miércoles, 18 de diciembre de 2019

Dinosaurios y humanos: un encuentro problemático (2ª parte)


En la primera parte de este artículo vimos una serie de referencias y posibles pruebas históricas y arqueológicas de la convivencia de humanos y dinosaurios en épocas muy antiguas, en que casi todo parecía envuelto en la leyenda y la confusión, cuando no en el fraude. Quizá en este punto estaríamos tentados a abandonar cualquier pretensión de sacar algo en claro, pero la realidad es tozuda y nos ofrece algunas sorpresas que cuestan un poco de explicar en términos convencionales. Me voy a referir pues a la posible pervivencia de dinosaurios no en un pasado remoto, sino en nuestro mundo moderno (en un margen no superior a dos siglos), lo que nos fuerza a recuperar la citada ciencia –no reconocida– de la criptozoología. Aparte, dejaré para el final una pista científica inesperada que yo mismo desconocía hasta hace muy poco.

Si nos centramos en los tiempos más recientes, tenemos una vez más la inevitable sombra del fenómeno del fraude (como ya vimos), pero también es verdad que se dan dos elementos verificadores muy notables que ayudan a despejar dudas. Por un lado, gracias a la paleontología, la ciencia ha obtenido un conocimiento bastante amplio de la existencia de los dinosaurios, en sus múltiples tipologías, y es capaz de identificar los restos óseos con cierta precisión, teniendo en cuenta que todavía se siguen descubriendo regularmente nuevas especies de dinosaurios. Así pues, ya se acabó de hablar de “dragones”; en la actualidad los dinosaurios han dejado de ser parte del mito para convertirse en realidades biológicas, aunque sean extinguidas… o eso suponemos.

Por otro lado, el mundo actual ha permitido documentar muchos hechos insólitos gracias a millares de testimonios, que en los últimos 150 años han sido a veces registrados en soporte fotográfico y, más recientemente, videográfico. Eso se ha traducido en un curioso archivo de imágenes “imposibles” que pueden provocar más de una exclamación… siempre que sean verídicas, desde luego. Aquí es donde deberíamos enmarcar todas las recientes leyendas urbanas o mitos contemporáneos, como el clásico monstruo del lago Ness, pero –aparte de este celebérrimo caso– es innegable que existe una larga casuística en diversas partes del mundo que merecería un análisis detallado y no un simple rechazo general apelando al fraude y al sensacionalismo.

Reconstrucción de un velociraptor corriendo
Lo cierto es que en los últimos 200 años han sido muchos los relatos de avistamientos o encuentros con criaturas no identificadas que podrían encajar en alguna categoría de dinosaurio. En esta casuística anómala prácticamente no hallamos animales terrestres, que parecen haberse esfumado, pero sí numerosos casos de criaturas acuáticas y sobre todo voladoras. El investigador independiente español Ramón Navia lleva años estudiando estos casos y ha recogido una notable muestra[1] en sus viajes por Sudamérica, principalmente. Sobre dinosaurios terrestres ha registrado al menos un suceso acaecido hace pocos años en la autopista panamericana, en la región de Pampa Acha (Chile), según el cual los cinco ocupantes de un coche pudieron ver pasar a gran velocidad una criatura bípeda que corría mucho –desde luego más que un avestruz– pero con aspecto de reptil que se desplazaba sobre sus patas traseras, lo que sugeriría un tipo similar al famoso velociraptor. Uno de los testigos, el señor Hernán Cuevas, relató literalmente que el ser era “como un lagarto con las dos patas delanteras cortas y corría con las patas traseras.” Lamentablemente, y aun otorgando plena credibilidad a los testigos, todo ocurrió muy deprisa, cuando ya era de noche, y no se pudo tomar ninguna fotografía.

Sea como fuere, la mayor evidencia de posibles dinosaurios en época recientes se centra en criaturas voladoras, que normalmente han sido tomadas por “aves extrañas”. Así pues, existen varios relatos que se remontan al siglo XIX y que inevitablemente recuerdan a la familia de los pterosaurios o dinosaurios voladores, algunos de ellos de tamaño muy superior al de las aves más grandes conocidas en la actualidad. Sólo por mencionar unos pocos casos recogidos por R. Navia, tenemos:
  • En 1821, en Egipto el naturalista inglés James Burton descubrió unos enormes nidos de aves con restos diversos, incluyendo ropa y objetos humanos.
  • En 1890, en Tombstone (Arizona, EE UU) dos cowboys fueron atacados por un ave gigantesca de unos 11 metros de envergadura.
  • En 1898, en Copiapó (Chile) unos mineros divisaron un ave gigantesca desconocida de rara estructura anatómica, con plumas parduzcas en sus alas y escamas en su cuerpo.
  • En 1947, cerca de Rumoré (Ontario, Canadá) fue avistada un ave enorme de ojos amarillos.
  • En 1948, en EEUU el testigo Charles Duna aseguró haber visto un ave del tamaño de una Piper Cub (una avioneta de unos 10,5 metros de envergadura).
  • En 1975, en Puerto Rico un hombre llamado Muñiz fue atacado por una gran ave grisácea y largo cuello.
  • En 1976, en Texas (EE UU) dos hermanas describieron un ave como un clásico pteranodon.
  • En 1986, en los montes Asterousia (Grecia) tres cazadores describieron un pterodáctilo.
  • En 1999, en Barcelona (España) muchos testigos afirmaron haber visto –tanto de día como de noche– una gigantesca ave negruzca que se desplazaba sin agitar las alas y profería unos estruendosos graznidos.
  • En 2001, en el estado de Pennsylvania (EE UU) varias personas vieron unas criaturas aladas de enormes dimensiones de color gris negruzco[2].
Naturalmente, a la hora de profundizar en esta casuística casi siempre faltan datos y referencias concretas, y a menudo no es fácil discernir lo verídico de las leyendas urbanas, dando por hecho que en algunos casos no hubo mala fe, sino simplemente una mala observación o una confusión. Aun así, antes de cerrar este asunto, he de hacer notar que existe un repertorio fotográfico que merecería un análisis riguroso para separar el grano de la paja, sobre todo para descartar posibles manipulaciones o fraudes. El caso es que existe un buen número de fotografías tomadas desde mediados del siglo XIX en que aparecen retratados animales no identificados bastante parecidos a dinosaurios, principalmente acuáticos y voladores, incluyendo algunas muy explícitas del siglo XIX como ejemplares de pterodáctilo o pteranodon abatidos por soldados y mostrados como singulares trofeos. Hoy en día no resultaría muy complicado realizar sofisticadas falsificaciones (sobre el objeto, la imagen o ambos), pero hace 150 años, la cosa ya era más problemática. Para que el lector juzgue por sí mismo incluyo dos de estas polémicas imágenes, una antigua y una moderna, que muestran supuestos dinosaurios voladores.



