domingo, 2 de julio de 2017

Los gigantescos megalitos de Gornaya Shoria


El imponente megalitismo que apreciamos en muchas zonas del planeta es realmente de admirar, pues nos referimos a construcciones muy antiguas que incluyen bloques de piedra de muchas toneladas, y ello todavía resulta más meritorio cuando pensamos que las sociedades que alzaron dichos monumentos eran relativamente primitivas, y que tuvieron que echar mano de todo su ingenio, de sus relativamente escasos recursos técnicos y de mucha fuerza física para llevar a cabo tales proezas arquitectónicas. O por lo menos esto es lo que nos dice la arqueología ortodoxa, que sitúa el fenómeno del megalitismo entre el Neolítico y la Edad de Bronce y lo reduce geográficamente al área atlántica europea, al Mediterráneo y poco más.

Sin embargo, como ya he comentado en este blog en varias ocasiones, la cuestión del megalitismo está muy lejos de estar cerrada, ni siquiera comprendida o interpretada correctamente, pues la ciencia oficial no aborda toda la arquitectura megalítica que existe en el mundo como un conjunto, ni aprecia conexiones ni similitudes, y por supuesto tampoco se plantea dudas ante ciertas obras que resultan aún hoy en día una auténtica barbaridad por el peso y el tamaño de los bloques empleados. Así, las incógnitas técnicas sobre cómo se realizaron estas construcciones[1] suelen ser aparcadas muy discretamente o bien son explicadas con los argumentos habituales, incluso cuando éstos resultan poco creíbles o factibles.

Trilithon de Baalbek
No voy a repetir los datos ya expuestos en anteriores artículos, pero la casuística está ahí e impresiona por el gran volumen y peso de los bloques, de cientos de toneladas incluso, en lugares tan dispares como Malta, Perú, Egipto, Francia, Japón, etc. Y hasta el momento, en la cima del ranking megalítico se situaba el conjunto monumental de Baalbek (Líbano), en cual podemos apreciar tres enormes bloques bien tallados de 800 toneladas cada uno (el llamado trilithon) en el basamento del templo de Júpiter. Pero lo más impresionante lo hallamos en la propia cantera cercana, que contiene por lo menos tres monstruosos bloques paralelepípedos de más de 1.000 toneladas, que fueron abandonados cuando ya estaban prácticamente acabados o muy avanzados y que no llegaron a formar parte del citado basamento (o de otra construcción similar). Según las dimensiones y la densidad de la piedra se ha calculado para estos bloques un peso estimado de entre las 1.200 y 1.600 toneladas aproximadamente.

Situación geográfica de Gornaya Shoria (Federación Rusa)
Y esto podría parecernos algo fuera de toda medida y de toda lógica, pues ninguna civilización antigua conocida era capaz –supuestamente– de manejar tales moles líticas, por muchos adelantos y fuerza de trabajo de que dispusiesen[2]. Incluso hoy en día supondría un titánico esfuerzo técnico y logístico de muy difícil solución. Pero todo esto ha quedado superado por un hallazgo ocurrido hace muy pocos años que ha acabado por romper todos los moldes, dejando pasmados a todos los proponentes de la arqueología alternativa. Me estoy refiriendo al yacimiento megalítico de Gornaya Shoria (Monte Shoria), sito en lo más profundo de Siberia, en la Federación Rusa. Lamentablemente, todavía hay poca información sobre este lugar, pero en este artículo trataré de exponer los datos esenciales que se conocen hasta la fecha y las propias implicaciones del hallazgo para la investigación arqueológica.

Al parecer, el descubrimiento corrió a cargo del equipo del investigador alternativo ruso Georgy Sidorov a finales de 2013 cuando realizaba exploraciones de campo por el sur de Siberia, si bien el tema se popularizó masivamente en 2014 con la intervención del famoso ufólogo Valery Uvarov, que publicó en Internet diversas imágenes de este lugar. Básicamente, lo que tenemos en Gornaya Shoria es una gran formación pétrea aparentemente natural que –al ser revisada con detalle– da la impresión de tratarse en realidad de una construcción artificial. Lo que se puede apreciar en el paisaje es un conjunto de estructuras de diversa forma y altura, siendo la más grande una especie de muro de unos 40 metros.

Enormes bloques de granito (véase el hombre a modo de escala)
Con todo, lo más impresionante es que estas formaciones están compuestas de unos bloques de granito de dimensiones gigantescas, llegando algunos de ellos a los 20 metros de largo por seis de ancho y otros seis de profundidad; en cualquier caso, bastante más grandes que los citados monolitos de Baalbek (hasta dos o tres veces mayores). Así, las estimaciones de peso han resultado absolutamente insólitas, ya que pueden superar las 3.000 toneladas y alcanzar casi las 4.000. Cabe señalar que la mayoría de las piedras tienen formas regulares, tendiendo a sillares paralelepípedos o trapezoidales, y en bastante casos las piedras presentan superficies perfectamente planas, ángulos rectos y aristas bien marcadas, lo que denota un acabado que difícilmente puede ser natural. Además, es bien apreciable la presencia de muchos bloques de piedra de formas más o menos anguladas que encajan entre ellos de manera precisa como en puzzle, al estilo de lo que podemos ver en muchas estructuras de Sudamérica (en especial Sacsayhuamán) o de Egipto, por ejemplo. Asimismo, el equipo ruso apreció que algunas piedras tenían trazas de haber sido fundidas. Y por si fuera poco, para añadir más complejidad al asunto, se ha informado de la existencia de fuertes alteraciones geomagnéticas en la zona que afectan principalmente a las brújulas, hasta el punto de marcar direcciones opuestas a las reales.

Por supuesto, la primera objeción que podría hacerse a este inaudito hallazgo es que parece “imposible” que el hombre haya intervenido a esa escala, y más teniendo en cuenta la proeza de alzar moles de granito de un peso descomunal a 40 metros de altura. Así pues, se podría tratar de explicar todo el conjunto como el resultado de la acción prolongada de la naturaleza, sobre todo en forma de terremotos y erosión hasta el punto de quebrar la piedra de manera regular y darle un aspecto “artificial”. Esta explicación se aplicó, por ejemplo, a los famosos restos subacuáticos de Yonaguni (Japón) en que dos geólogos cualificados[3] no vieron enormes estructuras artificiales sino formaciones naturales regulares. Sin embargo, en este caso de Siberia, no hay constancia geológica de una gran actividad sísmica y además el granito es una piedra mucho más dura y consistente que la arenisca de Yonaguni.

De todos modos, la comunidad académica no ha querido dar relevancia a este asunto y ha mantenido una estricta política de discreción y balones fuera, dado que esta postura parece la mejor opción para no abrir debates indeseados. De todos modos, la opinión científica oficial, dictada extraoficialmente por la omnipresente Wikipedia, desprecia la posibilidad de una intervención humana y alude a los consabidos procesos geológicos, fundamentalmente las presiones tectónicas y las variadas formas de erosión.

