jueves, 6 de junio de 2019

El misterio de las ciudades subterráneas


Uno de los temas más polémicos presentados por la arqueología alternativa en las últimas décadas ha sido el de las ciudades subterráneas, o por extensión, las antiguas estructuras artificiales halladas en el subsuelo de muchas regiones del planeta. En este asunto, empero, cabe distinguir bien entre lo que es mera ficción o conjetura y los restos observables en el terreno. Así, es evidente que existe una amplia literatura sobre ciudades o reinos intraterrestres de carácter casi mágico como Shambala o Agartha, o incluso una hipotética civilización perdida en la Antártida (relacionada con la “Tierra hueca”). Sobre estos refugios o santuarios de antiguas civilizaciones o de hombres sabios se ha escrito mucho y se ha especulado más, y no suelen faltar los clásicos elementos esotéricos o mitológicos –e incluso ufológicos– que bien poco ayudan a desvelar las incógnitas. Confieso que es un tema apasionante como mero ejercicio de fantasía alternativa, pero no me interesa demasiado desde el punto de vista estrictamente histórico o arqueológico.

Ahora bien, el tema adquiere otro cariz si nos referimos a ciertos restos arqueológicos, más o menos explorados y estudiados. En este ámbito tenemos constancia de diversas estructuras subterráneas –sobre todo en forma de túneles, cuevas, catacumbas, laberintos, hipogeos, etc.– que nos indican que en un momento remoto de la Antigüedad algunas sociedades avanzadas hicieron uso del subsuelo para fines no siempre bien identificados. En algunos casos se aprecia una clara finalidad ritual o funeraria, pero en muchos otros no hay certeza sobre el propósito de las obras, en particular cuando no hay restos materiales in situ que permitan asociar la estructura a una función determinada. En su momento ya dediqué una entrada a la cuestión de la red de túneles que podía existir en América del Sur, que apenas ha sido objeto de investigación y que suscita muchas más preguntas que respuestas. Estamos hablando de una extensa red de kilómetros y kilómetros de terreno excavado a cierta profundidad en un tiempo indefinido, aunque se haya querido asociar tales obras a las antiguas civilizaciones precolombinas.

Por desgracia, hay muy poca información completa y fiable en este tema, así como en otras posibles redes de túneles en otros puntos del planeta (en Europa, Asia, África…), que apuntarían a una interconexión entre territorios muy distantes entre sí. He leído algo sobre estas propuestas, y realmente la imaginación se dispara a partir de pequeños indicios o de rumores, que dan pie a hablar de incluso una civilización subterránea mundial que existió en una época remotísima. En todo caso, quisiera destacar ahora un fenómeno intraterreno que ha sido estudiado en parte por la arqueología académica y reinterpretado a su vez por la arqueología alternativa, sin que ni unos ni otros muestren gran seguridad en sus argumentos y explicaciones. Me voy a referir pues a lo que podríamos llamar “el misterio de las ciudades subterráneas”, y muy en concreto a las ciudades que encontramos en la región de Capadocia (Turquía).

Lo cierto es que la arqueología ortodoxa tiene muchos focos de interés en Turquía y el asunto de estas ciudades subterráneas ha quedado relegado a un segundo o tercer plano, teniendo en cuenta además las propias dificultades y altos costes de emprender intervenciones de este tipo. En este punto, hay que remarcar que no se trata de estructuras que quedaron abandonadas en superficie y luego sepultadas por capas de sedimentos, sino que se trata realmente de hábitats excavados en la roca o subsuelo ya en épocas antiguas, lo que implica un trabajo ingente. Además, no se puede decir que este fenómeno sea algo marginal o de poco alcance, pues hasta la fecha se han identificado en la zona nada menos que unas doscientas poblaciones subterráneas, de las cuales sólo una pequeña parte ha sido abordada por los investigadores. Actualmente son accesibles al público 37 de estas estructuras, si bien dicho acceso está restringido a una porción acondicionada (“turística”) del yacimiento, pues la mayor parte de estos complejos subterráneos aún está siendo documentada por los profesionales o está por explorar. Y de entre todos ellos, hay dos que destacan poderosamente, y más en particular uno llamado Derinkuyu (“pozo profundo”, en idioma turco), del cual hablaremos más extensamente.

Vista de las estructuras de Kaymakli
En primer lugar, cabe mencionar el yacimiento de Kaymakli, situado en la provincia de Nevsehir, en el corazón de Anatolia. Se trata de una pequeña ciudad subterránea conocida desde antaño, pues aún se habitaba a inicios del siglo XX. Por su interés arqueológico y cultural fue prontamente estudiada y acondicionada, y es visitable desde 1964. La estructura excavada en la roca volcánica tiene por lo menos hasta ocho niveles o pisos conocidos, aunque sólo se pueden visitar los cuatro superiores. En realidad, es un complejo laberíntico de estancias y túneles (alrededor de un centenar) no demasiado amplios que podría soportar una población de unos 4.000 habitantes, con espacios suficientes para personas, animales y suministros básicos. En todo caso, no se trataba de unas poblaciones “primitivas”. De hecho, encontramos allí pruebas de una actividad laboriosa, con lugares sociales y económicos diferenciados, que van desde viviendas a almacenes, ¡y hasta una iglesia! En cuanto a su datación, los arqueólogos fijan su fundación en la época frigia (primer milenio antes de Cristo), si bien luego las estructuras fueron reutilizadas por todos los pueblos o culturas que se instalaron en la zona hasta los tiempos modernos.

Y a unos 12 km. de este enclave tenemos la ciudad subterránea por excelencia, Derinkuyu, que estaba conectada a la anterior por un túnel hoy parcialmente derruido. Cabe señalar que la ciudad había sido abandonada y olvidada, pero en 1963 fue redescubierta fortuitamente y enseguida fue objeto de exploración, hasta ser abierta al público en 1969. Aquí ya hemos de emplear palabras mayores, pues los niveles o pisos identificados hasta la fecha son unos 20 –aunque sólo son visitables los ocho más próximos a la superficie– y se estima que la profundidad alcanzada estaría alrededor de los 85 metros bajo la superficie, con una extensión horizontal de unos 4 km2. Los distintos niveles estaban conectados por pasajes y escaleras talladas en la roca. En este caso, las valoraciones acerca de la capacidad de población se sitúan sobre las 20.000 personas[1], más los animales y otros bienes, como en el caso anterior. En cuanto a la estructura y disposición de los espacios, se repite más o menos lo visto en Kaymakli pero a una escala superior. Así pues, aquí encontramos habitáculos, establos, cocinas, prensas de vino y de aceite, almacenes, graneros, comedores, escuelas, talleres de metalurgia y también una iglesia de tamaño respetable de planta cruciforme. Como dato a destacar, en el segundo nivel se halló una enorme sala cubierta por una bóveda de cañón, que se cree que pudo ser usada como escuela religiosa.

