lunes, 1 de julio de 2019

James Churchward y el mito de Mu


Puestos a hablar de continentes hundidos y civilizaciones perdidas, a todos nos viene a la mente el nombre de la Atlántida, pero en el ámbito de la arqueología alternativa existen otras historias paralelas que han hecho fortuna, y quizá la más destacada es el mito de Mu, cuyas semejanzas con el relato platónico –y las múltiples variantes que hallamos en tradiciones de todo el mundo– son más que significativas. Así pues, vamos a realizar un breve tour por esa tierra desconocida llamada Mu, que aún hoy en día es objeto de interés por parte de algunos autores.

A diferencia de la Atlántida, que tenía un claro referente occidental en los diálogos de Platón, Mu aparece en escena en el siglo XIX en un contexto de mundos exóticos, civilizaciones perdidas y antiguas leyendas. Recordemos que en esa época la Atlántida se puso de moda gracias a la investigación –entre científica y mitológica– de Ignatius Donnelly, pero también en gran parte al esoterismo de Madame Blavatsky. Asimismo, otras propuestas de la geología y la biología proponían la existencia de continentes hundidos, como la famosa Lemuria (supuestamente situada en el océano Índico)[1], que tuvo férreos defensores a finales del siglo XIX. El caso es que también entonces las civilizaciones precolombinas –sobre todo en Centroamérica– estaban saliendo de la oscura noche del olvido gracias a unos pocos investigadores aficionados, y ahí estaba casi todo por hacer. Y, desde luego, la arqueología estaba en pleno auge, con descubrimientos asombrosos de grandes civilizaciones antiguas, algunos de los cuales entroncaban con las leyendas, como por ejemplo el hallazgo de Troya por Schliemann. De algún modo, todos esos factores entraron en conjunción para que Mu emergiera a la superficie.

Codex Troanus
Así, en la segunda mitad del siglo XIX el sacerdote francés Brasseur de Bourbourg (1814-1874), un investigador de las culturas indígenas prehispánicas, centró su interés en rescatar y descifrar las fuentes más antiguas de esos pueblos. Y en este empeño fue a dar con el llamado Codex Troanus (o Codex Tro-Cortesianus), un códice religioso maya en el que se hacía referencia a un gran cataclismo ocurrido en tiempos remotos. Según el texto, que pudo leer con la ayuda del alfabeto maya recopilado en el siglo XVI por el obispo Diego de Landa, esa catástrofe natural habría provocado la destrucción de todo un continente, cuyo nombre se expresaba mediante dos signos: “M” y “U”. Acababa de nacer, pues, el término Mu. Ahora bien, hay que reseñar que dicho alfabeto era en realidad incompleto e incorrecto, hasta el punto que actualmente las diversas traducciones que hizo Brasseur se dan por erróneas. Sea como fuere, Brasseur de Bourbourg siguió investigando y pudo recoger testimonios indígenas que incidían en la existencia de esa gran catástrofe que había hundido un continente entero, lo que de inmediato le llevó a relacionar este hecho con el mito de la Atlántida, y finalmente a proponer que tanto la civilización maya como la egipcia descendían directamente de ese mundo perdido de Mu.

Siguiendo los pasos de Brasseur, el investigador independiente y fotógrafo Augustus Le Plongeon (1825-1908), británico de origen francés, se adentró con su esposa en las tierras de América Central y buscó esas conexiones entre las civilizaciones mesoamericanas y las otras civilizaciones antiguas desde diversos enfoques. Así, a partir de diversas similitudes lingüísticas entre el maya y el antiguo egipcio, se atrevió a establecer un puente entre ambas culturas, pero poniendo como precedente a la civilización maya. En cualquier caso, él creía que Mu –o la Atlántida– había sido un continente real que se había hundido dejando como legado posterior las civilizaciones históricas. Todo esto, más otras herejías, le hizo caer en desgracia ante el mundo académico, que nunca lo llegó a tomar en serio. Sin embargo, su trabajo y su creencia en la existencia de Mu no caerían en saco roto, pues un amigo suyo, también británico, iba a recoger el testigo y de hecho iba a dedicar buena parte de su vida a defender Mu como una realidad. Ese hombre se llamaba James Churchward, a veces conocido como “el coronel Churchward”.

James Churchward
James Churchward (1851-1936) nació en Okehampton (Devon, Gran Bretaña), y de joven se instaló un tiempo en Ceilán –la actual Sri Lanka– para sacar adelante unas plantaciones de té. Posteriormente, en la década de 1880, se fue a vivir a los Estados Unidos, donde trabajó como ingeniero –su profesión principal– y registró varias patentes, con la ayuda del que fue su fiel amigo Percy Tate Griffith. Eso sí, hay que destacar que, si bien pasó por el ejército, nunca hizo carrera militar, aunque se hiciera llamar “coronel Churchward”. Para lo que nos ocupa, cabe decir que Churchward fue también un gran viajero –sobre todo por el sudeste asiático y el Pacífico– y que a finales del siglo XIX se hizo amigo del matrimonio Le Plongeon, que llevaba ya cierto tiempo documentando las antiguas ciudades mayas de Yucatán y tratando de traducir textos mayas con tan poco acierto como su predecesor Brasseur. De este modo, Churchward acabó hondamente fascinado por la mitología, la arqueología y la antropología, y se convirtió en erudito en algunas cuestiones referentes al mundo antiguo, si bien muy a menudo sucumbió a las influencias ocultas o esotéricas, tan en boga en aquella época.

Lo que puso a James Churchward sobre la pista de Mu, según su propio testimonio, se debió a un suceso durante su estancia en la India, donde dijo haber entrado en contacto con un sabio o santón hindú –un rishi– que le proporcionó el acceso a una serie de antiquísimas tablillas de arcilla custodiadas en un templo (al que jamás identificó), y que estaban escritas en una extraña lengua, propia de una hermandad sagrada denominada naacal, de una civilización perdida (o sea, Mu). Acto seguido, estuvo dos años estudiando la lengua de las tablillas y descifrando su significado con la ayuda del iniciado hindú. Sin embargo, el término naacal debía su origen en realidad al ya citado Le Plongeon, que llamó así a los antiguos sacerdotes mayas que habrían extendido la civilización por todos los rincones de la Tierra. A partir de aquí, Churchward hizo las oportunas conexiones y estableció que las tablillas naacales mostraban que la génesis de la civilización maya estaba ligada a Mu como civilización madre de todas las demás.

