
Así, desde fuera del
fenómeno, da la impresión de nos quieren hacer creer en los alienígenas sí o
sí, demostrando que están ahí fuera y que de hecho han estado con nosotros a lo
largo de los milenios. Y a todo esto, el estamento científico oficial sigue
instalado en su cómodo paradigma evolucionista y ha ido ignorando o
despreciando cualquier asalto por parte de los proponentes de la teoría de los
antiguos astronautas.
Podríamos considerar,
en efecto, que a la hora de analizar el pasado más distante no puede haber dos
posiciones más enfrentadas que la de los defensores de las paleovisitas y la
del estamento académico arqueológico, pero... ¿es así realmente? ¿O son dos
caras de una misma moneda? ¿O dos tendencias que se retroalimentan eficazmente
la una a la otra? Propongo ahora una breve reflexión sobre este dilema en
arqueología, que tiende a simplificar los debates y a escurrir el bulto de las
verdaderas incógnitas sobre la historia más remota de la Humanidad.
E. Von Däniken |
Por un lado, tenemos la
citada teoría de los antiguos astronautas que fue popularizada por el investigador
suizo Erich Von Däniken, que si bien no la ideó, sí le dio el empaque y la
difusión necesaria para calar ente amplias capas sociales. La propuesta de Von
Däniken partía, de hecho, de las observaciones realizadas por los autores del
llamado realismo fantástico, que pusieron de manifiesto que el pasado
estaba lleno de misterios e incongruencias que no tenían una explicación
lógica, y que de algún modo la presencia de unos supuestos dioses que
“civilizaron” (o incluso crearon) al ser humano era la que podía explicar tales
incongruencias. Y como en aquella época la carrera espacial estaba en pleno
auge y la ufología se instalaba como ciencia que trataba de relacionar los
extraños fenómenos celestes con seres de otros planetas, no es de extrañar que
Von Däniken llegase a una conclusión evidente: los dioses fueron en
realidad astronautas venidos en sus naves de lejanos planetas. Así pues, todas
las maravillas arquitectónicas o técnicas que no parecían encajar en un mundo
antiguo y primitivo, debían ser –por fuerza– obra de unos seres avanzados no
humanos.
Y detrás de este modelo
de pensamiento, vemos que Von Däniken asume que el escenario histórico
propuesto por el mundo académico es básicamente correcto, al aceptar que el ser
humano de la Prehistoria –e incluso de las primeras civilizaciones–estaba en un
estadio muy primitivo de conocimiento y que sus habilidades, medios y recursos
para emprender según qué gestas eran simplemente insuficientes. Así pues, no se
podía esperar gran cosa de los humanos de la Edad de Piedra, y en consecuencia
se debería deducir que para llevar a cabo determinados logros necesitasen la
ayuda o colaboración de unos seres humanoides mucho más avanzados, que
lógicamente eran los alienígenas. Por lo tanto, las grandes pirámides, los enormes
monumentos megalíticos, la ciudad de Tiwanaku o la de Teotihuacán, los
artefactos como la pila de Bagdad, las bombillas de Dendera o el
mecanismo de Antikythera, etc. serían el resultado de una
intervención extraterrestre.
Naturalmente, si ahora
nos vamos al ámbito académico de la arqueología, nos encontramos con una férrea
oposición a la posibilidad de las visitas extraterrestres. Desde su visión
darwinista, los académicos plantean una evolución biológica y cultural de la
Humanidad, pasando a través de los siglos de lo más primitivo a lo más
avanzado. No obstante, el escenario de Von Däniken podría suponer un dolor de
cabeza para estas explicaciones evolutivas pues no pueden negar que hay unos
restos, unos objetos y unos conocimientos muy notables en un contexto
aparentemente demasiado antiguo. ¿Cómo solucionan pues este dilema?
![]() |
La gigantesca Piedra del Sur (Baalbek) |
La interpretación
tradicional frente a las proclamas altisonantes de Von
Däniken ha sido precisamente rebajar sus expectativas y diluir los supuestos
misterios. Así, al hablar de conocimientos astronómicos, tallado y transporte
de grandes bloques y otros asuntos polémicos, la ortodoxia afirma que no
hay para tanto y que todo estaba al alcance de las antiguas culturas humanas de
hace miles de años. Por tanto, consideran –por ejemplo–que el asunto del
trabajo de la piedra no era especialmente complicado aunque sí muy lento y
laborioso, pero que podía hacerse con herramientas simples, y mucha habilidad y
esfuerzo. Todo ello se plasmaba en edificaciones propias de la época como templos,
tumbas, pirámides, etc., que encajan perfectamente en el marco cronológico de
hace unos pocos miles de años.
