viernes, 8 de febrero de 2019

El enigma Yonaguni


En el extremo sur del archipiélago de las Ryukyu (Japón) se sitúa la pequeña isla de Yonaguni, muy cerca de la costa de Taiwán. En 1987, un instructor de buceo local llamado Kihachiro Aratake estaba buscando lugares atractivos para excursiones submarinas turísticas cuando identificó, a un kilómetro de la costa y a unos 30 metros de profundidad, una gran estructura regular, como una especie de plataforma escalonada o ziggurat, con unas dimensiones aproximadas de 250 x 100 metros y unos 25 metros de altura. Posteriormente, el lugar fue objeto de investigación por parte del grupo de exploración científica del Centro Geológico Oceanográfico de la Universidad de Ryukyu (en Okinawa). El geólogo Masaaki Kimura –de la citada universidad– se propuso estudiar detalladamente esta estructura submarina y finalmente, tras años de trabajo y más de 200 inmersiones con su equipo, llegó a la herética conclusión de que se trataba de una construcción artificial de muchos miles de años de antigüedad. Así, el lugar concreto donde se halló la estructura pasó a denominarse internacionalmente Iseki Point (Iseki en japonés quiere decir precisamente “ruina” o “monumento”).

A partir de aquí se desató el debate y la polémica, y el tema acabó por llegar al terreno de la arqueología alternativa, concretamente a oídos del famoso investigador escocés Graham Hancock, que propugna la existencia de una civilización muy avanzada que despareció por efecto de un cataclismo global hace unos 12.000 años. Desde entonces, Yonaguni se ha convertido en centro de nuevas controversias y ya es todo un icono de las teorías alternativas, pues este lugar ha sido mostrado como prueba indiscutible de que una gran crecida del nivel de los mares sepultó muchas ciudades costeras de la civilización desconocida. En este artículo trataré de arrojar un poco de luz sobre este asunto a partir de los datos disponibles hasta la fecha y exponiendo los argumentos de todas las partes.

Situación de la isla de Yonaguni
Como ya hemos mencionado, ha sido el profesor Kimura el que más ha estudiado la estructura de Iseki Point y está convencido de que no es una obra de la naturaleza, sino una obra de arquitectura humana, producida por una remota civilización desconocida, posiblemente de origen asiático, lo que ha llevado a muchos a considerar este enclave como “el monumento más antiguo del mundo”. Lo cierto es que en un rápido examen del lugar se puede apreciar una regularidad llena de líneas rectas, formando a veces ángulos rectos, y algunos rasgos que sugieren que la piedra fue trabajada para crear ciertas formas, incluso con cierto grado de tecnología y maquinaria. Pero para sustentar su tesis, el científico japonés se refiere principalmente a que los cinco grandes escalones o terrazas de la estructura –que le dan un aspecto de pirámide o ciudadela– no parecen ser naturales. En su opinión, si la naturaleza hubiera formado esos escalones a través de los milenios deberían haber quedado restos de erosión al pie de la estructura, y no es ese el caso.

Además, Kimura ha identificado otros restos colindantes de carácter megalítico cercanos a la estructura principal y que también podrían ser artificiales, como una forma de anfiteatro o estadio y un reloj solar de piedra que los japoneses llaman Teda-Ishi. Incluso se puede apreciar una especie de camino circular pavimentado que rodea la estructura, lo que podría indicar un uso por parte de seres humanos. Finalmente, Kimura hace hincapié en el hallazgo de algunos artefactos relevantes en aguas de Yonaguni, como tablillas de piedra con grabados, útiles de piedra no pulimentada (datados en unos 10.000 años de antigüedad), rocas grabadas con incisiones y un gran bloque con la figura esculpida de un animal de cuatro patas (¿una tortuga?), por no mencionar otras posibles esculturas o formas artificiales, como drenajes para el agua en la terraza superior, una plataforma o “altar” con un gran bloque de piedra encima[1], o una especie de fosos cilíndricos o “agujeros de poste”, uno de ellos de forma hexagonal. 

"La tortuga": ¿Bloque esculpido?
Y aparte de todo esto, el aspecto general de la estructura recuerda mucho a unas antiguas edificaciones de la cultura Ryukyu, como los castillos de Shuri y Nakagusuku, en Okinawa. Asimismo, se podría buscar una lejana relación entre el mítico continente hundido de Mu (supuestamente en el Pacífico) y el nombre de los primeros emperadores japoneses de épocas prehistóricas, que incluían el término Mu: Jim-Mu, Kam-Mu, etc.

Ahora bien, en el caso de que los restos fueran humanos, se planteaba el problema de datarlos y aquí han habido diversas visiones. En primer lugar, se ha planteado que la ciudadela pudo quedar sumergida al producirse la fuerte subida de los océanos durante el final de la última Edad de Hielo, hace unos 12.000 años aproximadamente. Otra hipótesis apunta a que el hundimiento de la estructura fue más reciente, por efecto de la fuerte actividad sísmica de la zona, que está situada en el llamado “Anillo de Fuego”. La tercera visión combina de alguna manera las dos anteriores, sin que tengamos muy claro si el proceso fue lento o progresivo, o si fue súbito y muy violento.

En todo caso, unas dataciones de carbono-14 realizadas sobre algas coralinas adheridas a la roca dieron una antigüedad de al menos 6.000 años, pero según Kimura la estructura podría ser más antigua, situándose en unos 9.000-10.000 años de antigüedad. En realidad, Kimura argumenta que en su investigación no ha observado efectos de una marcada actividad tectónica o movimiento del terreno (con fallas y discontinuidades), lo que le aleja de la teoría de un gran terremoto. Lo que sí es cierto es que los estudios sobre la crecida de los mares al este del mar de la China parecen confirmar que esa zona quedó sumergida en un periodo comprendido entre el 8.000 a. C y el 6.000 a. C.

En este contexto, Graham Hancock tuvo noticia de este hallazgo en 1996 y decidió investigarlo por su cuenta, como parte de su ambicioso proyecto que se concretó en el exitoso libro Underworld (2002) y una posterior serie documental, y que le llevó a realizar inmersiones en regiones del planeta tan distantes como Malta, el Caribe, la India, Taiwán, etc. Esta investigación tenía por objeto principal recoger pruebas en todos los mares del mundo de la existencia de ciudades sumergidas pertenecientes a su civilización desaparecida por el efecto de un cataclismo global. Así, Hancock apareció por primera vez en Yonaguni en 1997 y de este modo empezó una larga relación con este enclave, que le ha llevado a sumergirse en sus aguas docenas de veces, acompañado de su equipo y de varios expertos.

Al aventurarse en esta investigación, Hancock tomó como referencia los estudios y conclusiones del profesor Kimura, y en sus inmersiones confirmó personalmente las observaciones del científico japonés, si bien quiso ir un poco más lejos y contrastar “sobre el terreno” las visiones académicas con las alternativas, más aún teniendo en cuenta que el estamento oficial ha ignorado o pasado por alto la controversia, alegando que todo lo que se podía ver bajo las aguas era perfectamente natural. Sólo por poner un ejemplo de este rechazo, cabe reseñar que el eminente arqueólogo subacuático británico Nic Flemming no dio ninguna credibilidad a las exploraciones de Hancock, y afirmó rotundamente que “no hay pruebas de que Hancock haya medido, registrado o comprobado datos submarinos por sí mismo, aparte de rascar rocas con un cuchillo.” Para Flemming, Graham Hancock recurre a la especulación y al sensacionalismo, e ignora la investigación ortodoxa subacuática de las últimas décadas, así como una gran cantidad de yacimientos sumergidos bien conocidos. En su opinión, todo lo que se ve en Yonaguni, así como en otros lugares donde ha buceado el investigador escocés, es perfectamente natural y explicable según ciertos patrones geológicos, aunque a veces pueda tener –para los legos en la materia– un aspecto artificial.

