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sábado, 26 de mayo de 2018

El paradigma se hunde en el Pacífico


El pasado año publiqué aquí un artículo sobre la crisis que estaba experimentando el paradigma evolucionista a raíz de diversas investigaciones y hallazgos paleontológicos que habían tenido lugar en diversas partes del mundo. El problema se centraba, una vez más, en el origen del ser humano moderno, su relación con el resto de homínidos del género Homo y su difusión por todo el planeta. En cuanto a la cronología, cada vez se iban acumulando más dudas, pues la datación más antigua de Homo sapiens, que venía a situarse en unos 200.000 años[1], quedaba claramente en entredicho al hallarse unos inequívocos restos de humanos anatómicamente modernos en el norte de África con una antigüedad de poco más de 300.000 años.

Sin embargo, el problema cronológico centrado en África no es, ni de lejos, la mayor de las controversias. Desde hace tiempo, ya están apareciendo opiniones y propuestas basadas en restos materiales que cuestionan seriamente la teoría Out-of-Africa, según la cual el proceso de hominización tuvo lugar sólo en África –en concreto en la mitad este y también en el sur– a partir de a unos determinados homínidos (los australopitecinos). De acuerdo con la visión ortodoxa, de unos seres relativamente pequeños, cuadrúpedos y más simiescos que humanos, se fue evolucionando hacia el género Homo, siendo su primer representante el Homo habilis, que sería un ser completamente bípedo, con un cerebro más desarrollado y capaz de realizar unas toscas herramientas de piedra. La línea evolutiva seguiría con la expansión de estos homínidos hacia diversos lugares del planeta, con un progresivo aumento de la talla y sobre todo del cráneo, lo que supone un cerebro mayor y más complejo. Finalmente, el sapiens “surgiría” en África (¡otra vez África!) en una fecha aproximada a la antes citada y se iría expandiendo por toda la Tierra a partir de dos grandes oleadas, hace 130.000 y 70.000 años respectivamente.

Este clásico escenario se ha puesto en entredicho sobre todo en el área del Pacífico, pues los datos recientes apuntan a que el poblamiento de las islas de este gran océano pudo ser mucho más antiguo de lo que se creía hasta hace poco. De hecho, ya expuse en el citado artículo que el investigador independiente Bruce Fenton llegaba a apostar por un origen del hombre moderno en Australasia y no en África, con lo cual el proceso de difusión se habría producido exactamente al revés, de este a oeste. Lo que parece claro, a tenor de hallazgos tan antiguos como el famoso Hombre de Java (o Pitecántropo) y otros producidos durante el siglo XX, es que dentro del propio paradigma ya se insinúa la posibilidad de una especie de evolución regional de homínidos primitivos (Homo erectus o similares) en una vasta región asiática –hasta Extremo Oriente y el Pacífico– que desembocaría en una población de humanos anatómicamente modernos. Dicho de otro modo, tendríamos un hipotético panorama de varias evoluciones biológicas independientes y además en marcos temporales no coincidentes.

Representación de un hobbit
Así las cosas, el Pacífico ha ofrecido uno de los dolores de cabeza más grandes a la ortodoxia evolucionista con el descubrimiento a inicios de este siglo del llamado Homo floresiensis (apodado hobbit), un homínido datado entre unos 100.000 y 13.000 años de antigüedad, sólo identificado en la isla de Flores, cercana a Java. Como ya expuse en un amplio artículo, este pequeño humano de sólo 1 metro de estatura era una aberración para los esquemas establecidos, pues –pese a tener el cerebro poco más grande que el de un chimpancé– era capaz de fabricar herramientas similares a las que hacía el Homo sapiens en Europa y su aspecto general era bastante más humano que simiesco. Se sabe que estaba en Flores mucho antes de la llegada de los sapiens y que convivieron durante unas decenas de miles de años hasta desaparecer por causas desconocidas[2]. En cuanto a su origen y procedencia evolutiva nadie ha sido capaz de dar respuestas fundadas y todo han sido especulaciones, sobre todo para no violentar la teoría evolucionista que habla de homínidos cada vez más inteligentes, altos y de rasgos modernos según avanzaba el proceso evolutivo hasta culminar en el sapiens.