Otra
cosa, desde luego, es que podamos ponerle muchos peros a tales
interpretaciones, pues muchas veces los argumentos esgrimidos se salen por la
tangente, acudiendo a axiomas mantenidos durante décadas o a simples
suposiciones y conjeturas. Y ello por no citar los proyectos de arqueología
experimental, que a veces ofrecen resultados inciertos o fracasan
estrepitosamente. Esto no implica, claro está, que los antiguos no pudieran
realizan obras enormes o alcanzar logros sobresalientes con los medios y
metodologías que teóricamente estaban a su disposición, pero hay ciertos
límites que no pueden ser sobrepasados. El problema es que la ortodoxia mete
todo en el mismo saco y se desentiende de lo que no puede explicar de una
manera convincente.
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Civilización: ¿con o sin alienígenas? |
En
cualquier caso, si comparamos ambas visiones, vemos que ambas comparten un
mismo sustrato conceptual, un evolucionismo rígido que pone al hombre del pasado
remoto en un estadio de barbarie e ignorancia que fue progresivamente superado
gracias al fenómeno de la civilización. La clave está en que los académicos ven
la civilización como un proceso “natural” derivado de la evolución cultural de
la Edad de Piedra[1], mientras que Von Däniken
y todos sus seguidores (muy en especial Sitchin) no creen en el salto evolutivo
espontáneo sino en la intervención directa de unos seres extraterrestres que
crearon y tutelaron al ser humano en sus primeras fases de desarrollo.
Lo cierto es que, a día
de hoy, no hay pruebas fehacientes e irrefutables de esas visitas alienígenas
pese a los miles de libros y documentales que se han realizado al respecto.
Personalmente, desde la discrepancia, creo que la labor de Erich Von Däniken merece un respeto y un reconocimiento porque
durante décadas ha estado investigando numerosos temas espinosos y ha realizado
cientos de preguntas incómodas al estamento académico desde su posición de investigador
dominguero (tal como él mismo se definió). Sin embargo, su falta de
erudición y su obstinada fijación en una tesis intocable le hizo cometer
muchísimos errores y deslices, por no mencionar algunos intentos de
manipulación y fraude y la siempre presente sombra del negocio literario por
encima de cualquier consideración científica.
Ahora bien, para ser
sinceros y justos, tampoco podemos negar al 100% que existan civilizaciones
extraterrestres en lejanos planetas o que las famosas paleovisitas no hubieran
tenido lugar. Este es el clásico problema de intentar demostrar que algo no
existe, lo cual es absurdo, y de hecho no es el objetivo de la ciencia. Así
pues, la teoría de los antiguos astronautas merece una consideración dentro del
ámbito científico pero no deja de ser simplemente un escenario posibilista que
algunos nos quieren vender como realidades irrefutables a partir de unas
supuestas pruebas basadas en el paradigma que ya hemos comentado: “si es
demasiado avanzado, debe venir de otro planeta”.
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El dios Quetzalcoatl |
A su vez, el mundo
académico no ve nada de extraño en los logros del pasado y acusa a los paleoastronáuticos de menospreciar la
grandeza de las antiguas civilizaciones. Y por supuesto, cualquier mención a
dioses, semidioses, héroes, Edades de Oro, etc. es enviada al cómodo cajón de
sastre de las mitologías, las creencias y la superstición propia de los
antiguos. En cualquier caso, consideran que el ser humano nunca ha estado tan
avanzado en conocimientos y tecnología como en el momento actual, siguiendo la
ortodoxia evolucionista, y por tanto no se puede admitir que en algún momento
nuestros antepasados estuviesen situados en un estadio superior de desarrollo.
