lunes, 21 de julio de 2014

Gastronomía de la antigua Roma



Muchas veces se tiene la percepción de que la historia sólo se preocupa de los grandes hechos o de los personajes más destacados que han dejado su huella a lo largo de los siglos. Y también, no hace falta decirlo, existe una imagen tópica de la arqueología asociada a espectaculares monumentos, tesoros, obras de arte o cualquier signo de la grandeza de las antiguas civilizaciones. No obstante, y sin dejar de lado todo lo que acabamos de mencionar, al estudioso del pasado también le interesa tener un conocimiento completo de la sociedad que rodeó los grandes eventos y los grandes restos. Por tanto, desde este punto de vista, la vida cotidiana de la gente de hace miles de años se convierte en un objetivo ineludible para cualquier investigador que pretenda hacer una reconstrucción precisa de las sociedades antiguas.

Así pues, junto a la figura del gran Julio César, debía haber un "cocinero de César", ciertamente anónimo, pero que también vivió y comió en la Roma del siglo I antes de Cristo. Y ya que hablamos de cocineros, valdría la pena hacer una pequeña inmersión en las costumbres culinarias y gastronómicas de aquella época, para acercarnos un poco a la realidad de cada día de nuestros antepasados​​. Pasemos pues a presentar algunas curiosidades y anécdotas de la gastronomía de la antigua Roma.

 

Como no podía ser de otra manera, los romanos ya practicaban la famosa "dieta mediterránea", basada en los mismos productos naturales que podemos encontrar hoy en día en nuestros mercados. Bueno, no exactamente, pues debemos tener en cuenta que los romanos desconocían muchos alimentos familiares para nosotros, que no llegaron a Europa hasta el siglo XVI de la mano de los primeros exploradores de América, aparte de otros productos de origen más exótico. Así, por ejemplo, nunca comieron patatas ni tomates ni pimientos ni calabazas ni piñas ni chocolate. De todos modos, la dieta romana –al menos en los territorios estrictamente mediterráneos– era bastante completa, con una dosis variada de cereales, legumbres, verduras y frutas, con la aportación adicional de diversas variedades de carne y pescado.

Reproducción de cocina romana
Las formas de cocción no eran muy diferentes de las nuestras; es decir, algunos alimentos se comían crudos, y otros se freían, se hervían o se hacían a la parrilla o al horno. Lo que sí impactaría al comensal de hoy en día sería la potente condimentación que se ponía en la mayoría de platos, en particular carnes y pescados, para esconder las pobres condiciones de preservación del alimento, ya que en muchos casos casi estaba en estado de putrefacción, si bien es cierto que ya se conocían algunas técnicas elementales de conservación como la salazón, que era la más común. Por otra parte, era frecuente añadir una buena cantidad de miel en muchos platos, especialmente postres, ya que los romanos nunca conocieron el azúcar y esa era la única manera que tenían de endulzar los alimentos.


En cuanto a la bebida, sabemos que se conocía la cerveza, pero era el vino el que ocupaba un lugar estelar en la mesa romana. La historia y la arqueología nos confirman que el cultivo de la vid estaba bastante extendido en muchas regiones del imperio y que el vino era objeto de un intenso comercio de larga distancia –a menudo por vía marítima– con los envases típicos de aquel tiempo: las ánforas. Ahora bien, hemos de recordar que el consumo del vino era un poco diferente del actual, ya que el proceso de fermentación no estaba muy depurado y la graduación de alcohol resultaba bastante fuerte. En consecuencia, era bastante común mezclar el vino con agua antes de servirlo (¡a veces caliente!) Y, aunque nos parezca un poco estrambótico, también era habitual aromatizarlo añadiendo miel o especies.


ánfora vinaria
Por otra parte, con el mismo prestigio que el vino, tenemos otro producto muy mediterráneo, el aceite, que también experimentó una amplia distribución comercial. Sólo como ejemplo de lo que supuso el volumen de este gran comercio, cabe mencionar una sorprendente anécdota arqueológica. En el siglo XIX, haciendo unas excavaciones cerca del río Tíber, en Roma, el arqueólogo alemán Heinrich Dressel descubrió que el Monte Testaccio (de unos 40 metros de altura), era en realidad una colina artificial –una especie de enorme vertedero– formado por millones de trozos rotos de ánforas de vino y de aceite.


Sobre los hábitos de alimentación, podemos decir que se ha creado un cierto mito alrededor de las bacanales y los grandes banquetes romanos, que ciertamente existieron, pero que no eran tan generalizados como podríamos pensar. De hecho, el pueblo romano fue bastante austero en sus costumbres culinarias durante siglos, prácticamente hasta finales de la época republicana. Los grandes banquetes fueron más bien fruto de las influencias griegas y estaban reservados a las clases más altas, que podían adquirir los productos más exclusivos originarios de los numerosos territorios conquistados por las legiones.


Sin embargo, la mayoría de la población romana sólo hacía una comida al día, o dos como máximo, y casi no tenía medios para cocinar ni para servir los alimentos. El menú habitual era básicamente vegetariano –el acceso a la carne y al pescado era algo excepcional para las clases más modestas– y se limitaba a gachas de cereales (llamadas puls o pulmentum), pan, sopas de verduras o legumbres, queso, aceitunas, frutos secos y poco más. De vez en cuando podían conseguir algo de cordero o cerdo, aunque las personas más pobres no dudaban en comer carne de perro o de gato.


En todo caso, el cereal –muy particularmente el trigo– era esencial para hacer pan, en cuanto alimento popular por excelencia (recordemos el famoso dicho de panem et circenses), por lo que los gobernantes se preocuparon de importar grandes cantidades de trigo egipcio para alimentar la población sin recursos Así, en la Roma del siglo I a. C. ya había en la ciudad unas 300 panaderías profesionales. Estos establecimientos hacían tres tipos de pan, de calidades y precios diferentes: desde uno parecido a nuestro pan blanco actual, el panis candidus, hasta una especie de pan negro de muy baja calidad, llamado sordidus, que se endurecía rápidamente.


