Así como existe un cierta historia o arqueología alternativa
como género literario o campo de investigación consolidado, también podemos
hablar ya de la existencia de unas nuevas propuestas “rompedoras” procedentes
del campo de la lingüística que en cierto modo podrían constituir una especie
de filología alternativa, por cuanto atentan directamente al consenso
académico en este ámbito.
Esta filología heterodoxa ha arrancado, entre otros temas,
con una revisión radical de las lenguas romances o románicas (derivadas del
latín), poniendo en cuestión su propio origen latino. En este sentido, algunos
autores consideran que la filología convencional ha trabajado con suposiciones
e invenciones y que en realidad el latín no puede ser considerado como la
lengua madre de las lenguas romances por una serie de motivos bien fundados, o
al menos eso es lo que argumentan los defensores de esta tesis. Pero entremos a
evaluar ya la polémica.
El italiano (arcaico) sustituye al latín
El ingeniero y sociolingüista francés Yves Cortez publicó hace pocos años un libro (“Le français ne vient pas du latin!”) en el que defendía categóricamente que el idioma francés no deriva del latín, porque –a su juicio– ésta ya era una lengua muerta cuando los romanos ocuparon la Galia. En su lugar, Cortez cree que los romanos hablaban italiano, o más bien un italiano antiguo. Del mismo modo, opina que el resto de lenguas romances (castellano, catalán, portugués, italiano, rumano, etc.) tampoco proceden del latín. Según su visión, habría existido un idioma itálico precursor del latín y del italiano antiguo, y entre estos dos sólo el último se habría extendido por el imperio romano[1].
Cortez ve en las claras
similitudes gramaticales de las lenguas romances una lengua madre común pero
diferente del latín. Con todo, reconoce que el léxico latino está presente en
el lenguaje culto, porque el latín era la lengua erudita, propia de la administración
y de las expresiones artísticas. Sin embargo, la lengua coloquial sería el
italiano antiguo, mientras que el latín quedaría reservado exclusivamente para
el uso escrito, lo que daría lugar a una especie de bilingüismo. Para Cortez
esta dualidad no resulta extraña y de hecho tiene otros referentes que han
llegado hasta la actualidad, como es el caso del árabe dialectal y el árabe
clásico, que sólo aparece por escrito.
Entonces, ¿cuál sería el origen
de la confusión sobre el uso del latín? Para el autor francés, la Iglesia
habría fomentado esta visión de un latín vivo porque lo utilizaba como lingua
franca europea. No obstante, Cortez considera que el léxico de las lenguas
romances no es latino, a excepción de las palabras cultas. Además, si bien
reconoce que tenemos –al menos parcialmente– un vocabulario de origen latino,
afirma que la gramática de las lenguas romances es completamente distinta de la
supuesta lengua materna. En sus propias palabras:
“Nos encontramos con dos sistemas
gramaticales totalmente diferentes, extraños el uno al otro. La lengua popular
innova, modifica, pero no transforma los fundamentos. La idea de la degradación
de la bella lengua por parte del pueblo bajo encuentra límites en el hecho de
que las lenguas románicas tiene formas gramaticales que el latín ignora.”[2]
En cuanto a la evolución histórica, Cortez no da crédito a que las lenguas romances surgiesen en el periodo entre los siglos III-IV al IX-X, hecho que considera “excepcional” en la historia de las lenguas.
Y por si esto fuera poco,
Cortez –en un estilo “Sitchin-contra-todos-los-lingüistas”– opina que la
filología universitaria, en especial la centrada en cuestiones etimológicas, es
del todo acientífica y fantástica, debido a su falta de rigor, especialmente
cuando atribuye un origen latino a la gran mayoría del léxico de las lenguas
romances.
Finalmente, Yves Cortez cree
que si el latín hubiese sido la lengua madre de las lenguas romances, el
proceso de evolución lingüística habría dado una mayor diversidad final. Por
ejemplo, no se explica cómo se pudieron producir exactamente las mismas
eliminaciones o las mismas apariciones de nuevas formas en todas las lenguas.