En cuanto a las criaturas acuáticas, es obvio que la comunidad académica se remite a la historia del lago Ness para descalificar cualquier acercamiento serio o válido a este tema. No obstante, cabe citar que los avistamientos de “algo extraño” en sus aguas no son nuevos y que se remontan a mucho tiempo atrás. En todo caso, los testimonios de la segunda mitad del siglo XX en el lago Ness se elevan a más de mil. Naturalmente, todo esto choca bastante con la falta de imágenes indiscutibles y con los nulos resultados de varias expediciones que han rastreado más o menos científicamente a fondo todo el lago. Lo más representativo fue quizás una breve película tomada en 1960 por Tim Dinsdale, un ingeniero aeronáutico británico, en que se veía el lomo de un ser semi-sumergido nadando en la superficie del lago. La cinta fue estudiada por los servicios de inteligencia de la RAF (Royal Air Force), pero para los expertos tal filmación no resultó ser en absoluto concluyente y, aunque descartaban el fraude, no aportaron ninguna interpretación fundada, más allá de admitir que podía tratarse de un ser vivo animado. Adjunto seguidamente el vídeo para que cada cual se forme su opinión.



De todos modos, es obligado mencionar que existen otros lagos en Escocia (Loch Morar, Loch Lomond, Loch Awe, Loch Ranoch) donde también se han producido avistamientos similares. Asimismo, existen otros casos paralelos en zonas fluviales o lacustres de otros lugares del mundo, aunque con el mismo halo de confusión o sospechas de fraude. En Estados Unidos y Canadá se han dado numerosos testimonios a lo largo del siglo XX, sobre todo en el lago Flathead (Montana, EE UU), en que muchas personas dijeron haber visto una criatura acuática de enorme tamaño, sin que nadie pudiese identificarla, aunque fue descrita generalmente como un ser serpentiforme. Eso sí, una vez más no hay pruebas ni imágenes que aporten luz a la controversia.

No obstante, vale la pena resaltar el avistamiento que hizo en 1962 un geólogo ruso, Boris Tverdochlebov, en el enorme lago siberiano de Vorota, situado en la meseta de Sordong. Allí vio surgir de las profundidades una criatura de cuerpo cilíndrico de unos 10 metros de largo y piel grisácea, con una cabeza de dos metros de anchura rematada con una aleta triangular. El monstruo nadó o “saltó” sobre las aguas cerca de la orilla y luego desapareció para no volver a salir más. El geólogo impulsó una posterior expedición científica, pero no consiguieron dar con la criatura. Eso sí, identificaron un tipo de musgo rojo que sólo se había hallado previamente en estado fósil, de la Era Terciaria. ¿Estaríamos ante un dinosaurio acuático o más bien ante un tipo de anguila gigante? Lo cierto es que no hay datos que permitan ir más allá de las conjeturas y se deberá esperar a la captura de una de estas criaturas –viva o muerta– para salir de dudas.

Un fósil viviente: ejemplar de celacanto en la actualidad
Para concluir esta incursión en la criptozoología, cabe realizar una observación final sobre la postura académica ante la hipotética pervivencia de dinosaurios en nuestros días. Como hemos visto, todavía no parece haber nada sólido, pero las numerosas pistas e indicios nos empujan a considerar que una investigación seria y rigurosa está plenamente justificada. Volviendo al pez celacanto, hay que remarcar que el ejemplar pescado en 1938 no se trató de una rareza o excepción única. En los años posteriores al primer “re-descubrimiento”, desde la década de los 50, se empezaron a encontrar nuevos ejemplares y, por fin, en épocas recientes se llegaron a identificar colonias enteras de este fósil viviente. Por tanto, es bien posible que existan criaturas “supuestamente desaparecidas” que no son meros caprichos del destino, sino poblaciones de animales que –pese a todas las dificultades– han sobrevivido exitosamente en ciertos hábitats y condiciones, sobre todo en el medio acuático. De hecho, sin tener que remontarnos a los dinosaurios, los biólogos y zoólogos regularmente identifican especies que se creían ya extinguidas en tiempos pasados, más o menos lejanos.

