domingo, 12 de enero de 2014

Los megalitos de Baalbek



Introducción


A poco más de 60 kilómetros de Beirut, la capital del Líbano, podemos visitar el conjunto monumental de Baalbek (o Bal Bekaa), vinculado a la antigua ciudad de Heliópolis, que se fue construyendo y reconstruyendo a lo largo de las épocas, pero que conserva principalmente su impresionante legado romano en forma de grandes templos, entre los cuales destaca en particular el majestuoso templo de Júpiter. Su aspecto aún hoy en día es muy imponente, a pesar de que en la actualidad restan sólo en pie seis enormes columnas corintias exteriores de las 54 originales. 

El asentamiento no tiene un claro origen, pues no se han identificado restos fenicios, aunque sí canaanitas (Edad del Bronce). No obstante, pudo haber sido un lugar sagrado o de culto en época fenicia, dedicado al dios Baal. Sabemos que este territorio formó parte de los reinos helenísticos y es entonces cuando encontramos el nombre de Heliópolis (la “Ciudad del Sol”). Luego toda la región fue anexionada por Roma en el siglo I a. C. y poco más tarde, por iniciativa del emperador Augusto, se emprendió el gran proyecto constructivo de un santuario con tres grandes templos dedicados a Júpiter, Baco y Venus, cuyas obras se prolongaron hasta el siglo III d. C. El templo de Júpiter Heliopolitano, el mayor templo jamás construido en todo el imperio romano, fue acabado en tiempos de Nerón. Despúes de la época romana, el santuario fue convertido en fortaleza por bizantinos, árabes y otomanos.

La “anomalía” de un gran monumento

 

Estas grandes edificaciones son de admirar aún en su actual estado, pero hay algo que –según algunos autores alternativos– va más allá de lo que podríamos llamar “arqueología ortodoxa”. En efecto, desde hace décadas muchos ojos se han fijado especialmente en una plataforma –que incluye un patio y el propio podium (basamento) del templo de Júpiter– en la cual encontramos una serie de bloques de proporciones colosales. En la pared sudeste de la terraza se pueden ver nueve enormes bloques de piedra caliza (de aproximadamente 10 x 4,20 x 3 metros), cada uno de los cuales con un peso estimado de unas 300 toneladas[1]. A su vez, en la pared sudoeste tenemos otros seis bloques similares de igual peso. Y justo por encima de esta hilera también podemos apreciar un conjunto de tres monolitos aún más grandes, llamado Trilitón. Cada uno de estos bloques mide unos 19 metros de largo y pesa alrededor de 800 toneladas. Según Michel Alouf, ex conservador de las ruinas:
«...ellas [las piedras del Trilithon] están tan exactamente colocadas en posición y unidas con tanto cuidado que es casi imposible insertar una aguja entre ellas. Ninguna descripción dará una idea exacta del efecto desconcertante y sorprendente de estos bloques enormes en el espectador.»

Finalmente, en una cantera próxima se halló un bloque gigantesco tallado como un perfecto paralelepípedo, ­la Piedra del Sur. Este bloque tiene un tamaño y peso descomunal, aun para nuestros parámetros actuales: mide 21,5 x 4,2 x 4,8 metros y su peso podría superar las 1.000 toneladas. No se sabe con certeza si fue tallado para la misma obra, pero se supone que sí; en tal caso, se puede especular con que se talló después del Trilitón, porque de haberse tallado antes aún se podía haber reaprovechado. Sea como fuere, no está claro por qué motivo se llevó a cabo tan descomunal trabajo para ser luego abandonado en la cantera. Y para añadir más estupor, en los años 90 se encontró otro bloque similar (no expuesto a la superficie) en la misma cantera.

Esta arquitectura ciclópea despertó el interés del científico ruso Matest Agrest hace medio siglo. Tras examinar meticulosamente los restos, sugirió que podía ser la plataforma para una base espacial construida por seres de otro planeta. Luego, otros autores como Von Däniken y Zecharia Sitchin recogieron esta historia y la convirtieron en una prueba fehaciente de la visita de alienígenas, los únicos supuestamente capaces de ejecutar tales proezas arquitectónicas. Sitchin, concretamente, siguió la estela de Agrest y afirmó en su libro Escalera al cielo (1980) que Baalbek sería una importante base de los dioses Anunnaki, en funciones de “lugar de aterrizaje y centro de comunicaciones”.  A partir de este punto, ya en tiempos más recientes, varios investigadores independientes han intentado profundizar en la supuesta anomalía para tratar de demostrar que la plataforma original no data de época romana sino de una época muy remota.

La búsqueda de respuestas 


A diferencia de las propuestas de Däniken y Sitchin, otros autores alternativos han preferido no cargar las tintas sobre esta supuesta presencia extraterrestre, y han optado por buscar algunas respuestas más directas, aportando interesantes elementos de reflexión. Así, Andrew Collins[2] se refiere directamente al tipo de construcción ciclópeo y da por hecho que ni siquiera nuestra tecnología actual sería capaz de manejar bloques tan monstruosos ni colocarlos con tanta precisión. Acto seguido, pone en duda la paternidad romana de la plataforma del templo, alegando los siguientes argumentos:

  • No nos consta el nombre de los arquitectos o ingenieros que realizaron la plataforma, ni hay noticias históricas sobre esta construcción.
  • Vistas las disposiciones del templo y del patio, no parece que existiera un único plan constructivo, sino dos estructuras distintas, siendo la romana la que se superpuso sobre una más antigua.
  • Es muy complicado imaginar cómo los técnicos romanos (con los medios disponibles en su época) pudieron tallar esos gigantescos bloques, luego desplazarlos desde la cantera y finalmente colocarlos en su emplazamiento. Las soluciones aportadas por los arqueólogos, basadas en el uso de trineos, rodillos, poleas y cabrestantes, no funcionan ni con gran cantidad de mano de obra, dado el enorme volumen y peso de los bloques en cuestión.
  • Existen leyendas árabes locales que sitúan la edificación de la plataforma en un tiempo mítico, no en la época romana.
 

Para Collins, no hay más que observar la gran diferencia que separa las hileras de grandes bloques y el Trilitón de las pequeñas piedras –en comparación– que están por encima y a los lados de la obra ciclópea. Además, los bloques enormes presentan un aspecto mucho más desgastado (lleno de hoyos) por la acción erosiva del viento y la arena, lo que puede indicar una mayor antigüedad. Esta erosión es igualmente visible en otros enclaves arqueológicos mediterráneos que destacan por el uso de megalitos. Por otra parte, en el Mundo Antiguo (y también después) no era extraño erigir determinados recintos sagrados o conjuntos monumentales sobre estructuras precedentes, cosa que habría ocurrido seguramente en Baalbek.

Finalmente, Andrew Collins echa mano de la mitología para intentar ofrecer alguna explicación a la controversia. Así, según las leyendas semíticas, Baalbek sería la construcción más antigua de la humanidad –atribuida ni más ni menos que a Caín, hijo de Adán– que resultó destruida tras el Gran Diluvio. Después, el gran rey Nemrod la reconstruyó con la ayuda de unos gigantes, dando lugar a lo que sería  la bíblica Torre de Babel. Detrás de esta historia, se intuiría la probable presencia de las míticas razas de los Nefilim y los Vigilantes (Titanes y Gigantes, según la mitología griega), una cultura pre-fenicia que habría sido la responsable de tamaña obra. Nada original, desde luego, pues es bastante habitual la atribución de estructuras ciclópeas a una raza de gigantes, a falta de mejores argumentos. No obstante, Collins opta por considerar a los gigantes no como seres de fuerza física descomunal, sino como magos capaces de izar y manejar las piedras mediante levitación, esto es, utilizando algún tipo de tecnología sónica.