Sea como fuere, dado que Hancock popularizó en gran medida el tema de Yonaguni y en su estudio recurrió tanto a especialistas escépticos como a otros más heterodoxos, nos detendremos a comentar los pormenores de su investigación y sus conclusiones... que aún siguen abiertas. En sus primeras inmersiones en Yonaguni, Hancock contó con la opinión de dos de sus colegas más cercanos, el egiptólogo amateur John Anthony West y el geólogo Robert Schoch, el primero de ellos claramente “alternativo” y el segundo más “académico” pero abierto a la heterodoxia, como ya demostró con su datación herética de la Gran Esfinge. West, con su conocimiento de antiguas estructuras megalíticas, se inclinó por apoyar las tesis de Kimura sobre la artificialidad del monumento, sobre todo por la gran cantidad de regularidades y la complejidad de las formas.

Robert Schoch
La opinión de Schoch era más esperada por Hancock –por su bagaje profesional como geólogo– y su primer veredicto (de 1997) se movió entre las dudas, si bien en su primera inmersión reconoció literalmente que “superficialmente tiene el aspecto de una plataforma o parte de una pirámide escalonada, algo como el antiguo templo del Sol cerca de Trujillo, al norte de Perú”[2] y dio la razón a Kimura en cuanto al aspecto artificial de la estructura. Ahora bien, luego dejó claro que lo que se veía bajo las aguas se podía explicar sin problemas en función de procesos naturales conocidos. Así, según Schoch, la geología típica del lugar, compuesta de rocas areniscas y lutitas que se acumulan en capas paralelas, combinada con la acción erosiva de las corrientes y las olas durante milenios podía haber creado la estructura de manera natural hace unos 10.000 años. Además, el geólogo americano insistía en que ni las terrazas eran perfectamente horizontales ni los escalones estaban “cortados en vertical a 90º”. No obstante, admitía que nunca antes había visto un paisaje natural tan peculiar, con todas esas características juntas en un solo enclave.

Así las cosas, y pese a haber realizado más inmersiones en la zona en años posteriores, Robert Schoch nunca se ha acabado de mojar (nunca mejor dicho en este contexto) en uno u otro sentido. Por un lado, seguía considerando que las formas regulares se debían a agentes naturales, sobre todo al observar los rasgos geológicos de la costa y la facilidad con que la arenisca se parte en lechos horizontales, creando esas regularidades que parecen ser obra del hombre, potenciadas por una gruesa capa de algas, corales y esponjas. Por otro lado, después de contrastar su visión con la de Kimura, no descartaba que el monumento, de origen natural, pudiera haber sido modificado parcialmente por el ser humano, lo que viene a ser una tesis “intermedia”, que podría ser razonable y aceptable para Hancock y otros autores alternativos. Así pues, Schoch sugería que los habitantes de la isla pudieron haber esculpido o tallado una estructura natural existente, que más tarde quedó sumergida. En cuanto a su propósito, Schoch sólo podía especular con que fuese una cantera, un muelle para barcos, o incluso un observatorio astronómico, idea tomada directamente de Hancock.

Aspecto de una de las terrazas del monumento (foto: V. Lou)
Más adelante, en 2001, Hancock solicitó la colaboración del reputado geólogo alemán Wolf Wichmann, que ya había estado en Yonaguni en 1999 para un reportaje de la revista Der Spiegel. Wichmann recogió el guante y así pues realizó varias inmersiones en Yonaguni junto al investigador escocés para contrastar sus puntos de vista. En este caso, Wichmann fue más contundente que su colega Schoch y no observó el más mínimo rastro de intervención humana. En su opinión, todo el paisaje submarino de Yonaguni era perfectamente natural y no había ningún “templo gigantesco”, sino un típico lecho marino de arenisca conformado en escalones o terrazas, creadas por el efecto combinado de fisuras horizontales y rupturas verticales. En cuanto a la amplia plataforma superior, simplemente se trataría de una llanura erosionada, formada por la acción directa del flujo de las olas. Asimismo, Wichmann no apreciaba ningún trabajo mecánico de la piedra, pues tal operación habría dejado unas marcas características (ranuras, cortes, grietas...) que él no había detectado. De todos modos, Wichmann, al igual que Schoch, también reconocía que no había visto juntas previamente todas esas peculiaridades observadas en Yonaguni.

¿Y qué dicen a todo esto los arqueólogos? Según comenta Hancock, pocos son los que se han pronunciado –todos ellos en contra de la artificialidad del monumento– y eso teniendo en cuenta que su veredicto se ha fundado exclusivamente en el examen de las fotos o vídeos disponibles. El único arqueólogo profesional que se ha sumergido en Yonaguni es un conocido de Hancock, que compartió con él algunas inmersiones en la costa oeste de la India, a la búsqueda de restos de ciudades sumergidas. Este profesional, llamado Sri Sundaresh, pertenece al NIO (National Institute of Oceanography), con sede en la ciudad de Goa (India), y estuvo buceando en Yonaguni el año 2000. La investigación contó, además, con el apoyo técnico de un vehículo submarino a control remoto dotado de sónar lateral y de ecosonda.

Maqueta del monumento principal
El dictamen de la exploración, recogido en un breve informe oficial, avalaba la tesis de Kimura, dando por hecho que la estructura, que incluye también un canal (el “camino”), es indudablemente de factura humana, realizada a partir de la talla de una enorme formación rocosa, y posiblemente se tratase de un muelle o embarcadero.

Asimismo, Sundaresh destacaba otros rasgos que ya habían sido advertidos por Kimura y Hancock: una gran escultura de una cabeza humana (con ojos y boca claramente distinguibles), una especie de túnel formado por bloques megalíticos, dos monolitos paralelepípedos de gran tamaño y peso (unas 100 toneladas), y unas cuevas cercanas con algunas incisiones o grabados en su interior.

¿Regularidad natural o artificial?
Lo cierto es que Hancock ha observado que tanto Iseki Point como sus alrededores contienen una serie de rasgos atípicos que a su juicio difícilmente pueden ser naturales y que merecerían estudios arqueológicos sin prejuicios. A su favor, cabe decir que todas sus observaciones están bien fundadas y razonadas y que el geólogo Wichmann en más de una ocasión hubo de admitir que no tenía una respuesta clara para explicar ciertos fenómenos supuestamente naturales[3]. Así, en varios momentos el científico alemán tuvo que recurrir a teorías geológicas generales –sobre todo incidiendo en el poder de las fuerzas erosivas a lo largo de los siglos– o simples hipótesis sobre cómo se había formado tal o cual estructura o cómo habían ido a parar algunos megalitos a su posición actual. Hancock escuchó con mucha atención a Wichmann en todos los puntos de disputa y aceptó algunos de sus planteamientos, concediendo que algo que parecía artificial podría haber sido realizado igualmente por la naturaleza en determinadas condiciones. Aún así, Wichmann reconoció que no podía descartar al 100% que no hubiera habido algún tipo de participación humana, por aquella lógica científica de que “es absurdo intentar demostrar que algo no existe”. Es algo tan obvio que cae por su propio peso y no merece más comentario.