Con todo, el mayor enigma de Flores no son los restos de hobbits, sino otro hallazgo del cual apenas se habla: la cueva de Mata Menge. En dicha cueva se encontraron herramientas líticas similares a las que hacía el hobbit pero de una antigüedad de unos 800.000 años, según datación radiométrica. Lamentablemente, no se hallaron restos de huesos humanos que hubieran podido dar una respuesta sobre los autores de tales utensilios. Por puro prejuicio cronológico se asignaron al Homo erectus, pero no hay ningún resto de erectus en la isla y además no está nada claro que el hobbit fuese una “evolución” del erectus dada su evidente diferencia anatómica y de tamaño. Y por si fuera poco, había otro problema muy gordo en la trastienda: Flores había estado siempre incomunicada de otras islas o masas continentales; o sea, que “alguien” debía haber llegado ahí en una época impensable recurriendo a la navegación marítima, por muy arcaica y precaria que fuera. En su momento, un experto paleontólogo del Museo de Chicago quiso dar carpetazo a esta herejía y concluyó que la datación de Mata Menge debía ser errónea y que los restos se habían de asignar al H. sapiens, saltando de los 800.000 años a los 18.000 aproximadamente.

Isla de Luzón (Filipinas)
Y justamente hace escasas fechas he tenido noticia de otro hallazgo extraordinario muy reciente en el Pacífico, concretamente en la isla de Luzón (Filipinas), a 3.000 kilómetros al norte de Flores[3]. Se trata del descubrimiento de una serie de huesos fosilizados de rinoceronte y de herramientas líticas que lógicamente sólo pueden atribuirse a humanos. Según los restos observados, este yacimiento muestra que un grupo de humanos se dedicó a descuartizar, trocear y consumir un rinoceronte, separando la carne de los huesos e incluso machacando éstos para extraer la medula. No obstante, la sorpresa llegó al realizar las tareas de datación a partir del esmalte dental de los restos de rinoceronte. Según los métodos radiométricos empleados, el rinoceronte debía datarse en unos 709.000 años de antigüedad. Asimismo, las capas geológicas anterior y posterior al nivel de los huesos dieron fechas de 727.000 años y 701.000 años respectivamente, lo que daba un contexto fiable a la datación de los huesos fosilizados. A este respecto, hay que señalar que hasta la actualidad el primer poblamiento humano de las Filipinas se situaba alrededor de los 25.000 años, si bien se había hallado un hueso aislado datado en unos 67.000 años.

Sin embargo, una vez más, no aparecieron en el yacimiento huesos humanos que pudieran aclarar qué humanos moraban en Filipinas en aquellas remotísimas épocas. En todo caso, los expertos ya han descartado al H. sapiens (por razones cronológicas y manteniendo la teoría Out-of-Africa) y se quedan con un posible H. erectus, por la simple razón de que este espécimen ya estaba identificado en aquella región del planeta en esas fechas tan antiguas. Ahora bien, el arqueólogo que lideró las investigaciones en Luzón, Thomas Ingicco (del Museo Nacional de Historia Natural de Paris), no se atreve a saltar a la asignación automática al erectus y prefiere ser cauto en cuanto a la identidad de esos homínidos ignotos, teniendo en cuenta precisamente la inesperada aparición de los hobbits en Flores y sugiriendo que cada isla o región del Pacífico podría haber tenido sus propias singularidades evolutivas humanas.

En cualquier caso, el problema del poblamiento humano del Pacífico prosigue por dos vías. Por una parte, dicho poblamiento se hace cada vez más antiguo, sobrepasando con mucho los postulados clásicos sobre este tema, si dejamos de lado la presencia esporádica de algunos erectus, cuya gran antigüedad ya hace décadas que está bien reconocida. Por otra parte, existe un inmenso interrogante acerca de los autores de las herramientas de Flores y de Luzón, que nos sitúan en un horizonte de 700.000-800.000 años, y que para el paradigma no pueden ser sapiens de ninguna de las maneras, si bien no hay certeza de que fueran erectus.

Restos del Hombre de Java (H. erectus asiático)
En efecto, en este último punto todo se agrava al constatar que los dos territorios en cuestión son islas que no habían estado conectadas a masas continentales, lo cual ha obligado a los especialistas a plantear que de algún modo llegaron allí. Pero ¿cómo? La ciencia sigue poniendo al Homo erectus en un estadio de total primitivismo, aun disponiendo de la habilidad para realizar herramientas líticas elaboradas y de usar el fuego. Sin embargo, su capacidad intelectual sería más bien escasa y muy posiblemente no era capaz de tener un lenguaje articulado. De aquí que nadie le dé capacidades marineras a estos homínidos, pues ello implicaría fabricar botes o balsas y desplazarse a través de los mares, navegando (orientándose) mediante la observación del Sol y las estrellas. Desde luego, no es un escenario imposible pero en la opinión profesional de los expertos parece muy rebuscado. En suma, si bien al Homo sapiens se le adjudican capacidades náuticas en tiempos muy antiguos[4], ningún experto reconoce que homínidos más primitivos (como el erectus) pudieran navegar a ciertas distancias.