Así pues, el peso principal de su teoría descansaba en el testimonio arqueológico de dichas tablillas secretas, aunque nadie las había visto por ninguna parte. No obstante, en un golpe de suerte, en 1921, un geólogo y arqueólogo escocés llamado William Niven descubrió unas tablillas similares en México, donde llevaba años trabajando. Concretamente, Niven llegó a desenterrar centenares de inscripciones en piedra (andesita), con unos raros signos o símbolos que no se pudieron interpretar en su momento, pese al intento de varios expertos en la materia. Pero para el incansable Churchward no había duda posible; los símbolos de dichas inscripciones vendrían a ser los mismos que los de sus tablillas naacales. Ahora bien, para complicar más las cosas, estos materiales se perdieron con el paso de los años y sólo se conservaron unos calcos de los originales, con lo cual las sospechas sobre el posible fraude en todo este asunto se dispararon[2].

Una vez llegados a este punto, Churchward ya había recopilado suficiente información sobre Mu y entre 1926 y 1934 escribió cinco libros[3] sobre el continente perdido, teniendo como base argumental el contenido de las mencionadas tablillas sagradas, más un cuerpo de pruebas documentales –antiguos manuscritos– y arqueológicas, principalmente en forma de ruinas dispersas por el Pacífico. Asimismo, Churchward se apoyó en la simbología comparada de las civilizaciones antiguas para demostrar que existía un origen único común para todas ellas. Para no extenderme en demasía ni desviarme en los detalles, resumiré seguidamente la información fundamental sobre Mu que vertió Churchward en sus obras, sobre todo en la primera.

Mapa de Mu, según Churchward
En lo geográfico, Churchward aseguró que Mu había sido una masa continental que ocupaba una enorme porción del Pacífico; sus límites estarían marcados aproximadamente por las actuales islas de Hawaii, Fiji, Marianas y Pascua. No se trataría, empero, de una masa única de tierra sino de tres grandes porciones separadas por canales o mares. Las dimensiones serían en total de unos 8.000 Km. de este a oeste y unos 4.800 de norte a sur.

En Mu, que era en realidad el mítico Jardín del Edén citado por la Biblia, tuvo lugar el origen de la especie humana hace unos 200 millones de años. Churchward describió Mu como un paisaje idílico y exuberante, lleno de vegetación y recursos naturales. Allí llegaron a vivir durante unos 200.000 años más de 60 millones de habitantes procedentes de diez tribus, de razas distintas (si bien la blanca sería la más común), en una civilización avanzada en todos los aspectos y con una tecnología superior a la actual. Los “hijos de Mu” gozaban de buena salud, vivían cientos de años y hasta tenían capacidades psíquicas o paranormales. Churchward afirmó que la ciencia de Mu era la ciencia verdadera y que las modernas visiones sobre nuestro mundo estaban equivocadas en gran medida, destacando su rechazo frontal a la teoría de la evolución de Darwin.

Existían sietes grandes ciudades, que eran centros de cultura, ciencia y religión. Las casas tenían tejados transparentes para recibir la energía de Ra (el Sol). De hecho, los habitantes eligieron a un rey que adoptó el título de “Ra-Mu” y el dominio de Mu se llamó “el Imperio del Sol”. Por lo demás, Mu tenía una gran actividad económica y comercial, y la población más opulenta tenía todos los lujos y placeres a su disposición. Sus barcos surcaban todos los mares del planeta; de hecho, el resto de territorios del mundo eran colonias de Mu, siendo América una de las principales.

Su religión monoteísta fue el fundamento de todas las religiones posteriores. Los habitantes de Mu creían en la inmortalidad del alma y adoraban a un Dios único cuyo nombre no podían pronunciar. Osiris (que según Churchward había vivido hacia el 20000 a. C.) y Jesús habrían predicado esa misma religión. Posteriormente, muchas civilizaciones adoptaron la simbología sagrada de Mu, con especial incidencia en algunos signos como la esvástica, la cruz simple (griega), la cruz de Malta y el disco alado.

Alegoría del cataclismo final
Tras muchos miles de años de civilización, el continente sufrió un primer gran golpe en forma de terremotos y erupciones volcánicas. Hubo una gran destrucción, pero se pudo volver a una cierta normalidad. Finalmente, hace unos 12.000 años, a finales de la última era glacial, el continente resultó completamente destruido y hundido en el océano a causa de un cataclismo de proporciones apocalípticas, debido –según Churchward– a una poderosísima explosión gaseosa subterránea de origen volcánico. Lo único que quedó del continente fue un puñado de islas dispersas por el Pacífico, las cumbres de las antiguas montañas. La mayor parte de la población pereció y los supervivientes de la catástrofe cayeron a un estado de salvajismo. No obstante, unos pocos lograron surcar los mares y colonizaron nuevas tierras, entre ellas Centroamérica, creando así las civilizaciones históricas conocidas.

Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que en su época Churchward no fuese tenido en cuenta por el estamento académico, que le encasilló en el grupo de “iluminados” pseudocientíficos que defendían la existencia de la Atlántida –o cualquiera de sus variantes– y las civilizaciones perdidas. Además, los defensores de la ortodoxia no dieron ninguna credibilidad al hundimiento completo y súbito de un gigantesco continente situado en medio del Pacífico. A este respecto, los estudios oceanográficos de los últimos tiempos no avalan su teoría –a la que dan por geológicamente imposible– y atribuyen la auténtica génesis de las islas del Pacífico al fenómeno del vulcanismo. Por lo demás, aun reconociendo su mención a muchos datos mitológicos y arqueológicos, los detractores de Churchward consideraron que su discurso estaba plagado de especulaciones o fantasías y que Mu no tenía ninguna solidez documental, cuestionando en primer lugar el dudoso origen y paradero de las famosas tablillas naacales.