Por otra parte, tenemos las teorías de Alan Alford, que en su libro Dioses del nuevo milenio (1996) abordó extensamente el tema de Baalbek desde un enfoque bastante semejante al de Collins, incluyendo las inevitables citas al episodio mitológico de Nemrod y los gigantes (o los Djinn, según las leyendas árabes). Sin embargo, su investigación ofrece algunos puntos originales que merecen una especial atención. En primer lugar, admite que a veces se ha exagerado mucho en el tema de la imposibilidad de acometer estas hazañas en la actualidad. En efecto, Alford reconoce que los grandes megalitos de Baalbek de 800 toneladas podrían ser movidos hoy por enormes grúas, si bien no sería una empresa nada fácil, según contrastó con varios expertos[3].

En segundo lugar, Alford apunta acertadamente que esta gesta técnica del pasado resulta extraña en su contexto y se pregunta por qué los constructores emplearon piedras gigantescas: ¿para construir una plataforma capaz de soportar enormes fuerzas verticales? ¿Para acelerar los trabajos cortando menos bloques? Alford no cree que los romanos construyeran el basamento megalítico, teniendo en cuenta que tal obra no se corresponde con el tipo de sillería romana habitual. Además, considera que el transporte de los bloques más grandes desde la cantera hasta su emplazamiento mediante métodos convencionales es un “dilema imposible”. Los rodillos no funcionarían por no poder soportar el peso de las piedras del Trilitón o de la Piedra del Sur. En el mejor de los casos se necesitarían muchos miles de hombres –se ha estimado hasta unos 40.000– para mover tales monstruos, cosa tampoco fácil en un espacio no muy extenso, puesto que la cantera estaba bastante cerca (a poco más de medio kilómetro).

En tercer lugar, y de acuerdo con el aspecto de la estructura, el trilitón parece formar parte de un proyecto inacabado (¿una muralla defensiva?) que no tendría relación directa con la posterior plataforma para el templo. De hecho, la distinta forma y disposición de los bloques demostraría que la parte superior fue una reconstrucción de la estructura original después de haber sufrido un importante daño[4]. El problema sería entonces determinar quién colocó esos bloques, cuándo y cómo. Alford reincide en la idea de que lo lógico hubiera sido utilizar bloques más pequeños y manejables en vez de semejantes moles. Ello le induce a pensar que los constructores de la plataforma disponían de una tecnología que hacía bastante fácil esa empresa, descartando completamente los métodos primitivos de la Antigüedad. Pero, aparte de esta observación, las preguntas fundamentales quedaron sin respuesta.

La visión arqueológica convencional 

 

Frente a los argumentos alternativos acerca de los bloques, la arqueología académica nunca ha visto ninguna anomalía. Todo el santuario ha sido objeto de varios estudios y excavaciones desde hace más de un siglo, por lo que la cantidad de información acumulada ya es considerable. Así, una misión arqueológica alemana excavó a inicios del siglo XX la famosa plataforma del templo de Júpiter y se pudo comprobar que los megalitos sólo se limitaban a la parte exterior, a modo de muro de contención, un tipo de estructura bien conocida en el Mundo Antiguo. En cuanto al interior del basamento, se trata de una típica obra de factura romana, con las clásicas paredes de ladrillo en forma de panal y cámaras rellenas de escombros.

Según los estudios realizados, ya en época helenística se habría llevado a cabo la construcción de una gran terraza (para albergar un recinto sagrado) y se habría emprendido la erección de una plataforma para sustentar un templo clásico en la zona oeste. Sin embargo, tal templo nunca se llegó a construir. Así pues, quedaría el basamento que luego sería reaprovechado por los romanos. De hecho, algunos arqueólogos del siglo XIX (de Saulcy, Renan) reconocieron, a la vista de la obra ciclópea, que debió haber existido un templo o construcción anterior a la época romana.

Sin embargo, para los arqueólogos modernos, la obra megalítica formaba parte del proyecto romano, aunque fuera “al estilo fenicio”. Concretamente, Friedrich Ragette, en su obra Baalbek (1980), apunta a que tales piedras gigantescas se ajustan a la tradición fenicia según la cual los podios no debían tener más de tres hileras, lo que obligaría en este caso a emplear enormes bloques de gran altura.  Además, el uso de estos bloques se justificaría por razones de “apariencia” y para impresionar al pueblo ignorante, reforzando las leyendas acerca de la participación de gigantes en la construcción de este enclave.

En cuanto al problema del transporte de los megalitos, las explicaciones convencionales señalan el hecho de que la cantera estaba muy cerca y situada un poco por encima del nivel del santuario, lo que haría que el desplazamiento de los bloques fuese cuesta abajo. Para el arqueólogo francés Jean Pierre Adam[5], el tema del Trilitón no tiene ningún misterio especial. Para mover cada uno de estos bloques los romanos podrían haber utilizado un conjunto de seis grandes malacates (cabrestantes), accionados por 144 operarios, a fin de convertir el movimiento rotatorio en tracción, a lo que habría que sumar la ayuda de poleas y rodillos. Asimismo, Adam recuerda que el propio autor clásico Vitruvio ya citaba algunos sistemas de transporte de grandes monolitos, como la máquina de Ctesifonte o la máquina de Metágenes[6].

Otra posibilidad, al alcance de la ingeniería romana de la época, podría haber sido la construcción de un canal entre la cantera y el recinto, que una vez lleno de agua y con la ayuda de unos pontones, hubiera permitido el transporte de una gran masa de peso[7]. Además, desde posiciones ortodoxas se suele recordar que el manejo de grandes bloques de piedra tuvo diversas soluciones a lo largo de la historia y que, por ejemplo, la base para la estatua ecuestre del zar Pedro el Grande era un enorme monolito de 1.250 toneladas de peso que fue colocado en San Petersburgo con los medios disponibles en el siglo XVIII y con mucha mano de obra.

Consideraciones finales


Una vez expuestos los argumentos de una y otra parte, cabe hacer algunas consideraciones para tratar de arrojar algo de luz sobre la controversia. Lo primero que debemos dilucidar es si los romanos fueron los responsables de la parte megalítica de la plataforma de Baalbek o no. Las explicaciones académicas tienen alguna base histórica y una cierta viabilidad, si bien no tenemos ninguna certeza acerca de cómo lo llevaron a cabo, más allá de las conjeturas. Con todo, las objeciones aportadas por los autores alternativos también tienen su peso específico y responden a datos históricos y a la pura observación de los restos. Así pues, hagamos un repaso de estos argumentos y examinemos su validez:

