martes, 1 de abril de 2014

Mito y realidad de los gigantes (1ª parte)


A continuación publico en este blog la primera parte (de tres) del extenso artículo que apareció recientemente en la revista on-line Dogmacero dedicado al tema de los gigantes, que a pesar de tener una base más que suficiente para ser estudiado de forma seria y rigurosa, sigue siendo objeto de rechazo o ridículo por parte de la ciencia oficial. Esto ha dejado la controversia en manos del ámbito alternativo, que ha sugerido muchas especulaciones y teorías diversas al respecto, e incluso ha lanzado serias acusaciones de encubrimiento sobre los estamentos académicos. En este artículo pretendo exponer el estado de la cuestión de la manera más fiel posible desde todos los puntos de vista, si bien reincido en el grave problema de la falta de información fiable para poder emitir un juicio fundamentado.


Introducción



Desde hace tiempo, uno de los grandes campos de batalla de la arqueología alternativa ha sido tratar de demostrar que buena parte de las antiguas mitologías no son meras fantasías o leyendas, sino recuerdos más o menos distorsionados de hechos que sucedieron en un pasado muy remoto. Así, desde las posiciones alternativas resulta bastante habitual sacar a la palestra el conocido caso de Heinrich Schliemann, que vendría a ser el prototipo de creyente en la mitología con trasfondo histórico. En efecto, el arqueólogo alemán, siguiendo las pistas de las obras de Homero, halló en Turquía los vestigios de la ciudad de Troya, que hasta entonces había sido considerada por los académicos como una mera invención mitológico-literaria[1]. Y más o menos en la misma época, el escritor y político norteamericano Ignatius Donnelly realizó un exhaustivo estudio multidisciplinar para demostrar que el continente de la Atlántida había existido, si bien en esta ocasión su empeño se quedó en una mera hipótesis de trabajo sin ningún tipo de comprobación.



No hace faltar insistir en que los historiadores, si bien reconocen que en algunos casos el mito puede contener un sustrato de realidad sepultado en un pasado indefinido, no lo consideran un material científico “empírico”, pues no admite experimentación, está basado en el mundo de las creencias (la religión) y, por si fuera poco, suele incluir elementos de tipo mágico, paranormal o sobrenatural. Por consiguiente, el salto de la mitología a la realidad histórica pasaría necesariamente por encontrar algún tipo de resto físico o documento que permitiera “objetivizar” de alguna manera los relatos mitológicos (escritos o mantenidos a través de la tradición oral), y sustentar así la hipótesis de que detrás de unas narraciones aparentemente fantásticas existió una realidad subyacente que podemos “tocar y estudiar” de manera científica.



En este ámbito, uno de los casos más extraños y controvertidos es sin duda la propuesta de que en un tiempo muy lejano existió una raza de seres humanos o humanoides de enorme estatura y fuerza, los llamados “gigantes”, que llegaron a convivir con el hombre primitivo. Lo que algunos autores alternativos mantienen es que tal raza no fue una invención o una simple exageración sino que fue absolutamente real, y que la mitología recogió de forma fidedigna el contacto entre estos gigantes y los humanos “normales”.



Por su parte, la arqueología convencional a día de hoy no reconoce la existencia de estos seres fuera del contexto mitológico, pues según se afirma desde el estamento académico no se ha encontrado rastro alguno de tales criaturas, más allá de que se hayan podido confundir determinados restos óseos con tales “gigantes” o que se hayan atribuido –erróneamente– ciertos monumentos de gran tamaño a estos seres. Normalmente, cuando se saca este tema a colación desde la trinchera alternativa, los académicos aluden a historias sensacionalistas o directamente a fraudes, como por ejemplo el famoso caso del Hombre de Cardiff, un supuesto gigante fosilizado hallado en 1869 en esta localidad norteamericana. 

Hallazgo del llamado "Hombre de Cardiff"
En realidad se trataba de un burdo montaje perpetrado por un tal George Hull, que quiso hacer negocio exhibiendo tal rareza arqueológica. El gigante no era más que una estatua de yeso, de poco más de tres metros, que por supuesto no engañó a ningún experto, si bien despertó el interés de los seguidores más acérrimos de la Biblia. Y si nos referimos a tiempos más recientes –y con la proliferación de Internet y las nuevas tecnologías– han ido apareciendo noticias y supuestas fotografías de esqueletos de gigantes. Una vez más, la ciencia ha rechazado tales propuestas, por considerarlas manipulaciones o bulos sin ningún fundamento. De hecho, es bien sabido que ciertas imágenes presentadas como de restos de gigantes no eran más que el producto de un concurso “creativo” realizado con un programa informático de retoque de imágenes.