Símbolo del Cuatro Sagrado (principio cósmico) de Mu
En este punto, podríamos dar carpetazo a la aventura intelectual de Churchward, viendo lo poco fiable de sus fuentes y su indigesta mezcolanza de elementos arqueológicos con elementos más propios del esoterismo teosófico. En este sentido, la obra del supuesto coronel da la impresión de estar a medio camino entre Donnelly –que trató de ser riguroso dentro de su audaz propuesta multidisciplinar– y Madame Blavatsky, con su conocido mensaje místico-esotérico que incluía una completa reinterpretación del origen del hombre y de la civilización. (Dejo aparte otras posibles dudas razonables sobre sus experiencias y hallazgos, en los que pudo haber buena parte de ficción o tergiversación, por no hablar de fraude intencionado). En todo caso, es bien posible que Churchward se dejara llevar por las ideas de Le Plongeon y quisiera hacerse un lugar en la historia de la arqueología “a lo Schliemann”, rescatando del mito a una gran civilización perdida. Hasta qué punto él creía sinceramente en Mu o fue un autoengaño aceptado nunca lo sabremos.

Dicho todo esto, le podríamos conceder a Churchward el beneficio de la duda antes de considerarlo un farsante o un falso científico… o simplemente alguien que metió la pata hasta el fondo. Así pues, estimo que no todo lo que afirmó este pintoresco erudito deba ser tirado a la papelera ni mucho menos. Antes bien, creo que hay algunos elementos interesantes que debemos tener en cuenta y que deberían hacernos reflexionar más allá de que rechacemos la literalidad o integridad del mito de Mu, tal y como él lo presentó. Vayamos por partes.

En el campo estrictamente geológico no voy a entrar, pues es un terreno en el cual soy bastante lego y no tengo elementos de valoración para desacreditar a Churchward, pero tampoco para dar por buena su teoría. He leído algunas opiniones de personas más cualificadas que no estiman imposible un cataclismo gigantesco similar al que puso fin a la Atlántida (un suceso prácticamente idéntico a lo ocurrido con Mu)[4] en función de ciertos procesos geológicos y climáticos, pero insisto en que me resulta complicado evaluar técnicamente los pros y contras. Lo que sí cabe resaltar es que la ciencia oficial moderna es tremendamente reacia a admitir un catastrofismo global en épocas relativamente recientes, con presencia humana sobre el planeta.

Ahora bien, en el ámbito de la mitología y la antropología sí creo que vale la pena sacar a la luz algunos datos relevantes, aunque soy consciente que para el mundo académico mitología y realidad (desde un enfoque histórico-arqueológico) son conceptos opuestos o cuando menos conflictivos entre sí. Para empezar, debemos reconocer que existe una amplia mitología en casi todos los rincones del planeta sobre un cierto Diluvio universal o gran cataclismo en un tiempo inmemorial, que conllevó la destrucción de una Humanidad o una alta civilización. Esta es básicamente la historia que se ha centrado en la Atlántida –sea cual fuere su ubicación– y que ya comenté ampliamente en una antigua entrada. Sin embargo, también es cierto que existen leyendas específicas que podrían referirse a Mu y que hallamos en el propio Pacífico, en Asia y en América.

¿Los ancestros de Mu en forma de moais?
En el caso del Pacífico, para centrarnos en el quid de la cuestión, existen tradiciones y leyendas de muchas comunidades indígenas que nos hablan de que antes que llegaran ellos, las islas habían estado ocupadas por otros hombres o, para ser precisos, por dioses, semidioses o gigantes, descritos a veces como de gran estatura, piel clara y pelo rubio o rojizo, lo cual casa bien poco con las etnias conocidas en época histórica. Por ejemplo, las leyendas de los aborígenes australianos afirman que antes de que ellos poblaran aquellas tierras, los gigantes ya estaban allí. Los nativos hablan concretamente de una época mítica primigenia o Dreamtime (“Tiempo de los sueños”) en la que una raza ancestral de gigantes dio forma al continente y lo llenó de vida vegetal y animal. También en algunos casos se hace referencia a una gran hecatombe que habría acabado con esos seres primigenios y habría obligado a los supervivientes a buscar refugio en alguna isla o en tierras lejanas. Este es el conocido mito de Rapa Nui (o la isla de Pascua), según el cual en tiempos remotos el rey Hotu Matua y unos pocos de sus súbditos llegaron en canoas a la isla tras haber escapado del cataclismo que hundió el continente del que procedían, al oeste, llamado Hiva.

Naturalmente, todo esto es mito y no tiene valor probatorio, independientemente de que forme parte integral de la cultura y el acervo secular de los indígenas. Lo que sí es más tangible es el legado arqueológico de un tiempo muy distante y que podemos apreciar en varias áreas del Pacífico. Me refiero, obviamente, a una serie de monumentos y ruinas –la mayoría de carácter megalítico– que se han atribuido a los antecesores de los modernos indígenas y que ya fueron objeto de atención por parte de Churchward. En general, la ciencia no se ha ocupado demasiado de tales restos, pero la evidencia muestra en muchos casos un paralelismo claro con otros enclaves megalíticos de diversas partes del planeta. Lo que está claro es que resultan unos logros muy impresionantes si se acepta que fueron hechos por unos indígenas que vivían prácticamente en un estadio de salvajismo, con escasas capacidades técnicas y constructivas.

Sólo por mencionar algunos ejemplos:

  • En la isla de Ponape tenemos la ciudad megalítica de Nan Madol, que presenta un conjunto de grandes estructuras sostenidas por bloques de basalto de 50 toneladas o más. El propio Churchward ya se había fijado en este enclave y lo calificó de “santuario de Mu”.
  • En Tianan (islas Marianas) se pueden apreciar dos columnas colosales con unos capiteles semiesféricos en la parte superior. De hecho, se tiene noticia de estructuras semejantes en otras islas del Pacífico.
  • En la isla de Tongatapu (Polinesia) hallamos el arco de Ha’amonga, un trilito colosal de unas dimensiones aproximadas de 5 x 6 x 1,5 metros, que fue erigido –según la leyenda– en un tiempo muy remoto por un semidiós de nombre Maui.
Trilito de Ha'amonga

