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miércoles, 14 de agosto de 2019

El legado prohibido de una raza caída (1ª parte)


Uno de los temas recurrentes de la arqueología alternativa desde hace décadas ha sido el origen del ser humano y de la civilización, desligándolo del actual relato darwinista para profundizar en otras vías, a menudo relacionadas con la mitología. En este contexto, varios autores han tratado de dar explicaciones sobre la posible traslación de la historia bíblica a un escenario “realista”. Así, se han preguntado si en verdad existió el Paraíso o Jardín del Edén, y de ser así, dónde se situaba. Tampoco han faltado las preguntas y las hipótesis sobre el origen de la civilización, que sacó a la Humanidad del primitivismo: ¿Fue un proceso histórico “natural” o bien existió una raza de “dioses civilizadores”, tal como citan muchas mitologías? ¿Quiénes fueron estas figuras legendarias? ¿De dónde surgieron? ¿Cómo actuaron?

Andrew Collins
El investigador todo-terreno Andrew Collins –que junto con Graham Hancock y Robert Bauval conforma la gran tríada de la arqueología alternativa británica– se dedicó hace unos años a investigar a fondo este tema tomando como base la tradición judeo-cristiana y algunos relatos bíblicos específicos, como el Libro de Enoc, aparte de otras antiguas mitologías asiáticas. Su meta no era otra que sonsacar lo que podía haber de histórico o arqueológico en un escenario típicamente ligado a la religión y el mito, con personajes aparentemente irreales como los ángeles caídos, también llamados Vigilantes o Nefilim. Collins acabó dedicando todo un libro a esta cuestión, pero a modo resumen de sus pesquisas escribió un extenso artículo que, por su interés, tradujimos y publicamos con su permiso en la revista Dogmacero en 2013.

Creo sinceramente que, pese a algunas dudas, especulaciones y controversias, este material de investigación es de lo mejor que ha publicado Collins y por ese motivo lo pongo a disposición de los lectores del blog para que saquen sus propias conclusiones sobre las cuestiones que se ponen a debate. Les dejo pues con este apasionante viaje por Oriente Medio hace miles de años y con la inesperada intervención de dioses, demonios y chamanes en los asuntos humanos. Eso sí, dada la gran extensión del material original, he preferido ofrecer el documento en tres partes, que iré editando y publicando en las próximas semanas. ¡Ruego un poco de paciencia!


El legado prohibido de una raza caída


Clásica representación de un ángel bíblico
Los ángeles son algo que asociamos a las bellas pinturas pre-Rafaelitas o del Renacimiento, a las estatuas de la arquitectura gótica o a los seres sobrenaturales que intervienen en nuestras vidas en tiempos de problemas. Durante los últimos 2.000 años ésta ha sido su imagen estereotipada, fomentada por la Iglesia cristiana. Pero, ¿qué son los ángeles? ¿De dónde vienen, y qué han significado para el desarrollo de la religión organizada?

Muchas personas ven el Pentateuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, como una plétora de relatos de ángeles que se aparecen a los honrados patriarcas y a los profetas visionarios. Sin embargo, esto no es tan simple. Hay tres ángeles que se acercan a Abraham para anunciarle el nacimiento de un hijo llamado Isaac a su esposa Sara, mientras él está sentado debajo de un árbol en la llanura de Mambré. Hay dos ángeles que visitan a Lot y a su esposa en Sodoma, antes de su destrucción. Está el ángel que lucha con Jacob toda la noche en un lugar llamado Peniel, o aquellos a quienes ve subir y bajar de una escalera que se extiende entre el cielo y la Tierra. Sin embargo, con excepción de estos relatos, hay muy pocos ejemplos. Generalmente, cuando aparecen los ángeles, la narración se presenta a menudo vaga y confusa sobre lo que está pasando exactamente. Por ejemplo, en el caso de Abraham y Lot, los ángeles en cuestión se describen simplemente como “hombres”, que se sientan a tomar alimentos como cualquier persona mortal.

Influencia de los Magi

No fue sino hasta los tiempos de post-exilio, es decir, después de que los judíos regresaran de su cautiverio en Babilonia (alrededor del 450 a. C.), en que los ángeles se convirtieron en parte integrante de la religión judía.  Fue incluso más tarde, alrededor de 200 a. C. que comenzaron a aparecer con frecuencia en la literatura judía religiosa. Obras como el Libro de Daniel y el apócrifo Libro de Tobías contienen relatos enigmáticos de los seres angélicos que tienen nombres propios, apariencias específicas y jerarquías establecidas. Estas figuras radiantes eran de un origen no-judío. Todo indica que eran extraños, importaciones de un reino extranjero, es decir, Persia.
 

El país que hoy conocemos como Irán no podría parecer a primera vista la fuente más probable de los ángeles, pero es un hecho que los judíos exiliados estuvieron muy expuestos a sus creencias religiosas después de que el rey persa Ciro el Grande tomara Babilonia el año 539 antes de Cristo. Estas creencias incluyen no sólo el zoroastrismo (del profeta Zoroastro o Zaratustra), sino también la religión mucho más antigua de los Magi (“Magos”), la élite de la casta sacerdotal de la región de Media, en el noroeste de Irán. Ellos creían en un todo un panteón de seres sobrenaturales llamados ahuras, o “los brillantes”, y daevas-ahuras que habían perdido de la gracia por haber corrompido a la humanidad.

Aunque finalmente acabaron fuera de la ley en Persia, la influencia de los Magi se imbricó muy profundamente en las creencias, costumbres y ritos del zoroastrismo. Por otra parte, no puede haber duda de que el magismo, del cual derivan los términos mago y magia, ayudó a establecer la creencia entre los judíos, no sólo de jerarquías completas de ángeles, sino también de legiones de ángeles caídos, un tema que alcanza su máxima inspiración en una sola obra: el Libro de Enoc.

El libro de Enoc

Edición inglesa del Libro de Enoc
Compilado por etapas en algún momento entre 165 a.C. y el comienzo de la era cristiana, este trabajo considerado pseudoepigráfico (es decir, falsamente atribuido) tiene como tema principal la historia que hay detrás de la caída de los ángeles. Sin embargo, no se refiere a la caída de los ángeles en general, sino de aquellos que fueron originalmente conocidos como Erin (Er en singular), “aquellos que vigilan”, o simplemente “vigilantes”.
 

El Libro de Enoc narra la historia de cómo 200 ángeles rebeldes, o Vigilantes, decidieron transgredir las leyes celestiales y “descender” a los llanos y tomar esposas de entre la especie mortal. El lugar atribuido para este acontecimiento es la cumbre del Hermón, un lugar mítico generalmente asociado con las cumbres nevadas del monte Hermón, en la cordillera del Ante-Líbano, al norte de la actual Palestina (sin embargo, veremos más adelante la cuna más probable de los Vigilantes).
 

Los 200 rebeldes eran conscientes de las consecuencias de sus transgresiones, porque acordaron bajo juramento que su líder Shemihaza asumiría las culpas si toda la fatal aventura acabase terriblemente mal. Después de su descenso a las tierras bajas, los Vigilantes disfrutan de las delicias terrenales con sus “esposas” elegidas, y así –por medio de estas uniones– nacieron unos descendientes gigantes llamados Nephilim, o Nefilim, una palabra hebrea que significa “aquellos que han caído”, los cuales aparecen en las traducciones al griego como “los gigantes”.