Al final, ambos siguieron manteniendo sus posturas de partida, como era de esperar. Hancock jugó a ser un investigador atrevido y especulativo, en tanto que Wichmann tomó el papel académico de cauteloso abogado del diablo y super-escéptico. Eso sí, Hancock quiso curarse en salud y después de haber recibido tantos ataques en su carrera a causa de sus controvertidas afirmaciones, dejó por escrito en Underworld que ninguna prueba disponible hasta la fecha era lo suficientemente potente o representativa para inclinarse por una u otra versión y que él personalmente no iba a postular firmemente que los restos subacuáticos de Yonaguni habían sido tallados por la mano humana. De todas maneras, no dejaba de remarcar que entre los expertos que habían explorado la zona, sólo uno –Wichmann– se había se había mostrado substancialmente en contra de la artificialidad de la estructura.

Llegados a este punto, quisiera cerrar el tema con una serie de opiniones y reflexiones personales, reconociendo que –como otros muchos– debo basarme en lo visto en vídeos y fotos y en las opiniones vertidas por los implicados. En primer lugar, constato un hecho que ya he visto repetido en otras ocasiones, sobre todo en polémicas suscitadas por la arqueología alternativa: la geología no es una ciencia tan exacta e indiscutible como nos quieren hacer creer, pese a tratarse de una ciencia natural (que, por cierto, es relativamente reciente)[4]. Esto ya se vio en la archiconocida polémica sobre la edad de la Gran Esfinge, en la que los geólogos académicos mantenían posiciones abiertamente contradictorias (¿opinables?) sobre una misma realidad objetiva, como quedó patente en el claro desacuerdo entre Schoch y Gauri acerca de la intervención e  impacto de ciertos factores erosivos. Esto mismo lo apreciamos aquí con la disparidad de interpretaciones entre Kimura y Wichmann, pasando por la visión dubitativa y no muy comprometida a cargo de Schoch. 

Aspecto de la terraza superior del monumento (foto: V. Lou)
La geología está basada, en efecto, en la observación empírica de la naturaleza, pero tener certezas sobre procesos que han durado miles o millones de años resulta muy forzado, al no poder experimentar ni observar nada a través de tanto tiempo. La ciencia de laboratorio puede tener su validez, pero las extrapolaciones al mundo real natural ya son otra cosa. Por  ese motivo, la geología y la teoría de la evolución según el patrón marcado por Darwin están bajo la grave sospecha de ser una mera especulación al no poder ser experimentables (reproducibles) ni falseables. Por tanto, los no especialistas debemos hacer un inevitable acto de fe respecto de las consideraciones de los geólogos y confiar en que sus años de trabajo teórico y de campo realmente aporten visiones fundadas, empíricamente hablando. En este contexto, posicionarse a favor de Kimura o de Wichmann puede constituir una mera intuición subjetiva cuando no se conocen los entresijos de la geología submarina, aunque ya vemos que el peso de las teorías, las ideas preconcebidas (digamos prejuicios abiertamente) o las generalizaciones puede ser bastante grande.

Claro que no sería la primera ni la última vez que los científicos sucumben a cierto chauvinismo patrio cuando se encuentra algo aparentemente excepcional en su país, para sacar pecho y ganar prestigio a nivel internacional. Esto ya ha ocurrido repetidamente y suele provocar efectos contrarios en la comunidad académica, en forma de menosprecio –o simple bajada de expectativas– ante unos hallazgos foráneos que son maximizados por los descubridores y minimizados por los que no han participado en la gesta. En este caso, es evidente que, aparte de un escaso colectivo de científicos japoneses (cabe citar que, en general, Kimura no tiene el apoyo de sus colegas), la propuesta de la artificialidad de Yonaguni no es respaldada por los científicos de otros países, y de hecho es un asunto que ha pasado bastante desapercibido en el ámbito académico, ya sea de forma intencionada o no.

Enormes monolitos caídos al pie del monumento (foto: V. Lou)
Mi propia observación del lugar, a través de fotografías y vídeo, me inclina a pensar que hay motivo más que suficiente para creer en una intervención humana (al menos parcial), pues no sólo hay uno o dos elementos sospechosos por su talla y disposición, sino bastantes más y todos en un mismo espacio. Quizá sean demasiadas peculiaridades naturales juntas para ser verdad y se esté forzando el recurso a fuerzas tectónicas y erosivas que producen –después de milenios de acción– unos resultados más que llamativos. Algo similar aprecié en Igueste (Tenerife), cuando tuve largas discusiones con Manuel Fernández acerca de lo que podía ser artificial y lo que no, pero en tal caso nunca pudimos obtener la opinión cualificada de un geólogo que nos pudiera aportar algo de luz al respecto... aunque –visto lo visto– uno ya no sabe qué pensar.

Por otra parte, tampoco podemos obviar que no muy lejos de Yonaguni, en las islas Pescadores (Taiwán), Graham Hancock halló a no mucha profundidad otros restos submarinos sospechosos, en forma de dos grandes muros megalíticos orientados en dirección norte-sur y este-oeste, y que parecían estar compuestos de hiladas superpuestas de bloques individuales. De hecho, si extendemos el panorama que Hancock presenta en Underworld, existen otros muchos yacimientos próximos a la costa que todavía no han sido explorados adecuadamente pero que podrían ser indicios de ciudades sumergidas por la subida de las aguas al final de la última era glacial. Con todo ello, quiero señalar que no estamos hablando de excepcionalidades sino de rasgos que se repiten en regiones del mundo muy alejadas entre sí y con patrones relativamente similares, sobre todo en el uso de grandes bloques megalíticos.

"Surcos de carro" en la isla de Malta
Acepto, por supuesto, que en bastantes ocasiones los geólogos –o arqueólogos como Flemming– tengan razón y que las estructuras sean perfectamente naturales (según las argumentaciones técnicas que aportan) pero me cuesta creer que todas las estructuras bajo sospecha respondan a esas explicaciones, cuando ya hemos visto que los propios profesionales tienen serias dudas o no saben explicar bien cómo se pudieron dar determinadas formas. De todos modos, es oportuno citar que en el caso de los famosos cart-ruts (surcos de carro) de Malta –cuya artificialidad no se ha discutido– se ha comprobado que dichas estructuras se localizan el fondo marino como continuidad de las estructuras en superficie, como se puede apreciar perfectamente en los cart-ruts situados entre las islas de Malta y Gozo. Por tanto, estaríamos hablando de que en un tiempo muy anterior al inicio de las civilizaciones conocidas –según la cronología convencional– ya había estructuras muy elaboradas sobre la superficie y que luego quedaron tragadas por las aguas al subir el nivel de los mares... teóricamente cuando la Humanidad estaba aún en los últimos suspiros del Paleolítico.

Así pues, como reflexión final, creo que en este asunto se debe mantener la cautela y proseguir los estudios con los medios disponibles, reconociendo que la arqueología submarina es compleja, lenta y costosa. Ahora bien, aparte de las muchas dificultades económicas u organizativas, considero que el prejuicio cognitivo académico puede ser el mayor obstáculo para avanzar en estas investigaciones, pues está claro que si se van descubriendo y aceptando restos de grandes estructuras artificiales bajo las aguas, de ninguna manera podrían ser datados en las épocas históricas de civilización sino en una era antediluviana lo que consolidaría de algún modo la herejía de la civilización desaparecida (Atlántida, Mu o como queramos llamarla) que la arqueología alternativa lleva defendiendo desde los lejanos tiempos de Ignatius Donnelly.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / Vincent Lou bajo licencia C.C. 2.0



[1] Esta estructura es particularmente significativa porque se asemeja a un típico santuario japonés antiguo llamado iwakura.
[2] SCHOCH, R. Voices of the rocks. Harmony Books. New York, 1999. p.109 (traducido del inglés)
[3] Para los interesados en los detalles del tema, recomiendo que consulten los diálogos y controversias planteadas entre Hancock y Wichmann recogidos en su libro Underworld, a raíz de las exploraciones que realizaron conjuntamente en 2001.
[4] Sobre las certezas o fiabilidad de la geología me remito a los comentarios que vierten varios expertos en el documental “La teoría fantástica”, en que se criticaba fuertemente las bases científicas del darwinismo.

jueves, 24 de enero de 2019

¿Existieron (o existen) los gnomos?