  • En las islas Palau se pueden observar unos grandes monolitos de basalto, e incluso una gran estructura en forma de terrazas.
  • En Pascua tenemos estructuras megalíticas y los imponentes moais, algunos de enorme peso y altura. Aparte, existen los vestigios de la extraña escritura rongo-rongo, que no se corresponde con nada similar en el Pacífico y sí con la antiquísima escritura del Valle del Indo.
  • En Gunung Padang (Java) podría existir una antigua pirámide escalonada sepultada por los sedimentos. Este lugar ha sido apenas explorado y es objeto de gran polémica, empezando por la datación, que –según el geólogo Danny Natawidjaja– se iría hasta los 26.000 años[5].
  • En Yonaguni (Japón) se hallaron estructuras de aspecto artificial sumergidas a varios metros de profundidad junto a la costa. (Véase el reciente artículo sobre este tema.)
Por tanto, parece evidente que tenemos un cierto vacío sobre una parte de la historia (o prehistoria) del Pacífico, y que algunas verdades o axiomas aceptados hasta la fecha deberían revisarse a fondo. Tal vez no se trate de reivindicar a Churchward y de sacar a Mu del trastero, pero sí de reconocer que algunas de sus observaciones tenían sentido y que se deberían implementar investigaciones geológicas y arqueológicas sin ningún prejuicio a fin de explorar la posibilidad de que en el Pacífico hubiese existido una civilización muy avanzada en una era remota que desapareció por motivos que desconocemos, tanto si aceptamos la hipótesis del gran cataclismo como si no.

Una de las obras de Churchward
Lo que sí sería recomendable es desligar en lo posible la hipótesis de Mu de elementos superfluos, esotéricos o de la New Age, que en vez de ayudar más bien entorpecen cualquier enfoque serio, sobre todo porque ponen en guardia al estamento académico más conservador y provocan rechazo entre los investigadores convencionales. Ahora bien, tampoco conviene enviar a la hoguera a los soñadores y pioneros, porque –con todos sus errores y sesgos– pueden aportarnos nuevas vías de investigación para comprender nuestro pasado y nuestros orígenes. Desde esta perspectiva, estimo que Churchward fue un hijo de su tiempo, de la fascinación por los mundos perdidos y olvidados, de la arqueología romántica y “especulativa”. No obstante, también quiso relacionar el mito con las pruebas y proponer un escenario de difusionismo –tan denostado desde hace décadas– que, como mínimo, merecería un poco más de atención científica.

Para finalizar, me quedo con una idea de Churchward que me llamó la atención por su referencia al mito de la caída del hombre, el eterno retorno y en definitiva la concepción de la historia humana como una serie de grandes ciclos, lo que vendría a ser la conocida teoría de la historia cíclica, defendida por algunos arqueólogos alternativos como Michael Cremo. Según esta visión, en un estadio superior el hombre alcanza un alto grado de conocimiento y conciencia, que le lleva a un paraíso de armonía y plenitud, para después caer al abismo del que debe recuperarse lenta y penosamente hasta volver al punto álgido. Pues bien, James Churchward dijo lo siguiente:

“Las civilizaciones han nacido y han acabado y luego han sido olvidadas una y otra vez. No hay nada nuevo bajo el sol. Lo que es, ha sido. Todo lo que aprendemos y descubrimos ha existido anteriormente. Nuestras invenciones y descubrimientos no son más que reinvenciones y redescubrimientos.”

© Xavier Bartlett 2019 

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

[1] Existe una cierta confusión sobre Lemuria, pues algunos autores la identifican con Mu, ubicándola en el Pacífico. Asimismo, se emplearon otros términos que también podrían identificarse con Mu. Por ejemplo, Blavatsky se refirió al continente de Rutas y Edgar Cayce usó indistintamente los términos Mu, Lemuria, Oz y Zu para mencionar una misma realidad.
[2] Que las tablillas de Niven existieron parece que nadie lo pone en duda, y según la información que he recopilado pudieron ser unas 2.600, lo cual nos recuerda al asunto de las piedras de Ica, con un enorme número de piezas que para muchos hace inverosímil la teoría del fraude, aunque no por más cantidad se debe descartar que se trate de un montaje de grandes proporciones. Lo que resulta un poco extraño es que no tengamos disponible ni una sola de las tablillas de piedra de Niven, muchas de las cuales fueran vendidas por éste.
[3] Estos son los títulos: The Lost continent of Mu, Children of Mu, Sacred Symbols of Mu, Cosmic forces of Mu y The second book of the Cosmic forces of Mu.
[4] En este punto, cabe aclarar que Churchward creía tanto en la Atlántida como en Mu, como dos continentes separados, cada uno en su océano, y consideraba que ambos desaparecieron por el mismo motivo ya explicado.
[5] Las dataciones se obtuvieron por carbono-14 a partir de muestras orgánicas de diversos sondeos. La fecha citada corresponde al estrato de más profundidad alcanzado en los sondeos.

jueves, 20 de junio de 2019

Los secretos del lago Titicaca


En varias ocasiones me he referido aquí al portentoso conjunto arqueológico que forman las ruinas de Tiahuanaco (o Tiwanaku) y Puma Punku, dos enclaves megalíticos que son muestra de una gran civilización andina que desapareció muchos siglos antes del arranque de la civilización inca. ¿Pero cuándo exactamente? De hecho, todavía existe la polémica acerca de la datación de tales restos. Para la arqueología académica, está claro que el gran conjunto monumental es posterior al cambio de era (si bien los precedentes se pueden remontar al 2º milenio a. C.), pero para la arqueología alternativa existen serias dudas al respecto, sobre todo a partir de los conocidos trabajos de Arthur Posnansky, que –mediante métodos arqueoastronómicos– envió la cronología de Tiahuanaco a una fecha aproximada de 15.000 a. C.

Este horizonte prehistórico y antediluviano resulta del todo inverosímil y disparatado para el mundo académico, pero desde el entorno alternativo se continúa defendiendo el concepto de una civilización perdida, con grandes capacidades (sobre todo en la arquitectura), que precedió a las civilizaciones históricas. Y, lo que es más, varios autores del siglo XX –entre los que se contaba el mismo Posnansky– sugirieron que el inicio del proceso de civilización debería trasladarse al Nuevo Mundo, abandonando la clásica visión centrada en Oriente Medio (el Creciente Fértil y Egipto, principalmente). Siguiendo esta propuesta, los alternativos han insistido en que esa civilización primigenia fue destruida por el gran cataclismo –o Diluvio Universal– de hace más de 12.000 años y que apenas quedaron unos pocos rastros o indicios, entre los cuales destacarían los colosales restos megalíticos.