Secretos celestiales

Aparte de aprovecharse de nuestras mujeres, los 200 ángeles rebeldes se dedicaron a impartir secretos celestiales a los que tenían oídos para escuchar. De uno de ellos, un líder llamado Azazel, se dice que “enseñó a los hombres a fabricar espadas, cuchillos, y escudos y corazas, y les dieron a conocer los metales (de la tierra) y el arte de trabajarlos”, lo cual indica que los Vigilantes aportaron el uso del metal a la humanidad. También les instruyeron sobre cómo hacer pulseras y adornos y les mostraron cómo usar el antimonio, un frágil metal blanco empleado en las artes y en la medicina.
 

A las mujeres, Azazel les enseñó el arte de “embellecerse” los párpados y el uso de “todo tipo de piedras preciosas” y “tinturas colorantes”, presuponiendo que el uso del maquillaje y las joyas no se conocía antes de esta era. Además de estos crímenes, Azazel fue acusado de enseñar a las mujeres cómo disfrutar del placer sexual y entregarse a la promiscuidad, algo visto como una blasfemia “impía” a los ojos de los narradores hebreos.

Otros Vigilantes fueron acusados de revelar a la especie mortal el conocimiento de las artes más científicas, como la astronomía, el conocimiento de las nubes (la meteorología), las “señales de la Tierra” (probablemente la geodesia y la geografía), así como las “señales”, o el paso de los cuerpos celestes, como el sol y la luna. A su líder, Shemihaza, se le acredita haber enseñado “encantamientos y extracción de raíces", una referencia a las artes mágicas rechazadas por la mayoría de los judíos ortodoxos. Otro de ellos, Pênêmûe, enseñó “lo amargo y lo dulce”, seguramente una referencia al uso de hierbas y especias en los alimentos, a la vez que instruía a los hombres sobre el uso de “tinta y papel”, lo que implica que los Vigilantes introdujeron las primeras formas de escritura. Mucho más inquietante es Kâsdejâ, de quien se dice que enseñó a “los hijos de los hombres todos los malvados caprichos de los espíritus y demonios, y los secretos para eliminar el embrión en el útero”. En otras palabras, enseñó a las mujeres a abortar.
 

Figuración de Shemihaza
Estas líneas relativas a las ciencias prohibidas, cedidas a la humanidad por los Vigilantes rebeldes, plantean la pregunta fundamental de por qué los ángeles deberían haber poseído en primera instancia un conocimiento de estos asuntos. ¿Qué necesidad tenían de trabajar los metales, usar exquisiteces, encantamientos y escritura, embellecer el cuerpo, emplear especias, y saber cómo abortar? Ninguna de estas habilidades son lo que uno podría esperar que poseyeran los mensajeros celestiales de Dios, a menos que éstos fueran originalmente humanos.
 

En mi opinión, la revelación de este conocimiento y sabiduría previamente desconocidos parecen ser las acciones de una raza muy avanzada que transmitió algunos de sus secretos estrictamente reservados a una cultura menos desarrollada que estaba aún tratando de entender los principios básicos de la vida.

Más desconcertantes resultan los aparentes actos de los ahora completamente desarrollados Nefilim, pues se dice:

“Y cuando los hombres ya no pudieron mantenerlos, los gigantes se volvieron contra ellos y devoraron a la Humanidad. Y empezaron a pecar contra los pájaros y las bestias, y los reptiles y los peces, y a devorarse la carne unos a otros, y beberse la sangre. Luego la tierra estableció acusación contra los sin ley.”

Ya entonces, los gritos de desesperación de la humanidad fueron claramente escuchados por los ángeles, o Vigilantes que habían permanecido leales al cielo.

Uno por uno son escogidos por Dios para proceder contra los Vigilantes rebeldes y sus descendientes, los Nefilim, que son descritos como “bastardos y réprobos e hijos de la fornicación”. El primer líder, Shemihaza, es colgado y atado boca abajo y su alma desterrada para convertirse en las estrellas de la constelación de Orión. El segundo líder, Azazel, fue atado de pies y manos, y expulsado eternamente a la oscuridad de un desierto denominado Dûdâêl. Sobre él se colocaron “piedras irregulares y bastas” y aquí se mantendrá por siempre hasta el Día del Juicio, cuando será “arrojado al fuego” por sus pecados. Por su implicación en la corrupción de la humanidad, los Vigilantes rebeldes se ven obligados a presenciar la masacre de sus propios hijos antes de ser expulsados a una especie de prisión celestial, vista como un “abismo de fuego”.

Los siete cielos

Entonces el patriarca Enoc entra en escena y, por algún motivo inexplicable, se le pide que interceda en favor de los rebeldes encarcelados. Él intenta reconciliarlos con los ángeles del cielo, pero fracasa estrepitosamente. Después de esto, el Libro de Enoc relata cómo el patriarca es llevado por los ángeles sobre montañas y mares hasta los “siete cielos”. Aquí ve una multitud de seres angélicos que observan las estrellas y otros cuerpos celestes en lo que aparentan ser observatorios astronómicos. Otros cuidan de huertos y jardines que tienen más en común con un kibutz israelí que con un reino etéreo sobre las nubes. En otra parte del “cielo” está el Edén, donde Dios plantó un jardín para Adán y Eva antes de su caída, siendo Enoc el primer mortal en entrar en este dominio desde la expulsión de éstos. Por último, durante la vida del bisnieto de Enoc, Noé, el Gran Diluvio cubre la tierra y destruye todos los vestigios restantes de la raza gigante. Así termina la historia de los Vigilantes.
 

Los Hijos de Dios

Los Nefilim y las hijas de los hombres
¿Qué vamos a hacer con el Libro de Enoc? ¿Están sus relatos sobre de la caída de los Vigilantes y las visitas al cielo del patriarca Enoc basados en algún tipo de verdad histórica? Los estudiosos dirían que no. Ellos creen que es una obra puramente de ficción, inspirada en el libro del Génesis, en particular, dos pasajes enigmáticos en el capítulo 6. En el primero, constituido por los versículos 1 y 2, se dice lo siguiente:

“Y aconteció que cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron para sí todas las esposas que eligieron.”
Por hijos de Dios, el texto quiere decir ángeles celestiales, siendo el original hebreo bene-ha-Elohim. En el versículo 3 del capítulo 6, Dios declara de forma inesperada que su espíritu no puede permanecer en los hombres para siempre, y que, puesto que la humanidad es una creación de la carne, su vida útil en lo sucesivo se reduciría a “ciento veinte años”. Sin embargo, en el versículo 4, el tono vuelve de repente al tema original de este capítulo, ya que dice:

“Los Nefilim estaban en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres, y les engendraron hijos: los mismos valientes que desde la antigüedad fueron los varones de renombre.”
 