1)     No tenemos noticias históricas sobre la construcción del conjunto de templos: es patente que no hay referencias escritas romanas sobre esta obra (en particular, el muro de contención) ni sobre sus artífices, cosa que sorprende dada la grandiosidad del conjunto. De todas formas, esto no prueba nada en concreto sobre la cuestión de los megalitos. En cuanto a las leyendas, sin duda pueden ser muy sugerentes, pero desde un punto de vista científico no aportan ningún elemento susceptible de análisis.
2)     El recurso al megalitismo es impropio de la arquitectura o ingeniería romana: es innegable tal hecho, pues la construcción con grandes piedras en época romana ya era cosa de un pasado muy remoto. Está claro que el megalitismo  típico del Mediterráneo y la Europa atlántica desapareció hacia la Edad de Bronce, y que a partir de entonces las soluciones arquitectónicas prescindieron generalmente del uso de grandes bloques. De hecho, en la época del Imperio Romano, los proyectos de mayor envergadura se solían edificar a base de Opus caementicium (cemento) y de Opus quadratum (sillares paralelepípedos de tamaño medio). No cabe duda de que las habilidades y los recursos de los ingenieros romanos eran muy amplios, pero el megalitismo, por su complejidad y coste, resultaba impensable en aquel periodo histórico. Podríamos admitir que los romanos decidieran emplear grandes sillares para erigir la base del muro de contención, pero el uso de bloques de menor envergadura (quizás hasta 200 toneladas) ya habría sido más que suficiente. Realmente, como apunta Alford, no se ve una razón técnica para recurrir a bloques gigantescos.
3)     Los romanos  no eran capaces de mover pesos descomunales: este argumento conlleva cierta polémica, pues los autores alternativos creen que los romanos carecían de los medios necesarios para transportar o manejar bloques del tamaño del Trilitón. Así, estiman que las capacidades máximas de transporte estarían alrededor de las 300 toneladas y que todo lo superase esta cifra sería un trabajo casi imposible. Por ejemplo, a finales del siglo I a. C. el emperador Augusto fracasó en su intento de transportar a Roma el obelisco del templo de Karnak (cuyo peso oscila entre 320 y 450 toneladas, según las estimaciones realizadas), aunque sí pudo llevarse otros dos, cada uno con un peso no superior a las 235 toneladas. El emperador Constatino sí consiguió sacar de Egipto el obelisco de Karnak tres siglos más tarde, pero con la salvedad de que parte de la base resultó destruida en el intento. Por otra parte, habría que probar de forma fehaciente las afirmaciones de J. P. Adam respecto a la capacidad  real de su sistema de cabestrantes con un peso de 800 toneladas, cosa que muchos escépticos ponen en duda.
4)     El tipo de obra en el muro de contención muestra estilos claramente distintos: con una simple observación del muro, las afirmaciones realizadas por Collins y otros autores parecen evidentes: se aprecian distintos tipos de paramento, superpuestos y no colocados regularmente, lo que da la impresión de una sucesión de estilos y de aprovechamiento de una base megalítica de mayor antigüedad (por la simple razón de estar en un nivel inferior y por presentar un aspecto de fuerte erosión, que no coincide con la suave erosión de los paramentos superiores o laterales). Incluso por encima del Trilitón, y antes de las hileras de sillares típicamente romanos, se observa la presencia de unos grandes boques que corresponderían a un megalitismo más “ligero”. Este tipo de construcción megalítica de enormes bloques que encajan de forma perfecta lo vemos repetido en otros monumentos de antiguas civilizaciones (si bien los autores alternativos lo atribuyen a una civilización muy anterior, que era capaz de realizar tales obras sin esfuerzo).  
5)     No tiene sentido el abandono de la Piedra del Sur, que ya estaba prácticamente completada: sobre este punto, realmente no queda claro por qué los constructores desestimaron su uso. Parece suicida tirar por la borda tanto esfuerzo centrado en un bloque de esas dimensiones, y más en los romanos, que calculaban muy bien todos los detalles de sus proyectos (suponiendo, obviamente, que los enormes bloques megalíticos fueran de época romana). ¿Un error de cálculo? ¿Cambios en el proyecto original? ¿Problemas de transporte? Realmente sólo podemos especular. Sin embargo, este hecho –unido a la evidente adaptación de las obras del templo y del patio a la forma original de la terraza– parecen indicar que nos hallamos ante dos proyectos constructivos distintos (y en diferentes épocas). 

A modo de conclusión, y concediendo que los romanos no realizaron la obra megalítica de la plataforma, nos quedan pendientes las preguntas clave: ¿quién y en qué momento colocó allí esos enormes bloques? ¿Una civilización anterior? ¿Y con qué medios? La hipótesis de los griegos de los reinos helenísticos (o de culturas aún más antiguas) queda descartada pues no eran mejores en cuanto a capacidades constructivas. De este modo, más allá de las leyendas ya mencionadas sobre dioses o gigantes, Baalbek se presenta quizá como un testimonio más de una asombrosa arquitectura megalítica, que precedió a las grandes civilizaciones de la Antigüedad y que vemos en lugares tan distantes como Cuzco, Puma Punku, Malta, Guiza, Stonehenge, etc. Para varios autores alternativos, esta arquitectura –capaz de soportar terremotos y el paso del tiempo– es el último vestigio de un mundo perdido, la llamada Edad de Oro, en la cual los seres humanos disponían de unos conocimientos que apenas hoy podemos llegar a imaginar.

Actualización
Muy recientemente la arqueóloga Janine Abdel Massih, de la Universidad del Líbano, ha hallado en la cantera otro monolito aún más grande, de unos 19,6 metros de largo, 6 metros de ancho y 5,5 metros de grosor, pero que todavía no ha sido excavado completamente.

© Xavier Bartlett 2014   




[1] Según otras fuentes, el peso se situaría en torno a las 450 toneladas.

[2] En su artículo “Baalbek: Lebanon’s sacred fortress, publicado en New Dawn Magazine, n.º 43 (1987)

[3] Según le comentó a Alford un técnico de la firma Baldwins Industrial Services, existen grúas perfectamente capaces de cargar ese peso (e incluso hasta pesos de 2.000 toneladas), si bien no pueden moverse mientras transportan tales cargas, aparte del problema adicional de la preparación del terreno.

[4] Dado que el Trilitón se halla encima de megalitos más pequeños, también se ha especulado con la idea de que realmente el Trilitón sería la hilada superior de un antiguo edificio de función desconocida, o sea, que la estructura estaría de algún modo “invertida”.

[5] Adam, J.P. “A propos du trilithon de Baalbek. Le transport et la mise en oeuvre des megaliths,” Syria 54:1-2 (1977)

[6] Se trata de mecanismos que tenían por objeto hacer rodar el bloque, lo que facilitaría mucho el manejo, aunque obviamente esto sólo funcionaría bien en terrenos más o menos lisos y con poca o nula pendiente.


[7] Este sistema está descrito en el siguiente artículo de Henk J. Koens: http://blog.world-mysteries.com/strange-artifacts/the-trilithon-and-transport-of-the-baalbek-foundation-stones/

jueves, 2 de enero de 2014

Las mitologías de la Atlántida y del Diluvio



Inevitablemente, cuando desde posiciones heterodoxas se habla de supuestas civilizaciones perdidas, el nombre que más se repite es el de la Atlántida. Sobre este mítico continente se ha escrito mucho a lo largo de la historia, pero muy especialmente en los últimos 150 años, a partir de los trabajos de Madame Blavatsky y de Ignatius Donnelly, que –si bien desde perspectivas diferentes– dieron paso a una escuela de investigadores “atlantistas” que ha pervivido hasta nuestros días.



Como es bien sabido, el mito de la Atlántida comporta en realidad dos grandes temas en un solo relato: por un lado, la existencia de una civilización muy avanzada, en una cierta Edad de Oro, y por otro el recuerdo de una gran catástrofe geológica que acabó con dicha civilización y que de algún modo fue un castigo de los dioses.Este mito, además, está relacionado con otra creencia muy extendida en diversos pueblos de la Antigüedad acerca de una cierta historia cíclica, según la cual la Humanidad no es una, sino varias, que pasan por varias etapas o ciclos de nacimiento, desarrollo y destrucción, en un contexto de tiempo circular, no lineal.



Ahora bien, hablar de la Atlántida, en un sentido estricto, es hablar de Platón y de sus dos famosos diálogos, el Critias y el Timeo, en los cuales se esboza el origen y el devenir de esta gran isla. Y aunque la historia narrada por Platón es harto conocida, vale la pena rescatar los principales argumentos de este mito:

  • El punto de partida es el supuesto relato de Solón, un sabio griego que en el siglo VI a. C. visitó Egipto; allí escuchó la historia de la Atlántida de boca de unos sacerdotes de Tebas.
  •  Se trataba de una isla situada más allá de las columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar), o sea, en pleno océano Atlántico. Esta isla era mayor que la Libia y el Asia unidas[1].
  • La Atlántida era un rico y vasto imperio regido por una dinastía de reyes, que albergaba una avanzada civilización. Este gran imperio estuvo en guerra contra una primitiva Atenas, pero resultó vencido por los atenienses.
  • La capital del continente estaba estructurada de forma circular, rodeada por una serie de anillos de tierra y canales de agua intermedios, con un gran palacio o templo en su centro.
  • La Atlántida desapareció completamente bajo las aguas por efecto de un gran cataclismo, unos 9.000 años antes de que el relato llegase al conocimiento de los griegos (por tanto, hacia el 9500 a. C.).
  • La destrucción de la Atlántida fue un castigo impuesto por Zeus ante la arrogancia y degeneración que habían desarrollado los atlantes (y es en este punto donde se acaba el Critias, sin que sepamos si se perdió el resto o si Platón lo dejó inconcluso).