Como contraste, las familias acomodadas tenían acceso a muchos productos y sin duda disfrutaban de una mesa más generosa y refinada, con un componente cárnico más elevado. Así, consumían a menudo cerdo, cordero, pollo, pato, aves de caza y más raramente ternera. También comían diferentes tipos de pescados y mariscos, pero sobre todo les entusiasmaba una salsa a base de pescado fermentado llamada garum, que hacía de complemento para casi todos los platos. Esta salsa sólo tuvo difusión en las mejores casas romanas, ya que como producto de lujo no estaba al alcance de cualquiera. Los expertos actuales, a partir de las descripciones escritas, consideran que el garum sería demasiado fuerte –casi repugnante– para nuestro gusto... y para nuestros estómagos.


Aparte de la calidad, también era importante la cantidad. Así, los romanos de clase alta solían hacer tres comidas diarias: el ientaculum, un desayuno a primera hora de la mañana, el prandium, un refrigerio ligero a mediodía y la coena, la comida principal a media tarde y que podía durar muchas horas. Los banquetes más lujosos, servidos por un ejército de esclavos, podían empezar hacia las tres de la tarde y no terminaban hasta bien entrada la noche. No hace falta decir que es en estas grandes celebraciones cuando tenían lugar los excesos más habituales, como las inevitables borracheras o los vómitos provocados para poder seguir comiendo.

 

bol de terra sigillata
Generalmente todos los banquetes tenían tres partes, con un total de siete u ocho platos: la gustatio (entrantes), la prima mensa (los platos más fuertes) y la secunda mensa (postres).
Los comensales comían alrededor de una mesa, pero no sentados, sino acostados en una especie de pequeño sofá, el triclinium. Los alimentos y bebidas eran servidos en piezas de lujo –de plata o vidrio– o en una vajilla de loza que los arqueólogos hemos bautizado como terra sigillata. Ahora bien, prácticamente no utilizaban cubiertos (muy ocasionalmente cuchillos y cucharas): era costumbre coger los alimentos directamente con los dedos. Para limpiarse, cada invitado debía llevar de su casa unas servilletas especiales (apophoreta) que, aparte de su función higiénica, eran el contenedor perfecto para poder llevarse luego las sobras del banquete.

Y además, no hay que olvidar que para los romanos el hecho de comer con la familia y las amistades era realmente un evento de relación social, por lo que la comida se alargaba con una especie de sobremesa –que ellos llamaban commissatio– en forma de tertulia, juegos, música, danzas, donación de obsequios, etc. Sabemos que los banquetes más comunes podían reunir aproximadamente entre 10 y 30 personas, pero en algunas fiestas imperiales podían asistir centenares de invitados. Eso sí, estos banquetes no se coronaban con los tradicionales cafés, licores o tabaco, simplemente porque eran desconocidos por los romanos...


Sólo como ejemplo, he aquí lo que podría ser el menú, relativamente moderado, de una comida "festiva" de una familia de buena posición:


Aperitivo
Ubre de cerda rellena de erizos salados
Setas con salsa de pescado a la pimienta

Platos principales
Gamo asado con salsa de cebolla, dátiles, uvas, aceite y miel
Avestruz asado con salsa dulce
Jamón cocido con higos y miel
Flamenco hervido con dátiles

Postres
Pastelillos africanos de vino dulce, calientes, con miel
Dátiles sin hueso, rellenos de frutos secos y piñones fritos con miel


Para terminar este repaso, no podía faltar una referencia a la "alta cocina" o gastronomía propiamente dicha, es decir, la figura del profesional o experto en la elaboración de platos exquisitos. Así, cabe mencionar que en época imperial vivió un famoso gastrónomo de nombre Apicius que vendría a ser el Paul Bocuse de la época. Este personaje escribió un completísimo libro sobre el arte culinario romano, De re coquinaria libri decem, en el que nos dejó casi medio millar de recetas originales con todo tipo de técnicas y productos: vino, conservas, entrantes, salsas, verduras, menestras, purés, puddings, carnes, pescados, mariscos, etc.


Además, Apicius experimentó con diversos alimentos e introdujo la costumbre de cebar algunos animales con una estricta dieta de higos para engordarles específicamente el hígado, obviamente como base para el foie gras. Por desgracia, este hombre, un auténtico sibarita entre sibaritas, estaba tan acostumbrado al lujo y al gasto sin medida que cuando su fortuna sufrió un fuerte quebranto se suicidó porque no se vio con fuerzas de rebajar su ritmo de vida. ¡O tempora o mores!, que diría Cicerón.


© Xavier Bartlett 2014

miércoles, 16 de julio de 2014

La arqueología de la conciencia



Muy pocos investigadores se han acercado a los orígenes de la civilización desde una óptica que podríamos denominar “de la conciencia”. La historiografía convencional, basada en los conceptos básicos de la teoría de la evolución, nos presenta una larguísima etapa de evolución biológica y primitivismo de la humanidad para luego exponer el gran salto cualitativo que supone el Neolítico y el posterior nacimiento de las primeras civilizaciones, caracterizadas por el triunfo del hombre sobre la Naturaleza.



En este patrón se da por hecho que estas antiguas culturas –aun con todos sus grandes logros que se perpetúan de alguna manera hasta la actualidad– no fueron más que los primeros escalones del desarrollo humano en el dominio del planeta, con una ciencia y una tecnología cada vez más avanzadas. Todo esto formaría parte de una visión de tipo materialista, que considera que las manifestaciones de tipo espiritual de esas remotas civilizaciones no fueron más que mitos y supersticiones, englobadas en ese gran cajón de sastre que es el mundo de la religión y las creencias.