En todo caso, la mención a los gigantes se suele atribuir a una metáfora o ensalzamiento de las cualidades de ciertos personajes o bien a la personificación de ciertas fuerzas de la naturaleza. Así pues, podemos decir que de momento el asunto de los gigantes está fuera de la agenda académica, actitud que tal vez podría cambiar si admitiesen la existencia de restos inequívocos de estos seres[2]. En cambio, en el bando alternativo no se tiene esta misma visión escéptica y se da por hecho que los gigantes sí existieron como tales y que hay numerosas pruebas físicas al respecto que no han sido aceptadas por la ciencia oficial. Sin duda alguna, aquí radica el meollo de la cuestión que trataremos de aclarar en este artículo. 



No obstante, para centrar el tema –y antes de adentrarnos en el terreno propiamente arqueológico– es preciso hacer un breve repaso de los que nos dice la mitología acerca de esta supuesta raza o razas de gigantes que habitaron la Tierra y que se extinguieron en un momento indeterminado del pasado. 


Las fuentes mitológicas




Sin necesidad de realizar un estudio exhaustivo, podemos ver que el tema de los gigantes no es propio de un pueblo o de un área geográfica determinada, sino que está extendido por gran parte del planeta, y que lo tenemos reflejado tanto en mitologías de las grandes civilizaciones antiguas como en culturas supuestamente inferiores o no tan desarrolladas. Asimismo, la tradición folclórica de muchos pueblos actuales recoge aún la figura del gigante en forma de cuentos, fiestas, representaciones artísticas, etc.



Las referencias quizá más famosas y más repetidas sobre los gigantes son las de la Biblia judeo-cristiana (en el Antiguo Testamento). Así, el Génesis nos habla de los gigantes en relación con la divinidad:



«Por entonces y también en épocas posteriores, cuando los hijos de Dios cohabitaban con las hijas de los hombres y éstas tuvieron hijos, aparecieron en la Tierra los gigantes. Éstos son los esforzados varones de los tiempos primeros, los héroes famosos.» (Génesis 6: 4)



Estos gigantes, los Nefilim, serían pues una especie de híbridos, una mezcolanza entre la raza divina y la raza humana. Por cierto, hay que destacar que la traducción del término Nefilim no ha estado exenta de polémica, pues según el autor alternativo Zecharia Sitchin, la traducción exacta de Nefilim sería “aquellos que bajaron de los cielos a la Tierra”, lo que –aparte de reforzar la condición divina o semidivina de estos seres– abrió la puerta a interpretaciones relacionadas con la llamada “teoría del antiguo astronauta” (o sea, la presencia de extraterrestres en nuestro planeta), tema que dejaremos para más adelante. 



David vence al gigante Goliat
La Biblia recoge muchas apariciones de los llamados Refaim o Rafaim (la palabra hebrea que propiamente significa “gigante”) o humanos de gran tamaño, siendo una de las más conocidas la batalla entre David y Goliat. Asimismo, tenemos una referencia a una posible extinción de los gigantes en el “Libro de Baruch”, según el cual tras el Diluvio perecieron los 409.000 gigantes que había en el mundo. Además, existe un texto atribuido al patriarca Enoc titulado “Libro de los Gigantes”, aparecido en los famosos Rollos del Mar Muerto, que –si bien está bastante incompleto– parece confirmar en su contenido que los gigantes eran fruto de la unión entre hembras humanas y unos seres que se corresponderían con los ángeles caídos bíblicos o, más propiamente, los demonios[3].



Y sin salir de Oriente Medio, es bien sabido que la mitología hebrea bebió en las fuentes de la mitología sumeria, y en ella hallamos referencias a los Ari (y también a los Ellu), que eran una estirpe de reyes divinos o descendientes de los dioses. Estos personajes serían de gran estatura, y de hecho, en las representaciones artísticas, aparentan ser gigantes al lado de los humanos. Más al este, la mitología hindú nos habla de una raza de gigantes, llamados Daytias, que se enfrentaron a los dioses. En cuanto al Extremo Oriente, las leyendas chinas se refieren a una raza de gigantes llamados Kua Fu, que tomaron parte en las disputas entre los reyes míticos de origen divino. 