Como se considera que el Pentateuco fue escrito por Moisés, el legislador de c. 1200 a.C., se supone que las líneas del Génesis 6 influyeron en la elaboración del Libro de Enoc, y no al revés. A pesar de esta obvia suposición por parte de los eruditos hebreos, existen pruebas que demuestran que gran parte de Génesis fue escrito después del regreso judío del cautiverio en Babilonia, a mediados del siglo V a.C. Si este fuera el caso, entonces no hay razón por la cual las líneas del Génesis 6 no podrían haber sido manipuladas en esta época. En un intento de enfatizar la enorme antigüedad del Libro de Enoc, el mito hebreo siempre ha afirmado que fue transmitido a Noé, nieto de Enoc, después del Diluvio, es decir, mucho antes de la compilación del Génesis. Esta reivindicación de anterioridad sobre el Pentateuco llevó finalmente al teólogo cristiano San Agustín (354-430 d.C.) a afirmar que el Libro de Enoc era demasiado antiguo (ob nimiam antiquitatem) para ser incluido en el Canon de las Escrituras.

Las raíces de los Nefilim

Las líneas del Génesis 6 contienen otro enigma, ya que parecen encarnar dos tradiciones totalmente diferentes. Revisemos de nuevo las palabras del versículo 2. Éstas hablan de los Hijos de Dios que fueron hacia las Hijas de los Hombres, mientras que, en contraste, el versículo 4 dice con firmeza:

“Los Nefilim estaban en la tierra en aquellos días y también después de eso, cuando los hijos de Dios vinieron donde las hijas de los hombres.”

Y también, después de eso…
 

El significado parece bastante claro: existen dos tradiciones muy distintas mezcladas aquí: una relativa a la raza caída conocida por los primeros israelitas como los Nefilim (que se mencionan en otras partes del Pentateuco como los progenitores de una raza de gigantes llamados Anakim), y otra relativa a los bene ha-elohim, los Hijos de Dios, que son equiparados directamente con los Vigilantes en la tradición enoquiana. Los teólogos son conscientes de este dilema, y evaden el problema sugiriendo que los ángeles cayeron en desgracia dos veces, una vez por el orgullo y luego nuevamente por la lujuria. Parece cierto que el término Nefilim era el nombre original hebreo de la raza caída, mientras que bene ha-elohim es un término muy posterior, plausiblemente procedente de Irán, que entró en el Génesis 6 mucho tiempo después de su compilación original. A pesar de las contradicciones en torno al Génesis 6, su importancia es manifiesta, ya que mantuvo la firme creencia entre los antepasados de la raza judía de que, en algún momento del lejano pasado, una raza gigante había gobernado la Tierra.
 

Así pues, si los Vigilantes y los Nefilim realmente habían habitado este mundo, entonces, ¿Quién o qué eran esos seres que parecían físicos? ¿De dónde vinieron? ¿Qué aspecto tenían? ¿Dónde vivieron y cuál fue su destino final?

El Libro de Enoc era una fuente vital de conocimiento con respecto a su antigua existencia, pero yo necesitaba más: otros relatos menos contaminados de esta aparente raza de seres humanos. Entonces ocurrió una ruptura importante.

La conexión del Mar Muerto
 

Los eruditos hebreos habían observado, desde hacía mucho tiempo, las semejanzas entre algunas de las enseñanzas reaccionarias en el Libro de Enoc y los evangelios según los esenios, una notable comunidad religiosa muy justa, que –según los eruditos clásicos– existió en la orilla occidental del Mar Muerto. Esta conexión quedó fortalecida después de 1947, cuando se supo que entre los Rollos del Mar Muerto, que ahora se consideran escritos por los esenios, había varios fragmentos de textos pertenecientes a diversos ejemplares del Libro de Enoc. Hasta ese momento, las únicas copias disponibles del manuscrito completo eran las diversas copias redactadas en el lenguaje escrito etíope de Ge'ez, la primera de las cuales llegó a Europa a través del explorador y masón escocés James Bruce of Kinnaird después de sus famosos viajes a Abisinia entre 1769 y 1772.

Rollos del Mar Muerto
Los Rollos del Mar Muerto no sólo confirmaron la autenticidad del Libro de Enoc, sino que también demostraron que se habían mantenido en gran estima por la comunidad esenia de Qumrán, y que incluso podría haber estado detrás de su elaboración original en algún momento después de 165 a. C. Más importante aún, los eruditos hebreos también comenzaron a identificar varios otros tratados previamente desconocidos, de estilo “enoquiano” entre el corpus del Mar Muerto, y éstos incluían más referencias a los Vigilantes y a sus descendientes, los Nefilim. Muchos de estos fragmentos específicos fueron finalmente identificados por el erudito del Mar Muerto J.T. Milik como extractos de un trabajo perdido llamado el Libro de los Gigantes.  Anteriormente, esta obra sólo había sido conocida por referencias aisladas en textos religiosos pertenecientes a los maniqueos, una fe gnóstica herética que se extendió por toda Europa y Asia, hasta China y el Tíbet, a partir del siglo III d.C.
 

El Libro de los Gigantes continúa la historia narrada en el Libro de Enoc, relatando cómo reaccionaron los Nefilim al saber que su inminente destrucción se debía a las incongruencias de sus padres Vigilantes. La lectura de esta antigua obra ofrece al lector una visión más compasiva de los Nefilim, que –como inocentes transeúntes– afrontan un dilema que está más allá de su control personal.

Rostro de víbora
 

Sin embargo, al margen de este tratado aún muy fragmentario, han surgido otros textos enoquianos entre los Rollos del Mar Muerto, que en mi opinión son igualmente importantes. Uno de ellos es el Testamento de Amram. Amram era el padre del legislador Moisés, si bien en esta historia cualquier marco temporal bíblico es irrelevante. Lo que es mucho más significativo es la aparición de los dos Vigilantes que se le aparecen en una visión como en sueños mientras él descansa en su cama, ya que el texto reconstruido dificultosamente dice lo siguiente:

“[Vi a los Vigilantes] en mi visión, el sueño-visión. Dos (hombres) se peleaban por mí, diciendo... y sosteniendo una gran contienda sobre mí. Yo les pregunté: '¿Quiénes sois, que tal poder tenéis sobre mí?' Ellos me respondieron: 'A nosotros [se nos ha dado el] poder y el gobierno sobre toda la humanidad.' Ellos me dijeron: '¿A quién de nosotros escoges [tú para que te gobierne?' Levanté los ojos y miré.] [Uno] de ellos era terrorífico en su apariencia, [como una] serpiente, [su] manto multicolor, pero muy oscuro... [Y miré de nuevo], y... en su apariencia, su rostro como una víbora, y [llevaba...] [en extremo, y todos sus ojos...].

El texto identifica a este último Vigilante como Belial, el Príncipe de las Tinieblas y Rey del Mal, mientras su compañero se revela como Miguel, el Príncipe de Luz, también llamado Melquisedec, Rey de la Justicia. Es, sin embargo, el aspecto terrible de Belial lo que me llamó la atención, porque es visto como aterrador de contemplar y como una “serpiente”, el sinónimo utilizado muy a menudo para describir tanto los Vigilantes como a los Nefilim.

¿Rostro como de víbora?
Si el fragmento textual hubiese terminado aquí, entonces yo no habría sabido por qué este sinónimo había sido utilizado por el escriba judío en cuestión. Sin embargo, afortunadamente, el texto continúa diciendo que el Vigilante tenía un rostro, o cara, “como una víbora”. Dado que también lleva una capa “de muchos colores, pero muy oscura”, también tuve que suponer que era antropomórfico, es decir, que poseía forma humana.