Precisamente sobre el caso reciente de Luzón, la paleoantropóloga de la Universidad de Nueva York Susan Antón ha afirmado que no entiende cómo pudo arribar el erectus a las Filipinas en esas fechas tan lejanas y descarta que pudiera navegar en botes. De ahí que, para explicar su presencia en Filipinas, Antón deba recurrir a especulaciones que casi caen en el campo de lo rocambolesco, como sugerir que los erectus fueron llevados allí por un gigantesco tsunami o que llegaron mediante “islas flotantes” de tierra y restos diversos juntados después de un tifón. Una vez más, tal hipótesis no es imposible, pero desde luego resulta extraordinariamente forzada, pensando también en la más que improbable supervivencia en las condiciones descritas. No se trata de unas pocas millas en el mar, sino de largos desplazamientos en un medio que para aquellos homínidos debía ser completamente hostil y desconocido.

El mítico continente de Mu (según J. Churchward)
En cualquier caso, el paradigma parece no querer explorar otras posibilidades, como por ejemplo que existiese una población humana autóctona en el Pacífico desde tiempos muy remotos, lo cual iría directamente en contra de la idea de la “expansión” antigua de los erectus o la más moderna de los sapiens. Este escenario autóctono podría entroncar con las tradiciones y leyendas nativas que hablan de un gran continente en el Pacífico (un concepto que podríamos entroncar con el mito de Mu) y que resultó destruido o hundido  por una catástrofe natural de origen incierto. Desde luego, estaríamos hablando de un escenario especulativo y actualmente falto de pruebas, pero también es cierto que el paradigma se ha limitado a plantear una ocupación humana del Pacífico en fechas tardías y como consecuencia de la famosa segunda oleada migratoria de sapiens, lo que no explica la presencia de unos humanos o humanoides desconocidos en las fechas tan remotas que hemos destacado y que la propia ciencia ha confirmado, a no ser que dejemos de confiar en los métodos radiométricos de datación. De algún modo, esto nos recuerda al marco teórico inamovible del poblamiento humano de las Américas, que el paradigma se empeña en atribuir a otra oleada migratoria de sapiens asiáticos de origen muy reciente, y todo ello a pesar de que existen varios yacimientos en que se percibe actividad humana con una antigüedad que se va a las decenas de miles de años e incluso en ciertos casos puntuales a los cientos de miles de años, como Hueyatlaco, Calico o Toca da Esperança.

Precisamente, para acabar de rematar las incógnitas del Pacífico –con relación a América– cabe señalar que en 1999 se hallaron en Brasil y Colombia más de 50 esqueletos y cráneos humanos de gran antigüedad (unos 12.000 años) que no se correspondían en absoluto con la típica raza mongoloide-asiática, la que supuestamente había atravesado el estrecho de Bering, sino a un tipo mucho más próximo a los aborígenes australianos. Además, dicha población habría precedido a la ocupación humana de Sudamérica, que se produjo unos 3.000 años después, según defiende el actual paradigma. A todo ello deberíamos añadir trazas dispersas y controvertidas de presencia asiática y polinesia en América desde tiempos prehistóricos hasta una gran expedición china del siglo XV, según la teoría del autor Gavin Menzies. En suma, aquí podríamos tener indicios de que el enorme Pacífico no fue una barrera insuperable en tiempos remotos, sino más bien una vía de comunicación, exploración y poblamiento.

Megalitismo en el Pacífico
Por otra parte, el paradigma tampoco ha sabido explicar la presencia de una indiscutible cultura común megalítica en amplias zonas del Pacífico y que llega hasta la propia isla de Pascua con sus imponentes moai. Todo ello se supone que fue obra de los antepasados de los actuales nativos, pero se da por hecho que tales comunidades eran muy primitivas y relativamente salvajes –tal como las descubrieron los navegantes occidentales desde el siglo XVI– y que en modo alguno podían constituir algo que podamos calificar como “civilización”, pues llevaban una vida simple, sin sistema de escritura y sin otros adelantos propios de una sociedad superior al nivel de la Edad de Piedra. No obstante, la construcción de tales monumentos megalíticos –algunos realmente extraordinarios– se hunde en la noche de los tiempos y de hecho los nativos los atribuyen en muchos casos a una raza de gigantes o semidioses[5] que ocuparon las islas mucho antes de que llegaran ellos.