Desde de su perspectiva, este salto desde el latín no tendría sentido porque
sería demasiado grande, pero sí en cambio sería posible desde una misma lengua
vulgar, o sea, el italiano antiguo. En resumidas cuentas, los romanos no exportaron
el latín sino una lengua romana (itálica) más evolucionada. En este
sentido, argumenta que si el latín hubiese sido el precursor del francés
moderno, el francés medieval del siglo IX debería haber sido una lengua puente
(intermedia), y no lo es, porque es bastante próximo al francés actual. Así
pues, el llamado “latín vulgar” o “bajo latín” sería una mera invención de los
filólogos para demostrar que el pueblo podía deformar o modificar la “bella
lengua” de la aristocracia.
La visión peninsular
Podría parecer que estas ideas son muy minoritarias por su atrevimiento, pero por de pronto ya han cruzado los Pirineos y ya hay varios filólogos disidentes que defienden conceptos parecidos con relación a las lenguas romances de la Península Ibérica. Así pues, comentaremos ahora los trabajos de la filóloga catalana Carme Jiménez Huertas y del filólogo y prehistoriador castellano Jorge María Ribero-Meneses en esta materia. A partir de sus aportaciones y las de otros expertos se ha ido generando un cierto debate en Internet en el que ha habido un poco de todo. Lastimosamente, tal debate ha derivado en demasiadas ocasiones hacia posiciones faltas de seriedad y rigor –y con frecuencia contaminadas por cuestiones ideológicas y políticas– como la de un supuesto entendido en el tema que afirmaba, con sólo un par de ejemplos de léxico, que el castellano y el latín derivaban del catalán, lo cual tal vez se acerca más al puro panfleto que a un análisis científico.
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| Poblado ibérico de Mont Barbat (Cataluña) |
Básicamente, su punto de
partida es la consideración de que se ha venido ocultando o menospreciando la
importancia de las lenguas ibéricas en la formación de las lenguas como el
castellano o el catalán, e incluso que por alguna razón “conspirativa” nunca se
ha llegado a descifrar la lengua ibérica[3],
asunto que, a su parecer, sitúa el problema en el ámbito político en vez del
científico.
Dejando a un lado esta visión pérfida
de la filología oficial, y ya en el terreno estrictamente lingüístico, Huertas
ubica el origen de las lenguas romances en un único idioma muy antiguo, con
variedades dialectales, en un contexto de koiné cultural en el que las
gentes que estaban a un lado y otro de los Pirineos podían entenderse. En otras
palabras, eran lenguas emparentadas asentadas sobre un sustrato común. Asimismo,
Huertas coincide con Cortez en la imposible rapidez de la evolución del latín,
pues las propias lenguas románicas, como el castellano y el catalán, no han
evolucionado tanto a lo largo de los siglos, como se puede ver en el castellano
que se habla en América. De hecho, Huertas no cree en la validez de la
gramática histórica ni en las mutaciones espontáneas. En su opinión, todos los
cambios se interpretan de forma artificiosa o arbitraria. Así, hay cosas que no
tienen sentido, como decir que se perdieron los casos (declinaciones) de las
palabras propias del latín. Para la autora catalana, no hubo tal pérdida o
cambio porque la lengua hablada (no latina) nunca precisó de estos casos
gramaticales que sí tenía el latín clásico.
En cuanto a la presencia romana
en los territorios conquistados –incluyendo la Península ibérica– Huertas
afirma que los romanos vinieron en poco número (fundamentalmente algunos
magistrados incultos) y que su ejército estaba compuesto de esclavos y
mercenarios oscos y umbros que, por supuesto, no hablaban latín. Y
evidentemente, los habitantes de la Península ya hablaban su propio idioma (ibérico)
y también lo escribían, cosa que resulta obvia y fuera de toda discusión.
En suma, el uso de un latín digamos formal o clásico se
habría limitado al restringido ámbito de la administración para luego
convertirse en lengua transmisora de cultura. En todo caso, el latín nunca se
extendió a las clases populares, porque –de acuerdo al símil de Huertas– si el
castellano no pudo suprimir el catalán pese a la presión política, la
inmigración, los medios de comunicación, la educación obligatoria, etc. mucho
menos el latín de cuatro magistrados incultos y groseros pudo haberse
impuesto sobre la población autóctona. Así pues, la lengua vulgar utilizada en
la vida cotidiana no sería un latín deformado y decadente sino simplemente la
lengua autóctona de los habitantes de la Península, previa a la intervención
romana. Finalmente Huertas ve raíces de diversas lenguas en nuestro léxico
(latín, griego, hebreo, etc.) y sugiere que detrás de este fenómeno habría una
lengua ancestral de una civilización desaparecida.