Mapa de la ciudad subterránea de Derinkuyu
Lo que destaca poderosamente es la habilidad e inteligencia con que se construyó todo el complejo, pues existe una red de canales de ventilación que llega hasta la superficie, a menudo de forma camuflada o discreta, para el suministro de aire fresco. Asimismo, los diversos niveles están conectados por unos conductos de pequeño diámetro que tienen una sonoridad perfecta, lo que vendría a constituir un sistema de interfonía muy eficiente. Aparte, la ciudad disponía de abundante agua potable gracias a pozos que se alimentaban de ríos y acuíferos subterráneos. Los túneles o pasadizos eran aquí un poco más amplios que en Kaymakli y los accesos se bloqueaban mediante unas enormes ruedas macizas de piedra, de entre uno y dos metros de diámetro, medio metro de grosor y un peso de hasta media tonelada. En realidad, funcionaban como una especie de puertas correderas que se podían mover –abrir y cerrar– con cierta facilidad desde el interior, pero no así desde el exterior.

En lo referente a la datación y ocupación, se constata una vez más que la ciudad fue habitada de manera ocasional durante muchísimos siglos por distintas culturas, con una especial incidencia en la era bizantina –cuando supuestamente tuvo lugar una ampliación de la ciudad– y prácticamente hasta épocas recientes, llegando a inicios del siglo pasado. Según algunos estudios arqueológicos, las dataciones de los niveles superiores se podrían remontar hasta la época hitita (entre el 1800 a. C. y 1200 a. C. aproximadamente), pasando luego por las diversas civilizaciones posteriores (frigios, griegos, romanos, bizantinos, árabes, otomanos…). Eso sí, no hay datos concluyentes sobre los niveles más profundos, que están pendientes de posteriores estudios.

Dicho esto, debo precisar que en este punto he hallado informaciones dispares, pues según las autoridades culturales turcas, Derinkuyu fue excavada en época frigia (siglos VIII – VII a. C.), aprovechando cavidades naturales existentes, y no hay ningún otro precedente histórico. En todo caso, cabría preguntarse cómo se obtuvieron las dataciones; si fue por tipología de objetos, por dataciones radiométricas de C-14, o por otros métodos. Por lo que he podido rastrear someramente, parece ser que en efecto se encontraron algunos objetos claramente hititas en los túneles y de ahí las estimaciones cronológicas más arcaicas, que se van al segundo milenio a. C. Lamentablemente, las referencias históricas no aportan luz sobre el origen de estas ciudades, pues el primer documento escrito que las cita es la Anábasis, un relato de Jenofonte datado en siglo IV a. C.

Paisaje de la región de Capadocia
Lo que está claro que es que todavía hay mucho trabajo por hacer en esa región de Turquía y que los estudios deben proseguir para podernos hacer un retrato más completo y fiable de estos complejos subterráneos. Por de pronto, en 2014 se identificó otro yacimiento más al norte, bajo la ciudad de Nevsehir, del cual no se tenía ninguna referencia previa. Este complejo, según las prospecciones iniciales, podría ser mucho más grande que Derinkuyu, con túneles de hasta siete kilómetros de longitud. Algunos arqueólogos, tomando en conjunto todo el fenómeno, se han atrevido a sugerir que las estructuras subterráneas de Capadocia podrían albergar a más de un millón de personas, cifra que –para los tiempos antiguos– parece realmente desorbitada. Ahí lo dejamos.

Una vez presentada la cuestión en sus elementos esenciales, vamos a adentrarnos en los dos aspectos más oscuros del tema, que han atraído la atención de las propuestas más variopintas de la arqueología alternativa: 1) el motivo por el cual se construyeron estas ciudades subterráneas, y 2) su contexto histórico, con la polémica específica sobre el origen y datación de las estructuras. Como veremos, todo apunta a que ambos aspectos están muy relacionados, y en esta ocasión la arqueología alternativa presenta una serie de escenarios que poco o nada tienen que ver con las explicaciones oficiales, aunque –en honor a la verdad– hay que reconocer que algunos investigadores ortodoxos ofrecen unas interpretaciones relativamente audaces.

Si nos centramos en la razón por la que se realizaron estas impresionantes obras, el contexto dado por el estamento académico es categórico: estas ciudades fueron construidas como grandes refugios para casos de guerra, en una región que precisamente vivió innumerables conflictos e invasiones desde el mismo principio de la civilización. Así, ante el peligro de que la población fuese saqueada, esclavizada o asesinada, se habrían construido unas fortificaciones subterráneas capaces de mantener a gran cantidad de personas durante cierto tiempo. Esta idea viene reforzada por la discreción de los accesos, la estrechez de los pasadizos y sobre todo por los potentes sistemas de bloqueo que ya hemos citado. Todo esto tiene sentido en una zona devastada por las guerras, con continuos ataques y contrataques de los imperios que se disputaban el dominio del territorio.

Túnel con sistema de bloqueo mediante una enorme rueda-puerta (Derinkuyu)

Ahora bien, a esta hipótesis razonable le podríamos objetar algunos hechos. Que las ciudades subterráneas sirvieran de refugio temporal a través de diversas épocas no significa necesariamente que fueran creadas con esa finalidad. Es algo similar al clásico problema de las pirámides egipcias; quizá en algún momento de la historia pudieron ejercer de tumbas, pero no hay evidencia fehaciente de que fueran diseñadas y construidas originalmente para tal fin, según se aprecia en los monumentos más antiguos. Después está el factor defensivo. Las ciudades del subsuelo podrían ser útiles en tanto que se mantuvieran en cierto secreto o sigilo. En caso de ser descubiertas, y aunque los invasores no pudieran sortear los bloqueos, sí podrían localizar los canales de ventilación y taponarlos, o bien llenarlos de humo, o incluso arrojar líquidos.

Finalmente, el enorme trabajo de excavar la roca y acondicionar los espacios implica una labor coordinada de mucha gente durante muchos años, y todo ello fue… ¿para construir un mero refugio temporal? Está claro que vivir lejos de la luz solar y el aire libre acarrearía graves problemas, pero todo indica que estas ciudades estaban diseñadas para resistir durante mucho tiempo, no sólo para ocultarse durante unas semanas o meses. En realidad, más bien parece que estas ciudades pretendían replicar la vida normal en superficie en la mayoría de los aspectos, lo cual sí justificaría el enorme esfuerzo realizado. No obstante, en aquellas épocas el sistema de defensa por excelencia era la construcción de fuertes murallas en torno a las ciudades, y tenemos ejemplos de éstas en toda Turquía. A veces resistían y a veces no, pero los defensores ya contaban con ello. En cambio, sobre el posible éxito o eficacia de los hábitats subterráneos poco sabemos, pero ya hemos visto que podían convertirse en ratoneras en caso de ser localizados, lo que tampoco era un panorama muy halagüeño.