Quetzalcoatl
Ya en Occidente, la mitología europea nórdica relaciona el origen del mundo con los gigantes. Así, un gigante primigenio, Ymir, habría creado una raza de gigantes, los Jotuns. Según la leyenda, los descendientes de Ymir decidieron matarlo, pero al darle muerte éste vertió tanta sangre que los ahogó a todos menos a uno de ellos, que sobrevivió y dio origen a una nueva casta de gigantes. Por su parte, la mitología clásica griega nos ofrece el origen etimológico de nuestra palabra “gigantes”. Se trata de los “nacidos de la Tierra (Gaia o Gea)”, la descendencia de Gaia y de Urano (el cielo). En efecto, los mitos griegos nos ofrecen una variedad de gigantes como los tritones, los cíclopes o los titanes, que –dado su tremendo poder– tendrían la capacidad de enfrentarse a los grandes dioses. Asimismo, algunos héroes mitológicos como Atlas, Hércules, Orestes y Áyax podrían considerarse gigantes. De hecho, en varias mitologías vemos repetidamente que estos personajes eran protagonistas de grandes hazañas y prodigios, y a veces eran portadores de la cultura y la civilización. Aparte de los héroes griegos, también podríamos incluir aquí a personajes de otras culturas como Gilgamesh (de Sumeria), los Tuatha Dé Danann y Cuculainn (de la antigua Irlanda), a Quetzalcoatl y Votan (de la América precolombina), etc.



En lo que se refiere al continente americano, la mitología azteca menciona una época o ciclo llamado el Primer Sol en el cual la Tierra estaba poblada por una raza de gigantes de gran fuerza. En Sudamérica, la mitología inca nos dice que su deidad principal, Viracocha, había creado una estirpe de gigantes a su imagen y semejanza para que poblaran el mundo. También cabe destacar los relatos legendarios de los indios nativos de Norteamérica, que coinciden en afirmar que en un tiempo anterior al de sus antepasados sus tierras fueron habitadas por una raza de gigantes. Además, otras leyendas hablan de la llegada de unos dioses blancos de gran estatura que, tras huir de su tierra (destruida por un diluvio), se establecieron entre los indios y coexistieron con ellos. En todo caso, resulta destacable que muchas de estas narraciones nos hablan de continuas confrontaciones entre indios y gigantes en tiempos no demasiado lejanos, y de hecho bastantes tradiciones nativas conservaban un retrato muy vivo de las razas gigantes, como si fueran más “históricas” que “míticas”.


El aspecto y la conducta de los gigantes




Si recopilamos todo el material procedente de la tradición folclórica y la mitología, se puede intentar componer una especie de retrato-robot de la raza gigante, si bien hemos de tener en cuenta que no es un fenómeno perfectamente uniforme y que en las descripciones se entremezclan elementos del todo fantásticos con otros supuestamente más realistas. 



Obviamente, la característica principal que destaca al perfil mítico del gigante es su estatura descomunal, acompañada de una gran robustez y fuerza física. En algunos relatos mitológicos disponemos de referencias aproximadas sobre su portentosa altura. Por ejemplo, Goliat es descrito en la Biblia como un gigante de unos 2,90 metros de altura[4] y el rey Og (según la longitud de su cama) podría medir unos cuatro metros. De acuerdo con la mitología griega, Orestes mediría alrededor de 3,30 metros y Áyax, alrededor de 4,30 metros.



En lo que se refiere a la fisonomía, la mayoría de los gigantes tiene un aspecto plenamente humano, con algunas particularidades más o menos extrañas. Así, existen varias referencias en la Biblia sobre la presencia de seis dedos en las manos y pies de los gigantes y en el Talmud babilónico sobre gigantes con doble hilera de dientes. Otro rasgo curioso presente en varias leyendas es la existencia de seres con cráneos excepcionalmente alargados. A su vez, la mitología griega nos habla de los cíclopes, o gigantes con un solo ojo en medio de la frente, o de los llamados hecatónquiros, fantásticas criaturas de 100 brazos y 50 cabezas. En cuanto a la mitología nórdica, tenemos la descripción de un tipo particular de gigantes, los trolls, que medirían entre tres y cinco metros, tendrían la piel gris, tres o cuatro dedos en sus extremidades, y un número de ojos entre uno y tres. En otras mitologías se atribuye a los gigantes singulares capacidades físicas como por ejemplo vomitar fuego o causar todo tipo de desastres, lo que corroboraría la visión convencional de que los gigantes no serían más que la encarnación de fuerzas naturales. 



