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miércoles, 20 de noviembre de 2019

En busca del arca perdida (¿o hallada?)


En el mundo de la arqueología alternativa existen sin duda dos “arcas” por excelencia: una de ellas es un cofre y la otra es un barco. La primera, obviamente, es la famosa arca de la Alianza, perseguida por muchos tanto en la realidad como en la ficción cinematográfica, y que en su momento ya abordé en este mismo blog, valorando su difusa situación entre el mito y la realidad. La otra es la no menos popular arca de Noé.

Ambas son de evidentes resonancias bíblicas y han hecho correr ríos de tinta durante décadas, dando lugar a todo tipo de investigaciones y especulaciones que han sido objeto de innumerables artículos, libros, documentales y películas. Dado que esta última contiene una insólita mezcla de mitología, arqueología y conspiracionismo, voy a dedicarle esta breve entrada para que los lectores se hagan una idea general del tema y luego extraigan sus conclusiones.

En primer término, nos centraremos en el contexto mitológico de esta cuestión. Así, es obligado recalcar que –si bien el personaje de Noé es muy conocido en Occidente por la tradición judeo-cristiana– la historia original se sitúa en la mitología sumeria, de cuyas fuentes bebió el Génesis bíblico. Recordemos a grandes trazos la narración: Dios decide castigar a la Humanidad por su mala conducta y planea eliminarla en su totalidad mediante un colosal diluvio. No obstante, se propone salvar al menos a un hombre justo (Noé) y a su familia. Acto seguido, le da instrucciones precisas para que construya una gran nave o arca de madera –de unos 135 metros de eslora, 22 metros de manga y 13 metros de alto[1]– y se aloje allí junto con los suyos y una pareja de cada especie animal, hasta que cese el diluvio. Según el relato, después de 40 días y noches de terrible diluvio, se acabó el castigo divino y el nivel de las aguas fue bajando. Por fin, con la retirada de las aguas, el Arca fue a parar a lo alto de un monte. Desde allí Noé dejó ir una paloma para comprobar si las aguas ya habían descendido lo suficiente, cosa que pudo comprobar cuando el ave volvió con una rama de olivo en su pico. Al abandonar el Arca, Noé realizó un sacrificio a Dios, el cual instó a los supervivientes a que se multiplicaran y repoblaran de nuevo el mundo.

El mito del Diluvio también presente en Mesoamérica
Pues bien, este relato es casi calcado a lo que podemos leer en la Epopeya de Gilgamesh, cambiando a Noé por el héroe Utnapishtim (también conocido como Ziusudra). Hoy en día ya sabemos que, por puro orden cronólogico, fue la Biblia, escrita en el primer milenio antes de Cristo, la que tomó prestada esta historia de los antiguos sumerios. Y lo que es más sorprendente es que tenemos la misma historia reflejada en leyendas y mitos de casi todo el mundo que nos hablan de una gran destrucción global –debida a un diluvio– que acabó con la Humanidad, dejando a unos pocos supervivientes salvados en un barco, bote o arca, y que acabaron sus penalidades en lo alto de una montaña. Esto mismo lo podemos ver en el mito griego de Deucalión y Pirra, en la historia de los hermanos Fu Xi de China, en la leyenda azteca de Coxcoxtli y su esposa Xochiquetzal, o en la narración védica de Manu Vaisvasvata. Como ya he indicado en más de una ocasión, es precisamente esta coincidencia la que ha hecho pensar a diversos autores alternativos que el Diluvio existió en la realidad hace muchos miles de años y que tuvo un carácter global, ya que la difusión de la historia judeo-cristiana influyó ciertamente en unas pocas culturas, pero no en otras, muy separadas en el tiempo y el espacio.

Hasta aquí la parte estrictamente mitológica, que recordemos que es negada por la ciencia oficial. En concreto, no es que los académicos rechacen el tema del Arca en sí (que valoran como un mero episodio mítico propio del mundo de las creencias), sino que consideran como no probado que se diera un diluvio devastador de grandes proporciones en un tiempo limitado y que afectara a todo el planeta. No voy a centrarme ahora en esta compleja polémica, que ya he tratado en entradas anteriores, sino en los esfuerzos de los investigadores alternativos por validar la historia del Arca a partir de supuestos restos arqueológicos, dejando a un lado los múltiples esfuerzos dedicados a probar el desastre a partir de evidencias puramente geológicas, como ha hecho muy en particular el escocés Graham Hancock. 

Los estudiosos de la Biblia creían que el Arca se había posado en algún lugar del Kurdistán, al norte de Turquía o Irán, siendo el candidato más firme el monte Ararat, el pico más alto de Turquía, con unos 5.100 metros de altitud. Incluso el célebre viajero Marco Polo, al pasar por la región de Armenia en el siglo XIII, oyó la historia de este monte como sede de la famosa Arca. Lo cierto es que durante siglos la leyenda sobre esta montaña persistió, pero nadie se atrevió a subir a lo más alto de la cumbre a explorar el posible paradero del Arca. No fue hasta el siglo XIX en que se realizaron los primeros intentos de búsqueda en forma de expediciones más o menos “científicas”. En 1876 un lord inglés, llamado James Bryce, subió hasta los 4.000 metros y volvió a Inglaterra con un trozo de madera que atribuyó sin duda al Arca. Poco después, en 1880, un explorador armenio afirmó incluso haber estado dentro del Arca. Sin embargo, no sería hasta inicios del siglo XX cuando se desataría la fiebre por el Arca, a partir de un relato un tanto confuso sobre el descubrimiento de ésta.