E. Von Däniken
En este punto varios autores alternativos empezaron a ver cosas extrañas y se plantearon otros escenarios bien distintos. Nuestro viejo amigo, el inefable Erich Von Däniken, visitó varias veces Derinkuyu y en uno de sus libros (La respuesta de los dioses) especuló sobre el origen de la ciudad. Esta vez el autor suizo no se atrevió a decir que el complejo subterráneo era una obra extraterrestre, pero sí afirmó que había sido creado para refugiarse de unas terribles guerras –con armamentos devastadores– entre alienígenas. En paralelo a esta línea, otros autores como Steiger, Childress y Sitchin han sugerido que en épocas muy antiguas pudieron darse unas terribles guerras atómicas sobre el planeta, y muy concretamente en la zona de Oriente Medio, siendo protagonistas los extraterrestres o unas civilizaciones desaparecidas. En este contexto no sería de extrañar la construcción de grandes refugios subterráneos donde protegerse de los catastróficos efectos de tales guerras, empezando por la radiación. Desde luego, la propuesta de guerras nucleares arcaicas tiene numerosos puntos discutibles –siendo muy generosos– y los académicos la consideran un absoluto disparate. En fin, esta teoría nos conduce a otro escenario muy polémico y complejo de la arqueología alternativa que dejaré para un futuro artículo para no desviarme en exceso del tema principal.

Sin embargo, existe otra línea alternativa que también plantea una situación de gran catástrofe, con dos opciones más o menos interrelacionadas. En este caso, no habría guerras (del tipo que fueren), pero sí un tremendo cambio en el medio ambiente de la superficie terrestre provocado por factores naturales, lo que habría empujado a los habitantes de la región a buscar refugio en el subsuelo durante periodos de tiempo muy extensos. Para los que siguen este blog este asunto ya les resultará familiar y no es otro que el del cataclismo global que asoló la Tierra hace unos 12.000 años y que autores como Graham Hancock defienden a capa y espada, si bien esta idea ya había arrancado con fuerza en los años 60 con Charles Hapgood, e incluso se podría remontar al siglo XIX, en los tiempos de Ignatius Donnelly.

¿Un desastre natural de gigantescas proporciones?
Recordemos que según esta visión un evento cósmico, probablemente el impacto de un cometa, provocó una reacción en cadena al final de la última era glacial, con la inmediata fusión de gran parte de los hielos árticos, inundaciones gigantescas, terremotos, tsunamis, erupciones, etc. Todo ello habría causado un tremendo cambio climático –nada que ver con las estupideces y mentiras que nos venden ahora– que quizá se llevó por delante a gran parte de la población humana del planeta, incluyendo una hipotética civilización muy avanzada. De este modo, se pasó de una etapa benigna de progresivo calentamiento al retorno de los rigores de la era glacial más dura, con nieves, hielos e intenso frío. Este lapso climático se denomina Dryas reciente y tuvo una duración de unos mil años, durante los cuales desaparecieron muchas especies animales y vegetales.

El investigador inglés Andrew Collins estima que precisamente durante esta etapa los habitantes de la región construyeron las ciudades subterráneas para resguardarse de las inclemencias climáticas superficiales y disponer de un microclima con una temperatura fresca pero estable, en el que –por cierto– se darían las condiciones óptimas para la conservación de los alimentos. Collins también apuntaba al detalle de que los niveles o zonas más antiguas de la ciudad eran de mayor altura, lo que vendría a sugerir que los hombres de aquella época eran bastante más altos. ¿Tal vez serían los famosos Cro-Magnon del paleolítico superior, cuya altura media rondaría los dos metros? Estaríamos hablando de meras conjeturas.

G. Hancock
A su vez, Graham Hancock visitó Derinkuyu en 2013 y su veredicto –expresado en Magicians of the Gods– fue que las ciudades del subsuelo podían ser mucho más antiguas de lo que reconoce el estamento académico, coincidiendo con Collins en que podían haber sido construidas como refugio hace unos 12.800 años, en respuesta al terrible evento cósmico que dio un vuelco al medio ambiente del planeta. Hancock añade que tal vez los hábitats subterráneos, aparte de responder a las duras condiciones climáticas, se crearon como protección ante el periódico bombardeo de pequeños fragmentos del cometa, que se alargó probablemente durante siglos.

Pero el escenario catastrofista no acaba aquí. El geólogo de la Universidad de Boston Robert Schoch –que desde los años 90 está instalado parcialmente en la arqueología alternativa– propuso hace no mucho otra visión no menos impactante. En este caso, Schoch tiene en cuenta la hipótesis anterior, pero la desestima por falta de pruebas de impactos de objetos celestes, y más bien cree que el verdadero motivo para la construcción de las ciudades subterráneas fue un evento cósmico de diferente naturaleza. Así, el geólogo estadounidense alude a la posibilidad de un gran estallido o explosión solar, acompañado de llamaradas solares y eyección de masa coronal (descarga de materia y radiación electromagnética en forma de plasma), que habría ocurrido hacia el final de la última Edad del Hielo.

Actividad solar devastadora
Schoch fundamenta su interpretación en los trabajos de Paul LaViolette, según los cuales se ha podido documentar los efectos químicos y radiactivos de este fenómeno en sedimentos y núcleos de hielo analizados en diversos lugares, desde Venezuela a Groenlandia. Otros recientes estudios, como los de Ted Bunch et alii[2], han confirmado esa gran explosión solar y la han acotado temporalmente en una antigüedad de 12.900 años. Aparte, Schoch se remite a las investigaciones emprendidas por Heinrich e Ingrid Kusch, que han identificado en distintos puntos de Europa la presencia de centenares de túneles –que incluyen habitáculos y salas de almacenamiento– justo por debajo de los asentamientos neolíticos, con una datación muy similar a la ya citada (hace unos 12.000 años). Con todo ello, Robert Schoch construye un hipotético escenario en el cual los hombres de esa época tuvieron que protegerse de la catástrofe ambiental producida por la potente actividad solar desatada, y de ahí que buscasen refugio en el subsuelo, excavando con gran pericia redes de túneles y hábitats estables bajo tierra.