En lo que se refiere al trabajo de Ribero-Meneses, lo que he
leído al respecto me ha parecido que sobrepasa con mucho lo radical o
especulativo y entra directamente en el terreno de la pseudociencia, con una
fuerte contaminación de tipo ideológico, y todo ello a pesar de contar con unas
notables credenciales académicas. Naturalmente, comparte con los anteriores
autores la opinión de que la supuesta maternidad del latín sobre las lenguas
romances es un puro fraude. Sólo a modo de ejemplo, rescato algunas de sus
afirmaciones sobre el origen del castellano que pueden encontrarse en su sitio
web[4]
y también en un breve artículo –titulado “El castellano: la lengua de
Keltiberia”– aparecido en la revista Arqueología sin fronteras n.º 5:
- La cuna de la Humanidad está en Iberia, relacionada íntimamente con la Atlántida[5], y el castellano era la lengua autóctona de la Península Ibérica antes de la llegada de los romanos.
- La escritura no nació en Mesopotamia, sino en la Cordillera Cantábrica, hace unos 40.000 años.
- El castellano está emparentado con el vasco y el griego, siendo estas tres lenguas más antiguas que el latín.
- No hubo colonización del Occidente europeo por parte del Imperio Romano[6].
- No tiene sentido que en sólo tres siglos los romanos impusieran su idioma cuando los godos no fueron capaces de hacerlo en un plazo semejante y los árabes apenas introdujeron unos pocos términos en ocho siglos de presencia en la Península.
- Después de la conquista romana, los habitantes de la Galia, Hispania y la propia Italia siguieron usando su lengua ancestral, de raíz céltica; de todos modos, la lengua de los nativos peninsulares no era sustancialmente diferente de la que empleaban los romanos.
Y como colofón de la
heterodoxia de sus postulados, Ribero-Meneses invierte los términos y sitúa al
iberismo en la mismísima cuna del mundo latino. Así, afirma que el término Lacio
deriva de Lanzia, una voz de inequívoco origen ibérico. Incluso el
nombre original de Roma sería Balenzia[7]
(y todas las Valencias derivarían de este término y no de las Valentias
latinas).
En fin, tal vez para acabar de definir el tono científico (o ideológico) en que se mueven las propuestas del profesor castellano baste citar el siguiente alegato contra el latín –y el Imperio Romano por extensión– en unos términos nada ambiguos:
“Y esto, mucho antes de que los romanos, en nefasta hora, lleguen a nuestro territorio con el firme propósito de arrasar toda nuestra cultura y de robar absolutamente todo lo que se les pusiera por delante. Incluida nuestra memoria histórica y nuestras creencias e instituciones religiosas. El perpetrado por Roma en el norte de España, es el mayor atropello que ha conocido la historia de la Humanidad, siendo los desafueros de los españoles en América una simple broma al lado suyo.”
Análisis y reflexiones
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| Lápida de un ciudadano romano de Tarraco |
No cabe duda de que quedan todavía muchas incógnitas
por despejar acerca de la expansión del latín y de su evolución en los
diferentes territorios conquistados por las legiones, así como de su relación
con las lenguas nativas que hablaban los conquistados. Varias de las propuestas
de estos autores alternativos ponen de manifiesto que los estudios
convencionales dan muchas cosas por supuestas o simplemente las despachan sin
profundizar en temas tan críticos como los mecanismos de evolución o
sustitución de una lengua por otra. Con todo, es oportuno recordar que todo lo
que sabemos sobre las lenguas habladas en el pasado son meras extrapolaciones
de lo que ha perdurado a través de los restos escritos; la única forma de
obtener certezas absolutas sobre la lengua hablada sería el improbable
escenario en que un investigador pudiera viajar al pasado con una grabadora y
regresara con pruebas de primera mano.
Ahora bien, aun aceptando que muchas de las
observaciones realizadas por estos autores pueden abrir nuevos caminos para la
investigación, considero que en muchas de sus afirmaciones han divagado,
manipulado o ignorado otras pruebas y datos a fin de hacer cuadrar sus tesis.