El r
ostro como una víbora... ¿Qué podría significar esto? ¿Cuánta gente conoce usted con un “rostro como de víbora”? Durante más de un año no pude ofrecer ninguna solución adecuada a esta curiosa metáfora. Entonces, por casualidad, sucedió que escuché algo en una emisora de radio nacional que me proporcionó una respuesta sencilla, aunque totalmente inesperada. En Hollywood, Los Angeles, hay un club llamado Viper Room (“El Salón Víbora”). Es propiedad del actor y músico Johnny Depp, y en octubre de 1993 saltó a los titulares cuando el prometedor actor River Phoenix se derrumbó y murió trágicamente al salir del club, después de una noche de excesos.

Por la publicidad de los medios de comunicación que ineludiblemente rodeó este incidente relacionado con drogas, se descubrió que el Viper Room obtuvo su nombre muchos años antes, cuando había sido un refugio de jazz de cierto renombre. Se cuenta que los músicos se subían al escenario y tocaban durante largas horas, prolongando su creatividad y concentración fumando grandes cantidades de marihuana. Al parecer, los efectos a largo plazo de este uso indebido de drogas, junto con períodos muy largos sin comer y dormir, hacía que sus rostros se desfiguraran hasta parecer huecos y delgados, mientras que sus ojos se estrechaban hasta convertirse en sólo rendijas. A través de la niebla de humo, el efecto hacía parecer como si los músicos de jazz tenían cara como de víboras, de ahí el nombre del club.
 

Esta divertida anécdota hizo trabajar mi mente confundida y me permitió construir una imagen mental de cómo sería una persona con cara “como de víbora”: sus rostros se muestran largos y estrechos, con pómulos salientes, mandíbulas alargadas, labios delgados y ojos oblicuos como los de muchos tipos raciales de Asia Oriental. ¿Era ésta la solución en cuanto a por qué tanto los Vigilantes como los Nefilim fueron descritos como serpientes caminantes?
 

Parecía una posibilidad como otra cualquiera, aunque también era factible la conexión ofídica relacionada con sus acreditadas asociaciones y capacidades mágicas, e incluso quizás con sus movimientos corporales y su aspecto general.

La apariencia de plumas
 

Otra referencia importante sobre la apariencia de los Vigilantes proviene de Los Secretos del Libro de Enoc, también conocido como 2 Enoc, una especie de secuela de la obra original escrita en griego y datada en el siglo I d.C.  El pasaje se refiere a la inesperada llegada de dos Vigilantes cuando Enoc descansa en su cama:

“Y se me aparecieron dos hombres muy altos, como nunca he visto en la Tierra. Y sus rostros brillaban como el sol, y sus ojos eran como lámparas encendidas, y salía fuego de sus labios. Su vestido tenía la apariencia de plumas: ...[púrpura], sus alas eran más brillantes que el oro, sus manos más blancas que la nieve. Se quedaron en la cabecera de mi cama y me llamaron por mi nombre.”

Quetzalcoatl: ¿otro ángel alado?
La piel blanca (a menudo llamada “roja como una rosa”), estatura alta y faz radiante “como el sol”, todos estos rasgos se repiten con frecuencia en relación con la aparición de ángeles y Vigilantes en la literatura enoquiana y del Mar Muerto. Sin embargo, ¿cuál era esta referencia a esta vestimenta que tenía “la apariencia de plumas”? ¿Podría referirse de algún modo a la “capa” usada por el Vigilante llamado Belial, que aparece en la historia de Amram, de la cual se decía que era “de muchos colores, pero muy oscura”, precisamente el efecto que uno podría esperar de una capa de plumas negras, como las propias de cuervos o buitres, tal vez?

A pesar del hecho de que el arte cristiano siempre ha representado a los ángeles con alas, esta tradición no se remonta más allá del siglo tercero o cuarto después de Cristo. Antes de esta era, los verdaderos ángeles (los querubines y serafines tenían varios conjuntos de alas) aparecían con el aspecto de “hombres”, una situación que a menudo incitó a los traductores textuales agregar alas en las descripciones existentes de los ángeles. Este ha sido, sin duda alguna, el caso del relato anterior tomado de 2 Enoc, que fue re-copiado muchas veces durante los primeros años del cristianismo.
 

Con esta observación en mente, sentí que la expresión relativa a los Vigilantes vestidos con “la apariencia de plumas” era muy reveladora. También parecía una licencia excesiva por parte del escribano que transmitió esta historia en forma escrita, por haber agregado alas a la descripción de los dos “hombres”; ¿por qué molestarse en decir que llevaban prendas de plumas? Sin duda, esta confusión entre alas y capas de plumas podría haber sido editada para dar a los Vigilantes un aspecto angelical más apropiado.

Chamanes – pájaros

De algún modo supe que ésta era una clave para desentrañar este extraño misterio, porque sugería que, si bien los vigilantes habían sido realmente humanos, pudieran haberse adornado con prendas de este tipo como parte de su vestido ceremonial. El uso de formas totémicas, como animales y aves, ha sido siempre el dominio de los chamanes, los senderistas espirituales de las comunidades tribales. En muchas culturas primitivas, se decía que el alma tomaba la forma de un pájaro para hacer su vuelo de este mundo al otro, por lo que a menudo es representado como tal en el arte religioso antiguo.

Esta idea puede tener su origen en la creencia generalizada de que el vuelo astral sólo puede lograrse mediante el uso de las alas etéreas, como las de un ave, algo que sin duda ayudó a inspirar la idea de que los ángeles, como mensajeros de Dios, debían ser representados con alas en la iconografía cristiana.

Chamán del Amazonas
Para reforzar esta conexión mental con su ave elegida, los chamanes adornan sus cuerpos con una capa de plumas y pasan largos períodos de tiempo estudiando cada uno de sus movimientos. Así, los chamanes entrarían en su hábitat natural y observarían todas las facetas de su vida: su modo de vuelo, sus hábitos alimenticios, sus rituales de cortejo y sus acciones sobre el terreno. Al hacerlo, tendrían la esperanza de convertirse en pájaros, una alter-personalidad adoptada sobre una base semi-permanente. El chamanismo totémico es más o menos dependiente de los animales autóctonos o de las aves presentes en el lugar de la cultura o la tribu, aunque en principio el objetivo ha sido siempre el mismo: usar este manto para alcanzar el vuelo astral, la iluminación divina, la comunicación y la consecución del conocimiento y la sabiduría de otro mundo. Así pues, ¿los Vigilantes y los Nefilim podrían haber sido hombres-aves?

La respuesta es casi seguro que sí, pues en el texto del Mar Muerto titulado El Libro de los Gigantes, los hijos Nefilim del ángel caído Shemihaza, llamados Ahy y Ohy, experimentan visiones en sueños, en los cuales visitan un mundo-jardín y ven 200 árboles que están siendo talados por ángeles celestiales. Sin entender el propósito de esta alegoría, exponen el asunto al Consejo de los Nefilim, quienes nombran a uno de ellos, Mahawai, para consultar en su nombre a Enoc, quien ahora reside en un paraíso terrenal. Con este fin Mahawai, entonces:

“[...se levantó en el aire], como los remolinos, y voló con la ayuda de sus manos como [alas] de águila [...sobre] las tierras cultivadas y cruzó Soledad, el gran desierto, [...]. Y vio a Enoc y le llamó...”