En varias ocasiones me he referido aquí al oscuro y confuso tema de los gigantes, que para el mundo académico no es más que un conjunto de antiguas leyendas y modernos fraudes. Y todo ello a pesar de que son mencionados en muchas tradiciones de pueblos de todo el mundo y de ciertos restos o indicios que empujan a pensar que pudo haber una realidad tangible detrás de tantos rumores y cortinas de humo. Pues bien, algo parecido ocurre con el otro extremo de la especie humana: se sigue negando la existencia de seres humanos muy diminutos, que también han sido referidos ampliamente por el folklore popular en muchas regiones de nuestro planeta. Así, por ejemplo, en las tradiciones occidentales, desde hace milenios, se habla  de gnomos, trasgos, duendes, leprechauns, etc., siempre en contextos mitológicos, legendarios o mágicos ubicados en un lejano pasado, casi siempre referido a la época medieval.

Por supuesto, yo también creí durante mucho tiempo en que todo ello formaba parte de la leyenda y la superstición, pero con el tiempo vi que la realidad es mucho más compleja e ignota de lo que creemos y que hemos despreciado el conocimiento antiguo para sustituirlo por el cientificismo moderno y sus dogmas. Lo cierto es que si uno se documenta y recoge informaciones aparentemente dispersas podrá comprobar que existen muchas piezas que no parecen encajar en el escenario propuesto por la ortodoxia académica y que deberían hacernos reflexionar sobre qué puede haber de verdad en las historias sobre esos seres diminutos, como parte del pasado e incluso del presente. Esto es lo que voy a intentar de clarificar en este artículo, dando por hecho que dejo aparte lo que convencionalmente conocemos como enanos, así como las tribus de pigmeos, pues en estos casos es obvio que simplemente tratamos de humanos muy cortos de estatura, ya sea por un trastorno genético (enanismo) o por una característica racial. 

Reconstrucción de un hobbit
En primer lugar, es obligado citar el hallazgo –en la isla de Flores (Indonesia) a inicios de este siglo– del llamado Homo floresiensis o hobbit, un homínido que medía escasamente un metro de altura, con una capacidad craneal cercana a la de un chimpancé y un aspecto humano arcaico con algunos rasgos simiescos. Según las dataciones por Carbono-14 de los huesos hallados, esta especie habría convivido con el Homo sapiens y habría desaparecido hace unos 12.500 años. Ahora bien, en la misma época se hallaron restos de cráneos similares al hobbit en las cercanas islas Palau, y allí las dataciones por C-14 dieron una antigüedad de apenas entre 940 y 2.900 años antes del presente. En cuanto a su origen, nadie sabe de dónde surgió, pese a que los expertos han propuesto varias vías evolutivas para tratar de explicar –hasta la fecha sin éxito– cuáles fueron sus ancestros y de dónde procedían. No me voy a extender en comentar este singular descubrimiento porque ya le dediqué un amplio artículo al que me remito para los que estén interesados en los detalles. Lo que es significativo es que quizá estos humanoides no fueran exclusivos de esa región del planeta, pues en Ohio (EE UU) el arqueólogo Neil Steede halló restos humanos (huesos y artefactos) muy parecidos a los de los hobbits de Flores.

Aparte, saltando del pasado al presente, existen testimonios locales que hablan de la pervivencia de estos hobbits en zonas selváticas y alejadas de la presencia humana moderna. Se trataría tal vez de poblaciones residuales que evitarían el contacto con el hombre y que vivirían en condiciones muy primitivas, subsistiendo básicamente de la recolección de frutos. En concreto, en el parque de Way Kambas de Lampung (Indonesia) los guardias forestales dicen haber visto ocasionalmente pequeños individuos desnudos de no más de 50 cm. de altura. No obstante, cuando los guardias se acercan, las criaturas desaparecen rápidamente por el bosque, pues corren muy deprisa y se esfuman en un momento. Con todo, parece ser que los guardias consiguieron tomar algunas fotos, que posteriormente fueron confiscadas por el gobierno indonesio.

Imagen tomada en 2004 de una presunta kakamora
Esta misma tradición la encontramos en las islas Salomón (no muy lejos de Flores), donde se habla de unos ciertos kakamora, unos hombres salvajes muy diminutos. Según un libro sobre leyendas nativas publicado en 1915, estos hombrecillos miden entre unos 15 cm. y alrededor de un metro de altura. Su piel puede oscilar entre oscura y bastante clara, van desnudos y vagabundean por el bosque en busca de alimento. No usan artefactos ni armas ni construyen casas (viven en cuevas o madrigueras). Suelen ser inofensivos, les gusta cantar y bailar, pero en alguna ocasión pueden atacar a personas aisladas o niños. Tienen capacidad para hablar, aunque su lenguaje es incomprensible y no se relaciona con el melanesio. Como vemos, todo ello nos recuerda bastante a la tópica imagen de duendes y gnomos. Sin embargo, para los nativos tales seres son completamente reales y aún existen hoy en día, e incluso existe una dudosa fotografía fechada en 2004 de una hembra kakamora, sorprendida junto a un fuego[1].

Similares leyendas –y testimonios modernos– se pueden hallar en otros puntos del Pacífico y Oceanía, pero también en diversos lugares del planeta, como África, Asia o América. Y lo que es más, existen noticias modernas e incluso fotografías de algunos seres diminutos que difícilmente podríamos asociar a una especie de “pigmeos” sino a seres humanoides con características propias. Tomando como referencia un artículo del investigador independiente Alex Putney[2], existe una historia-leyenda reciente del antiguo Congo belga, según la cual el 4 de enero de 1959 apareció en la capital Leopoldville (actual Kinshasa) un pequeño ejército de unos mil hombrecillos robustos que apoyaron a los independentistas del líder Simeón Toko frente a las fuerzas belgas coloniales. La “leyenda” afirma que los soldados belgas llegaron a disparar contra tales seres, sin ningún efecto, lo cual nos remite a la mitología sobre la invulnerabilidad de los seres mágicos o incluso de los pequeños seres “extraterrestres” tiroteados sin producir daño alguno, según la casuística recogida en el pasado siglo XX.

Aparte de este extraño suceso, Putney también cita que en unos bosques de Namibia, en 2011, un gnomo humanoide de unos 84 cm. fue herido y capturado por unos cazadores. La criatura murió y su cuerpo fue incautado por la policía. Al parecer, le fueron realizados análisis forénsicos, cuyos resultados fueron ocultados por el gobierno. En su documento, Putney agrega una fotografía de tal ser, así como de otras dos criaturas muy pequeñas de aspecto humanoide halladas en Asia, concretamente en la India y el Nepal. Sobre la veracidad de tales imágenes y las circunstancias de estos casos no puedo pronunciarme, dado el sensacionalismo y las falsedades prefabricadas que corren por Internet actualmente, si bien podría tratarse también de malformaciones extraordinarias. 

