lunes, 12 de junio de 2017

Los dioses atlantes del antiguo Egipto



Posiblemente, el autor francés Albert Slosman es un gran desconocido para muchos aficionados a la arqueología alternativa pues nunca tuvo un gran eco mediático o éxito literario, como otros autores populares del género. Sin embargo, su notable aportación heterodoxa a los estudios del antiguo Egipto no se puede pasar por alto, dado que Slosman fue de los escasos investigadores que profundizaron de manera rigurosa en la estela interdisciplinaria marcada por Ignatius Donelly acerca de los orígenes de las antiguas civilizaciones, que –tal como defendió en el clásico Atlantis, the Antidiluvian World– no habrían sido el fruto de una evolución a partir de un estadio anterior más primitivo, sino el legado o herencia de los supervivientes de la Atlántida. 

Por supuesto, todo esto constituye una herejía para la arqueología académica, que considera que la génesis de las civilizaciones –en el Mediterráneo o en otros lugares– se deriva de cierta revolución neolítica propia de cada región. En este sentido, no hay cabida para una gran civilización anterior, la Atlántida o cualquier otra, pues no existen pruebas (supuestamente) de su existencia. Esto, claro está, significa apuntalar el concepto de evolución frente al de involución.

Albert Slosman
Pero empecemos por el principio. Albert Slosman (1925-1981) fue un matemático y analista informático francés, cuyo alto nivel profesional le llevó a colaborar con la NASA en el programa de las sondas Pioneer. Su vida, empero, no fue precisamente fácil ya que durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de la Resistencia y fue capturado y torturado por la Gestapo nazi. Más adelante, fue juzgado por desertor y deportado al Camerún. Asimismo, sufrió dos graves accidentes, uno en 1956 en que estuvo muy cerca de la muerte y otro en 1970, en que quedó varios meses en coma. Como consecuencia de esto, su salud fue más bien frágil y quebradiza, lo que le obligó a mantener a menudo largos periodos de convalecencia. Pero aparte de estas desgracias, las circunstancias de la vida parecieron entrar en conjunción para conducirle a unos intereses y unos estudios bien alejados de su especialidad científica, algo muy similar a lo que le ocurrió a su famoso compatriota y contemporáneo René Schwaller de Lubicz, que también sucumbió al embrujo del antiguo Egipto.

Por ejemplo, estando en Camerún tuvo conocimiento de una mitología local que hablaba de un gran cataclismo ocurrido hacia el oeste, en el Atlántico, por el cual la divinidad habría castigado la impiedad de los hombres provocando el hundimiento de un gran continente. Por otro lado, Slosman realizó sus tesis doctoral sobre Pitágoras, lo que le acercó al antiguo Egipto y sus altos conocimientos. Este afán le hizo viajar a Egipto en diversas ocasiones, a consultar miles de libros de diversas materias y a aprender de forma autodidacta los fundamentos de la lengua jeroglífica. Asimismo, tuvo gran interés en trazar los orígenes del monoteísmo en la Antigüedad, al descubrir que el Egipto faraónico había tenido clara relación con ello.

Pero sin duda el punto crucial de su trabajo fue la elaborada tesis de que el antiguo Egipto, la gran civilización conocida por todos, no había nacido a orillas del Nilo sino en el norte de África. Así, después de inspirarse en la obra de Stéphane Gsell Historia antigua del norte de África, Slosman empezó a componer un escenario en el que los primeros faraones-dioses habrían venido del oeste, esto es, del Atlántico. Sus sospechas se vieron reforzadas en sus estancias por convalecencia en el norte de África, durante las cuales fue recogiendo las múltiples piezas de un complejo rompecabezas.

Como fruto de esta propuesta, Slosman se implicó en la realización de una vasta obra que quedó inconclusa a su muerte y que estaba estructurada básicamente en tres trilogías y una tetralogía. La primera trilogía estaba dedicada a los orígenes de Egipto y comprende sus libros esenciales: El Gran Cataclismo (1976), Los Supervivientes de la Atlántida (1978) e Y Dios resucitó en Dendera (1980). El resto de su obra, que exploraba otros aspectos del antiguo Egipto, del monoteísmo y del cristianismo, quedó prácticamente en estado de proyecto, si bien todavía se publicó material suyo tras su muerte en 1981.

Zodíaco del templo de Hathor (Dendera)
¿Pero en qué se basó exactamente la propuesta de Albert Slosman? Como ya hemos comentado, Slosman adquirió una sólida base de conocimiento egiptológico ortodoxo, pero se fue decantando hacia la heterodoxia cuando contrastó dos elementos principales. Por un lado, la antigua mitología y religión egipcias, expresadas en el lenguaje jeroglífico; y por otro, las diversas pruebas geográficas, filológicas, antropológicas y arqueológicas que identificó en el norte de África en sus viajes. Y todavía habría un tercer elemento esencial, el famoso bajorrelieve del Zodíaco del templo de Hathor en Dendera (Egipto)[1], que le facilitaría importantes datos y vías de investigación.

Fue en una estancia en Marruecos cuando Slosman empezó a construir su herética tesis, que trataba de convertir la antigua mitología egipcia en historia real. De hecho, él ya había identificado algunas curiosas semejanzas entre determinada toponimia marroquí y algunos términos que aparecían en el Libro de los Muertos. Pero una vez en aquel país, los hallazgos y las oportunas conexiones cognitivas se dispararon para acabar creando un escenario del todo revolucionario para la egiptología. Así, Slosman empezó a reconstruir los orígenes de los antiguos dioses egipcios, que en realidad no habrían sido más que los supervivientes de un continente perdido, situado a Occidente, según citaban los propios textos sagrados egipcios. 

En lo que sería la investigación propiamente geológica, geográfica y arqueológica, Slosman identificó en Marruecos trazas de fuertes alteraciones geológicas, incluido un posible vuelco del eje terrestre, con el consiguiente desplazamiento de los polos, lo que vendría a corroborar una hipótesis catastrofista. Asimismo, dio con un lugar llamado Tamanar (al norte de Agadir) que podría ser la mítica Tierra de Poniente egipcia denominada en lenguaje jeroglífico Ta Mana. Además, según le explicaron los ancianos beréberes de la región, ellos descendían de los supervivientes de un continente hundido y que luego se quedaron allí por la riqueza agrícola y minera de la zona. Asimismo, y por mediación de unos geólogos alemanes, localizó un enclave al sur del país que se podría relacionar con el Ta Uz (o Tierra de Osiris), prácticamente en la frontera con Argelia, en pleno desierto del Sahara. Y entre medio de estos dos referentes, Slosman fue hallando restos de una inconfundible intervención humana –tremendamente antigua– en el territorio, en forma de pinturas rupestres, explotaciones mineras, enormes pozos, tumbas “de gigantes”, etc. Y con este escenario supuso que el norte de África occidental había sido una colonia atlante y que los supervivientes del cataclismo se habían ido desplazando de poniente a oriente a lo largo de los siglos.