Guillermo Caba Serra
Sin embargo, varios autores han intuido que detrás de estas supuestas supersticiones y manifestaciones culturales se escondían los restos de una ciencia metafísica de una cultura humana anterior, ya desaparecida y no reconocida por el actual estamento académico. Este es precisamente el gran tema que abordó el periodista científico Guillermo Caba Serra en su primer libro Conciencia. El enigma desvelado[1] publicado en 2010. Esta primera obra estuvo centrada en ofrecer una nueva visión del concepto de conciencia, situándola más allá del paradigma materialista, y sobre todo en destacar que en un pasado muy remoto los seres humanos tenían un conocimiento bastante preciso de este concepto y que detrás de él se puede encontrar la razón de ser de monumentos tan emblemáticos como la Gran Pirámide de Guiza. Ahora, en 2014, Guillermo Caba cierra el círculo con su segunda obra, La arqueología de la conciencia, en la cual completa las propuestas esbozadas en el libro anterior con numerosos argumentos extraídos de las antiguas tradiciones de civilizaciones separadas por miles de kilómetros (y a veces miles de años).



La arqueología de la conciencia presenta varias líneas temáticas, pero las podríamos resumir en dos grandes proposiciones. Primera: que el ser humano es un ser multidimensional compuesto de tres partes o tres estados de conciencia: una de tipo material o físico, ligada a la percepción sensorial, y dos de tipo espiritual o metafísico, que en las antiguas tradiciones se correspondían con las cualidades divinas. Segunda: que el Gran Diluvio –citado en docenas de leyendas de todo el mundo– no fue un desastre o cataclismo de tipo físico, sino un evento cósmico cíclico: un campo energía electromagnética que barrió el universo y afectó a nuestro planeta. Y, como consecuencia, este gran impacto electromagnético habría provocado una gran alteración de nuestro nivel de conciencia.



Sobre el primer tema, Caba toma como base los tres estados de conciencia conocidos, a saber: el de vigilia, en el cual se perciben las cosas a través de nuestros sentidos; el de los sueños, en el que percibimos creaciones mentales; y el del sueño profundo, en el que no hay percepción de objetos. A partir de aquí, el autor nos habla de las enseñanzas del místico hindú Ramana Maharshi, un hombre que alcanzó la iluminación y trató de ayudar a otros a seguir su camino. Según Ramana, habría un cuarto estado de conciencia que se sitúa más allá de nuestro yo o ego, al cual calificaba simplemente como un producto de nuestro pensamiento. A este respecto, cabe destacar la siguiente cita del sabio hindú sobre la relación entre la realidad y la conciencia:



«El mundo es aprehendido por los sentidos en los estados de vigilia y desueño; es el objeto de las percepciones y los pensamientos, siendo los dos actividades mentales. Si la actividad mental del sueño y del estado de vigilia no existieran, no habría percepción del mundo ni la conclusión que existe. En el sueño profundo, esta actividad está ausente; pues los objetos y el mundo no existen para nosotros en ese estado. En consecuencia, la “realidad del mundo” no puede ser creada más que por el ego, por su emergencia desde el sueño; y esta realidad es engullida o desaparece en la medida en que el alma retoma su propia naturaleza en el sueño profundo. La aparición y la desaparición del mundo son comparables a la araña que teje su tela y después la reabsorbe»



Cámara del Rey de la Gran Pirámide
A continuación, Caba nos sitúa en el Mundo Antiguo para demostrarnos que los antiguos tenían clara esta concepción de la “realidad” que percibimos (y la que está más allá de ésta), así como de esencia del ser humano, dividido en una parte burda o física y en dos partes metafísicas. Por ejemplo, la Gran Pirámide de Guiza no sería un monumento funerario sino un instrumento de iluminación mística, pues la llamada Cámara del Rey sería en realidad la Cámara del ka o esencia del individuo. Si analizamos los componentes de este espacio, vemos que hay un sarcófago –que nos remite a la parte física o perecedera del ser humano– y dos canales o conductos que apuntan a ciertas estrellas, en dirección norte y sur. Estos conductos representarían los lugares por donde se separarían el ba, concepto asimilable al alma, y el akh, algo así como el espíritu. Además, el simbolismo de cierto jeroglífico compuesto de un cuadrado y una cornamenta bovina nos remitiría a la misma idea de parte física y separación en dos de la parte no física.



Igualmente, otras civilizaciones reflejan este mismo simbolismo tripartito, como Mesopotamia, donde el héroe sumerio Gilgamesh era descrito como “en dos tercios divino y en un tercio humano”. Asimismo el Rig Veda hindú nos habla de tres reinos de realidad o de la conciencia: el cielo, la tierra y el espacio intermedio, siendo Suria, el dios Sol, el que reina sobre dos partes de esa conciencia mientras que Yama, el dios de la muerte, reina sobre los seres humanos en la tercera parte. A su vez, en Mesoamérica también encontramos referencias mitológicas similares entre los mayas. Así, en el mito maya de la creación del hombre se guarda la misma proporción tripartita, con dos partes divinas representadas por las mazorcas de maíz blancas y amarillas.



Por otro lado, el autor nos remite a otra antigua mitología de alcance universal que representa la lucha o preeminencia de la conciencia sobre la mente: se trata del simbolismo felino. Según esta mitología, un felino depredador (un tigre, un jaguar, un león...) se abalanza sobre su presa (un elefante, un venado...), representando el ataque de la conciencia sobre la mente y el pensamiento, a fin de llegar al estado de iluminación. Este simbolismo está presente a través de leyendas y representaciones artísticas en la Antigua India, Mesopotamia, Asia Central, el mundo islámico, la Antigua Grecia, Göbekli Tepe (Turquía) y también en América Central.



Como colofón de su tesis, Guillermo Caba llega al tema del Diluvio Universal en conexión con este simbolismo felino y con el concepto tripartito de la esencia humana. Para introducir la cuestión, se hace referencia al llamado “casco de Dios”, un proyecto implementado por el Dr. Michael Persinger, consistente en someter a unos voluntarios equipados con dicho casco a una leve exposición a campos electromagnéticos. Los resultados de este ensayo revelaron que algunas personas habían experimentado estados alterados de conciencia, ya que el cerebro está plagado de cristales de magnetita que reaccionan ante estos campos, según otras investigaciones. A partir de este punto, el autor propone que en el cosmos se producen regulares barridos de campos electromagnéticos y que la Tierra no está enteramente protegida frente a los efectos de dichos campos.



