sábado, 26 de mayo de 2018

El paradigma se hunde en el Pacífico


El pasado año publiqué aquí un artículo sobre la crisis que estaba experimentando el paradigma evolucionista a raíz de diversas investigaciones y hallazgos paleontológicos que habían tenido lugar en diversas partes del mundo. El problema se centraba, una vez más, en el origen del ser humano moderno, su relación con el resto de homínidos del género Homo y su difusión por todo el planeta. En cuanto a la cronología, cada vez se iban acumulando más dudas, pues la datación más antigua de Homo sapiens, que venía a situarse en unos 200.000 años[1], quedaba claramente en entredicho al hallarse unos inequívocos restos de humanos anatómicamente modernos en el norte de África con una antigüedad de poco más de 300.000 años.

Sin embargo, el problema cronológico centrado en África no es, ni de lejos, la mayor de las controversias. Desde hace tiempo, ya están apareciendo opiniones y propuestas basadas en restos materiales que cuestionan seriamente la teoría Out-of-Africa, según la cual el proceso de hominización tuvo lugar sólo en África –en concreto en la mitad este y también en el sur– a partir de a unos determinados homínidos (los australopitecinos). De acuerdo con la visión ortodoxa, de unos seres relativamente pequeños, cuadrúpedos y más simiescos que humanos, se fue evolucionando hacia el género Homo, siendo su primer representante el Homo habilis, que sería un ser completamente bípedo, con un cerebro más desarrollado y capaz de realizar unas toscas herramientas de piedra. La línea evolutiva seguiría con la expansión de estos homínidos hacia diversos lugares del planeta, con un progresivo aumento de la talla y sobre todo del cráneo, lo que supone un cerebro mayor y más complejo. Finalmente, el sapiens “surgiría” en África (¡otra vez África!) en una fecha aproximada a la antes citada y se iría expandiendo por toda la Tierra a partir de dos grandes oleadas, hace 130.000 y 70.000 años respectivamente.

Este clásico escenario se ha puesto en entredicho sobre todo en el área del Pacífico, pues los datos recientes apuntan a que el poblamiento de las islas de este gran océano pudo ser mucho más antiguo de lo que se creía hasta hace poco. De hecho, ya expuse en el citado artículo que el investigador independiente Bruce Fenton llegaba a apostar por un origen del hombre moderno en Australasia y no en África, con lo cual el proceso de difusión se habría producido exactamente al revés, de este a oeste. Lo que parece claro, a tenor de hallazgos tan antiguos como el famoso Hombre de Java (o Pitecántropo) y otros producidos durante el siglo XX, es que dentro del propio paradigma ya se insinúa la posibilidad de una especie de evolución regional de homínidos primitivos (Homo erectus o similares) en una vasta región asiática –hasta Extremo Oriente y el Pacífico– que desembocaría en una población de humanos anatómicamente modernos. Dicho de otro modo, tendríamos un hipotético panorama de varias evoluciones biológicas independientes y además en marcos temporales no coincidentes.

Representación de un hobbit
Así las cosas, el Pacífico ha ofrecido uno de los dolores de cabeza más grandes a la ortodoxia evolucionista con el descubrimiento a inicios de este siglo del llamado Homo floresiensis (apodado hobbit), un homínido datado entre unos 100.000 y 13.000 años de antigüedad, sólo identificado en la isla de Flores, cercana a Java. Como ya expuse en un amplio artículo, este pequeño humano de sólo 1 metro de estatura era una aberración para los esquemas establecidos, pues –pese a tener el cerebro poco más grande que el de un chimpancé– era capaz de fabricar herramientas similares a las que hacía el Homo sapiens en Europa y su aspecto general era bastante más humano que simiesco. Se sabe que estaba en Flores mucho antes de la llegada de los sapiens y que convivieron durante unas decenas de miles de años hasta desaparecer por causas desconocidas[2]. En cuanto a su origen y procedencia evolutiva nadie ha sido capaz de dar respuestas fundadas y todo han sido especulaciones, sobre todo para no violentar la teoría evolucionista que habla de homínidos cada vez más inteligentes, altos y de rasgos modernos según avanzaba el proceso evolutivo hasta culminar en el sapiens.

