sábado, 13 de mayo de 2017

Los códices de Nag Hammadi: ¿último testimonio de las escuelas mistéricas?



Aun después de pasado más de medio siglo de su descubrimiento, los antiguos códices de Nag Hammadi (Egipto), al igual que los hallados en el Mar Muerto hacia la misma época, siguen despertando interés y controversia por tratarse de unos textos heréticos, fundamentalmente gnósticos, que de alguna manera podrían comprometer o generar dudas acerca de las verdades de la ortodoxia cristiana.

En el artículo que presento seguidamente, el reputado antropólogo norteamericano John L. Lash, experto en el gnosticismo[1], nos describe con detalle el trasfondo ideológico y religioso de esta polémica. Así, según su visión, los escritos de Nag Hammadi podrían constituir el último reducto de las llamadas escuelas mistéricas, esto es, las comunidades espirituales de la Antigüedad reservadas a los iniciados en las que se impartían los Misterios, esto es, los saberes más esenciales y profundos sobre la humanidad, el universo y la divinidad, y que derivaban de antiquísimos conocimientos paganos –procedentes del Antiguo Egipto principalmente– cuyo origen se hunde en la noche de los tiempos.

En su escrito, John Lash incide en la persecución e intolerancia sufrida por los gnósticos por parte del naciente cristianismo –consolidado nada menos que como religión oficial imperial– que trató de tergiversar u ocultar su verdadero mensaje. Asimismo, Lash pone de manifiesto que las escuelas mistéricas eran de hecho una red global de sabiduría esotérica que incluía no sólo el gnosticismo sino también otras prácticas o creencias como el druidismo, el budismo, el chamanismo, etc. Pero toda esta sabiduría de los Misterios, tachada ahora de superstición y paganismo, fue sepultada por una ortodoxia intransigente que pretendía someter o aniquilar la auténtica espiritualidad al tiempo que imponía una religión dogmática e intolerante.

En fin, les dejo ya con John L. Lash y este fascinante viaje a Egipto y a un mundo desaparecido de ideas y creencias que apenas hoy en día somos capaces de reconstruir parcialmente a partir de un tenue legado.



Cuando los Misterios murieron


Éxtasis e intolerancia en el Mundo Clásico


“Los dioses paganos, incluso los dioses de los Misterios, no son celosos unos de otros. Ellos forman una sociedad abierta” (Walter Burkert, Ancient Mystery Cults).   

Situación de Nag Hammadi, al sur de Egipto
Los trece códices descubiertos en el Alto Egipto en diciembre de 1945 han llegado a ser conocidos como la Biblioteca de Nag Hammadi, tomando ese nombre de una aldea situada en la orilla oeste del río Nilo. En el mismo lado del río, aproximadamente a 32 kilómetros al Sur, está el templo de Hatshepsut, escena de la masacre terrorista de turistas en Noviembre de 1997. Se cree que los autores llegaron desde la desolada tierra montañosa donde fueron encontrados los raros códices. Cuando visité la región en Febrero de 1999 en un viaje con la Marion Foundation, se habían establecido fuertes medidas de seguridad.

Yo llegué desde Luxor río arriba hasta Dendera, emplazamiento del antiguo templo de Hathor, en un convoy armado, acompañado por dos docenas de soldados con las metralletas a punto. Extrañamente, los académicos no se refieren al templo ptolemaico de Hathor en Dendera, localizado a tiro de piedra de Nag Hammadi. Desde la azotea del templo se puede contemplar la impresionante curva del Nilo, y se tiene una visión directa de los acantilados de Jabal Al-Tarif donde estaban escondidos los códices.

El poblado más cercano a la cueva, Hamra Dun, es demasiado pequeño para ser mencionado, pues de otro modo estos textos perdidos durante tanto tiempo hubieran sido denominados la biblioteca de Hamra Dun. Hamra Dun es el nombre árabe del lugar de antiguo nombre cóptico Chenoboskian, “el refugio de los gansos salvajes”; a su vez detrás de ese nombre hay otro, el nombre egipcio del lugar, Sheniset, “las acacias de Seth”, indicando una asociación con la secta gnóstica que se refería a sí misma como la Secta de los Setianos.

El ocaso egipcio


La proximidad de Dendera a Hamra Dun es notable, pero hasta donde sé, ningún erudito lo ha apreciado. Según el consenso actual, se supone que la “biblioteca” de Nag Hammadi procede del monasterio de Pacomio, un lugar de reclusión de monjes cristianos coptos que estuvo localizado en Tabennisi en la orilla oriental, como se muestra en el mapa.

“Su fundador pionero, Pacomio, había establecido una regla para unir a gente dispar y solitaria dentro de una comunidad cuya práctica del trabajo agotador implicaba una disciplina estricta, casi militar.” (Tobias Churton, The Gnostics, p.3)
Detalle de la situación de Nag Hammadi
Se supone que alguno de este heterogéneo grupo reunió improvisadamente los trece paquetes encuadernados en cuero, los puso luego en una vasija de arcilla roja y los escondió en una cueva en la ladera. Basándose en el examen del “cartonaje”, las cartas fechadas y los recuentos contenidos en las ligaduras de los códices, los expertos han determinado que los pergaminos debieron haber sido ocultados en la cueva entre 345 y 348 d.C. La fecha es bien precisa y, quizás por coincidencia, se corresponde con la muerte del monje maestro, Pacomio. Escondidos en el 345 d. C.: ¿Por quién? ¿Por qué? ¿Para qué propósito futuro? Nadie lo sabe.
Los estudiosos que proponen la teoría del monasterio copto para explicar el origen de los textos dejan de mencionar que el asentamiento de Pacomio, establecido alrededor de 300 d.C., fue un pobre asunto comparado con el complejo de Dendera, construido 500 años antes sobre asentamientos que se remontan al 5.200 a. C.

El Templo de Hathor fue una construcción ptolemaica tardía en un antiguo lugar sagrado, Tentyrs, considerado como el lugar de nacimiento de Isis. Si Isis puede ser considerada la equivalente de la Virgen María del cristianismo, Hathor fue la Eva egipcia. Sus prehistóricos y autóctonos ritos eran propios de las perdidas culturas sudanesas que precedieron con mucho al culto hollywoodiense de Osiris. Hathor era una diosa de sabiduría, como la Sofía de los gnósticos. Su culto celebraba el éxtasis, la sanación y la comunión mística con el cosmos.

Quizás entre la “gente dispar y solitaria” que encontró refugio en el monasterio de Pacomio hubo algunos gnósticos que huían de la persecución o algo peor. No obstante, pienso que es igualmente probable que los códices coptos vinieran de Dendera, o que pudieron haber llegado a los monjes mediante alguna asociación con los incondicionales del culto de Hathor y Horus instaurado allí.
 

Cada templo en Egipto tenía su propia biblioteca, y Dendera no era ninguna excepción. Los textos sagrados eran guardados en estancias especiales en el interior de la entrada, de modo que los sacerdotes pudieran seleccionar un texto y luego proseguir a la parte apropiada del complejo del templo para leerlos o (más probablemente) recitarlos.

Zodíaco de Dendera
La verdad es que no hay ninguna indicación explícita del material que se refiere a Hathor en la Biblioteca de Nag Hammadi, pero hay claras alusiones astronómicas. Dendera era conocido por su Zodíaco sagrado, uno de los artefactos más espectaculares de la sabiduría antigua que sobrevive intacto. La ciencia de las estrellas era importante para el culto de Hathor, y los gnósticos –desde las épocas más antiguas– tenían la reputación de ser astrónomos expertos.

El historiador del siglo I d. C. Josefo (Antigüedades Judías I, 2.3) relata la tradición existente desde hacía mucho tiempo de que “los hijos de Set eran considerados como los primeros profesores de la ciencia astronómica” (Plunkett, Calendars and Constellations of the Ancient World, p. 20). Jacques Lacarriere (The Gnostics, p.31 y ss.) piensa que la ciencia del cielo es la matriz original de su sistema de conocimiento.
 