Si nos referimos de nuevo a Tiahuanaco, hace ya un tiempo que vengo recopilando información sobre ese horizonte antediluviano imposible en aquella región, y me gustaría centrarme en este artículo en ciertos aspectos del inmenso lago Titicaca, muy cercano al conjunto arqueológico de Tiahuanaco, para exponer unos hechos poco conocidos y para establecer algunas hipótesis que tal vez nos ayuden a abrir nuevas puertas a la investigación. No obstante, a modo de introducción y contexto, es preciso aportar previamente algunos datos básicos para luego entrar en el análisis del ámbito estrictamente arqueológico.

Islote artificial de los urus (Foto: D. Álvarez)
El lago Titicaca está situado en el altiplano andino, en la frontera entre Perú y Bolivia, a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar. Recibe aguas de más de 25 ríos de la zona y tiene un área de unos 8.500 Km.2, con una profundidad máxima de 281 metros y una media de 107 metros. Presenta dos marcadas extensiones de agua, una más grande al norte (el lago mayor o Chucuito), y otra pequeña al sur (el lago menor o Huiñamarca), separadas por el estrecho de Tiquina. 

Es uno de los lagos más grandes del mundo y es el navegable de mayor altura. En su interior podemos hallar diversas islas, siendo la de mayor tamaño la isla del Sol (con unos 14 Km.2), que pertenece a Bolivia. Algunas de estas islas fueron habitadas desde tiempos inmemoriales por la comunidad aymara, y cabe destacar también la existencia de pequeños islotes artificiales hechos de totora (un tipo de junco), habitados aún en la actualidad por la etnia de los urus.

Mapa del lago Titicaca
En cuanto a su formación, parece ser que se trató de una región que sufrió una fuerte elevación en tiempos remotos (hace unos 100 millones de años como poco), quedando aisladas o suspendidas en los Andes enormes masas de agua marina, como se puede comprobar en la fabulosa cantidad de fósiles que pueden hallarse[1]. Y ya en épocas más recientes, la orografía del terreno nos indica que el lago experimentó importantes fluctuaciones en su extensión debido a drásticos cambios en el medio ambiente. Así, parece que el lago tuvo una mayor extensión y nivel hace miles de años, dando a entender que el Altiplano andino se ha ido elevando gradualmente hasta el momento actual, o bien que las aguas se fueron retirando con el paso de los milenios. Asimismo, algunos expertos creen que el altiplano, en una época inmemorial, estuvo incluso al nivel del mar, y que la zona del lago habría sido entonces un golfo marino.

A partir de aquí, si dejamos la geografía y nos vamos a la arqueología, cabe señalar que varios investigadores han sugerido que el conjunto de Tiahuanaco –que está a unos pocos kilómetros al sur del lago y a mayor altura– pudo un día haber estado situado junto a la misma orilla del lago (o del “mar”), ejerciendo de puerto. El propio Posnansky creía que, en efecto, Tiahuanaco dispuso de ese puerto hacia el 15000 a. C. y por lo menos durante 5.000 años más, el tiempo en que el nivel y extensión del lago se mantuvo estable. En dicha época, la zona propiamente portuaria habría sido lo que hoy conocemos como Puma Punku (“La Puerta del puma”), acondicionada con dos grandes muelles o dársenas artificiales a base de enormes megalitos, y con capacidad para acoger cientos de naves.

Restos megalíticos de Puma Punku (Foto: D. Álvarez)

¿Pero cuál habría sido el origen de la ciudad? Tenemos noticia de una tradición local que conecta el lago con la más antigua mitología sudamericana, en que destacaba la presencia de una divinidad principal llamada Viracocha. Así, los indígenas de la región tenían el recuerdo de un gran diluvio que se llevó por delante la población humana de ese tiempo. Sin embargo, de las aguas surgió Viracocha, que repobló la Tierra con una nueva humanidad y se estableció en la ciudad de Tiahuanaco. Además, existe una vieja leyenda de los citados urus en la que se afirma que, cuando el lago era bastante más grande que en la actualidad, existía una escalera o plataforma que conducía directamente a los grandes templos de la ciudad. Los urus no saben quiénes erigieron las estructuras y estatuas de la Tiahuanaco, pero sin duda no fueron los incas, cosa que los cronistas españoles (Cieza de León, Garcilaso de la Vega) ya pudieron confirmar en el siglo XVI cuando preguntaron a los nativos por el origen de tan excelsas construcciones. Y eso no es todo: los urus también aseguran que bajo el lago yacen las ruinas de una antiquísima ciudad de oro.

A partir de este punto vemos una clara interrelación entre el lago y la ciudad megalítica en tiempos remotos, lo que dio forma a la cultura tiahuanacota. Pero, el asunto se complica cuando en vez de referirnos al entorno del lago, nos fijamos en el interior del propio lago. Así, hace no demasiado tiempo tuve conocimiento de que existían indicios de estructuras en sus zonas superficiales, e incluso en las zonas más profundas. Ello podría sugerir que en una época aún anterior a lo que actualmente vemos en Tiahuanaco y Puma Punku pudo existir otra población que quedó sepultada bajo las aguas del lago, quizá por efecto del gran cataclismo de finales de la última Edad de Hielo. Tras un somero estudio de esta cuestión, fui a parar a un artículo muy interesante y muy completo del investigador independiente Dave Truman, que en su día publicó en Internet[2] con el título The sunken cities of Titicaca: just gilded fables or the relics of an ancient history that is being suppressed? Así pues, toda la exposición –excepto algunos datos o ampliaciones por mi parte–que sigue a continuación se debe al trabajo de recopilación de Truman, que lleva años investigando la civilización ignota de los Andes. Para los interesados en profundizar en este tema, les invito a que visiten su sitio web (www.lostscienceoftheandes.com), donde podrán encontrar mucha y variada información del ámbito de la arqueología sudamericana desde una óptica alternativa.