Diversos microlitos de menos de 1 cm.
En cuanto al ámbito arqueológico, es oportuno citar que en excavaciones realizadas a finales del siglo XIX en Lancashire, Devon y Suffolk (Gran Bretaña) se identificaron muchos microlitos[3] de tamaño muy reducido (de entre 6 y 12,5 milímetros) que no parecían ser útiles para hombres normales, sino para humanos muy pequeños; incluso el filo de la talla era tan fino que sólo podía apreciarse con lupa. Este tipo de artefactos tan minúsculos también ha sido recuperado en otras regiones del planeta como la India, Egipto, Australia, Francia, etc. Por otra parte, en 1935 se halló en Vadnagar, en el estado de Baroda (India), el esqueleto fosilizado de un gnomo de unos 35 cm. en un depósito prehistórico, si bien posteriormente se atribuyó a una falsificación.

Si ahora saltamos a América, hay que reconocer que allí existe una rica tradición sobre estos seres y también una casuística importante de testimonios y hallazgos. En América del Norte, hay numerosas leyendas acerca de unos ágiles seres diminutos de entre 30 y 90 cm., de vida salvaje y en ocasiones muy hostiles a los humanos. En 1804 una expedición de hombres blancos que exploraba Dakota del Sur se adentró en la “montaña de la gente pequeña”, junto al río Missouri, y avistó a unos diablos de unos 46 cm. de altura, que defendían su territorio tenazmente, haciendo uso de arcos y flechas. Según el relato, los indios Sioux y otras tribus no osaban molestar a estos seres. Por otro lado, las tribus de los Shoshones y los Cheyennes, en Wyoming, mencionan a unas gentes pequeñas llamadas Nimerigar (o Nimmi), de entre medio metro y poco más de un metro, también muy hostiles hacia los indios. Estos seres vivían principalmente en el centro de Wyoming, en las montañas San Pedro.

Jefe Crow
Asimismo, el folklore de los indios Crow, en Montana, recoge la existencia en las montañas Pryor de una cierta “gente pequeña”, una especie de gnomos que no superaría el medio metro de estatura. Los Crow describían a estos gnomos como seres de redondos y abultados vientres, piernas y brazos cortos, y en general muy fuertes y belicosos, una imagen que nos recuerda mucho a los clásicos enanos de la mitología de Tolkien. Y por cierto, incluso en la actualidad los nativos Crow creen que todavía perviven muchos de estos seres, y de hecho cada año les hacen ofrendas en un paraje llamado Medicine Rocks.

Por otra parte, ya desde el siglo XIX tenemos noticias de hallazgos de esqueletos y momias de pequeños seres en varios lugares de EE UU. Por ejemplo, la publicación The Gentleman’s Magazine se hacía eco en agosto de 1837 del hallazgo en Coshocton (Ohio) de un cementerio de “pigmeos” de entre 90 y 137 cm., enterrados en ataúdes de madera, e incluso dado el número de tumbas se sugería que “vivían en una ciudad considerable”. También es destacable un artículo publicado por el Anthropological Institute Journal en 1876 que describía el descubrimiento de un gran cementerio de gnomos en el condado de Coffee (Tennessee). Al parecer, ya se tenía noticia de otros cementerios semejantes el condado de White, del mismo estado, con esqueletos de seres de una altura media de 90 cm.

Pero sin duda lo más notable fue el hallazgo de algunas momias a mediados del siglo XX, en particular dos de ellas, bautizadas “Chiquita” y “Pedro”, ambas procedentes de las montañas de Wyoming. La momia Chiquita se trataba de una hembra gnomo de corta edad, con un raro aspecto, caracterizado por no tener prácticamente cuello y por una pequeña boca arrugada. Según los Cheyennes, se trataría de un ejemplar de una raza subterránea, los citados Nimerigar, que vivía en aquellas tierras desde hacía milenios. A este respecto, cabe señalar que tanto en el estado de Idaho como en otros lugares muy distantes –como por ejemplo Irán y Hawai– se encontraron redes de diminutos túneles atribuidos también a pequeños gnomos, lo cual vendría a reforzar una vez más las antiguas leyendas sobre este tipo de criaturas y su hábitat natural.

momia "Pedro"
En lo referente a la momia Pedro, fue apodada así por haberse encontrado en las montañas San Pedro de Wyoming en 1932. El ejemplar, que parecía de mediana edad, estaba sentado con las piernas cruzadas, como en un enterramiento ceremonial. Su piel era oscura y estaba bastante arrugada, y tenía una frente baja, ojos saltones, nariz achatada, boca grande y labios finos. Su altura estimada era de 35 cm. Esta momia fue comprada por un tal Ivan T. Goodman, que para descartar que se tratase de una falsificación (un muñeco), la hizo pasar por pruebas radiológicas –a cargo del doctor Henry Shapiro– que confirmaron que era un ser natural real, aunque su esqueleto tenía algunas características propias, como las fuertes vértebras que soportaban un grueso cuello y una caja torácica distinta de la habitual en los humanos. Según el departamento de Antropología de la Universidad de Harvard, la momia podría corresponder a un individuo mayor, de unos 65 años. Al parecer, según los indicios de una herida, Pedro había sufrido una caída que le provocó una dislocación de la columna y la pelvis, si bien la muerte fue debida seguramente a un posterior impacto en la cabeza. Cabe destacar, empero, que en 1979 el doctor George Gill, antropólogo de la Universidad de Wyoming, vio las radiografías de Shapiro y afirmó que simplemente se trataba de un niño o un feto procedente de una tribu de indios prehistóricos. El caso es que Goodman murió en 1950 y la momia pasó a manos de otra persona, y su rastro se perdió con los años. Según A. Putney, tanto Pedro como Chiquita fueron finalmente adquiridos de forma discreta por agentes del gobierno de EE UU y ya no se ha sabido más de ellos.

Si nos trasladamos a América del Sur, se repiten las historias y leyendas sobre estos seres diminutos, así como los casos modernos, como el famoso Ser de Atacama. Este asunto lo viví de cerca al conocer de primera mano la investigación llevada a cabo por Ramón Navia, que a inicios de este siglo estudió afanosamente esta peculiar momia (que obra en su poder), y que luego ha hecho correr muchos ríos de tinta, siendo objeto de varios reportajes y documentales más o menos sensacionalistas. Toda esta investigación, con sus dudas, vericuetos y complejidades, la expuse en un artículo de mi otro blog, y a él me remito para los que quieran conocer a fondo este episodio. No obstante, creo que vale la pena resumir los puntos esenciales para ver los paralelismos con la casuística ya citada.

Fotografía del Ser de Atacama, tomada en la sede del IIEE
Según pudo recoger Navia en sus viajes por Sudamérica, las tradiciones orales aymaras hablaban de un cierto “pueblo gentil” de pequeños humanoides de cortísima estatura (de no más de 50 cm.). Dicho pueblo gentil había convivido durante siglos con ellos en una amplia región comprendida entre el sur de Perú, Bolivia y el norte de Argentina y Chile. No habría existido relación entre ambas etnias pero sí al menos un respeto mutuo. En cambio, la llegada de los españoles habría provocado la muerte de muchos de estos gentiles, dado que las autoridades religiosas consideraban a estos seres como criaturas del diablo.

En cuanto a su modo de vida, un erudito aymara le explicó a Ramón Navia que los gentiles “cultivaban la tierra, disponían de unos bancales chiquititos, como así de alto (unos 6 cm.) y no muy largos. Allí sembraban entre otras cosas un maíz muy pequeño”. En cualquier caso, los relatos indígenas apuntaban a la supervivencia de este pueblo en nuestros tiempos, ya que existiría una población muy marginal que se habría refugiado en zonas montañosas. A este respecto, según la investigadora colombiana Gilda Mora, existía una referencia muy directa y específica a un lugar concreto de difícil acceso llamado “cerro de los enanos” (en Colombia), en el que todavía se podría encontrar algunos de estos diminutos seres, cuya altura estaría alrededor de los 35-40 cm[4].