Por tanto, ya tenemos unos datos básicos que sitúan la Atlántida en el tiempo y el espacio, y nos muestran un mundo altamente civilizado que desapareció completamente a causa de una gran catástrofe global. En este punto es cuando podemos sumergirnos en las antiguas mitologías de varias regiones y culturas del mundo y descubriremos que la Atlántida no es tan sólo un tema griego (o egipcio), sino que realmente es de carácter planetario, sea cual fuere su supuesta localización geográfica. En cuanto a lo que serían estrictamente las tradiciones sobre el Gran Diluvio, encontramos los mismos paralelismos, pues –como ya hemos apuntado­– ambas historias están completamente entrelazadas.



Así pues, tenemos antiquísimas historias similares que nos hablan de grandes territorios desaparecidos en un tiempo lejano por acción de una catástrofe de proporciones colosales. Por ejemplo, en la Antigua Mesopotamia existía la historia de Aralu, un lugar paradisíaco situado en el océano occidental. A su vez, los antiguos egipcios situaban al oeste la morada de sus almas y la tierra de sus antepasados remotos[2]. Asimismo, conservaban una leyenda sobre una gran inundación que acabó con una humanidad pecadora, como se constata en un texto hallado en la tumba de Seti I. En una línea similar, varios pueblos del norte de África mantenían antiguas tradiciones sobre un continente o isla al oeste que se hundió bajo las aguas. Más al norte, ya en Europa, la mitología céltica de Irlanda recogía el relato de la llegada de hombres procedentes de una isla al oeste, liderados por un tal Partholon. Por otra parte, en el Mahabharata hindú tenemos también una referencia más o menos directa a la Atlántida, según este fragmento: “Siete grandes islas del mar de Occidente, cuyo imperio tenía por capital la ciudad de las Tres Montañas, destruida por el arma de Brama.”



Pero sin duda la fuente legendaria más repetida sobre el Diluvio y el mundo perdido procede de la tradición hebraica. Así, tenemos por un lado el Libro de Enoc, que narra la historia de este personaje, abuelo de Noé, e incluye una mención al castigo de la raza humana por obra de un cataclismo. Por otro lado, está la versión más famosa del Diluvio, según el Antiguo Testamento (concretamente del Génesis), personificada en la figura de Noé. De acuerdo con este relato, Dios desea borrar a la Humanidad de la faz de la Tierra a causa de su pésima conducta, y para ello planea enviar un diluvio que cubra toda la tierra. Sin embargo, decide salvar del castigo a Noé, un hombre justo, y a su familia. Así pues, le ordena construir una nave, según unas precisas instrucciones, para albergar a todos ellos y a una pareja de cada especie animal. Tras 40 días de diluvio, en que pereció todo rastro de vida, cesó el desastre y las aguas fueron bajando poco a poco. Finalmente, el arca fue a parar a lo alto de un monte. Y desde allí Noé dejó ir una paloma para comprobar si las aguas ya habían descendido lo suficiente, cosa que pudo corroborar cuando el ave volvió con una rama de olivo en su pico. Al abandonar el barco, Noé realizó un sacrificio a Dios, el cual conminó a su gente a que se multiplicaran y repoblaran la Tierra.



Esta historia, como otros muchos relatos bíblicos, tiene visos de haber sido adaptada de la mitología sumerio-caldea; en este caso, sería una copia del mito de Utnapishtim –o Ziusudra, o Atrahasis, entre otros nombres– que forma parte del poema o epopeya de Gilgamesh. Aquí se da la variante de que existe un dios colérico (Enlil) que quiere acabar con los hombres y un dios protector (Ea/Enki) que avisa oportunamente a Utnapishtim y le insta a que prepare un barco ante el desastre que se avecina. El resto de la historia es prácticamente idéntica, incluido el detalle de la paloma.



En cambio, las tradiciones y leyendas del otro lado del Atlántico se refieren a ese mundo perdido como un lugar más allá del mar, el este. Así, Aztlán sería una tierra mítica que según los antiguos aztecas habría desaparecido tras un gran cataclismo (además, para reforzar esta asociación, la palabra nahuatl atl significa “agua”[3]). En general, la existencia de la Atlántida y de los atlantes se relaciona directamente con la aparición de unos dioses civilizadores que llegaron a las costas americanas y luego, una vez cumplida su misión, se marcharon hacia el este. Este sería el caso típico de Quetzalcóatl, identificado como un hombre blanco y barbado, vestido con una simple túnica. Asimismo, la tradición maya-quiché recordaba la existencia de un país oriental que otrora habitaron y que consideraban como un auténtico edén.



Sobre el Gran Diluvio en concreto, los aztecas creían que el cuarto mundo había sido destruido en una terrible inundación por obra de la diosa Chalchitlicue. Sólo escaparon con vida un hombre y una mujer –Coxcoxtli y su esposa Xochiquetzal– que, tras haber sido advertidos previamente por otro dios, pudieron eludir el desastre construyendo una gran barca en la embarcaron también varios animales y abundantes provisiones de grano. Y como en la historia bíblica, se repite el envío de pájaros hasta que uno de ellos vuelve; en este caso, un colibrí que portaba una rama frondosa en su pico. En la cultura maya tenemos una leyenda idéntica del diluvio, en esta ocasión enviado por el dios Hurakán. Además, según el libro sagrado quiché, el Popol-Vuh, la Humanidad de ese tiempo (los “hombres de madera”) fue exterminada por un gran diluvio por haberse vuelto contra la divinidad creadora. Sin embargo, no todos perecieron; el Gran Padre y la Gran Madre sobrevivieron para repoblar el mundo otra vez. También es muy conocida la historia de los indios hopi de Norteamérica, que menciona la tercera destrucción de la Humanidad mediante una gran inundación. En esta catástrofe habría perecido un gran continente llamado Kasskara, que estaría situado en el Pacífico, lo cual supone una variación de la clásica versión atlántica y apunta a otros mitos paralelos como el de Mu.



En Sudamérica, los indios cañaríes, de los Andes ecuatorianos, también recogen el mito de un gran diluvio. En este relato, dos hermanos se salvaron al subir a una montaña mágica que se elevaba al mismo tiempo que las aguas.  También cabe reseñar que los conquistadores españoles encontraron en Venezuela un reducto llamado Atlán, que estaba habitado por indios de raza blanca, los cuales, según sus propias leyendas, serían descendientes de los supervivientes de un gran diluvio. A su vez, en la zona del lago Titicaca y la ciudad de Tiahuanaco (entre Perú y Bolivia) se conservaba la tradición de una enorme inundación que acabó con un mundo primigenio habitado por gigantes. Después de que bajaran la aguas, la deidad Viracocha creó una nueva humanidad, pero no ya de gigantes sino de hombres hechos de barro (y aquí tenemos una nueva conexión con la mitología bíblica).



Incluso los esquimales inuit del extremo norte del continente recuerdan en sus leyendas una enorme inundación acompañada de terremotos que asoló la tierra y eliminó a casi todo ser viviente, menos a unos pocos que sobrevivieron sobre las cimas de montañas más altas y volvieron a repoblar el mundo tras la retirada de las aguas. Asimismo es interesante citar una leyenda particular de los indios athapescan, en este caso de la costa del Pacífico, que incide en el hecho que el Diluvio provocó una gran dispersión de gentes que huían en todas direcciones sobre canoas y balsas. Tras esta separación de una tierra única donde se hablaba una sola lengua, los supervivientes fueron a parar distintas regiones y para entonces ya hablaban lenguas diferentes. Por supuesto, esta historia nos recuerda enormemente a la confusión de las lenguas narrada en la Biblia, concretamente el episodio de la torre de Babel, que supuestamente tuvo lugar tras el Diluvio.   