Por otro lado, se puede entender cierta incomodidad académica ante estos hallazgos, pues en este contexto se relativizan las teorías de extinciones totales a causa de grandes desastres naturales. De hecho, tales desastres permiten explicar de algún modo la desaparición de algunas especies y la aparición de otras nuevas en un marco evolutivo, si bien el catastrofismo nunca ha sido del agrado de los darwinistas[3]. No obstante, para el dogma evolucionista todavía es peor el hecho de tener que admitir que se puedan encontrar actualmente especies de hace millones de años sin ninguna diferencia anatómica. Esto es, resulta que –pese al paso de millones de años y de importantes cambios ambientales y circunstancias de todo tipo– no ha habido evolución que valga. No ha habido mutaciones mágicas ni ningún mecanismo natural que haya modificado a estas criaturas. Con el celacanto ocurre esto y con los supuestos dinosaurios avistados (pero no reconocidos), más de lo mismo. Ahí lo dejo.

Y he reservado para el final un hecho que me era desconocido hasta hace poco, pero que –por estar sustentado en las propias bases científicas de la paleontología– merece un breve comentario y análisis, de cara a aportar pruebas de la convivencia entre humanos y dinosaurios. Pues bien, como sabemos, existen varias metodologías de datación absoluta para fechar los restos hallados en las excavaciones. Entre ellas destacan especialmente las técnicas radiométricas que permiten datar huesos de animales de hasta cientos de miles o millones de años, por lo que han tenido un amplio uso en el ámbito de la paleontología desde hace medio siglo.

Huesos fosilizados
Este fue el caso de los restos de fauna del Pleistoceno (grandes mamíferos) encontrados en el yacimiento de Hueyatlaco (México), que arrojaron cronologías que se extendían hasta unos pocos cientos de miles de años, en contra de la opinión de los paleontólogos y arqueólogos, pues ello suponía datar en la misma época los objetos humanos adjuntos a esa fauna. En cambio, apenas se pudo emplear el método del Carbono-14, pues dicha técnica sólo permite trabajar con restos orgánicos que aún conservan un mínimo de carbono, y esto sólo sucede con muestras de hasta unos 50.000 años, pues más allá de este límite los huesos están tan mineralizados (fosilizados) que es inútil aplicar el método. En fin, este fue un típico caso en que los análisis físico-químicos no concordaron con las ideas preconcebidas de los científicos, lo que no llevó a descartar –o al menos revisar– dichas ideas sino a rechazar las cronologías por considerarlas erróneas.

En el tema que nos ocupa, el arqueólogo estadounidense John M. Jensen[4] ha sacado a la palestra en su libro Earth epochs (2015) una serie de datos muy significativos. Resulta que –para mi sorpresa–­ desde hace unos cuantos años existen dataciones realizadas sobre dinosaurios con el método del Carbono-14, lo cual implica que los huesos no estaban completamente fosilizados (lo que sería de esperar en especies de hace millones de años), sino que contenían aún una porción representativa de carbono que permitió el análisis fiable de las muestras. Y lo que todavía es más extraordinario es que en algunos casos puntuales se pudieron recuperar restos de tejido blando en los huesos de dinosaurio.

Al respecto, Jensen menciona en detalle un caso de Tyrannosaurus Rex hallado en Norteamérica, que fue objeto de un profundo estudio por parte de la Universidad estatal de Carolina del Norte en 2005, ofreciendo algunas conclusiones sorprendentes, como la identificación de tejido blando “aún flexible y elástico tras 65 millones de años” en forma de vasos sanguíneos e incluso células intactas. Esto es, después de analizar los huesos vieron que no todo estaba mineralizado, sino que había zonas del tuétano en que se podían distinguir fibras y células que conservaban la flexibilidad, elasticidad y resiliencia originales. En el artículo de referencia se incluyeron fotografías de estos tejidos tomadas con microscopio que dejaban lugar a pocas dudas (véanse las imágenes más abajo). No obstante, se creó cierta perplejidad en la comunidad científica, pues varios expertos no acababan de explicarse cómo es que esos tejidos se habían podido mantener en tal estado después de tantos millones de años.

Muestras de tejidos blandos de T. Rex
Para Jensen, el otro enfoque en este asunto sería considerar que en realidad la datación del dinosaurio debería aproximarse a tiempos mucho más recientes en vez de forzar los dogmas establecidos. Lo cierto es que Jensen recoge otros estudios biológicos de dinosaurios (mosasaurio, hadrosaurio, archaeopteryx) en los que se detectaron trazas de tejidos blandos, así como de otros estudios de seres vivos de hace millones de años “supuestamente fosilizados” que contenían restos de ADN, bacterias vivas, sangre, aminoácidos, etc.  El caso del archaeopteryx (un precursor de las modernas aves) es especialmente significativo, pues se hallaron restos de tejido blando de los huesos y las plumas… en una especie de hace unos 150 millones de años.