Llegados a este punto, ya podemos entrar de lleno en la segunda cuestión a debate, que es una continuación directa de la primera: ¿Cuál es la auténtica antigüedad de estas estructuras? Como hemos visto, las interpretaciones alternativas suponen la negación de la versión académica, pues sitúan la construcción de estas ciudades subterráneas en otro momento muy anterior de la historia; para ser exactos, de la prehistoria. Para empezar, hay que remarcar que no es posible datar las estructuras subterráneas en sí mismas por los métodos habituales, pues aquí se trata de roca excavada y trabajada a golpe de pico y cincel. En cuanto a los objetos o posibles restos óseos, hay que tener en cuenta que pueden haber sido depositados durante muchos siglos –de forma “intrusiva”– por lo cual es muy difícil datar el momento original de la excavación.

Lo que choca es que, mientras que varios científicos académicos han reconocido que hay evidencia hitita en los túneles y que por ello las dataciones deberían remontarse al segundo milenio antes de Cristo, las autoridades culturales han fijado el horizonte frigio como el momento original de la excavación. La verdad es que no se entiende mucho esta postura, cuando todavía hay una duda o controversia científica sobre una datación fiable. El historiador y arqueólogo turco Ömer Demir no sólo tiene en cuenta la cronología hitita, sino que se atreve a remontar el origen de las ciudades del subsuelo al final del periodo paleolítico. De este modo, viene a confirmar las opiniones de los alternativos en el sentido de que las civilizaciones de época histórica simplemente se encontraron con las estructuras y las reaprovecharon y modificaron para sus necesidades en sus respectivas épocas. 

Una de las salas de la ciudad de Derinkuyu
Demir sustenta su opinión en varios elementos. Primeramente, se aprecian diferencias de estilo entre los distintos niveles, lo que demuestra que hubo un cierto lapso temporal entre las obras. Después, se observa que los niveles más antiguos no presentan las típicas marcas de los utensilios al trabajar la roca, pues éstas desaparecen tras muchos siglos de estar expuestas; en cambio, dichas marcas todavía son observables en los niveles más modernos. Finalmente, está el problema de localizar los materiales que fueron extraídos del subsuelo para crear las cavidades. En este caso, no se han localizado en torno a Derinkuyu, sino que han sido identificados en un río, a bastante distancia (26 km), lo que indica que fueron arrojados a varios ríos de la zona para que se los llevara la corriente. Pero lo más llamativo es que allí mismo se encontraron diversas herramientas de piedra del paleolítico. En conjunto, no son pruebas definitivas, pero sí al menos indicativas de que la ciudad pudo ser excavada muchísimo antes de lo aceptado en el entorno académico.

Sea como fuere, no tenemos realmente certezas acerca del momento fundacional de estas ciudades, y el origen prehistórico no debería descartarse, aunque parezca algo forzado. Ahora bien, hemos de recordar que las versiones alternativas sitúan la cronología en función de la tesis del gran cataclismo de hace más de 12.000 años, pero no pueden aportar ninguna prueba directa de ello, ni una relación causa-efecto indiscutible que justifique la creación de esas ciudades; son sólo hipótesis. De hecho, aún abandonando la tesis oficial del “refugio en tiempo de guerra”, quedan muchos cabos sueltos que se ofrecen a múltiples interpretaciones y posibilidades.

Yacimiento de Göbekli Tepe (Turquía)
Así pues, nos podríamos preguntar quiénes excavaron estos complejos al final del paleolítico, pues vistas la enorme cantidad de trabajo, la destreza y la ingeniería que comportan estas estructuras no parece algo propio de cavernícolas primitivos, los cazadores-recolectores de esa época. Además, llama mucho la atención la capacidad de construir tantos complejos para tanta gente, si es que todos fueron contemporáneos. Tal vez apelar a una civilización desaparecida sea demasiado arriesgado, pero bien es cierto que en la misma Turquía tenemos el yacimiento de Göbleki Tepe, cuya datación fiable se va más allá del 9000 a. C. Y recordemos que se trata de un amplio conjunto de recintos o templos con estructuras megalíticas y decoraciones en relieve. Todo esto era impensable para el estamento académico hace unos años, pero ahora no pueden negar la evidencia de una sociedad desarrollada anterior a la llamada revolución neolítica. Por tanto, es factible que estos complejos subterráneos, que tienen algo de megalítico, puedan remontarse a esa época tan lejana... y no tan primitiva.

Otro asunto es valorar la capacidad de supervivencia en estos complejos y el tiempo que podían pasar las personas sin salir al exterior. En efecto, parecen ser ciudades completas y bien preparadas en las que poder subsistir durante periodos extensos, pero surgen varios problemas, como la necesidad de recurrir a la alimentación vegetal (para personas y animales) y de obtener materias primas, aparte del propio contacto con el aire fresco y la luz solar. Si las condiciones externas eran durísimas –y no sabemos hasta qué punto– tal vez el cultivo de plantas en superficie sería inviable o problemático. Es obvio que se podría almacenar gran cantidad de alimentos, la mayoría en seco, pero una población de miles de personas acabaría por consumir las reservas en cuestión de meses. Por tanto, es complicado hallar un equilibrio entre la tesis oficial –un refugio temporal– y la alternativa, que nos muestra escenario poco menos que apocalíptico. Tal vez deberíamos pensar en alguna solución intermedia, en que se podía combinar una reducida actividad exterior con una más intensa actividad interior, a la espera de disponer de datos paleoclimáticos más precisos.

Concluyendo, considero que tanto las visiones ortodoxas como las alternativas se mueven todavía en datos parciales e inseguros, y deben recurrir a especulaciones y escenarios probables para tratar de dar una explicación coherente. No descarto, empero, que ambas tengan su parte de razón, sin entrar en contradicciones, pues el uso original pudo tener como motivo un problema climático, mientras que el uso “histórico” pudo estar más relacionado con las guerras locales. Sólo el tiempo e investigaciones más profundas podrán darnos pistas más sólidas sobre estas asombrosas ciudades subterráneas de hace tantos siglos.

© Xavier Bartlett 2019
Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Según otras estimaciones, la cifra de habitantes podría llegar incluso a los 50.000.
[2] BUNCH, T. et alii. Very high-temperature impact melt products as evidence for cosmic airbursts and impacts 12,900 years ago. PNAS, June 2012.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Iconografía de los antiguos astronautas

Introducción

Uno de los grandes pilares de la arqueología alternativa ha sido sin duda la Teoría del Antiguo Astronauta (en adelante, TAA), que fue difundida hace ya más de 40 años entre el gran público por Erich Von Däniken, si bien esta propuesta ya había sido esbozada ampliamente por varios autores anteriores al fenómeno literario del escritor suizo. Básicamente, lo que la TAA viene a proponer es que el planeta Tierra fue visitado en tiempos inmemoriales por una civilización extraterrestre y que de algún modo tuvo un papel decisivo en la evolución de la Humanidad, e incluso en su propio origen (lo que sería la hipótesis intervencionista, que se opone al evolucionismo académico).