Texto del Libro de los Muertos
Con esta base sobre el terreno, a Slosman sólo le faltaba relacionar las pruebas físicas con la antigua cosmovisión egipcia. De este modo, fue atando cabos y componiendo una especie de historia de los últimos tiempos de la Atlántida –incluido su terrible final– a partir de la mitología y la religión del antiguo Egipto, así como de los textos funerarios del Libro de los Muertos y muy especialmente de los textos del templo de Hathor en Dendera. En resumen, la visión de Slosman –siempre fundada en su particular interpretación filológica de los jeroglíficos–  nos presenta un mundo desaparecido hace muchos miles de años y que fue tomado como mera mitología por los historiadores occidentales. Lo que voy a exponer seguidamente es un breve compendio de dicha visión.

Según Slosman, hace decenas de miles de años existía un gran continente atlántico llamado en los textos egipcios Ahâ-Men-Ptah, que significa literalmente Primogénito-Durmiente-de-Dios” o “Primer Corazón de Ptah”, si bien dicho nombre sería luego simplificado en el Libro de los Muertos como El Amenta. Además, este nombre nos revela la identidad de la divinidad primigenia, Ptah, y sería el origen de la propia palabra “faraón”, que sería una derivación fonética griega de la expresión Phtah-Ahan (luego Per-Ahâ) o “Hijo de Dios”. Asimismo, la palabra griega Aegyptos (Egipto) se basaba en la expresión original Ath-Kâ-Ptah (“segundo corazón de Dios”), dando a entender que era la segunda tierra divina, posterior a la primera[2].

Pues bien, este continente, que gozaba de un clima templado y de una rica vegetación y fauna, albergaba una avanzada civilización que observaba con detalle el firmamento. Así, después de sufrir un primer hundimiento parcial –en el 21.312 a. C.– a causa de fuertes erupciones volcánicas, los sabios intensificaron el estudio de los astros a fin de poder predecir cataclismos cósmicos, que estarían regidos por ciertas conjunciones basadas en el ciclo precesional. De este modo, llegaron a calcular cuándo iba a producirse el siguiente desastre, tal vez definitivo. Concretamente, hacia el año 10.000 a. C. el sumo sacerdote An-Nu anunció que –de acuerdo con las exactas combinaciones matemáticas celestiales– en un par de siglos se produciría una catástrofe de enormes proporciones que acabaría con Ahâ-Men-Ptah, lo que obligaba ya a preparar un éxodo masivo.

Representación del dios Osiris
Así llegamos al final de la historia de Ahâ-Men-Ptah, cuando Geb y Nut engendran al último rey, Usir (Osiris), así como a sus hermanos Usit, Nekbet e Iset, a los que conocemos mejor por sus nombres helenizados: Seth, Neftys e Isis. Como es sabido, Usir se casaría con su hermana Iset y tendrían como hijo a Hor (Horus). Y siguiendo el relato mitológico, finalmente acabaría por estallar la guerra entre Osiris y Seth, pocos años antes de tener lugar el tremendo cataclismo –el hundimiento completo del continente– que podría término a su civilización.

Slosman, a partir de sus observaciones en el Zodíaco de Dendera, sitúa dicho evento en una fecha exacta, el 27 de julio de 9.792 antes de Cristo, que no es muy distante de la que sugirió Platón en sus famosos diálogos, hacia el 9.600 a. C. El matemático francés coincide también con Platón en la descripción de una destrucción súbita y terrorífica, de la cual sólo pudieron escapar unos pocos supervivientes en unos barcos prácticamente insumergibles llamados mandjit, que fueron a parar a las costas africanas, a la ya citada Tamanar (Ta Mana), que hace 11.000 años habría estado junto al mar (actualmente está a unos 10 kilómetros).

Luego, durante largo tiempo los herederos del pueblo “atlante” permanecieron en el occidente africano esperando el momento propicio, determinado por el pontífice Ptah-Her-Anepu (hijo de Anepu o Anubis), para emigrar hacia el este, la “Marcha hacia la Luz”. Y por fin, los seguidores de Horus se encaminaron hacia oriente donde acabaron por establecerse en lo que hoy conocemos como Egipto en un viaje que duró dos mil años. No obstante, durante esta época habría seguido la inacabable guerra entre el clan de Seth y el de Horus, que se habría prolongado hasta la invasión de Egipto en el siglo VI a. C. por los persas. Y el recuerdo de esta historia milenaria se habría trasmitido al antiguo Egipto gracias a los textos sagrados, escritos en la lengua original a través de los signos jeroglíficos.

I. Donnelly
Si ahora evaluamos el trabajo de Slosman, podemos apreciar esa huella multidisciplinar y erudita típica de Donnelly (el padre de la atlantología) pero también influencias de otras teorías y autores, con especial énfasis en el catastrofismo y la relación entre el ciclo precesional y las eras de nacimiento y destrucción de las civilizaciones, otro asunto harto recurrente en la arqueología alternativa. Pero, ¿hasta qué punto podemos dar validez a las propuestas de Slosman? Por de pronto, la ciencia ortodoxa ignoró completamente sus aportaciones y lecturas personales de los textos jeroglíficos, y más aún por haber recurrido a la Atlántida como hecho real y por haber construido un discurso supuestamente histórico a partir de una interpretación personal de la mitología egipcia. Por otra parte, está el controvertido tema religioso y monoteísta, que para Albert Slosman estaba muy claro: de la religión primigenia atlante se derivaría la antigua egipcia y luego el resto de teologías posteriores. Pero vayamos por partes.

Si empezamos por este último punto, es bien cierto que muchos autores han puesto de manifiesto que la religión egipcia es probablemente la madre de las grandes religiones posteriores como el judaísmo y el cristianismo (y en última instancia el islamismo), dadas las evidentes similitudes en las creencias, los símbolos, los personajes, los relatos, los rituales, etc. Además, según afirma Slosman, está el evidente caso del faraón hereje Akhenatón, que no habría hecho más que intentar recuperar el monoteísmo original de Ptah a través del culto a Atón, superando un falso politeísmo debido a una interpretación sesgada de las antiguas mitologías, que confundían a los personajes atlantes con dioses[3]. Por otro lado, la conocida relación de faraones divinos o semidivinos anteriores a las dinastías “históricas” citada por Manetón y otras fuentes encajaría con un escenario hipotético de supervivientes atlantes reconvertidos en divinidades.
 