Templo del Sol en la isla del Sol (lago Titicaca)
Truman pone contexto al tema aludiendo a las fuentes hispánicas, y cita que el propio Garcilaso había visto las ruinas de un templo solar en la isla del Sol, todavía con restos de oro y plata, y que podía rivalizar con el famoso gran templo de Coricancha, en Cuzco (Perú). Asimismo, los nativos hablaron a Pedro Cieza de León acerca de un líder local llamado Zapana, que había regido las ciudades que luego quedaron sepultadas en las profundidades del lago. Esta historia de algún modo fue corroborada en los años 50 cuando un pescador uru reconoció a la exploradora francesa Simone Waisbard que durante una época de fuerte sequía habían quedado al descubierto sobre la superficie las ruinas de una ciudad sumergida que había pertenecido a un tal “Gran Zapana”. Si hacemos ahora un repaso de las investigaciones modernas, Truman nos revela que los primeros estudios metódicos in situ del lago corrieron a cargo del norteamericano E. G. Squire, que en 1877 identificó restos artificiales (sobre todo un gran muro o rompeolas) en las aguas poco profundas del lago, junto a la península Sillustani. En su opinión, dichos restos quedaron sumergidos a causa de un terremoto.

Ya en el siglo XX, en los años 30, un oficial de la armada peruana llamado Antonio Rodríguez Ravitch exploró algunas partes del lago e informó de la presencia de ruinas megalíticas cerca de la isla de Kispinike. Años más tarde, su compatriota el doctor Waldemar Espinoza Soriano alegó haber visto bajo las aguas unos templos realizados con grandes monolitos y los atribuyó a una civilización pre-incaica. Con todo, la exploración integral de las aguas del lago no cobró fuerza hasta los años 50, con la aparición del buceador estadounidense William Mardoff, cuando ya habían empezado a correr historias sobre posibles tesoros sumergidos. Mardoff no halló ningún tesoro (se hablaba en particular de una gran cadena de oro con forma de serpiente), pero sí unos fragmentos de cerámica y –según explicó él mismo en una cena en su honor– las ruinas de una ciudad sumergida, a una profundidad de unos 30 metros. Posteriormente, otra expedición subacuática identificó otros restos de estructuras en el lago menor, cerca de la isla de Simillaque.

Bloques megalíticos de Sacsayhuaman
Con estos precedentes, en las siguientes décadas se intensificaron las exploraciones. El buceador argentino Ramón Avellaneda organizó una expedición en 1966 con el fin de seguir los pasos de Mardoff, pero no hallaron nada ahí donde Mardoff decía haber visto las ruinas. Tras recabar información de los nativos, el equipo de Avellaneda buceó en el otro extremo del lago y a tan sólo 8 metros de profundidad hallaron grandes bloques monolíticos, algunos encajados o interconectados a la manera de un puzle. Esto, según nos recuerda Dave Truman, es precisamente el estilo “poligonal” pre-incaico que podemos observar en Sacsayhuaman y en algunos puntos de Cuzco, y que los Gamarra[3] habían bautizado como estilo Uran Pacha. Pero, además, Avellanada hizo otros interesantes descubrimientos, como una calzada pavimentada que seguía la línea de la costa y un complejo de estructuras con nada menos que unos 30 muros que discurrían en paralelo, separados por unos 5 metros y de una altura aproximada a la de un ser humano. Eso sí, sobre su posible función o utilidad, sólo se podía especular. Lo que resulta sorprendente, a juicio de Truman, es que toda esa información no fue utilizada ni referida por otros investigadores y no están disponibles ni las fotografías ni las filmaciones que se hicieron bajo las aguas.

Acto seguido, a finales de los 60, entró en escena el famoso buceador y oceanógrafo francés Jacques-Yves Cousteau, que montó una ambiciosa expedición con muchos medios técnicos y un equipo de 17 personas, con la participación de un arqueólogo subacuático profesional. Su intención era la de realizar una exhaustiva investigación multidisciplinar, que incluía explorar y documentar las partes más profundas del lago[4]. En la práctica, este equipo topó con muchas dificultades, pues los medios de exploración oceánica (con dos mini-submarinos) no funcionaron bien en el lago, aparte de otros obstáculos que ya habían encontrado los investigadores precedentes: gran cantidad de algas y de totoras y también mucho lodo, con una baja visibilidad a mayores profundidades.

Bloques trabajados hallados por el equipo de Cousteau
Ahora bien, no todo fue frustración, pues el arqueólogo Frédéric Dumas halló diversos bloques de piedra en las aguas superficiales, destacando un bloque de andesita decorado con la figura de una serpiente, muy similar a una típica cobra asiática. Este hallazgo resultaba extraordinario, pues no hay prueba de la presencia de esta especie de serpiente en el continente americano. Aparte, las exploraciones en el lago menor confirmaron la existencia de estructuras con bloques encajados “al estilo Sacsayhuaman”. A este respecto, Truman nos indica que –según unos recientes estudios paleoclimáticos– este lago, Huiñamarca, pudo estar prácticamente seco en el periodo Dryas reciente, y de hecho todavía resulta muy “superficial” en comparación con el lago mayor. De ahí se podría especular con que estas estructuras fueron erigidas entre el 10500 a. C. y el 8000 a. C., en un tiempo en que no había agua en este lago menor[5].

Ya en la última parte del siglo XX prosiguieron los estudios con la intervención del escritor y cineasta boliviano Hugo Buero Rojo, que en 1979 llevó a cabo una exploración del lago, que se plasmó en 1981 en una película titulada El lago sagrado. Buero tropezó con similares dificultades a las padecidas por Jacques Cousteau, pero pudo documentar en el lago mayor algunas vías pavimentadas y grandes muros ciclópeos que serían restos de templos ya destruidos y de un conjunto de estructuras. Y una vez más, a pesar del interés de estos hallazgos, el trabajo de Buero cayó en el olvido y sus materiales no están disponibles al público –al menos en Internet– para su revisión y análisis. Vale la pena destacar este fragmento de un artículo periodístico sobre el contenido de esta película:

“Se hallaron monumentales bloques de piedra que parecen ser muros de templos semidestruidos, caminos enlosados que se pierden en unas cavernas profundas, caminos que se internan en las profundidades del lago.”