Esta obsesiva búsqueda de extraterrestres en nuestra historia no se debió a un repentino arrebato de algunos autores con mucha imaginación, sino que vino marcada por la coincidencia de una serie de hechos que facilitaron la aparición de estas ideas. Por un lado, está el nacimiento de la ufología a partir del famoso incidente de Roswell (EE UU) en 1947. Por otro lado, más o menos en esas fechas, se inició la carrera espacial y la exploración del Sistema Solar por parte de las grandes superpotencias. En esta misma línea, cabe destacar que el siglo XX vio crecer el interés popular por la ciencia-ficción como género literario abierto a todo tipo de especulaciones sobre razas inteligentes en el Universo. Finalmente, tampoco debemos menospreciar la influencia de determinadas corrientes contraculturales o espiritualistas de las últimas décadas, que a veces han resultado en una crítica directa a la ciencia establecida.

El caso es que, llegados a los inicios de los años 60, el llamado realismo fantástico puso los cimientos definitivos de la TAA, que Von Däniken luego difundió exitosamente a través de su libro “Recuerdos del futuro” y de su correspondiente documental. Para resumir su enfoque muy brevemente, diremos que Von Däniken defendía la supuesta presencia de estos astronautas de otros planetas a partir de las formas y conceptos de carácter divino que produjeron los hombres primitivos como consecuencia del contacto o influencia de estos seres. Esta sería la razón de hallar en antiguas culturas de todo el globo numerosas manifestaciones artísticas o rituales que parecen representar astronautas, naves espaciales, objetos de avanzada tecnología, etc. y que habían sido malinterpretados por la ciencia ortodoxa.

Así pues, si nos centramos en lo que serían ciertas figuras humanas o humanoides de difícil identificación, la TAA nos ofrece una extensa iconografía de los antiguos astronautas, esto es, la representación en tiempos remotos de esos supuestos seres extraterrestres en forma de pinturas, grabados, relieves o estatuas. Estas imágenes han sido objeto de observación y análisis por parte de muchos autores alternativos, los cuales están convencidos de que –como mínimo–­ tales figuras resultan muy extrañas o sospechosas. En este artículo vamos a adentrarnos en dicha iconografía para ver qué podemos sacar de ella, y veremos que una vez más los terrenos de la especulación dan para mucho, mientras que las certezas son realmente mínimas.

Tipologías del antiguo astronauta 

El primer paso para reconocer esta iconografía es, según la visión alternativa, transmutar a hombres, dioses, espíritus u otros seres mágicos o mitológicos en astronautas, siguiendo un patrón de analogía. Así, esas múltiples estatuillas o representaciones gráficas serían en realidad retratos –que van de lo más figurativo a lo casi simbólico– de lo que los antiguos humanos vieron con sus propios ojos: seres venidos de otros planetas. A este respecto, es harto conocida la comparación que hizo Von Däniken al aparejar la fotografía de una antigua estatuilla con la imagen de un moderno astronauta para evidenciar ciertos rasgos comunes.

La lápida de la tumba del rey Pacal
Cabe destacar que esta comparación es la más típica, pero lo cierto es que hay otros individuos muy poco “tecnológicos”. Por ejemplo, el famoso astronauta de Palenque, pese a pilotar una especie de cápsula-cohete (según Von Däniken), no presenta la indumentaria espacial correspondiente –al menos no la ortodoxa– y más bien viste como un antiguo maya. Quedaría pues en el aire la cuestión de qué tipo de indumentaria o aspecto podemos considerar como dudoso, pues lógicamente los defensores de la TAA tienen en mente las imágenes de astronautas actuales, pero un astronauta de otro planeta no tendría por qué llevar una escafandra similar, o incluso tal vez ni siquiera precisara de una escafandra. En este caso estaríamos haciendo una analogía cuando menos peligrosa.

No obstante, si tratamos de clasificar las representaciones de estos supuestos astronautas que nos presenta la literatura alternativa, llegaremos básicamente a dos grandes grupos de imágenes: 1) las figuras que tienen una vaga semejanza con la indumentaria más o menos compleja de un astronauta, y 2) las que simplemente muestran seres humanoides de un aspecto –digamos– extraño, categoría que puede llegar a ser un inmenso cajón de sastre si incluimos cualquier figura que se salga de “lo normal”.

Seres extraños ¿de otros mundos?
Con respecto a estas últimas, tengamos en cuenta que desde tiempos antiguos existe una extensísima iconografía de seres fantásticos, entre los cuales están las divinidades con una mezcla de rasgos animales y humanos, como el Anubis egipcio, el Oannes mesopotámico o el centauro griego, por poner sólo unos clásicos ejemplos. También podríamos incluir aquí la gran cantidad de seres mágicos representados desde la Prehistoria en las pinturas del arte cavernario o en petroglifos, sobre cuyo sentido o identidad se ha especulado mucho. De hecho, muchas representaciones de seres divinos o mitológicos de diversas civilizaciones o de pueblos primitivos han sido asociadas a entes extraterrestres por la simple razón de que su aspecto contiene características, rasgos o vestimentas que, al no ser naturalistas, presentan flancos abiertos a todo tipo de especulaciones.

Por ejemplo, tenemos figuras con tres o seis dedos, con grandes ojos o lentes, o con algo parecido a cascos, o que portan extraños objetos (sobre todo se habla de los seres que trasportan en la mano una especie de bolsa o cesta), o que irradian luz o algo parecido... sin olvidar la representación de algunos objetos flotantes que tienen una cierta semejanza con los famosos platillos volantes. Esta idea de ingravidez o vuelo también la encontramos en múltiples figuras aladas, que podrían indicar que estaríamos hablando de seres divinos o semidivinos con la capacidad de volar (o que proceden del cielo). Asimismo, existen otras figuras de gran tamaño de diseño más o menos esquemático o simbólico trazadas sobre la tierra –los geoglifos– que por su aspecto también se han relacionado con seres venidos del espacio. 

Astronauta de Kiev
De ambos tipos podríamos aportar aquí docenas de ejemplos que han salido a la palestra desde la época del realismo fantástico y que anteriormente habían estado recluidas en su contexto antropológico o arqueológico. Muchas de estas figuras han sido estudiadas desde hace décadas y algunas de ellas están expuestas en museos. La mayoría han podido ser datadas fiablemente, y aquí comprobamos que se presentan en un amplio espectro temporal, que se remonta a muchos miles de años, prácticamente desde el Paleolítico, hasta hace unos pocos siglos. En cuanto a su ubicación, las podemos encontrar en diversas regiones del mundo, si bien un buen número de ellas son originarias de las antiguas culturas precolombinas americanas. De unas pocas se tiene escasa información y, aunque están presentes en Internet en forma de fotografía, se hace complicado hallar información fiable sobre su localización, origen e interpretación, como por ejemplo el llamado astronauta de Kiev. Además, no nos engañemos, sobre algunas piezas específicas “demasiado bonitas para ser verdad” planea la sombra del fraude como la llamada nave de Toprakkale (hallada en Turquía en los años 70 del pasado siglo), una especie de cápsula espacial que incorporaría un tripulante con escafandra[1].