De este modo, el mundo
académico se siente muy cómodo al tener como oponente principal a esos
lunáticos que hablan abiertamente de extraterrestres, tecnologías fantásticas y
platillos volantes porque les resulta muy fácil ridiculizarlos o ignorarlos,
como ya hizo en su día Carl Sagan, auténtico estandarte de la ciencia moderna
frente a los creyentes en las pseudociencias. Basta citar, por ejemplo, esta
declaración inequívoca de Sagan para ver por dónde van los tiros:
“El interés mostrado por los ovnis y los astronautas antiguos parece derivar, al menos en parte, de necesidades religiosas insatisfechas. Pon lo general, los extraterrestres son descritos como seres sabios, poderosos, llenos de bondad, con aspecto humano y frecuentemente arropados con largas túnicas blancas. Son, pues, muy parecidos a dioses o ángeles que, más que del cielo, vienen de otros planetas, y en lugar de alas usan vehículos espaciales. El barniz pseudocientífico de la descripción es muy escaso, pero sus antecedentes teológicos son obvios. En la mayoría de los casos los supuestos astronautas antiguos y tripulantes de ovnis son deidades escasamente disfrazadas y modernizadas, deidades fácilmente reconocibles. Un informe británico reciente sobre el tema llega incluso a señalar que es mayor el número de personas que creen en la existencia de visitantes extraterrestres que en la de Dios.”[2]
Pero no hace falta ser
muy avispado para apreciar que esta polaridad centrada en la presencia o no de
alienígenas es en realidad un debate distorsionado e incompleto, que trata de
poner o quitar a los extraterrestres como recurso para explicar determinadas
anomalías arqueológicas. Es evidente que ambos bandos no están demasiado
interesados en explorar una vía alternativa que rompe completamente con la
concepción evolucionista, y que no es otra que la historia cíclica. Así pues,
según este escenario ya expuesto por muchas culturas antiguas en todos los
continentes, el tiempo no es lineal sino cíclico... y tampoco son precisos los
extraterrestres para explicar según que cosas. De alguna manera, esta línea es
la que mantienen –con matices– algunos autores como Graham Hancock o John
Anthony West, que creen en la existencia de una Edad de Oro o civilización
desaparecida que precedió a las primeras civilizaciones conocidas y a las que
transmitió muy tenuemente su legado, ya que se produjo una evidente caída o
degeneración.
El "mundo perdido" |
Desde este enfoque, los
alienígenas no son en absoluto necesarios, porque esos dioses de Von Däniken
seríamos nosotros mismos en un estadio superior de conciencia que posibilitaría
la realización de esos grandes logros que la ciencia oficial atribuye a las
antiguas civilizaciones. Dicho de otro modo, los “superhumanos” de esa remota
época vivirían en un entorno de alta tecnología (pero no como la nuestra) y
serían capaces de llevar a cabo obras que hoy nos parecen una barbaridad por
sus dimensiones y complicaciones técnicas[3]. Y en este escenario podemos especular con la
idea de que la Atlántida citada por Platón –y otras realidades similares
mencionadas en otras tradiciones antiguas– podría simbolizar esa Edad de Oro,
aunque lógicamente los antiguos no podían reconstruir la grandeza y complejidad
de ese pasado mítico y tenían que referirse a él en términos comprensibles para
ellos mismos.
En consecuencia, esta
propuesta de un mundo anónimo desaparecido –pero humano–rompe con la idea de
Von Däniken de que ciertas maravillas del pasado se debieron a la irrupción
puntual de unos astronautas venidos de Dios sabe dónde. Asimismo, pone de
manifiesto que la rígida visión de que no hay ninguna anomalía –según defienden
los académicos– no es aceptable, pues tratar de encajar “con calzador” unas realidades
que incluso hoy en día superan a nuestro saber más avanzado es un ejercicio de
hipocresía y de falta de rigor científico.
Y ahí está el eterno
mito de la caída del hombre. La pérdida de su poder, de su mayor nivel de conciencia. Quizá
esa sea la clave para poder avanzar en el estudio de la historia más remota y
extraer conclusiones. No avanzamos, sino que retrocedemos. Como repetidamente
ha dicho Graham Hancock: somos víctimas de una enorme amnesia histórica.
© Xavier Bartlett 2017
[1] Representada
básicamente por lo que el arqueólogo Gordon Childe llamó “revolución
neolítica”, un cambio radical en las formas de vida, pasando de una mera
subsistencia a partir de la caza y recolección a una sociedad compleja y
diversificada, basada en la producción y acumulación de alimentos y bienes.
[2] SAGAN, C. El
cerebro de Broca. Ed. Grijalbo, 1984.
[3] Esto
implica, obviamente, que la arqueología oficial ha interpretado y datado
incorrectamente muchos monumentos de la Antigüedad o ha querido pasar por alto
ciertas anomalías que resultan mucho más significativas para arquitectos o
ingenieros.