Vista del lago desde la isla del Sol (Foto: Dave Truman)
Finalmente, a inicios de este siglo, una organización cultural italiana llamada Akakor Geographical Exploring se propuso explorar metódicamente el lago y aportar certezas desde el punto de vista arqueológico. Así, esta entidad emprendió una expedición científica denominada Atahualpa 2000, que buceó en las aguas próximas a la isla del Sol, hallando a unos 50 metros de profundidad restos de terrazas de cultivo, un muro de contención, una calzada de 700 metros de largo y restos de un posible centro ceremonial. Los arqueólogos al cargo de los estudios reconocieron la importancia del descubrimiento, al que dataron sobre el 2000 a. C. (como máxima antigüedad) y propusieron nuevas exploraciones a mayor profundidad. No obstante, cabe destacar que el experto en arqueología andina y gestor de la zona arqueológica de Tiahuanaco, el boliviano Carlos Ponce Sanguinés, rechazó por completo la artificialidad de estos hallazgos y apeló a una simple confusión.

Más adelante, se implementaron unas nuevas exploraciones en el lago, la Titicaca 2002 y la Akakor 2004. La primera de ellas encontró varios bloques trabajados enlazados entre sí, pero descartó sin demasiados argumentos la existencia de ciudades sumergidas. La expedición Akakor 2004 contó con el apoyo oficial de la armada boliviana y las autoridades culturales de ese país, con cierto despliegue de medios, incluyendo pequeños robots subacuáticos. Así, se pudieron documentar diversos restos a una profundidad de 80 metros, e incluso se pudo fotografiar un gran objeto de oro (¿una estatua o ídolo?) que –inexplicablemente– no fue rescatado por la expedición, alegando que el objeto en cuestión parecía demasiado pesado. Y, por si esto no fuera poco, en una entrevista concedida a un programa informativo italiano, los buceadores del equipo italo-brasileño reconocieron haber grabado un muro caído revestido en oro (y se emitió alguna imagen de tal hallazgo en el programa) y situaron algunos de los hallazgos en un horizonte de más de 5.000 años de antigüedad.

Sin embargo, casi nada de esto se hizo público en las noticias de Bolivia, donde pareció existir cierta incomodidad o discordancia ante los hallazgos. De hecho, en una nota de prensa aparecieron datos contradictorios acerca de la cronología y el significado de los descubrimientos. Por un lado, el arqueólogo boliviano Eduardo Parejo –portavoz del Ministerio de Cultura de su país en este asunto– afirmaba que los restos eran relativamente recientes y que la estatua dorada pudo haber estado alojada en el templo de la isla del Sol, omitiendo cualquier mención al muro recubierto de oro. Por otro lado, se hacía referencia a varias conclusiones del equipo Akakor 2004, según las cuales había claras pruebas de la existencia de una civilización antiquísima (de entre 5.000 y 10.000 años de antigüedad) a una profundidad de unos 100 metros. Además, se sugería que el lago había sufrido fuertes cambios debidos a factores naturales, sobre todo terremotos e inundaciones, que habrían afectado al nivel y extensión de las aguas.

Fragmento de la Fuente Magna con texto cuneiforme
Dave Truman acaba su documento poniendo el énfasis en esta incomodidad científica e incluso en la negación de la evidencia en algunos casos. En este sentido, señala que algunas significativas piezas recuperadas por las modernas expediciones al Titicaca y expuestas en el pequeño museo de la isla del Sol –abierto en 2010 al público– ya no estaban allí en 2016, como pudo comprobar personalmente. Y para remarcar el ambiente de conspiración o encubrimiento, Truman menciona los resultados de una reciente expedición belga-boliviana (2013), la cual –aparte de rescatar de las aguas unos 2.000 pequeños objetos– habría encontrado supuestamente unos relieves en piedra que mostrarían unas figuras humanas muy similares a los semidioses sumerios Anunnaki. Pues bien, pese a que esta información llegó a Internet, actualmente todos los enlaces relacionados con este hallazgo concreto se han desvanecido, según Truman. En fin, no sería la primera vez que los sumerios aparecen en escena en Sudamérica, si recordamos el turbio asunto de la Fuente Magna, un objeto que tiene la consideración de oopart[6].

Hasta aquí el relato de Truman, que nos muestra un panorama bastante claro en cuanto al historial de las exploraciones subacuáticas del lago. No se puede negar que a lo largo de las décadas se han ido encontrando restos artificiales o ruinas en varios lugares del lago y a diversas profundidades, desde prácticamente la superficie hasta los 100 metros por lo menos. Tampoco parecería razonable argumentar que todos esos bloques “fueron arrojados al lago”. Pese a ello, sigue sin organizarse una investigación exhaustiva, continuada y sistemática a cargo del estamento científico y sólo se van realizando intervenciones puntuales y no concluyentes, e incluso controvertidas, como hemos visto. Es obvio que la tarea es grande, compleja y costosa, pero con voluntad y recursos se podría avanzar mucho, aunque a lo mejor tampoco hay demasiado interés por la labor. Por de pronto, sabemos que en la superficie también queda mucho trabajo por hacer. Así, aunque el conjunto de Tiahuanaco y Puma Punku es imponente, en realidad la parte excavada o restaurada sólo representa un 5% de todo el yacimiento. Y si ya en tierra las cosas están como están, todo indica que bajo las aguas no se van a realizar mayores esfuerzos.

