sábado, 11 de mayo de 2019

Nabta Playa: astronomía avanzada en el Egipto predinástico


Por allá en los años 70 del pasado siglo unos arqueólogos descubrieron casualmente varios fragmentos de cerámica y utensilios líticos en un árido e inhóspito lugar del suroeste de Egipto llamado Nabta Playa[1] (en Nubia, a unos 100 km. al oeste de Abu Simbel). Al poco tiempo, al explorar el paisaje circundante, observaron una serie de rocas o piedras dispuestas de forma particular. Al principio sólo se apreciaban las puntas de tales rocas, pero al limpiar y excavar la zona se pudo comprobar que se trataba en muchos casos de antiguos megalitos, llevados allí desde alguna cantera y colocados verticalmente sobre el terreno con un evidente propósito de marcar o delimitar algo.

Dado el interés de los restos identificados, este yacimiento arqueológico fue excavado por un equipo científico internacional denominado CPE (Combined Prehistoric Expedition), liderado por los antropólogos Fred Wendorf y Romuald Schild. Tras varios años de trabajo se pudieron identificar dos tipos principales de estructuras en superficie. Por un lado, monolitos o grandes piedras, la mayoría talladas, situadas sobre el sedimento de un antiguo lago desecado. Por otro, formaciones de rocas que afloraban a la superficie y que estaban relacionadas con los monolitos ya mencionados. Aparte, destacaba una pequeña estructura circular desconectada de las alineaciones de megalitos. En cuanto al sedimento excavado, se hallaron restos de poblamiento y enterramientos rituales de ganado, y se identificaron algunos grabados sobre el lecho de la roca madre. Todos estos hallazgos quedaron bien registrados mediante un detallado plano de la zona y más tarde se dieron coordenadas a los principales megalitos mediante GPS.

Lo cierto es que los científicos no acababan de ver la finalidad de las estructuras alineadas y las respuestas no llegaron hasta 1997, cuando un arqueoastrónomo norteamericano llamado John Malville inspeccionó el enclave y detectó un orden cósmico en las alineaciones de las piedras. Dicho de otro modo, parecía existir una correlación astronómica entre las piedras y el firmamento observable en aquella región del planeta, sobre todo visible en el pequeño círculo de piedras (de apenas unos 4 metros de diámetro), que vendría a ser un calendario solar. Según las investigaciones in situ, este círculo marcaría el solsticio de verano y la posición de las estrellas en los cielos nocturnos, a fin de orientarse en el terreno. Además, dicho círculo contenía seis piedras en su interior, agrupadas en dos hileras de tres, pero no se pudo ofrecer una interpretación satisfactoria sobre su función. Finalmente, se pudieron distinguir hasta seis alineamientos de megalitos principales que –a modo de radios– partían de un mismo centro (marcado por una gran piedra rodeada de otras piedras). Tres de ellos estaban orientados al norte-noreste y los otros tres al este-sureste, pero tampoco aquí se pudo asignar un significado concreto a tal disposición.

Situación de Nabta Playa al sur de Egipto
En cualquier caso, al constatar estos hechos, los investigadores catalogaron Nabta Playa como un complejo ritual o ceremonial de carácter astronómico. En cuanto a la cronología aproximada de este complejo, las dataciones de Carbono-14 fijaron un amplio espectro de ocupación del lugar en el periodo neolítico, entre el 9000 a. C. y el 3500 a. C., justo antes de que despegara la civilización egipcia, con una especial incidencia de dataciones hacia el 6000 a. C. Cabe tener en cuenta que durante la mayor parte de este lapso de tiempo el lugar que ahora ocupa el yacimiento no fue desértico, sino bastante húmedo, con abundantes recursos naturales.

Fue en este punto cuando entró en escena a finales del pasado siglo el astrofísico norteamericano Thomas G. Brophy, que había trabajado para la NASA. Brophy había quedado muy intrigado por un artículo publicado por la revista Nature en 1998 sobre el sentido arqueoastronómico de Nabta Playa y quiso ir más allá. A partir de aquí, emprendió su propia investigación –que incluyó el desarrollo de un software específico de astronomía– y en 2002 publicó sus primeros resultados en el libro The Origin Map (“El mapa del origen”), que dejaron bastante atrás los postulados académicos aceptados hasta la fecha y abrieron las puertas a audaces interpretaciones más propias de la arqueología alternativa. Lo que voy a exponer a continuación es un breve comentario de sus tesis, que Brophy ha ido ampliando hasta la actualidad con la colaboración del famoso autor alternativo anglo-egipcio Robert Bauval, reconocido experto en cuestiones del antiguo Egipto y de arqueoastronomía.