Escritura jeroglífica egipcia
En cuanto al tema filológico, aquí radica una parte sustancial de la polémica avivada por Slosman, si bien otros investigadores “no profesionales”, como el norteamericano Clesson Harvey, han coincidido en afirmar que los jeroglíficos llevan 200 años siendo mal interpretados y mal traducidos. De hecho, desde la interpretación realizada por Jean François Champollion en 1822, la egiptología apenas se ha movido de esas bases para la lectura de la antigua lengua egipcia escrita en signos jeroglíficos. Sin embargo, aunque este dato es poco conocido, ya el propio Champollion en sus primeros estudios datados en 1812 afirmó que los jeroglíficos no eran signos fonéticos sino ideogramas que representaban cosas, aunque luego abandonó esta propuesta.

Para Albert Slosman, en los jeroglíficos se podía hallar la antigua lengua primigenia, la que transmitía la tradición sagrada, y que no tenía que ver con la lengua hablada, plasmada en la escritura demótica. Esta lengua original expresada en los jeroglíficos, de hecho, no varió en lo más mínimo a lo largo de miles de años de existencia, a diferencia de la lengua hablada, que fue evolucionando a lo largo de los siglos hasta perderse casi por completo[4].

Finalmente, en el ámbito arqueológico tenemos dos frentes: por un lado, los restos hallados en el norte de África y por otro, los ubicados en el propio Egipto. En lo referente al norte de África, ya se han formulado audaces propuestas de una conexión Canarias-norte de África-Egipto basadas principalmente en coincidencias filológicas y antropológicas. Asimismo, se conocen desde hace tiempo diversas huellas de culturas muy arcaicas que podrían estar relacionadas con el antiguo Egipto, como algunos autores modernos han sugerido (muy especialmente Robert Bauval), indicando que allí hubo una especie de pre-civilización que se fue desplazando hacia el este y acabó por asentarse en el valle del Nilo. Veamos qué dice Bauval al respecto:

“Existe una reconsideración de lo que pueden ser los orígenes de lo que consideramos civilización, pues se ha generado una cierta frontera psicológica entre la fase del Antiguo Egipto histórico y la fase del Antiguo Egipto prehistórico, que los egiptólogos han establecido con un límite temporal alrededor del año 3.100 a. C. Todo lo que se encuentra antes de esta fecha queda fuera de la fase del período histórico del Antiguo Egipto. Esta barrera psicológica es un problema, un lugar donde la arqueología se ha encallado. Yo no veo una prehistoria del Antiguo Egipto y una historia del Antiguo Egipto; más bien veo una gran cadena evolutiva, que probablemente empezó alrededor del 15.000 a. C. aproximadamente, lo que marcaría el origen de la civilización humana. Yo estoy convencido de que tal origen tuvo lugar en la zona subsahariana. Se trataría de una cultura antigua que dejó sus huellas en forma de pinturas rupestres, observaciones astronómicas, domesticación de ganado (mucho antes de la domesticación asiática), etc. Todo esto indica que existió una cultura prehistórica –a la cual llamaríamos civilizada o avanzada– en una etapa en que las condiciones climáticas del Sahara eran diferentes; esto es, cuando esta región era fértil y habitable, con lagos, fauna y vegetación. Creo que ese es el encuadre que hay que darle, y la gran pregunta aquí sería: ¿De dónde provenía esa gente, esa cultura?”[5]

Y si nos trasladamos a Egipto, tenemos obviamente el famoso Zodiaco del templo de Dendera, grabado en una enorme losa de unas 60 toneladas, que ya fue estudiado por la expedición napoleónica de finales del siglo XVIII y que reveló que los antiguos egipcios poseían altos conocimientos astrológicos y astronómicos. Pero sin duda lo más polémico es que el astrónomo francés C. F. Dupuis afirmó que el relieve describía la configuración del firmamento no en la era ptolemaica sino hace unos 12.000 años, con el Sol en la constelación de Leo, si bien es cierto que han habido otras interpretaciones y dataciones. Además, rodeando el Zodiaco se hallaron unos signos jeroglíficos con varias líneas de zigzag, que indicarían una ingente cantidad de agua[6].

Barco "funerario" de Khufu
Por otra parte, está el tema de los barcos atlantes, las naves muy marineras de altas proas llamadas mandjit, según lo narrado por Slosman. Lo cierto es que ya desde época predinástica (Nagada) se encuentran numerosas referencias a estas naves, en forma de pinturas sobre tumbas o sobre piezas de cerámica, que describirían el éxodo de los atlantes tras el cataclismo. Pero no sólo se trata de imágenes, pues también tenemos objetos reales en forma de grandes barcos de madera enterrados en varias localizaciones funerarias, destacando por ejemplo el que se halló junto a la pirámide de Khufu[7] el siglo pasado, y que coincide aproximadamente con lo que se puede ver en las pinturas arcaicas. Asimismo, es muy destacable el descubrimiento de nada menos que una flota de doce barcos de entre 19 y 29 metros de eslora en el gran complejo funerario del faraón de la segunda dinastía Khasekhemwy (o Jasejemuy), datado hacia el 2.675 a. C., justo antes del inicio del Imperio Antiguo.

En estos casos, los egiptólogos han interpretado los hallazgos como barcas solares o funerarias, en las cuales el faraón fallecido viajaba ritualmente al reino del Más Allá a través de los cielos. No obstante, en unos pocos casos aislados han quedado pruebas de que algunos barcos se desplazaron realmente por las aguas, lo que les daría un sentido más funcional y práctico, posiblemente para transportar el cadáver del faraón. De todos modos, la egiptología sigue sin tener demasiado claro el origen histórico y el propósito de estos barcos, que se han datado desde el 3.100 a. C. (el inicio mismo de la civilización egipcia) hasta el 1.800 a. C. aproximadamente. ¿Se trataría todo esto de un recuerdo de los barcos mandjit? Tan sólo podemos especular.

Concluyendo, el escenario propuesto por Albert Slosman es un avance con relación a otras propuestas anteriores que se podrían remontar a Donnelly, pero todavía permanece bajo esa gran incógnita que podríamos llamar “la realidad histórica de la Atlántida”, que a día de hoy sigue siendo un puzzle de cientos de piezas que nadie ha sabido encajar, aunque para la arqueología ortodoxa dichas piezas han sido tergiversadas y no conducen de ningún modo a la Atlántida. Pero el mérito de Slosman está ahí: dejó de ver la mitología como una serie de relatos supersticiosos y empezó a comparar fragmentos de arqueología con fragmentos de mitología para ver si realmente podían casar. Sea como fuere, tendremos que esperar a que nuevas investigaciones y enfoques sin prejuicios acaben de confirmar lo que Slosman apenas pudo esbozar.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente principal: Régulo Rodríguez, M. Albert Slosman y los remotos orígenes de Egipto, del sitio web Historia Antiqua.