Panorámica del Monte Ararat con sus dos picos


Según esta historia, en 1916 un oficial de la fuerza aérea imperial rusa –en misión de observar los movimientos de las tropas turcas– divisó desde su aparato un lago helado sobre la cumbre del Ararat y muy cerca de él advirtió lo que parecían ser los restos del casco de un barco que sobresalían entre los hielos. Más adelante, se repitió el vuelo con un oficial superior, que corroboró la observación y remitió un informe al Zar Nicolás II de Rusia, el cual ordenó enviar dos cuerpos de ingenieros a realizar una detallada inspección sobre el terreno, dando por hecho de que se trataba del Arca de Noé. Al parecer, esta expedición logró hallar el Arca, la midió, realizó dibujos y tomó fotografías. Sin embargo, no se conserva ningún registro documental de tal intervención, pues todo el material enviado directamente al Zar o nunca llegó a su destino o se perdió tras la revolución bolchevique. Tampoco se llevó a cabo ningún informe o publicación de los resultados. Como se puede comprobar, todo muy opaco. En todo caso, desde entonces la era de la aviación abriría la puerta a nuevas observaciones.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la fuerza aérea turca realizó dos avistamientos –en 1959 y 1960– de la supuesta Arca sobre una ladera baja del Ararat. Se hicieron fotografías en que se intuía la forma de un gran barco con unas dimensiones un poco superiores (150 x 50 metros) a las medidas citadas en la Biblia. Según las fotos de 1959, aparecía en el terreno una especie de contorno firme de lo que podía ser el Arca, dato que desde entonces los creyentes en el Arca han tomado como prueba decisiva de la existencia del Arca. Ahora bien, para el estamento oficial, dicho contorno no es más que una caprichosa formación geológica de lava volcánica que recuerda vagamente a la forma de una nave, y que por su peculiaridad se ha llamado la “anomalía del Ararat”. Este lugar específico –situado a unos 20 kilómetros al sur de la montaña– se conoce también como Durupinar, en honor al aviador turco con este apellido que realizó el avistamiento. Además, en otra fotografía aérea de 1965 realizada sobre el Ararat se detectó una forma ovalada que podría parecer una nave.

Fragmento de madera hallado por Navarra
El caso es que fue en esa época cuando se retomaron los esfuerzos por hallar el Arca in situ, y el alpinista francés Fernand Navarra escaló el Ararat varias veces entre 1952 y 1969 y dijo haber encontrado trozos de madera a gran altura, que luego encargó datar mediante el método del radiocarbono, si bien los resultados ofrecidos fueron contradictorios. En todo caso, se apuntó el tanto de haber descubierto el Arca, pese a disponer de tan pocas pruebas. Y para echar más leña al fuego de los datos perdidos y el secretismo, en 1973 un satélite occidental denominado ERTS tomó una imagen del monte Ararat en la que se podía apreciar la forma de un barco de proporciones similares a las bíblicas. No obstante, cuando los investigadores independientes solicitaron una copia de esta imagen recibieron la respuesta oficial de que no había registros de tal documento.

Posteriormente, en los años 80 el ex astronauta de la NASA James B. Irwin –motivado por sus creencias religiosas– participó en unas expediciones para localizar el Arca, pero sin ningún resultado. Asimismo, el aventurero y explorador norteamericano Ron Wyatt –un auténtico Indiana Jones a la búsqueda de reliquias– se lanzó a una extensa exploración del Ararat y zonas cercanas entre los años 70 y 90 e incluso llegó a realizar una excavación en el ya citado sitio de Durupinar. Tras sus pesquisas, afirmó haber encontrado varios restos materiales, como un remache fosilizado, trozos de metal o incluso anclas de piedra. Cabe decir, empero, que la famosa anomalía ya había sido excavada en los años 60 y que no se había encontrado ningún resto arqueológico reconocible, concluyendo que la formación era completamente natural. Un colaborador de Wyatt, David Fasold, compró también la historia del Arca de Durupinar, pero tras años de investigaciones tuvo que reconocer que la hipótesis geológica era la más firme y creíble, si bien antes de morir todavía insistía en que no se podía descartar del todo la idea de que los restos pudieran corresponder al Arca fosilizada.

Representación pictórica del Arca (posada tras el Diluvio)
Como vemos, sobre todo este asunto flota el sesgo y el prejuicio de las creencias, y de hecho el Arca ha sido objeto de obsesión por parte de fundamentalistas cristianos y creacionistas, dispuestos a hallar –a cualquier precio– pruebas arqueológicas de la verdad revelada en la Biblia. Incluso en tiempos muy recientes todavía se organizan expediciones a la región y se hacen declaraciones altisonantes, que suelen acabar en graves sospechas de error, manipulación o fraude, cuando no de mero sensacionalismo y ganas de llamar la atención, como una misión evangélica turco-china que en 2010 dijo haber identificado el Arca a unos 4.000 metros de altura “con un 99,9% de seguridad”.

Cabe decir, no obstante, que esta postura no es propia de fanáticos o visionarios, pues el mismo estado de Israel lleva tiempo intentando corroborar la historia bíblica judía a través de investigaciones históricas y arqueológicas, y pese a los deseos de cuadrar el mito con la arqueología, los resultados han sido a menudo decepcionantes, como cuando el profesor Finkelstein afirmó –a partir de la evidente falta de pruebas sobre el terreno– que el episodio del Éxodo hebreo nunca había existido… a menos que en el futuro aparezcan restos que contradigan esta aseveración.