Brophy se centró primeramente en el análisis del “círculo-calendario” y confirmó que se trataba de un eficaz observatorio astronómico bastante fácil de usar. Pero además resultó que –según sus cálculos– tres de las seis piedras del interior del círculo marcaban con precisión las estrellas del cinturón de la constelación de Orión, que estarían justo de encima del observador en el periodo comprendido entre 6400 a. C y 4900 a. C., reflejando así el firmamento, lo cual conectaba directamente con la teoría de la correlación de Orión, formulada unos años antes por Bauval a propósito de las tres grandes pirámides de Guiza. Este hecho no podía ser una coincidencia, y en su opinión mostraría una arcaica tradición común astronómica centrada en la representación de Orión. En cuanto a las otras tres piedras, Brophy determinó que se correspondían con la posición de la cabeza y hombros de esa misma constelación, pero hacia el 16500 a. C., una cronología extraordinariamente remota. 

Siendo todo esto relativamente revolucionario, los alineamientos de megalitos de Nabta Playa todavía depararían más sorpresas a Brophy. El científico estadounidense constató que los alineamientos radiales a partir de un centro marcaban la posición de determinadas estrellas, pero de un modo muy peculiar. Antes de seguir, empero, es preciso realizar una puntualización. Es sabido que desde hace décadas se han estudiado las estructuras megalíticas desde el punto de vista arqueoastronómico y se ha llegado a la conclusión de que en muchos casos la observación del firmamento a través de ciertas piedras y alineaciones remitía a la posición del Sol o de determinadas estrellas en momentos específicos del año. Siendo esto cierto y contrastable, existía el problema de identificar fiablemente la época y las estrellas en cuestión, pues el conocido fenómeno de la precesión[2] hace que las estrellas “se desplacen” por los cielos en un ciclo completo que dura cerca de 26.000 años. De este modo, es obvio que muchas estrellas salen por un mismo punto del horizonte a través de los tiempos y no se pueden identificar a ciencia cierta –con una traslación a una época concreta–  si no existe otra referencia clara.

Megalitos procedentes de Nabta Playa, actualmente expuestos en el Museo de Aswan (Egipto)

Justamente en el caso de Nabta Playa, Thomas Brophy apreció que las estrellas no estaban señaladas con una sola piedra, sino con dos. ¿Qué quería decir esto? En realidad, era un sistema de coordenadas. Una de las piedras marcaba la posición de propia estrella en su orto helíaco en el equinoccio primaveral, esto es, su salida por el horizonte en la fecha del equinoccio de primavera, que sólo tiene lugar una vez cada ciclo precesional. La otra piedra marcaba la posición de la estrella Vega (de la constelación de Lira), que es una de las cinco más brillantes del firmamento y que representaba una referencia estable en el hemisferio norte para los astrónomos de Nabta Playa durante aquel ciclo precesional. De este modo, quedaba despejada cualquier duda sobre la identidad de las estrellas, y Brophy pudo identificar en los megalitos alineados las seis estrellas más brillantes de la constelación de Orión (¡una vez más!) en su posición hacia el 6300 a. C.

Con todo, había otro hecho intrigante. Las piedras estaban colocadas a diferentes distancias con respecto del centro radial. ¿A qué se debía esta circunstancia? A simple vista no se veía una lógica en tal disposición, a menos que hubiera una intencionalidad oculta que justificase esa dispersión sobre el terreno. Brophy estuvo especulando con ese posible patrón de las distancias y entonces fue a dar con una explicación que cuando menos resulta impactante. Según su hipótesis, las distancias de los monolitos con respecto al centro reflejarían las distancias de las respectivas estrellas con respecto a la Tierra. Una vez consultados los estudios astronómicos más modernos sobre este tema[3], Brophy se quedó sorprendido, pues pudo apreciar una correlación o proporción entre las distancias sobre el terreno y las distancias en el espacio. Así, estableció que un metro de terreno vendría a ser aproximadamente 0,799 años-luz, aunque hay que ser muy cauteloso en este campo, pues ni siquiera en la actualidad –con todos los medios tecnológicos– se pueden dar por ajustadas y definitivas las distancias a las estrellas. A todo esto, Brophy afirmó que la posición de los megalitos podía contener otras informaciones como su velocidad relativa o su masa, sin descartar otros aspectos menores, como la posible presencia de estrellas compañeras o sistemas planetarios (en forma de pequeñas piedras al lado de los megalitos).