En lo que se refiere a su carácter, costumbres o comportamiento, la mayoría de relatos muestran al gigante como un ser hosco, primitivo y agresivo, involucrado en todo tipo de luchas, pillajes o destrucciones. Su relación con la especie humana es más que conflictiva, tal y como se recoge en prácticamente todas las culturas. Así, la descripción del gigante casa con la clásica imagen mitológica del “ogro” cruel que come carne humana, que asalta a las mujeres, que atemoriza a los viajeros, que saquea cuanto puede... A este respecto, existe en el ya citado Libro de Enoc una referencia bastante clara a la naturaleza maléfica de los gigantes:

«Quedaron embarazadas de ellos y parieron gigantes de unos tres mil codos de altura[5] que nacieron sobre la tierra y conforme a su niñez crecieron; y devoraban el trabajo de todos los hijos de los hombres hasta que los humanos ya no lograban abastecerles. Entonces, los gigantes se volvieron contra los humanos para matarlos y devorarlos; y empezaron a pecar contra todos los pájaros del cielo y contra todas las bestias de la tierra, contra los reptiles y contra los peces del mar y se devoraban los unos la carne de los otros y bebían sangre.» (Libro de Enoc 7, 2-5)



Sin embargo, a modo de contrapunto, en algunas leyendas de la América precolombina se menciona que –pese a su aspecto salvaje y bárbaro– los gigantes eran vegetarianos y se alimentaban de bellotas y de hierbas.



Ahora bien, en cuanto a sus características o capacidades intelectuales, existen claramente dos perfiles bien diferenciados. Por un lado tenemos los gigantes violentos, que serían poco más inteligentes que una bestia salvaje. Por otro lado, existe la versión de los gigantes de mayor inteligencia que el ser humano como resultado de su herencia genética divina. Este sería el caso que  ya hemos mencionado de los grandes héroes de leyenda, portadores de la civilización y capaces de grandes proezas. 

Conjunto de Teotihuacán
Confirmando esta visión, encontramos bastantes referencias en la mitología a la participación de los gigantes en la realización de ciertos monumentos muy notables, y no sólo por el tamaño de la obra en sí sino por otras características de gran relevancia, como muestra de su alta sabiduría. Así, por ejemplo, el conjunto de Teotihuacán (“el lugar donde los hombres se convierten en dioses”), la pirámide de Cholula o el gran santuario de Baalbek son atribuidos a gigantes de un tiempo muy remoto.



Referencias históricas




Hemos visto que la mitología de varios pueblos nos habla de la existencia de los gigantes, pero lo que quizá sorprendería a más de uno es que tenemos algunos relatos o informes escritos en épocas históricas –y también en varias regiones del planeta– que testimonian la existencia de seres humanos de tamaño enorme que fueron vistos en tiempos relativamente recientes.



Desde luego, sobre estos casos planea la duda de la veracidad de las fuentes, así como la condición relativa de gigante, pues es posible que en determinadas ocasiones se tratara simplemente de personas de una talla superior a la normal. De todos modos, la mayoría de las descripciones inciden en destacar que se trataba de individuos realmente excepcionales y que, si tuviéramos que hacer comparaciones con nuestro mundo actual, superarían la formidable estatura media del pueblo watusi o incluso la de los jugadores de baloncesto más altos.



Si nos referimos a las crónicas del Mundo Antiguo, sabemos por la Historia Augusta que el emperador Maximino el Tracio (siglo III d. C.) alcanzaba una altura de nada menos que 2,60 metros, y que era hombre de gran fuerza; incluso hasta el tamaño de su calzado era legendario[6]. Por su parte, los romanos describieron a algunos pueblos celtas como gentes de gran envergadura, de prodigiosa fuerza y muy fieros en el combate; este sería el caso particular de los cimbrios, que según el historiador Pausanias serían los hombres más altos del mundo.