Pero volviendo al ya citado C-14, aquí el conjunto de pruebas realizadas sobre huesos de distintos dinosaurios no puede ser pasado por alto y tendría que provocar más de una reflexión. Jensen aporta unos datos extraídos de publicaciones científicas de los últimos 20 años que dejan a bien a las claras que: 1) Las muestras eran de inequívocos dinosaurios y que no hubo contaminaciones ambientales, y 2) Los huesos analizados no estaban completamente mineralizados, pues de lo contrario hubiese sido imposible aplicar este método. La mayoría de los huesos datados con C-14 provenían de EE UU, más algunos de China y Europa.

Reconstrucción de un triceratops
Así, tenemos que la Universidad de Georgia realizó pruebas de C-14 entre 2006 y 2007 sobre fémures de nueve dinosaurios –todos ellos triceratops o hadrosaurios– y obtuvo unas dataciones absolutas que oscilaban entre un máximo de 33.800 +/– 200 años AP (antes del presente) y un mínimo de 22.300 +/– 800 años AP, con dos fechas más desviadas, muy modernas, de 2.560 y 1.950 años AP. La mayoría de dataciones, empero, rondaba la media de unos 26.000 años AP, descartando estas dos últimas fechas tan recientes. Cabe destacar que para contrastar resultados se repitieron los tests de algunas muestras empleando el método AMS (espectrometría de masas con acelerador) y las cifras obtenidas fueron bastante parejas. Por ejemplo, el colágeno del hueso del triceratops datado por C-14 convencional en 33.800 años AP dio luego con AMS una cronología de 30.080 años AP.

Otro trabajo posterior recogía hasta 20 dataciones de C-14 sobre huesos de diferentes tipos de dinosaurios (alosaurio, hadrosaurio, triceratops, apatosaurio) de Norteamérica, Asia y Europa realizadas entre 1989 y 2011. Esta investigación ofreció unos resultados muy semejantes a los recién citados, con una datación más antigua de 39.230 +/– 140 años AP y una más moderna de 22.300 +/– 800 años AP, con una media alrededor de los 28.000 años AP. Jensen acaba citando que el número de estas dataciones por radiocarbono de huesos de dinosaurio asciende ya a más de 360 entre Europa y Asia y a más de 65 en América, lo cual deja de ser anecdótico para convertirse en un testimonio científico digno de tenerse en cuenta.

Por supuesto, aquí dejo aparte la vieja polémica sobre la fiabilidad o precisión de este método, tema que ya he tocado en anteriores artículos y que suscita todo tipo de controversias entre las visiones alternativas y ortodoxas, si bien es verdad que incluso algunos arqueólogos de renombre –como Zahi Hawass– se han mostrado muy escépticos sobre la validez científica del radiocarbono. Igualmente, hago un acto de fe sobre el resto de técnicas radiométricas, sobre las cuales algo he leído, pero sólo a un nivel muy superficial, dada su relativa complejidad.

A modo de conclusión, tenemos la inevitable sombra de la mitología y el folclore, pero ya hemos visto que –más allá de las leyendas de dragones– existen relatos históricos, representaciones gráficas de gran antigüedad, testimonios de época moderna (a veces registrados en imágenes) e incluso pruebas de datación que sitúan a los dinosaurios en convivencia con el ser humano. No estoy por poner la mano en el fuego, pero considero que –juntando todas las piezas disponibles– podemos imaginar un escenario en que una parte de los dinosaurios sobrevivió a una gran extinción y quedó aislada en determinadas zonas. Con el paso del tiempo, los dinosaurios terrestres habrían acabado por sucumbir en su casi totalidad, pero todavía quedarían poblaciones marginales de grandes criaturas voladoras y acuáticas que se adaptaron a unas condiciones seguras de aislamiento, alimentación y reproducción hasta llegar prácticamente a nuestra época. Es sólo una hipótesis, desde luego, pero creo que existe suficiente base como plantear una investigación seria y aparcar las consabidas alusiones al fraude o a las leyendas urbanas.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Los datos y citas que expongo aquí son tomados básicamente de su reciente libro “Dimensiones en el planeta cobaya” (2015), en el cual dedica un capítulo a las apariciones de dinosaurios (sobre todo voladores) en tiempos modernos.
[2] Caso citado por el arqueólogo John Jensen, con la referencia a tres días concretos: 13 de junio, 6 de julio y 25 de septiembre.
[3] Cabe señalar que, para conciliar ambas teorías, desde el estamento académico se han hecho importantes esfuerzos, como el de Stephen Jay Gould y su equilibrio puntuado, que permitiría explicar ciertas discontinuidades y saltos en el registro fósil a partir de fenómenos catastróficos puntuales.
[4] Jensen es arqueólogo de carrera, pero está abierto a las teorías alternativas. Ha sido el único arqueólogo profesional que ha estudiado los bloques de piedra de Gornaya Shoria como estructuras posiblemente artificiales y también cree en la existencia de gigantes en tiempos remotos, aparte de defender el concepto de catastrofismo y el gran cataclismo global acaecido hace unos 12.000 años.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Dinosaurios y humanos: un encuentro problemático (1ª parte)


Casi todo el mundo conoce la famosa historia del monstruo del lago Ness en Escocia, según la cual el gran lago estaría habitado por una criatura acuática –o más de una– de enormes proporciones, pero que parece ser muy escurridiza, pues aparte de unos cuantos testimonios y unas dudosas imágenes, nadie sabe hasta qué punto existe realmente tal monstruo o si todo se reduce a una fantasiosa leyenda local. El caso es que, a pesar de las escasas pruebas en liza, se ha defendido la teoría de que el citado monstruo podría ser en verdad un dinosaurio acuático (una especie de plesiosaurio) superviviente de la gran extinción ocurrida hace millones de años. Este asunto se enmarcaría dentro de la llamada criptozoología, o estudio de los animales extraños o desconocidos –a veces supuestamente extinguidos– que son negados por la ciencia oficial. Al respecto, es posible que en este empeño se haya abusado de la fantasía y las leyendas, pero también es cierto que se daba por extinguido hace millones de años al arcaico pez celacanto hasta que en 1938 fue pescado un ejemplar vivo de esta especie en la costa de Sudáfrica.