Colosal base de la "pared rocosa"
Por lo que he podido saber, sólo hay un arqueólogo profesional que se ha interesado por el tema, el estadounidense John M. Jensen, que está apartado de la rígida ortodoxia y sostiene opiniones digamos “bastante alternativas”. Para Jensen, que no es precisamente amigo de sensacionalismos ni de intervenciones extraterrestres, no existe duda de la artificialidad del paisaje, en particular por el hecho de que las piedras están bien apiladas unas sobre otras. Así, las regularidades de Gornaya Shoria apuntarían a un enclave megalítico de enormes proporciones cuya antigüedad se hunde en las profundidades de la prehistoria, si bien no hay manera de datar estos restos; ni siquiera de plantear firmes teorías sobre quién y cómo pudo realizar tal monumento. Hay que tener en cuenta que el granito es una piedra dura y no fácil de trabajar, y que tallar, extraer y mover estas moles de miles de toneladas no puede explicarse con la tecnología de las civilizaciones antiguas, ni aun con la participación de miles de esclavos, rampas, trineos, etc. (al estilo de las grandes pirámides egipcias).

Lo cierto es que analizando una y otra vez las fotografías disponibles, me cuesta mucho creer en tanta regularidad natural, tal como defienden los escépticos. No digo que no sea posible, pero a veces tengo la sensación que los defensores de las ciencias naturales utilizan un elaborado discurso científico para explicar cosas que de otro modo serían inexplicables, apelando a que tal o cual fenómeno es fruto de la acción de los agentes naturales a lo largo de millones de años de actividad, lo cual es muy difícil –por no decir imposible– de probar de forma fehaciente. Esto me recuerda bastante al magnífico documental de Eliseo López Benito y su “civilización fantasma”[4], en el cual este investigador independiente desvelaba que existen en nuestro paisaje natural grandes formaciones de piedra que han sido colocadas (o diseñadas) ahí por el hombre en tiempo inmemorial con un propósito determinado y que la ciencia ha etiquetado de simples formas naturales, apelando a veces al caprichoso azar. Igualmente, por mi experiencia personal en el yacimiento tinerfeño de Igueste[5], planteo la posibilidad de reinterpretar el paisaje natural con otros ojos, apreciando un modelado artificial de éste a gran escala, en un tiempo muy anterior al arranque de la Historia, esto es, de las civilizaciones.

No obstante, los problemas que suscita Gornaya Shoria en el campo de la arqueología alternativa parecen por el momento bastante irresolubles, y nos remiten a las habituales conjeturas sobre un pasado desconocido de la Humanidad. Por de pronto, hemos de cuestionarnos seriamente la validez de las explicaciones geológicas; esto es, posicionarnos contra el paradigma, que nos recuerda –no sin razón– que la naturaleza produce regularidad tanto en sus formas biológicas como en sus formas inertes. En segundo lugar, tenemos la sempiterna cuestión de la tecnología. ¿Quién tenía la capacidad para tallar esos bloques, moverlos y colocarlos de manera precisa hace miles de años? Nuevamente tendríamos que recurrir a una hipotética energía antigravitatoria, lo que es propiamente la levitación. Otra opción sería echar mano del ablandamiento de la piedra o de la plasticidad de los materiales empleados, al estilo de los experimentos del profesor Davidovits[6]. O tal vez deberíamos considerar algún otro tipo de maquinaria o de energía que nos son totalmente desconocidas. Y ya puestos, ¿por qué no sacar a colación a los gigantes, los constructores de tantas obras descomunales, tal y como mencionan las leyendas antiguas de varios continentes?

Espacio dejado entre bloques (¿por la naturaleza?)
Pero si ya el cómo y el quién parecen temas complejos y especulativos, ¿qué decir del cuándo? El propio John Jensen se ve incapaz de ubicar este hallazgo en una época prehistórica concreta y humildemente reconoce que “conjeturar sobre sus constructores, métodos, propósito y significado es pura especulación”. De todas maneras, de los comentarios de su blog[7] se deduce que Jensen apuesta por varias culturas o momentos megalíticos, y que Gornaya Shoria podría pertenecer a un estadio de civilización que existió hace más de 7.000 años. Asimismo, no descarta la existencia de gigantes en un tiempo muy remoto y les concede una altura aproximada de entre 7,80 y 10,50 metros. Sin embargo, estas afirmaciones sobre el megalitismo y su relación con la civilización desaparecida o los gigantes hoy por hoy se quedan en papel mojado a falta de pruebas sólidas e indiscutibles, aunque admitamos disponer de numerosos indicios o pistas de carácter indirecto.

Concluyendo, se hace del todo necesario llevar a cabo una investigación científica a fondo –y sin prejuicios– en este lugar, que incluya aspectos geológicos y arqueológicos y que desde luego despeje la cuestión principal: ¿Estamos ante una caprichosa (o engañosa) formación natural, o es realmente un conjunto de construcciones megalíticas realizadas en un tiempo indefinido y por no sabemos quién ni cómo? Es evidente que para el paradigma actual resulta más cómodo inclinarse por la primera opción, y eso comporta un obvio sesgo o filtro cognitivo. No obstante, tampoco sería de recibo vender lo fantástico sin antes haber acumulado un sólido conjunto de pruebas que avalen la artificialidad del enclave. Como suelo repetir a menudo, para avanzar en un terreno tan crítico como éste hay que ser cautos y prudentes y no perder nunca el rigor científico, porque de lo contrario la arqueología alternativa queda desvirtuada por la falta de imparcialidad y la tendencia al sensacionalismo y al puro espectáculo.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / www.wands.ru (web de Valery Uvarov)



[1] Y en muchos casos cabría añadir quién, cuándo y por qué, pues no siempre hay certezas sobre tales cuestiones.
[2] Como ya expuse en su momento, atribuir estos bloques a los romanos es una broma. Los romanos no utilizaban bloques de tal tamaño y peso, pues tenían otras soluciones técnicas más adecuadas y eficaces para lograr sus objetivos. Existen rocambolescas explicaciones para justificar esta obra en clave romana, pero casi con toda seguridad los romanos aprovecharon los enormes bloques de un basamento que estaba allí desde tiempo inmemorial.
[3] Uno de ellos, Robert Schoch no era nada sospechoso de ser un integrista académico, pues es una persona abierta a interpretaciones alternativas, como ya demostró con la Gran Esfinge de Guiza.
[5] Véase el artículo sobre Igueste en este mismo blog.
[6] Según he observado en unas fotografías, algunas piedras aisladas muestran suaves formas redondeadas y cavidades que parecen salidas de un molde o que hayan sido trabajadas como si fueran de plastilina.
[7] http://earthepochs.blogspot.com.es

sábado, 24 de junio de 2017

Homo sapiens: perdido en el limbo científico



En un reciente artículo saqué a relucir las diversas herejías que complican en cierta manera las explicaciones evolucionistas habituales sobre el origen del hombre. Y todo parece indicar que los nuevos hallazgos e investigaciones –en lugar de aclarar más el panorama– introducen más confusión y perplejidad, pues los axiomas hasta ahora aceptados parecen cada vez más flexibles e interpretables a la vista de las pruebas objetivas. En todo caso, la ortodoxia darwinista no está por la labor de abandonar la idea de evolución por selección natural o su versión actualizada de la “síntesis evolutiva moderna”. Y desde luego, cualquier cosa que suene a diseño inteligente o creacionismo es pura religión, una afrenta a la verdadera ciencia.