Yo no puedo leer copto, pero con la ayuda de algunos eruditos gnósticos de categoría mundial en la Universidad Católica de Leuven en Bélgica, he logrado el nivel en que puedo andar a tientas en dicha lengua. Se trata de un lenguaje torpe y compuesto, con poco alcance para la expresión sublime o compleja. Después de unos años de tener mi nariz enterrada en los códices, o más bien como un cerdo desenterrando trufas, tuve la viva impresión de que estaba observando una especie de taquigrafía.

Inscripción demótica
El copto fue inicialmente inventado por sacerdotes egipcios (paganos) para conservar la pronunciación de la escritura de los amuletos que vendían. Esta lengua usa una versión modificada de las letras griegas y de caracteres tomados prestados de la escritura demótica [egipcia] para denotar sonidos que se dan en el egipcio antiguo pero no en el griego. El resultado es un idioma artificial que no se presta a la expresión filosófica. Se asemeja a la escritura taquigráfica usada para registrar procedimientos judiciales. No es el mejor medio para conservar las elevadas enseñanzas de los iniciados gnósticos en el momento del ocaso de la civilización egipcia.
 

Mi impresión de los códices coptos de Nag Hammadi es que son traducciones de notas apresuradas, y, en gran medida, notas incompetentes, anotadas en griego por estudiantes de los Misterios, quizá estudiantes pertenecientes al complejo de la escuela mistérica de Dendera. Los griegos habían estado yendo a Egipto para aprender la ciencia y la metafísica desde los días de Pitágoras, alrededor de 600 a. C. Con la decadencia y la dispersión de la civilización egipcia en la época helenística, las capacidades del alumnado pudieron haber sido inferiores a lo deseable. Incluso la antiquísima diseminación de la sabiduría egipcia en la mente griega también pudo haber alcanzado un grado febril en los primeros siglos después de Cristo.
 

Interior del templo de Dendera
Siendo, como lo es, una obra de la época ptolemaica (323-30 a. C.), Dendera a menudo es desestimada como demasiado tardía para venerar la sabiduría pura y antigua de los egipcios, pero ¿quién puede decir que el final de algo no puede ser tan profundo como su principio? Dendera y otros templos ptolemaicos, como el de Edfú, están inscritos con jeroglíficos en una densidad asombrosa, como si los últimos sacerdotes que podían leer y escribir los textos arcanos estuvieran concentrados en poner por escrito todo lo que pudieran para la posteridad.

En esta atmósfera, los estudiantes griegos bien podrían haber estado peleándose por cada último trozo del conocimiento que pudieran conseguir, y escribiendo algunas notas bastante inconexas sobre lo que los profesores-sacerdotes les estaban explicando.
 

Si los presuntos “originales griegos” fueron notas de aula, no excesivamente claras en primera instancia, y luego fueron traducidas del griego al copto por escribas que apenas entendían lo que estaban leyendo, esto explicaría la naturaleza alarmantemente caótica y contradictoria de estos textos. La Biblioteca de Nag Hammadi es un tesoro espiritual de la Humanidad, y es también una maraña confusa y mutilada.

Lugar de nacimiento de Isis


Vista de Luxor
En Luxor, la antigua capital del Alto Egipto (en el sur), las enormes columnas inscritas con jeroglíficos tallados con precisión revisten los santuarios abandonados de los dioses egipcios, repletos de turistas en casi todas las temporadas. Los recintos sagrados de la antigua capital irradian un encanto y una mística que compiten con Guiza. Las pirámides al Oeste de El Cairo permanecen como un mudo desafío para la comprensión humana, pero aquí en el Sur otro esplendor comunica su hechizo. Aquí, una revelación diferente de los muertos dinásticos asciende desde la tierra.
 

Dentro de un perímetro de unos 30 kilómetros está el Valle de los Reyes, el emplazamiento de la tumba de Tutankamón y otros faraones, aproximadamente unos cuarenta según Estrabón, un historiador griego de la época de Augusto (25 a. C.). Hoy en día, una media docena de tumbas son accesibles a los visitantes, y hay mucho más para encantar el ojo y arrobar la mente: el magnífico templo de Hatshepsut en Deir Al-Bahari, el Ramasseum con su coloso despedazado como un titán que cayó a la Tierra, los largos santuarios mortuorios de Seti I y Rameses III, IV y IX, las tumbas de muchos nobles, el templo tardío de Ptolomeo V en Deir el-Medina, los colosos gemelos de Memnón... Todo esto está en la ribera Oeste, mientras que en la orilla del Este se extienden los majestuosos terrenos de Karnak y el templo de Luxor, llamado “el Libro del Génesis en piedra” por el egiptólogo disidente Schwaller de Lubicz.
 

Exterior del templo de Hathor en Dendera
Un poco más al Norte en la ribera occidental está Dendera, el emplazamiento del templo de Hathor, la Eva egipcia. La masiva estructura de piedra arenisca está instalada en la curva del Nilo donde el río se desliza hacia el Este antes de volverse atrás a Qena, para luego fluir al Oeste más allá del extremo Sur de una enorme roca saliente conocida como Jabal-al-Tarif. En su pendiente oriental, los blancos acantilados están acribillados por 150 cuevas que fueron usadas como refugios por místicos del desierto durante siglos antes del cambio de era. Algunas cuevas dan acceso a galerías donde los príncipes faraónicos de la Sexta Dinastía (2.500 a.C.) fueron sepultados, pero la mayor parte de ellas son toscas grutas salpicadas quizás con unos cuantos fragmentos de vasijas. Escarpadas e imponentes, las áridas laderas no ofrecen ninguna seña o atractivo. Nag Hammadi está muy lejos de los lugares más frecuentados por el turismo global. El lugar está en una región controlada por partidarios islámicos responsables de la masacre de 54 turistas en el templo de Hatshepsut en 1997. Normalmente, ningún turista se acerca a esta aldea desolada o sin una fuerte imaginación como guía.

No queda nada que ver ahora de la antigua maravilla que debió haber coronado este lugar, y sólo el serpenteante susurro del viento del desierto alude a su misterio. Aquí los pasadizos secretos que esperan ser descubiertos están escondidos dentro del que busca, no en el lugar. Aquí yace el turbulento vórtice de ruinas invisibles.

Una red antigua


Un manual medieval elaborado por el ficticio guía turístico Ladâmes el Grande, describe el paisaje donde se descubrió la biblioteca gnóstica:

“Verás, hacia el Noroeste, siete tumbas establecidas en el lado del valle: cuatro juntas, luego dos juntas, y luego la última aislada. Cava en esta última, a la profundidad de un qamah: encontrarás el cadáver, y junto a él todas sus posesiones. Verás también algunos elevados promontorios alrededor de este mismo cementerio hacia el lado del Este. Entre estos promontorios hay cinco grandes tumbas, cada una con una piedra en la cabeza y otra piedra en los pies, ambas puestas en la arena. Levanta la lápida y cava...”


Ladâmes obviamente tuvo la intención de abrir el apetito de los buscadores de tesoros tangibles, de botines que podían ser transportados lejos y vendidos. Cuando escribió esto, alrededor del 1.200 d. C., el tesoro intangible de Nag Hammadi había estado perdido durante 800 años. Él pudo no haber tenido ninguna noción de su existencia, ni tampoco le hubiera interesado. No consistía ni en príncipes embalsamados ni en sus brillantes joyas. No formaba parte de ningún grandioso santuario presentado en proporciones sagradas y alineado con las estrellas circundantes. Nunca fue un objetivo de los saqueadores de tumbas en busca de riquezas rápidas. Fue finalmente descubierto, después de otros 800 años, por un par de campesinos beduinos que buscaban un abono natural llamado sebaj.

El hallazgo tuvo lugar en la primera semana de diciembre de 1945, pero los trece códices de descascarados papiros no llamaron la atención de los eruditos capaces de evaluar su relevancia sino hasta el verano de 1947. El lugar preciso carece de marcas y es poco notorio para el ojo humano, que se cansa rápidamente de los blanquecinos e inhóspitos acantilados. Son la escasa evidencia visible de vastas ruinas invisibles. Estos libros encontrados allí son significativos no simplemente por su contenido sino más aún por su valor simbólico.