Si ampliamos la perspectiva de este tema, tenemos sobre la mesa un antiguo debate que ha sido agitado muchas veces por ciertos sectores de la arqueología alternativa, especialmente los más ligados al fundamentalismo religioso o al creacionismo. Me refiero, obviamente, a la posibilidad de que los seres humanos no hayan evolucionado a partir de criaturas más simples y que hayan estado sobre el planeta con una anatomía moderna desde épocas remotísimas, incluso de muchos millones de años. Y en ese escenario es justo cuando se hubiera podido dar la coincidencia temporal entre hombres y dinosaurios, que –según el actual consenso del estamento académico– desaparecieron hace unos 65 millones de años a partir de un terrible evento natural o cósmico (la famosa teoría del meteorito[1]). Así, muchos recordarán los argumentos esgrimidos en su momento a partir de supuestos ooparts hallados principalmente en América, como unas huellas de pies humanos junto a huellas de (presuntos) dinosaurios. Ni que decir tiene que la ciencia oficial no ha hecho caso de estas pruebas o las ha desdeñado, aludiendo a confusiones o incluso fraudes.

Esqueleto de un dinosaurio (Tyranosaurus Rex)
Sin embargo, existe otra vía de enfocar esta cuestión que tendría algún viso de verosimilitud: la posibilidad de que los dinosaurios hayan sido mal datados y que sean mucho más modernos de lo que se acepta. En realidad, esta propuesta enlazaría mejor con la hipótesis de que los dinosaurios no se extinguieron completamente hace 65 millones de años, sino que algunos de ellos lograron sobrevivir de forma residual –aun en las condiciones más precarias– hasta fechas relativamente recientes, lo que les podría haber hecho coincidir con el hombre primitivo, o incluso con la Humanidad de épocas históricas. Estamos pues hablando de decenas o cientos de miles de años como mucho, o tal vez unos cuantos siglos en los casos más excepcionales. En fin, abordar seriamente este asunto parece un despropósito y una pérdida de tiempo, y yo mismo fui muy escéptico en su momento, pero debo reconocer que existe una base razonable para explorar lo aparentemente fantástico y tratar de sacar alguna conclusión. Vayamos por partes.

Una vez más, en primer lugar, tenemos la denostada mitología. Como ya es cansino repetir, para la ciencia oficial el mito en sí mismo no tiene fuerza probatoria y sólo corresponde al acervo cultural de cada comunidad. Por supuesto, se admite que en algunos casos pudo haber algún rastro de realidad que luego fue reciclado o distorsionado en forma de leyenda trasmitida oralmente de generación en generación. No obstante, como sé bien por mi propia formación académica, el mito no es tomado como un referente sólido para la investigación arqueológica o histórica. Antes bien, se lo suele aparcar cómodamente en el ámbito de la antropología, que está enfocada a explorar las costumbres, conductas y creencias de las diferentes culturas humanas. Por el contrario, la mitología parece un útil comodín para la historia alternativa, ya que permite argumentar casi cualquier cosa, empleándola como indicio respetable y tomando o interpretando lo que interesa en cada momento según la tesis a defender.

Escultura de dragón (según la tradición china)
Sea como fuere, volviendo al tema de los dinosaurios, es innegable que en muchas partes del mundo existieron –y existen todavía– abundantes mitologías relacionadas con grandes reptiles, los famosos dragones de los cuentos y leyendas, animales de gran tamaño y fuerza y en ocasiones con la capacidad de volar. Así, tenemos descripciones de criaturas fantásticas que –estudiadas en rigor– guardan no poco parecido con lo que podrían ser algunos tipos de dinosaurios descubiertos en los dos últimos siglos por las investigaciones paleontológicas. Desde luego, siempre se podrá decir que la imaginación es libre, pero la semejanza está ahí y nos podríamos preguntar de qué modelo de la realidad natural extrajeron los antiguos esas “visiones” de terribles monstruos de aspecto reptiloide.

Por otra parte, no todas esas referencias son estrictamente “mitología”, pues en algunos relatos históricos antiguos se han conservado descripciones cuando menos sospechosas. Por ejemplo, el mismo Heródoto –considerado como padre de la Historia– describió unas criaturas volantes reptiloides con cuerpo de serpiente y alas de murciélago que surcaban los cielos de Egipto y Arabia, y que podrían corresponder a un pequeño dinosaurio conocido como Ramphorhynchus. Asimismo, existen documentos más recientes –de la época medieval y renacentista– que hablan de avistamientos o encuentros con criaturas reptiloides, muchas de ellas volantes, en países europeos como Gran Bretaña, Italia o Francia, y que entrarían en la categoría de “dragones”. Con todo, aún existen noticias fechadas en el siglo XIX o incluso en el pasado siglo, y que a veces han sido relacionadas con el mundo paranormal… o con el sensacionalismo, por no decir fraude.