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor





[1] Hay que tener en cuenta que, aunque el templo visible hoy en día es de época ptolemaica, era una reconstrucción de un edificio mucho más antiguo, posiblemente reformado o reconstruido en varias ocasiones. De hecho, en un papiro de la época de Khufu (Keops), el faraón ordena la reconstrucción por tercera vez del templo de la Dama del Cielo en Dendera.

[2] De todos modos, los egipcios de la Antigüedad conocían su país como Kem o Kemit, que significa “tierra negra”.

[3] Esto ya fue sugerido por el propio Ignatius Donnelly: que los dioses de las antiguas civilizaciones en todo el mundo antiguo no eran más que el recuerdo distorsionado de los reyes y héroes de la Atlántida.

[4] Sólo el idioma copto, empleado exclusivamente como lengua ritual, pervivió como el último vestigio –aunque muy modificado– de la lengua hablada en el antiguo Egipto.

[5] Extracto de la entrevista concedida por R. Bauval a la revista Dogmacero, n.º 2 (2013)

[6] En Egipto, el agua se representaba con una línea de zigzag, y en plural (“aguas”) con dos, mientras que la crecida del Nilo se mostraba con tres líneas. En el Zodíaco de Dendera se pudieron apreciar hasta ocho líneas, lo que sería una enorme inundación o catástrofe marina.


[7] Se trataba de una nave de madera de cedro desmontada en más de 1.000 piezas y que una vez reconstruida daba una eslora de 43,4 metros y una manga de 5,6 metros.

sábado, 3 de junio de 2017

Caltrans: otra herejía arqueológica en América


Recientemente, los medios de comunicación se hicieron eco del descubrimiento de un yacimiento arqueológico en Estados Unidos de insólita antigüedad, hasta el punto de causar cierto revuelo en la comunidad científica. El motivo de tal revuelo es que el hallazgo, si se llega a confirmar y consolidar, vendría a romper los límites cronológicos aceptados del actual paradigma, que –como ya he citado aquí en muchas ocasiones– sigue sin moverse de su horizonte Clovis o pre-Clovis, que no acepta presencia humana en el Nuevo Continente más allá de 25000 a. C. aproximadamente.

Recreación de un mastodonte americano
Se trata de un yacimiento bautizado como Cerutti Mastodon, situado al sur de California (EE UU), y datado hacia el final del Pleistoceno. Los investigadores estadounidenses que han llevado a cabo las excavaciones han identificado los restos óseos de un mastodonte (mamífero típico de la última edad glacial) que habría sido cazado y despiezado allí por humanos, tal como se puede colegir de las marcas de fractura y percusión en los propios huesos y de la presencia de algunos toscos artefactos de piedra. 

Y en su primera publicación[1], sabiendo que el hallazgo sin duda iba a traer cola, los arqueólogos ya han insistido en que los restos óseos están situados en estratos geológicos inalterados y que la datación radiométrica de éstos –mediante el método Torio-Uranio– arroja una antigüedad de unos 130.700 años. De estos datos deducen que algún tipo de Homo (no se atreven a decir sapiens) campaba por América en tan lejana época y que ello empuja a replantear totalmente la datación del poblamiento humano del continente.

Y como era de esperar, las primeras reacciones ante este hallazgo han ido desde el escepticismo hasta la negación, pasando por la “sorpresa”. Pero realmente esto no es nada nuevo, como bien saben los lectores de este blog, pues existen bastantes más casos de yacimientos americanos datados en fechas aparentemente imposibles que han sido negados, manipulados o marginados por el estamento académico. El más famoso de ellos es quizás el de Hueyatlaco –en México– en que se hallaron unos restos similares (huesos de megafauna e instrumentos líticos) y que se dataron hasta por seis métodos distintos dando una enorme antigüedad, que oscilaría entre los 250.000 y los 400.000 años, y además con una tipología de artefactos muy similar a la del Paleolítico Superior, la realizada en Europa por el hombre de Cro-Magnon[2].

Virginia Steen-McIntyre en Hueyatlaco (años 60)
Ahora bien, mientras se abre esta nueva polémica que ya veremos como acaba, otros restos todavía mucho más heréticos han pasado desapercibidos para la comunidad académica y ya no digamos para el público en general. Me estoy refiriendo al yacimiento de Caltrans, ubicado también en California, del cual no se habla ni mucho ni poco, pese a que fue localizado y excavado ya en los años 90 del siglo pasado. La geóloga Virginia Steen-McIntyre (cuya carrera fue destruida por el affaire Hueyatlaco) consiguió rescatar un informe científico de 1995 sobre este hallazgo y que fue redactado para el Departamento de Transporte de California (abreviado Caltrans, y de ahí la denominación del yacimiento). Lo que sigue a continuación es un breve resumen de los puntos esenciales de dicho documento.

Caltrans está situado junto a una gran vía de comunicación (la State Route 54) en el condado de San Diego y consiste en un yacimiento prehistórico de despiece de mastodontes, como los ejemplos que ya hemos citado. Así, los principales restos óseos hallados eran de un mastodonte americano (Mammut americanum) y no dejaban duda de que fueron huesos manipulados y desplazados por humanos, aparte del hallazgo de numerosos utensilios de piedra empleados en los trabajos de matanza. Como nota curiosa, se encontró un gran colmillo de mastodonte hincado verticalmente en un sedimento de arena fina, aparentemente puesto allí adrede como marcador del lugar.

Reconstrucción del yacimiento de Caltrans (EE UU)
Además se encontraron restos de otros mamíferos como conejos, camellos, lobos, musarañas, perezosos, roedores, ciervos y mamuts, una fauna típica del Pleistoceno en esa región del planeta, todo lo cual ya presagiaba una gran antigüedad para el yacimiento. Y en efecto, las dataciones radiométricas –obtenidas a partir de unas muestras de marfil y de suelos con carbonatos– ofrecieron unos resultados realmente radicales: ¡335.000 años de antigüedad!

Sin embargo, algo extraño sucedió con este informe, pues Charles Repenning, la persona que envió una copia de éste a Virginia Steen-McIntyre, escribió unas notas a mano en el documento sobre ciertas particularidades del propio informe. En primer lugar, en las conclusiones finales no se mencionaba ni una sola vez la presencia del mastodonte en el yacimiento; tan sólo se incidía en la importancia de los hallazgos, con 32 localizaciones de fósiles de vertebrados e invertebrados en el lugar, y tampoco se decía nada sobre los artefactos. En segundo lugar, Repenning observaba que hasta 60 páginas de los apéndices, que versaban sobre la gran diversidad de fósiles de mamíferos hallados, habían sido omitidas. Y finalmente, Repenning se refería a tres hechos que habían tenido lugar después de redactarse el informe: 

  • Él mismo había podido examinar los restos de un roedor, y pudo confirmar que se trataba de una especie extinta (Microtus californicus).
  • Las pruebas disponibles realizadas con Carbono-14 dieron resultado infinito, es decir, que las muestras no se podían medir con este método por que eran demasiado antiguas. (Recordemos que el C-14 no puede medir más allá de unos 50.000 años aproximadamente porque las trazas de carbono medibles son ya prácticamente inexistentes.)
  • Se pudo comprobar que los fragmentos de rocas hallados in situ (usados para elaborar las herramientas de despiece) habían sido rejuntados para rehacer las rocas, que fueron llevadas allí intencionadamente con ese propósito.