Paisaje de las cuevas de Jabal-al-Tarif
Los trece bultos representan más de la sabiduría gnóstica que contienen. Son como fragmentos de las ruinas de una enorme cúpula de cristales de colores que describía los orígenes de la Humanidad, su sitio en el cosmos, y la causa de su extraño y desesperado exilio en la Tierra. El color de los fragmentos es luminoso y humeante, como la luz acaramelada. Para el ojo de la mente, confieren una lucidez inquietante, un atisbo de extrañas enseñanzas que describen nuestro cautiverio en un mundo desviado, un cosmos que ocurrió por error. Las ruinas, incluso si son invisibles, deben ser ruinas de algo. Lo que estaba sepultado en Nag Hammadi eran los últimos rastros de un completo mundo visionario, una enorme hazaña de la imaginación que alguna vez vivió en las mentes y los corazones de innumerables personas. El valor de la visión consistía en su poder para iluminar la vida y guiar a la Humanidad. Tanto la visión como el proceso de orientación fueron venerados en una enorme organización, la red de las escuelas mistéricas, en las cuales los gnósticos participaban como miembros escolares con responsabilidades especiales.

Confusa y fragmentaria como es, la Biblioteca de Nag Hammadi es la evidencia existente primaria de un sistema educativo perdido dedicado a la dirección espiritual de la Humanidad. En Nag Hammadi las ruinas de los Misterios son sólo accesibles para el ojo de la imaginación, la facultad que construyó la visión. Su presencia puede agitar el corazón con una angustia de pérdida inexplicable, pues cuando murieron los Misterios se hizo añicos el gran experimento visionario guiado por la Humanidad a través de los milenios. La sabiduría preservada en recintos sagrados como esta aldea desolada guió a innumerables personas durante incalculables siglos. Finalmente, los maestros y los administradores de las escuelas mistéricas fueron tachados de herejes, perseguidos y asesinados. No murieron por sus pecados, sino por lo que sabían.
 
Hoy hablamos informalmente de redes que unen lugares físicos dedicados a un objetivo o actividad común. Todos los estadios de fútbol en el mundo forman una red dedicada a un solo deporte. Todos los laboratorios bioquímicos que trabajan para descifrar el genoma humano forman una sola red integrada. En Inglaterra, las impresionantes estructuras –existentes desde hace mucho tiempo– de Oxford y Cambridge son pruebas visibles de la red de universidades británicas, que abarcan todos los campus del país. El conjunto total de los campus es mayor que cualquier unidad sola. Una red compuesta de componentes visibles es en sí misma invisible.
 

Los templos de Egipto fueron escuelas de iniciación
Dentro de un círculo con radio de unos 56 kilómetros alrededor de Luxor, se concentran más ruinas que la suma total de ruinas halladas en cualquier otra parte del mundo entero. Nag Hammadi se encuentra justo en el borde de este impresionante perímetro. Los conjuntos-templos del Alto y el Bajo Egipto no fueron las únicas escuelas mistéricas de la Antigüedad, pero sí es probable que fueran las más longevas, las mejor organizadas y las mejor financiadas, la élite de las religiones mistéricas.

Dado que las referencias históricas de los Misterios se derivan casi exclusivamente de la época en que estaban siendo eliminados, los estudiosos han fomentado la impresión de que las religiones de Misterios consistían en unos pocos y dispersos centros de culto más que una organización enorme que circunscribía al mundo antiguo. Pero los restos arquitectónicos en Egipto y en otras partes dan testimonio del enorme alcance de las religiones mistéricas. Incluso las diatribas de los Padres de la Iglesia, que se enfurecieron contra la sabiduría pagana, atestiguan involuntariamente la extendida organización transcultural de los cultos de Misterios.

El Philosophumena (o “Refutación de Todas las Herejías”, c. 230 d. C.), atribuido a Hipólito de Roma, es una enciclopedia que describe a los gnósticos al lado de druidas, brahmanes y una variedad de otros religiosos exóticos. Los historiadores hoy saben que los druidas eran endémicos en la cultura celta que se extendía desde las lejanas islas occidentales de Escocia e Irlanda hasta lo profundo del Asia Menor. Los brahmanes de India eran conocidos en Alejandría, como lo fueron los monjes budistas, cuyas peregrinaciones por Egipto y Palestina están registradas en los anales del rey Asoka, de la dinastía mauria (gobernó entre 269 y 232 a. C.). Una tablilla de piedra en Girnur en Gujarat declara el objetivo de Asoka de extender el budismo a través del valle entero del Nilo.

C. W. King (Gnostics and Their Remains) observa el parecido cercano entre la disciplina budista y la esenia, y cita el testimonio del historiador judío Josefo de que los centros esenios de culto en el Mar Muerto habían existido durante “miles de años” antes de su época. Los colegios gnósticos pertenecieron a esta gran organización milenaria de sabiduría nacida en Asia; sin embargo, “la regla observada por todos los posteriores historiadores del gnosticismo consiste en representarlo como una mera falsa herencia y corrupción del cristianismo.”

Intolerancia cristiana


Las escuelas mistéricas constituían una amplia red de colegios eclécticos y multidisciplinarios que compartían un lenguaje universal de sabiduría esotérica. Los brahmanes, druidas, budistas, gnósticos, esenios y muchos otros habrían sido capaces de comunicarse íntimamente unos con otros, a pesar de las diferencias culturales, lingüísticas y raciales. El fundamento común de los Misterios se sabía que había sido el culto asiático de la Gran Diosa, la Magna Mater.

Manuscritos gnósticos de Nag Hammadi
La identidad de la budista Prajnaparamita, “la Sabiduría de la Madre Suprema”, con la gnóstica Sofía, ha sido afirmada por Evens-Wentz, un erudito pionero del budismo tibetano. El temprano erudito gnóstico G.R.S. Mead, los estudiosos de mitología comparada Mircea Eliade, Joseph Campbell y Alain Danielou, y el erudito budista John Myrdhin Reynolds, han desarrollado paralelos budistas-gnósticos. La enseñanza del gnóstico Basílides es prácticamente indistinguible de los tratados sobre la filosofía Mahayana de la escuela de Nalanda. El gran erudito budista y sabio Nagarjuna era contemporáneo de los gnósticos del siglo II que estuvieron bajo el fuego intenso de los heresiarcas cristianos.

En el Segundo Tratado del Gran Set (NHL VII, 2), un maestro gnóstico habla con franqueza de su grave situación y de la clase de conducta que estaban afrontando:
“Nosotros fuimos odiados y perseguidos, no sólo por aquellos que simplemente son incapaces de entendernos, sino también por aquellos que piensan que están contribuyendo al crecimiento del nombre de Cristo, aunque sin darse cuenta estuvieran vacíos, ignorantes de quiénes son, como animales mudos... Persiguieron a aquellos que han sido liberados por mí, porque los odian; esos que, si cerrasen sus bocas, llorarían con gemidos inútiles porque no me conocen. En cambio, sirvieron a dos amos, incluso a una multitud. Pero llegarán a ser victoriosos en todo, en guerras y batallas, en la división por celos y la ira... habiendo proclamado la doctrina de un hombre muerto y otras mentiras para parecerse a la libertad y a la pureza de la congregación perfecta. Y así, uniendo en su doctrina de temor y esclavitud las necesidades mundanas y el abandono del respeto profundo, siendo insignificantes e ignorantes, no pueden albergar la nobleza de la verdad, ya que ellos odian lo que son y aman lo que no son.”
Imagen de Jesucristo
Este pasaje revela cómo eran vistos los primeros cristianos a los ojos de los gnósticos. Contiene varias claves importantes para el punto de vista del partido perseguido, el lado raramente recogido en la narrativa histórica. El autor condena a los cristianos por su ignorancia y su incapacidad para abrazar “la nobleza de la verdad”. La liberación de la ignorancia y la dedicación a la verdad eran los criterios supremos de la religión gnóstica. Los cristianos son criticados por servir a dos señores y complacer a la multitud. En otras palabras, son hipócritas que procuran gobernar por su gran número. Esto contrasta profundamente con el elitismo gnóstico. La alusión a “esos quienes, si cerrasen sus bocas” implica la necesidad de ser iniciado. La palabra “misterio” (mysterion, en griego) se deriva del verbo griego myein, “cerrar”, refiriéndose al cierre de los labios o de los ojos. “Los que deberían cerrar la boca” son forasteros profanos que muy probablemente no saben lo que están atacando.