Representación artística del arca de Noé
El siguiente paso de esta argumentación nos conduce a considerar que el gran Diluvio no fue una catástrofe de la naturaleza sino un tremendo impacto electromagnético que afectó la conciencia humana. Volviendo al remoto pasado, tendríamos referencias directas en el mito sumerio-acadio del Diluvio, protagonizado por Utnapishtim (Noé). Según el autor, es preciso realizar una meta-lectura del mito huyendo de la literalidad y buscando el significado profundo del desastre en términos de conciencia. Así, el arca de Utnapishtim se habría hundido en dos tercios sobre las aguas, pero no unas aguas físicas, sino el apsu (las aguas cósmicas subterráneas), que sería el “dominio de la mente desligada de su vinculación con los sentidos.” Y si nos trasladamos a América, hallaríamos un simbolismo similar en Teotihuacan, en un mural que muestra la eclosión del ser humano tras el diluvio en forma de peces voladores, lo que expresaría la desvinculación de la conciencia humana del ámbito de los sentidos.



La Gran Esfinge de Guiza
Finalmente, Caba apunta que las antiguas mitologías y creencias  insinuaban la llegada de un nuevo diluvio y que este hecho debería tener algún tipo de señal o marcador físico. Y según todo lo expuesto hasta ahora, tal señal debería contener tres claros rasgos: tener la figura de un depredador, estar en actitud de espera y poseer un significado celeste. Y este marcador, el que cumple estas condiciones, existe desde la remota Antigüedad: es la Gran Esfinge de Guiza. Para Caba, la Esfinge no ha sido ni bien datada ni bien interpretada por los egiptólogos, siguiendo las teorías de J.A. West o Robert Bauval. Lo que parece saltar a la vista es que la Esfinge es un gran depredador en reposo o espera que está orientado a su contraparte celestial, la constelación de Leo, en el equinoccio de primavera del 10.500 a. C.



En todo caso, el autor plantea que –más allá de la mitología y el simbolismo– deberían existir pruebas físicas del impacto electromagnético y para ello aporta algunos datos científicos extraídos de diversas fuentes sobre posibles inversiones magnéticas en el planeta o incrementos bruscos de radiaciones cósmicas. Sin embargo, reconoce que el cuerpo de pruebas de tal evento está aún por descubrir.



Y, en fin, el autor remata su obra glosando el simbolismo sagrado del número tres (los famosos tres tercios) en varias civilizaciones y la posible existencia de un lugar de iluminación no accesible en un estado de conciencia normal, y que se podría identificar en el mítico enclave de Shambala, un lugar celestial exento de padecimiento.



A modo de conclusión, podemos afirmar que estamos ante un mensaje trascendente, de carácter espiritual frente al materialismo imperante, que centra su atención en la conciencia y no en hombres, hechos o artefactos. Caba, en su viaje a la arqueología de la conciencia, nos muestra que probablemente los antiguos tenían un conocimiento de la conciencia que nosotros hemos perdido y que ahora tratamos de recuperar. Así, esta obra sin duda desconcierta a veces por los intrincados caminos que recorre y por su inusual enfoque multidisciplinar, proponiendo escenarios y buscando conexiones donde más de uno no verá más que fáciles especulaciones. 

No obstante, el paradigma actual ya es bien conocido en todos sus errores y limitaciones. Ya es hora de que se abran paso nuevas visiones de la historia y la existencia humana, aunque todavía se muevan en las aguas de la intuición y la conjetura, al menos desde un punto de vista estrictamente convencional.



© Xavier Bartlett 2014





[1] CABA SERRA, G. Conciencia. El enigma desvelado. Ed. Corona Borealis. Málaga, 2010



martes, 24 de junio de 2014

¿Dónde están las momias de los faraones?



Introducción


A lo largo de unos 3.000 años de Egipto dinástico (desde Menes hasta los últimos monarcas del periodo ptolemaico) se sucedieron docenas y docenas de faraones, algunos efímeros y otros de gran longevidad en el trono, pero todos ellos compartieron, lógicamente, un mismo fin: acabaron momificados y enterrados en sus respectivas tumbas reales para viajar al Duat, el reino de ultratumba del dios Osiris. 

Por lo menos esto es lo que suponemos que sucedió en todos o casi todos los casos, pues el número de pruebas físicas de restos inequívocos de faraones no se corresponde con el listado de reyes conocidos. Dicho de otro modo, se han hallado e identificado con certeza bastantes momias (o restos de momias) de faraones pero lamentablemente hay una larga lista de faraones cuyos restos mortales permanecen “desaparecidos” o bien “no identificados”. De hecho, se han encontrado algunas momias que no se han podido atribuir con seguridad a un rey concreto, e incluso se puede dar el caso de que se trate simplemente de enterramientos intrusivos posteriores. Así pues, ¿dónde están estos cuerpos? ¿Fueron robadas o destruidas muchas de las momias reales ya en tiempos antiguos? En este artículo vamos a intentar arrojar un poco de luz sobre este tema, que ha sido objeto de polémica a raíz de algunas propuestas de la arqueología alternativa, que por boca de algunos autores ha insistido en que nunca se han encontrado momias reales dentro de ninguna pirámide.

La joven ciencia de la Egiptología empezó a descubrir tumbas de faraones ya a mediados del siglo XIX, y se pudo establecer que las tres estructuras funerarias típicas para los enterramientos de reyes eran la mastaba, la pirámide y el hipogeo. Y en efecto, se descubrieron momias reales en mastabas (principalmente de las primeras dinastías), así como en hipogeos, tumbas subterráneas típicas del periodo del Imperio Nuevo. Cabe destacar que en el caso de muchos faraones del Imperio Nuevo, sus momias no se hallaron en sus respectivas tumbas –sitas en el llamado Valle de los Reyes– dado que, a causa de los continuos saqueos, los sacerdotes se vieron forzados a reubicarlas en una tumba de principios del primer milenio antes de Cristo, que se acabó convirtiendo en una especie de escondite denominado actualmente DB320. En efecto, allí se encontraron en 1860 los restos mortales de más de cincuenta miembros de la realeza y la nobleza.