En todo caso, me ha sorprendido que el asunto del Arca se haya visto envuelto en un halo conspirativo en que está involucrada hasta la CIA. Según el investigador Brad Steiger, un explorador llamado Charles P. Aaron pidió ayuda a la CIA en 1992, solicitando unas imágenes de alta tecnología que permitían reconocer objetos bajo gruesas capas de hielo. Para conseguir su propósito, Aaron venía avalado por la Tsirah Corporation[2], así como por James Irwin y varios congresistas y senadores estadounidenses. La CIA le respondió a inicios de 1993 sólo para alegar que las imágenes tomadas en la zona del Ararat no habían revelado la presencia de nada en particular. No obstante, los conspiranoicos interpretaron que la CIA sí había detectado algo y tras un cierto revuelo, un responsable del departamento científico de la CIA admitió finalmente en febrero de 1994 que se había identificado algo bajo el hielo y la nieve, pero que no podía tratarse del Arca de Noé, y que de hecho no había ninguna intención de realizar investigaciones adicionales. Para los más suspicaces, sin embargo, dicha declaración daba a entender que anteriormente la CIA sí había llevado a cabo investigaciones en la zona, supuestamente con la mayor discreción. De aquí se pasó a especular con que la CIA había estado en la región y había hallado el Arca, e incluso que había sido capaz de llevársela del monte Ararat, trasladando los restos a una base militar norteamericana. (¡Cómo nos recuerda esto a Indiana Jones!)

Reconstrucción moderna del Arca
Aparte, quien esto escribe también leyó en su día una teoría que afirmaba que un equipo especial estadounidense había aterrizado en la montaña y en un tiempo récord había extraído de allí todos los objetos o restos que podían ser considerados de máximo interés por razones indefinidas. Sea como fuere, planea la sombra de que el gobierno de EE UU mantiene en su poder material y documentación clasificada sobre el Arca que no tiene intención de poner a disposición de público, al menos de momento. Nuevamente, todo resulta muy turbio y sugerente, digno de una película de intriga o de aventuras, pero difícilmente algo parecido a arqueología seria. Eso sí, con todo este circo de sensacionalismo y ocultación, la arqueología académica se ha desentendido del tema o se ha dedicado a negar y ridiculizar a los investigadores alternativos.

En definitiva, deberíamos aplicar aquí el clásico refrán de mucho ruido y pocas nueces, porque realmente las pruebas aportadas son muy pobres y no disponemos de nada realmente sólido. Es bien posible que los restos apreciables en Durupinar sean en efecto sólo una formación natural, pero sobre lo que hay –o deja de haber– en lo alto de la montaña, bajo la nieve y el hielo, todavía estamos in albis, pues faltan imágenes o restos reconocibles que permitan ir más allá de las simples conjeturas. Por desgracia, parece que en los tiempos modernos se ha perpetuado la leyenda del Arca en el Ararat, con muchas historias oscuras o sensacionalistas. Si en verdad la expedición rusa descubrió y exploró a fondo el Arca en 1916, resulta bastante frustrante –o más bien sospechoso– que se perdiera toda la documentación. En realidad, estamos en una situación muy similar a lo que ocurre con el arca de la Alianza, en que hay muchas teorías y rumores, pero muy pocas certezas, por no decir ninguna.

La estructura de Durupinar que ha dado tanto que hablar sobre su posible asignación a los restos del Arca

Personalmente, creo posible que el Diluvio tuviera lugar (en las fechas dadas por Hancock y otros), pero que se hubiera construido una gran arca para que unos pocos se salvasen del desastre ya lo veo como mucho más especulativo y desde luego propio de una civilización avanzada, no de primitivas comunidades paleolíticas. Así pues, con respecto a este tema opino que apenas hemos salido del mito, pero al mismo tiempo reconozco que es asombroso que exista una mitología muy similar en varias partes del mundo. En todo caso, admito que es bien posible que el cataclismo de hace más de 12.000 años fuera tan descomunal como para devastar el planeta y privarlo de muchísimas especies animales, dejando a la población humana reducida a mínimos. Puestos a lanzar conjeturas, tal vez la historia del Arca fuese una respuesta común de muchos pueblos para explicar una tremenda catástrofe natural que –en una era no-científica– escapaba a su comprensión, por lo cual la atribuyeron a la ira de los dioses. Entretanto, veremos si en lo alto del monte Ararat acaba por aparecer algo digno de crédito.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Estas medidas pueden variar según cómo se valore la magnitud del codo en el texto original hebreo, pues no hay unanimidad en la asignación de un valor fijo (al haber varios “codos” en el Mundo Antiguo).
[2] Una compañía norteamericana del sector aeronáutico.

martes, 7 de abril de 2015

La confusa identidad de los Nefilim



Introducción



Una de las tendencias recurrentes de la arqueología alternativa ha sido, desde hace décadas, la transformación de las antiguas mitologías o religiones en historia más o menos real. En este sentido, tenemos un magnífico ejemplo en los diversos estudios acerca de la identidad de unos seres –presuntamente míticos– que aparecen citados en la Biblia, concretamente en el Génesis: los Nefilim. Lo cierto es que la discusión sobre los Nefilim es antigua, pero siempre había estado fijada en un contexto religioso. Sin embargo, en tiempos recientes, los Nefilim se han vuelto a poner de moda por varios motivos y numerosos investigadores alternativos se han propuesto sacar a estos personajes de su aura mítica para situarlos en otros contextos mucho menos “etéreos”.