Concluyendo, si los autores de las herramientas de Flores y Filipinas no fueron erectus, ya que presumiblemente no podían navegar, ¿podrían haber sido sapiens? ¿O tal vez algún tipo de hobbits? ¿O tal vez otra rama humana desconocida? Esto resulta una herejía para el paradigma, pero el poder del patrón mental evolucionista es tan grande que impide plantear cualquier escenario alternativo porque todo se ve en función de unos procesos de avance y sustitución de unos humanos más capaces por otros en unos rígidos –aunque cada vez menos– marcos temporales. Pero, ¿y si estuviéramos en el Pacífico ante un abanico de diversas razas humanas, de aspecto anatómico relativamente diverso (incluyendo un volumen craneal dispar), como existe hoy en día? Esto se podría extrapolar a otros escenarios en otras regiones del planeta donde los propios expertos ortodoxos han constatado la convivencia de varias especies de homínidos avanzados y que además se cruzaron entre ellos desde épocas muy distantes (según las estimaciones genéticas realizadas). Con todo, los darwinistas ortodoxos siguen en sus trece, aun a riesgo de acabar hundidos en el Pacífico, o en otros muchos puntos del planeta.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Esta fecha era el resultado coincidente de unos restos de huesos hallados en Etiopía con las cifras arrojadas por las más novedosas técnicas genéticas (del ADN mitocondrial y el llamado reloj molecular).

[2] Cabe reseñar que, según el investigador alternativo Robert Schoch, existen crónicas y tradiciones que hablan de unos humanos pequeños o pigmeos en esa región hasta hace pocos siglos, lo que podría indicar que durante milenios sobrevivió una pequeña población marginal, posiblemente alejada del hábitat de los humanos modernos.

[3] Fuente: www.sciencemag.org

[4] Según estudios recientes, se cree que los hombres de la Edad de Piedra ya pudieron desplazarse en botes en el ámbito del mediterráneo hace unos 130.000 años.


[5] Véase el artículo de este blog sobre la mitología de los gigantes en el Pacífico.

lunes, 16 de septiembre de 2013

El oscuro origen del “hobbit”


El estudio de la Prehistoria en la vasta área del sureste asiático y el Pacífico avanzó mucho durante del siglo XX, pero aún hoy quedan bastantes interrogantes por aclarar, empezando por el propio poblamiento de este enorme territorio, que en gran parte es puro océano jalonado de pequeñas y medianas islas, si exceptuamos la gran isla-continente de Australia. Lo que sabemos hasta ahora es que la población de las islas del Pacífico por parte del Homo sapiens se debió iniciar hace unos 50.000 años (si bien se sabe que el Homo erectus ya había poblado mucho antes el sureste asiático) y que a lo largo de muchos siglos las pequeñas comunidades primitivas se habrían ido extendiendo por vía marítima hasta ocupar todas las zonas hoy habitadas por el ser humano. Así, la Polinesia habría conocido la primera presencia humana hace tan sólo 2.000 años y la isla de Pascua hacia el 300 ó 400 d. C.

Lo cierto es que aún se producen en aquellas tierras hallazgos arqueológicos y paleontológicos sorprendentes, como el reciente descubrimiento, en 2003, de una nueva especie de homínido, el llamado Homo floresiensis, cuyos primeros restos (una hembra de unos 30 años) se encontraron en la cueva Liang Bua, en la isla de Flores (Indonesia). Este especimen tenía la apariencia de un humano anatómicamente moderno en muchos aspectos pero con una talla muy reducida –alrededor de 1 metro– por lo que fue apodado “hobbit”. Su cronología se ha fijado entre 90000 a. C y 13000 a. C., según los yacimientos estudiados hasta la fecha.

En cuanto a su origen, a pesar de que se cree que desciende evolutivamente de la población de Homo erectus, tanto su tamaño como su peso y capacidad craneal media (alrededor de 380 cm3) recuerdan a los de los australopitecos más antiguos o incluso a los chimpancés. Los paleontólogos consideran que la adaptación evolutiva a unas condiciones de vida extremas –especialmente la escasez de alimento– pudo empujar a esta especie al enanismo, al igual que ocurre con otras especies de la isla. En todo caso, resulta relativamente curioso que no se haya encontrado en la isla ni un solo ejemplar de Homo erectus, el supuesto antecesor directo.