Sin embargo, los perseguidores prevalecerán, predice el maestro, porque ellos usan la guerra y la violencia para conseguir sus objetivos. Significativamente, fomentan “la división por celos y la ira”. En términos gnósticos, este lenguaje se refiere a la actitud de Yahvé, la deidad colérica, identificada por los gnósticos como el jefe supremo de los Arcontes, los alienígenas o la especie extraterrestre que intenta desviar a la Humanidad de su curso apropiado de evolución. Los gnósticos vieron el poder de los Arcontes detrás de la ideología y la política cristianas. Aunque “su doctrina de temor y esclavitud” sea ridícula, es eficaz, porque los Arcontes pueden ejercer un efecto insinuante en nuestras mentes, un tipo de malévola telepatía inter-especies, se podría decir. Obligados por un proceso de pensamiento distorsionado por los Arcontes, los primeros ideólogos cristianos imitaron los Misterios de los hijos de la luz e hicieron pasar mentiras por verdades. El complejo del redentor cristiano impone “la doctrina de un hombre muerto” en lugar de la gnosis de la vida eterna.
 

En opinión de la última generación de gnósticos, los conversos al cristianismo eran seres humanos invertidos, al odiar lo que son y amar lo que no son. Para la mente gnóstica, la hipocresía final es la traición de la inteligencia divina que está en la Humanidad y la adopción de una ideología basada en el error.
 

La actitud pagana de la tolerancia se infiltró en las escuelas mistéricas, aun cuando las Escuelas mantuvieron criterios estrictos para la admisión, e impusieron un voto de secreto que parece que casi nunca fue transgredido. El contraste con la evangelización cristiana no podía ser más dramático. En The Mystery Religions, S. Angus observa: “En materia de intolerancia, el cristianismo se diferenciaba de todas las religiones paganas, y superaba al judaísmo; en este sentido, estuvo en directa oposición al espíritu de la época.”

Se han dado muchas explicaciones para dilucidar por qué el cristianismo prevaleció sobre los Misterios, pero sería negligente no aplicar el sentido común: la intolerancia usualmente prevalece sobre la tolerancia porque la tolerancia –por definición– permite que aquella actúe así; y si no es así, la intolerancia prevalecerá por la fuerza, si es necesario. Los Misterios no murieron por causas naturales. Fueron activamente suprimidos y, dondequiera que fue posible, suprimida su raíz y sus ramas.

dios pagano (Mercurio)
“Los dioses paganos no son celosos unos de otros”, dice Burkert. Ningún sistema social es perfecto, pero la filosofía pagana fomentaba una sociedad abierta en la cual las enseñanzas espirituales universales podían asumir una amplia variedad de expresiones. 

¿Qué posición sostuvo el gnosticismo en el foro abierto de las escuelas mistéricas? Tal posición debió haber sido central y crucial para la red entera de algún modo, porque las enseñanzas gnósticas fueron el objetivo número uno a erradicar por parte de los misioneros e ideólogos cristianos. La palabra gnosis es griega, y con mucho, la más convincente prueba de que los Misterios provienen de la cultura greco-romana. Esto ha conducido a la impresión de que la gnosis estuvo confinada a un pequeño entorno cultural y geográfico en Oriente Medio y Egipto. 

Considerando lo que sabemos ahora acerca de las enseñanzas de los gnósticos, es procedente asumir que –en su trabajo en las escuelas mistéricas– proporcionaron un conocimiento especial sobre fenómenos extraños y paranormales. O sea, eran maestros en ciencias noéticas[2] y en parapsicología. En este sentido, son comparables a los sofisticados chamanes de otras partes de la antigua Europa, así como de Asia. Los budistas de Nalanda en la India y los druidas del país de Gales pueden haber estado cultural y geográficamente separados, pero espiritualmente habrían estado implicados en actividades paralelas. Merlín, que quizás vivió en el siglo VII, tiene equivalentes exactos en sabios tibetanos como Naropa y Milarepa. No hay ninguna razón para excluir a los gnósticos de este cuadro, y de hecho toda la evidencia disponible los señala desempeñando un papel de esta clase en el marco cultural y religioso de su tiempo.

Los gnósticos, preocupados por el descubrimiento de la influencia de los Arcontes, podrían haber dialogado abiertamente sobre hechizos mágicos y zonas planetarias con los sabios visitantes llegados desde los confines del continente o de la India. Las distancias geográficas no pueden ser vistas como disuasorias, pues los viajes en la Antigüedad eran mucho más comunes y extendidos que lo que se ha supuesto. Hasta muy recientemente era imposible deducir de la narrativa histórica cómo la red de las escuelas mistéricas pudo haber proporcionado el contexto para la diseminación intercultural. El gnosticismo ya no puede ser identificado exclusivamente con unos pocos cultos dispersos en Asia Menor y Egipto. El final de los Misterios se llevó a efecto mucho más allá de las áridas laderas de Nag Hammadi. Implicó el colapso de una vasta y bien tejida organización dedicada a la guía espiritual de la Humanidad.


Una religión diabólica


Hacia el tiempo en que fueron escondidos los manuscritos de Nag Hammadi, Agustín de Hipona, uno de los padres fundadores de la fe cristiana, estableció la política de la Iglesia para la apropiación sistemática de los lugares y los monumentos anteriormente ocupados por el sistema de universidades de los Misterios:

“Cuando los templos, ídolos, arboledas, etc., son derribados con el permiso de las autoridades –a pesar de que nuestra participación en este trabajo es una clara prueba de que no honramos, sino que más bien detestamos estas cosas– debemos abstenernos sin embargo de apropiárnoslos para nuestro propio uso personal y privado, de manera que sea manifiesto que al derribar estas cosas estamos influidos no por la avaricia sino por la piedad. Cuando, sin embargo, los despojos de estos lugares son destinados al beneficio de la comunidad y dedicados al servicio de Dios, son tratados de la misma manera que los hombres mismos cuando se convierten de la impiedad y el sacrilegio a la religión verdadera.”


Cruz copta
Este pasaje muestra el otro aspecto de la situación descrita en el Segundo Tratado del Gran Set, citado hace poco. Aquí la historia está vista por los ojos del partido predominante. Con una astuta tergiversación, Agustín autoriza el acto de saqueo, pero absuelve a aquellos que lo perpetran por causa de cualquier atisbo de motivos egoístas, como envidia, celos o sed de poder. Él afirma que “los despojos de estos lugares” tienen el propósito de servir a Dios, tal como aquellos que los crearon harían cuando fueran convertidos a “la religión verdadera”.

Para asegurar el monopolio sobre Dios, era necesario legitimar el derrocamiento y la apropiación de la sabiduría pagana. Para derrotar a la verdad, ésta tiene que ser diabolizada. Aquello que es “distinto” debe ser derrotado mediante una apropiación cultural (cooptación). En este sentido, el cristianismo puede ser designado como una religión adversativa o diabólica, de dia-bolos (bolos, arrojar; dia, en contra). No prevalece por lo que ofrece sino más bien por aquello que derrota. El cristianismo es único en este respecto, aunque éste no sea ciertamente el modo en que se apreciaría su singularidad por el mundo en general. Desde su creación, el cristianismo exhibió una capacidad especial para doblegar a todo lo que le fuera diferente. Se define a sí mismo por aquello a lo que se opone. Incapaz de tolerar la coexistencia, debe destruir completamente. La historia de la Iglesia demuestra este patrón de usurpación totalitaria.

En la visión gnóstica, tipificada por el autor del Segundo Tratado, la ira, la división, la imitación (cooptación) y la esclavización del espíritu humano –características obvias del imperialismo cristiano– son síntomas de los extremadamente perversos efectos de los Arcontes. Por supuesto, los humanos son capaces de este tipo de comportamiento por sí mismos; pero también pueden comprender lo que hacen y corregirlo, desistiendo así del daño. Cuando la acción se desborda y escapa a la rectificación, es debido a la influencia arcóntica. Así pensaban los gnósticos.