Al lector todo esto no le vendrá de sorpresa pues hace poco ya expuse el famoso caso de Yonaguni, que presenta también varios frentes abiertos. Al parecer, el tema de las ciudades sumergidas, ya sea bajo los mares o en este caso bajo un lago, es un asunto poco agradecido y que la arqueología académica prefiere negar, esquivar o minimizar en lo posible. Una vez más, aquí está el fantasma agitado por autores como Graham Hancock, que defienden que las estructuras de piedra sospechosas son en realidad los restos de las ciudades costeras de una civilización ignota que quedaron sepultadas con la crecida de las aguas y otros desastres naturales, como consecuencia del cataclismo global de hace 12.000 años. No voy a extenderme al respecto, pero recuerdo que los indicios de estas supuestas ruinas submarinas los podemos hallar en lugares tan diversos el Caribe, Malta, la India, Taiwán, Japón…

Muro del Kalasasaya (Tiahuanaco)
Si nos fijamos en Tiahuanaco, la situación es aún más confusa y desconcertante, pues si la datación arqueoastronómica de Posnansky fuese correcta, los restos bajo el lago deberían ser lógicamente más antiguos todavía. Así pues, ¿pudo ser Tiahaunaco una continuación de las ciudades que habían quedado bajo las aguas? ¿Daría esto una explicación al mito de Viracocha y su “recreación” de una nueva civilización? No deberíamos descartar esa hipótesis. Además, dado que se ha podido identificar el estilo de construcción Uran Pacha (“poligonal”) bajo las aguas, esto dataría indirectamente el resto de estructuras similares de tipo megalítico que podemos observar en superficie en otros puntos de Sudamérica (e incluso del planeta). Es cierto que no podríamos quizá asignar un horizonte cronológico ajustado, pero desde luego quedaría muy lejos de la civilización inca, a la que erróneamente se han asignado muchos de estos monumentos.

El problema de fondo en todo este asunto no es nuevo. Desde la ortodoxia se defiende una cronología bastante rígida para el poblamiento de América y para el proceso de civilización, en los dos subcontinentes americanos. Todo ello se ha basado en dogmas, tipologías y sobre todo dataciones de Carbono-14, cuya fiabilidad está más que bajo sospecha por diversos motivos de tipo técnico y metodológico, e incluso por las propias tergiversaciones conscientes o inconscientes de los investigadores. Frente a esto, la geología –más otras formas de datación– apunta a otros horizontes, y como mínimo pone en duda los axiomas hasta ahora intocables. Dejamos aparte los casos esporádicos en que han aparecido dataciones extremadamente antiguas, que he comentado ampliamente en este blog, y que han sido ignoradas o negadas por el mundo académico.

Ruinas de Tiahuanaco
En este contexto, el caso del lago Titicaca es otra molesta piedra en el zapato que resulta ya difícil de negar. En el mejor de los casos, aun sin irnos a una distante época antediluviana, los restos subacuáticos ya serían prueba de una civilización extremadamente antigua que obligaría a revisar toda la cronología de la arqueología americana, y ello no parece que sea un plato del gusto del estamento académico, como tampoco lo es admitir –aunque sea parcialmente– el papel del catastrofismo a gran escala en la historia de la Humanidad. Precisamente, es oportuno destacar que, según Posnansky, Tiahuanaco sufrió un gran desastre natural hacia el 11º milenio a. C. Así, la excavación mostró restos diversos entremezclados caóticamente a causa de la crecida súbita y desmesurada de las aguas del Titicaca, supuestamente provocada por movimientos sísmicos, que cubrió la ciudad y arrasó con todo[7]. Desde esta perspectiva, es posible que las ruinas identificadas bajo el lago sean el testimonio de un proceso similar ocurrido mucho tiempo antes.

Para resumir y concluir, tenemos una serie de hechos que, si bien necesitan ser consolidados con nuevas investigaciones, nos ofrecen un panorama inequívoco. Por un lado, los estudios geológicos y paleoclimáticos confirman los avances y retrocesos de las aguas del lago, que pudieron ocurrir de forma gradual pero también de forma brusca en tiempos muy remotos. Por otro lado, resulta evidente que se han identificado estructuras artificiales, aparte de gran cantidad de objetos, a diversas profundidades del lago. Por lo tanto, ya podemos decir el lago sagrado de los urus encierra algo más que leyendas y mitologías. Existen restos sumergidos que con toda probabilidad son más antiguos que la ciudad de Tiahuanaco y que merecen una investigación rigurosa, completa y sin prejuicios, y que sobre todo encare el tema cronológico con una total objetividad y precisión.

Llegados a este punto, se podría empezar a recuperar la herética hipótesis de que existió en América una civilización arcaica muy avanzada en diversos aspectos y que fue víctima de un cataclismo –o una serie de ellos– hasta perderse en el olvido y el mito. Más adelante, el legado de dicha civilización pudo reconstituirse, dando así forma a las varias civilizaciones precolombinas conocidas, muchos siglos o milenios después. Así pues, la comparación o contraste de los restos bajo las aguas del Titicaca con el conjunto de Tiahuanaco y otros yacimientos en superficie debería ofrecer pistas significativas para comprender el origen de la civilización en el continente americano. La verdad está ahí abajo, a unos cuantos metros de profundidad.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / David Álvarez / Dave Truman / archivo del autor



[1] Incluso hoy en día se puede encontrar en el lago cierta cantidad de fauna típicamente oceánica. Además, el agua todavía en la actualidad es ligeramente salina pese a haber trascurrido tantos millones de años.
[2] Fuente: https://grahamhancock.com/trumand2/
[3] Se trata de Alfredo y Jesús Gamarra, padre e hijo, investigadores peruanos que estudiaron especialmente los estilos arquitectónicos del Perú prehispánico.
[4] El documental realizado por Cousteau puede verse en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=o3Cw9mGsea0
[5] Esta propuesta se basa en los estudios del ambientalista boliviano Conde Villareal, que afirma que Huiñamarca estaba del todo seco aproximadamente entre las fechas citadas, que coinciden más o menos con el Dryas reciente.
[6] Se trata de un bol de piedra hallado en 1960 por un indígena en las cercanías del Titicaca y que, aparte de ciertos motivos decorativos, presenta un texto escrito en caracteres cuneiformes arcaicos (proto-sumerio), y que pudo ser traducido como una fórmula ritual o religiosa. El estamento académico lo ignora o lo considera un fraude. 
[7] Posnansky justificó esta interpretación en base a los estratos aluviales que excavó en Tiahuanaco, los cuales presentaban una mezcla desordenada de huesos humanos, utensilios, cerámicas, conchas, flora y fauna acuáticas, etc. También se hallaron cenizas volcánicas, lo que podría indicar la influencia de erupciones volcánicas.