En la Antigua Grecia se repite el modelo, siendo Deucalión el personaje central y Zeus el dios supremo que decide castigar al género humano, encarnado entonces en la raza de Bronce. Deucalión, avisado por Prometeo, también construye un arca y se embarca en ella junto a su esposa Pirra y una pareja de cada animal. Luego se desata un gran diluvio durante nueve días y nueve noches y, tras el retroceso de las aguas, la nave acaba suspendida sobre el monte Parnaso. Finalmente, desembarcan de la nave y realizan un sacrificio a los dioses, tras lo cual Zeus permite a los hombres que repoblen el mundo (nótese una vez más el paralelo con Noé).



Según la antigua mitología china de los pueblos yao y miao, los hermanos Fu Xi fueron los únicos supervivientes de un tremendo diluvio. También ellos se refugiaron en una barca. En las leyendas védicas de la India, un hombre llamado Manu Vaisvasvata sobrevive a un gran diluvio después de recibir un aviso por parte del dios Vishnu, encarnado bajo la forma de Matsya, un hombre pez. Vishnu le ordenó construir un gran barco y llevar con él una pareja de cada especie animal y vegetal. Como en otros relatos, Manu acabó a salvo en lo alto de una montaña.



Finalmente, cabe mencionar que en tierras aparentemente aisladas e inconexas de los grandes centros de civilización, como las islas del Pacífico y Australia (en su parte norte), se mantienen leyendas sobre disputas entre divinidades que resultaron en la destrucción de un antiguo mundo, tragado por las aguas, tras el cual surgiría un nuevo mundo renacido. Por ejemplo, los nativos de Hawaii conservan el mito de la destrucción del mundo a causa de un diluvio, si bien luego fue recreado por el dios Tangaloa. Incluso los indígenas de la remota isla de Pascua también referían una historia según la cual sus antepasados habían alcanzado la isla huyendo de un terrible diluvio que había asolado la mítica isla o continente de Hiva.



Como se puede apreciar, todos estos relatos tienen muchos puntos similares (por no decir idénticos) que no tienen fácil explicación, a no ser que aceptemos un difusionismo cultural masivo del mito, o bien recurramos al insconciente colectivo de Jung, o simplemente consideremos que se trata de múltiples narraciones sobre diversas catástrofes locales de parecidas características. A este respecto, el autor alternativo Graham Hancock cita en su libro Fingerprints of the Gods que al menos existen en el mundo unas 500 leyendas sobre el Diluvio. De una selección de éstas, un total de 86 (20 de Asia, 3 de Europa, 7 de África, 46 de América y 10 más de Australia y el Pacífico), el investigador Richard Andree estableció que 62 de ellas eran completamente independientes de las tradiciones hebraicas o mesopotámicas.



Ante este panorama, muchos autores alternativos aseguran que tanta coincidencia no puede ser fruto del azar ni del difusionismo ni de otras circunstancias, sino que es síntoma de una realidad única que ocurrió en tiempos inmemoriales y que fue recordada de forma muy semejante por diversas culturas, con escasas variantes. Parece ser, en efecto, que tantos puntos en común apuntan a que realmente existió una Humanidad avanzada que desapareció casi totalmente como efecto de una gran catástrofe geológica (relacionada con el fin de la última era glacial) y que de alguna forma puso las bases para un renacimiento de la civilización en diversas regiones del planeta, si bien varios milenios más tarde del fatal cataclismo. Lamentablemente, este gran lapso temporal, así como la falta de una cultura material que podamos considerar sin lugar a dudas “atlante”, dejan un enorme vacío que por el momento nos imposibilita saltar del mito a la realidad histórica.  

(c) Xavier Bartlett 2014 


Referencias:



BERLITZ, Charles. El misterio de la Atlántida. Pomaire. Barcelona, 1976.

DÍAZ, A.; ARTOLA, M. Atlántida, entre el mito y la historia. Editorial N.A. Madrid, 2006

HANCOCK, Graham. Las huellas de los dioses. Ediciones B. Barcelona, 1996.





[1] Según la geografía actual, sería la extensión aproximada del norte de África y el Oriente Medio.

[2] Esta relación entre la Atlántida y el antiguo Egipto fue estudiada profusamente por el investigador francés Albert Slosman, que estaba convencido que los dioses-ancestros de los egipcios eran los supervivientes de la Atlántida, tierra a la que llamaban Aha-Men-Ptah.


[3] Se da la curiosa coincidencia de que atl significa lo mismo en lengua bereber, etnia que habita el norte de África.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La civilización matriarcal


¿Existió alguna vez una gran civilización matriarcal sobre nuestro planeta? Aunque la antropología reconoce la existencia de modelos matriarcales en pequeñas comunidades, desde el punto de vista histórico no se ha dado crédito a la existencia de una civilización muy antigua basada en el matriarcado. No obstante, y como notable excepción dentro del mundo académico, apareció una figura de fuerte personalidad que defendió con entusiasmo la existencia de una sociedad o civilización de carácter matriarcal en la Europa neolítica, con características muy diferentes a la sociedad que vendría después marcada por el patriarcalismo, que es básicamente la misma sociedad en la que vivimos actualmente.

Esta figura fue la destacada arqueóloga Marija Gimbutas (1921-1994), que también era una gran experta en lenguas antiguas e historia de las religiones. Nació en Lituania y se doctoró en arqueología en Tübingen (Alemania) en 1946. Después, huyendo del régimen estalinista de la URSS, se refugió en Estados Unidos en 1949. Allí trabajó como investigadora y docente en la Universidad de Harvard de 1950 a 1963, y posteriormente se trasladó a la Universidad de California Los Angeles (UCLA), donde continuó su actividad hasta que se retiró en 1989. En cuanto al trabajo de campo, fue directora de cinco grandes excavaciones arqueológicas entre 1967 y 1980 en diversos países como la antigua Yugoslavia, Macedonia, Grecia e Italia. A lo largo de su vida, Marija Gimbutas publicó cerca de veinte libros y más de 300 artículos sobre la prehistoria europea. De entre toda su obra destaca particularmente tres libros: The Goddesses and Gods of Old Europe (1974, 1982 ), The Language of the Goddess (1989 ), y The Civilization of the Goddess (1991).

Gimbutas fue realmente una gran profesional, muy valorada por sus investigaciones en el estudio de la Prehistoria europea, sobre todo en lo que respecta a las llamadas sociedades pre- indoeuropeas y las posteriores invasiones indoeuropeas. Sin embargo, es de justicia afirmar que Gimbutas es mucho más conocida -y polémica - por sus teorías sobre una supuesta civilización matriarcal que prácticamente nadie del ámbito académico ha querido reconocer. Así pues, quien escribe estas líneas apenas tuvo noticia de sus trabajos porque o bien no era mencionada o bien era mencionada de forma marginal como una investigadora más o menos herética, no aceptada por el llamado consenso científico.
  
Efectivamente , Marija Gimbutas fue más allá de lo que admitía el paradigma científico en arqueología y propuso una visión diferente de la Prehistoria europea, convencida de que había existido una gran civilización matriarcal en Europa hace miles de años. Así , Gimbutas dedicó una buena parte de su vida a analizar determinadas representaciones o figuras femeninas de los períodos Paleolítico y Neolítico, y las vinculó al culto de una diosa madre o un conjunto de varias divinidades femeninas. Para desarrollar esta enorme trabajo, Gimbutas tuvo que superar el ámbito de los trabajos arqueológicos convencionales incorporando estudios filológicos, mitología, religiones comparadas y fuentes históricas, dando como resultado una investigación multidisciplinar que la misma arqueóloga llamó arqueomitología.