La cooptación –esto es, tomar algo desde su ámbito original y adaptarlo o distorsionarlo para objetivos para los cuales no estaba destinado a servir– es una eficaz técnica adversativa, usada a menudo en los conflictos legales. Usualmente, el acusador tomará un asunto o incidente presentado por la defensa y lo convertirá en “evidencia irrefutable” contra el acusado. En un caso de violación, por ejemplo, la conducta o el estilo de vida de la mujer víctima, que de ninguna manera invita a la violación, pueden ser cooptados por la defensa del violador, de modo que parezca que “ella lo estaba pidiendo”, y sólo más tarde, después del hecho, ella decidió verlo como violación. Tales cuestiones son abundantes en el mundo moderno, y ciertamente nos ponen enfermos sólo con oirlas.

Pero es precisamente la táctica de la distorsión adversativa la que define las guerras contra la herejía emprendidas por los primeros cristianos contra los gnósticos, en particular, y las escuelas mistéricas, en general. La contrainteligencia gnóstica se enfocó en los poderes anormales de los Arcontes. Inspirados por la envidia, trabajan mediante la imitación; sobre este punto, las escrituras gnósticas son unánimes. Siendo esto así, las ondas expansivas debieron haber resonado a través de los pasillos de los templos de las Escuelas Mistéricas cuando los primeros cristianos cazadores de herejías acusaron a los gnósticos de imitar los sacramentos cristianos. Justino Mártir (siglo II), el primer representante registrado de los agresivos heresiarcas, acusó a los gnósticos de robar descaradamente textos de la Biblia. Un siglo más tarde, Hipólito afirmó que todo lo que se encuentra en las escrituras gnósticas fue plagiado de fuentes antiguas. Al decir esto, involuntariamente dio fe de las antiguas raíces pre-cristianas del gnosticismo, pero su comentario no fue interpretado de esa manera. Se quiso entender que las doctrinas cristianas, dadas por Dios, debían proceder de antes del tiempo de la creación, y que estas antiguas enseñanzas eran las que los gnósticos imitaban.

Tertuliano
Tertuliano, que escribe alrededor del 200 d. C., argumentó que “El Diablo, cuyo negocio es pervertir la verdad, imita las circunstancias exactas de los sacramentos divinos, en los Misterios de los ídolos. Él mismo bautiza a algunos, es decir, a sus creyentes y seguidores a los que promete el perdón de los pecados desde la Fuente Sagrada, y los inicia por lo tanto en la religión de Mitra. Así marca en la frente a sus propios soldados; allí celebra la ofrenda del pan; trae el símbolo de la Resurrección y gana la corona con la espada.”

Este argumento logra dos cosas a la vez: establece la apropiación (cooptación) de los sacramentos mitraicos en las ceremonias cristianas y encubre el hecho afirmando que el Diablo –a menudo identificado como el autor de las enseñanzas gnósticas– estaba imitando los ritos cristianos cuando introdujo la liturgia mitraica. El cristianismo no está secuestrando la religión mitraica, como tan evidentemente parece ser el caso, sino que simplemente ¡está retomando lo que originalmente le perteneció! La expropiación, identificada con una alta especificidad en el caso del mitraísmo, era una política general aplicada a las escuelas mistéricas, e incluso a ciertas enseñanzas gnósticas, en la medida en que los cristianos tenían acceso a ellos. Armado con la lógica de Tertuliano, el cristianismo robó extensa y desvergonzadamente de las religiones paganas.

El secuestro de la religión pagana era tan obvio para la gente de ese tiempo –y no sólo para los teólogos, sino para la gente corriente de sentido común que estaba familiarizada con la religión pagana– que Tertuliano tuvo que reelaborar su argumento de un modo tortuoso. Él cita el poder de la imitación como la obra del Diablo. Con una astuta tergiversación, defiende su religión contra la acusación gnóstica de que los Arcontes, que sólo pueden imitar, estaban trabajando detrás de la fachada de la ideología de la Redención.

Tertuliano ofrece la fantástica explicación de que Satán evocó los sacramentos antes de que Cristo tuviera la posibilidad de encarnar y experimentar la Pasión, Crucifixión y Resurrección, proporcionando con ello los dramáticos precedentes sobre los cuales los sacramentos se basarían: así, “el Diablo imita las circunstancias exactas de los sacramentos divinos”. Ésta es una clave gnóstica, o al menos sería tomada por un gnóstico como una clave, ya que esto alude a la influencia mimética de los poderes alienígenas, los “seres de la semejanza”.

El hecho de que los primeros ideólogos cristianos se hubieran apropiado de sitios y ritos paganos y los renombraran como cristianos es un tedioso cliché en la historia de la religión. Hoy, por todo el mundo, las iglesias católicas se levantan en los emplazamientos de los antiguos santuarios paganos. La catedral de Chartres, por ejemplo, está construida sobre una gruta pre-cristiana dedicada a la Virgen Negra, una versión de la gnóstica Sofía. Literalmente se podrían dar miles de ejemplos similares, pero nos aburrimos demasiado fácilmente... La inefable luz de la gnosis alimenta cada vela que se enciende a los santos cristianos.

Una maldición sobre el aprendizaje


Estatua de Mitra
La Historia nos dice que ganó el argumento establecido por Tertuliano, pero el sentido común nos dice que la imitación depende de algo genuino que existe de antemano (“No habría oro falsificado si el oro verdadero no existiera”, dice un proverbio sufí). Es posible que los principios básicos del mitraísmo se remonten al IV milenio a. C., una fecha apoyada por los estudios arqueo-astronómicos que usan la precesión de los equinoccios. El dualismo zoroástrico y la adoración solar, incorporados en la religión mitraica, se pueden remontar a los registros persas existentes de 2234 a. C. (Laura Elizabeth Poor, Sanskrit and its Kindred Languages, p. 142), y las notas adjuntas a las copias más antiguas de los diálogos de Platón indican que en el tiempo de éste se pensaba que la antigüedad de Zoroastro se extendía al 6000 a. C. Las enseñanzas y ritos zoroástricos existían mucho antes del cristianismo, desde siglos incontables. Entonces, ¿qué es lo que estaba siendo imitado? ¿Estos modelos antiguos o las nociones recién aparecidas que surgieron entre los conversos cristianos después del año 75 d. C.?


Los convertidos al cristianismo en los cinco primeros siglos de nuestra era estuvieron dedicados a una campaña de “purga intelectual”. Su objetivo general eran los intelectuales paganos de aquella época, muchos de los cuales eran prominentes gnósticos, maestros y formadores vinculados a las escuelas mistéricas. Y dado que el conocimiento y el aprendizaje eran sagrados en el gnosticismo, los libros y las bibliotecas de las escuelas mistéricas fueron los principales objetivos para el holocausto intelectual.

La alfabetización era una cuestión importante en las guerras contra la herejía. Muchos conversos al cristianismo eran esclavos que no podían leer o escribir. Los pocos que sí podían leer se dedicaron a establecer un canon de textos aceptables, es decir, de escrituras ortodoxas. Extraño como ahora pudiera parecer, defendieron la ortodoxia contra la herejía incluso antes de que el propio canon se hubiera establecido. El fundamentalismo cristiano, desde Oklahoma City al Vaticano, custodia la Sagrada Escritura como un monopolio sobre la primogenitura espiritual de la Humanidad. Para incontables millones de personas a través de los siglos la Biblia ha sido el único texto autorizado de la espiritualidad, pero los gnósticos tenían miles de textos sagrados. Sus escrituras eran su riqueza, un hecho que enfureció a los primeros Padres de la Iglesia, que se opusieron a ellos.