Con todo, el mayor enigma de Flores no son los restos de hobbits, sino otro hallazgo del cual apenas se habla: la cueva de Mata Menge. En dicha cueva se encontraron herramientas líticas similares a las que hacía el hobbit pero de una antigüedad de unos 800.000 años, según datación radiométrica. Lamentablemente, no se hallaron restos de huesos humanos que hubieran podido dar una respuesta sobre los autores de tales utensilios. Por puro prejuicio cronológico se asignaron al Homo erectus, pero no hay ningún resto de erectus en la isla y además no está nada claro que el hobbit fuese una “evolución” del erectus dada su evidente diferencia anatómica y de tamaño. Y por si fuera poco, había otro problema muy gordo en la trastienda: Flores había estado siempre incomunicada de otras islas o masas continentales; o sea, que “alguien” debía haber llegado ahí en una época impensable recurriendo a la navegación marítima, por muy arcaica y precaria que fuera. En su momento, un experto paleontólogo del Museo de Chicago quiso dar carpetazo a esta herejía y concluyó que la datación de Mata Menge debía ser errónea y que los restos se habían de asignar al H. sapiens, saltando de los 800.000 años a los 18.000 aproximadamente.

Isla de Luzón (Filipinas)
Y justamente hace escasas fechas he tenido noticia de otro hallazgo extraordinario muy reciente en el Pacífico, concretamente en la isla de Luzón (Filipinas), a 3.000 kilómetros al norte de Flores[3]. Se trata del descubrimiento de una serie de huesos fosilizados de rinoceronte y de herramientas líticas que lógicamente sólo pueden atribuirse a humanos. Según los restos observados, este yacimiento muestra que un grupo de humanos se dedicó a descuartizar, trocear y consumir un rinoceronte, separando la carne de los huesos e incluso machacando éstos para extraer la medula. No obstante, la sorpresa llegó al realizar las tareas de datación a partir del esmalte dental de los restos de rinoceronte. Según los métodos radiométricos empleados, el rinoceronte debía datarse en unos 709.000 años de antigüedad. Asimismo, las capas geológicas anterior y posterior al nivel de los huesos dieron fechas de 727.000 años y 701.000 años respectivamente, lo que daba un contexto fiable a la datación de los huesos fosilizados. A este respecto, hay que señalar que hasta la actualidad el primer poblamiento humano de las Filipinas se situaba alrededor de los 25.000 años, si bien se había hallado un hueso aislado datado en unos 67.000 años.

Sin embargo, una vez más, no aparecieron en el yacimiento huesos humanos que pudieran aclarar qué humanos moraban en Filipinas en aquellas remotísimas épocas. En todo caso, los expertos ya han descartado al H. sapiens (por razones cronológicas y manteniendo la teoría Out-of-Africa) y se quedan con un posible H. erectus, por la simple razón de que este espécimen ya estaba identificado en aquella región del planeta en esas fechas tan antiguas. Ahora bien, el arqueólogo que lideró las investigaciones en Luzón, Thomas Ingicco (del Museo Nacional de Historia Natural de Paris), no se atreve a saltar a la asignación automática al erectus y prefiere ser cauto en cuanto a la identidad de esos homínidos ignotos, teniendo en cuenta precisamente la inesperada aparición de los hobbits en Flores y sugiriendo que cada isla o región del Pacífico podría haber tenido sus propias singularidades evolutivas humanas.

En cualquier caso, el problema del poblamiento humano del Pacífico prosigue por dos vías. Por una parte, dicho poblamiento se hace cada vez más antiguo, sobrepasando con mucho los postulados clásicos sobre este tema, si dejamos de lado la presencia esporádica de algunos erectus, cuya gran antigüedad ya hace décadas que está bien reconocida. Por otra parte, existe un inmenso interrogante acerca de los autores de las herramientas de Flores y de Luzón, que nos sitúan en un horizonte de 700.000-800.000 años, y que para el paradigma no pueden ser sapiens de ninguna de las maneras, si bien no hay certeza de que fueran erectus.