Hecha esta exposición sobre la tipología general, podemos pasar a profundizar ahora en algunas de las figuras más clásicas de la TAA, a fin de entender el origen de todas las especulaciones y contrastar las lecturas académica y alternativa.

Iconos clásicos de los antiguos astronautas

Para empezar con los típicos seres voladores, podemos citar las pinturas prehistóricas de Valcamonica (Italia) que muestran unas esquemáticas figuras humanas flotantes que destacan por poseer una especie de halo con radios (o rayos) en la cabeza. En lo referente a los grandes geoglifos que representan figuras humanoides cabe destacar el famosísimo astronauta de Nazca (de aspecto más bien robótico), algunas figuras de Palpa –ambas en Perú– o el Gigante de Atacama (Chile). Para los seguidores más entusiastas de la TAA no habría prueba más evidente que la representación de unos seres humanoides realizados para ser vistos desde el cielo, esto es, la morada de los supuestos dioses-astronautas.

Estatuilla dogu
Si hablamos ahora de la tipología “escafandra”, podríamos destacar unas pequeñas estatuillas procedentes del Japón prehistórico llamadas dogu, a las cuales se ha querido relacionar con figuras de astronautas. Según lo que nos dice la arqueología, dichas esculturas antropomorfas de terracota se han encontrado principalmente en la zona oriental del Japón, y datan del llamado periodo Jomon[2]. Su tamaño es variable, pero la de mayor altura que se ha encontrado entera es de 42 cm. En cuanto a las formas, exhiben una figura humana distorsionada y compacta, con cabezas de diversas formas (apuntada, triangular, en forma de corazón...), con pequeñas manos y pies. A veces presentan una decoración de trazos geométricos y en algunos casos estuvieron pintadas. Sobre su significado, se han propuesto varias teorías, pero no se sabe nada con certeza. Se ha dicho que podrían ser representaciones de diosas-madre o símbolos de fertilidad. También se ha barajado la posibilidad de que fueran representaciones de espíritus o guías para el más allá, dado que generalmente se han encontrado en contextos funerarios. Y otra hipótesis es que se tratase de un tipo de figuras personales a las cuales se podría transferir mágicamente alguna dolencia o adversidad.

Ya en el campo alternativo, la lectura personal de Von Däniken y de otros autores se ha centrado en un tipo en particular de figuras: las Shakōkidogū o estatuillas de anteojos. Así, donde los arqueólogos no vieron nada particular, los seguidores de la TAA observaron algo similar a un traje espacial, un posible casco, una especie de correaje y unas grandes gafas que destacan poderosamente. La arqueología ha sugerido que tales gafas o anteojos podrían ser una especie de primitivas gafas solares que usaban los inuit (esquimales), una especie de ojeras opacas con una estrecha abertura en el medio para facilitar la visión. Pero no existen mejores explicaciones.

Lo cierto es que muchos autores alternativos no han tardado en hacer notar que en diferentes partes del mundo se reproducían figuras con grandes ojos o anteojos. Por ejemplo, si volvemos al campo de los seres extraños, tendríamos las estatuillas estilizadas de dioses con grandes ojos en la antigua Sumeria o las famosas pinturas de wandjina de Australia. Precisamente, estas pinturas presentan otro frente de interpretación en la TAA, por lo que vale la pena comentar algunas de sus características. Los wandjina (o wondjina) aparecen en la mitología de los aborígenes australianos como una especie de espíritus o seres sabios procedentes de la Vía Láctea, que habrían creado el mar, la tierra y sus criaturas durante el llamado Dreamtime (“Tiempo de los Sueños”). Se suponía que los wandjina, que tenían enormes poderes, llevaron al hombre a un estadio de desarrollo y prosperidad. No obstante, también podían causar desastres naturales si eran ofendidos por los humanos. Su símbolo era una serpiente, similar a la de otros pueblos de la Antigüedad.

Figura wandjina
Estos wandjina fueron representados en pinturas rupestres polícromas –a las que se atribuye una antigüedad de decenas de miles de años– como figuras antropomórficas, con grandes cabezas (generalmente rodeadas por una especie de halo), grandes ojos negros y una nariz casi esquemática, pero en ningún caso con boca. Existen algunas figuras de gran tamaño, que aparecen de cuerpo entero, vestidas con una túnica o similar y calzadas con sandalias. La cabeza aparece rodeada de un doble halo y el rostro blanco sólo contiene dos ojos oscuros; asimismo, sus manos presentan de tres a siete dedos, tanto en manos como en pies. Los propios aborígenes confesaban que ellos no habían sido los autores de tales pinturas, sino que eran obra de unos seres que descendieron del cielo en una época muy lejana. Para los aborígenes estas pinturas tienen un especial significado místico o mágico de unión con sus ancestros y las tratan con gran respeto. Sea como fuere, en este caso nadie ha apreciado escafandras espaciales ni otros objetos sospechosos; simplemente se ha asociado una imagen antropomorfa a cierto estereotipo de alienígena.

Otro escenario clásico de representaciones de antiguos astronautas se encuentra en el macizo de Tassili N’Ajjer (Argelia), una región montañosa en pleno desierto del Sahara, pero que antiguamente fue una región húmeda y frondosa, bañada por ríos. Allí podemos observar un destacado conjunto de pinturas rupestres polícromas realizadas a lo largo de miles de años. Las numerosísimas pinturas y grabados (han sido catalogadas alrededor de unas 15.000 muestras) se han datado entre finales del Paleolítico y el periodo Neolítico. Las pinturas ya eran conocidas por los occidentales desde la década de 1930, pero fue el arqueólogo francés Henri Lothe quien en 1957 difundió a gran escala la existencia de estas pinturas, tras largos meses de estudio in situ. Lothe fue el primero en realizar un estudio exhaustivo de las imágenes, incluyendo una amplia clasificación temática en doce grupos o tipologías. Entre ellos encontramos figuras humanas estilizadas, figuras de cabeza redonda, escenas de caza, carros, animales, seres fantásticos, etc.