Ya en la Edad Media, el gran viajero italiano Marco Polo afirmó haber visto gigantes en las costas de Zanzíbar, hombres enormes de gran fuerza capaces de cargar con cuatro hombres normales y de comer por cinco. Luego, a partir de finales del siglo XV e inicios del XVI, se acumulan muchas crónicas sobre gigantes por parte de los primeros navegantes y exploradores europeos (Colón, Magallanes, Drake, Cavendish...) que alcanzaron el continente americano. Cabe subrayar que existen numerosas referencias a indios de enorme estatura en la región de la Patagonia. Parece ser que al menos en un caso se pudieron hacer mediciones directas de los individuos:


«El navegante Anthony Knyvet cruzó el estrecho de Magallanes en 1592 y comunicó no sólo haber visto a los talludos patagones sino que había medido varios cuerpos en Puerto Deseo, todos ellos oscilando en diez y medio y doce pies de estatura [3,20 a 3,66 metros].» (Keel, John A. El enigma de las extrañas criaturas. Ed. Mitre. Barcelona, 1987.)



Del mismo modo, tenemos noticia de varios encuentros en Norteamérica entre conquistadores españoles (Coronado, De Soto, Cabeza de Vaca...) y algunos indios gigantescos. También vale la pena recordar que la expedición holandesa de Jacob Roggeveen que descubrió la famosa isla de Pascua, en 1722, informó de la presencia de gigantes en la isla.



Gigante de la Patagonia
Es interesante observar que estas referencias a gigantes en América se prolongan hasta la época del viaje de Charles Darwin, aunque curiosamente se aprecia que según se avanza en el tiempo, la altura de los gigantes disminuye hasta convertirse simplemente en personas de gran estatura. Por ejemplo, en el siglo XVI el naturalista inglés William Turner menciona la existencia de una tribu de gigantes en las costas de Brasil, cerca del río Polata, el más alto de los cuales mediría, según su apreciación, más de 3,50 metros. A finales de ese mismo siglo, el navegante holandés Sebald de Veert afirmó haber visto en la costa de Patagonia gigantes de entre 3,05 y 3,35 metros. Posteriormente, en 1764, el almirante inglés John Byron daba fe de la presencia de nativos de entre 2,44 y 2,74 metros en el estrecho de Magallanes, pero apenas tres años más tarde el capitán Samuel Wallis vio en la misma región hombres de alrededor de dos metros, pero no más altos. Finalmente, en 1831 (y también en la Patagonia), Darwin describía a los indígenas como de una altura de poco más de 1,80 metros, y por tanto ya no había propiamente “gigantes”.



Por otro lado, existe una larga lista de noticias históricas acerca de personajes de biografía más o menos conocida que en su día fueron celebridades o poco más que una atracción circense, y prácticamente en todos los casos estaríamos hablando de una patología de gigantismo; esto es, de individuos afectados por una disfunción hormonal que conllevaría frecuentemente algunas dolencias y dificultades, especialmente en su movilidad, con una estatura muy superior a la habitual, si bien rara vez por encima de los 2,5 metros.



Otro tema sería valorar que toda una tribu o un grupo racial fuesen de enorme estatura y que tuvieran determinadas particularidades muy características, lo cual sí encajaría de alguna manera en la imagen mítica de los gigantes; o sea, no como una anormalidad esporádica sino como un hecho genético diferencial y propio de una pequeña (o gran) comunidad. En este caso, sí habría lugar para establecer conexiones entre las leyendas de los pueblos primitivos y algunas observaciones realizadas por los viajeros occidentales.



La huella arqueológica




Una vez vistos los argumentos basados en la mitología y en algunas crónicas históricas, es el momento de afrontar la cuestión principal que rodea el tema de los gigantes, que no es otro que la superación del mito a partir de pruebas observables, ya sean directas o indirectas.



El "astronauta" de Nazca
Cuando nos referimos a pruebas directas, estaríamos hablando del hallazgo de esqueletos –­o momias– de gigantes, o al menos de alguna parte lo suficientemente reconocible. Como pruebas indirectas tendríamos las huellas, herramientas u otros artefactos de gran tamaño, así como monumentos o construcciones ciclópeas que “sólo podrían haber sido realizados por y para gigantes”. En esta categoría algunos autores incluyen también las figuras de enorme tamaño representadas básicamente en geoglifos, grabados, relieves o pinturas, entre las cuales se citan imágenes tan típicas como el dios marciano de Tassili (Argelia), el astronauta de Nazca (Perú), el gigante de Atacama (Chile) o el gigante de Cerne Abbas (Gran Bretaña). 