Porque una cosa es hablar estrictamente de filología y otra cosa es mezclarla
con la arqueología y la historia de forma muy poco cuidadosa, pasando por alto
incluso ramas del saber tan significativas en este caso como la epigrafía
antigua. Vayamos por partes.
Lo que plantea Cortez sobre la muerte del latín en el
siglo II a. C. debe referirse –siempre en un plano especulativo– a la lengua
hablada, pues la escrita siguió gozando de buena salud durante unos cuantos
siglos más, en la literatura, en la historiografía, en los documentos
oficiales, en las inscripciones de todo tipo sobre monumentos, e incluso en los
graffiti populares sobre objetos o sobre paredes, lo cual nos demuestra que al
menos una pequeña parte del pueblo llano sabía leer y escribir (¡y escribía en
latín!)[8].
Ergo, si según Cortez ya hablaban un italiano arcaico, ¿por qué no
probaron a escribir su lengua con el
alfabeto latino que ya conocían? Algunas tribus celtibéricas escribieron su
lengua céltica con el alfabeto ibérico; esto es bien conocido.
Otra cosa, naturalmente, es afirmar que el latín
escrito y el hablado fueran prácticamente iguales, lo que ningún experto
defiende. Los estudios lingüísticos ortodoxos han defendido la existencia, por
un lado, de un latín culto, propio de las clases más altas y del lenguaje
escrito con fines literarios o administrativos, y por otro, de un latín vulgar
(el sermo vulgaris) hablado por toda la población y con ciertas
diferencias según las regiones del Imperio donde se hablara[9].
Por supuesto, los soldados, magistrados o colonos romanos hablarían esta última
modalidad, si bien emplearían el latín formal a la hora de escribir. De todas
formas es bueno recordar que existen al menos unos escasos textos tardorromanos
en que sí aparece por escrito este latín vulgar, previo a las lenguas romances.
En todo caso, la epigrafía latina nos muestra que el
latín fue empleado por todas las capas sociales[10]
hasta el Bajo Imperio y más allá, cuando –según conceden los propios
alternativos– el latín se había convertido ya en la lengua cultural de
Occidente. Además, se ha conservado un documento del Bajo Imperio, el Appendix
Probi (s. III d. C.), que trataba de corregir el habla popular con la
intención de restaurar las formas clásicas que posiblemente casi nadie debía
usar ya. De este indicio debemos suponer que ya en aquella época el lenguaje
hablado estaba evolucionando hacia las formas que podríamos considerar
“pre-románicas”. Lógicamente, la lengua no evoluciona tan fuertemente en tres,
cuatro o cinco siglos. Así pues, el latín vulgar (o como queramos llamarlo)
debía estar pasando por un proceso evolutivo desde los tiempos de la gran
expansión de la República romana, lo cual nos marca un extenso periodo de más
de mil años hasta el reconocimiento de la aparición de las lenguas romances en
la Alta Edad Media, hecho que depende de la constatación de los primeros textos
escritos, aunque lógicamente los expertos admiten que esas lenguas populares ya
debían estar bastante antes en circulación.
Sea como fuere, hablar de un italiano antiguo o de un
latín deformado por el tiempo y las diversas hablas itálicas (o sea, el latín
que hablaban los legionarios y los colonos) no vendría a ser algo muy distinto.
El latín vulgar tendría pues su origen en Italia y se habría extendido por
otras regiones del Imperio, modificándose a su vez al sobreponerse a las
lenguas autóctonas. Por lo demás, Cortez tampoco acierta a dar las claves de la
transformación de un idioma itálico que nunca apareció por escrito en época
antigua, con lo cual parece complicado sacar adelante los interrogantes que él
mismo ha puesto sobre la mesa.
En cuanto a las teorías de Carme J. Huertas, se me
hace difícil aceptar que no hubiera una gran conquista y colonización romana en
la Península y que los que llegaron a la Península fueran unos pocos
magistrados incultos y soldados mercenarios que no hablaban latín. Esto no es
lo que recogen la historia, la arqueología y la epigrafía, a no ser que
alguien venga con un buen paquete de sólidas pruebas contrarias. Su escenario
histórico, compartido en gran parte con Ribero-Meneses, es que los romanos que
llegaron a la Península fueron muy pocos y que apenas colonizaron a los
nativos, y desde luego no hablaban latín. Lamentablemente su
argumentación peca de errores importantes de tipo histórico, como tuve
oportunidad de contrastar, pues ella defendía, por ejemplo, que los iberos
habían formado parte de las legiones romanas, cuando la realidad es que fueron
mayoritariamente mercenarios en las filas de sus enemigos, los cartagineses.