En fin... ¿quiénes eran estos Nefilim? ¿Cómo se relacionaron con la raza humana? ¿Qué perfil podemos extraer de estos seres a partir de los relatos religiosos? ¿Podemos atribuirles una identidad real (física), más allá del mito? Esta es la cuestión que trataremos de esclarecer en este artículo.

Los dioses que vinieron del espacio



Es bien sabido que la llamada teoría del antiguo astronauta ha dado pie a todo tipo de especulaciones y escenarios sobre ciertas figuras divinas de un remotísimo pasado que bien podrían ser seres llegados de otros mundos, a juicio de bastantes autores de este género.

Zecharia Sitchin
En este campo, es muy destacable la intervención que hizo el prolífico autor ruso Zecharia Sitchin, que quiso dar empaque científico a su teoría acerca de unos seres venidos de un lejano planeta llamado Nibiru y que crearon al ser humano “a su imagen y semejanza”. Estamos hablando de sus famosos dioses Anunnaki, que en opinión de Sitchin, se corresponderían exactamente con los Nefilim (“gigantes”) de la Biblia judeo-cristiana, más aún teniendo en cuenta que gran parte de la tradición hebrea más antigua –recogida en el relato bíblico confeccionado durante el primer milenio antes de Cristo– había bebido de las fuentes mesopotámicas.

Empecemos pues por el principio, que es la propuesta lanzada por Sitchin en su libro El duodécimo planeta (1976), en el cual identificaba a los Nefilim bíblicos con los dioses Anunnaki de la mitología sumeria. Su argumentación partía de la base de que la traducción clásica del término Nefilim era completamente errónea. Así, la versión griega de la Biblia había optado por traducir Nefilim como “gigantes”, cuando –según Sitchin– la traducción correcta del término hebreo debería ser “los que descendieron del cielo a la tierra”, que es precisamente el significado que él otorgaba también a los Anunnaki.

Véase el fragmento en el cual Sitchin expone su visión sobre los Nefilim: 
«Incluso los primeros recopiladores del Antiguo Testamento –que consagraron la Biblia a un único Dios– consideraron necesario reconocer la presencia en la Tierra de estos seres divinos en la antigüedad. La enigmática sección –a la que le tienen pánico tanto los traductores como los teólogos– es la que forma el comienzo del Capítulo 6 del Génesis. Ocupa el espacio que hay entre la reseña de la expansión de la Humanidad a lo largo de las generaciones después de Adán y el relato del desencanto divino con la Humanidad que precedió al Diluvio. Afirma, inequívocamente, que, en aquel tiempo,

los hijos de los dioses
vieron que las hijas de los hombres estaban bien;
y tomaron por esposas
a las que preferían de entre todas ellas.
Las connotaciones de estos versículos, y los paralelismos que hay con los relatos sumerios de los dioses, de sus hijos y nietos, y de la descendencia semidivina resultante de la cohabitación entre dioses y mortales, se acumula mientras seguimos leyendo los versículos bíblicos:
Los Nefilim estaban sobre la Tierra,
en aquellos días y también después,
cuando los hijos de los dioses
cohabitaban con las hijas de los Adán,
y ellas les daban hijos.
Ellos fueron los poderosos de la Eternidad,
El Pueblo del shem.

La traducción que figura aquí no es la traducción tradicional. Durante mucho tiempo, la expresión “Los Nefilim estaban sobre la Tierra” se tradujo como “Había gigantes sobre la tierra”; pero los traductores modernos reconocen el error, optando al final por dejar intacto el término hebreo Nefilim en la traducción. El versículo “El pueblo (gente) del shem”, como sería de esperar, se tradujo como “la gente que tenía un nombre”, y, de ahí, “los hombres famosos”. Pero, como ya hemos dicho, el término shem se debe tomar en su sentido original: un cohete, una nave espacial.
Entonces, ¿qué significa el término Nefilim? Derivado de la raíz semita NFL (“ser lanzado abajo”), significa exactamente lo que significa: ¡aquellos que fueron arrojados a la Tierra!»

Para Sitchin, existían muchas pruebas de que los Anunnaki (o Nefilim) eran, en efecto, el pueblo “de los shem” (naves espaciales, en su opinión), y que el susodicho descenso a la Tierra no habría sido una mera ficción religiosa sino un aterrizaje en toda regla. El motivo de tal descenso habría sido la búsqueda y obtención de recursos naturales, básicamente oro, necesario para la protección de la dañada atmósfera de su planeta original, Nibiru. Como resultado de esta empresa, se hizo necesario disponer de trabajadores esclavos que llevasen a cabo el duro trabajo de la extracción minera, y sería en este contexto en que los dioses habrían creado a un “trabajador primitivo” o lu.lu después de varios experimentos. Este prototipo exitoso, el primer hombre, habría sido llamado adamu o adapa, el Adán de la Biblia.