Asimismo, se suele recurrir a las comparaciones de proporción en la representación artística de determinados personajes (normalmente héroes, divinidades o monarcas), que son presentados en un tamaño muy superior –y a veces con otras características especiales como los seis dedos, etc.– al de los humanos “normales”. 


Relieve acadio en que la divinidad (sentada) se muestra bastante más alta que los humanos


Es obvio que el peso de las pruebas indirectas es bastante problemático, dado que aquí se mezclan elementos interpretativos o especulativos, por no hablar de la influencia o prejuicio procedente de la propia mitología, por ejemplo cuando las leyendas atribuyen la construcción de tal o cual monumento a una antigua raza de gigantes. Aún así, debemos reconocer que el hallazgo de herramientas de gran tamaño y peso puede indicar con una razonable lógica que debían ser usados por seres capaces de emplear tales artefactos con soltura.



Para emprender un análisis riguroso, lo primero que debemos hacer es comprobar si tenemos noticias fiables de hallazgos inequívocos de gigantes. Y en este punto es cuando ya comienzan los problemas, pues –como veremos– existen numerosos relatos, crónicas o noticias de tales hallazgos, pero a la hora de la verdad hay muy poca información acerca de estudios llevados a cabo sobre restos de gigantes, pues o bien las pruebas físicas han desaparecido o bien no han sido reconocidas como una “anormalidad”. En general, existe una cierta opacidad y falta de rigor en la difusión de la información disponible, teniendo en cuenta que la gran mayoría de la documentación existente procede de antiguas publicaciones y de fuentes difusas.



Para empezar, y si nos remontamos a un pasado muy lejano, existe un dudoso relato según el cual los cartagineses habrían desenterrado en el primer milenio antes de Cristo dos esqueletos humanos de unos increíbles 11 metros. Saltando a la Edad Moderna, tenemos algunas crónicas significativas, como es el caso de Bernal Díaz (de la época de la conquista del imperio azteca), al cual los indios le relataron que en la llanura de Tlascala existió una raza de crueles gigantes en el tiempo de los olmecas, y para demostrarlo le mostraron un hueso humano descomunal, tan alto como el propio español. En una época similar, otros relatos –esta vez en Europa– nos hablan de hallazgos aún más sorprendentes si cabe, aunque su fiabilidad está bastante en entredicho. Así, tenemos el descubrimiento en 1456 de un inmenso esqueleto humano de unos siete metros, junto a un río cerca de Valence (Francia). Más tarde, en 1577 se halló un esqueleto gigantesco, de cerca de seis metros, en el cantón de Lucerna (Suiza), y en 1613 se encontró otro aún más grande –alrededor de 7,80 metros– cerca del castillo de Chaumont (Francia)[7]. En Angiers (también en Francia), se desenterró en 1692 un esqueleto de casi 5,30 metros.


Sin embargo, llegados al siglo XIX –coincidiendo con el despegue de la paleontología, la prehistoria y la arqueología en muchos lugares del mundo– las cosas ya toman otro cariz. En efecto, es en este siglo cuando se produce la gran explosión de hallazgos de huesos de gigantes, y muy especialmente en Norteamérica, sobre todo en la cultura de los mound builders (“constructores de túmulos”). Hay que señalar que esta serie de descubrimientos se prolonga hasta el siglo XX, si bien el fenómeno parece entrar en una curva de lenta decadencia. Con todo, y aún con las máximas cautelas, este material ya nos sirve de base para empezar a dar forma física al mito de los gigantes, con algunas sorpresas que resultan no poco desconcertantes pues apuntan a un conjunto de anomalías de difícil explicación. 

(c) Xavier Bartlett 2014 

Ir a 2ª parte de "Mito y realidad de los gigantes" 




[1] Cabe señalar, empero, que a día de hoy no existe modo de certificar con seguridad absoluta que los restos localizados por Schliemann correspondan a la Troya homérica. Incluso se han llegado a proponer mediante indicios geográficos y toponímicos otros escenarios muy alejados del Mediterráneo para la guerra de Troya, como las Islas Británicas o la región báltica.

