuesta científica defendida por una minoría de científicos y que no había sido estudiada a fondo hasta hace relativamente poco: el cometa del Dryas Reciente, también llamado cometa Clovis (denominación que sugiere que el cometa fue el causante directo de la desaparición de la cultura prehistórica Clovis[3]).

¿Un cometa devastador hace 12.800 años?
Para centrar la cuestión, hay que señalar que la gran mayoría del estamento académico rechaza esta propuesta –por ser evidentemente catastrofista– y la ha enviado al terreno de las hipótesis sin fundamento. No obstante, desde inicios de este siglo XXI se han ido recogiendo numerosas pruebas que apuntan todas en la misma dirección: un evento catastrófico de enormes proporciones. Básicamente, lo que defienden estos científicos es que hace 12.800 años un gran cometa se precipitó sobre la Tierra y se desintegró en varios fragmentos al llegar a la atmósfera, cayendo la mayoría de éstos en la zona noreste de Norteamérica (el epicentro) y causando en muy poco tiempo una cadena de desastres de gigantescas dimensiones.

Así pues, Graham Hancock creyó haber dado aquí con la respuesta que buscaba: un desastre global de origen cósmico que pudo convertirse en el referente real de todas las posteriores mitologías sobre el Diluvio Universal. Para resumir, los argumentos esgrimidos por los científicos son los siguientes:
  • En varios asentamientos de la cultura Clovis, el químico nuclear Richard Firestone detectó la presencia de una delgada capa de sedimentos con trazas de partículas magnéticas con iridio, microesférulas magnéticas, hollín, esférulas de carbono, y sobre todo carbón vitrificado que contenía nano-diamantes[4]. Sólo unas condiciones de enormes temperaturas (por encima de 2.200º C), típicas de impactos de cometas o asteroides, son capaces de crear tales materiales. Asimismo, se han observado capas geológicas con idénticos restos en diversos puntos de Norteamérica y también en otros continentes. En varios estudios geológicos datados entre 2010 y 2014 se incide en la presencia de materiales fundidos a altísimas temperaturas en América, Europa y Asia.   
  • Según Jim Kennet, oceanógrafo de la Universidad de California, existen huellas bioquímicas sobre el terreno que certifican que América del Norte sufrió tremendos incendios que arrasaron gran parte de su biomasa y que acabaron directamente o indirectamente con la gran megafauna de la época. Asimismo, según pruebas arqueológicas aportadas por el arqueólogo Al Goodyear, la catástrofe natural redujo drásticamente la población de la cultura Clovis en un 70%. 
Paisaje desolado de los Scablands
  • Varios científicos, seguidores del camino emprendido por Bretz, han señalado que las enormes corrientes de agua detectadas en los Scablands no pudieron ser causadas por el desbordamiento del citado lago glacial Missoula –con una capacidad de unos 2.000 kilómetros cúbicos de agua– sino por un volumen de agua muchísimo mayor. El geólogo Warren Hunt cree que fue la fusión de la propia masa de hielo la que provocó el desastre, por lo menos unos 840.000 kilómetros cúbicos (una décima parte del total de la capa de hielo). Y no hay fuente de calor terrestre capaz de desatar tal fenómeno a esa escala gigantesca; sólo la energía cinética de un cometa podría tener esa capacidad.  
  • Existen paisajes muy similares a los Scablands de Washington en otras zonas de Norteamérica, como en particular la meseta de Columbia, así como en el río Saint Croix (Minnesota) y determinadas regiones de los estados de New Jersey y New York, con la presencia inequívoca de boulders, los grandes bloques errantes aislados no propios de la geología del lugar.

A partir de estos datos, los científicos han reconstruido un escenario global catastrófico que podría describirse del siguiente modo:

Dos enormes boulders ("Twin Sisters")
Hace unos 12.800 años un gran cometa, que podría haber tenido un diámetro de unos 100 kilómetros, llegó a nuestro planeta y se desintegró sobre América del Norte en múltiples fragmentos. Varios de ellos habrían impactado sobre la llamada capa de hielo Laurentino, que cubría buena parte del continente durante el Pleistoceno. Se cree que al menos hubo cuatro grandes impactos a cargo de imponentes fragmentos, que tendrían alrededor de dos kilómetros de diámetro. Las estimaciones de los geólogos apuntan a que la energía cinética desatada en conjunto tenía una potencia equivalente a 10 millones de megatones. Estos impactos causaron la casi inmediata fusión de la gruesa capa de hielo acumulada en aquella región, lo que condujo a dramáticas consecuencias al crear unas enormes corrientes de agua que fluyeron de norte a sur en forma de inundaciones colosales y que se llevaron por delante todo lo que encontraron[5].