Enoc explica que los 200 árboles representan los 200 Vigilantes, mientras que la tala de los troncos significa su destrucción en una próxima conflagración y diluvio. Más importante, sin embargo, es el medio por el cual Mahawai alcanza el vuelo astral, pues se dice que ha utilizado “las manos como (un) águila [alada]”. En otra parte del mismo texto enoquiano se dice que Mahawai ha adoptado la forma de un pájaro para hacer otro largo viaje. En esta ocasión, se escapa por poco de quemarse por el calor del sol, después de escuchar la voz celestial de Enoc, que lo convence de volver y no morir antes de tiempo, una historia que tiene un claro paralelo en la mitología griega con el vuelo fatal de Ícaro, demasiado cercano al sol.
 

Además de esta evidencia, una variación de este mismo texto equipara a los hijos de Shemihaza “no (con) el... águila, sino con sus alas”, mientras que al mismo tiempo los dos hermanos son descritos como “en su nido”, afirmaciones que llevaron al erudito hebreo J.T. Milik a la conclusión de que, al igual que Mahawai, ellos también “podrían haber sido hombres-pájaro”.

Esta era una confirmación convincente de que los ángeles fueron originalmente una cultura o tribu que practicaban una forma de chamanismo de aves, tal vez asociado a un ave de carroña oscura como el cuervo o buitre.

© Andrew Collins

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

martes, 7 de abril de 2015

La confusa identidad de los Nefilim



Introducción



Una de las tendencias recurrentes de la arqueología alternativa ha sido, desde hace décadas, la transformación de las antiguas mitologías o religiones en historia más o menos real. En este sentido, tenemos un magnífico ejemplo en los diversos estudios acerca de la identidad de unos seres –presuntamente míticos– que aparecen citados en la Biblia, concretamente en el Génesis: los Nefilim. Lo cierto es que la discusión sobre los Nefilim es antigua, pero siempre había estado fijada en un contexto religioso. Sin embargo, en tiempos recientes, los Nefilim se han vuelto a poner de moda por varios motivos y numerosos investigadores alternativos se han propuesto sacar a estos personajes de su aura mítica para situarlos en otros contextos mucho menos “etéreos”.


En fin... ¿quiénes eran estos Nefilim? ¿Cómo se relacionaron con la raza humana? ¿Qué perfil podemos extraer de estos seres a partir de los relatos religiosos? ¿Podemos atribuirles una identidad real (física), más allá del mito? Esta es la cuestión que trataremos de esclarecer en este artículo.

Los dioses que vinieron del espacio



Es bien sabido que la llamada teoría del antiguo astronauta ha dado pie a todo tipo de especulaciones y escenarios sobre ciertas figuras divinas de un remotísimo pasado que bien podrían ser seres llegados de otros mundos, a juicio de bastantes autores de este género.

Zecharia Sitchin
En este campo, es muy destacable la intervención que hizo el prolífico autor ruso Zecharia Sitchin, que quiso dar empaque científico a su teoría acerca de unos seres venidos de un lejano planeta llamado Nibiru y que crearon al ser humano “a su imagen y semejanza”. Estamos hablando de sus famosos dioses Anunnaki, que en opinión de Sitchin, se corresponderían exactamente con los Nefilim (“gigantes”) de la Biblia judeo-cristiana, más aún teniendo en cuenta que gran parte de la tradición hebrea más antigua –recogida en el relato bíblico confeccionado durante el primer milenio antes de Cristo– había bebido de las fuentes mesopotámicas.

Empecemos pues por el principio, que es la propuesta lanzada por Sitchin en su libro El duodécimo planeta (1976), en el cual identificaba a los Nefilim bíblicos con los dioses Anunnaki de la mitología sumeria. Su argumentación partía de la base de que la traducción clásica del término Nefilim era completamente errónea. Así, la versión griega de la Biblia había optado por traducir Nefilim como “gigantes”, cuando –según Sitchin– la traducción correcta del término hebreo debería ser “los que descendieron del cielo a la tierra”, que es precisamente el significado que él otorgaba también a los Anunnaki.

Véase el fragmento en el cual Sitchin expone su visión sobre los Nefilim: 
«Incluso los primeros recopiladores del Antiguo Testamento –que consagraron la Biblia a un único Dios– consideraron necesario reconocer la presencia en la Tierra de estos seres divinos en la antigüedad. La enigmática sección –a la que le tienen pánico tanto los traductores como los teólogos– es la que forma el comienzo del Capítulo 6 del Génesis. Ocupa el espacio que hay entre la reseña de la expansión de la Humanidad a lo largo de las generaciones después de Adán y el relato del desencanto divino con la Humanidad que precedió al Diluvio. Afirma, inequívocamente, que, en aquel tiempo,

los hijos de los dioses
vieron que las hijas de los hombres estaban bien;
y tomaron por esposas
a las que preferían de entre todas ellas.
Las connotaciones de estos versículos, y los paralelismos que hay con los relatos sumerios de los dioses, de sus hijos y nietos, y de la descendencia semidivina resultante de la cohabitación entre dioses y mortales, se acumula mientras seguimos leyendo los versículos bíblicos:
Los Nefilim estaban sobre la Tierra,
en aquellos días y también después,
cuando los hijos de los dioses
cohabitaban con las hijas de los Adán,
y ellas les daban hijos.
Ellos fueron los poderosos de la Eternidad,
El Pueblo del shem.

La traducción que figura aquí no es la traducción tradicional. Durante mucho tiempo, la expresión “Los Nefilim estaban sobre la Tierra” se tradujo como “Había gigantes sobre la tierra”; pero los traductores modernos reconocen el error, optando al final por dejar intacto el término hebreo Nefilim en la traducción. El versículo “El pueblo (gente) del shem”, como sería de esperar, se tradujo como “la gente que tenía un nombre”, y, de ahí, “los hombres famosos”. Pero, como ya hemos dicho, el término shem se debe tomar en su sentido original: un cohete, una nave espacial.
Entonces, ¿qué significa el término Nefilim? Derivado de la raíz semita NFL (“ser lanzado abajo”), significa exactamente lo que significa: ¡aquellos que fueron arrojados a la Tierra!»

Para Sitchin, existían muchas pruebas de que los Anunnaki (o Nefilim) eran, en efecto, el pueblo “de los shem” (naves espaciales, en su opinión), y que el susodicho descenso a la Tierra no habría sido una mera ficción religiosa sino un aterrizaje en toda regla. El motivo de tal descenso habría sido la búsqueda y obtención de recursos naturales, básicamente oro, necesario para la protección de la dañada atmósfera de su planeta original, Nibiru. Como resultado de esta empresa, se hizo necesario disponer de trabajadores esclavos que llevasen a cabo el duro trabajo de la extracción minera, y sería en este contexto en que los dioses habrían creado a un “trabajador primitivo” o lu.lu después de varios experimentos. Este prototipo exitoso, el primer hombre, habría sido llamado adamu o adapa, el Adán de la Biblia.