En fin, no hay que insistir en que para la ciencia oficial todo esto no es más que el bien conocido folclore popular –en el que deberíamos incluir la citada historia del lago Ness– y que tales relatos no merecen ninguna credibilidad desde el punto de vista científico, en una línea muy similar a lo que sucede con las llamadas leyendas urbanas. De todas maneras, y a modo de ejemplo representativo, expongo aquí uno de esos múltiples testimonios de encuentros con dragones que difícilmente pueden atribuirse a meros cuentos o leyendas. En este caso se trata de un registro escrito a mediados de siglo XV y conservado en la biblioteca de la catedral de Canterbury:

“En la tarde del viernes 26 de septiembre de 1449 dos reptiles gigantes fueron vistos luchando en las orillas del río Stour (cerca de la villa de Little Conard) que marca los límites fronterizos entre los condados ingleses de Suffolk y Essex. Uno era negro y el otro rojizo y moteado. Después de una lucha que se mantuvo durante una hora para la admiración de los muchos paisanos que los observaban, el monstruo negro cedió y se retiró a su guarida, y el escenario del conflicto fue conocido desde entonces como Sharpfight Meadow (el prado de la intensa lucha).”

Representación de un animal desconocido (Utah, EE UU)
Ahora bien, hay que reconocer que la mitología se ha plasmado a veces de forma física y es aquí cuando ya entramos en el campo de la arqueología, pues lo cierto es que existen muchas representaciones pictóricas o escultóricas de las criaturas fantásticas, siendo bastantes de ellas de comunidades primitivas, sin despreciar otras de culturas más desarrolladas. Así pues, tenemos desde pinturas rupestres muy antiguas hasta relieves en piedra de época histórica, con toda una serie de enormes monstruos que no pueden identificarse fácilmente con los animales más comunes –generalmente mamíferos– que pudieron haber visto los antiguos en su entorno natural. Evidentemente, podríamos objetar que ese arte no tenía por qué ser una copia exacta de la realidad, sino que podría existir un alto grado de distorsión o interpretación, incluyendo una cierta visión chamanística, lo que podría explicar la representación de figuras no realistas, más propias del reino onírico o de las alucinaciones.

No obstante, también hay que señalar que muchas pinturas rupestres del paleolítico superior, de una gran antigüedad, fueron bastante naturalistas y ajustadas a la anatomía real de los animales representados, por lo cual hay que admitir que nos estamos moviendo en un marco de cierta ambigüedad, sesgo o interpretación subjetiva ante lo que los hombres primitivos quisieron mostrar en sus pinturas. Si aceptamos pues figuras de bisontes, por ejemplo, hay que ser honestos y abrir la puerta a que los antiguos representasen también de forma más o menos naturalista algunos animales no identificados que pudieron convivir con ellos, ya se trate de “dinosaurios” u otras especies indeterminadas.

Pintura rupestre de Perú con animal indeterminado
Sea como fuere, existen numerosos ejemplos de arte primitivo –sobre todo en el continente americano– en que se intuyen formas de animales que difícilmente podemos comparar con grandes mamíferos, sino más bien con antiguos dinosaurios. Esas representaciones suelen incluir criaturas de abultados cuerpos, con cuellos largos, patas cortas y robustas y a menudo con extensas colas. Esta tipología encajaría bastante bien en grandes dinosaurios herbívoros, como el brontosaurio o el diplodocus. Eso sí, doy por hecho –a partir de las fuentes– de que se trata de representaciones auténticas, no de falsificaciones modernas, tema que tocaré más adelante.

Después tendríamos la amplia representación de dragones, que giran en torno a una imagen tópica de “lagarto gigante”, y que están presentes en varias civilizaciones a lo largo de los siglos y en culturas tan alejadas y distintas entre sí como China y el Occidente cristiano. Y entre todas estas figuras me gustaría destacar una que ha sido citada muchas veces hasta alcanzar la categoría de oopart por su rareza y aparente situación fuera de contexto. Me refiero al conocido caso de un supuesto estegosaurio de un templo sito en el conjunto de Angkor Wat (Camboya), construido por la civilización Khmer y que data del siglo XII de nuestra era. Pues bien, en un pilar a la entrada de un templo podemos apreciar, dentro de un disco, un relieve que representa a un extraño animal de voluminoso cuerpo y patas cortas, y que presenta una especie de cresta formada por grandes placas dorsales en su lomo que recuerdan mucho a las de un estegosaurio.

El estegosaurio de Angkor Wat
Cabe reseñar que la ciencia oficial se ha limitado a afirmar que en los templos podemos ver diversas figuras de animales, tanto reales como mitológicos, y ahí se zanja la cuestión, si bien algunos investigadores especialistas en Angkor, como Michael Freeman y Claude Jacques, han reconocido explícitamente que el parecido del animal en cuestión con un típico estegosaurio es asombroso. Ante esta insólita presencia de un supuesto “dinosaurio” en plena Edad Media, caben al menos tres hipótesis:

1)   Que el animal sea una creación fantástica, con rasgos de algún animal real conocido, y que el artista recompuso a partir de relatos mitológicos. Por tanto, aquí no habría oopart propiamente dicho.