Así pues, vamos a adentrarnos en la enésima vuelta de tuerca de una teoría que lucha por sobrevivir contra el propio método científico. Recordemos, a modo de introducción, que el actual consenso académico sigue defendiendo que los primeros pasos evolutivos hacia la línea Homo surgieron en África y que el propio Homo sapiens “apareció” indiscutiblemente en África oriental –y sólo en África– hace unos 200.000 años como mucho, y que luego se fue extendiendo por los cinco continentes a partir de dos grandes olas migratorias, la primera hace 130.000 años y la segunda, hace unos 70.000 años. En ambos casos, los humanos modernos habrían reemplazado –según los procesos de selección natural– a las poblaciones de homínidos más arcaicos.

Pero esta visión ya no es un mandamiento divino. En este sentido, considero oportuno exponer brevemente tres notables argumentos que de nuevo ponen en entredicho la versión académica, sobre todo en cuanto al origen del Homo sapiens y la tan manoseada teoría de Out-of-Africa (“desde África”) que acabamos de citar. Por un lado, tenemos el reciente libro del investigador independiente británico Bruce Fenton titulado The forgotten Exodus (“El éxodo olvidado”); por otro, los descubrimientos de homínidos de gran antigüedad en China; y finalmente, un sorprendente hallazgo paleontológico que ha tenido lugar en Marruecos.
 
Mapa y cronología de la teoría Out-of-Africa ("Desde África")
Lo que plantea Bruce Fenton en su libro es una propuesta bastante herética, pues afirma que ni los hallazgos paleoantropológicos ni los últimos estudios genéticos refuerzan la teoría de que el Homo sapiens surgió en África, sino que más bien la desmienten, ofreciendo como clara alternativa que el H. sapiens apareció en otra parte del planeta y que posteriormente se desplazó a África. Pero veamos con detalle la argumentación que expone Fenton y luego que cada cual extraiga sus conclusiones.

En primer lugar, tenemos la aportación de la moderna investigación genética que ha abierto –teóricamente– más puertas al estudio del origen de los humanos, pero que en la práctica ha arrojado más paradoja y confusión, sobre todo al comparar los datos con las verdades paleontológicas establecidas desde hace bastantes décadas. Así, los análisis genéticos de varios especímenes humanos muy antiguos han puesto de manifiesto los siguientes hechos:

  • Que la separación genética entre los neandertales y los sapiens se produjo mucho antes de lo que se pensaba; así, el último ancestro común de ambos podría situarse en una antigüedad de entre 400.000 y 700.000 años, siendo esta última cifra la más probable. Así, el vacío temporal con respecto a la aparición (teórica) del Homo sapiens –hace 200.000 años– resulta ser demasiado grande.
  • Que el llamado Homo heilderbergensis[1], situado en un estadio evolutivo más avanzado que el Homo erectus y que encontramos básicamente en Europa y parte de Asia y África, no es un antecesor del Homo sapiens, y eso a pesar de compartir bastantes características anatómicas y una capacidad craneal prácticamente idéntica. Tradicionalmente se lo había considerado antecesor de los neandertales, pero las modernas pruebas genéticas lo relacionan más directamente con los Denisovianos.
  • Que estos Denisovianos, otra especie de homínidos de muy reciente descubrimiento, se empezaron a separar de la línea de los humanos modernos hace nada menos que 800.000 años.
  • Que los antepasados más antiguos comunes del sapiens y del resto de Homo avanzados deben buscarse en una población que vivió hace 900.000-700.000 años, según las conclusiones de la reputada paleoantropóloga y médico española María Martinón Torres, del University College de Londres.


Todo ello marca unos orígenes genéticos muy antiguos para los primeros sapiens, y con poblaciones situadas fuera de África, lo cual ya produjo en su día un cierto desasosiego para las tesis tradicionales tan centradas en África (cuna de los primeros grandes descubrimientos paleoantropológicos, así como de famosos científicos). Para tratar de dar respuesta a estas incógnitas, Fenton nos menciona otra teoría que pretende eludir el problema africano, que no es otra que la de la evolución multi-regional del ser humano.

Restos del llamado "Hombre de Java", un H. erectus asiático
Esta propuesta, defendida por reputados paleontólogos como Milford H. Wolpoff, Xinzhi Wu y Alan Thorne, se fundamenta en la idea de que no hubo un único origen para el hombre moderno, sino un origen múltiple a partir de las diversas poblaciones de Homo erectus esparcidas por todos los continentes, excepto América, donde no hay evidencia física de la presencia de este homínido. Así, aceptan que los homínidos más primitivos surgieron en África y que de allí partió el Homo erectus (en su versión africana, Homo ergaster) para extenderse por muchas regiones del planeta. Más adelante, hace unos 500.000 años, los erectus habrían evolucionado en Eurasia dando origen a varias líneas de hombres modernos, que habrían mantenido a lo largo de los milenios una cierta homogeneidad evolutiva gracias a un continuo mestizaje entre las distintas poblaciones.

Ahora bien, Fenton rompe la baraja al desmarcarse de la teoría tradicional africana pero también de la multi-regional. Entonces, ¿qué? En su opinión, cree que debe considerarse seriamente una tercera opción: que el hombre moderno podría haber surgido en Extremo Oriente o en Australasia. Para sustentar esta teoría, Fenton echa mano de diversas pruebas de varios ámbitos (genético y paleontológico), que le empujan a defender la propuesta de que el origen del Homo sapiens debe situarse más específicamente en Australasia[2]. Así, considera que el antecesor directo del sapiens debió ser una población de erectus establecida firmemente en Australasia hace unos 900.000-800.000 años.

El reciente libro de B. Fenton
A partir de este punto, Bruce Fenton rescribe la prehistoria más lejana al revés, de Oriente a Occidente, y propone hasta tres olas migratorias de Homo sapiens en función de tres eventos geológicos. El primer “éxodo” habría tenido lugar hace unos 200.000 años, coincidiendo con un periodo de fuertes cambios climáticos. Así, una población de sapiens habría alcanzado las costas de África oriental (Etiopía), precisamente donde hasta el momento se había hallado el ejemplar de sapiens más antiguo, de unos 195.000 años de antigüedad. Luego, una gran erupción volcánica (la del lago Toba) habría causado la segunda migración hace unos 74.000 años, provocando la colonización del interior y sur de África, así como algunas costas asiáticas. Finalmente, habría existido una tercera migración –hace unos 60.000 años– que habría ocupado el sudeste asiático y que habría sido el inicio de la progresiva expansión del hombre moderno por el continente euroasiático,  dando así origen a toda la población de sapiens no-africana y no-australiana.

Todo este escenario heterodoxo se asienta mayormente en hallazgos de homínidos ya conocidos y en recientes investigaciones genéticas. Por consiguiente, no hay grandes novedades pero sí una profunda reinterpretación de pruebas ya existentes, lo que confirma que la teoría evolucionista sobre el ser humano se va moviendo de acá para allá en las aguas de la especulación y la conjetura, a la espera de que las pruebas físicas confirmen por fin la teoría, de una u otra manera. Por cierto, es de destacar que algunos científicos –como el profesor Máximo Sandín– no avalan las conclusiones de los estudios genéticos basados en la técnica del “reloj molecular”, a la que consideran carente de todo rigor científico en el marco de la biología[3], pero dejaremos este asunto en el cajón para no alejarnos hacia otros derroteros.