En resumen, tenemos la siguiente situación: Aparece fauna del Pleistoceno en un lugar; no pasa nada. Aparecen artefactos (hechos por humanos, lógicamente) en otro lugar; tampoco pasa nada. Pero... como ocurre en los otros yacimientos malditos de América, aquí se da la innegable conjunción de ambos elementos en una misma época, sin que haya pruebas de una contaminación o alteración de los estratos. Por lo tanto, en Caltrans tendríamos otra prueba más de presencia humana contemporánea de una fauna muy antigua (del Pleistoceno) y con unas dataciones que apenas dejan lugar a dudas. El C-14 simplemente falló porque los restos óseos ya estaban mineralizados de tal forma que no tenían ningún rastro de carbono para medir, lo mismo que ocurrió en Hueyatlaco, aunque allí se recurrió al subterfugio de tomar una datación con C-14 de un yacimiento cercano –la barranca Caulapán– para “modernizar” adecuadamente todo el conjunto arqueológico de Valsequillo[3]. De hecho, a día de hoy, las heréticas dataciones de los huesos fosilizados de Valsequillo siguen sin ser aceptadas por una serie de excusas metodológicas y técnicas, pero en realidad por la inconfesable razón de que están asociadas a herramientas realizadas por el hombre. Tan simple como eso.

Recreación de un Homo erectus
Y la cosa tiene no poca importancia, puesto que estaríamos hablando no sólo de que América estaba poblada por seres humanos en unas fechas antiquísimas, sino también de trastocar los esquemas evolutivos más instalados, pues se supone que el Homo sapiens no apareció sobre el planeta antes de hace unos 200.000 años, en sus formas más arcaicas y sólo en África. Esto violentaría el nacimiento del sapiens y su progresiva difusión por los cinco continentes, a menos que pongamos en su lugar al Homo erectus, al Homo neanderthalensis o bien a otro homínido no identificado en América por esas fechas. Lamentablemente, en los yacimientos con estos restos tan anómalos no se han encontrado huesos humanos que nos puedan dar alguna pista sobre qué Homo elaboró los utensilios líticos, aunque si sólo fuera por fechas, los defensores de la ortodoxia apelarían posiblemente al Homo erectus (al que sin embargo se da por extinguido hace unos 300.000 años, con lo cual el caso de Caltrans estaría en el límite de lo aceptable).

En fin, no dispongo de más datos sobre este informe de Caltrans y por qué fue maquillado y mutilado para no levantar ampollas pero no es difícil aventurar que, o bien los arqueólogos no se quisieron complicar la vida y se autocensuraron, o bien alguien en algún puesto administrativo o académico se tomó la molestia de elaborar una versión políticamente correcta. En cualquier caso, a la vista de las pruebas sobre el terreno, no había forma “científica” de encajar el yacimiento en los límites del horizonte Clovis y por consiguiente esta investigación pasó a mejor vida. En consecuencia, se corrió un tupido velo y la noticia fue completamente ignorada por los medios. Eso sí, las noticias arqueológicas y paleontológicas que confirman y reafirman el paradigma –aunque sean meras opiniones o hipótesis– son convenientemente aireadas y promovidas.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente: Pleistocene Coalition News, Volume 9; Issue 1. (January-February 2017)

Fuente imágenes: artículo original / Wikimedia Commons


[1] HOLEN, S. et alii. “A 130,000-year-old archaeological site in southern California, USA”. Nature, 544 (April 2017)
[2] Véase el artículo específico sobre Hueyatlaco de este mismo blog.
[3] Aun así, las dataciones de C-14 resultaron molestas porque el horizonte Clovis se situaba hacia el 10.000 a. C. y las cifras de Caulapán se iban a 22.000 años de antigüedad. Pero todavía se podía admitir hasta cierto punto. Lo que no esperaban de ninguna de las maneras es que las dataciones con otros métodos multiplicaran por 10 la antigüedad de los restos hallados.

martes, 23 de mayo de 2017

¿Casualidades en la historia?


El pasado año publiqué en mi otro blog, Somnium Dei, un artículo sobre ciertas casualidades históricas -centradas en las vidas de dos presidentes de Estados Unidos- que me dejaron realmente sorprendido porque investigando un poco no me imaginé hasta dónde podían llegar las coincidencias. Y todavía me sorprende más que la llamada historia alternativa no haya querido meterse a fondo en este intrigante tema, quizá porque el asunto se va por derroteros metafísicos y "astrológicos" que podrían conducir a conclusiones del todo incómodas. ¿O será el miedo a parecer un chalado, un iluminado o un encantador de serpientes? 

En fin, como a estas alturas ya no creo en el azar ni en el caos, creo que este tema es lo suficientemente serio como para que se aborde sin prejuicios ni sesgos y se empiecen a levantar los velos que ocultan lo que estás detrás del escenario. 


Muy posiblemente la mayoría de las personas habrá oído alguna vez la famosa frase de “La historia se repite”, o aquella de “Nada nuevo bajo el Sol”. Y aun cuando parezca un tópico, hemos de admitir que con el devenir de los siglos se han dado diversos hechos o situaciones muy similares –por no decir idénticas– que dan la impresión de que la historia parece estar regida por una especie de plan cíclico o inteligente en el cual nada es casual ni gratuito. Todo ello por no hablar de felices casualidades, como –por ejemplo– la oportuna aparición de Hernán Cortés en las costas de México en 1519, que era para los aztecas un año Ce-Acatl (“uno-caña”), una fecha sagrada en la cual, según se había profetizado, iba a retornar el dios Quetzalcóatl para poner fin al imperio azteca. Y dicho año fatídico se repetía una vez cada 52 años... ni siquiera dos veces en mismo siglo.

Abraham Lincoln
Pero centrándonos en el terreno de las repeticiones históricas, quisiera referirme ahora a uno de estos sucesos que realmente se sale de lo común, porque en él se dan una serie de datos específicos muy particulares que parecen sacados de la mente de un genial guionista, y sin embargo, son hechos contrastados por la historiografía ortodoxa, sin ningún tipo de manipulación o tergiversación. El caso que expongo seguidamente es el de las increíbles similitudes entre las vidas de dos presidentes de los EE UU, Abraham Lincoln (1809-1865) y John F. Kennedy (1917-1963), que fueron asesinados durante el ejercicio de su cargo, con un siglo de diferencia por medio.