Tablilla con escritura cuneiforme
Por tanto, juntando todas las piezas, nos encontramos aquí con un típico escenario de antiguos astronautas que da pie a la llamada teoría intervencionista, que considera que el Homo sapiens no es fruto de un proceso evolutivo natural (según la ortodoxia darwinista) sino de la ingeniería genética aplicada por unos seres extraterrestres sobre un homínido primitivo. Así pues, Sitchin, tomando elementos del Antiguo Testamento y sobre todo de las antiguas tablillas mesopotámicas escritas en grafía cuneiforme, construyó una historia que bien podríamos llamar de “ciencia-ficción” en la cual los dioses Anunnaki habitaron el planeta Tierra durante más de medio millón de años, establecieron bases permanentes y crearon a la criatura humana para que trabajase a su servicio. Más adelante, tras el Diluvio universal, los dioses habrían concedido la civilización a la Humanidad y habrían partido de vuelta a su mundo tras una tremenda guerra nuclear entre facciones Anunnaki a finales del tercer milenio a. C.

A partir de esta teoría de Sitchin, surgió toda una legión de fieles seguidores que prosiguieron o ampliaron sus trabajos desde diversas perspectivas. Aún hoy en día, a los pocos años de fallecer el autor ruso, varios investigadores siguen la estela de los dioses Anunnaki, sobre todo en la vertiente intervencionista, esto es,  en la explicación del Homo Sapiens como un producto genético artificial, aparte de otras tendencias que ya caerían más en el terreno pseudoconspirativo. Por supuesto, también cabe mencionar que Sitchin tuvo fuertes opositores en el campo académico (en particular Michael Heiser), y que algunos de sus discípulos, como Alan Alford, acabaron por desmarcarse de sus ideas.

Y entre las múltiples propuestas recientes sobre los Nefilim, desearía destacar en este texto tres aportaciones sumamente significativas, que combinan distintos elementos como la mitología, la arqueología, la antropología, la tradición religiosa y la filología.

Los iniciadores de la civilización



En primer lugar, tenemos la visión del investigador británico Andrew Collins, que escribió un artículo sobre los bíblicos Vigilantes y sus descendientes los Nefilim titulado The forbidden legacy of a fallen race[1]. Collins se desmarca aquí del ámbito extraterrestre y plantea interesantes interrogantes sobre varias cuestiones relacionadas con los Vigilantes, unos seres superiores o semidivinos (“Hijos de Dios”), que de algún modo cayeron en desgracia, así como sus descendientes, los Nefilim. El autor inglés compara las citas bíblicas con el famoso Libro de Enoc –el libro que habla de los Vigilantes en calidad de “ángeles caídos”– y comprueba que hay cosas que no acaban de cuadrar y que oscurecen el perfil de los Nefilim. Por ejemplo, la doble mención del Génesis resulta algo confusa; cito literalmente:

«Y aconteció que cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron para sí todas las esposas que eligieron.
Por hijos de Dios, el texto quiere decir ángeles celestiales, siendo el original hebreo bene-ha-Elohim. En el versículo 3 del capítulo 6, Dios declara de forma inesperada que su espíritu no puede permanecer en los hombres para siempre, y que puesto que la humanidad es una creación de la carne, su vida útil en lo sucesivo se reduciría a “ciento veinte años”. Sin embargo, en el versículo 4, el tono vuelve de repente al tema original de este capítulo, ya que dice:
Los Nefilim estaban en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres, y les engendraron hijos: los mismos valientes que desde la antigüedad fueron los varones de renombre.»

Según Collins, los teólogos, para tratar de resolver este tema, habrían optado por la hipótesis de que los ángeles habrían caído  en desgracia dos veces, primero por el orgullo y luego por la lujuria. Pero en opinión del autor británico estos dos fragmentos podrían pertenecer a tradiciones y épocas distintas, y de ahí la confusión entre los bene ha-elohim (Hijos de Dios) y los Nefilim. Los primeros serían un añadido muy posterior, con origen en Irán, mientras que los segundos serían propiamente los ángeles caídos de la tradición hebrea. En todo caso, y pese a estas contradicciones, este texto «mantuvo la firme creencia entre los antepasados de la raza judía de que, en algún momento del lejano pasado, una raza gigante había gobernado la Tierra.»

Por otro lado, Andrew Collins concede gran importancia al Libro de Enoc –que no sería posterior e inspirado en el Génesis, sino al revés[2]– pues vendría a ofrecer un relato bastante revelador en cuanto al origen de los Nefilim. Según este libro, doscientos de los Erin (“los que vigilan” o Vigilantes) se convirtieron en ángeles caídos, al descender al mundo terrenal de los mortales y cohabitar con mujeres humanas. Estos transgresores tuvieron descendencia fruto de su unión con éstas y tales seres híbridos fueron llamados Nefilim, un término hebreo que puede traducirse como “los que han caído”, y que luego se convirtió en “gigantes” en la versión griega.

Representación artística de Shemihaza
Al parecer, los Nefilim se dedicaron en principio a instruir y civilizar a los humanos, enseñándoles múltiples conocimientos y artes. Sin embargo, luego los Nefilim se volvieron contra los humanos, cometiendo toda clase de maldades y tropelías, tal y como se menciona en el propio Libro de Enoc: “Y cuando los hombres ya no pudieron mantenerlos, los gigantes se volvieron contra ellos y devoraron a la Humanidad. Y empezaron a pecar contra los pájaros y las bestias, y los reptiles y los peces, y a devorarse la carne unos a otros, y beberse la sangre. Luego la tierra estableció acusación contra los sin ley.” Entonces, los Vigilantes celestiales escucharon las quejas de los humanos y procedieron a juzgar y castigar duramente a los Nefilim, empezando por su líder Shemihaza. Así, los rebeldes fueron finalmente recluidos en una especie de prisión celestial, un abismo de fuego (¿el infierno?).

A partir de este punto, Collins se sumerge en una investigación a caballo entre la mitología y la arqueología, a fin de obtener un perfil más terrenal de los Nefilim, que tal vez no serían tan etéreos como se  podría suponer. Su investigación le lleva a relacionar a los Nefilim con unos seres (¿chamanes?) medio humanos medio pájaros, considerados por los hombres como demonios, que habrían habitado una determinada región de Oriente Medio, más concretamente las montañas de Media, al noroeste del actual Irán.

Véase el siguiente ejemplo de la presencia real de estos seres en las antiguas crónicas mesopotámicas:
«En una tablilla cuneiforme escrita en la ciudad de Kutha por un escriba “del templo de Sitlam, en el santuario de Nergal”, se describen las incursiones de una raza de demonios en Mesopotamia, impulsada por los dioses de una región inferior. Se dice que le hicieron la guerra a un rey no identificado durante tres años consecutivos y que tenían la apariencia de:
Hombres con cuerpo de pájaros del desierto,
seres humanos con rostros de cuervos,
los grandes dioses los crearon,
y en la tierra, los dioses crearon para ellos una morada... en medio de la tierra crecieron y se hicieron grandes, y aumentaron en número,
Siete reyes, hermanos de la misma familia,
seis mil en número fueron su pueblo.
Estos “hombres con cuerpos de pájaro” fueron considerados como “demonios”. Aparecerían sólo una vez que una tormenta de nubes hubiera consumido los desiertos y masacraría a aquellos a quienes tomarían cautivos, antes de regresar a una región inaccesible durante otro año.»