En segundo término, vale la pena comentar que –para complicar más las cosas– la ciencia paleontológica está marcada por un inconfesado chauvinismo “patriótico-científico”. Porque aparte de la aportación “pro-australiana” de Fenton, hace décadas que los científicos chinos se quejan de que la comunidad científica occidental ha tendido a minusvalorar o marginar los hallazgos de homínidos en Extremo Oriente, principalmente en la propia China. De hecho, varios paleontólogos chinos hace tiempo que reclaman que la teoría Out-of-Africa debe revisarse a la luz de los descubrimientos asiáticos. De este modo, hacen hincapié en que los científicos occidentales suelen interpretar los restos asiáticos en clave africana o europea, como una mera derivación, posiblemente por el sesgo de que la intervención paleontológica occidental ha estado centrada en Europa, desde el siglo XIX, y en África desde inicios del siglo XX.

Cráneo reconstruido del Hombre de Pekín
Lo cierto es que los hallazgos de homínidos muy antiguos se han ido acumulando en tierras chinas y entre estos tenemos numerosos ejemplares de dientes de humanos modernos datados entre 80.000 y 120.000 años, con un caso (una cueva en la provincia de Guizhou) en que la datación se podría ir hasta un máximo de 178.000 años. También cabe destacar el reciente descubrimiento de un fósil de humano moderno de más de 100.000 años de antigüedad en Daoxian (Hunan), publicado en la revista científica Nature. Y todo ello por no hablar de otros homínidos más arcaicos con características mixtas de erectus y sapiens, como el famoso “hombre de Pekín”, hallado en 1929 y con una antigüedad estimada de unos 780.000 años, y otros especímenes cuya datación oscila entre 900.000 y 125.000 años. La ortodoxia reconoce que son individuos más avanzados que los erectus, pero no se decide a clasificarlos de una manera taxativa, aunque el reputado especialista Chris Stringer opina que se trataría de heilderbergensis asiáticos. Claro que tampoco faltan las grandes anomalías evolutivas como una supuesta población residual de Homo erectus que habitaba China hace apenas unos 15.000 años[4].

Con todo este arsenal de pruebas, no es de extrañar que los chinos dejen caer la idea de una cierta teoría Out-of-China (“desde China”), pues estos datos no parecen cuadrar con la gran expansión euroasiática del sapiens a partir de una segunda migración, que se habría iniciado hace sólo unos 70.000 años. En suma, algo tan evidente como decir que en China ya había humanos modernos, fruto de una hipotética evolución autóctona a partir de los erectus locales, antes de que llegasen los supuestos colonos africanos.

Y así llegamos al tercer asunto que ha trastocado –al menos ligeramente– los cimientos de las teorías convencionales sobre el origen del sapiens. Si hace décadas no se le concedía una antigüedad superior a 100.000 años, en tiempos más recientes esta cifra se ha ido alejando en el pasado hasta llegar a los 200.000 años, principalmente por el hallazgo de unos huesos humanos en Omo Kibish (Etiopía) y por las técnicas genéticas basadas en el ADN mitocondrial –con el apoyo teórico de la llamada genética de poblaciones– que lanzaron la propuesta de una cierta “Eva mitocondrial”, la mujer sapiens más antigua del mundo, situada en África y con una datación de 200.000 años, coincidiendo de forma “casi perfecta” con la cronología asignada a los huesos recién mencionados.

Jean-Jacques Hublin en Jebel Irhoud
Sin embargo, hace escasas fechas se ha propagado la noticia de que en el yacimiento de Jebel Irhoud, una cueva a unos 100 km. de Marrakech (Marruecos), se habían hallado restos óseos de cinco humanos anatómicamente modernos datados en una antigüedad de entre 300.000 y 350.000 años. El hallazgo, publicado en la prestigiosa revista Nature, corrió a cargo de un equipo liderado por Jean-Jacques Hublin, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania) y por Abdelouahed Ben-Ncer, del Instituto Nacional de Arqueología de Marruecos.

De hecho, el yacimiento ya era conocido desde los años 60 del pasado siglo y había sido excavado parcial y esporádicamente. Los restos humanos que se hallaron entonces fueron calificados de homínidos arcaicos (tal vez unos “neandertales africanos”[5]) y no se les dio un antigüedad superior a los 40.000 años. En los años 90, como pudo comprobar Hublin, la cueva estaba totalmente tapada de nuevo y hubo de esperar hasta 2004, en que se inició un programa sistemático de excavaciones. Los resultados fueron realmente esperanzadores, pues aparte de los huesos humanos –entre los que había cráneos y mandíbulas– hallaron numerosas herramientas y huesos de animales. Y precisamente las herramientas de sílex, empleadas básicamente para la caza, fueron de enorme utilidad, pues se pudo comprobar que habían sido calentadas, lo que a su vez permitía datarlas mediante el método de la termoluminiscencia, que arrojó la inesperada cronología de más de 300.000 años.

Cráneo de Homo sapiens de Jebel Irhoud
Pero sin duda, más que la propia antigüedad de los homínidos, lo que realmente estaba en juego era su clasificación, y aquí Hublin ha acabado por desestimar la hipótesis de una “especie de neandertal” y ha adscrito los restos al Homo sapiens, aunque se trate de una forma relativamente arcaica... pero no muy arcaica, porque según los análisis anatómicos realizados con las más modernas técnicas microtomográficas se ha podido reconstruir el aspecto de los cráneos y Hublin ha tenido que reconocer que dicho aspecto es prácticamente indistinguible del de los humanos actuales, si bien los cráneos de estos antiguos humanos serían ligeramente más alargados. Asimismo, el estudio de las piezas dentales ha confirmado que se trata de típicos dientes de sapiens, bien distintos de los neandertales o de los erectus. Lamentablemente, los intentos por extraer ADN de los huesos han fracasado, y habrían sido de gran ayuda para averiguar si estos sapiens estaban en la línea evolutiva directa que ha conducido a los humanos actuales.

En definitiva, el escenario ya está servido para la polémica: tenemos una población de Homo sapiens 100.000 años más antigua que los restos más arcaicos reconocidos hasta la fecha y además en el norte de África, lo que representa una cierta desconexión en espacio y el tiempo de la supuesta “cuna de la humanidad  moderna”, en el extremo este del continente africano. Pero lo mejor empieza cuando los paleontólogos se lanzan a especular para tratar de encajar las piezas de este nuevo puzzle en el marco teórico.

Herramientas halladas en Jebel Irhoud
Naturalmente, la ortodoxia no cree que una flor haga primavera y no consideran que el origen evolutivo del sapiens tenga que desplazarse al norte de África. Más bien, se quiere proponer una evolución continua del sapiens por gran parte de África[6], y este hallazgo sería sólo una muestra de ese proceso evolutivo. No obstante, dada la gran antigüedad de los restos de Jebel Irhoud, Hublin piensa que los primeros pasos en la evolución del sapiens tal vez se dieron en el norte de África. El problema es que los restos recuperados muestran una morfología no muy distinta de los humanos actuales. Así, para tratar de explicar ese aspecto tan moderno en un fósil tan antiguo, un miembro del equipo de Hublin, Philipp Gunz, ha sugerido que la evolución física en los primeros sapiens fue mínima o súbita (pues su morfología facial parece muy “moderna”) y que, en cambio, la evolución cerebral fue mucho más larga. En fin, ¡viva la especulación!