San Agustín de Hipona
San Agustín protestó amargamente contra los “muchos y enormes libros” que los gnósticos habían producido, que él comparaba al alimento comido durante un sueño. Como si no fuera bastante malo que los gnósticos fueran escritores lúcidos y prolíficos, eran también, “grandes habladores, cuya boca es una trampa del Diablo, y una trampa para aves compuesta de una mezcla de las sílabas de tu nombre [Señor Jesús]. Los místicos de hablar rápido son avasalladores porque ellos repiten la Verdad y la Verdad como si fuese una mujer que conocieran en términos íntimos.” Pues bien, lo era. Los gnósticos llamaban a la sabiduría que reverenciaban como Sofía, una palabra femenina en griego, “y así ellos me repitieron su nombre, pero ella no estaba en ninguna parte entre ellos, pero decían cosas falsas, no sólo acerca de Ti que eres la Verdad en la verdad, sino incluso acerca de los elementos de este mundo nuestro, tu creación”.

En las palabras “incluso acerca de los elementos de este mundo nuestro”, Agustín ciertamente alude a las enseñanzas gnósticas sobre el desviado sistema del mundo. En esa época, la sugerencia de que el dios creador pudiera ser un monstruoso alienígena había sido sepultada detrás de un potente tabú.

Cuando las escuelas mistéricas se cerraron, los gnósticos ya no tenían un ambiente seguro donde pudieran escribir, enseñar y conferir la iniciación. El aprendizaje preparatorio y la transmisión (paradosis) que tuvo lugar en el ámbito de los Misterios, así como el concienzudo y exacto conocimiento requerido para la continuación de la antiquísima formación, fueron interrumpidos para nunca más ser restaurados[3]. Con la supresión de la gnosis, la detección de los poderes arcónticos que funcionan dentro de la mentalidad cristiana se hizo cada vez más difícil. ¿Qué mejor manera de asegurar el triunfo de la ideología de la salvación, influida por los Arcontes, que eliminar a los altamente expertos videntes que eran excepcionalmente capaces de detectarla y denunciarla?
 

El conocimiento no ordinario, la síntesis de los especializados conocimientos gnósticos, ha llegado a ser extremadamente difícil de adquirir desde que murieron los Misterios. Incluso el conocimiento corriente se extinguió en la Edad Media. El foro abierto de las escuelas mistéricas había proporcionado la inspiración ética y cultural a todo el mundo circundante en la Antigüedad. El orador romano Cicerón certificó que “en realidad hemos aprendido de ellas los fundamentos de la vida”. No es de extrañar que su destrucción tuviera tal costo para el espíritu humano.

Cuando el cristianismo subió al poder, el mundo clásico se convirtió en una tierra espiritualmente baldía. Milenios de aprendizaje murieron en la viña. La demolición completa de la literatura pagana estaba ya estaba muy avanzada en la época de Agustín. Un siglo o dos más tarde, cuando ya no quedaban más bibliotecas que destruir, Europa se sumergió en la Edad Oscura, llevándose el mundo luminoso de los Misterios con ella hacia el olvido.

© John L. Lash 2005


Fuente: http://www.bibliotecapleyades.net/mistic/mistic_31.htm


Fuente original: www.metahistory.org


Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor





[1] Véase la entrevista a Lash en este mismo blog sobre el tema de los Arcontes.

[2] Ciencias del conocimiento intuitivo.


[3] Una situación comparable podría ser la disolución del aprendizaje iniciatorio monástico con la invasión china del Tíbet en 1950.

martes, 2 de mayo de 2017

Herejías evolutivas


A estas alturas, y después de largos años de creencia en una teoría (el evolucionismo) que tiene mucho de ideología y más bien poco de ciencia, tengo que admitir que cuanto más me he adentrado en el estudio del origen de ser humano, menos certezas he obtenido. Sé que podría parecer un contrasentido, pero la acumulación de datos y hechos, y el contraste entre la ortodoxia darwinista y los postulados alternativos no me han aportado más luz, sino más duda y confusión. Pero, en fin, no es que desde posiciones disidentes se vean las lagunas y contradicciones, es que ya los propios científicos ortodoxos –defensores a ultranza del evolucionismo como hecho científico indiscutible– están empezando a reconocer que están perdidos en un laberinto de pruebas contradictorias y conjeturas del que no tienen la menor idea de cómo van a salir.

¿Y todo esto por qué? Básicamente porque desde los tiempos de Charles Darwin se ha ido construyendo un complejo edificio teórico fundamentado en una ideología racista, ultraliberal y competitiva, tal y como algunos científicos heterodoxos, como el profesor Máximo Sandín, han señalado oportunamente. Y lo que es más llamativo es que ya desde el siglo XIX se pudo observar que había una evidente falta de pruebas que el propio Darwin achacó al aún insuficiente conocimiento del registro fósil de especies vegetales y animales. Con el tiempo, no obstante, fueron apareciendo algunas pruebas físicas que parecían ratificar la teoría, aunque se seguía sin obtener un registro completo que mostrara la esperada gradualidad o uniformidad de la evolución de las especies a lo largo de millones de años, tal como reconoció un científico tan prestigioso como Stephen Jay Gould hace no muchas décadas.

S. J. Gould
La solución para este problema la sugirió el propio Gould –junto con Niles Eldredge– al plantear la posibilidad de un cierto equilibrio puntuado, según el cual en ciertos momentos, y debido a factores ambientales, las especies experimentarían saltos o discontinuidades bruscas que romperían el ritmo uniforme (o lento) de los cambios. De este modo, la evolución no sería siempre un proceso gradual o regular, sino que a veces se producirían cambios rápidos en poco tiempo sobre poblaciones muy localizadas y de escaso número de individuos, lo que a su vez explicaría la ausencia en el registro fósil de diversas formas transicionales entre las especies más arcaicas y las más modernas. Por cierto, que todo esto como planteamiento teórico está muy bien pero no ha habido forma humana de demostrarlo con pruebas fehacientes y se han tenido que violentar los propios fundamentos de la ciencia biológica para hacer que la teoría triunfase sobre la observación de la realidad.

De hecho, según el científico del CSIC Emilio Cervantes: 
Si se mira desde un punto de vista estrictamente científico, experimental, entonces la Teoría de Evolución por Selección Natural de Darwin no es una teoría científica, porque no es demostrable mediante experimentación y no es refutable. [...] La biología es la ciencia experimental poderosa y predominante en nuestro tiempo. Por lo tanto, la biología no puede someterse a las teorías especulativas de la evolución, sino al contrario.”[1]
Pero vayamos al origen del ser humano, siguiendo unos patrones “evolutivos”. Como es obvio para la ciencia actual que los homínidos no surgieron por arte de magia o por la obra de un creador, debe haber una causa natural que marcara el arranque de una línea evolutiva avanzada dentro de los primates y que luego fuera a desembocar al género Homo, cuyo último representante somos nosotros, el Homo sapiens. A este respecto, se han ido proponiendo teorías o escenarios en que podría haber tenido este desarrollo evolutivo, siendo la propuesta más aceptada la del investigador francés Yves Coppens, la llamada East Side Story. Y todo ello dentro de los márgenes de la citada gradualidad o uniformidad, yendo de los especímenes más primitivos a los más modernos, en un largo y lento progreso tanto de los rasgos físicos como de los intelectuales.

No obstante, el resultado de 150 años de estudios y hallazgos paleontológicos no ha sido precisamente una perfecta cadena de seres que van gradualmente desde el simio hasta el hombre moderno y en la que debía haber sus correspondientes y bien identificados eslabones de transición (incluido el famosísimo “eslabón perdido”). Antes bien, los hallazgos, que han sido escasos y relativamente incompletos, han ofrecido un panorama muy diverso en forma de arbusto, con varias líneas o ramas que los expertos tratan de relacionar y casar para aclarar las continuidades, discontinuidades o vías muertas que llevarían de los homínidos más primitivos hasta nosotros mismos.

El clásico esquema evolutivo humano
Y en este contexto, todo el edificio de la selección natural y la “mejora” de las especies debe funcionar en una escala lineal de tiempo, según la cual lo más arcaico y menos “adaptado” debe ser anterior a lo más moderno y avanzado, y así pues las formas primitivas y deficientes deben desaparecer en beneficio de las especies más capaces para subsistir y reproducirse. Siguiendo este modelo pensamiento, sólo nosotros estamos aquí, en el mundo actual, como representantes máximos de esa línea evolutiva; todos los demás desaparecieron hace muchos miles de años.