Pero este panorama, aun siendo bastante desconcertante, no era todo. La última sorpresa de Nabta Playa estaba en su subsuelo. Brophy se fijó en que, tras excavar dos túmulos de piedra, los arqueólogos habían llegado al firme suelo rocoso, que estaba decorado con formas esculpidas sin aparente sentido. Sin embargo, Brophy vio ahí la forma inconfundible de la Vía Láctea vista desde fuera, o sea, desde el polo norte galáctico. En otras palabras, se trataría de una especie de mapa a escala de nuestra galaxia, con sus brazos en espiral, que incluía de forma correcta la posición y orientación del Sol. Y lo que resultaba más chocante: también incluía la presencia de una pequeña galaxia enana (la de Sagitario), que no fue identificada ¡hasta 1994! Además, la posición de las piedras superiores –ya retiradas– marcaría aproximadamente el centro de la galaxia. Y para cerrar este delirante escenario, Thomas Brophy observó que una de las líneas de megalitos apuntaba directamente a ese centro galáctico; concretamente señalaba su orto helíaco primaveral hacia el 17770 a. C. En cuanto al otro túmulo excavado, las formas rocosas halladas se corresponderían con la galaxia de Andrómeda, lo que sería otro “mapa estelar”.

Teoría de la Correlación de Orión, según Bauval
En lo referente a la conexión de Nabta Playa con el antiguo Egipto, tanto Brophy como Bauval ven ahí la herencia o persistencia de unas observaciones y creencias de unas gentes “pre-civilizadas” que procedían del oeste y que se establecieron en tiempos prehistóricos en el actual Egipto, tal y como se defiende en libros como Black Genesis o Imhotep the African. Brophy fue más lejos y afirmó que –según su análisis arqueoastronómico de los “canales” de la Gran Pirámide– el conjunto de las tres grandes pirámides Guiza no fue diseñado y construido para marcar la culminación meridional de la constelación de Orión –lo que Bauval propuso en los 90– sino para reflejar sobre el terreno la culminación septentrional del centro galáctico hacia el 11000 a. C., a modo de un enorme reloj del ciclo precesional en piedra.

En fin, una vez expuestos los datos, confieso que me veo incapaz de valorarlos en justa medida, dado mi escaso conocimiento en temas de astronomía, en los que debo realizar un acto de fe y suponer que la investigación se ha hecho de forma rigurosa y ajustada al método científico. A su vez, las fuentes académicas que he consultado se centran en los trabajos de Wendorf y Malville y prácticamente omiten cualquier referencia a Brophy, y cuando se cita su interpretación sólo es para cuestionarla. No alcanzo pues a sacar alguna conclusión sobre las propuestas de Brophy, aunque entiendo que puede haber un cierto margen de error debido a las propias mediciones y también a los posibles sesgos de querer encontrar “a la fuerza” coincidencias significativas entre un montón de datos disponibles e interpretables, si bien el propio Brophy en algún momento dice que las posibilidades de que las alineaciones de megalitos de Nabta Playa fueran aleatorias estarían alrededor de menos de dos entre un millón, lo que obligaría a pensar en un hecho científico y no en meros caprichos de azar.

El misterio de Sirio
Sea como fuere, todo este asunto me recuerda bastante a la famosa polémica destapada por Robert Temple sobre la astronomía de los Dogon (tribu de Mali), que supuestamente tenían unos increíbles conocimientos astronómicos del sistema de Sirio, y ello sin disponer –obviamente– de ningún telescopio para realizar observaciones. Recordemos que la ciencia oficial, con Carl Sagan a la cabeza, se tiró a degüello de los “herejes” y vio esta historia como un fraude o tergiversación de lo que de verdad sabían los Dogon. Cualquier otra cosa “no podía ser”. En el caso de Nabta Playa también vemos unos altos conocimientos de astronomía materializados sobre el terreno en el periodo neolítico, que deberían atribuirse a unas tribus de pastores supuestamente muy poco civilizadas y que tenían una existencia más bien simple y primitiva. Pero si Brophy tiene razón, ¿cómo explicamos que esas gentes de hace 8.000 años –como poco– tuvieran un conocimiento aproximado de la distancia a las estrellas desde la Tierra? ¿Cómo casa ese paisaje de unas cuantas piedras erosionadas con una intención científica tan desarrollada?