Asimismo, tuvieron lugar otros fenómenos colaterales no menos graves. Por ejemplo, la fusión del hielo produjo que una cantidad enorme de agua dulce se vertiera en los océanos Ártico y Atlántico, lo que provocó un descenso de la salinización de los mares, y un enfriamiento de la superficie marina, alterando en consecuencia la circulación de las corrientes oceánicas. A su vez, el propio impacto causó una devastadora onda de choque y una liberación de energía que abrasó literalmente bosques y todo tipo de vegetación. Se produjeron fortísimos vientos y sismos. El intensísimo calor liberado provocó la transformación de  algunos elementos, especialmente en forma de esférulas vítreas y nano-diamantes. El cielo quedó completamente cubierto de partículas, que –en combinación con la enorme cantidad de vapor de agua liberado– formaron una nube de polvo y ceniza que tapó la radiación solar durante mucho tiempo, lo que sumió al mundo en la oscuridad y un progresivo enfriamiento.

Pero de ningún modo fue un evento local. Los efectos directos e indirectos de los impactos cubrieron una amplia zona de unos 50 millones de km.2 que englobaría toda América del Norte, Centroamérica, una porción de Sudamérica, el Atlántico norte, la práctica totalidad de Europa y buena parte de Oriente Medio[6]. De este modo, el fenómeno provocó un rápido cambio climático a escala planetaria en el transcurso aproximado de una generación humana, lo que sería de hecho el inicio y la causa del propio Dryas Reciente, una época convulsa de intenso frío y sequedad, que provocó la extinción de numerosas especies animales y puso la supervivencia humana contra las cuerdas, a la vez que impulsó a determinados cambios en las estrategias de subsistencia, lo que abriría la puerta a una nueva era en la historia de la Humanidad.

¿Una explicación científica para el mítico Diluvio?
En cuanto al final del Dryas Reciente, Hancock recogía dos versiones que pueden ser complementarias. Por un lado, es posible que los cielos se despejaran completamente después de 1.000 años, lo que habría permitido la vuelta a una radiación solar “normal”, favoreciendo el progresivo calentamiento del planeta. Por otro lado, se especula con que hace 11.600 años la Tierra se volviera a encontrar con los restos del cometa, aunque en esta ocasión los fragmentos habrían caído fundamentalmente sobre los océanos, causando una enorme cantidad de vapor de agua que habría provocado un efecto invernadero y un consiguiente aumento de las temperaturas. El resultado final fue un segundo desastre natural, pues se acabó por fundir la capa de hielo remanente, lo que provocó a su vez una notable subida del nivel de los mares. Y, por cierto, esa fecha (hacia el 9.600 a. C.) viene a coincidir con la fecha dada por Platón en sus diálogos sobre el final cataclísmico de la Atlántida.

A todo esto, hay que insistir en que el estamento académico no da ninguna credibilidad a esta teoría e incluso algunos reputados científicos se han dedicado a escribir artículos específicos para refutar y ridiculizar a los proponentes del Cometa Clovis. Para empezar, algunos críticos han apuntado a que no hay un cráter –o varios de ellos– que puedan avalar el impacto del cometa. Sin embargo, en opinión del geofísico Allan West, los fragmentos más pequeños se pudieron haber desintegrado antes de llegar al suelo sin dejar rastro mientras que los más grandes impactaron contra una enorme capa de hielo de más de dos kilómetros de espesor. Esto habría provocado que el cráter hubiese quedado rodeado por un muro de hielo y  que posteriormente se hubiese fundido al final de la era glacial, sin dejar prácticamente ninguna huella.

Aún así, en algunas regiones de Canadá se han identificado posibles restos de cráteres de cientos de metros de diámetro atribuibles al cometa Clovis. Uno de los más llamativos es el llamado cráter Corossol –situado en el golfo de San Lorenzo– que tiene 4 kilómetros de diámetro y está bajo las aguas, a una profundidad que oscila entre 40 y 125 metros. En principio se creía que su origen era muy antiguo, de unos 470 millones de años, pero pruebas recientes realizadas in situ demostraron que era mucho más moderno, ya que la base de la secuencia de sedimentos ofrecía una cronología que podría estar alrededor de los 12.900 años de antigüedad.