Antes de proseguir, hay que señalar que este tema no es precisamente nuevo, pues se remonta ya a hace medio siglo, cuando –poco después del asesinato de Kennedy– un periódico norteamericano publicó un listado de curiosas coincidencias entre ambos magnicidios. Lo que ha venido después ha sido en cierta manera una especie de leyenda urbana, aumentada desde la irrupción de Internet, en la que algunos hechos se han distorsionado o sacado de contexto, por no hablar de datos que no responden a la verdad.

John F. Kennedy
De todas maneras, los historiadores aceptan que muchos de los datos coincidentes son verídicos, si bien consideran no hay ningún misterio especial en ellos, pues es normal que dos personas dedicadas a la política, y que funcionan dentro de cierto sistema, compartan muchos puntos en común. Sin embargo, algunos investigadores más heterodoxos han profundizado en los datos y han observado que las semejanzas se prolongan mucho más allá de lo que se había dicho en primer término. Así pues, paso a comentar estas coincidencias, agrupadas en cuatro bloques.

En primer lugar, en lo referente a sus datos personales, familiares y vida privada vemos algunas curiosas similitudes: 

  • Ambos presidentes eran el segundo hijo de sus padres, después de una chica. En ambos casos, sus hermanas mayores fallecieron antes de que llegaran a la Casa Blanca. Igualmente, tuvieron dos hermanos menores (Thomas Lincoln y Joe Kennedy) que llevaban el nombre de su padre y que también murieron antes de su nominación a presidente.
  • A los pocos años de nacer los futuros presidentes, sus familias se trasladaron a una población cercana, y luego fueron a vivir a otro estado antes de que cumplieran los diez años.
  • Las familias de Lincoln y de Kennedy procedían originariamente de un suburbio de Boston y sus ancestros se remontaban a Gran Bretaña[1].
  • El hijo de Lincoln, Robert, fue embajador de EE UU en Gran Bretaña y el padre de Kennedy, Joseph, ocupó el mismo cargo en la época de la Segunda Guerra Mundial. Además, Robert Lincoln[2] se graduó en Harvard, fue abogado y Fiscal General, trabajó en los gabinetes de dos presidentes y fue aupado a la carrera presidencial... exactamente igual que Robert F. Kennedy, hermano de John.
  • Las esposas de ambos presidentes (Mary Todd y Jacqueline Bouvier) perdieron algún hijo cuando estaban en la Casa Blanca. Las dos sobrevivieron a sus maridos en 17 años y murieron a una edad muy similar (alrededor de los 64 años). Tras la muerte de sus maridos, vivieron en Europa y en una gran ciudad americana (Chicago y Nueva York, respectivamente) en la que no habían residido nunca antes.  
  • Las dos mujeres tuvieron cuatro hijos y, en ambos casos, dos de ellos no llegaron a la edad de diez años. De los otros hijos, sólo uno de ellos tuvo hijos: Robert Lincoln y Caroline Kennedy, que coincidieron en tener dos niñas y un niño. En cuanto a los hijos más jóvenes, Tad Lincoln y John F. Kennedy Jr., murieron sin descendencia un 16 de julio (de 1871 y 1999).
  • Tanto Lincoln como Kennedy se hicieron famosos por su elocuencia y oratoria. Asimismo, los dos solían contar historias y anécdotas jugosas y citaban con frecuencia pasajes de la Biblia y de las obras de Shakespeare.
  • Los dos estuvieron a punto de morir ahogados en una ocasión: Lincoln en un accidente, y Kennedy en una acción militar.
  • Ambos capitanearon barcos: Lincoln, un barco fluvial y Kennedy, una lancha patrullera militar (PT-109).
  • Lincoln fue muy amigo de un político demócrata llamado Adlai E. Stevenson. Kennedy fue muy amigo de otro político de igual nombre, nieto del anterior.
  • Lincoln y Kennedy tuvieron sendos consejeros personales (o espirituales) con el mismo nombre y apellido: William Graham.
  • Los dos eran descuidados con el dinero. No solían llevar dinero en efectivo y a menudo pedían dinero prestado a sus acompañantes.
  • Según varias personas próximas, los dos presidentes tenían una libido exacerbada (casi adicción sexual) y de hecho, la fama de mujeriego de Kennedy era bien conocida.

En segundo lugar, en lo tocante a su carrera profesional y política, que estuvo marcada por una difícil coyuntura a causa de cuestiones políticas y bélicas (sobre todo la Guerra Civil y la Guerra Fría), los parecidos se suceden en muchos puntos: 

  • Ambos presidentes se mostraron muy comprometidos en la lucha por las libertades y los derechos civiles, en especial por las personas de raza negra. Así, Lincoln mantuvo estrecha relación con el activista Frederick Douglass, y Kennedy con el pastor Martin Luther King. En general, ambos gozaron del favor popular y fueron vistos con recelo por el llamado “establishment”.
  • Los dos sirvieron como oficiales en algún conflicto: Lincoln en la guerra “del Halcón Negro” (contra los indios) y Kennedy, en la Segunda Guerra Mundial.
  • Lincoln mandó apoderarse de Arlington House (Virginia), la casa natal del general Lee, durante la Guerra Civil. John F. Kennedy fue enterrado allí, cuando el lugar ya era el Cementerio Nacional de Arlington[3].
  • Ambos presidentes fueron elegidos para el Congreso en un año 46 (1846/1946).
  • Ninguno de los dos era “favorito” de su partido respectivo; estaban en minoría y se enfrentaron a políticos de mayor edad y más experimentados.
  • Los dos optaron –sin éxito– a la nominación de aspirantes a vicepresidente (Lincoln en 1856, y Kennedy en 1956) por sus partidos. No obstante, en las siguientes elecciones presidenciales, vencieron a los vicepresidentes vigentes (Breckenridge y Nixon, respectivamente) [4]. Así, Abraham Lincoln fue elegido presidente en 1860 y Kennedy en 1960.
  • La secretaria de Kennedy se llamaba Lincoln[5].
  • El oponente político de Lincoln en la Guerra Civil fue el presidente confederado Jefferson Davis. El oficial de policía muerto durante el asesinato de Kennedy se llamaba Jefferson Davis Tippit.
  • Los dos presidentes quisieron frenar el gran poder de los cárteles económicos y financieros y trataron particularmente de liberarse de la tutela de los bancos y de la deuda. Lincoln, tras proclamar la National Banking Act, en 1862, mandó que el Tesoro de los EE UU emitiera billetes gubernamentales libres de intereses, los llamados “green backs”, utilizados principalmente para pagar a las tropas federales. Kennedy decidió hacer lo mismo en 1963 y ordenó imprimir moneda del gobierno, 4.000 millones de billetes llamados “US notes”, poco antes de ser asesinado. En ambos casos, al poco tiempo, los billetes del gobierno fueron retirados de la circulación[6].