Tablilla con escritura cuneiforme
Por tanto, juntando todas las piezas, nos encontramos aquí con un típico escenario de antiguos astronautas que da pie a la llamada teoría intervencionista, que considera que el Homo sapiens no es fruto de un proceso evolutivo natural (según la ortodoxia darwinista) sino de la ingeniería genética aplicada por unos seres extraterrestres sobre un homínido primitivo. Así pues, Sitchin, tomando elementos del Antiguo Testamento y sobre todo de las antiguas tablillas mesopotámicas escritas en grafía cuneiforme, construyó una historia que bien podríamos llamar de “ciencia-ficción” en la cual los dioses Anunnaki habitaron el planeta Tierra durante más de medio millón de años, establecieron bases permanentes y crearon a la criatura humana para que trabajase a su servicio. Más adelante, tras el Diluvio universal, los dioses habrían concedido la civilización a la Humanidad y habrían partido de vuelta a su mundo tras una tremenda guerra nuclear entre facciones Anunnaki a finales del tercer milenio a. C.

A partir de esta teoría de Sitchin, surgió toda una legión de fieles seguidores que prosiguieron o ampliaron sus trabajos desde diversas perspectivas. Aún hoy en día, a los pocos años de fallecer el autor ruso, varios investigadores siguen la estela de los dioses Anunnaki, sobre todo en la vertiente intervencionista, esto es,  en la explicación del Homo Sapiens como un producto genético artificial, aparte de otras tendencias que ya caerían más en el terreno pseudoconspirativo. Por supuesto, también cabe mencionar que Sitchin tuvo fuertes opositores en el campo académico (en particular Michael Heiser), y que algunos de sus discípulos, como Alan Alford, acabaron por desmarcarse de sus ideas.

Y entre las múltiples propuestas recientes sobre los Nefilim, desearía destacar en este texto tres aportaciones sumamente significativas, que combinan distintos elementos como la mitología, la arqueología, la antropología, la tradición religiosa y la filología.

Los iniciadores de la civilización



En primer lugar, tenemos la visión del investigador británico Andrew Collins, que escribió un artículo sobre los bíblicos Vigilantes y sus descendientes los Nefilim titulado The forbidden legacy of a fallen race[1]. Collins se desmarca aquí del ámbito extraterrestre y plantea interesantes interrogantes sobre varias cuestiones relacionadas con los Vigilantes, unos seres superiores o semidivinos (“Hijos de Dios”), que de algún modo cayeron en desgracia, así como sus descendientes, los Nefilim. El autor inglés compara las citas bíblicas con el famoso Libro de Enoc –el libro que habla de los Vigilantes en calidad de “ángeles caídos”– y comprueba que hay cosas que no acaban de cuadrar y que oscurecen el perfil de los Nefilim. Por ejemplo, la doble mención del Génesis resulta algo confusa; cito literalmente:

«Y aconteció que cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron para sí todas las esposas que eligieron.
Por hijos de Dios, el texto quiere decir ángeles celestiales, siendo el original hebreo bene-ha-Elohim. En el versículo 3 del capítulo 6, Dios declara de forma inesperada que su espíritu no puede permanecer en los hombres para siempre, y que puesto que la humanidad es una creación de la carne, su vida útil en lo sucesivo se reduciría a “ciento veinte años”. Sin embargo, en el versículo 4, el tono vuelve de repente al tema original de este capítulo, ya que dice:
Los Nefilim estaban en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres, y les engendraron hijos: los mismos valientes que desde la antigüedad fueron los varones de renombre.»

Según Collins, los teólogos, para tratar de resolver este tema, habrían optado por la hipótesis de que los ángeles habrían caído  en desgracia dos veces, primero por el orgullo y luego por la lujuria. Pero en opinión del autor británico estos dos fragmentos podrían pertenecer a tradiciones y épocas distintas, y de ahí la confusión entre los bene ha-elohim (Hijos de Dios) y los Nefilim. Los primeros serían un añadido muy posterior, con origen en Irán, mientras que los segundos serían propiamente los ángeles caídos de la tradición hebrea. En todo caso, y pese a estas contradicciones, este texto «mantuvo la firme creencia entre los antepasados de la raza judía de que, en algún momento del lejano pasado, una raza gigante había gobernado la Tierra.»

Por otro lado, Andrew Collins concede gran importancia al Libro de Enoc –que no sería posterior e inspirado en el Génesis, sino al revés[2]– pues vendría a ofrecer un relato bastante revelador en cuanto al origen de los Nefilim. Según este libro, doscientos de los Erin (“los que vigilan” o Vigilantes) se convirtieron en ángeles caídos, al descender al mundo terrenal de los mortales y cohabitar con mujeres humanas. Estos transgresores tuvieron descendencia fruto de su unión con éstas y tales seres híbridos fueron llamados Nefilim, un término hebreo que puede traducirse como “los que han caído”, y que luego se convirtió en “gigantes” en la versión griega.

Representación artística de Shemihaza
Al parecer, los Nefilim se dedicaron en principio a instruir y civilizar a los humanos, enseñándoles múltiples conocimientos y artes. Sin embargo, luego los Nefilim se volvieron contra los humanos, cometiendo toda clase de maldades y tropelías, tal y como se menciona en el propio Libro de Enoc: “Y cuando los hombres ya no pudieron mantenerlos, los gigantes se volvieron contra ellos y devoraron a la Humanidad. Y empezaron a pecar contra los pájaros y las bestias, y los reptiles y los peces, y a devorarse la carne unos a otros, y beberse la sangre. Luego la tierra estableció acusación contra los sin ley.” Entonces, los Vigilantes celestiales escucharon las quejas de los humanos y procedieron a juzgar y castigar duramente a los Nefilim, empezando por su líder Shemihaza. Así, los rebeldes fueron finalmente recluidos en una especie de prisión celestial, un abismo de fuego (¿el infierno?).