Además, tal pudo contrastar Navia, existían noticias históricas escritas acerca de estos “enanos”. Así, en diversas crónicas españolas de los siglos XVI, XVII y XVIII se menciona brevemente la presencia de unos pequeños seres en varios lugares de Sudamérica: “...se sabe haber pigmeos que habitan debajo de la tierra y salen abriendo los campos a sus empresas”, “...dos pigmeos, macho y hembra, no más altos que de un codo[5]”, “...sería gente de baja estatura, pero guerreros”, “Solían salir solo de noche para buscar su sustento, tenían miedo a salir de día desamparados de sus cuevas pues serían acometidos por los pájaros grandes.”  

El caso es que en el antiguo asentamiento de La Noria (desierto de Atacama, Chile) un lugareño encontró una pequeña arpillera con un lazo de color morado en el centro, y al abrirla descubrió la momia de un pequeño humanoide de unos 14 centímetros de altura. Este pequeño ser pasó luego a manos de un empresario local y finalmente fue adquirido por Navia, con el propósito de someterlo a un exhaustivo estudio científico. El primer examen riguroso fue llevado a cabo por el Dr. Raúl Antesana Sanabria, un médico boliviano, cuya labor principal fue descartar la posibilidad de que fuera un elaborado fraude. Este estudio preliminar confirmó, en efecto, que el Ser de Atacama no era un muñeco sino la momia de una criatura de origen incierto. El doctor Antesana pudo certificar pues que era un ser biológico real, que no se trataba de un feto y que de hecho difería de los humanos en determinados aspectos anatómicos.

Radiografías de feto humano y Ser de Atacama
Posteriormente, y durante varios años, Ramón Navia llevó el espécimen ante varias instituciones y especialistas de distintos países para que le ofrecieran un dictamen fiable sobre la naturaleza de la criatura. Así pues, el ser fue sometido a diversas exploraciones, incluidas radiografías –que mostraron claramente que la criatura había muerto de un golpe en la cabeza– y análisis de ADN. Tras estas pruebas, todo el mundo confirmó que era una entidad biológica, si bien casi todos los dictámenes fueron a coincidir en que se trataba de un feto humano de unas pocas semanas con algunas malformaciones peculiares, lo que vino a constituir una cierta versión oficial. En general, se dieron bastantes opiniones escépticas, reticentes o poco comprometidas, pero tampoco faltaron algunas voces que discretamente confesaron al investigador español que el Ser no era un feto, pero que no sabían lo que era aquello. Eso sí, le dejaron claro que no querían complicarse la vida ni ir más lejos porque tenían trabajos, reputaciones e hipotecas que pagar. En otros casos, el científico requerido por Navia para que examinara la momia no atendió a sus peticiones, como ocurrió con el muy reputado Svante Paabo, gran especialista mundial en momias y restos humanos arcaicos.

Llegados a 2009, el famoso investigador Steven Greer, partidario de desclasificar y difundir toda la información sobre ovnis y extraterrestres[6], entró en contacto con Navia y le propuso implementar una serie de nuevos análisis con la colaboración de reconocidos expertos norteamericanos. La opinión de Greer, a bote pronto, fue que aquello no era humano, y que podría tratarse de un ente alienígena o al menos un híbrido. El tema quedó ahí congelado durante tres años y no fue hasta 2012 en que Greer se desplazó a Barcelona para realizar un examen más detallado y para grabar al Ser a fin de incluirlo en un documental titulado Sirius Disclosure. En esta ocasión, el Ser fue llevado a un centro de radiología donde se le practicaron varias pruebas, como radiografías y tomografías computerizadas (TAC), y además se le extrajo una muestra para análisis posterior de ADN.

La momia durante un examen
La iniciativa de Greer supuso la irrupción de la Universidad de Stanford (EE UU) en el asunto, y así pues un equipo de esta institución, dirigido por el Dr. Garry Nolan, llevó a cabo diversas pruebas científicas sobre el espécimen durante varios meses. Como resultado de dichas investigaciones, se confirmaron las observaciones y anomalías anatómicas ya apreciadas anteriormente y se dejó bien claro –y por escrito– que la momia no era un feto humano ni un nuevo tipo de primate, sino un individuo que habría vivido entre 6 y 8 años, y que tal vez era fruto de una mutación. A su vez, los análisis de ADN no aportaron hechos significativos y quedaron pendientes de ulteriores estudios. Más adelante, surgieron otras opiniones, como la del prestigioso doctor Ralph Lachman, pero que fueron más bien confusas y contradictorias, en opinión de Ramón Navia. En suma, a día de hoy, el Ser de Atacama –al igual que otros ejemplares anómalos similares– sigue aparcado en un limbo científico y en visiones dispares, en las que no ha faltado el dogmatismo, la cerrazón o el sensacionalismo.

Si tratamos ahora de recopilar todo lo expuesto y formular alguna conclusión, veremos que el asunto se asemeja bastante a la ya conocida polémica sobre los gigantes. El fenómeno se muestra elusivo, confuso, falto de pruebas fehacientes, inmerso en teorías conspiracionistas y marcado por el rechazo frontal del mundo académico. No obstante, se vuelven a dar parecidas coincidencias y circunstancias, sobre todo en la correlación entre las muchas mitologías y leyendas existentes con las supuestas pruebas modernas, ya sean de tipo antropológico o arqueológico. En este sentido, vemos que la casuística es diversa pero que apunta a un patrón común de criaturas antropomórficas que difieren de los humanos en algunos aspectos anatómicos importantes. De hecho, difícilmente se podrían considerar enanos o pigmeos, sino seres con rasgos propios únicos y de una estatura cortísima, que en pocas ocasiones supera el metro, y que más bien se mueven en una media alrededor de los 50 cm.

Comparación de cráneos de hobbit y H. sapiens
A partir de aquí, podemos usar los términos folklóricos hobbit, gnomo o cualquier otro, pero nos tendríamos que plantear seriamente la posibilidad de que no sean ni niños, ni fetos, ni personas con fuertes malformaciones, sino individuos con una genética notoriamente distinta de la del Homo sapiens. Hasta qué punto estos gnomos están conectados con los humanos o bien con criaturas simiescas –u otros seres– se nos escapa por completo, pues ninguna prueba ha resultado determinante o clarificadora hasta la fecha. Claro que siempre está el recurso a los consabidos defectos genéticos, que podrían ser excepcionales o hereditarios, lo que podría justificar –al menos en parte– el fenómeno observado. Y como ya hemos visto, el estamento académico no está por la labor de ir más allá de este planteamiento.

En este punto, cabe señalar que una corriente de la arqueología alternativa, en la que está el citado Putney, aboga porque tales seres no son propiamente humanos, sino criaturas híbridas, mezcla de humanos y otros seres sin identificar. Se trataría pues de experimentos genéticos realizados por alienígenas –a falta de mejores hipótesis– con fines insospechados. A este respecto, el propio Putney apunta a un caso ocurrido en 2011 en la localidad de La Romana (República Dominicana) en que una joven de 20 años de origen haitiano dio a luz a un diminuto bebé de extraño aspecto, sin cuello y con un rostro parecido al de una rana. Estas historias, en realidad, no son nuevas, y la ufología lleva décadas tratando del asunto de las abducciones (secuestros), relaciones entre humanos y alienígenas, y experimentos genéticos de todo tipo para crear seres híbridos, a veces monstruosos. Por desgracia, y a pesar de los muchos testimonios acumulados, es muy complicado aquí separar lo legendario de lo verídico, y más aún en ciertos escenarios anómalos en que los límites entre lo normal y lo paranormal parecen difuminarse por momentos, lo que de nuevo nos transporta –siguiendo las antiguas tradiciones– al mundo mágico de este tipo de seres, donde todo o casi todo es posible.