Sin embargo, con las pirámides sucedió otra cosa: en su gran mayoría aparecieron vacías... no sólo de ajuares, tesoros u otros objetos sino también de restos humanos. Esto no quiere decir que las otras estructuras hubieran sido más seguras, pues como acabamos de mencionar casi todos los hipogeos también habían sido asaltados ya en época de los faraones y muchas momias reales habían sido profanadas[1]. Sea como fuere, durante décadas y desde posiciones alternativas, que podríamos adscribir a la denostada piramidología, se ha hecho mucho hincapié en la ausencia de momias reales en las pirámides. Para una legión de críticos a la Egiptología ortodoxa, no se han encontrado momias simplemente porque tales estructuras no fueron diseñadas originalmente para albergar el cuerpo presente del faraón, sino para otros propósitos. Y aquí es donde arranca la controversia, que en realidad son dos: En primer lugar: ¿dónde están las momias? Y en segundo lugar, ¿podemos asegurar que las pirámides cumplían una finalidad funeraria (aunque no exclusivamente funeraria)?

La visión de la egiptología


Lo que los defensores de la ortodoxia argumentan a favor de la consolidada teoría de la pirámide-tumba se fundamenta en dos tipos de pruebas: por un lado, la relación directa de la pirámide con una serie de construcciones del ámbito funerario-religioso, lo que se ha venido a llamar el complejo piramidal, que se remonta ya a la primera pirámide (la pirámide escalonada de Djoser) y que se prolonga prácticamente hasta el fin de la era de las pirámides. Por otro lado, tendríamos lo que es propiamente la existencia de ítems inequívocamente funerarios en la llamada cámara sepulcral, entre los cuales se incluye la presencia de sarcófagos y de restos humanos (ya sean momias o simplemente huesos).

Aparte de estas referencias directas a las pruebas físicas, la egiptología ha construido un discurso lógico en torno a la transición “natural” de la mastaba a la pirámide. El eminente experto en pirámides I. E. S. Edwards aduce que la forma piramidal era la respuesta apropiada a una necesidad de tipo ritual. Así, los Textos de las Pirámides, a los que la egiptología ha dado siempre un valor religioso-mágico-funerario, recogerían la razón de ser de la pirámide: según ciertas declaraciones de estos Textos, el faraón precisaba de una escalera al cielo para alcanzar la vida inmortal. Para reforzar esta relación, Edwards hace hincapié en que la palabra egipcia para designar la pirámide era m(e)r, que significa “lugar de ascensión” u “objeto utilizado para ascender”. En su opinión, este escenario tiene sentido ya que:

«Al ser el propietario de la pirámide, el rey podría subir al cielo cuando quisiera y regresar a su tumba con el fin de disfrutar de las ofrendas que le habían traído sus sacerdotes y familiares.»[2]

Asimismo, según el egiptólogo Mark Lehner, la pirámide era un motor cósmico que permitía el ascenso del faraón fallecido (Osiris) a los cielos, al tiempo que se producía la transmisión de su carácter divino al nuevo faraón (Horus). Además, la pirámide tenía una clara conexión con el culto solar. Toda la pirámide, y en particular su vértice superior llamado «piramidión» era una materialización en piedra de los rayos solares a través de los cuales el rey alcanzaba en el más allá un estado de pureza o perfección.

De este modo, la egiptología considera que a la vista de las pruebas y de los propios testimonios de los egipcios, no hay ninguna duda de que las pirámides tuvieron una función funeraria (aunque también atesoraban una función simbólica o ritual[3]) y que las momias de los faraones fueron depositadas en ellas. Otra cosa, por supuesto, es que tales momias hayan llegado incólumes e in situ hasta nuestros días. Cualquier alusión a que las pirámides nunca fueron tumbas o que la ausencia de momias es muy sospechosa es tomada como una afrenta o una bravata propia de ignorantes (de hecho, los piramidólogos son tachados cariñosamente de piramidiotas por parte de algunos académicos). Sin embargo, no todo es tan simple como parece, ni por un lado ni por otro, y para ello vamos a proponer seguidamente una serie de reflexiones sobre los argumentos que aportan unos y otros sobre la controversia.

Las pruebas


Vayamos en primer lugar a valorar lo que sería el conjunto de pruebas físicas que supuestamente ratifican la teoría de la pirámide-tumba. Como ya se ha mencionado, la pirámide era un elemento más, posiblemente el más destacado y el más imponente desde el punto de vista arquitectónico, de un conjunto monumental funerario compuesto de estas partes, si bien no todas estaban necesariamente presentes: 1) Un gran recinto que englobaba el complejo; 2) La propia pirámide principal; 3) La pirámide satélite; 4) Pirámides subsidiarias (“o de reinas”); 5) El templo funerario; 6) El templo del valle; y 7) La calzada de acceso.

Por supuesto, la pirámide tenía su estructura interna que incluía una cámara sepulcral (aparte de otras estancias o pasadizos), al igual que la había tenido su antecesora la mastaba, y era este el lugar destinado a alojar el sarcófago y los restos mortales del rey. Además, también tenemos el serdab, otro elemento relacionado con el rey difunto, que consistía en una pequeña cámara en la que se alojaba una estatua del faraón, a modo de doble para su espíritu. Por otro lado, los ya mencionados Textos de las Pirámides que aparecen en el interior de algunas pirámides (de la V a la VIII dinastía) también serían una muestra de la finalidad funeraria de la propia pirámide.

Si repasamos ahora los conjuntos piramidales desde la pirámide escalonada de  Djoser (III dinastía) hasta las últimas pirámides del Imperio Medio, veremos que la presencia de los templos (el funerario y el del valle) es un hecho habitual, aunque a veces apenas queden unos pocos restos de tales estructuras, por ejemplo, el pavimento.