A partir de este punto, Collins se sumerge en una investigación a caballo entre la mitología y la arqueología, a fin de obtener un perfil más terrenal de los Nefilim, que tal vez no serían tan etéreos como se  podría suponer. Su investigación le lleva a relacionar a los Nefilim con unos seres (¿chamanes?) medio humanos medio pájaros, considerados por los hombres como demonios, que habrían habitado una determinada región de Oriente Medio, más concretamente las montañas de Media, al noroeste del actual Irán.

Véase el siguiente ejemplo de la presencia real de estos seres en las antiguas crónicas mesopotámicas:
«En una tablilla cuneiforme escrita en la ciudad de Kutha por un escriba “del templo de Sitlam, en el santuario de Nergal”, se describen las incursiones de una raza de demonios en Mesopotamia, impulsada por los dioses de una región inferior. Se dice que le hicieron la guerra a un rey no identificado durante tres años consecutivos y que tenían la apariencia de:
Hombres con cuerpo de pájaros del desierto,
seres humanos con rostros de cuervos,
los grandes dioses los crearon,
y en la tierra, los dioses crearon para ellos una morada... en medio de la tierra crecieron y se hicieron grandes, y aumentaron en número,
Siete reyes, hermanos de la misma familia,
seis mil en número fueron su pueblo.
Estos “hombres con cuerpos de pájaro” fueron considerados como “demonios”. Aparecerían sólo una vez que una tormenta de nubes hubiera consumido los desiertos y masacraría a aquellos a quienes tomarían cautivos, antes de regresar a una región inaccesible durante otro año.»

Estatuilla de la cultura el-Ubaid
Por otra parte, la literatura enoquiana y de los rollos del Mar Muerto también recogía otra descripción de estos seres, caracterizados fuertemente por tener el rostro de víbora, lo cual casa con la iconografía de ciertas estatuillas de la cultura neolítica mesopotámica de el-Obeid o Ubaid (datada hacia 5.000 a. C.), en las cuales aparecen unas divinidades con rasgos marcadamente reptiloides. 

A este respecto, Collins rechaza la versión clásica de la arqueología convencional que habla de diosas-madre y también de las especulaciones de Erich Von Däniken sobre la supuesta identidad extraterrestre de tales figuras. Según su opinión, estas efigies derivaban directamente de unas imágenes muy similares de la anterior cultura protoneolítica de Jarmo (en el Kurdistán), zona supuestamente habitada por los Vigilantes. Así, Collins especula con la idea de que fueron estos seres los que adiestraron a los primitivos habitantes de la región en las habilidades agrícolas.

En fin, adentrarnos en detalle en esta investigación sería ahora demasiado prolijo, por lo cual recomiendo la lectura de este artículo de A. Collins que puede hallarse libremente en Internet, tanto en versión inglesa como española. En todo caso, aun con todas las reservas por lo arriesgado de algunas propuestas, es muy loable este intento de dar contexto histórico-arqueológico a unos personajes presumiblemente míticos, buscando analogías y relaciones en elementos aparentemente inconexos.

Cuando los gigantes dominaban la tierra



En segundo lugar, tenemos el enfoque del investigador alternativo holandés L. C. Geerts, sustentado en varias fuentes religiosas, que trata de situar el tema en la oscura polémica sobre los gigantes, introduciendo en la controversia un nuevo elemento directamente relacionado con los Nefilim: los Anakim. Básicamente, lo que Geerts propone en su artículo Giants, Nephilim and Anakim es que la confusa dualidad expresada en el Génesis se debe a la yuxtaposición de tradiciones diferentes (como acabamos de ver en lo expuesto por Collins), pero incorporando la figura de los Anakim bíblicos como descendientes de los propios Nefilim.

Goliat, un gigante Anakim
Así pues, el escenario de Geerts es más o menos el siguiente: los hijos de Dios o “Vigilantes” se habrían unido a las hijas de los hombres, creando así una raza híbrida de gigantes. En este caso, los Nefilim serían propiamente los mismos Vigilantes (o sea, dos nombres distintos para una misma estirpe), mientras que su descendencia serían los llamados Anakim, raza de gigantes también citada en la Biblia. Así pues, los ángeles caídos o Nefilim serían gigantes, al igual que sus descendientes los Anakim, y no sólo en un sentido físico, sino también por tener capacidades superiores a los humanos “normales”. Así, aunque estos seres habrían ido decreciendo en tamaño con el paso de los siglos[3], habrían sido los responsables de las grandes obras y monumentos de la Antigüedad, sobre todo los de carácter megalítico, atribuidos (erróneamente, a juicio del autor holandés) a las primeras civilizaciones conocidas. En cualquier caso, esta raza o razas de gigantes habría caído en desgracia por haberse rebelado contra la gran autoridad divina y habría sido castigada consecuentemente, todo ello antes de la aparición del humano moderno (Homo sapiens).

En cuanto a su aspecto, algunos relatos hablan de increíbles alturas de hasta 900 metros, aunque otras referencias los sitúan en una franja más discreta de entre 10 y 100 metros, que todavía resulta del todo asombrosa. Y sobre su longevidad, y aun habiendo perdido su inmortalidad divina, los gigantes podrían haber vivido por períodos de hasta 500 años.