Detalle del cráneo del Ser de Atacama
En todo caso, seguimos muy perdidos antes estas realidades y la ciencia establecida ha optado directamente por la negación, la ocultación o por echar balones fuera, mientras que en el otro lado se ha optado a menudo por un  exceso de imaginación, especulación o sensacionalismo. Prueba de todo esto es que, por ejemplo, el Ser de Atacama, pese a todas las iniciativas llevadas a cabo por Ramón Navia, sigue siendo un misterio irresoluble y un foco de polémicas sin fin. Ante este panorama, sería bien posible que la propia naturaleza nos reserve aún muchas sorpresas, y –como decía el autor alternativo Peter Kolosimo– estemos aún en un “planeta desconocido” pese al gran avance de todas las ciencias. En este contexto, empero, el mundo académico persiste en sus pesquisas evolucionistas en el pasado, tratando de apuntalar de mala manera su teoría, mientras que ha decidido enviar al cajón de las rarezas el tema de los gnomos y los gigantes. 

Con todo, a la vista de lo que aquí he expuesto, no se pueden despreciar las pruebas e indicios de todo tipo y alguien debería agarrar el toro por los cuernos para emprender una investigación a fondo, rigurosa y sin prejuicios, a fin de que las visiones establecidas, la ortodoxa y la alternativa, no contaminen los eventuales resultados. Así, no sólo se deberían buscar pistas en el pasado, sino también afrontar el fenómeno existente hoy en día, teniendo como premisa la posible supervivencia de otras ramas de homínidos inteligentes que han convivido durante milenios con el Homo sapiens, apartándose u ocultándose de él por las más diversas razones, entre las cuales no faltaría la más básica: la necesidad de mantenerse con vida.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor 

(imagen microlitos: http://nailos.org/wp-content/uploads/2015/02/Nailos_2_art3.pdf)


[1] Se trata de una imagen un poco borrosa captada por Victoria Ginn en la localidad de Makira (islas Salomón) en 2004.
[2] Este documento está disponible en su web (http://www.human-resonance.org/hobbits_&_gnomes.html), y en él se exponen varis casos sorprendentes y se adjuntan unas fotografías no menos impactantes (si son reales y no trucadas).
[3] Artefactos muy pequeños realizados en piedra (generalmente sílex), típicos del periodo Epipaleolítico, según la ortodoxia académica.
[4] Navia organizó una expedición en 2008 a otro lugar (en Pachica, Chile) donde se hablaba de la presencia de gentiles, pero no obtuvo ningún resultado. También se desplazó a Puerto Rico, donde recibió noticias sobre la muerte de dos seres de pequeñísima estatura localizados en un paraje llamado Las Tetas de Cayey. Tras un  laborioso trabajo de investigación, pudo descubrir que habían matado a uno, mientras que el otro, aún vivo, fue llevado a los Estados Unidos.
[5] Aproximadamente unos 42 centímetros.
[6] Iniciativa concretada en el llamado Disclosure Project.

sábado, 12 de enero de 2019

Guía alternativa al antiguo Egipto


Tanto si hablamos de arqueología ortodoxa como de arqueología alternativa, el antiguo Egipto es sin duda uno de los temas estrella que más atraen a los investigadores y al público en general. El Egipto faraónico lleva siglos fascinando a los occidentales y ha dado pie a dos corrientes o enfoques de estudio. Por un lado, tenemos la Egiptología, que nació como ciencia hace unos 200 años y que pretende ser la vía científica rigurosa y objetiva para acceder al conocimiento del antiguo Egipto. Por otro lado, está la arqueología alternativa, que ha buscado otros caminos que van desde lo esotérico a lo especulativo o fantástico, pasando por múltiples visiones más o menos heterodoxas, o bien reinterpretaciones en claves científicas bastante distintas a las empleadas por los egiptólogos.

De todo ello he escrito ampliamente en este blog, pero he creído oportuno dar ahora una visión holística de la bibliografía alternativa sobre el antiguo Egipto, a fin de que los aficionados tengan referencias claras y directas de los autores más destacados y las teorías y cuestiones más debatidas, y dispongan de una guía de lectura completa sobre esta materia, teniendo en cuenta que la bibliografía alternativa sobre este tema es enorme y  muy diversa y que es muy difícil conocer y abarcar todas las obras más o menos específicas. Por ello, necesariamente me centraré en las obras que a mi juicio son las más representativas y que en la medida de lo posible estén disponibles en lengua castellana, si bien la gran mayoría de éstas han sido escritas originalmente en inglés (y algunas en francés).

Para empezar por los inicios de la arqueología alternativa en Egipto es obligado citar dos obras de mediados del siglo XIX que pusieron los cimientos de lo que luego se llamó piramidología, centrada básicamente en el estudio de la Gran Pirámide de Guiza desde perspectivas heterodoxas (o pseudocientíficas, según los académicos). Me refiero al libro del matemático británico John Taylor The Great Pyramid: Why was it built? & Who built it? (“La Gran Pirámide: ¿por qué se construyó? y ¿quién la construyó?”) y al del astrónomo escocés Charles Piazzi Smyth Our Inheritance in the Great Pyramid (“Nuestra herencia en la Gran Pirámide”). Para todos aquellos que deseen saber de dónde proceden las obsesiones por las medidas de la Gran Pirámide, sus relaciones matemáticas y geométricas y las referencias a una civilización distinta de la egipcia como constructora de este monumento, estas son las genuinas fuentes, de las que luego han bebido muchos autores del siglo XX y aún del XXI.

Ya entrados en el siglo XX hasta inicios del XXI, se han escrito numerosas obras alternativas de todo tipo, pero para introducirnos en el Egipto alternativo de forma genérica, podríamos citar algunos libros destacados:

BAUVAL, Robert. Código Egipto. Martínez Roca, 2007. El libro desarrolla la tesis arqueoastronómica del autor según la cual los egipcios dispusieron sus monumentos sobre la tierra a imagen del firmamento, por la máxima esotérica de “como es arriba, así es abajo”.

BAUVAL, Robert; GILBERT, Adrian. El misterio de Orión. Salamandra. Barcelona, 1996. Libro fundamental que plantea la ya famosa “teoría de la correlación de Orión”, y aunque está basada en las pirámides de Guiza, contiene toda una nueva lectura de la civilización egipcia en base a la astronomía, los Textos de las pirámides, la mitología y una cierta religión estelar.

HANCOCK, Graham. Las huellas de los dioses. Ediciones B. Barcelona, 1996. Obra general de referencia sobre arqueología alternativa que contiene varios capítulos de interés sobre la civilización egipcia, en particular sobre sus orígenes míticos. También destaca por sacar a la palestra el tema de la antigüedad de los monumentos y sus métodos de construcción.

SCHWALLER DE LUBICZ, René. El templo en el hombre: arquitectura sagrada y el hombre perfecto. Edaf. Madrid, 2007. Un clásico sobre la interpretación herética del antiguo Egipto –a partir del templo de Luxor– en función de un simbolismo sagrado y unos altos conocimientos científicos y esotéricos.

SLOSMAN, Albert. Y Dios resucitó en Dendera. Ed. Luciérnaga, 2002. Toda la obra de este investigador francés vale la pena por su visión heterodoxa sobre los orígenes de la civilización egipcia y sus conexiones con el mito de la Atlántida.