Además, su visión de una koiné prelatina que justifica un cierto
entendimiento entre los pueblos del Occidente europeo, no se aplica luego a la koiné
romana (que duró unos cinco siglos como mínimo en Occidente), lo que
también explicaría los similares cambios ocurridos en las lenguas romances[11].
| Inscripción ibérica del noreste de la Península. El texto se transcribe: NEI:TINKE / SUBAKE:EN:DAGO |
Finalmente, el trabajo de Ribero-Meneses se muestra más bien como un órdago
completo a la arqueología y a la historia, más que a la propia filología. Su
propuesta, que contiene grandes especulaciones y errores de bulto, se
fundamenta en la afirmación de que el castellano es más antiguo que el latín,
sin que sepamos a qué tipo de castellano se refiere. Ello, sin embargo,
no desmerece sus observaciones acerca de documentos anteriores a las famosas Glosas
Emilianenses, que podrían probar que el castellano –en su forma más arcaica–
tiene más antigüedad de lo que se admite en foros académicos. Por lo demás, la
filología universitaria no reconoce un castellano anterior a la Alta Edad Media
(es decir, un castellano ya existente en época romana, cuyo límite podemos
fijar en el siglo V d. C.). Dicho de otro modo, si de alguna manera la lengua
escrita reflejaba la lengua que se hablaba, aunque fuera en un registro más
culto, entonces en la Antigüedad sólo tenemos textos correspondientes a las
lenguas célticas e ibéricas peninsulares, al griego y fenicio de los
colonizadores mediterráneos y al latín, claro está.
En suma, ¿cómo se puede situar la existencia de las lenguas romances en un
contexto tan antiguo y sin una relación directa con el latín? ¿Y cómo se se
puede decir que las lenguas romances de hace mil años son prácticamente iguales
a nuestros modernos idiomas? Si simplemente tomamos una muestra del castellano
que aparece, por ejemplo, en el Cantar de Mío Cid[12],
podemos comprobar que la lengua romance ha evolucionado bastante, y del mismo
modo es de suponer que la lengua vulgar (el latín popular modificado por el
sustrato nativo) fue transformándose con el paso de los siglos.
No obstante, si lo que los filólogos alternativos tratan de decirnos es que
nuestros modernos idiomas no descienden directamente del latín que hablaban (o
sobre todo escribían) Tito Livio o Cicerón, entonces podríamos concederles un
razonable sentido a sus propuestas, siempre aceptando que la historia y la
arqueología nos demuestran que hubo un Imperio Romano, que sus soldados y
colonos hablaban algún tipo de latín vulgar y que su lengua y civilización se
extendieron paulatinamente en Occidente[13],
arrinconando a las lenguas nativas existentes y luego provocando un proceso de
sustitución que tendría lugar durante varios siglos. Y como es lógico, si
sumanos varios sustratos no latinos a un latín popular que tampoco era uniforme
y a unos superestratos posteriores (por ejemplo, las lenguas germánicas o el
árabe), acabamos obteniendo, con el paso de los siglos, unas lenguas romances
que se alejaban bastante de lo que se ha denominado convencionalmente el latín
clásico. Pero claro, siempre resulta más impactante decir que “¡no venimos del
latín!”
Por tanto, utilizando expresiones bien populares, en toda esta polémica
sobre el origen “no latino” de las lenguas romances posiblemente se haya
querido buscar los tres pies al gato, o tal vez sea mucho ruido para tan
pocas nueces.
Epílogo
Entre tanta controversia sobre nimiedades, no he encontrado serios estudios filológicos o antropológicos que expliquen de forma certera por qué la especie humana, supuestamente la más evolucionada e inteligente del planeta, tiene un sistema de comunicación (el lenguaje hablado) no común para todos sus individuos. O sea, un perro de cualquier raza y origen puede entenderse en el mismo “idioma” con otro perro procedente del otro extremo del globo, cosa que no sucede con los humanos, que hablan miles de idiomas distintos.