Sin embargo, las propias pruebas paleoantropológicas obtenidas durante el siglo XX y principios del XXI nos muestran un escenario más bien confuso, incluyendo datos contradictorios o heréticos, que son aparcados o explicados según el filtro cognitivo del paradigma imperante. De esta manera, se intenta salir airosamente de los apuros a base de suposiciones y de confianza en futuros descubrimientos que acabarán por despejar definitivamente la vía evolutiva humana. Pero pasemos ahora a explorar algunos ejemplos de estas “herejías”.

Como es bien sabido, la ortodoxia evolucionista da por hecho que los antecesores directos del género Homo son los llamados australopitecinos, una familia de homínidos arcaicos que ya tendría las primeras características “humanas”[2] y que sólo se ha localizado en África, con una datación de unos pocos millones de años. A grandes rasgos se dividen en gráciles y robustos, aunque los paleontólogos no tienen demasiado claro qué línea concreta fue la que condujo al género Homo. E incluso, yendo un poco más allá, ya se habla de pre-australopitecinos, los que habrían estado antes que los primeros australopitecos, también en África por supuesto. Pues bien, en 2002 se halló en el Chad un cráneo bastante completo de un pequeño homínido, y se dató en 6-7 millones años. Este nuevo homínido, un supuesto pre-australopitecino que fue denominado científicamente Sahelantropus chadensis, mostraba unas características muy especiales, con una combinación de rasgos claramente simiescos con otros bastante similares a los humanos.

Sahelantropus chadensis
En primer lugar, lo más simiesco era el propio tamaño y forma del cráneo, pequeño y alargado, el rostro prognato y los arcos supraciliares muy marcados. Pero. por otro lado, sus pequeños caninos eran similares a los humanos, así como la posición del foramen mágnum (enlace del cráneo con la columna vertebral), situado más hacia el centro del cráneo en vez de la parte trasera, rasgo típico de los simios. En cuanto a su posible bipedalismo, los expertos no se ponían de acuerdo y más bien lo dejaban en entredicho. No obstante, sumando todos sus rasgos, se consideró que el Sahelantropus podría haber sido antecesor de los humanos y que también podría tener relación con los modernos chimpancés y gorilas.

Llegados a este punto, cabe destacar que el fuerte arco supraciliar es muy típico del Homo erectus (y también de los neandertales)[3], pero aquí saltan las alarmas, pues la amplia familia de los australopitecinos –datada entre 4,5 y 1 millón de años aproximadamente– carece de esta característica... con lo cual aparece en escena la terrible sospecha de que todos nuestros queridos australopitecos no sean precursores directos del ser humano, echando por tierra los cimientos del discurso aceptado sobre la evolución humana[4]. Ahí es nada.

Huella de Laetoli
Puestos a plantear más dudas sobre los australopitecinos, cabe mencionar las muy conocidas pisadas o huellas de Laetoli (Tanzania)[5], localizadas en 1979 y que también se atribuyeron a un grupo de australopitecos, por la sencilla razón de que –dada la datación geológica de unos 3,7 millones de años– no había más homínidos supuestamente bípedos sobre el planeta que los australopitecos. Sin embargo, la propia descubridora, Mary Leakey (esposa de Louis), reconoció que dichas huellas eran prácticamente indistinguibles de las del humano moderno. El grave problema, que aún persiste, es que disponemos de huesos de pie de australopiteco –bastante más simiesco que humano– y de algunas de sus pisadas, y no coinciden con lo que se puede ver en Laetoli. Luego, o bien estamos quizá ante un homínido desconocido (pariente o no de los australopitecinos) o bien se trata de pisadas de un Homo, en una época aparentemente “imposible”[6].

Y sin salir de África, tenemos otro ejemplar descubierto por el equipo de Louis Leakey que generó gran controversia en su momento y que a día de hoy sigue aparcado en un cierto limbo científico, pues los expertos no han sabido clasificarlo o relacionarlo con otros homínidos anteriores o posteriores. Me estoy refiriendo al llamado cráneo “ER 1470” hallado en Kenya en 1972, y que luego fue bautizado con el nombre técnico de Homo rudolfensis. En un principio se le dató en unos 3 millones de años y se le concedió una capacidad craneal de nada menos que 700 cm3.

Homo rudolfensis
Realmente, este hallazgo supuso un dolor de cabeza para los expertos porque dadas sus características físicas parecía de la familia del Homo habilis pero tenía características distintas, con un aspecto más “humano”, lo que podría hacerle candidato a ancestro directo del hombre moderno, aunque algunos expertos se salieron por la tangente y lo clasificaron como un australopiteco más grácil (y recordemos que las cronologías ejercen de potente prejuicio a la hora de clasificar los hallazgos). Pero la polémica persistía y no era poca cosa, pues este cráneo era notablemente más grande y más antiguo que el del habilis (datado entre 2,5 y 1,4 millones de años). Sin embargo, las aguas volvieron a su cauce cuando pocos años después el H. rudolfensis fue redatado en 1,9 millones de años y se rebajó su capacidad craneal a unos 500 cm3, lo cual encajaba mucho mejor en una escala evolutiva Asimismo, hubo cierta discusión por la manera en que se reconstruyó el cráneo, para darle un aspecto más simiesco. De hecho, no pocos especialistas lamentan que las reconstrucciones de antiguos homínidos (a veces de cuerpo entero) están teñidas de sesgos y prejuicios para hacerlas más “simiescas” o “humanas” según lo que le interese demostrar al investigador.

Después tenemos otro conjunto de herejías que ya he citado ampliamente en este blog, y que se refiere a los restos de homínidos en el continente americano. Allí, la ortodoxia académica sigue sin moverse de su horizonte Clovis (o pre-Clovis), que asegura que los humanos (se entiende el Homo sapiens) no se establecieron en el continente americano antes de 25.000 a. C. como fecha máxima[7]. No obstante, desde hace décadas se viene acumulando una irrefutable evidencia en forma de pruebas arqueológicas de una presencia humana en América que se puede remontar en algunos casos a cientos de miles de años, sin que quede claro si esa presencia pudiera incluir homínidos más arcaicos, como el propio Homo erectus.  Así, la lista de yacimientos polémicos desde Alaska a la Patagonia se ha ido ampliando desde hace al menos medio siglo: Monte Verde (Chile) con 33.000 años; Sheguiandah (Canadá), entre 65.000 y 125.000 años; Texas Street (EE UU), entre 80.000 y 90.000 años; Calico (EE UU), unos 200.000 años; Toca da Esperança (Brasil), entre 200.000 y 290.000 años; y Hueyatlaco (México), entre 250.000 y 400.000 años.

Finalmente, cabría citar otro aspecto que resulta especialmente herético y molesto, que no es otro que la aparición de homínidos supuestamente muy arcaicos en épocas recientes. Este hecho resulta particularmente embarazoso porque violenta el principio de que las especies más antiguas acaban por desaparecer y son sustituidas por especies más modernas, más capaces y mejor adaptadas, esto es, más “evolucionadas”. Y lo que es peor, tales especies se superponen unas con otras durante largos periodos de tiempo sin que haya “sustitución”, aparte de no mostrar apenas ningún signo de cambio anatómico a lo largo de cientos de miles o millones de años de existencia. Por ejemplo, el Homo erectus (datado entre 2 y 0,3 millones de años) cada vez tiene una mayor extensión cronológica, sobre todo hacia adelante, pues se le suponía extinguido hace 300.000 años pero se han identificado restos de erectus en Java de hace 50.000 años y otros de apenas unos 6.000 años, si bien estos últimos han sido rechazados por gran parte del estamento académico.

Hombre de la cueva del ciervo
Pero, para desconcierto de muchos, las “rarezas” siguen apareciendo en el registro arqueológico, como el llamado Hombre de la cueva del ciervo rojo, un homínido hallado en 1989 en China[8]. Se trataba de un homínido de aspecto tosco o arcaico, con marcados rasgos físicos atribuibles al Homo erectus o incluso al Homo habilis, como por ejemplo su moderado tamaño craneal, su prominente arco supraciliar, su ancha nariz, su fuerte mandíbula sin mentón o sus grandes dientes molares. No obstante, la sorpresa saltó cuando se obtuvieron las dataciones por radiocarbono a partir de unos restos de carbón, que arrojaron unas fechas extremadamente modernas, entre 14.500 y 11.500 años de antigüedad. Por supuesto, el hallazgo de estos peculiares restos humanos provocó el consiguiente debate evolutivo, en el cual se propusieron soluciones para todos los gustos: desde que era una nueva especie –tal vez procedente de África– que se debía clasificar a que era el resultado de la hibridación de humanos modernos y denisovianos[9], pasando por un escenario de supervivencia de una población marginal de homínidos primitivos.