Algo similar podría decirse de muchos monumentos megalíticos en otras partes del mundo –de la misma datación en época neolítica– que muestran no sólo una tremenda labor constructiva (por el tamaño y peso de las piedras) sino también un afinado diseño sobre el terreno enfocado a dos posibles fines: realizar observaciones astronómicas precisas y facilitar un seguimiento de determinados fenómenos cósmicos a lo largo de los tiempos, y todo ello sin descartar la plasmación física del firmamento –en forma de estrellas y constelaciones– sobre la Tierra, de acuerdo a la máxima hermética de “Como es arriba, así es abajo”. De hecho, Robert Bauval está convencido de que el Egipto faraónico (y su posible antecesor prehistórico) siguió dicha pauta de construir un enorme mapa estelar sobre el territorio a partir de determinados monumentos.

En todo caso, esta avanzada astronomía nos empuja a pensar que los antiguos no eran tan primitivos como creíamos y que tenían una obsesión muy marcada por los fenómenos cósmicos y la posición de los astros. ¿De dónde surgió tal interés y tal ciencia? Según algunos arqueólogos alternativos, estas trazas de alto conocimiento astronómico corresponderían en verdad a la herencia de una civilización desaparecida que legó su saber en piedra para que conservase durante los milenios. Algo, por cierto, mucho más inteligente que nuestro modo actual de procesar y conservar el conocimiento. Me imagino un futuro, de aquí a 5.000 años o más, en que nuestra civilización haya desaparecido. No quedará nada –tal vez unas pocas ruinas de hormigón y acero– de lo que fueron los gigantescos radiotelescopios de nuestra moderna ciencia y tecnología. Se habrán perdido los libros y los registros en soporte electrónico. No habrá ningún conocimiento, ninguna pista, ningún rastro de astronomía avanzada. En cambio, podemos suponer, seguirán en pie la Gran Pirámide, el crómlech de Stonehenge y los megalitos de Nabta Playa para quien pueda descifrar sus secretos.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Playa, en el idioma local, significa “lago seco”.
[2] También llamado Gran Año o Año platónico, se refiere al movimiento de bamboleo de la Tierra sobre su eje de rotación, que tiene una duración completa de 25.776 años.
[3] Sobre todo a partir de las mediciones realizadas por el satélite Hipparcos Space Astronomy Satellite.

viernes, 3 de mayo de 2019

America before: el nuevo libro de Graham Hancock


Acaba de salir al mercado internacional el último libro del conocido autor de best-sellers Graham Hancock, con el título de America before (“América antes”). Hancock es en la actualidad uno de los investigadores más leídos y comentados en el ámbito de la arqueología alternativa –sino el que más– y por ello he creído oportuno presentar una breve reseña de esta obra, que esperemos sea prontamente traducida y publicada en castellano como lo han sido sus anteriores trabajos. Vamos pues a analizar brevemente su contenido y su posible interés para los lectores ávidos de novedades en arqueología alternativa.

¿Qué nos ofrece Hancock en America before? La verdad es que, siendo honestos, el autor escocés no aporta demasiadas cosas novedosas e insiste grosso modo en la línea del reciente Magicians of the Gods (2015), que era una secuela o ampliación del imprescindible clásico Fingerprints of the Gods (1995). Una vez más, el eje de todo el discurso es la defensa de una hipotética civilización desaparecida que existió en tiempos antediluvianos y que fue víctima del tremendo cataclismo global que Hancock sitúa alrededor del 10800 a. C., como consecuencia del impacto de un cometa o meteorito en el hemisferio norte, más concretamente en América[1].