Graham Hancock
Con todo, se puede apreciar que existe un alarmante sesgo o manipulación a la hora de valorar otras pruebas que se muestran mucho más sólidas que los dudosos cráteres. Así, algunos geólogos ortodoxos decían haber sido incapaces de reproducir los resultados obtenidos por sus colegas heterodoxos en siete yacimientos, habiendo usado los mismos protocolos metodológicos. Dicho de otro modo, no habían encontrado ninguna esférula sospechosa en las capas referidas a la época del Dryas Reciente. No obstante, como cita Hancock en su libro, un estudio independiente[7] impulsado en 2012 a fin de despejar la controversia destapó que los puntos donde habían extraído las muestras los escépticos no coincidían con los lugares previamente excavados; o sea, las muestras no eran equivalentes. Así pues, cuando el equipo independiente excavó en las localizaciones adecuadas, sí se encontraron las esférulas y se pudo confirmar que se formaron por fusión de minerales terrestres sometidos a altísimas temperaturas. Visto lo cual, la supuesta objetividad de la ciencia predominante queda más bien en entredicho.

En todo caso, la polémica está lejos de cerrarse y sobrevive aún en las disputas geológicas, mientras que el mundo de la arqueología académica no parece inmutarse ni preocuparse por esta teoría herética catastrofista. Personalmente, considero que las pruebas acumuladas hasta la fecha tienen un peso importante, si bien serían necesarios estudios más profundos para confirmar la hipótesis. Por el momento, la teoría catastrofista parece aportar muchas posibles respuestas a interrogantes largamente planteados sobre el final del Paleolítico y la gran megafauna y la posterior transición a una nueva forma de vida productora (el Neolítico y la civilización).

Sea como fuere, para Graham Hancock, este escenario del cometa es completamente posible y –si bien no puede demostrarlo– podría haber sido la causa de la desaparición de una ignota y avanzada civilización, teniendo en cuenta que los efectos del Diluvio descritos en las mitologías de muchas antiguas culturas muestran un marcado paralelismo con los efectos del impacto de un enorme cuerpo celeste. En este sentido, el autor escocés se remite a las incipientes muestras de civilización que podemos observar por ejemplo en Göbekli Tepe (hacia el 9.500 a. C.), que serían la prueba del renacer de la civilización perdida, cuyos escasos supervivientes –llamados los sabios, los magos, o los resplandecientes– volverían a recorrer los confines de la Tierra para recuperar al menos parcialmente lo que se había perdido con el gran cataclismo, ofreciendo las semillas de la civilización a los pueblos primitivos...

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / Santha Faiia (foto de G. Hancock)



[1] Según afirmaba Velikovsky, muchas culturas antiguas utilizaban un calendario basado en un año de 360 días, a los que luego hubo que adjuntar unos días especiales.

[2] Este ascenso del nivel de las aguas está reconocido por la ciencia moderna, si bien no de una forma generalizada ni súbita ni tan catastrófica como defienden los autores alternativos.

[3] Cultura de la Edad de Piedra, la más antigua del continente reconocida por la ciencia ortodoxa y que está datada alrededor del 11.000 a. C. aproximadamente. Toma su nombre del yacimiento de Clovis (Nuevo México).

[4] Diamantes microscópicos que se forman en condiciones extremas de gran impacto, presión y temperatura y que son tomados por los científicos como indicadores de potentes impactos de asteroides o cometas.

[5] Se estima, de igual modo, que algunos fragmentos impactaron sobre la capa de hielo que cubría el norte de Europa, causando también la fusión parcial de los hielos en aquella zona.

[6] El alcance del evento fue delimitado por un estudio publicado en 2013 sobre la presencia de 10 millones de toneladas de esférulas en todos estos lugares, coincidiendo en una datación de 12.800 A.P.


[7] Malcolm A. Le Compte, Albert C. Goodyear et al, Independent Evaluation of Conflicting Microspherule Results from Different Investigations of the Younger Dryas Impact Hypothesis, PNAS, 30 October 2012, Vol. 109, No. 44, pp. E29609.