Imagen de Azzo Bassou
A todo esto, la ortodoxia científica no quiere saber nada de posibles homínidos arcaicos (¿parientes nuestros?) todavía vivos en la actualidad, como los legendarios yeti, bigfoot, almas, etc. que según varios investigadores alternativos –y algún académico disidente– son especímenes bien reales que comparten determinados rasgos plenamente humanos con otros más simiescos. Así, se suelen citar los múltiples informes de huellas y avistamientos, e incluso algún caso de captura de uno de estos seres, como la llamada Zana, una supuesta hembra almas encontrada en Siberia y de aspecto neandertal, que vivió en el siglo XIX. Pero aún hay más, pues se tiene constancia –con testimonios y pruebas fotográficas– de la existencia en los años 30 del siglo pasado de un ser humano que bien podríamos calificar de neandertaloide, según su marcada fisonomía, si bien su pequeño cráneo se asemejaría más al de un Homo erectus. Era un individuo llamado Azzo Bassou, originario del valle de Dadès (Marruecos), de aspecto y comportamiento muy primitivos. Y por cierto, la comunidad científica no pareció estar demasiado interesada en este caso.

Sin embargo, el ejemplo arquetípico de las herejías evolutivas es el muy reciente Homo floresiensis (de la isla de Flores, en Indonesia), descubierto en 2003 en la cueva de Liang Bua. Se trata de una especie de humano anatómicamente moderno en muchos aspectos pero de talla muy reducida –alrededor de 1 metro– por lo cual recibió el apodo de “hobbit”. En cuanto a su cronología, según las pruebas radiométricas, se estima que vivió entre el 90000 a. C y el 13000 a. C., que resultan ser unas dataciones considerablemente modernas para un homínido tan pequeño y primitivo, y que parece aislado de cualquier relación evolutiva con los homínidos contemporáneos o inmediatamente anteriores.

En un principio se barajó la hipótesis de que fuera una comunidad aislada de sapiens (o incluso erectus) afectada por la enfermedad del enanismo, aunque era muy forzado imaginar un proceso de fuerte enanismo a partir de homínidos de talla y peso muy superiores. Así pues, se acabó por imponer la visión de que estamos ante una nueva –y desconcertante– especie, que a pesar de mostrar algunos rasgos arcaicos no sería muy distinta de los humanos modernos. Con todo, esta especie de “pigmeo” destaca por tener un cráneo muy pequeño (alrededor de 400 cc.), con una capacidad semejante a la de los australopitecos o incluso a los actuales chimpancés.

Cráneo de un Homo floresiensis
No obstante, según las pruebas arqueológicas, los hobbits eran capaces de realizar herramientas líticas de una factura y calidad similar a las realizadas por los neandertales y los sapiens. De hecho, según se pudo observar al estudiar su endocráneo, la estructura del cerebro del floresiensis sería bastante semejante a la de los humanos modernos, con un lóbulo frontal y unos temporales muy desarrollados, que son zonas asociadas al lenguaje y a las habilidades racionales. Pero, claro, dada la escasa estatura y ciertos rasgos arcaicos del floresiensis, los especialistas trataron de buscarle unos ancestros evolutivos adecuados, descartando lógicamente al sapiens. Así pues, propusieron en primer lugar al Homo erectus por ser la especie que cronológica y geográficamente podría casar como antecesor directo, aunque en contra de esta teoría cabe decir que a día de hoy no hay pruebas físicas de su presencia en la isla y su semejanza es bastante discutible.

Cráneo de un australopiteco
De este modo, surgieron otros candidatos más afines en términos de fisonomía como el conocido Homo habilis o bien algún tipo de nuestros socorridos australopitecinos, e incluso una especie recientemente identificada con el nombre de Homo georgicus[10]. Con todo, dichas propuestas tenían el grave inconveniente de plantear que estos homínidos tan primitivos habrían recorrido enormes distancias desde la lejana África o desde Asia y habrían perdurado mucho más de lo aceptado, pues ninguno de estos aspirantes seguía vivo hace un millón de años (según la ortodoxia). Y luego no faltaron los que –en un acto de humildad científica– reconocieron que el ancestro del pequeño hobbit tal vez sería una especie diferente y aún desconocida.

Y para acabar de rematar las incógnitas, en Mata Menge (otra cueva de Flores) se encontraron unos utensilios líticos –no muy distintos de los realizados por el hobbit– con una increíble antigüedad de 840.000 años, pero sin ningún resto óseo humano, aunque a falta de más datos dichos artefactos se atribuyeron –nuevamente por prejuicio cronológico– a los erectus. Pero esto obliga a suponer que los erectus ya estaban allí en tan remota fecha y que además habrían tenido que navegar para alcanzar la isla, pues Flores, a diferencia de otras islas de Indonesia, no estaba conectada a la masa continental asiática en esa remota era.  O sea, si la datación es correcta[11], nadie sabe qué homínido estaba allí por aquella época y sobre todo cómo pudo llegar, pues la población humana de las islas del Pacífico se remonta a unas decenas de miles de años, pero no a cientos de miles.

De momento, nadie sabe con certeza de dónde salió el Homo floresiensis, por qué sólo lo encontramos ahí, o cómo acabó por extinguirse, sabiendo que convivió bastantes miles de años con el Homo sapiens. Entretanto, la ortodoxia evolucionista sigue rompiéndose la cabeza para hacer encajar las múltiples pruebas en su brillante e indiscutible teoría.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] CERVANTES, E. El Traje Nuevo de Darwin: Una opinión personal y otros puntos de vista sobre la Teoría de Evolución por Selección Natural. Digital CSIC handle/10261/6161
[2] Especialmente, la postura erguida y la locomoción bípeda.
[3] En cambio, nosotros, los sapiens, “perdimos” esta característica facial de nuestros supuestos antepasados sin que haya ningún motivo especial que explique ese salto evolutivo.
[4] Para la visión académica, el primer Homo, el Homo habilis, debe descender sin duda de alguna línea de australopitecinos. De todas formas, es de justicia puntualizar que algunos investigadores, incluido el famoso Louis Leakey, nunca creyeron que los autralopitecinos –dadas sus claras formas simiescas– estuvieran en la línea evolutiva principal de los humanos
[5] Véase el artículo específico sobre el tema en este mismo blog.
[6] Para Michael Cremo, creacionista hindú, no se debe excluir la posibilidad de que se trate de un humano anatómicamente moderno, u Homo sapiens, ya que –según las escrituras védicas– el ser humano es muchísimo más antiguo de lo que defiende la teoría darwinista.
[7] De hecho, a la cultura Clovis (de New México, EE UU) se le concedía una antigüedad de pocos más de 12.000 años.
[8] Concretamente en la cueva Maludong, en la provincia de Yunnan. El descubrimiento corrió a cargo de un equipo internacional chino-australiano.
[9] Hipótesis planteada por el paleontólogo británico Chris Stinger. Los denisovianos son una especie de reciente identificación a partir de unos escasos restos óseos hallados en Siberia. Sin embargo, los investigadores han localizado trazas genéticas de este ser casi desconocido en varios ejemplares de homínidos, sugiriendo que se cruzó tanto con el neandertal como con el sapiens.
[10] Homínido descubierto en Dmanisi (Georgia) y de talla no superior a 1,50 metros, con rasgos arcaicos semejantes al Homo habilis. Su datación se sitúa alrededor de 1,8 millones de años.
[11] Cabe señalar que algún experto ha negado que estos artefactos puedan ser tan antiguos, considerando que se produjo un error metodológico en la datación. Así, los artefactos serían mucho más modernos (unos 20.000 años) y se deberían atribuir al Homo sapiens.