2)   Que el animal sea algún tipo de mamífero o reptil desaparecido y que fue representado de manera bastante libre por el artista. Quizá se tratase de una especie de erizo, armadillo, o algo similar. Aquí tampoco sería lícito hablar de oopart.

3)  Que el animal sea en efecto un estegosaurio, una reliquia viva del pasado remoto y que fue representado de manera bastante aproximada por el artista. Este sería el contexto propio de un oopart. No debería estar ahí (en el siglo XII), según el saber científico aceptado, pero el caso es que está.

Si admitimos la tercera hipótesis como viable, ello nos fuerza a suponer que algunos dinosaurios pudieron sobrevivir durante millones de años en hábitats selváticos relativamente restringidos y que todavía pudieron ser vistos por seres humanos durante aquella época, lo que lógicamente se habría trasladado a la citada representación escultórica. Otra opción –a mi juicio más rebuscada– sería pensar que los habitantes de la región hubieran desenterrado los huesos de un estegosaurio y luego lo hubieran intentado representar a modo de reconstrucción ideal, como hacen los modernos investigadores. En cualquier caso, las consabidas referencias a la mitología o a la imaginación no ayudan a despejar incógnitas, y los regates del mundo académico resultan aquí tan torpes como los realizados a menudo por los autores alternativos.

En fin, todo lo citado hasta ahora podría ser un batiburrillo de casos esporádicos y polémicos, abiertos a la duda o la especulación, pero existen otras supuestas pruebas que podríamos denominar “demasiado bonitas para ser verdad”, por su cantidad y claridad. Y aquí es cuando deberíamos adentrarnos de lleno en el proceloso asunto de la manipulación y el fraude que flota sobre muchas propuestas de la arqueología alternativa. Por referirnos a dos casos próximos y bien conocidos del siglo XX, vale la pena citar las estatuillas de Acámbaro (México) y las famosas piedras de Ica (Perú), que a día de hoy siguen siendo objeto de polémica por su presunta condición de ooparts.

Estatuilla de Acámbaro
El primero de ellos es un conjunto de estatuillas de terracota halladas en 1945[2] por el arqueólogo amateur alemán Waldemar Julsrud en las montañas de Toro y Chivo, próximas a la localidad mexicana de Acámbaro. Lo más sorprendente es que no fueron pocas, sino unas 33.000, entre las cuales se podían distinguir muchas figuras de grandes animales muy semejantes a antiguos dinosaurios (sobre todo herbívoros), con abultados cuerpos, placas dorsales, patas cortas, largos cuellos y colas, etc. Incluso aparecieron algunas piezas realmente asombrosas, como la de un hombre montado en un típico triceratops (ver imagen) u otras que muestran a supuestos dinosaurios devorando a seres humanos. Estas estatuillas fueron asignadas en principio a la cultura local pre-clásica de Chupicuaro, descubierta por el propio Julsrud en 1923 y datada entre 800 a. C. y 200 d. C., pero en realidad no se asemejaban a los artefactos típicos de dicha cultura.

Pese a lo espectacular del hallazgo, la comunidad científica no se interesó demasiado por el asunto y lo tachó de mero fraude, y más aun a la vista de los “imposibles” dinosaurios. De todos modos, en 1954 un equipo arqueológico mexicano excavó en el lugar y corroboró que era un yacimiento auténtico, aunque luego matizó que las figuras de dinosaurios debían ser falsas. Así las cosas, más adelante, la noticia llegó a oídos del famoso investigador Charles Hapgood, que se interesó por las estatuillas y promovió un estudio más fondo de éstas con las tecnologías más modernas. Así, las dataciones realizadas por el método del radiocarbono[3], tomando material orgánico adherido a las piezas, dieron una antigüedad de entre 4500 a. C. y 1100 a. C. Más adelante, en 1972, unas pruebas de termoluminiscencia de la Universidad de Pennsylvania descartaron igualmente que se tratara de una falsificación moderna, pues los resultados arrojaron una fecha de hacia 2500 a. C. Sin embargo, nuevas dataciones llevadas a cabo a finales de los años 70 contradijeron los estudios anteriores y negaron la gran antigüedad de las piezas. Y ya en 1990, el arqueólogo Neil Steede (profesional de carrera, aunque abierto a tesis alternativas) analizó una vez más los artefactos y confirmó su autenticidad ante el gobierno mexicano. Como vemos, hay opiniones para todos los gustos.

Situación de Acámbaro en México
Llegados a este punto, procede hacer un breve análisis crítico sobre este extraño caso. Desde la perspectiva académica, no hay duda de que se trata de un fraude en su práctica totalidad. Todo parecería indicar que los curiosos hallazgos fueron fruto del entusiasmo de Julsrud y del ánimo de los lugareños de tomarle el pelo con una burda falsificación de miles de estatuillas, las cuales presentaban en su mayoría un aspecto demasiado bueno (sin desgaste ni mellas o roturas) para ser tan antiguas[4]. Y también es oportuno mencionar que Julsrud pagaba una cierta cantidad de dinero (un peso) por cada pieza extraída[5]. Además, se remarca que la posterior datación probó que las figurillas eran modernas, achacando las primeras cronologías obtenidas a un error propio de la novedad del método. En todo caso, tampoco faltan las opiniones de que en realidad los animales representados no serían dinosaurios sino monstruos mitológicos o fieras reales más o menos distorsionadas, pues en bastantes ocasiones las formas y rasgos no serían biológicamente factibles. 