De hecho, el tema de la diversidad de lenguas –en el que no hay ningún
consenso– parece haber sido aparcado o desechado por la moderna ciencia debido a
la falta de observaciones objetivas que permitan sustentar firmemente una teoría
al respecto. Lo que sí se aprecia, en contra de los patrones evolucionistas
habituales, es que las lenguas más antiguas (o las de ciertos pueblos
primitivos actuales) son enormemente más ricas y complejas que las actuales, o
sea, que la comunicación humana, en vez de progresar, estaría sufriendo una
fuerte degradación desde hace milenios.
¿Qué hay detrás del mito de la Torre de Babel y la confusión de las
lenguas? ¿Existió alguna vez un lenguaje único de toda la Humanidad? Hasta
ahora todo son meras hipótesis. En fin, esto ya sería tema para otro artículo.
(c) Xavier
Bartlett 2014
[1] En su
argumentación, Cortez alude a que el latín ya se habría dejado de hablar hacia
el siglo II a. C. y que los soldados y colonos romanos que se extendieron por
el Mediterráneo y parte de Europa realmente hablaban italiano.
[2] El Temps,
13 noviembre de 2007, p. 78 (texto original traducido).
[3] Cabe señalar
que han llegado hasta nosotros muchos textos (más de 2.000) en lengua ibérica
en toda la fachada mediterránea de la península (desde Andalucía hasta el sur
de Francia, y con cierta presencia en el valle del Ebro). Esta escritura
semisilábica se puede leer, pues está basada en caracteres fenicios y griegos,
pero la lengua que hay detrás de los signos nunca ha sido descifrada, si bien
la mayoría de intentos de interpretación apuntan a una gran similitud u origen
común con el euskera.
[4] https://iberiacunadelahumanidad.wordpress.com
[5] En este
campo, Ribero-Meneses da crédito a la mitología y afirma que la Atlántida yace
hundida a 5.000 metros frente a la costa de Llanes, en el litoral cantábrico.
[6]A este
respecto, Ribero dice literalmente: “¿Cómo hubiera podido conseguir un puñado
de legiones –integradas fundamentalmente por soldados analfabetos de todas las
naciones sojuzgadas por Roma y que no debían tener ni la más remota idea de
latín– que en el decurso de tres siglos no quedara ni rastro de las hablas ancestrales
y milenarias de varios países europeos extraordinariamente más antiguos que
Roma?”
[7] Tal nombre,
según el autor, era sagrado y los primitivos habitantes de la ciudad tenían
prohibido pronunciarlo.
[8] Por ejemplo,
cabe reseñar los graffiti populares hallados en las excavaciones de la ciudad
de Pompeya, sepultada por la lava y las cenizas del Vesubio en el siglo I a. C.
[9] Las
diferencias regionales en el uso del latín probablemente eran más marcadas que
las diferencias de origen social o cultural, como se sabe por el caso del emperador hispano Trajano, cuyo fuerte
acento de la Bética causó risas en el senado de Roma.
[10] Véanse por
ejemplo la gran cantidad de lápidas funerarias de personas de clase media y
baja que muestran las clásicas fórmulas latinas usadas durante siglos.
Lógicamente, podemos suponer que las personas no hablaban así, pero también se
puede colegir que podían entender el texto sin demasiada dificultad, a no ser
que fueran del todo analfabetas.
[11] También
cabe destacar que todas las generalizaciones son malas, pues Huertas afirma que
la supresión de los casos gramaticales no fue tal, ya que la lengua prelatina
de la gente no los necesitaba; sin embargo, el rumano (también derivado del
latín), sí conserva todavía algún vestigio de declinación en su habla moderna.
[12] De hecho,
el castellano antiguo de este famoso texto literario no resulta fácil de
entender y en muchas ediciones actuales se incluye una versión en castellano
moderno para poder seguir adecuadamente el contenido.
[13] En Oriente,
que era un territorio ya civilizado desde antiguo, existían múltiples lenguas
locales a las que se había superpuesto el griego como lengua franca en el
ámbito económico, cultural y político durante el periodo helenístico. Por este
motivo el latín de los conquistadores quedó reducido allí a un mínimo uso
administrativo.