A este respecto, varios investigadores han apuntado a otros posibles orígenes como el más pequeño Homo habilis o el recién descubierto Homo georgicus, e incluso algún investigador, como Milford Wolpof, se ha atrevido a sugerir que esta especie podría descender directamente de algún australopiteco, que abandonó África en una lejana época. Y tampoco han faltado los que han sugerido la hipótesis de que era un sapiens que habría involucionado –por decirlo así– hacia un ser enano, una especie de pigmeo afectado de microcefalia. Con todo, los estudios anatómicos más recientes parecen alejar al hobbit del H. sapiens (considerándolos dos especies bien diferenciadas) y en todo caso acercándolo más al H. erectus. Sea como fuere, el itinerario evolutivo de esta especie no está claro y cada vez hay más expertos que apuestan claramente por un antecesor aún desconocido para este Homo, ya que consideran que el Homo erectus (o incluso el sapiens) era demasiado grande para haberse convertido en un ser tan pequeño, incluso por degeneración.

Cabe señalar que el estudio de los cráneos ha generado una fuerte disputa científica, ya que algunos científicos insistían en que los individuos hallados no eran más que humanos modernos afectados de enanismo o algún tipo de patología, mientras que otra corriente ­–a la vista de un simple estudio anatómico– defendía que la ausencia de mentón, la peculiar articulación del hombro y otras diferencias de estructura ósea marcaban una clara separación con el sapiens. Además, estos últimos remarcaban el hecho de que al haber aparecido ya varios individuos similares, tantas malformaciones y casualidades no serían creíbles. En todo caso, los análisis realizados mediante tomografía (TAC) de los restos que deja la estructura del cerebro en el endocráneo mostraban que se trataba de un cerebro humano bastante desarrollado, pero simplemente diminuto, y que sus capacidades intelectuales podían haber sido notables. Así, las conclusiones apuntaban a que este homínido, pese a tener esta reducidad capacidad craneal, sería al menos tan inteligente como el Homo erectus si tenemos en cuenta la relación entre el cuerpo y la masa cerebral.

Y por si no hubiera poca polémica, los restos óseos de los hobbits hallados fueron celosamente custodiados por el profesor Teuko Jacob, máximo experto indonesio en evolución, hasta el punto de que los propios descubridores del especimen (los australianos Michael Morwood y Peter Brown) no pudieron tener acceso a los restos hasta un año después de hacerse público el hallazgo. Entretanto, los huesos (que no estaban fosilizados y presentaban una textura muy frágil) sufrieron un deterioro importante a causa de una mala manipulación, lo que lógicamente causó un gran malestar a los investigadores australianos. En fin, un episodio que debería avergonzar a más de uno en el mundo científico.

No obstante, lo que se debe destacar por encima de estas cuestiones es que los restos arqueológicos muestran ciertos conocimientos avanzados por parte del “hobbit”. Precisamente, lo que llama bastante la atención es que esta especie era muy hábil en la fabricación de utensilios líticos, que serían del todo comparables a las realizadas por el Homo sapiens en el paleolítico superior europeo. Se sabe con certeza que el Homo sapiens no pudo producirlas de ninguna manera pues las dataciones de estos utensilios se sitúan sobre los 78.000 años, mucho antes de que los Sapiens llegaran a esta isla.

Ahora bien, la controversia por excelencia sobre el Homo floresiensis tiene que ver con ciertas dataciones desconcertantes (o cronologías imposibles), relacionadas con algunos de los utensilios antes citados. Así, en el yacimiento de Mata Menge (también en Flores, a 50 km. de Liang Bua) se hallaron unas 500 piezas de factura avanzada –muy similares a las atribuidas al Homo floresiensis– y que posteriormente fueron datadas entre 880.000 y 800.000 años, lo que, según la ortodoxia, hace del todo imposible que fueran elaboradas por el Homo sapiens. Lamentablemente, en este yacimiento no se conservaron (o no se hallaron) restos óseos humanos de ningún tipo asociados a las piezas líticas, lo cual abría el abanico de especulaciones sobre quién podría ser el autor de tales utensilios.

Sea como fuere, algunos expertos se apresuraron a considerar que las cronologías podrían estar equivocadas. James L. Phillips, del Field Museum de Chicago, afirmó que los artefactos estaban sobre un sedimento fluvial inestable que se ha desplazado con el tiempo; por tanto, las dataciones obtenidas no tenían fiabilidad. En su opinión, estos artefactos –así como otros del yacimiento de Liang Bua (del Homo Floresiensis)– debían atribuise al Homo sapiens y datarse no más allá del 18000 a. C. Otros investigadores opinaron, en cambio, que las dataciones eran correctas y que tales utensilios debían ser atribuidos al Homo erectus, el cual ya habría tenido capacidad de navegar en épocas tan remotas.