Aunque, claro, ante la aparición de datos relativamente incómodos, no podía faltar la voz de los escépticos. Así, el paleontólogo Jeffrey Schwartz, de la Universidad de Pittsburg (EE UU), considera que los restos hallados son notables pero que no pueden asignarse a los sapiens, pues muchas veces se ha tendido a unificar en una sola especie restos apreciablemente diferentes, a falta de mejores interpretaciones. Asimismo, la ya citada María Martinón tampoco cree que estos restos sean de sapiens, y alude a la escasez de especímenes para estudiar el origen del sapiens y a que los cráneos de Jebel Irhoud no tienen una frente y un mentón equiparables a los de los humanos actuales.

Sobre estas opiniones, tal vez habría que recordarle a Schwartz que no siempre se ha tendido a la unificación. De hecho, en muchos casos, se ha optado por lo contrario. Esto es, cada diferencia apreciable podía ser motivo suficiente para crear nuevas especies y subespecies, bautizándolas con sus correspondientes nombres en latín, con lo cual el científico de turno ya podía sacar pecho por haber hallado una nueva rama en el árbol evolutivo humano. En cuanto a Martinón, se le tendría que preguntar hasta qué punto quiere llevar las diferencias, pues desde hace tiempo se han englobado a diferentes homínidos modernos bajo una misma denominación. Así, por ejemplo, los arcaicos Cro-Magnon no eran exactamente igual que nosotros pero también eran sapiens. Y lo mismo podríamos decir de la rica variedad de razas dentro del actual Homo sapiens, a menos que recurramos al espíritu original –manifiestamente racista– del darwinismo, con sus superiores e inferiores. ¡Cuánto me recuerda esto a los Untermenschen de los nazis!

Escena de H. erectus haciendo fuego
En definitiva, el hallazgo de Jebel Irhoud añade nuevos dolores de cabeza a la ortodoxia y también, de paso, pone en entredicho las tesis ya citadas de Fenton, que debería explicar qué hacían ahí esos sapiens antes de la primera ola de “colonos australianos” que llegó a África hace 200.000 años según sus estimaciones. Como ya expuse en un artículo anterior, vemos distintas especies del género Homo que aparecen en varios lugares del planeta, a veces muy alejados entre sí, con dataciones que se solapan y sobre todo sin un claro recorrido evolutivo. Esto es, ¿dónde está la pléyade de formas intermedias, los eslabones perdidos, que hicieron “avanzar” la evolución humana? ¿Por qué el sapiens más arcaico tiene una morfología muy similar a la del hombre actual? ¿O es que las famosas mutaciones aleatorias transformaron de golpe y porrazo a un erectus en sapiens perfecto sin ninguna progresión a lo largo de milenios? ¿Es que siguen faltando los fósiles “adecuados”? ¿Por qué esa repulsión a la idea del mestizaje para explicar las diferencias –y afinidades– entre las especies de Homo?

Y por supuesto, ya no he querido sacar a la palestra el controvertido tema de los ooparts, pues –según defienden algunos autores alternativos– durante el siglo XIX y principios del XX se hallaron huesos y objetos atribuibles a humanos modernos de una antigüedad enorme (hasta cientos de miles o millones de años), que destrozarían completamente los esquemas evolutivos[7]. Para estos críticos, los hallazgos fueron olvidados, marginados, ocultados o incluso destruidos, mientras que para el estamento académico simplemente se trata de confusiones y errores propios de la ciencia, pues la Prehistoria era entonces todavía una disciplina poco metódica y fiable.

La pregunta ahora sería: ¿qué antigüedad máxima para el Homo sapiens será capaz de admitir la ortodoxia evolucionista? Recordemos que cuando a finales del siglo XIX se descubrieron en Castenedolo (Italia) varios esqueletos de individuos anatómicamente modernos datados –según el contexto geológico– entre 3 y 4 millones de años, la ciencia oficial rechazó firmemente esa cronología y consideró que se trataba de un evidente enterramiento intrusivo. Pero lo más inquietante fue la actitud de cerrazón mental ante los hallazgos, pues para los darwinistas las pruebas deben encajar en la teoría y no al revés. Véase que en 1921 el arqueólogo irlandés Robert Macalister, pese a  no dudar de la competencia de los descubridores de los esqueletos, dijo lo siguiente: 
“Debe haber algo erróneo en alguna parte... Si [los huesos] pertenecían al estrato en que se encontraron, esto implicaría un extraordinariamente largo parón para la evolución. Es mucho más probable que algo se haya escapado en las observaciones. La aceptación de una fecha del Plioceno para los esqueletos de Castenedolo crearía tantos problemas insolubles que difícilmente podemos dudar entre las alternativas de adoptar o rechazar su autenticidad.”
Sin comentarios.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons 

Actualización

Apenas unas semanas después de publicar este artículo me han llegado noticias de que, a partir de los restos de  un neandertal de hace 124.000 años ubicado en Alemania, se han hallado pruebas genéticas de mestizaje entre neandertales y sapiens en Europa en una fecha muy remota: hace unos 220.000 años. Ello tira por tierra el concepto de que los sapiens llegaron a Europa en la segunda ola migratoria (70.000-60.000 años) pero también pone en entredicho el alcance de la primera ola, supuestamente acaecida hace 130.000 años y que sólo habría llegado al levante mediterráneo. Además, dichos estudios vuelven a conectar más a los neandertales con los humanos modernos, alejándolos relativamente de los denisovianos. En fin, seguimos mareando la perdiz y dando tumbos, pero definitivamente la antigüedad del sapiens y su expansión por el planeta están en completa revisión.



[1] Ubicado cronológicamente entre los 600.000 y 200.000 años.

[2] De hecho, las primeras propuestas serias sobre el origen australasiático del sapiens se remontan a 1982, a partir de los hallazgos del profesor Alan Wilson.

[3] Sandín, de hecho, no da ninguna credibilidad científica a la teoría de la “Eva mitocondrial”, el supuesto primer ser humano moderno ubicado en África, hace unos 150.000-200.000 años.

[4] Para más detalles, véase el artículo Herejías evolutivas de este mismo blog.

[5] Esta asignación, más que a la propia fisonomía de los restos óseos, se debió a los utensilios de piedra hallados, que se parecían mucho a la industria musteriense, típica de los neandertales. Sin embargo, a día de hoy, no se reconoce la presencia de neandertales en África; sólo en Europa y Asia.

[6] De hecho, hay otro posible sapiens identificado en Florisbad (Sudáfrica), datado en una antigüedad de 260.000 años.