Restos del Hombre de Java (H. erectus asiático)
En efecto, en este último punto todo se agrava al constatar que los dos territorios en cuestión son islas que no habían estado conectadas a masas continentales, lo cual ha obligado a los especialistas a plantear que de algún modo llegaron allí. Pero ¿cómo? La ciencia sigue poniendo al Homo erectus en un estadio de total primitivismo, aun disponiendo de la habilidad para realizar herramientas líticas elaboradas y de usar el fuego. Sin embargo, su capacidad intelectual sería más bien escasa y muy posiblemente no era capaz de tener un lenguaje articulado. De aquí que nadie le dé capacidades marineras a estos homínidos, pues ello implicaría fabricar botes o balsas y desplazarse a través de los mares, navegando (orientándose) mediante la observación del Sol y las estrellas. Desde luego, no es un escenario imposible pero en la opinión profesional de los expertos parece muy rebuscado. En suma, si bien al Homo sapiens se le adjudican capacidades náuticas en tiempos muy antiguos[4], ningún experto reconoce que homínidos más primitivos (como el erectus) pudieran navegar a ciertas distancias.

Precisamente sobre el caso reciente de Luzón, la paleoantropóloga de la Universidad de Nueva York Susan Antón ha afirmado que no entiende cómo pudo arribar el erectus a las Filipinas en esas fechas tan lejanas y descarta que pudiera navegar en botes. De ahí que, para explicar su presencia en Filipinas, Antón deba recurrir a especulaciones que casi caen en el campo de lo rocambolesco, como sugerir que los erectus fueron llevados allí por un gigantesco tsunami o que llegaron mediante “islas flotantes” de tierra y restos diversos juntados después de un tifón. Una vez más, tal hipótesis no es imposible, pero desde luego resulta extraordinariamente forzada, pensando también en la más que improbable supervivencia en las condiciones descritas. No se trata de unas pocas millas en el mar, sino de largos desplazamientos en un medio que para aquellos homínidos debía ser completamente hostil y desconocido.

El mítico continente de Mu (según J. Churchward)
En cualquier caso, el paradigma parece no querer explorar otras posibilidades, como por ejemplo que existiese una población humana autóctona en el Pacífico desde tiempos muy remotos, lo cual iría directamente en contra de la idea de la “expansión” antigua de los erectus o la más moderna de los sapiens. Este escenario autóctono podría entroncar con las tradiciones y leyendas nativas que hablan de un gran continente en el Pacífico (un concepto que podríamos entroncar con el mito de Mu) y que resultó destruido o hundido  por una catástrofe natural de origen incierto. Desde luego, estaríamos hablando de un escenario especulativo y actualmente falto de pruebas, pero también es cierto que el paradigma se ha limitado a plantear una ocupación humana del Pacífico en fechas tardías y como consecuencia de la famosa segunda oleada migratoria de sapiens, lo que no explica la presencia de unos humanos o humanoides desconocidos en las fechas tan remotas que hemos destacado y que la propia ciencia ha confirmado, a no ser que dejemos de confiar en los métodos radiométricos de datación. De algún modo, esto nos recuerda al marco teórico inamovible del poblamiento humano de las Américas, que el paradigma se empeña en atribuir a otra oleada migratoria de sapiens asiáticos de origen muy reciente, y todo ello a pesar de que existen varios yacimientos en que se percibe actividad humana con una antigüedad que se va a las decenas de miles de años e incluso en ciertos casos puntuales a los cientos de miles de años, como Hueyatlaco, Calico o Toca da Esperança.

Precisamente, para acabar de rematar las incógnitas del Pacífico –con relación a América– cabe señalar que en 1999 se hallaron en Brasil y Colombia más de 50 esqueletos y cráneos humanos de gran antigüedad (unos 12.000 años) que no se correspondían en absoluto con la típica raza mongoloide-asiática, la que supuestamente había atravesado el estrecho de Bering, sino a un tipo mucho más próximo a los aborígenes australianos. Además, dicha población habría precedido a la ocupación humana de Sudamérica, que se produjo unos 3.000 años después, según defiende el actual paradigma. A todo ello deberíamos añadir trazas dispersas y controvertidas de presencia asiática y polinesia en América desde tiempos prehistóricos hasta una gran expedición china del siglo XV, según la teoría del autor Gavin Menzies. En suma, aquí podríamos tener indicios de que el enorme Pacífico no fue una barrera insuperable en tiempos remotos, sino más bien una vía de comunicación, exploración y poblamiento.