El dios marciano
Y en toda esta gran diversidad, los autores alternativos han visto diversas figuras que por lo menos inducen a la reflexión. Se trata de los seres de cabeza redonda, que no presentan rasgos faciales aparentes y que parecen estar embutidos en algo similar a escafandras. Especialmente destaca una gran figura de unos seis metros de altura que presenta una cabeza redonda con unas estrías en la parte superior y dos ojos descentrados. Lothe bautizó a este ser como el gran dios marciano, lo que dio aún más alas a los partidarios de la TAA. Asimismo, hay otras figuras de tipo fantástico que no tienen una fácil explicación. Por otro lado, se ha remarcado la presencia de una escena en que varias mujeres parecen ser invitadas o impelidas a introducirse en una especie de forma oval por una figura humanoide[3]. Este tipo de representaciones de grandes figuras se halló en el macizo de Yabbaren, que significa “gigantes” en la lengua de los tuareg. Para Lothe, estas pinturas serían de las más antiguas (alrededor de 8000 - 7500 a. C.). No obstante, estas extrañas figuras de cabeza redonda también aparecen en otras zonas y en diversos contextos.

El sentido de las representaciones de astronautas

Una vez vista la casuística, podemos hacernos la inevitable pregunta: ¿Por qué –o para qué– los hombres primitivos iban a realizar estas representaciones? Entre otros argumentos, Von Däniken echó mano de un fenómeno antropológico observado en los siglos XIX y XX llamado cargo cult o “culto a la carga”. Se trata de la peculiar reacción que experimentan comunidades muy primitivas ante el primer contacto con culturas desarrolladas. En la práctica funciona como un rito religioso consistente en reproducir una determinada conducta para obtener determinados bienes proporcionados por sus dioses o ancestros (representados por la cultura superior).

Cargo cult en el siglo XX
Los ejemplos más significativos de este fenómeno se dieron durante la Segunda Guerra Mundial en las islas del Pacífico. Allí, algunos nativos, que no habían visto nunca hombres civilizados, observaron cómo llegaban por el aire enormes cantidades de equipamiento militar, comida enlatada, medicinas, etc. Pero cuando acabó la guerra, toda esa carga lanzada en paracaídas o descargada en bases militares mediante aviones dejó de llegar. Ya no había aviones, ni soldados, ni instalaciones... Entonces, para atraer de nuevo los bienes deseados, los nativos reprodujeron las conductas de los hombres modernos. De este modo, llamaron a sus dioses mediante una simulación mágica de lo que habían observado: realizaron fogatas, construyeron réplicas de aviones, hicieron señales de aterrizaje en las antiguas pistas, tallaron auriculares en madera, fabricaron puestos de control... Lógicamente, hicieron esto con la esperanza de volver a ver los aviones, sin conocer el mecanismo causal que había justificado la presencia de esos aviones.

Parece claro que Von Däniken aprovechó el culto a la carga para explicar por qué los antiguos humanos representaron imágenes de sus dioses, aquellos que supuestamente les aportaron multitud de bienes y adelantos. No obstante, puestos a generalizar, la creación de estas peculiares figuras se podría deber a los mismos motivos que justifican la existencia de imágenes religiosas o mágicas en forma de dioses, ángeles, santos, héroes, espíritus, profetas, etc. y que están relacionadas con las creencias o con ciertos rituales. Así pues, podrían ser objetos de adoración, exvotos, estatuillas funerarias, efigies de antepasados, etc. En la misma línea, podríamos apelar a la posibilidad de que fuesen fetiches o figuras totémicas. Recordemos que un tótem es un ser, animal u objeto que tiene un significado ritual para los pueblos primitivos por cuanto constituye su emblema, vínculo o símbolo de un origen común. Finalmente, y aunque pueda parecer algo fuera de lugar, las figuras también podrían ser muñecos o juguetes para los niños.

Dogu con aspecto de buzo
En todo caso, no debemos menospreciar la conexión de las antiguas tradiciones, leyendas o mitos que han pervivido hasta nuestros días con las representaciones de estas figuras. Hemos visto el caso de los wandjina que tienen un indudable respaldo de tipo mitológico, que ofrece una justificación de su propia existencia. También para las estatuillas dogu se estableció un vínculo con la antigua leyenda japonesa de los kappas, según un estudio del arqueólogo japonés Komatsu Kitamura (citado por Peter Kolosimo en su libro El planeta incógnito). Se trataría de unos seres bípedos deformes que vivían en entornos acuáticos, y que entre otros rasgos tenían “ojos extrañamente grandes y triangulares”. Además, “parecían idénticos a los buzos desnudos de nuestros tiempos. Su piel morena y brillante podría ser una cubierta impermeable; las manos y los pies palmeados podrían formar parte el equipo (los ganchos servían probablemente para realizar cualquier maniobra habitual) y la trompa terminada en una joroba sería en el fondo, igual a los aparatos para respirar alimentados por tanques de oxígeno, que tan bien conocemos.” [4]

Y para cerrar esta vinculación entre mito y objeto, hay que destacar que en algunas ocasiones la iconografía se transforma en un ritual completo de recuerdo de supuestos seres procedentes de otro mundo, como en el caso de cierta danza de los indios kayapós del Brasil, estudiadas por el antropólogo brasileño João Americo Peret, en que un nativo, disfrazado con un traje ceremonial hecho de paja trenzada denominado bo –con un lejano parecido a una escafandra– representaría a un ser visitante divino llamado Bep-Kororoti (literalmente, “vengo del universo”).

¿Seres míticos o reales?
Ahora bien, para la ciencia académica todo esto no es más que un fenómeno cultural propio de las comunidades primitivas que debe interpretarse en un contexto mítico, no histórico. Por tanto, desde una visión ortodoxa, el mito no sería historia real, aunque admitamos que puede contener elementos extraídos de experiencias vividas en tiempos muy distantes. Se trataría más bien de un artificio cultural producto de la mente del hombre antiguo para explicar su origen y su entorno, a falta de una verdadera ciencia, tal y como la entendemos actualmente.

Así pues, los estudios académicos realizados sobre estas figuras suelen descansar en el terreno de la antropología, muy particularmente en las creencias de los pueblos primitivos, cuya mentalidad y cosmología están muy alejadas de la perspectiva racional del hombre moderno. No hay pues astronautas, sino símbolos o recreaciones de la realidad que cumplen una determinada función, que a veces puede resultar confusa o indeterminada. Sin ir más lejos, las célebres pinturas rupestres del Paleolítico europeo (sin “astronautas” de ningún tipo) han sido objeto de numerosos intentos de interpretación en esta clave antropológica-mágica –como los de Breuil, Laming-Emperaire o Leroi-Gourhan– pero pese a lo exhaustivo de estos trabajos no pasan de ser conjeturas más o menos fundamentadas.