En fin, tras haber consultado algunos libros y la inevitable Internet, no puedo sacar conclusiones claras sobre este asunto, pues la información es escasa y repetitiva, con bastantes puntos oscuros, imprecisiones e incoherencias. Sin duda, sería de gran valor determinar qué piezas concretas fueron sometidas a los análisis de datación, por qué medios y cuál fue su fiabilidad, dado que una datación posterior pareció desestimar todo lo anterior. Hay que tener en cuenta que el radiocarbono no se emplea propiamente para datar cerámica y que existe la posibilidad de que el primer análisis por termoluminiscencia fallase. Lamentablemente, creo que sólo una investigación profunda que contrastase las fuentes originales de los hallazgos y las condiciones exactas de las dataciones podría arrojar alguna luz, pero aun así se hace difícil valorar seriamente un conjunto tan grande y tan extraño de estatuillas… que no aparece en ningún otro lugar de América –ni del mundo– en tal número.

En arqueología, todas las piezas encajan en un contexto y aquí todo parece demasiado excepcional y falto de conexiones. Desde luego, no siendo el lugar una necrópolis ni un poblado, parece que se hubieran enterrado esos miles de figuras con algún fin indeterminado (¿para ocultarlas o protegerlas?). Pero, por otro lado, las figuras aparecieron en diversos estratos, a diversas profundidades y mostrando tipologías de dinosaurios de casi todas las épocas. Todo demasiado opaco y abierto a las mayores suspicacias, aun siendo generosos. Así, sumando los pocos argumentos disponibles, podría aventurar la hipótesis de que en Acámbaro había en efecto algunos restos antiguos y que algunas piezas eran auténticas, pero que muchas de ellas (en particular las de aspecto más “rompedor”) fueron falsificadas por motivos económicos o por pura diversión. De todos modos, insisto en que con referencias escasas y confusas y sin una investigación detallada es muy complicado emitir un veredicto concluyente.

Piedra de Ica con supuesto dinosaurio
Si ahora nos desplazamos a Perú, tenemos el célebre caso de las piedras de Ica, sobre el cual ya escribí un artículo específico hace unos años. No voy a repetirme en lo que ya expuse, pero a grandes rasgos podemos apreciar una situación muy similar: desde finales de los años 60 un arqueólogo amateur, el Dr. Javier Cabrera, acumuló una enorme colección de decenas de miles de piedras grabadas –que él llamó gliptolitos– también proporcionadas por los lugareños. Entre otros muchos temas heréticos, también se veían imágenes de diversos dinosaurios y de humanos interactuando con ellos. Sobre la datación de tales piedras, Cabrera las atribuía a una antiquísima era de hace millones de años, en el contexto de una Humanidad desconocida.

Por supuesto, el estamento académico declaró que todo aquello no tenía pies ni cabeza y que se debía enmarcar en una gran operación fraudulenta. A su vez, la arqueología alternativa explotó este asunto como un evidente oopart, pero con el paso del tiempo hasta los investigadores alternativos más creyentes le dieron la espalda a Cabrera a la vista de la falta de pruebas y la constatación de una práctica fraudulenta generalizada. Y de nuevo, por lo que puede recopilar en su día, creo que algunas piedras sí eran auténticas, pero que la gran mayoría –en la que se debe incluir a los dinosaurios– no eran más que una falsificación encargada por Cabrera. Aparentemente, no hubo aquí fines económicos, sino quizás ciertas ganas de notoriedad y una buena dosis de autoengaño. Y, por cierto, aunque no estaban expuestas al público en su museo, Cabrera también almacenó muchas estatuillas de terracota de supuestos dinosaurios. En este caso, el famoso Erich Von Däniken tuvo acceso a tales piezas y disimuladamente consiguió llevarse una de ellas que luego hizo analizar, con el resultado de que las estatuas tenían sólo unos pocos años.

Y todavía tenemos que explorar el tema de la hipotética convivencia de humanos y dinosaurios a partir de otros datos y pruebas –algunas realmente sorprendentes– que la ciencia oficial ha preferido dejar a un lado discretamente. Pero todo ello lo veremos en la segunda parte este artículo.

© Xavier Bartlett 2019



[1] Según esta teoría, un gigantesco meteorito de varios kilómetros de diámetro impactó contra la Tierra en la península del Yucatán (México) y causó una reacción en cadena que afectó a todo el planeta, destruyendo muchas formas de vida, incluyendo los dinosaurios, cuyos hábitats y recursos naturales quedaron fuertemente afectados por la devastación provocada.
[2] Según las fuentes consultadas, existe una insólita confusión sobre el año del hallazgo, que a veces se sitúa en 1944.
[3] Estas dataciones fueron implementadas por el Museum’s Applied Science Center for Archaeology (MASCA).
[4] Esta fue la concusión extraída por el arqueólogo Charles DiPeso, que visitó el lugar y examinó las piezas en 1952. Aparte, dijo haber contactado con una familia local que le habría reconocido el fraude.
[5] Sea como fuere, Julsrud nunca quiso hacer negocio con las piezas, que al final almacenó como pudo en su casa. Actualmente se exponen en el Museo Waldemar Julsrud, sito en Guanajuato.