Y ya en el ámbito de la propia pirámide principal, y si nos referimos al interior de la cámara sepulcral, se encontraron sarcófagos en las pirámides de Djoser,  Sekhemkhet, Nebka, Meidum, Khufu, Khafre, Menkaure, Unas, Teti, Pepi I, Pepi II, Neferefre, Djedkare Isesi, Senuseret II, Senuseret III, Amenemhet III, y Khendjer. Ahora bien, en cuanto a la presencia de momias (o restos de ellas), la lista se hace un poco más reducida:

-         Pirámide Roja: restos momificados atribuidos a Sneferu.
-         Pirámide de Menkaure: momia hallada en sarcófago.
-         Pirámide de Merenre: momia hallada en el sarcófago atribuida al faraón.
-         Pirámide de Neferefre: momia atribuida al faraón
-         Pirámide de Djekare Isesi: restos momificados atribuidos al faraón.

Hay que hacer notar que aparte de estos hallazgos, podemos añadir algunas otras pruebas adicionales en forma de restos mortales de reinas, vasos canopes[4] y ciertos fragmentos de esqueleto o huesos aislados que se hallaron por ejemplo en las pirámides de Djoser, Unas, Teti, Pepi I o Mentuhotep II, algunos de los cuales no han llegado hasta nuestros días.

Por supuesto, a continuación surge la cuestión de si estos restos pertenecen a los “titulares” de las pirámides o bien forman parte de enterramientos intrusivos posteriores, lo que se viene defendiendo desde posiciones heterodoxas. A tal argumento responde la egiptología de forma contundente afirmando que los enterramientos intrusivos existieron (por ejemplo, en el caso de la pirámide de Netjerkhet o en la de Menkaure[5]), pero que fueron la excepción. 

A este respecto, es justo reconocer que las primeras investigaciones (sobre todo en el siglo XIX y principios del XX), realizadas con poca o nula metodología, resultaron bastante confusas. Los egiptólogos estaban ansiosos por encontrar los cadáveres reales y cualquier resto óseo hallado solía asignarse precipitadamente al faraón de turno. Así, en la pirámide de Djoser se encontraron varios huesos y restos momificados, pero los estudios más modernos demostraron que los restos pertenecían a más de una persona y que ninguno de ellos databa del Imperio antiguo, sino de época saíta.

Ahora bien, según estudios de tipo antropológico y algunas dataciones realizadas mediante carbono-14, se puede concluir que al menos en dos casos los restos humanos hallados en cámaras sepulcrales son indiscutiblemente pertenecientes a los faraones propietarios de la pirámide: se trataría de los faraones Neferefre y Dejkare Isesi (ambos del Imperio Antiguo). Por otro lado, existen dudas acerca de las momias de Merenre y de Senuseret II. Sobre otros restos menores, se han dado por buenas las identificaciones de los faraones Iput, Pepi I, Mentuhotep II y Amenenhet III.

Por lo tanto, aquí podríamos cerrar la supuesta polémica y dar por hecho que las pirámides sí alojaron las momias reales y que el hecho de que hayan llegado tan pocos restos a nuestra época se debe principalmente a la acción de los saqueadores de tumbas no sólo en la misma era dinástica egipcia, sino también durante los siglos posteriores, lo que en conjunto viene a ser un periodo de unos 4.700 años, si bien es razonable conceder que en época árabe prácticamente ya no debía quedar nada por saquear. 

Finalmente, para las personas que deseen profundizar un poco más en la versión académica de esta cuestión, recomiendo la lectura del artículo -disponible en Internet- del egiptólogo José Miguel Parra "Las momias de las pirámides", en Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Historia Antigua, t. 24, 2011, págs. 211-226. 

Los cabos sueltos


Sin embargo, existen algunos elementos interesantes que no deberían ser pasados por alto y que plantean algunos interrogantes que tal vez no han sido adecuadamente abordados por la egiptología con relación a la teoría de la pirámide-tumba. Vamos a repasarlos seguidamente.

En primer lugar, la motivación que impulsó el cambio de la mastaba a la pirámide a partir de la III dinastía  no está del todo clara. La interpretación convencional sobre esta evolución nos remite a los Textos de las Pirámides, que no aparecen por escrito hasta la pirámide de Unas (último rey de la V dinastía), si bien los expertos coinciden en afirmar que recogían una tradición muy antigua, del mismo inicio de la era dinástica. De todos modos, ¿por qué en un momento dado se impone la necesidad de la escalera al cielo, rompiendo el habitual tipo de enterramiento real en mastaba? De hecho, la mastaba siguió usándose como tumba para personajes reales ya bien entrada la era de las pirámides. ¿A qué se debe esta dualidad? ¿Y por qué consta bien claramente el nombre del difunto en las mastabas y no en las primeras pirámides (dinastías III y IV), que son monumentos prácticamente mudos? Unos edificios funerarios tan imponentes deberían contener el nombre del faraón de forma ostensible, y no es éste el caso[6]. Por otro lado, la base típica rectangular de la mastaba es sustituida por la base cuadrada de la pirámide[7].

En segundo lugar, el propio hecho de construir una pirámide, que es un monumento de enormes dimensiones, para alojar una tumba puede parecer un esfuerzo más bien inútil para proteger la momia del faraón. Ya sea una pirámide de 30 o de 140 metros de altura, es un marcador perfecto para situar la localización de una tumba; no hay nada más visible en el horizonte para un observador con malas intenciones. Por lo tanto, las pirámides deberían haber sido prácticamente inexpugnables, independientemente de que hubiera soldados, funcionarios o sacerdotes custodiando la morada del faraón difunto durante cierto tiempo. Sin embargo, ni siquiera las tres colosales pirámides de Guiza resultaron seguras para proteger la tumba real.

A este respecto, el investigador independiente Scott Creighton[8] hacía una interesante reflexión: la madre del faraón Khufu, la reina Hetepheres, fue enterrada en una profunda tumba de pozo (a 20 metros por debajo de la superficie), la cual fue hallada perfectamente intacta en los años 20 del pasado siglo. Entonces, si Khufu conocía otras modalidades de tumba más eficaces para proteger los restos mortales:

1)      ¿Por qué no recurrió a ese tipo de tumba mucho más discreta? 
2)      ¿Por qué no hizo su pirámide más segura, prácticamente inviolable?