[7] Para consultar una muestra extensa de estas “anomalías”, recomiendo el libro de Cremo y Thompson Forbidden Archaeology.

lunes, 12 de junio de 2017

Los dioses atlantes del antiguo Egipto



Posiblemente, el autor francés Albert Slosman es un gran desconocido para muchos aficionados a la arqueología alternativa pues nunca tuvo un gran eco mediático o éxito literario, como otros autores populares del género. Sin embargo, su notable aportación heterodoxa a los estudios del antiguo Egipto no se puede pasar por alto, dado que Slosman fue de los escasos investigadores que profundizaron de manera rigurosa en la estela interdisciplinaria marcada por Ignatius Donelly acerca de los orígenes de las antiguas civilizaciones, que –tal como defendió en el clásico Atlantis, the Antidiluvian World– no habrían sido el fruto de una evolución a partir de un estadio anterior más primitivo, sino el legado o herencia de los supervivientes de la Atlántida. 

Por supuesto, todo esto constituye una herejía para la arqueología académica, que considera que la génesis de las civilizaciones –en el Mediterráneo o en otros lugares– se deriva de cierta revolución neolítica propia de cada región. En este sentido, no hay cabida para una gran civilización anterior, la Atlántida o cualquier otra, pues no existen pruebas (supuestamente) de su existencia. Esto, claro está, significa apuntalar el concepto de evolución frente al de involución.

Albert Slosman
Pero empecemos por el principio. Albert Slosman (1925-1981) fue un matemático y analista informático francés, cuyo alto nivel profesional le llevó a colaborar con la NASA en el programa de las sondas Pioneer. Su vida, empero, no fue precisamente fácil ya que durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de la Resistencia y fue capturado y torturado por la Gestapo nazi. Más adelante, fue juzgado por desertor y deportado al Camerún. Asimismo, sufrió dos graves accidentes, uno en 1956 en que estuvo muy cerca de la muerte y otro en 1970, en que quedó varios meses en coma. Como consecuencia de esto, su salud fue más bien frágil y quebradiza, lo que le obligó a mantener a menudo largos periodos de convalecencia. Pero aparte de estas desgracias, las circunstancias de la vida parecieron entrar en conjunción para conducirle a unos intereses y unos estudios bien alejados de su especialidad científica, algo muy similar a lo que le ocurrió a su famoso compatriota y contemporáneo René Schwaller de Lubicz, que también sucumbió al embrujo del antiguo Egipto.

Por ejemplo, estando en Camerún tuvo conocimiento de una mitología local que hablaba de un gran cataclismo ocurrido hacia el oeste, en el Atlántico, por el cual la divinidad habría castigado la impiedad de los hombres provocando el hundimiento de un gran continente. Por otro lado, Slosman realizó sus tesis doctoral sobre Pitágoras, lo que le acercó al antiguo Egipto y sus altos conocimientos. Este afán le hizo viajar a Egipto en diversas ocasiones, a consultar miles de libros de diversas materias y a aprender de forma autodidacta los fundamentos de la lengua jeroglífica. Asimismo, tuvo gran interés en trazar los orígenes del monoteísmo en la Antigüedad, al descubrir que el Egipto faraónico había tenido clara relación con ello.

Pero sin duda el punto crucial de su trabajo fue la elaborada tesis de que el antiguo Egipto, la gran civilización conocida por todos, no había nacido a orillas del Nilo sino en el norte de África. Así, después de inspirarse en la obra de Stéphane Gsell Historia antigua del norte de África, Slosman empezó a componer un escenario en el que los primeros faraones-dioses habrían venido del oeste, esto es, del Atlántico. Sus sospechas se vieron reforzadas en sus estancias por convalecencia en el norte de África, durante las cuales fue recogiendo las múltiples piezas de un complejo rompecabezas.

Como fruto de esta propuesta, Slosman se implicó en la realización de una vasta obra que quedó inconclusa a su muerte y que estaba estructurada básicamente en tres trilogías y una tetralogía. La primera trilogía estaba dedicada a los orígenes de Egipto y comprende sus libros esenciales: El Gran Cataclismo (1976), Los Supervivientes de la Atlántida (1978) e Y Dios resucitó en Dendera (1980). El resto de su obra, que exploraba otros aspectos del antiguo Egipto, del monoteísmo y del cristianismo, quedó prácticamente en estado de proyecto, si bien todavía se publicó material suyo tras su muerte en 1981.

Zodíaco del templo de Hathor (Dendera)
¿Pero en qué se basó exactamente la propuesta de Albert Slosman? Como ya hemos comentado, Slosman adquirió una sólida base de conocimiento egiptológico ortodoxo, pero se fue decantando hacia la heterodoxia cuando contrastó dos elementos principales. Por un lado, la antigua mitología y religión egipcias, expresadas en el lenguaje jeroglífico; y por otro, las diversas pruebas geográficas, filológicas, antropológicas y arqueológicas que identificó en el norte de África en sus viajes. Y todavía habría un tercer elemento esencial, el famoso bajorrelieve del Zodíaco del templo de Hathor en Dendera (Egipto)[1], que le facilitaría importantes datos y vías de investigación.

Fue en una estancia en Marruecos cuando Slosman empezó a construir su herética tesis, que trataba de convertir la antigua mitología egipcia en historia real. De hecho, él ya había identificado algunas curiosas semejanzas entre determinada toponimia marroquí y algunos términos que aparecían en el Libro de los Muertos. Pero una vez en aquel país, los hallazgos y las oportunas conexiones cognitivas se dispararon para acabar creando un escenario del todo revolucionario para la egiptología. Así, Slosman empezó a reconstruir los orígenes de los antiguos dioses egipcios, que en realidad no habrían sido más que los supervivientes de un continente perdido, situado a Occidente, según citaban los propios textos sagrados egipcios. 

En lo que sería la investigación propiamente geológica, geográfica y arqueológica, Slosman identificó en Marruecos trazas de fuertes alteraciones geológicas, incluido un posible vuelco del eje terrestre, con el consiguiente desplazamiento de los polos, lo que vendría a corroborar una hipótesis catastrofista. Asimismo, dio con un lugar llamado Tamanar (al norte de Agadir) que podría ser la mítica Tierra de Poniente egipcia denominada en lenguaje jeroglífico Ta Mana. Además, según le explicaron los ancianos beréberes de la región, ellos descendían de los supervivientes de un continente hundido y que luego se quedaron allí por la riqueza agrícola y minera de la zona. Asimismo, y por mediación de unos geólogos alemanes, localizó un enclave al sur del país que se podría relacionar con el Ta Uz (o Tierra de Osiris), prácticamente en la frontera con Argelia, en pleno desierto del Sahara. Y entre medio de estos dos referentes, Slosman fue hallando restos de una inconfundible intervención humana –tremendamente antigua– en el territorio, en forma de pinturas rupestres, explotaciones mineras, enormes pozos, tumbas “de gigantes”, etc. Y con este escenario supuso que el norte de África occidental había sido una colonia atlante y que los supervivientes del cataclismo se habían ido desplazando de poniente a oriente a lo largo de los siglos.