Megalitismo en el Pacífico
Por otra parte, el paradigma tampoco ha sabido explicar la presencia de una indiscutible cultura común megalítica en amplias zonas del Pacífico y que llega hasta la propia isla de Pascua con sus imponentes moai. Todo ello se supone que fue obra de los antepasados de los actuales nativos, pero se da por hecho que tales comunidades eran muy primitivas y relativamente salvajes –tal como las descubrieron los navegantes occidentales desde el siglo XVI– y que en modo alguno podían constituir algo que podamos calificar como “civilización”, pues llevaban una vida simple, sin sistema de escritura y sin otros adelantos propios de una sociedad superior al nivel de la Edad de Piedra. No obstante, la construcción de tales monumentos megalíticos –algunos realmente extraordinarios– se hunde en la noche de los tiempos y de hecho los nativos los atribuyen en muchos casos a una raza de gigantes o semidioses[5] que ocuparon las islas mucho antes de que llegaran ellos.

Concluyendo, si los autores de las herramientas de Flores y Filipinas no fueron erectus, ya que presumiblemente no podían navegar, ¿podrían haber sido sapiens? ¿O tal vez algún tipo de hobbits? ¿O tal vez otra rama humana desconocida? Esto resulta una herejía para el paradigma, pero el poder del patrón mental evolucionista es tan grande que impide plantear cualquier escenario alternativo porque todo se ve en función de unos procesos de avance y sustitución de unos humanos más capaces por otros en unos rígidos –aunque cada vez menos– marcos temporales. Pero, ¿y si estuviéramos en el Pacífico ante un abanico de diversas razas humanas, de aspecto anatómico relativamente diverso (incluyendo un volumen craneal dispar), como existe hoy en día? Esto se podría extrapolar a otros escenarios en otras regiones del planeta donde los propios expertos ortodoxos han constatado la convivencia de varias especies de homínidos avanzados y que además se cruzaron entre ellos desde épocas muy distantes (según las estimaciones genéticas realizadas). Con todo, los darwinistas ortodoxos siguen en sus trece, aun a riesgo de acabar hundidos en el Pacífico, o en otros muchos puntos del planeta.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Esta fecha era el resultado coincidente de unos restos de huesos hallados en Etiopía con las cifras arrojadas por las más novedosas técnicas genéticas (del ADN mitocondrial y el llamado reloj molecular).

[2] Cabe reseñar que, según el investigador alternativo Robert Schoch, existen crónicas y tradiciones que hablan de unos humanos pequeños o pigmeos en esa región hasta hace pocos siglos, lo que podría indicar que durante milenios sobrevivió una pequeña población marginal, posiblemente alejada del hábitat de los humanos modernos.

[3] Fuente: www.sciencemag.org

[4] Según estudios recientes, se cree que los hombres de la Edad de Piedra ya pudieron desplazarse en botes en el ámbito del mediterráneo hace unos 130.000 años.


[5] Véase el artículo de este blog sobre la mitología de los gigantes en el Pacífico.

2 comentarios:

José Luis Calvo Zabalza dijo...

Hola buenas, la africanofilia "irracional" que padece el mundo académico seria posiblemente uno de los factores del rechazo de restos humanos o de homínidos muy antiguos fuera del continente africano; de hecho hay indicios y pruebas que la desmontan, ejemplos sobran.
Un saludo y gracias.

Xavier Bartlett dijo...

Gracias José Luis

Totalmente de acuerdo con tu apreciación. Todavía no me explico esa obsesión por África ni la obsesión por mantener el modelo evolutivo, con los rígidos patrones de expansión y sustitución, dentro de marcos temporales que deben casar forzosamente. La propia realidad arqueológica se les está volviendo en contra, y eso sin echar mano de los argumentos y pruebas que esgrimen los alternativos, porque -de confirmarse- acabarían de un plumazo con todo el edificio teórico darwinista.

Saludos,
X.