No obstante, Hancock ha ido esta vez más lejos y ha estado buscando argumentos diversos que desmonten las teorías convencionales sobre la Prehistoria del continente americano, en particular con relación a su primer poblamiento humano y al origen de tal poblamiento. El motivo por el que se haya centrado ahora en América es probablemente porque allí hay una importante fuente de polémicas prehistóricas y porque conoce bien el terreno, debido a sus múltiples viajes por la zona, de un extremo al otro del continente. En esta ocasión, Hancock reedita sus exploraciones en los dos subcontinentes americanos a la búsqueda de anomalías y datos sorprendentes que refuercen sus visiones sobre un mundo perdido que los académicos parecen ignorar o despreciar, haciendo hincapié en la herética teoría de que quizás el origen de la civilización no deba focalizarse en el Viejo Mundo, sino en el Nuevo.

Artefactos de la cultura Clovis
En primer lugar, Hancock pone el dedo en una llaga bien conocida, que no es otra que la cronología del poblamiento humano en América. Frente a la tradicional versión ortodoxa de la llamada cultura Clovis[2], que data la irrupción de los humanos en América hacia el 11000 a. C., Hancock saca a la palestra nuevos datos que remontan la presencia humana en el continente a nada menos que 130.000 años, según unos recientes descubrimientos localizados en el sur de California. A todo esto, debemos decir que Hancock tal vez no quiera meterse en demasiados líos, pues es bien sabido que algunos científicos han descubierto y datado diversos restos de presencia humana de mayor antigüedad, como en los controvertidos yacimientos de Calico (EE UU), Hueyatlaco (México) y Toca da Esperança (Brasil), que se sitúan en horizonte aún más audaz, de entre 200.000 y 400.000 años.

En segundo lugar, Hancock explora otro tema que ya había tocado tangencialmente en trabajos anteriores, y es la diversidad de culturas o etnias de la América arcaica, poniendo de relieve que la antigua población indígena no se debía exclusivamente a la penetración de pueblos asiáticos por el estrecho de Bering[3]. En este sentido, el autor escocés aporta datos sobre unos recientes análisis de ADN de comunidades indígenas del Amazonas, que muestran una inesperada presencia de material genético propio de los aborígenes de Australia y de gentes de la Melanesia. Este hecho, una vez más, pondría sobre la mesa el viejo debate sobre si los pueblos del Pacífico pudieron llegar a Sudamérica –y establecerse allí en cierto número– en tiempos remotos, como ya se sabe que sí hicieron en la isla de Pascua.

Típico mound indígena en EE UU
En tercer lugar, America Before nos ofrece una comparativa entre culturas ampliamente separadas en el espacio y el tiempo, como el antiguo Egipto y la cultura del valle del Mississippi, que es relativamente poco conocida fuera de los Estados Unidos, pero que resulta muy notable por sus famosos mounds (túmulos o colinas artificiales). Hancock busca aquí los paralelismos en las creencias y costumbres de ambos pueblos, y certifica una serie de rasgos similares en las tradiciones religiosas y funerarias, así como en la iconografía ritual. Todo ello, a juicio del autor, no puede ser mera casualidad, sino fruto de un origen común muy arcaico, lo cual le permite revivir el clásico difusionismo, una teoría ampliamente combatida desde hace décadas por el estamento académico, actualmente instalado en el aislacionismo o autoctonismo.

En cuarto lugar, tenemos un asunto que ya traté aquí en su momento, que no es otro que la posibilidad de que hubiera existido una civilización desconocida en medio en la región amazónica. Hancock se refiere en concreto a las investigaciones sobre diversos restos que desmontan la típica imagen de un terreno salvaje y apenas poblado por tribus primitivas de cazadores-recolectores desde hace milenios. En este campo, se citan los modernos hallazgos de obras sobre el terreno y huellas de poblamiento avanzado, así como de remodelación del paisaje natural, cuya datación se remonta a más de 13.000 años. Así, Hancock se fija en el gran logro de la llamada terra preta (“tierra negra”), un esfuerzo por convertir la tierra improductiva en tierra muy fértil capaz de sostener a grandes comunidades humanas. Además, estos pueblos tendrían amplios conocimientos de geometría y astronomía, tal y como se puede deducir de sus monumentos sobre el terreno (que Hancock compara con Stonehenge y Angkor Vat), aparte de unos imponentes geoglifos, parecidos a los que se pueden admirar en Norteamérica.