Su teoría trataba de demostrar que en la Europa neolítica había existido una sociedad pre- indoeuropea de carácter matriarcal y pacífico con una extensa difusión por el continente (un territorio que ella llamó la Vieja Europa). Esta civilización habría desaparecido por la acción violenta de una cultura patriarcal indoeuropea, que ella misma identificó como originaria del este de Europa. Así, a partir de los restos arqueológicos conocidos, Gimbutas estableció tres grandes rasgos que probarían la existencia de estas sociedades matriarcales pre- indoeuropeas, haciendo especial énfasis en su carácter pacífico y creativo:
  • Los primeros poblados neolíticos eran bastante anteriores a las primeras ciudades, de inequívoco origen patriarcal.
  • Algunos de estos poblados no tenían murallas defensivas, enterramientos de guerreros ni expresión artística referida a la guerra.
  • Los diseños artísticos de estas culturas podrían constituir un sofisticado sistema de símbolos (un meta-lenguaje) que permitía la transmisión y difusión de los valores matriarcales.
     
Este último punto es sin duda es el más apasionante de su visión, pues de alguna forma Gimbutas debía reconstruir todo un mundo social, cultural y religioso a partir de los restos arqueológicos, de relatos mitológicos y de una gran diversidad de símbolos que debían leerse en clave global. En conjunto, vendría a ser como un enorme rompecabezas con muchas piezas que hay que encajar perfectamente para obtener una única imagen. En palabras de Gimbutas, estos símbolos de la Vieja Europa "constituían un complejo sistema en el que cada unidad está entrelazada con las otras en categorías específicas, según parece. Ningún símbolo puede tratarse aisladamente, en el entendido de que las partes llevan al todo, que a su vez conduce a identificar más partes." 



Así, donde los otros expertos veían sólo motivos decorativos, Gimbutas creía que se ocultaba un lenguaje simbólico en forma de figuritas femeninas, diosas-madre o diosas de la fertilidad, así como en múltiples representaciones naturalistas o en dibujos abstractos. Por ejemplo, son muy frecuentes (y en lugares muy alejados geográficamente) las representaciones de dos espirales confrontadas, que podrían significar el ciclo de vida, muerte y renacimiento o simplemente un sentido de eternidad. Marija Gimbutas era bien consciente de que el desciframiento de este lenguaje era una tarea enorme y pesada, pero no consideraba imposible llegar a una comprensión global de esta religión neolítica.

Pero ... ¿cómo serían estas sociedades matriarcales neolíticas? Según Marija Gimbutas, en estas sociedades agrícolas no habría predominio del hombre sino que habría un equilibrio social fundamentado en la igualdad entre el hombre y la mujer, y existiría un culto a las diosas de la fertilidad, como símbolo del ciclo vital nacimiento-muerte. Estas culturas, que vendrían a ser un referente de la mítica Edad de Oro, habrían desaparecido por la irrupción de los invasores indoeuropeos, pastores y guerreros, de ideología claramente patriarcal. Sólo se habrían salvado algunos vestigios de esta antigua religión en forma de cultos mistéricos o esotéricos que subsistieron marginalmente a pesar de la imposición del dios masculino. Esta divinidad violenta masculina habría tenido varias versiones según las culturas y los periodos históricos, una de las cuales sería el mismo cristianismo, pero también tendría formas aparentemente no religiosas como el comunismo estalinista, asesino y represor.

Gimbutas puso como ejemplos de esta religión matriarcal los cultos eleusinos en Grecia, el culto a las Matres celtas, así como otras diosas de la fertilidad germánicas, eslavas, bálticas, etc. e incluso pensaba que la brujería medieval europea fue duramente perseguida porque también era una expresión tardía de estas antiguas creencias. En este último punto, Marija Gimbutas fue terriblemente beligerante contra la persecución de la diosa por parte del cristianismo más intolerante. Según escribió ella misma en The Language of the Goddess ("El lenguaje de la diosa"):
"La Regeneradora - Destructora, supervisora ​​de la energía cíclica, personificación del invierno y Madre de los Muertos, se convirtió en una bruja de la noche, dedicada a la magia que, en tiempos de la Inquisición, era considerada como discípula de Satanás. El destronamiento de esta Diosa [...] está manchado de sangre y es la mayor vergüenza de la Iglesia cristiana: la cacería de brujas de los siglos XV a XVIII fue un acontecimiento de los más satánicos en la historia europea, llevada a cabo en nombre de Cristo; la ejecución de las mujeres acusadas de brujas ascendió a más de ocho millones, y la mayoría de ellas, colgadas o quemadas, eran simplemente mujeres que aprendieron la sabiduría y los secretos de la diosa de sus madres o abuelas."

En resumen, Marija Gimbutas planteó la existencia de un complejo lenguaje simbólico femenino tomando como indicio la interpretación de determinados diseños artísticos prehistóricos. A partir de este punto, imaginó una sociedad pacífica, no represiva y dominada por los valores espirituales , lo que rompía del todo los esquemas clásicos de la Prehistoria académica, ya que ponía en duda la supuesta brutalidad y primitivismo de las comunidades humanas de aquellos tiempos.


Su trabajo no fue reconocido ni aceptado por la gran mayoría del estamento científico del ámbito de la arqueología, pero algunas pocas voces académicas, como el prestigioso arqueólogo Joseph Campbell, lamentaron que su investigación sobre este meta-lenguaje neolítico no hubiera tenido el eco o la continuidad que merecía.  En todo caso, debemos reconocer que Marija Gimbutas no sólo abrió las puertas a nuevas interpretaciones del pasado remoto del ser humano, sino que también promovió de alguna manera un cierto revival de las corrientes neo- paganistas, que se tradujo en movimientos tan conocidos como la famosa New Age.

Finalmente, podríamos preguntarnos si todas estas teorías fueron puras especulaciones debidas a un prejuicio cognitivo o bien si podían tener un sólido fundamento. Por desgracia, en arqueología, la evidencia física y la interpretación de ésta no son la misma cosa, y la falta de fuentes escritas en aquella época nos ha dejado bajo un velo de silencio que nos resulta difícil de superar. El rompecabezas propuesto por Gimbutas sigue allí esperando que alguien sea capaz de encontrar una clave definitiva que nos lleve a un redescubrimiento de nuestra historia más remota.

(c) Xavier Bartlett 2013

jueves, 5 de diciembre de 2013

Nibiru y el catastrofismo cósmico


Si bien Immanuel Velikovsky es sin duda el principal referente alternativo en cuanto al catastrofismo cósmico, con toda polémica que aún persiste en nuestros días, el no menos controvertido autor Zecharia Sitchin, el hombre que interpretaba la civilización sumeria en clave extraterrestre, también abordó el tema del origen del Sistema Solar a partir de los relatos mitológicos. Así pues, Sitchin retomó la estela de Velikovsky un cuarto de siglo más tarde y presentó en su obra El 12º planeta su particular versión del catastrofismo en el Sistema Solar, dedicando dos capítulos a desvelar la enigmática presencia de un planeta desconocido, Nibiru, como actor protagonista del drama cósmico.

Sitchin se aferraba a la idea de que los sumerios –y luego los caldeos– tenían grandes conocimientos astronómicos y que habían reconocido hasta doce planetas (incluyendo el Sol y la Luna). Basándose en el Antiguo Testamento y en otras antiguas fuentes, Sitchin observó una repetida simbología del doce en varias culturas, tanto en el terreno astrológico-astronómico como en el mitológico: doce constelaciones del Zodíaco, doce dioses principales hittitas, doce titanes griegos, doce tribus de Israel, etc. A este respecto, Sitchin creía que los sumerios no sólo conocían cinco planetas –como se admite habitualmente–, sino que hablaban de un conjunto de doce astros llamado mulmul (que la ciencia había atribuido previamente a las Pléyades, un grupo de estrellas de la constelación de Tauro), y que serían en realidad los componentes del sistema solar. Naturalmente, aun sumando la Luna y el Sol a este grupo, tenemos un planeta de más, que no encaja en nuestro conocimiento del Sistema Solar.