En tercer lugar, tenemos las circunstancias de sus respectivas muertes, en las cuales se dan más casualidades:

  • Los dos presidentes fueron asesinados por un “loco solitario” un viernes. En los dos casos habían sido prevenidos por otras personas de no acudir al lugar de los hechos. Previamente, ambos ya habían recibido numerosas amenazas de muerte.
  • Los dos presidentes murieron al ser tiroteados en la cabeza a muy corta distancia[7], y cuando estaban al lado de sus esposas, que resultaron ilesas.
  • Tanto el asesino de Lincoln (John W. Booth) como el asesino “oficial” de Kennedy (Lee H. Oswald) eran sureños y de edad casi idéntica en el momento del crimen. Pero además compartían otras características: perdieron a su padre siendo pequeños, tenían una hermano/a llamada Junius/June, se hirieron accidentalmente al dispararse la pistola que manejaban, habían tomado parte en operaciones de inteligencia militar y los dos llevaban un diario personal que desapareció tras pasar a custodia federal. Y en cuanto a su destino, ambos consiguieron escapar de la escena del crimen pero fueron capturados y tiroteados antes de llegar a juicio[8].
  • En lo referente al atentado y la huida, Booth cometió el crimen en un teatro y fue acorralado en un almacén, mientras que Oswald disparó desde un almacén de libros y fue detenido en un teatro (sala de cine).
  • Por otra parte, Lincoln fue asesinado en el Teatro Ford, mientras que Kennedy fue asesinado en un coche de marca Ford, modelo Lincoln.
  • Las medidas de seguridad en el lugar de los dos asesinatos fueron inusualmente débiles, sobre todo por la ausencia de seguridad cercana a cargo de los guardaespaldas habituales.
  • Tras el asesinato de Lincoln, el sistema telegráfico de Washington D.C. dejó de funcionar, y tras el de Kennedy falló el sistema telefónico, también en Washington D.C.
  • En el día de sus respectivos asesinatos, los dos presidentes llevaban ropa de la firma Brook Brothers.
  • Ambos presidentes no murieron inmediatamente, si bien las heridas eran mortales. La muerte clínica se produjo horas después en Petersen House (Lincoln) y Parkland Hospital (Kennedy). Ambas localizaciones poseen las mismas iniciales.
  • Las dos autopsias fueron llevadas a cabo por médicos militares y se comprobó que los presidentes habían sufrido un gran daño en uno de los dos hemisferios cerebrales a causa del impacto de bala. Además, en los dos casos se extrajeron los cerebros de los cadáveres; de hecho, ambos presidentes fueron enterrados sin este órgano.

Pero las coincidencias no acaban aquí. Vamos a hacer un breve repaso de lo que vino después de los respectivos asesinatos. 

  • Los funerales de ambos tuvieron muchos puntos en común, pero principalmente porque la viuda de Kennedy así lo quiso expresamente.
  • Los dos presidentes fueron reemplazados por sus vicepresidentes, que eran demócratas de origen sureño y compartían el mismo apellido: Johnson. Andrew Johnson llegó a la presidencia en 1865 y Lyndon B. Johnson en 1963. Sus fechas de nacimiento estaban separadas exactamente por un siglo: 1808 / 1908.
 
El asombroso parecido entre los dos presidentes Johnson
  • Asimismo, ambos presidentes eran de origen modesto, hijos de conserjes. Los dos tuvieron dos hijas, eran bebedores y a veces bruscos en el trato, desarrollaron una carrera militar y no optaron a la reelección. Andrew Johnson cayó en desgracia por un proceso de destitución (“impeachment”) y Lyndon Johnson se hizo muy impopular debido a la guerra de Vietnam. Los dos murieron justo 10 años después de las respectivas muertes de Lincoln y Kennedy, y con su fallecimiento no quedó ningún expresidente vivo.
  • Los dos presidentes que sucedieron a los Johnson, Ulysses Grant y Richard Nixon respectivamente, compartían también algunos rasgos: sus madres se llamaban Hannah, sus padres eran metodistas y oriundos de Ohio, ambos fueron elegidos (68) y reelegidos (72) y se vieron envueltos en escándalos políticos (Whiskey Ring y Watergate).

Todavía quedarían otras semejanzas presentadas por ciertos autores que sobrepasan la esfera de los eventos históricos y se introducen en el terreno numerológico, astrológico o simbólico. Sólo a modo de ejemplo, se suele citar la coincidencia en el número de letras de los apellidos presidenciales, la misma disposición de vocales y consonantes en dichos apellidos, el mismo número de letras en los nombres completos de los asesinos, las similitudes entre las cartas astrales de nacimiento y muerte de ambos presidentes, o incluso la influencia de un cierto “ciclo maldito de 20 años”, que habría afectado a ambos presidentes[9]. Y más o menos en la misma línea también se pueden encontrar otros estudios comparativos basados en la creencia en la reencarnación de las almas, como algo real y comprobable. En este campo incluso se han realizado análisis de la fisonomía de los personajes implicados, y ciertamente en algunas ocasiones se pueden apreciar rasgos muy similares que llaman la atención. En fin, sin menospreciar la validez que puedan tener todos estos datos, dejo aparte su valoración porque se escapan de mi entendimiento o capacidad crítica.

Estatua de Lincoln en Washington
En lo que respecta a las múltiples coincidencias de tipo profesional o político, desde luego es razonable pensar que los cargos, fechas o carreras tengan paralelismos evidentes porque el sistema político estadounidense se ha mantenido prácticamente inalterado desde sus inicios y porque dicho sistema “uniformiza” el perfil de presidente o político de alto nivel en muchos aspectos. Esto explicaría en buena parte las semejanzas en el devenir de las trayectorias personales de ambos (y de su círculo próximo), teniendo en cuenta, además, que las personas que han copado las más altas posiciones de poder en los EE UU suelen proceder de una casta o élite que tiene formas de ser y actuar muy similares. 

No obstante, cuando las coincidencias se extienden de manera tan marcada y detallista a situaciones concretas y a características personales (y a todo un conjunto de personajes secundarios, por decirlo así), el simple azar parece demasiado caprichoso como para resultar creíble. Humildemente, no tengo explicación lógica para esa sucesión de repeticiones a no ser que entrásemos en el terreno de lo paranormal o metafísico[10], o bien que planteásemos un escenario de ciclos predeterminados inteligentes, como mencionaba al inicio. Y aun si optásemos por reconocer la hipótesis de la reencarnación, particularmente no veo ningún sentido a repetir exactamente las mismas vidas y situaciones, en las que no parece haber ningún “aprendizaje” o “evolución”.