Las respuestas a estas dos preguntas se quedan en el aire, pero está claro que si el cenit de las pirámides lo situamos en la pirámide de Khufu, no es de esperar que el resto de pirámides (sobre todo posteriores), de una factura bastante menos consistente, fueran a mejorar el tema de la seguridad de forma sustancial. No obstante, el propio Creighton apunta a varios hechos que demuestran que sí se podría haber realizado un monumento mucho más hermético, que fuera un reto casi imposible de afrontar para los saqueadores más “profesionales”. Por ejemplo, resalta los siguientes puntos:

-    Existe una serie de corredores excavados en el exterior de la Gran Pirámide que replican la propia estructura interna de la pirámide.
-    El corredor descendente (de acceso al interior del monumento) se pudo haber bloqueado del todo rellenándolo con piedras y cascotes, pero no se hizo.
-    La entrada al corredor ascendente estaba marcada con una piedra prismática que se podía distinguir bien del resto de bloques circundantes.
-    El sistema de protección de tipo “rastrillo” de la antecámara –con tres grandes losas de granito– no era muy seguro, pues había un cuarto bloque que podía emplearse como contrapeso para alzar cada una de las tres losas.

Así pues, la construcción de una pirámide no ofrecía muchas más ventajas, en términos de seguridad, que una tumba de otro tipo, y ya hemos comentado el devastador efecto de los saqueos en todas las tumbas reales, en cualquier época. Con todo, nos quedan las palabras del historiador griego Heródoto, según las cuales el faraón Khufu no se enterró en el interior de su pirámide sino debajo de ella, en una cámara subterránea rodeada de agua.

A partir de este dato, vamos a formular la última reflexión sobre el paradero de las momias, planteando un escenario en que las pirámides no albergaran necesariamente el cadáver del faraón. ¿Sería posible que las momias de muchos faraones del Imperio Antiguo no hubiesen estado nunca en sus pirámides sino en otros lugares?[9] Dicho de otro modo, ¿existe la posibilidad de que las momias no hubieran sido robadas o destruidas por los asaltantes sino que nunca fueran halladas, desde la remota Antigüedad hasta nuestros días? 

A este respecto hay algunos hechos ciertamente desconcertantes que invitan a un estudio más profundo. Me refiero al hallazgo de supuestas tumbas intactas y selladas en las que no se encontró ningún cadáver. Ya hemos mencionado la tumba de pozo de la reina Hetepheres, madre de Khufu, que se halló cerca de la gran Pirámide de su hijo. Pues bien, esta tumba es uno de los grandes misterios de la egiptología, pues pese a haberse comprobado que en efecto nadie la había profanado desde los mismos tiempos de Khufu, la momia de Hetepheres no apareció por ninguna parte. La tumba tenía sus sellos intactos y en la cámara sepulcral se halló un sarcófago (vacío) más los vasos canopes, aparte de un rico ajuar compuesto por diversos objetos. Pero la momia jamás se encontró y ello dio lugar a dos posibles explicaciones: o bien la tumba original estuvo en otro lugar y fue asaltada, tras lo cual Khufu trasladó allí lo que había quedado, o bien se trataba de la auténtica tumba, siendo luego el cuerpo trasladado a otra ubicación, quizá a una pirámide “de reina”, donde acabó siendo objeto de otro saqueo. 

En todo caso, la cuestión de una tumba intacta sin momia tiene su máximo exponente en la pirámide de Sekhemkhet, faraón de la III dinastía, y propietario de una pirámide escalonada que fue excavada a mediados del siglo XX por el arqueólogo egipcio Zakaria Goneim y luego por el francés J. P. Lauer. Cuando se accedió a la cámara sepulcral, se encontró allí un inusual sarcófago de alabastro con apertura lateral en uno de sus extremos, mediante una losa deslizante. El sarcófago estaba sellado y aún rodeado de guirnaldas, lo que hizo presagiar un gran descubrimiento, pues no se había encontrado hasta la fecha ninguna tumba del Imperio Antiguo intacta. Lamentablemente, después de haber convocado a bombo y platillo a autoridades y medios de comunicación, se abrió el sarcófago y se comprobó que estaba vacío. Si alguna vez estuvo enterrado allí el faraón, eso no lo sabremos nunca.

Nuevamente podemos acudir aquí a explicaciones semejantes al caso de Hetepheres, pero también existe la posibilidad de que se tratase de una tumba conmemorativa o cenotafio, en la que no está presente el cuerpo del difunto. Esto no resuelve el problema de fondo, pues de alguna manera desplazamos el interrogante a otro lugar indeterminado.

Todo ello abre un escenario ciertamente especulativo en torno a dos posibles respuestas: 

1) Que por razones de seguridad u otras no determinadas, el cuerpo del faraón –una vez producido el enterramiento– se trasladase luego a otra ubicación.

2) Que el cuerpo del faraón nunca se hubiese enterrado en el interior de la pirámide sino en una tumba secreta, tal vez más segura.

Y de algún modo aquí se abre la puerta a la hipótesis de que en algunas pirámides sí se hubiera tenido lugar un enterramiento real pero no en otras, por razones que se nos escapan. También en este punto se plantea otra vez la funcionalidad primigenia de la pirámide: ¿pudo haber sido un su origen un monumento con otros propósitos y que pasado el tiempo fuese utilizado como lugar de enterramiento? Esto podría ser algo similar a lo que ocurrió con las catedrales medievales, a las que nadie confunde con “monumentos funerarios” pese a alojar en algunos casos tumbas de personajes notables, incluidos reyes y reinas.