Por otra parte, en la mayoría de escrituras sagradas, todos estos ángeles caídos y razas derivadas serían denominados con diversos nombres, como gigantes, Anakim, demonios y monstruos, acentuando especialmente su faceta maligna y perversa. Esta tradición se fundamentaría en el hecho de que estos gigantes se habrían cruzado con diversos animales, creando así unas criaturas fantásticas (medio humanas medio bestias) que fueron adorados y temidos al mismo tiempo, y que están recogidos en mitos y leyendas de diversas culturas.

En definitiva, Geerts, a partir de los textos religiosos, reconstruye una historia supuestamente real sobre la presencia de gigantes sobre la tierra antes de que surgiera la raza de humanos actuales. Estos Nefilim, a pesar de haber sido castigados por sus creadores y de haber estado al borde de la desaparición a causa del Diluvio universal, habrían pervivido hasta épocas que podríamos calificar de históricas, según vemos en episodios bíblicos como la lucha de los israelitas contra los últimos representantes de estas razas (véase como ejemplo el famoso combate en David y Goliat).

La incierta influencia persa



Finalmente quisiera comentar el trabajo del investigador griego Petros Koutoupis, que en su artículo The Nefilim: Their origins and evolution se ha centrado en la cuestión propiamente filológica, descartando que los Nefilim fueran antiguos astronautas (versión Sitchin) o que pertenecieran a una cultura muy anterior a las conocidas convencionalmente (versión Collins).

Koutoupis parte de la interpretación propuesta por Sitchin y considera que su traducción es errónea, ya que la palabra correcta hebrea para “descender” es yārad, que no tendría pues relación con los Nefilim. En su opinión, la cuestión filológica tiene gran importancia para aclarar el auténtico origen del mito de los Nefilim. El autor griego aduce que se ha querido relacionar la palabra hebrea nāfal (“caer”, “sucumbir”) con los Nefilim, pero el plural de este término no puede ser nefilim de ningún modo.

Además, observa que en los escritos de la religión judía se aprecia una duplicidad en la escritura de la palabra Nefilim: נפילים (NFYLYM) / נפלים (NFLYM). La diferencia entre ambas grafías es que en la primera tenemos una yod adicional, que resulta muy excepcional, pues en la gran mayoría de textos aparece la segunda forma, sin esta yod. El asunto no es menor, pues Koutoupis, basándose en que la tradición hebrea más antigua no poseía letras para los sonidos vocálicos, cree que los escribas de épocas más recientes habrían añadido los signos vocálicos para preservar la pronunciación tradicional, y de aquí la aparición de la grafía nefilim (como se observa en Números 13:33). No obstante, lo que podría haber ocurrido aquí es una confusión de términos, pues en el Libro de Job (hallado en los rollos del mar muerto), escrito en arameo, hallamos el término nefilā referido a la constelación de Orión, cuyo masculino sería nāfil (plural nefilin), que se traduce literalmente como “gigante”. Así pues, pasando del arameo nefilin al hebreo nefilim, ya tendríamos la palabra que se tradujo normalmente como “gigantes”, y que en realidad podría tener un origen arameo[4].

Por otro lado, tomando las propias fuentes bíblicas y comparándolas con los relatos de otras culturas, vemos que el perfil de estos gigantes no está nada claro. Por un lado, serían los héroes de gran renombre, portadores de la cultura y la civilización como herencia de su origen divino, mientras que por otro se los presenta como seres demoníacos y malvados. ¿Cómo casamos ambas visiones? Koutoupis recurre a otra fuente, el Libro de Jasher (una obra compilada justo después del exilio judío en Babilonia), para tratar de esclarecer esta cuestión. En este libro se habla de Enoc como rey de la Humanidad pero no hay mención de los Hijos de Dios ni de los Nefilim. A juicio del autor griego, en realidad no hay conexión entre los hijos de Dios, los Nefilim y la corrupción de la Humanidad. Además, si los Nefilim eran responsables de esta corrupción, no queda nada claro cómo es que aparecen “sobre la Tierra en aquellos días y después de eso” (¿el Diluvio?). En vez de considerar que los gigantes Nefilim volvieron de alguna manera a la Tierra tras el Diluvio, sería mas adecuado considerar que nunca llegaron a ser barridos o apartados de ella.

Sello acadio en que se aprecia la diferencia de estatura
Siguiendo esta pista, el autor cree que es más correcto ceñirse a la mitología mesopotámica, que nos habla del héroe semidivino Gilgamesh, en dos tercios divino y en un tercio humano, y que tendría todo el aspecto de un gigante. En efecto, los semidioses de la mitología sumeria –que habrían existido antes y después del Diluvio– presentan un perfil que coincide básicamente con el de los Nefilim y son representados en un tamaño superior al de los humanos. Así pues, estos antiguos gigantes serían propiamente los “héroes de renombre”, guerreros y capaces de grandes gestas, pero no propiamente “demonios”.