Para concluir, por encima de todos los hechos paralelos presentados, nos queda el gran interrogante sobre el destino fatal de ambos presidentes, esto es, el motivo último de su asesinato. En este sentido, tanto en el siglo XIX como en el XX se recurrió a complicadas teorías de la conspiración, pues la historia que se vendió oficialmente en los dos casos no resultaba congruente para muchas personas, que no acababan de creer en la simple locura de un exaltado o radical que se oponía a las políticas presidenciales. En el caso de Kennedy, se llegó a hablar de la Mafia, de los castristas, de la CIA... e incluso de la connivencia o participación del vicepresidente Johnson en un complot para sacarse de encima al presidente, exactamente igual como se había sugerido un siglo antes tras el atentado contra Lincoln. Y por si fuera poco, varios autores coinciden en considerar que las dos investigaciones oficiales llevadas a cabo tras los asesinatos parecieron cerrarse de forma precipitada con conclusiones prefabricadas y con el ánimo de echar tierra sobre el asunto. Más de lo mismo.

Realmente, no se sabe aún quién estuvo detrás de ambos crímenes y si de alguna manera fue un golpe de estado o una maniobra política muy meditada y planeada en la cual los ejecutores fueron simples peones. El caso es que, dado que ambos presidentes se mostraron dispuestos a romper moldes y abrir una nueva etapa política, económica y social, no es de extrañar que se crearan poderosos enemigos. El mismo Lincoln dijo en 1865, el año de su muerte: “Tengo dos grandes enemigos: el ejército sureño frente a mí y las instituciones financieras detrás [de mí]. De los dos, el que está detrás es mi mayor adversario.” Así, no es descabellado pensar que los poderes fácticos afectados por las decisiones de ambos presidentes decidieran cortar por lo sano la disidencia de éstos, sobre todo ante la clara amenaza de “producir” dinero gubernamental libre de deuda, como ya se ha apuntado.

JFK en su limusina el día de su asesinato
Y acabo citando un fragmento de un famoso discurso de Kennedy realizado poco antes de ser asesinado sobre el poder de esos poderes fácticos que operan desde las sombras, a veces en forma de sociedades secretas o discretas[11]. En algunas páginas de Internet dicho parlamento está titulado como “el discurso que le costó la vida a John F. Kennedy”: 

«La propia palabra secreto es repugnante en una sociedad libre y abierta; y nos hemos opuesto intrínseca e históricamente a las sociedades secretas, a juramentos secretos, y a procedimientos secretos. Porque nos enfrenta en todo el mundo una conspiración monolítica y despiadada que se basa principalmente en medios encubiertos para expandir su esfera de influencia basada en infiltración en lugar de invasión, en subversión en lugar de libre elección. Es un sistema que ha usado vastos recursos humanos y materiales para construir una maquina eficaz estrechamente tejida que combina operaciones militares, diplomáticas, de inteligencia, económicas, científicas y políticas. Sus errores son enterrados, no salen en los periódicos, sus disidentes son silenciados, no elogiados. No se cuestionan los gastos, no se publican los rumores, no se revelan los secretos. Es por eso que el legislador ateniense Solón decretó como delito que los ciudadanos se desentiendan de las controversias. Pido su ayuda en la tremenda tarea de informar y alertar a la población norteamericana, confiamos que con su ayuda los hombres serán como han nacido, libres e independientes.»

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Referencias

www.rogerjnorton.com
www.abrahamlincoln.org
www.lincoln-institute.org
www.jfklibrary.org
www.jfk.org


[1] Aunque este dato no es muy conocido, algunos investigadores han hecho notar que la gran mayoría de presidentes proceden de familias aristocráticas de Gran Bretaña que emigraron a EE UU en los primeros tiempos. Además, estas familias están emparentadas entre sí, así como con la realeza británica y por ende con la realeza y nobleza europea. Los estudios genealógicos (de la New England Historical Genealogical Society) corroboraron que 33 de los 42 presidentes de los EE UU hasta Clinton descendían del emperador Carlomagno y que 19 de ellos estaban relacionados con el rey Eduardo III de Inglaterra.
[2] Resulta extraordinariamente llamativo que Robert Lincoln estuvo a punto de morir en un accidente de tren y fue salvado por Edwin Booth, hermano del asesino de su padre. (Estos hechos sucedieron antes del asesinato de Abraham Lincoln.)
[3] Se da la circunstancia que la tumba de Kennedy está muy cerca de la de Robert Lincoln, que fue enterrado en Arlington en 1926.
[4] En toda la historia de los EE UU, sólo en estas dos ocasiones los vicepresidentes vigentes que optaban al cargo de presidente fueron derrotados en los comicios.
[5] Se ha dicho en muchas ocasiones que el secretario de Lincoln se llamaba Kennedy, pero eso no es cierto, pues se sabe que los dos secretarios que tuvo se apellidaban Hay y Nicolay. Sin embargo, es cierto que el superintendente de policía de Nueva York que se encargó de la seguridad de Lincoln durante un viaje en 1861 se llamaba John A. Kennedy. Este policía también estuvo implicado en las investigaciones justo después del asesinato de Lincoln.
[6] Lincoln y Kennedy fueron los dos únicos presidentes de EE UU que intentaron llevar a cabo tal iniciativa. (Téngase en cuenta que la actual Reserva Federal no es una institución pública, sino privada, al igual que todos los bancos centrales del mundo.)
[7] Sobre el caso de Kennedy, aunque la versión oficial habla de un tirador con fusil (Oswald) desde una posición lejana, ciertas investigaciones alternativas apuntaron a que más personas dispararon contra el presidente desde distintas posiciones pero que el impacto mortal lo habría provocado un disparo del propio chófer del auto donde viajaba el presidente, tal como se intuye en una filmación de los hechos.
[8] Según otras fuentes, la persona tiroteada no era Booth. El auténtico Booth habría sido sacado de los EE UU por los banqueros Rothschild, que le sufragaron un generoso retiro en Inglaterra.
[9] Este ciclo estaría basado en ciertas conjunciones astrológicas de Júpiter y Saturno. Se habría iniciado con el presidente Harrison, electo en 1840, y habría seguido con los presidentes elegidos cada 20 años a partir de tal fecha. En todos estos casos los presidentes murieron asesinados o por enfermedad antes de acabar el mandato, si bien los conspiracionistas sospechan que algunas esas muertes naturales fueron más bien artificiales. En esta lista se incluirían los intentos de asesinato de Reagan (elegido en 1980) y de G. W. Bush (en 2000).
[10] Sobre esta cuestión, cabe citar la teoría de la sincronicidad de Carl Jung, que sería una respuesta más o menos científica basada en una interconexión de hechos que revelarían la existencia de un marco superior en que todo está relacionado.
[11] Cabe señalar, que tanto Lincoln como Kennedy –al menos oficialmente– no habían pertenecido a la Masonería, a diferencia de muchos presidentes norteamericanos que sí fueron masones (al menos 18).