En este ámbito, y siempre desde posiciones alternativas, se han formulado cientos de hipótesis y especulaciones sobre la supuesta función original de la pirámide: desde una especie de central energética hasta una baliza aerospacial, pasando por otras múltiples posibilidades más o menos atrevidas. También existe una corriente de pensamiento que atribuye a las pirámides (o para ser más exactos, a la Gran Pirámide de Khufu) una función de tipo metafísico o espiritual, procedente de una civilización anterior desparecida que precedió al Egipto histórico. Esta es la visión, por ejemplo, del investigador norteamericano Clesson Harvey, que –tras realizar una lectura heterodoxa de los Textos de las Pirámides– concluyó que la Gran Pirámide era un lugar de iluminación mística reservado para ciertos iniciados (los Shemsu-Hor, o seguidores de Horus) y que allí se daba el paso a otro mundo, pero no en un contexto funerario de vida-muerte física, sino en un contexto de acceso a un nivel de conciencia superior.

Asimismo, no son pocos los autores alternativos que han apreciado una dualidad entre cierto tipo de pirámides colosales, de caras lisas y realizadas enteramente con grandes bloques de piedra y otro tipo de pirámides más pequeñas, de factura más basta y perecedera, como las pirámides escalonadas y las pirámides de la 5ª dinastía en adelante. Para estos autores, tal diferencia se debería a que el primer tipo (las pirámides divinas) sería obra de una civilización previa pre-dinástica y probablemente no tendría ninguna finalidad funeraria. El segundo tipo (las pirámides humanas) sería en cambio un intento de imitar esas pirámides de los remotos antepasados por parte de los faraones y habría tenido diversas soluciones arquitectónicas en diversas épocas sin llegar nunca a equipararse totalmente con los modelos divinos. Según esta visión, la primera pirámide no hubiera sido pues la de Djoser, sino el conjunto de las grandes pirámides de Guiza.

Conclusión


A la vista de todo lo expuesto, está claro que hay restos humanos en el interior de las pirámides, aunque son más bien escasos y en muy pocos casos atribuibles sin duda ninguna a un faraón concreto. Existe, como hemos sugerido, la posibilidad de que no todas las pirámides albergaran las momias reales, aunque el efecto del saqueo es un elemento difícil de evaluar en todos los casos. Para la visión ortodoxa, esta presencia exigua de momias o huesos implicaría que los asaltantes penetraron en casi todas las cámaras sepulcrales y que los restos mortales de los faraones fueron robados, despedazados o destruidos para obtener las máscaras, joyas u otros objetos de valor adjuntos.

La otra posibilidad es que la ausencia de momias en pirámides se deba simplemente a que la pirámide no fuera una construcción funeraria en sí (o que fuese un cenotafio) y que por tanto el enterramiento tuviese lugar en otro emplazamiento. Esto implicaría que el cuerpo del faraón nunca fue depositado en la cámara “sepulcral” de su pirámide, poniendo así en duda la función intrínseca de dicha cámara e incluso de la caja rectangular que llamamos “sarcófago”. Esta hipótesis conduce forzosamente a suponer la existencia de tumbas secretas e invioladas, tal vez cercanas a la propia pirámide, aunque ello es una mera especulación. Si este fuera el caso, estaríamos hablando de tumbas y momias todavía no descubiertas, pero obviamente también sería factible que tal tipo de tumba (¿subterránea?) hubiera sido localizada y saqueada en tiempos antiguos.

Finalmente vemos que se hace complicado construir ninguna argumentación a partir de lo que nunca se ha observado o experimentado. A día de hoy, la egiptología presenta un escenario en el que casi todas las piezas encajan, y la ínfima presencia de restos humanos en el interior de las pirámides tiene una explicación razonable, a juzgar por los casos paralelos de saqueo en otros tipos de enterramiento real. Todo esto no obsta a que se planteen preguntas sobre la finalidad de las pirámides y su evidente fracaso a la hora de asegurar la inviolabilidad del cuerpo del faraón. Sea como fuere, no hay verdaderas respuestas heterodoxas a la pregunta de dónde están las momias de los faraones supuestamente enterrados en pirámides. Así pues, deberán aparecer nuevas pruebas convincentes que sean capaces de ofrecer un sólido escenario alternativo; mientras tanto, nos queda la especulación.

© Xavier Bartlett 2014


[1] Este hecho hizo destacar aún más el descubrimiento de la tumba intacta de Tut-Ankh-Amon en 1922 por Howard Carter en el Valle de los reyes, siendo este un faraón relativamente secundario que reinó muy pocos años.
[2] EDWARDS, I.E.S. Las pirámides de Egipto. Ed. Crítica. Barcelona, 2003. p. 280
[3] Últimamente también se han añadido a estas funciones otras finalidades de tipo más “prosaico”, como por ejemplo la cohesión social y el impulso económico.
[4] Recipientes donde se guardaban las vísceras del difunto, extraídas durante el proceso de momificación.
[5] En este caso particular se confirmó que ni el sarcófago –de época saíta– ni la momia –de época árabe– pertenecían al faraón Menkaure, como reivindicó el egiptólogo Richard Howard-Vyse, en una actuación no exenta de tintes fraudulentos.
[6] Naturalmente, se suele decir que el nombre de Khufu está bien presente en su pirámide, pero está claro que unas pocas marcas de cantería en un lugar prácticamente inaccesible no son lo que cabría esperar de una tumba de tal espectacularidad. Además, existen serias sospechas sobre la posible falsificación de tales marcas por parte de Howard-Vyse.
[7] Excepto en las pirámides de Djoser y de Menkaure.
[8] CREIGHTON, S. “Diez hechos que contradicen la teoría de la pirámide-tumba.” Dogmacero n.º 1. (2013)
[9] Sobre este punto, el autor norteamericano Robert Temple en su reciente libro Egyptian Dawn afirma que las tres grandes pirámides de Guiza son posiblemente muy anteriores a sus respectivos titulares (que se habrían limitado a adoptarlas y restaurarlas), y que éstos no se habrían enterrado allí sino en otros lugares ocultos en la misma meseta de Guiza, que él dice haber localizado. Este es otro debate en el cual no entraremos ahora, pero el hecho de tener pirámides antes de la era dinástica podría implicar que o bien la dataciones aceptadas del Imperio Antiguo de Egipto son erróneas, o bien las pirámides no pertenecieron originalmente a los faraones de la IV dinastía, en cuyo caso no sabríamos quién las construyó y con qué fin.