Estatuilla de la cultura el-Ubaid
Por otra parte, la literatura enoquiana y de los rollos del Mar Muerto también recogía otra descripción de estos seres, caracterizados fuertemente por tener el rostro de víbora, lo cual casa con la iconografía de ciertas estatuillas de la cultura neolítica mesopotámica de el-Obeid o Ubaid (datada hacia 5.000 a. C.), en las cuales aparecen unas divinidades con rasgos marcadamente reptiloides. 

A este respecto, Collins rechaza la versión clásica de la arqueología convencional que habla de diosas-madre y también de las especulaciones de Erich Von Däniken sobre la supuesta identidad extraterrestre de tales figuras. Según su opinión, estas efigies derivaban directamente de unas imágenes muy similares de la anterior cultura protoneolítica de Jarmo (en el Kurdistán), zona supuestamente habitada por los Vigilantes. Así, Collins especula con la idea de que fueron estos seres los que adiestraron a los primitivos habitantes de la región en las habilidades agrícolas.

En fin, adentrarnos en detalle en esta investigación sería ahora demasiado prolijo, por lo cual recomiendo la lectura de este artículo de A. Collins que puede hallarse libremente en Internet, tanto en versión inglesa como española. En todo caso, aun con todas las reservas por lo arriesgado de algunas propuestas, es muy loable este intento de dar contexto histórico-arqueológico a unos personajes presumiblemente míticos, buscando analogías y relaciones en elementos aparentemente inconexos.

Cuando los gigantes dominaban la tierra



En segundo lugar, tenemos el enfoque del investigador alternativo holandés L. C. Geerts, sustentado en varias fuentes religiosas, que trata de situar el tema en la oscura polémica sobre los gigantes, introduciendo en la controversia un nuevo elemento directamente relacionado con los Nefilim: los Anakim. Básicamente, lo que Geerts propone en su artículo Giants, Nephilim and Anakim es que la confusa dualidad expresada en el Génesis se debe a la yuxtaposición de tradiciones diferentes (como acabamos de ver en lo expuesto por Collins), pero incorporando la figura de los Anakim bíblicos como descendientes de los propios Nefilim.

Goliat, un gigante Anakim
Así pues, el escenario de Geerts es más o menos el siguiente: los hijos de Dios o “Vigilantes” se habrían unido a las hijas de los hombres, creando así una raza híbrida de gigantes. En este caso, los Nefilim serían propiamente los mismos Vigilantes (o sea, dos nombres distintos para una misma estirpe), mientras que su descendencia serían los llamados Anakim, raza de gigantes también citada en la Biblia. Así pues, los ángeles caídos o Nefilim serían gigantes, al igual que sus descendientes los Anakim, y no sólo en un sentido físico, sino también por tener capacidades superiores a los humanos “normales”. Así, aunque estos seres habrían ido decreciendo en tamaño con el paso de los siglos[3], habrían sido los responsables de las grandes obras y monumentos de la Antigüedad, sobre todo los de carácter megalítico, atribuidos (erróneamente, a juicio del autor holandés) a las primeras civilizaciones conocidas. En cualquier caso, esta raza o razas de gigantes habría caído en desgracia por haberse rebelado contra la gran autoridad divina y habría sido castigada consecuentemente, todo ello antes de la aparición del humano moderno (Homo sapiens).

En cuanto a su aspecto, algunos relatos hablan de increíbles alturas de hasta 900 metros, aunque otras referencias los sitúan en una franja más discreta de entre 10 y 100 metros, que todavía resulta del todo asombrosa. Y sobre su longevidad, y aun habiendo perdido su inmortalidad divina, los gigantes podrían haber vivido por períodos de hasta 500 años.

Por otra parte, en la mayoría de escrituras sagradas, todos estos ángeles caídos y razas derivadas serían denominados con diversos nombres, como gigantes, Anakim, demonios y monstruos, acentuando especialmente su faceta maligna y perversa. Esta tradición se fundamentaría en el hecho de que estos gigantes se habrían cruzado con diversos animales, creando así unas criaturas fantásticas (medio humanas medio bestias) que fueron adorados y temidos al mismo tiempo, y que están recogidos en mitos y leyendas de diversas culturas.

En definitiva, Geerts, a partir de los textos religiosos, reconstruye una historia supuestamente real sobre la presencia de gigantes sobre la tierra antes de que surgiera la raza de humanos actuales. Estos Nefilim, a pesar de haber sido castigados por sus creadores y de haber estado al borde de la desaparición a causa del Diluvio universal, habrían pervivido hasta épocas que podríamos calificar de históricas, según vemos en episodios bíblicos como la lucha de los israelitas contra los últimos representantes de estas razas (véase como ejemplo el famoso combate en David y Goliat).

La incierta influencia persa



Finalmente quisiera comentar el trabajo del investigador griego Petros Koutoupis, que en su artículo The Nefilim: Their origins and evolution se ha centrado en la cuestión propiamente filológica, descartando que los Nefilim fueran antiguos astronautas (versión Sitchin) o que pertenecieran a una cultura muy anterior a las conocidas convencionalmente (versión Collins).

Koutoupis parte de la interpretación propuesta por Sitchin y considera que su traducción es errónea, ya que la palabra correcta hebrea para “descender” es yārad, que no tendría pues relación con los Nefilim. En su opinión, la cuestión filológica tiene gran importancia para aclarar el auténtico origen del mito de los Nefilim. El autor griego aduce que se ha querido relacionar la palabra hebrea nāfal (“caer”, “sucumbir”) con los Nefilim, pero el plural de este término no puede ser nefilim de ningún modo.

Además, observa que en los escritos de la religión judía se aprecia una duplicidad en la escritura de la palabra Nefilim: נפילים (NFYLYM) / נפלים (NFLYM). La diferencia entre ambas grafías es que en la primera tenemos una yod adicional, que resulta muy excepcional, pues en la gran mayoría de textos aparece la segunda forma, sin esta yod. El asunto no es menor, pues Koutoupis, basándose en que la tradición hebrea más antigua no poseía letras para los sonidos vocálicos, cree que los escribas de épocas más recientes habrían añadido los signos vocálicos para preservar la pronunciación tradicional, y de aquí la aparición de la grafía nefilim (como se observa en Números 13:33). No obstante, lo que podría haber ocurrido aquí es una confusión de términos, pues en el Libro de Job (hallado en los rollos del mar muerto), escrito en arameo, hallamos el término nefilā referido a la constelación de Orión, cuyo masculino sería nāfil (plural nefilin), que se traduce literalmente como “gigante”. Así pues, pasando del arameo nefilin al hebreo nefilim, ya tendríamos la palabra que se tradujo normalmente como “gigantes”, y que en realidad podría tener un origen arameo[4].