Conclusiones

Ya ha quedado claro que la TAA presupone que los hipotéticos visitantes del espacio interaccionaron con las comunidades humanas primitivas y que dejaron tal impronta que fueron tomados por dioses o seres superiores que debían ser honrados o recordados, lo que motivaría la creación de su correspondiente iconografía. Esto es fundamentalmente lo que Von Däniken y sus seguidores trataron de argumentar, apelando a los relatos míticos –en los casos en que se podía vincular una tradición conocida a ciertos restos físicos– que reforzaban la interpretación de la presencia de seres no terrestres. ¿Pero de qué manera podríamos comprobar la veracidad literal de los mitos? Existe una enorme dificultad a la hora de trasladar el mundo mitológico al mundo empírico.

Una fácil analogía
Por otra parte, si repasamos someramente todas las pruebas que aportan los seguidores de la TAA, veremos que hay una más que diversa tipología de astronautas, que va desde los modelos más o menos realistas a las figuras más esquemáticas o simbólicas. ¿Cómo separar pues lo que es humano de lo que no lo es? Si todo aquello que se sale de una representación naturalista es susceptible de etiquetarse como “extraterrestre”, entonces entramos en la dialéctica del “todo vale”. Por ejemplo, imaginemos que un arqueólogo del futuro encontrara un retrato de estilo cubista; con estos razonamientos, tal vez podría pensar que aquel ser extraño no sería de ningún modo humano, sino “otra cosa”.

Todo esto nos lleva a pensar que la definición de extraterrestre es tremendamente problemática en el sentido de “ser-venido-de-otro-planeta-en-su-nave-espacial”. Siendo justos, e incluso dejando a un lado el mito, esas extrañas figuras también podrían corresponder a seres humanos de civilizaciones superiores muy apartadas, o tal vez a ignotas civilizaciones submarinas o intraterrenas. ¿Hasta qué punto nuestros posibles prejuicios, fruto de vivir en una era espacial y bajo la influencia de ciertos referentes ufológicos, nos pueden condicionar a ver todas estas figuras de una cierta manera, e incluso de manipular su contexto?

En efecto, los defensores de la TAA quieren ver extraterrestres o escenas sospechosas en las figuras que no podemos identificar claramente pero también incluso en algunas representaciones que tienen un contexto cultural bien identificado. Este sería el caso de la tumba del rey Pacal, de Palenque, en que los elementos conocidos de la mitología maya han sido aparcados para ser sustituidos por una visión tecnológica que cuadra con la hipótesis de la TAA. Obviamente, en este caso, para dar alguna oportunidad a la iconografía del antiguo astronauta, deberíamos revisar completamente la validez de los estudios sobre la mitología maya. Dicho coloquialmente, “romper la baraja” y jugar a otra cosa. En resumen, no hay que desestimar los indicios que inclinan a la duda razonable, pero para sostener todo el edificio se necesitan otros cimientos, pues los existentes hoy por hoy no parecen muy sólidos.

¿Experiencias chamanísticas?
Llegados a este punto final, nos podríamos preguntar si hay otras posibles explicaciones a esta extraña iconografía. En este sentido, la única vía que veo digna de explorar es la que han propuesto algunos autores acerca de las experiencias chamanísticas. Se trataría de contactos con seres humanoides de otras dimensiones que los chamanes tienen durante sus periodos de trance, a menudo provocados por la ingestión de sustancias alucinógenas, pero también mediante otras técnicas. Luego, al volver al “mundo físico”, los chamanes representarían a esos seres de forma más o menos realista o simbólica.

Por supuesto, la ciencia establecida ve aquí alguna argumentación para justificar las rarezas de esa iconografía, si bien descarta que tales seres sean reales, y se remite al conocido campo de las alucinaciones producidas en el estado de trance. A este respecto, podemos rescatar estas palabras de Christopher Chippindale, conservador del Museo de la Universidad de Cambridge sobre determinadas pinturas de los pueblos primitivos:
“La interpretación visionaria (que incluye el trance, además del conocimiento y de las habilidades especiales de los chamanes) es común en las sociedades de cazadores-recolectores modernas, o sea que es razonable esperar que también fuera así en las sociedades cazadoras-recolectoras del pasado. Un énfasis reiterado de una especie animal puede ser el signo de estas creencias, al igual que otras formas de expresar, mediante metáforas visuales, los sentimientos de trance (la ingravidez, la idea de flotar, volar y de otredad como la muerte).”[5]

Las figuras flotantes de Valcamonica (Italia)
En este escenario no sería pues descabellado aventurar que las representaciones de seres fantásticos, tomados por dioses o astronautas, no serían en realidad ni una ni otra cosa. La clave estaría en dilucidar si esas figuras constituyen una mera deformación de la realidad como resultado de procesos bioquímicos de la mente, como opina el estamento académico, o bien si son un intento de dar una apariencia a estos seres en nuestro universo físico después de haberlos percibido en otra realidad. De momento, hemos de aceptar que esta hipótesis interdimensional es una línea de investigación que se sigue moviendo en el ámbito de las conjeturas.

Concluyendo, en un elevado porcentaje de esta iconografía continuamos en las sombras y sólo podemos recurrir al consabido mundo ritual, espiritual o mágico para aportar alguna explicación. Ahora bien, dando esto por hecho, quedarían todavía muchos cabos por atar, a la vista de cierta casuística que resulta cuando menos desconcertante, frente a la cual las argumentaciones convencionales –que no suelen ir más allá del clásico campo de la mitología o la religión– están lejos de ser satisfactorias. Es posible, pues, que para avanzar en la comprensión de este fenómeno debamos cambiar de chip, ensanchar nuestras fronteras mentales y plantear nuevos intentos de interpretación en clave genuinamente científica, aunque se sitúen fuera del paradigma actual.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

[1] Esta estatuilla fue estudiada a conciencia por el famoso autor Zecharia Sitchin, que estaba convencido de que era auténtica. Sus argumentos son como poco discutibles, pero al menos consiguió que las autoridades culturales expusieran la pieza en un museo para que el público “juzgase por sí mismo”.
[2] La cronología varía según las fuentes consultadas. Como inicios se citan fechas entre el 14000 y el 10000 a.C. y como final las fechas se concentran alrededor del 400-300 a.C.
[3] En efecto, aquí se ha querido realizar una interpretación del tipo: “ser alienígena abduce a un grupo de mujeres y se las lleva a la nave con intención de realizar algún tipo de experimentación o manipulación”.
[4] KOLOSIMO, Peter. El planeta incógnito. Plaza & Janés. Barcelona, 1971.
[5] FAGAN, Brian M. (ed.). Los setenta misterios del mundo antiguo. Blume. Barcelona, 2002.