Este sería el 12º planeta, Nibiru, situado más allá de Plutón, que la ciencia actual no ha reconocido. Sin embargo, los sumerios –pese a no disponer de instrumentos de observación como los nuestros– estaban al tanto de todo, porque según ellos mismos, sus dioses (los Anunnaki) les habían transmitido el conocimiento de todo lo concerniente al Sistema Solar.
Sitchin recurrió a ciertas representaciones de astros en un antiguo sello acadio del tercer milenio a. C. para reafirmar su propuesta. No obstante, también afirmaba que debió existir otro planeta entre Marte y Júpiter, en el espacio que actualmente ocupa el cinturón de asteroides. Ello supondría añadir un nuevo planeta a nuestra lista, lo que daría un total de trece. Pero entonces, ¿cómo se explica la afirmación de los doce planetas? Esta es la pieza clave de la teoría catastrofista del autor, que se aparta de lo propuesto por Velikovsky, para crear su propia versión del origen del Sistema Solar. Sitchin se apoyó una vez más en la mitología para dar una explicación distinta sobre el origen de los planetas. Concretamente, tomó la epopeya de la creación sumeria, el Enuma Elish, para narrar toda una serie de catástrofes cósmicas disfrazadas de meros acontecimientos de carácter divino. Tomando los textos míticos en los que los dioses representarían a los astros, Sitchin dibujó el siguiente escenario cósmico primigenio:

En el inicio de los tiempos sólo había dos grandes cuerpos celestes y uno más pequeño. Por un lado, Apsu (el Sol), que existía desde el principio, junto con su pequeño emisario Mammu (Mercurio) y por otro, un gran planeta llamado Tiamat. Las aguas de Apsu y Tiamat se fusionaron posteriormente para dar vida a otros dos planetas intermedios, que serían Lahmu y Lahamu (Marte y Venus, los planetas masculino y femenino). Más tarde, se formaron los dioses «de mayor tamaño» Kishar y Anshar (Júpiter y Saturno). Finalmente, el escenario cósmico se completó con el nacimiento de dos nuevos planetas, Anu y Ea (o Nudimmud), que serían Urano y Neptuno, más otro pequeño emisario, hijo de Anshar, que era Gaga (Plutón). El lector ya habrá notado que aún no tenemos noticias de la Tierra ni de la Luna. Esta es la segunda parte del drama.

Al parecer ser, la diosa Tiamat estaba molesta con los avances, retiradas y cabriolas de sus hermanos, los nuevos planetas (lo que Sitchin interpreta como órbitas erráticas que se interferían en el camino de Tiamat). Para poner paz, Ea neutralizó el papel generador de materia primordial que tenía Apsu, con lo cual el sistema adquirió una cierta estabilidad. Sin embargo, el propio Ea engendró un nuevo planeta de gran tamaño, exterior al sistema. Este nuevo planeta sería llamado Nibiru por los sumerios y Marduk por los babilonios. No obstante, por otro lado, Tiamat había creado al satélite Kingu –su hijo primogénito– sin la aquiesciencia del resto de dioses.

Y llegamos al acto final. Cito literalmente a Sitchin en su referencia a los mitos mesopotámicos:
«El dios [Ea] que dirigió la revuelta contra el Padre Primigenio [Apsu] tuvo una nueva idea: invitar a su joven hijo [Marduk] a unirse a la Asamblea de los Dioses y darle la supremacía, para que fuera a combatir así, sin ayuda, al “monstruo” en que se había convertido su madre [Tiamat]. Aceptada la supremacía, el joven dios Marduk, según la versión babilonia, se enfrentó al monstruo y, tras un feroz combate, la venció y la partió en dos. Con una parte de ella hizo el Cielo, y con la otra la Tierra.»
Este episodio, traducido al ámbito astronómico, ocurrió según Sitchin de esta forma: Marduk, en su movimiento retrógrado (al revés que el resto de planetas), penetró en el sistema solar causando toda una serie de transtornos, incluyendo la creación de nuevos satélites y alteraciones en las órbitas. Así pues, Marduk se fue acercando a la órbita de Tiamat y –en un primer paso muy cercano– le arrancó hasta once satélites. Finalmente tuvo lugar una batalla cósmica, un tremendo choque entre Tiamat, Kingu y Marduk, si bien Sitchin puntualiza que Tiamat y Marduk no llegaron a colisionar entre sí. Los que hicieron impacto sobre Tiamat fueron los satélites de Marduk. Éste aprovechó la herida producida para lanzar una flecha (una gran descarga eléctrica), de tal forma que partió a Tiamat en dos, creando por un lado un nuevo cuerpo celeste (Ki, la Tierra) y por otro un conjunto de pequeños restos esparcidos por el espacio, que daría lugar al cinturón de asteroides situado entre Marte y Júpiter, así como a algunos astros errantes, los cometas. Por lo que respecta a Kingu, se acabaría convirtiendo en el satélite del nuevo planeta, es decir, la Luna. A su vez, Marduk, o Nibiru, quedó en una órbita muy excéntrica alrededor del Sol, estableciéndose un periodo de cruce con el resto del sistema de 3.600 años.

El resultado final ya se deja ver fácilmente. El Sol, la Luna y los nueve planetas que conocemos continúan en sus posiciones mientras que Nibiru, el 12º planeta o el planeta «X», se mantiene expectante fuera del sistema, si bien pasa a vigilarlo regularmente –en calidad de «jefe supremo»– cada 3.600 años.

Bonita historia, sin duda. Zecharia Sitchin estaba convencido de que los mitos y la astronomía de las culturas mesopotámicas describieron la historia real del sistema solar y que todas las incógnitas que todavía se plantea la moderna ciencia tienen su explicación si interpretamos correctamente esos relatos mitológicos. 

Pero... ¿qué ha dicho la ciencia de todo esto? En primer lugar, los astrónomos no han reconocido la existencia de ningún planeta exterior, si bien ha habido noticias sobre la observación de supuestas anomalías o perturbaciones que sugerirían la presencia del tal planeta. Lo más aproximado a un posible Nibiru son unos cálculos realizados por unos investigadores japoneses de la Universidad de Kobe en 2001 que auguraban el descubrimiento de un nuevo planeta en los próximos años. Por otro lado, los científicos opinan que, de existir, Nibiru sería un planeta de tipo gaseoso, extremadamente oscuro y frío, y sin posibilidad de que tuviera formas de vida semejantes a las de la Tierra. Pero a día de hoy, a no ser que recurramos a las consabidas teorías conspirativas, especulando sobre lo que la NASA oculta o deja de ocultar, no hay ninguna confirmación de que Nibiru exista.

Sobre las afirmaciones de Sitchin con respecto al origen del sistema solar, los científicos presentan, entre otros, los siguientes hechos:
  • Las teorías actuales afirman que la Luna se creó a partir de materia de la Tierra, posiblemente desgajada a causa del impacto sobre la Tierra de un astro del tamaño de Marte.
  • Actualmente se cree que el cinturón de asteroides no formó parte de ningún astro. Se trata de un conjunto de materiales que no llegaron a consolidarse como planeta, debido a los efectos gravitacionales de Júpiter; y aun juntando todos ellos, apenas tendríamos el tamaño de un pequeño planeta.
  • Aseverar que el paso próximo de Nibiru fue capaz de arrancar materiales (satélites) de Tiamat por acción de las fuerzas gravitatorias se considera un atentado a la Física.
  • Un encuentro tan próximo entre dos grandes cuerpos celestes debería haber variado la órbita de ambos, dado que su movimiento se habría visto frenado de forma significativa. Un segundo escenario de colisión sería altamente improbable.
  • También es muy improbable que el impacto de Nibiru sobre Tiamat hubiese provocado la formación de un planeta en una órbita regular (en la posición donde está la Tierra) sin ninguna aceleración adicional.
  • Asimismo, no se explica bien cómo es que Nibiru no haya perturbado la órbita de los planetas más exteriores en su paso regular por el sistema cada 3.600 años.
Pero hay más. Algunos críticos dudan también de la interpretación que hace Sitchin de su sello acadio. Para el astrónomo Tom Van Flandern no es más que una representación artística de una estrella rodeada de otros astros, ya que resulta complicado establecer relaciones seguras entre la proporción y posición de los astros y dar por supuesto que reproducen el sistema solar. Asimismo, se ha puesto en duda la identificación que hizo Sitchin de los dioses-planetas. Tomando fuentes sumerias, acadias y babilonias, otros especialistas en las civilizaciones de Mesopotamia han asignado distintos nombres a los planetas.