Por otro lado, tomando las propias fuentes bíblicas y comparándolas con los relatos de otras culturas, vemos que el perfil de estos gigantes no está nada claro. Por un lado, serían los héroes de gran renombre, portadores de la cultura y la civilización como herencia de su origen divino, mientras que por otro se los presenta como seres demoníacos y malvados. ¿Cómo casamos ambas visiones? Koutoupis recurre a otra fuente, el Libro de Jasher (una obra compilada justo después del exilio judío en Babilonia), para tratar de esclarecer esta cuestión. En este libro se habla de Enoc como rey de la Humanidad pero no hay mención de los Hijos de Dios ni de los Nefilim. A juicio del autor griego, en realidad no hay conexión entre los hijos de Dios, los Nefilim y la corrupción de la Humanidad. Además, si los Nefilim eran responsables de esta corrupción, no queda nada claro cómo es que aparecen “sobre la Tierra en aquellos días y después de eso” (¿el Diluvio?). En vez de considerar que los gigantes Nefilim volvieron de alguna manera a la Tierra tras el Diluvio, sería mas adecuado considerar que nunca llegaron a ser barridos o apartados de ella.

Sello acadio en que se aprecia la diferencia de estatura
Siguiendo esta pista, el autor cree que es más correcto ceñirse a la mitología mesopotámica, que nos habla del héroe semidivino Gilgamesh, en dos tercios divino y en un tercio humano, y que tendría todo el aspecto de un gigante. En efecto, los semidioses de la mitología sumeria –que habrían existido antes y después del Diluvio– presentan un perfil que coincide básicamente con el de los Nefilim y son representados en un tamaño superior al de los humanos. Así pues, estos antiguos gigantes serían propiamente los “héroes de renombre”, guerreros y capaces de grandes gestas, pero no propiamente “demonios”.

Así, el paralelo entre la tradición sumeria y la Biblia sería indiscutible y reforzaría la identidad de estos seres como gigantes, especialmente desde el punto de vista físico. Como señala Koutoupis:
«Este énfasis en la altura fue extremadamente significativo [...] como en la versión hitita en la cual Gilgamesh es descrito como de once yardas de altura[5] y su pecho tenía nueve palmos de amplitud. En la épica nunca se menciona que los humanos normales fueran de la misma altura que estos semidioses. De hecho, los ciudadanos habituales de Uruk estaban asombrados ante las alturas tanto de Gilgamesh como de Enkidu. Los semidioses de la antigua Mesopotamia muestran innegables semejanzas con los Nefilim.»

Koutoupis concluye su propuesta apuntando a que en algún momento la tradición hebrea tomó el término arameo nāfil, y que eso pudo suceder en el periodo del post-exilio, bajo la fuerte influencia persa. La historia de la corrupción de la Humanidad por obra de los Nefilim habría sido pues una interpretación adquirida en época tardía por inspiración de la religión zoroástrica, que tenía un Dios supremo (Ahura Mazda) y unos demonios o ángeles caídos (daevas). De este modo, la religión judía habría adoptado un enfoque dualístico en que cualquier deidad que no fuera el único y buen dios Yahveh sería necesariamente malvada. Aquí el autor especula con la idea de que los escribas judíos no pudieran concebir que los hombres hubieran optado por el mal de forma libre, sino que hubieran sido inducidos al mal por fuerzas malignas superiores, lo cual hubiera hecho recaer todas las culpas sobre los gigantes semidivinos, pasando de ser héroes a ser demonios.

Conclusiones



Hemos visto varias interpretaciones sobre la figura de los Nefilim, que se mueven en los pantanosos terrenos del mito y la religión, pero con algunos ecos que podrían conectar con un remoto pasado que podríamos situar en un contexto histórico-arqueológico.


Ciertamente, la mitología sobre los Nefilim rompe todos los esquemas porque presenta un pasado totalmente distinto al que la historia y la arqueología -fundamentadas en el paradigma evolucionista- nos han mostrado como única verdad para explicar el origen del hombre y de la civilización. En esa historia (o prehistoria) convencional no caben dioses, ni semidioses, ni héroes ni gigantes, ni demonios, y todo ello a pesar de que las mitologías de muchos pueblos (no sólo el judío o el sumerio) insisten tozudamente en la presencia de estos seres superiores antes de que el hombre actual apareciera sobre la Tierra.

Para Sitchin, los Nefilim venían sin duda del espacio, aunque nunca pudo probar que el enigmático planeta Nibiru existiera, por no hablar de las licencias que se tomó para hacer una relectura sui generis de la Biblia y de los mitos sumerios. Por su parte, Andrew Collins ha tratado de situar un origen de la civilización en unos seres poco definidos y de aspecto desconcertante que habrían habitado físicamente el Medio Oriente en tiempos prehistóricos. Entretanto, Geerts también les concede una cierta historicidad a los Nefilim, que habrían sido los famosos gigantes citados en tantas mitologías, a veces con un sentido positivo y otras en un sentido muy peyorativo. Por último, los estudios de Koutoupis sobre las Escrituras judías nos podrían indicar que la identidad de los Nefilim se podría ligar a la de los personajes de renombre o héroes del principio de la civilización y que su supuesta vertiente demoníaca habría sido una reinterpretación muy posterior al propio origen de esta historia.

En fin, en el extenso artículo sobre los gigantes de este mismo blog ya toqué esta controversia, y a la vista de los relatos históricos, la mitología y ciertos restos arqueológicos, concluía que la existencia de gigantes podría tener un fondo real que se pierde en la noche de los tiempos. En todo caso, si diéramos alguna credibilidad a la historia de los Nefilim, nos quedarían muchos interrogantes por resolver. En muchas mitologías vemos que los gigantes se rebelan y se enfrentan a los dioses supremos y acaban por ser vencidos, juzgados y castigados. Pero... ¿Quién o quiénes eran esos dioses supremos? ¿Fue la corrupción de la humanidad el motivo de esa rebelión o fue otra causa? ¿Y qué papel juegan los humanos en esta historia? ¿Se mezcló genéticamente la raza humana con una raza de gigantes? ¿Fueron esos gigantes los que concedieron la civilización a los humanos?

Todas estas preguntas siguen a día de hoy en el dominio de la mitología y la religión, y pese a los esfuerzos de varios investigadores, todavía queda un largo trecho para que puedan tomar forma en el ámbito propiamente histórico.

© Xavier Bartlett 2015





[1] La versión española de este artículo (“El legado prohibido de una raza caída”) se publicó en la revista digital Dogmacero, en dos partes (números 5 y 6, 2013). El trabajo completo de Collins sobre esta temática se encuentra en un libro titulado From the ashes of angels: The forbidden legacy of a fallen race (1998).

[2] Según Collins, existen pruebas de que el Pentateuco (libro supuestamente escrito por Moisés) fue compilado en el cautiverio judío en Babilonia, hacia el siglo V a. C., mientras que el Libro de Enoc sería bastante más antiguo y por ello habría quedado fuera del Canon de las Escrituras.

[3] De hecho en la propia Biblia se habla de varias subrazas de Anakim, que se corresponderían con generaciones cada vez menos gigantes y más próximas a los humanos.

[4] De hecho, Koutoupis considera que los primeros cinco libros de la Biblia, el Pentateuco, no fueron obra de Moisés sino que fueron escritos y editados por varios escribas a lo largo del tiempo, y aquí podían haberse añadido influencias o temas no propiamente hebreos.
[5] Medida que vendría a ser casi 10 metros.