WEST, John Anthony. La serpiente celeste. Grijalbo, Barcelona, 2000. Obra esencial, continuación en parte de Schwaller, y que plantea una fuerte oposición a los principios aceptados por la Egiptología. Asimismo, introduce el polémico tema de la antigüedad de la Esfinge.

Si nos centramos exclusivamente en la bibliografía sobre la Gran Pirámide (o las tres grandes pirámides de Guiza, y en menor medida el resto de pirámides), tenemos un amplio abanico de autores y enfoques. Para tener una idea global de las diversas visiones, recomiendo los siguiente libros:

ÁLVAREZ, José. El enigma de las pirámides. Ed. Kier. Buenos Aires, 1965. Es una brillante aproximación científica heterodoxa del físico y químico argentino que aborda varios elementos de las pirámides y de la antigua tecnología egipcia que la ciencia oficial no ha abordado o lo ha hecho de forma errónea.

ARES, Nacho. El enigma de la gran pirámide: un viaje a la primera maravilla del mundo. Oberón. Madrid, 2004. Análisis histórico-arqueológico bien documentado de la Gran Pirámide, según un egiptólogo de carrera pero abierto a las teorías alternativas.

BRABIN, Stephen. The incomplete pyramids. Manchester, 2010. Estudio heterodoxo de las pirámides sobre todo con relación a los Textos de las Pirámides y ciertas peculiaridades estructurales y astronómicas.

Scott Creighton
CREIGHTON, Scott. The secret chamber of Osiris. Bear & Company, 2014. La propuesta del autor, a partir de ciertas fuentes árabes, es que las antiguas pirámides fueron construidas como enormes silos para almacenar bienes ante la eventualidad de un gran cataclismo natural[1].  

DAVIDOVITS, Joseph. The Pyramids: An Enigma Solved. Hippocrene Books, 1988. Obra de referencia sobre la posible artificialidad de los bloques que componen la Gran Pirámide, a partir de una especie de “cemento”, lo que explicaría una mayor facilidad para construir el monumento.

DELGADO, Manuel J. El secreto de la gran pirámide. Edaf. Madrid, 2002. Posiblemente Delgado es el más notable piramidólogo español y si bien su libro no aporta muchas novedades es una guía completa de las cuestiones más polémicas y ofrece algunas reflexiones interesantes a partir de su propia investigación.

DUNN, Christopher. Tecnologías del antiguo Egipto. Ed. Urano. Barcelona, 2000. El autor cree que los egipcios disponían de una alta tecnología con unos estándares superiores a los nuestros y su propuesta principal es que la Gran Pirámide era en realidad una compleja máquina para generar energía a partir de la propia vibración terrestre.  

MOREUX, T. La ciencia misteriosa de los faraones. Ed. Safián. Buenos Aires, 1956. Obra quizá poco conocida pero que realiza un buen compendio de toda la Piramidología más clásica hasta mediados del siglo XX.

POCHAN, André. El enigma de la gran pirámide. Plaza & Janés. Barcelona, 1976. Libro de gran interés que navega entre la ortodoxia y la herejía, con muchos datos, amplio contexto histórico de fuentes antiguas, hallazgos notables (el bloqueo del corredor ascendente o el efecto relámpago[2]) y otras propuestas más o menos audaces.

SCHMITZ, Eckhart. The Great Pyramid of Giza: decoding the measure of a monument. Friesens, 2012. Se trata de uno de los últimos estudios a fondo sobre la estructura, geometría y medidas de la Gran Pirámide.

Robert Schoch
SCHOCH, Robert. El misterio de la pirámide de Keops. Edaf. Madrid, 2007. Visión científica en clave alternativa sobre la construcción y el propósito de la Gran Pirámide y análisis de buena parte de las propuestas alternativas que se han hecho hasta la fecha.

TOMPKINS, Peter. Secretos de la Gran Pirámide. Diana, 1990. Un clásico que repasa todas las investigaciones e incógnitas que se han ido acumulando en el estudio de la Gran Pirámide.

TOTH, M.; NIELSEN, G. El poder mágico de las pirámides. Martínez Roca. Barcelona, 1977. Obra que se centra en el estudio de las propiedades energéticas de las pirámides en varios campos, negadas por el estamento académico.

En cuanto a la no menos famosa Gran Esfinge, también se han ha publicado bastantes libros, entre los cuales destacaría estos tres:

HANCOCK, G.; BAUVAL, R. Guardián del Génesis: la búsqueda del legado oculto de la humanidad. Seix Barral, Barcelona, 1997. Posiblemente la obra más completa sobre la Esfinge, su datación y su significado simbólico y astronómico.

SCHOCH, Robert; BAUVAL, Robert. Origins of the Sphinx: Celestial Guardian of Pre-Pharaonic Civilization. Inner Traditions, 2017. Colaboración entre Schoch y Bauval, dos investigadores que han aportado mucho en la visión alternativa de la Gran Esfinge desde diferentes enfoques, sobre todo el geológico y el astronómico.

TEMPLE, Robert. The Sphynx Mystery. Inner Traditions Bear and Company, 2009. Una visión alternativa sobre el origen y sentido de la Esfinge que se desmarca de la ortodoxia pero también de las tesis de West y Schoch.

Aparte de las obras citadas, otros autores alternativos han escrito sobre aspectos puntuales del antiguo Egipto y en algunas ocasiones sus propuestas han creado escuela o han generado nuevas controversias. Aquí podríamos citar al clásico El misterio de Sirio de Robert Temple u otras obras menores, como la de Collins y Ogilvie-Herald Tutankhamun: The Exodus Conspiracy (“Tutankhamon: la conspiración del Éxodo”), de 2002. Pero para grandes polémicas cabe mencionar el caso de Zecharia Sitchin con su libro Stairway to Heaven (“La escalera al cielo”), de 1980, en el cual el autor leía el Egipto faraónico en clave Anunnaki (extraterrestre) y consideraba que las pirámides habían sido construidas como grandes balizas aeroespaciales. Incluso llegó a interpretar los “viajes al más allá” de los faraones –narrados en los Textos de la Pirámides– como auténticos viajes espaciales. Pero sin duda el aspecto que más revuelo causó fue su argumentario sobre el hipotético fraude realizado por el egiptólogo Howard-Vyse en las cámaras de descarga de la Gran Pirámide. Dicha teoría hizo correr nuevos ríos de tinta, y en particular cabe citar la aportación reciente de Scott Creighton y su libro de 2016 The Great Pyramid Hoax  (“El fraude de la gran Pirámide”).

Otro autor que vale la pena leer es el ya fallecido científico norteamericano Clesson Harvey, cuya interpretación herética de los Textos de las Pirámides es toda una revolución, al presentar la evidencia de que los antiguos egipcios poseían altos conocimientos esotéricos y científicos que les permitían alcanzar estados superiores de conciencia, entre otras cosas. Su libro más destacado es Opening the door to immortality (“Abriendo la puerta a la inmortalidad”), publicado en 2012.

Para finalizar, una recomendación bibliográfica para los que prefieran experimentar la arqueología egipcia sobre el terreno. Así, para realizar un viaje real por las ruinas del antiguo Egipto, sugiero la lectura del muy ameno libro de Fernando Jiménez (hijo del mítico profesor Jiménez del Oso) titulado Un viaje mágico por Egipto, publicado en 2007, con una serie de rutas bien explicadas e ilustradas, y con muchos guiños a las propuestas alternativas.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] No obstante, Creighton es más conocido por defender ardorosamente la tesis del fraude de los cartuchos de Khufu a cargo de Howard-Vyse.
[2] Dicho efecto lumínico tiene lugar gracias a que la Gran Pirámide, según descubrió Pochan, tiene en realidad ocho caras y no cuatro.