Así, el paralelo entre la tradición sumeria y la Biblia sería indiscutible y reforzaría la identidad de estos seres como gigantes, especialmente desde el punto de vista físico. Como señala Koutoupis:
«Este énfasis en la altura fue extremadamente significativo [...] como en la versión hitita en la cual Gilgamesh es descrito como de once yardas de altura[5] y su pecho tenía nueve palmos de amplitud. En la épica nunca se menciona que los humanos normales fueran de la misma altura que estos semidioses. De hecho, los ciudadanos habituales de Uruk estaban asombrados ante las alturas tanto de Gilgamesh como de Enkidu. Los semidioses de la antigua Mesopotamia muestran innegables semejanzas con los Nefilim.»

Koutoupis concluye su propuesta apuntando a que en algún momento la tradición hebrea tomó el término arameo nāfil, y que eso pudo suceder en el periodo del post-exilio, bajo la fuerte influencia persa. La historia de la corrupción de la Humanidad por obra de los Nefilim habría sido pues una interpretación adquirida en época tardía por inspiración de la religión zoroástrica, que tenía un Dios supremo (Ahura Mazda) y unos demonios o ángeles caídos (daevas). De este modo, la religión judía habría adoptado un enfoque dualístico en que cualquier deidad que no fuera el único y buen dios Yahveh sería necesariamente malvada. Aquí el autor especula con la idea de que los escribas judíos no pudieran concebir que los hombres hubieran optado por el mal de forma libre, sino que hubieran sido inducidos al mal por fuerzas malignas superiores, lo cual hubiera hecho recaer todas las culpas sobre los gigantes semidivinos, pasando de ser héroes a ser demonios.

Conclusiones



Hemos visto varias interpretaciones sobre la figura de los Nefilim, que se mueven en los pantanosos terrenos del mito y la religión, pero con algunos ecos que podrían conectar con un remoto pasado que podríamos situar en un contexto histórico-arqueológico.


Ciertamente, la mitología sobre los Nefilim rompe todos los esquemas porque presenta un pasado totalmente distinto al que la historia y la arqueología -fundamentadas en el paradigma evolucionista- nos han mostrado como única verdad para explicar el origen del hombre y de la civilización. En esa historia (o prehistoria) convencional no caben dioses, ni semidioses, ni héroes ni gigantes, ni demonios, y todo ello a pesar de que las mitologías de muchos pueblos (no sólo el judío o el sumerio) insisten tozudamente en la presencia de estos seres superiores antes de que el hombre actual apareciera sobre la Tierra.

Para Sitchin, los Nefilim venían sin duda del espacio, aunque nunca pudo probar que el enigmático planeta Nibiru existiera, por no hablar de las licencias que se tomó para hacer una relectura sui generis de la Biblia y de los mitos sumerios. Por su parte, Andrew Collins ha tratado de situar un origen de la civilización en unos seres poco definidos y de aspecto desconcertante que habrían habitado físicamente el Medio Oriente en tiempos prehistóricos. Entretanto, Geerts también les concede una cierta historicidad a los Nefilim, que habrían sido los famosos gigantes citados en tantas mitologías, a veces con un sentido positivo y otras en un sentido muy peyorativo. Por último, los estudios de Koutoupis sobre las Escrituras judías nos podrían indicar que la identidad de los Nefilim se podría ligar a la de los personajes de renombre o héroes del principio de la civilización y que su supuesta vertiente demoníaca habría sido una reinterpretación muy posterior al propio origen de esta historia.

En fin, en el extenso artículo sobre los gigantes de este mismo blog ya toqué esta controversia, y a la vista de los relatos históricos, la mitología y ciertos restos arqueológicos, concluía que la existencia de gigantes podría tener un fondo real que se pierde en la noche de los tiempos. En todo caso, si diéramos alguna credibilidad a la historia de los Nefilim, nos quedarían muchos interrogantes por resolver. En muchas mitologías vemos que los gigantes se rebelan y se enfrentan a los dioses supremos y acaban por ser vencidos, juzgados y castigados. Pero... ¿Quién o quiénes eran esos dioses supremos? ¿Fue la corrupción de la humanidad el motivo de esa rebelión o fue otra causa? ¿Y qué papel juegan los humanos en esta historia? ¿Se mezcló genéticamente la raza humana con una raza de gigantes? ¿Fueron esos gigantes los que concedieron la civilización a los humanos?

Todas estas preguntas siguen a día de hoy en el dominio de la mitología y la religión, y pese a los esfuerzos de varios investigadores, todavía queda un largo trecho para que puedan tomar forma en el ámbito propiamente histórico.

© Xavier Bartlett 2015





[1] La versión española de este artículo (“El legado prohibido de una raza caída”) se publicó en la revista digital Dogmacero, en dos partes (números 5 y 6, 2013). El trabajo completo de Collins sobre esta temática se encuentra en un libro titulado From the ashes of angels: The forbidden legacy of a fallen race (1998).

[2] Según Collins, existen pruebas de que el Pentateuco (libro supuestamente escrito por Moisés) fue compilado en el cautiverio judío en Babilonia, hacia el siglo V a. C., mientras que el Libro de Enoc sería bastante más antiguo y por ello habría quedado fuera del Canon de las Escrituras.

[3] De hecho en la propia Biblia se habla de varias subrazas de Anakim, que se corresponderían con generaciones cada vez menos gigantes y más próximas a los humanos.

[4] De hecho, Koutoupis considera que los primeros cinco libros de la Biblia, el Pentateuco, no fueron obra de Moisés sino que fueron escritos y editados por varios escribas a lo largo del tiempo, y aquí podían haberse añadido influencias o temas no propiamente hebreos.
[5] Medida que vendría a ser casi 10 metros.