[2] No sería la primera vez que la arqueología topa con ciertas rarezas inesperadas, como fue la aparición hace pocos años del pequeño Homo floresiensis. Por cierto, cabe resaltar que durante algún tiempo hubo fuertes resistencias a considerar al hobbit como un homínido diferente; de hecho, bastantes investigadores abogaron por algún tipo de malformación genética o enanismo.

[3] Cabe destacar que toda esta literatura bíblica ha generado una pléyade de investigadores, sobre todo norteamericanos, enrocados en una línea fundamentalista, con la única intención de demostrar que las escrituras sagradas estaban literalmente en lo cierto en el tema de los gigantes (y en otros muchos, por extensión). Desgraciadamente, muchas de estas posturas han caído en el terreno de la pseudociencia y la radicalidad religiosa y han recibido frecuentes acusaciones de manipulación y fraude, lo que ha restado mucha credibilidad a los esfuerzos realizados con espíritu científico e imparcial.

[4] Para facilitar las comparaciones y unificar las referencias a varios sistemas de medida, en este artículo se presentan todas las medidas trasladadas al sistema métrico decimal.

[5] Traducido a metros daría una increíble altura de ¡900 metros!

[6] En una línea similar a Maximino, las crónicas históricas occidentales describen a otros grandes reyes o emperadores de épocas posteriores, como Carlomagno o Maximiliano, como hombres de enorme estatura, bastante por encima de los dos metros. Asimismo, los soberanos incas también tendrían una altura enorme; de hecho tenemos constancia física de ello, pues se conservan dos momias reales en el Museo del Oro (en Lima, Perú), cuya altura rondaría los 2,90 metros.


[7] El autor alternativo John A. Keel atribuye este hallazgo concreto a un médico llamado Mazurier, que al parecer componía gigantes a partir de enormes huesos que compraba a unos obreros. Según Keel, los huesos están aún en el Museo de Paleontología de París, en su colección de mastodontes.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por crear este magnifico blog que creaste, nos ayuda a ver las cosas con mucha objetividad y ayuda a despejar las brumas que intencionadamente crean algunos para mantenernos en la oscuridad. Con tanto "bolazo" que pulula en la red a veces es difícil discernir la verdad de la mentira. En otro orden quiero preguntarte algo que no me quedó claro: las momias del museo peruano ¿son auténticas? Gracias Un saludo de esta uruguaya

Xavier Bartlett dijo...

Apreciada amiga:

Sobre el tema de las momias incas, supongo que te refieres a unas que están en Lima, en el Museo del Oro (que es privado). He visto fotos y he leído alguna crónica de visitantes, a las que doy cierto crédito, por lo que podría ser que tales momias de gobernantes incas fueran de enorme estatura (no sé si "gigantes"), en todo caso bastante más altas que la media de la etnia quechua.

Saludos,
Xavier

Vicente Jiménez dijo...

Me han encantado los tres artículos, expones mucha información, te felicito. Hago un humilde aporte, Juan de Velasco en su libro "Historia del reino de Quito" cuenta en detalle algunas historias de gigantes que estaban en el acervo de los distintos pueblos de lo que ahora conocemos como Perú, y de la que según fueron sus palabras: -voy á referir aquello de que soy ocular testigo-, indicando siempre según su versión que vio el esqueleto de uno de estos gigantes con proporciones parecidas a las del encontrado en Nueva Zelanda, dando la impresión al leer este primer libro que eso allí era algo habitual. La Historia del Reino de Quito tiene tres partes, aquí dejo la primera que es a la que me refiero por si alguien quiere leerlo de primera mano. Si abrís el pdf en las miniaturas de página, está en la 164 párrafo 5. Un saludo

https://goo.gl/0bkC56

Xavier Bartlett dijo...

Gracias Vicente por tu comentario

Sí, en efecto existe una amplia mitología sobre gigantes en Sudamérica, respaldada por crónicas antiguas y por algunos hallazgos arqueológicos. Y sin ir más lejos, Garcilaso de la Vega afirmaba -apoyándose en las leyendas indígenas- que la fortaleza de Sacsayhuamán había sido obra de gigantes o demonios.

Un saludo,
X.