Texto del Libro de los Muertos
Con esta base sobre el terreno, a Slosman sólo le faltaba relacionar las pruebas físicas con la antigua cosmovisión egipcia. De este modo, fue atando cabos y componiendo una especie de historia de los últimos tiempos de la Atlántida –incluido su terrible final– a partir de la mitología y la religión del antiguo Egipto, así como de los textos funerarios del Libro de los Muertos y muy especialmente de los textos del templo de Hathor en Dendera. En resumen, la visión de Slosman –siempre fundada en su particular interpretación filológica de los jeroglíficos–  nos presenta un mundo desaparecido hace muchos miles de años y que fue tomado como mera mitología por los historiadores occidentales. Lo que voy a exponer seguidamente es un breve compendio de dicha visión.

Según Slosman, hace decenas de miles de años existía un gran continente atlántico llamado en los textos egipcios Ahâ-Men-Ptah, que significa literalmente Primogénito-Durmiente-de-Dios” o “Primer Corazón de Ptah”, si bien dicho nombre sería luego simplificado en el Libro de los Muertos como El Amenta. Además, este nombre nos revela la identidad de la divinidad primigenia, Ptah, y sería el origen de la propia palabra “faraón”, que sería una derivación fonética griega de la expresión Phtah-Ahan (luego Per-Ahâ) o “Hijo de Dios”. Asimismo, la palabra griega Aegyptos (Egipto) se basaba en la expresión original Ath-Kâ-Ptah (“segundo corazón de Dios”), dando a entender que era la segunda tierra divina, posterior a la primera[2].

Pues bien, este continente, que gozaba de un clima templado y de una rica vegetación y fauna, albergaba una avanzada civilización que observaba con detalle el firmamento. Así, después de sufrir un primer hundimiento parcial –en el 21.312 a. C.– a causa de fuertes erupciones volcánicas, los sabios intensificaron el estudio de los astros a fin de poder predecir cataclismos cósmicos, que estarían regidos por ciertas conjunciones basadas en el ciclo precesional. De este modo, llegaron a calcular cuándo iba a producirse el siguiente desastre, tal vez definitivo. Concretamente, hacia el año 10.000 a. C. el sumo sacerdote An-Nu anunció que –de acuerdo con las exactas combinaciones matemáticas celestiales– en un par de siglos se produciría una catástrofe de enormes proporciones que acabaría con Ahâ-Men-Ptah, lo que obligaba ya a preparar un éxodo masivo.

Representación del dios Osiris
Así llegamos al final de la historia de Ahâ-Men-Ptah, cuando Geb y Nut engendran al último rey, Usir (Osiris), así como a sus hermanos Usit, Nekbet e Iset, a los que conocemos mejor por sus nombres helenizados: Seth, Neftys e Isis. Como es sabido, Usir se casaría con su hermana Iset y tendrían como hijo a Hor (Horus). Y siguiendo el relato mitológico, finalmente acabaría por estallar la guerra entre Osiris y Seth, pocos años antes de tener lugar el tremendo cataclismo –el hundimiento completo del continente– que podría término a su civilización.

Slosman, a partir de sus observaciones en el Zodíaco de Dendera, sitúa dicho evento en una fecha exacta, el 27 de julio de 9.792 antes de Cristo, que no es muy distante de la que sugirió Platón en sus famosos diálogos, hacia el 9.600 a. C. El matemático francés coincide también con Platón en la descripción de una destrucción súbita y terrorífica, de la cual sólo pudieron escapar unos pocos supervivientes en unos barcos prácticamente insumergibles llamados mandjit, que fueron a parar a las costas africanas, a la ya citada Tamanar (Ta Mana), que hace 11.000 años habría estado junto al mar (actualmente está a unos 10 kilómetros).

Luego, durante largo tiempo los herederos del pueblo “atlante” permanecieron en el occidente africano esperando el momento propicio, determinado por el pontífice Ptah-Her-Anepu (hijo de Anepu o Anubis), para emigrar hacia el este, la “Marcha hacia la Luz”. Y por fin, los seguidores de Horus se encaminaron hacia oriente donde acabaron por establecerse en lo que hoy conocemos como Egipto en un viaje que duró dos mil años. No obstante, durante esta época habría seguido la inacabable guerra entre el clan de Seth y el de Horus, que se habría prolongado hasta la invasión de Egipto en el siglo VI a. C. por los persas. Y el recuerdo de esta historia milenaria se habría trasmitido al antiguo Egipto gracias a los textos sagrados, escritos en la lengua original a través de los signos jeroglíficos.

I. Donnelly
Si ahora evaluamos el trabajo de Slosman, podemos apreciar esa huella multidisciplinar y erudita típica de Donnelly (el padre de la atlantología) pero también influencias de otras teorías y autores, con especial énfasis en el catastrofismo y la relación entre el ciclo precesional y las eras de nacimiento y destrucción de las civilizaciones, otro asunto harto recurrente en la arqueología alternativa. Pero, ¿hasta qué punto podemos dar validez a las propuestas de Slosman? Por de pronto, la ciencia ortodoxa ignoró completamente sus aportaciones y lecturas personales de los textos jeroglíficos, y más aún por haber recurrido a la Atlántida como hecho real y por haber construido un discurso supuestamente histórico a partir de una interpretación personal de la mitología egipcia. Por otra parte, está el controvertido tema religioso y monoteísta, que para Albert Slosman estaba muy claro: de la religión primigenia atlante se derivaría la antigua egipcia y luego el resto de teologías posteriores. Pero vayamos por partes.

Si empezamos por este último punto, es bien cierto que muchos autores han puesto de manifiesto que la religión egipcia es probablemente la madre de las grandes religiones posteriores como el judaísmo y el cristianismo (y en última instancia el islamismo), dadas las evidentes similitudes en las creencias, los símbolos, los personajes, los relatos, los rituales, etc. Además, según afirma Slosman, está el evidente caso del faraón hereje Akhenatón, que no habría hecho más que intentar recuperar el monoteísmo original de Ptah a través del culto a Atón, superando un falso politeísmo debido a una interpretación sesgada de las antiguas mitologías, que confundían a los personajes atlantes con dioses[3]. Por otro lado, la conocida relación de faraones divinos o semidivinos anteriores a las dinastías “históricas” citada por Manetón y otras fuentes encajaría con un escenario hipotético de supervivientes atlantes reconvertidos en divinidades.
 
Escritura jeroglífica egipcia
En cuanto al tema filológico, aquí radica una parte sustancial de la polémica avivada por Slosman, si bien otros investigadores “no profesionales”, como el norteamericano Clesson Harvey, han coincidido en afirmar que los jeroglíficos llevan 200 años siendo mal interpretados y mal traducidos. De hecho, desde la interpretación realizada por Jean François Champollion en 1822, la egiptología apenas se ha movido de esas bases para la lectura de la antigua lengua egipcia escrita en signos jeroglíficos. Sin embargo, aunque este dato es poco conocido, ya el propio Champollion en sus primeros estudios datados en 1812 afirmó que los jeroglíficos no eran signos fonéticos sino ideogramas que representaban cosas, aunque luego abandonó esta propuesta.

Para Albert Slosman, en los jeroglíficos se podía hallar la antigua lengua primigenia, la que transmitía la tradición sagrada, y que no tenía que ver con la lengua hablada, plasmada en la escritura demótica. Esta lengua original expresada en los jeroglíficos, de hecho, no varió en lo más mínimo a lo largo de miles de años de existencia, a diferencia de la lengua hablada, que fue evolucionando a lo largo de los siglos hasta perderse casi por completo[4].