Así pues, como mínimo, la opinión de Sitchin quedará en el terreno de lo (muy) discutible.  Sea como fuere, el tema del catastrofismo ligado a Nibiru tuvo un reciente renacimiento con las polémicas ligadas al año fatídico 2012, pues Sitchin estimó que el último cruce de este planeta fue hacia el 1600 a. C. –lo que habría causado diversos cataclismos– y se le esperaba en consecuencia hacia inicios del tercer milenio, o sea más o menos en estos tiempos. ¿Todavía sin noticias de Nibiru? ¿No debería haber llegado ya?

(c) Xavier Bartlett 2013

sábado, 16 de noviembre de 2013

"La serpiente celeste", de John Anthony West


(Reseña del libro "La serpiente celeste", aparecida en el n.º 2 de la revista Dogmacero)

La serpiente celeste es sin duda uno de esos libros que permiten al lector abrir el pensamiento a nuevas maneras de ver la ciencia y en este caso podemos decir sin exageración que es además una de las obras de referencia y lectura obligada para todos aquellos interesados en la llamada arqueología alternativa.


Frente a la imagen del Antiguo Egipto que nos ofrece la egiptología oficial, el escritor y egiptólogo amateur norteamericano John Anthony West presenta en este libro un Egipto completamente distinto, que exige una lectura pausada y reflexiva para superar prejuicios y visiones estereotipadas y así poder vislumbrar esa otra realidad.



Lo que West propone en La serpiente celeste (publicada originalmente en 1993) es la existencia de un Egipto simbolista, que debe ser estudiado e interpretado con un modelo de pensamiento bastante distinto del patrón científico convencional. Este concepto no es en realidad nada estrictamente nuevo; su obra es un homenaje y reivindicación del trabajo previo del filósofo y matemático francés René Schwaller de Lubicz (1887-1961), que estudió la civilización del antiguo Egipto durante muchos años pero desde un ángulo completamente heterodoxo. Concretamente, Schwaller realizó múltiples investigaciones en el templo de Luxor durante 15 años, que constituyeron la base de su libro Le temple de l’homme (“El templo del hombre”), una referencia obligada para muchos investigadores alternativos.



Esta propuesta simbolista se fundamenta en la idea de que la cultura egipcia estaba enormemente avanzada y que su conocimiento procedía de una cultura anterior que se remontaría al tiempo de los dioses. Según West, toda la civilización egipcia destilaba una sabiduría ancestral y sofisticada, llena de armonía y proporción, que impregnaba todos los aspectos de la vida, desde la arquitectura a la ciencia y el arte, pasando por la escritura, la literatura, las matemáticas, la medicina, la astronomía... En suma, la gran cultura egipcia debería estudiarse como un todo simbólico interrelacionado, como una ciencia sagrada holística, y no sólo como una suma de partes.



Para West, existen algunos principios clásicos de la historia y arqueología que falsean o tergiversan la auténtica realidad de las antiguas civilizaciones. En resumen, estos principios se sustentan en la idea de que el hombre “progresa” y que la evolución es consustancial con todo lo humano. Asimismo, la civilización implica progreso, y a mayor grado de civilización, mayor grado de progreso, y en consecuencia, no hay nada que los antiguos supieran y que nosotros no sepamos o comprendamos mejor. La obra de West trata de refutar esta concepción y comienza por plantear un concepto de civilización bastante distinto al que se enseña en universidades y escuelas. En sus propias palabras: “Por civilización entiendo una sociedad organizada sobre la convicción de que la humanidad está en la Tierra con un propósito. En una civilización, los hombres están más preocupados por la vida interior que por las condiciones de la existencia cotidiana.” Y West todavía va más allá, cuando afirma que la la egiptología ha malinterpretado completamente la esencia del Egipto faraónico:



«Según la explicación habitual, Egipto es una civilización de arquitectura asombrosa, reyes egocéntricos y populacho serviI y supersticioso. La visión simbolista ve Egipto de forma bastante diferente, como una civilización filosófica y espiritualmente (y en ciertas áreas, incluso científicamente) más avanzada que la nuestra, de la cual tenemos mucho que aprender.»



Para construir su discurso, West combina su propia interpretación de Schwaller con lo que afirma la egiptología ortodoxa y trata de ofrecernos una visión distinta de la civilización egipcia, una sabiduría o ciencia sagrada que trasciende de lo material y se insinúa en todos los órdenes de la vida, con una magnífica expresión en las representaciones artísticas. En el camino, West fustiga a la egiptología clásica por su falta de respuestas y por sus ideas preconcebidas y se acoge a numerosos ejemplos de perfección matemática y técnica de los egipcios, como expresiones inequívocas de armonía, proporción y equilibrio de esta antigua sabiduría. Esto nos conduce a la inevitable referencia a un arte sagrado (en especial, la arquitectura) que –gracias a una minoría de iniciados– se perpetuó en Egipto durante muchos siglos sin apenas cambios, y que tuvo su continuación a lo largo de la historia con altas dosis de simbolismo y esoterismo.



Desde este punto de vista, se nos hace difícil adentrarnos en esta civilización con una mentalidad racional, dado que los símbolos nos conducen inexorablemente por una vía mística, en consonancia con el alma profundamente religiosa –o mágica– de los antiguos egipcios. West enfatiza precisamente el carácter mágico del arte egipcio, que es una parte indivisible del todo (la sabiduría o el conocimiento), siendo la expresión artística la muestra genuina de esa sabiduría sagrada, la cual apenas se plasmó explícitamente por escrito. Así pues, West desgrana a lo largo del libro numerosos ejemplos de las manifestaciones de esa sabiduría holística en diversas facetas de la ciencia y la cultura egipcias, como la astronomía, las matemáticas, la medicina o la escritura jeroglífica. En todos estos casos, West se apoya en las investigaciones de Schwaller para mostrarnos que los egipcios tenían una forma de pensar y actuar sobre el mundo distinta a la actual, pero sorprendentemente avanzada en algunos aspectos, como se puede apreciar a través de algunos textos que se han conservado (por ejemplo, los papiros Rhind y Smith).



Para finalizar su obra, West lanza un órdago completo a la egiptología, ya que presenta la teoría de que la civilización egipcia, que arrancó perfectamente formada en casi todas sus características, no fue más que el legado de una civilización previa, la Atlántida. Entre otras observaciones, West menciona la famosa controversia de la datación de la Esfinge de Guiza, que ya fue insinuada por Schwaller, y que se basa en el patrón de erosión por agua que presenta el propio monumento y la cubeta donde se encuentra. Así, dado que en la época dinástica Egipto tenía un clima muy seco, parecido al actual, la erosión sólo pudo darse en épocas anteriores, cuando el norte de África tenía un mayor régimen de lluvias. Además, tanto la esfinge como su templo anexo no tienen parangón en tamaño y estilo con estructuras posteriores.



En definitiva, La serpiente celeste no es un libro fácil de digerir ni aceptar si se lee exclusivamente con los ojos del paradigma científico imperante. Sea como fuere, y sin necesidad de coincidir con todos los planteamientos de West, esta obra puede aportar fructíferas reflexiones que nos permitan avanzar hacia una comprensión global de la civilización egipcia. De hecho, para muchos investigadores procedentes del campo alternativo, el auténtico Antiguo Egipto todavía está por descubrir.



© Xavier Bartlett 2013