Veamos ahora en resumen los problemas que ha comportado este hallazgo a la ortodoxia evolucionista, que trata de aplicar sistemáticamente sus patrones teóricos (establecidos desde hace un siglo aproximadamente), para solventar las supuestas anomalías, en vez de proponer nuevas teorías que abran nuevas vías de investigación.

Fundamentalmente, tenemos unas herramientas demasiado buenas pero demasiado antiguas, y sin una clara “paternidad”. La ciencia, como en el caso de las huellas de Laetoli, acude al modelo evolutivo establecido: a falta de pruebas, el autor de estos útiles tuvo que ser seguramente el Homo erectus, pues era el único homínido existente en aquella época. No obstante, algunos autores han sugerido que tal vez había hobbits (o sus antecesores directos) en aquel tiempo, y que ellos podían haber elaborado los útiles en cuestión. El problema es que entonces tenemos una especie muy desarrollada (pese a su enanismo) en un arco temporal enorme, desde 800000 a. C. hasta al 12000 a. C. aproximadamente.

Pero la presencia del erectus en Flores sigue siendo un misterio porque todavía no han aparecido pruebas directas de que hubiera llegado a la isla. Pero si los erectus estaban en la cercana Java (cuna del descubrimiento de esta especie, cuando se aún llamaban pitecántropos), no se ve muy claro porque no fueron a parar a Flores. Sin embargo, todos los modelos paleoclimáticos indican que Flores nunca estuvo unida al continente asiático y si bien al Homo sapiens se le adjudican ciertas capacidades marineras ya desde tiempos muy remotos, en cambio, suponer que el erectus podía haber navegado por el Pacífico hace 800.000 años requiere un gran esfuerzo especulativo. En todo caso, los especialistas coinciden en que alguien tuvo que llegar por mar para ocupar la isla y fabricar los utensilios hallados.

Por otra parte, está la insólita aparición de una rama de homínidos que hasta el momento es exclusiva de la isla de Flores, como una burbuja aislada dentro del árbol de la evolución, ya que nadie parece tener una idea sólida del origen genético de esta nueva variedad de Homo, que pese a tener un cerebro muy reducido era capaz de fabricar utensilios altamente sofisticados. Además, si se acepta que pudo ser el autor de las antiquísimas piezas de Mata Menge, rompería varios esquemas establecidos, pues tal destreza no era propia del Homo erectus, su supuesto “antecesor”.

De ahí que rápidamente, como hemos visto en el caso del Profesor Phillips, se caiga en el fácil prejuicio, de que “debe haber un error” y que realmente todas esas herramientas avanzadas son obra de los sapiens que llegaron a la isla (y evidentemente sería un anatema enorme llegar a insinuar que podía haber sapiens pisando la tierra hace 800.000 años...). En una línea parecida están los que, ante tal antigüedad, simplemente han señalado que las herramientas no son de origen antrópico, sino geológico (esto es, natural), un argumento que según Cremo y Thompson se aplicó sistemáticamente durante cierto tiempo para invalidar el hallazgo de útiles de piedra extraordinariamente antiguos, y que estaban en directa contradicción con la teoría de la evolución humana. Este sería el caso, por ejemplo, de los famosos hallazgos de James Reid Moir a inicios del siglo XX en el yacimiento de Red Crag (Gran Bretaña), que pasaron al baúl del olvido por contradecir las tesis imperantes.

Este sería un punto de partida excelente para comentar otros aspectos oscuros de la paleontología, pero lo dejaremos para otro momento...

© Xavier Bartlett 2013

Actualización 2015

Según he podido leer en un reciente artículo del geólogo Robert Schoch, parece ser que hay crónicas de exploradores y comerciantes occidentales del siglo XVII sobre encuentros con seres humanos diminutos en la región de Indonesia, lo cual podría indicar que tal vez se mantuvo allí una población muy marginal de hobbits hasta hace muy pocos siglos. 

Actualización 2017

Según consta en un artículo de la revista Nature de 2016, el equipo del paleontólogo australiano Gerrit van den Bergh ha encontrado en Flores nuevos restos óseos de un homínido de tipo hobbit con una datación de 700.000 años, lo que ya se acercaría a la cronología  de Mata Menge.