Finalmente, en el ámbito arqueológico tenemos dos frentes: por un lado, los restos hallados en el norte de África y por otro, los ubicados en el propio Egipto. En lo referente al norte de África, ya se han formulado audaces propuestas de una conexión Canarias-norte de África-Egipto basadas principalmente en coincidencias filológicas y antropológicas. Asimismo, se conocen desde hace tiempo diversas huellas de culturas muy arcaicas que podrían estar relacionadas con el antiguo Egipto, como algunos autores modernos han sugerido (muy especialmente Robert Bauval), indicando que allí hubo una especie de pre-civilización que se fue desplazando hacia el este y acabó por asentarse en el valle del Nilo. Veamos qué dice Bauval al respecto:

“Existe una reconsideración de lo que pueden ser los orígenes de lo que consideramos civilización, pues se ha generado una cierta frontera psicológica entre la fase del Antiguo Egipto histórico y la fase del Antiguo Egipto prehistórico, que los egiptólogos han establecido con un límite temporal alrededor del año 3.100 a. C. Todo lo que se encuentra antes de esta fecha queda fuera de la fase del período histórico del Antiguo Egipto. Esta barrera psicológica es un problema, un lugar donde la arqueología se ha encallado. Yo no veo una prehistoria del Antiguo Egipto y una historia del Antiguo Egipto; más bien veo una gran cadena evolutiva, que probablemente empezó alrededor del 15.000 a. C. aproximadamente, lo que marcaría el origen de la civilización humana. Yo estoy convencido de que tal origen tuvo lugar en la zona subsahariana. Se trataría de una cultura antigua que dejó sus huellas en forma de pinturas rupestres, observaciones astronómicas, domesticación de ganado (mucho antes de la domesticación asiática), etc. Todo esto indica que existió una cultura prehistórica –a la cual llamaríamos civilizada o avanzada– en una etapa en que las condiciones climáticas del Sahara eran diferentes; esto es, cuando esta región era fértil y habitable, con lagos, fauna y vegetación. Creo que ese es el encuadre que hay que darle, y la gran pregunta aquí sería: ¿De dónde provenía esa gente, esa cultura?”[5]

Y si nos trasladamos a Egipto, tenemos obviamente el famoso Zodiaco del templo de Dendera, grabado en una enorme losa de unas 60 toneladas, que ya fue estudiado por la expedición napoleónica de finales del siglo XVIII y que reveló que los antiguos egipcios poseían altos conocimientos astrológicos y astronómicos. Pero sin duda lo más polémico es que el astrónomo francés C. F. Dupuis afirmó que el relieve describía la configuración del firmamento no en la era ptolemaica sino hace unos 12.000 años, con el Sol en la constelación de Leo, si bien es cierto que han habido otras interpretaciones y dataciones. Además, rodeando el Zodiaco se hallaron unos signos jeroglíficos con varias líneas de zigzag, que indicarían una ingente cantidad de agua[6].

Barco "funerario" de Khufu
Por otra parte, está el tema de los barcos atlantes, las naves muy marineras de altas proas llamadas mandjit, según lo narrado por Slosman. Lo cierto es que ya desde época predinástica (Nagada) se encuentran numerosas referencias a estas naves, en forma de pinturas sobre tumbas o sobre piezas de cerámica, que describirían el éxodo de los atlantes tras el cataclismo. Pero no sólo se trata de imágenes, pues también tenemos objetos reales en forma de grandes barcos de madera enterrados en varias localizaciones funerarias, destacando por ejemplo el que se halló junto a la pirámide de Khufu[7] el siglo pasado, y que coincide aproximadamente con lo que se puede ver en las pinturas arcaicas. Asimismo, es muy destacable el descubrimiento de nada menos que una flota de doce barcos de entre 19 y 29 metros de eslora en el gran complejo funerario del faraón de la segunda dinastía Khasekhemwy (o Jasejemuy), datado hacia el 2.675 a. C., justo antes del inicio del Imperio Antiguo.

En estos casos, los egiptólogos han interpretado los hallazgos como barcas solares o funerarias, en las cuales el faraón fallecido viajaba ritualmente al reino del Más Allá a través de los cielos. No obstante, en unos pocos casos aislados han quedado pruebas de que algunos barcos se desplazaron realmente por las aguas, lo que les daría un sentido más funcional y práctico, posiblemente para transportar el cadáver del faraón. De todos modos, la egiptología sigue sin tener demasiado claro el origen histórico y el propósito de estos barcos, que se han datado desde el 3.100 a. C. (el inicio mismo de la civilización egipcia) hasta el 1.800 a. C. aproximadamente. ¿Se trataría todo esto de un recuerdo de los barcos mandjit? Tan sólo podemos especular.

Concluyendo, el escenario propuesto por Albert Slosman es un avance con relación a otras propuestas anteriores que se podrían remontar a Donnelly, pero todavía permanece bajo esa gran incógnita que podríamos llamar “la realidad histórica de la Atlántida”, que a día de hoy sigue siendo un puzzle de cientos de piezas que nadie ha sabido encajar, aunque para la arqueología ortodoxa dichas piezas han sido tergiversadas y no conducen de ningún modo a la Atlántida. Pero el mérito de Slosman está ahí: dejó de ver la mitología como una serie de relatos supersticiosos y empezó a comparar fragmentos de arqueología con fragmentos de mitología para ver si realmente podían casar. Sea como fuere, tendremos que esperar a que nuevas investigaciones y enfoques sin prejuicios acaben de confirmar lo que Slosman apenas pudo esbozar.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente principal: Régulo Rodríguez, M. Albert Slosman y los remotos orígenes de Egipto, del sitio web Historia Antiqua.

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor





[1] Hay que tener en cuenta que, aunque el templo visible hoy en día es de época ptolemaica, era una reconstrucción de un edificio mucho más antiguo, posiblemente reformado o reconstruido en varias ocasiones. De hecho, en un papiro de la época de Khufu (Keops), el faraón ordena la reconstrucción por tercera vez del templo de la Dama del Cielo en Dendera.

[2] De todos modos, los egipcios de la Antigüedad conocían su país como Kem o Kemit, que significa “tierra negra”.

[3] Esto ya fue sugerido por el propio Ignatius Donnelly: que los dioses de las antiguas civilizaciones en todo el mundo antiguo no eran más que el recuerdo distorsionado de los reyes y héroes de la Atlántida.

[4] Sólo el idioma copto, empleado exclusivamente como lengua ritual, pervivió como el último vestigio –aunque muy modificado– de la lengua hablada en el antiguo Egipto.

[5] Extracto de la entrevista concedida por R. Bauval a la revista Dogmacero, n.º 2 (2013)

[6] En Egipto, el agua se representaba con una línea de zigzag, y en plural (“aguas”) con dos, mientras que la crecida del Nilo se mostraba con tres líneas. En el Zodíaco de Dendera se pudieron apreciar hasta ocho líneas, lo que sería una enorme inundación o catástrofe marina.


[7] Se trataba de una nave de madera de cedro desmontada en más de 1.000 piezas y que una vez reconstruida daba una eslora de 43,4 metros y una manga de 5,6 metros.