El catastrofismo cósmico como explicación
Finalmente, cabe mencionar la insistencia de Graham Hancock en su tesis catastrofista, que lleva incubando desde Fingerprints of the Gods. En este sentido, se reafirma en que hubo una gran catástrofe planetaria hace unos 12.800 años causada por múltiples impactos de grandes fragmentos (algunos de ellos de más de un kilómetro de diámetro) de un cometa, si bien el epicentro estuvo sin duda en Norteamérica. Esto, a su vez, provocó la rápida fusión de buena parte de la capa de hielo ártica que arrasó seguidamente enormes extensiones de terreno. En este campo, Hancock se apoya en el trabajo de unos 60 científicos que defienden esta tesis desde principios de este siglo, aunque a decir verdad la mayoría de la comunidad científica no ve claro el tema del impacto del cometa. En todo caso, sí que empieza a existir un mínimo consenso científico en que hacia esas fechas ocurrió un gran cataclismo global cuya naturaleza, origen y magnitud es aún objeto de controversia. Sea como fuere, Hancock considera que en el lapso que duró esta época oscura y catastrófica (unos 1.200 años) desapareció toda una civilización global.

Este vendría a ser el panorama que nos desvela Hancock con su nuevo trabajo, que incide en contenidos ya presentados anteriormente, y visto lo visto no se aparta mucho de la estela temática de Magicians of the Gods, sólo que ahora se centra en el continente americano. A este respecto, me permito realizar dos reflexiones. Por un lado, parece evidente que a estas alturas Hancock está agotando los enfoques y los temas, y más bien está dedicándose a ampliar contenidos concretos a partir de investigaciones puntuales. ¿Estamos pues ante un déjà vu? Admito que siento un gran respeto por todo lo que ha aportado Hancock desde hace más de veinte años en el ámbito de la arqueología alternativa, pero es posible que su faceta de autor esté fagocitando a la de investigador. En este sentido, la realidad es que desde finales de los 80 –cuando dejó su trabajo de periodista– se ha estado dedicando en cuerpo y alma a la escritura como modus vivendi y ello provoca la necesidad de seguir creando expectación con cada nueva obra, lo que cada vez se hace más difícil. Así, como autor profesional que vive de sus libros, debe publicar nuevos materiales cada cierto tiempo y tal vez este factor esté marcando la calidad de su producción.

G. Hancock
Por otro lado, veo que cada vez más tiende a acercarse al mundo académico (aunque sea a través de voces más o menos heterodoxas) y a no complicarse la vida o a exponer teorías más audaces. En efecto, a lo largo de su carrera literaria, y sobre todo al principio, Hancock tuvo muchas críticas –algunas feroces– y con el tiempo su discurso se ha ido moderando y encajando en patrones más próximos a la investigación científica académica. Otros autores, como su amigo Robert Bauval, han seguido este mismo camino buscando un cierto reconocimiento y un aire de rigor y seriedad que, dicho sea de paso, se echa en falta en otras tendencias más fantasiosas de la arqueología alternativa. Entretanto, Hancock ha tenido el gran acierto de explotar otros terrenos y escribir libros de temáticas alternativas o incluso de ficción, como las novelas Entangled o War God.

Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente, y creo que Hancock se ha dejado en el tintero temas no poco polémicos relacionados con la paleontología o arqueología americana, como podría ser la presunta supresión de pruebas llevada a cabo por el Smithsonian, la posible existencia de seres humanoides como el bigfoot, el turbio asunto de Hueyatlaco (que sigue en el limbo entre la versión oficial y la herética), la extraña presencia de individuos de cráneos alargados en diversos puntos del continente, las nuevas investigaciones sobre el megalitismo americano o el oscuro tema de los gigantes, que tiene una especial incidencia en aquellas tierras con testimonios y pruebas de todo tipo. Recuerdo bien que cuando entrevisté a Hancock en 2013 le pregunté específicamente por los gigantes y me respondió que no creía en ellos y que de hecho no le interesaba en particular el tema. Bien, cada uno es libre de enfocar su investigación como estime oportuno y seguro que un servidor de ustedes es culpable de incontables omisiones, sesgos y errores en sus estudios.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons y Santha Faiia (foto de G.H.)



[1] Precisamente, uno de los temas centrales de Magicians fue el exhaustivo estudio geológico que muestra las huellas de un terrible cataclismo en Norteamérica, a causa de un evento cósmico (la caída de grandes fragmentos de un cometa).

[2] Hay que resaltar, empero, que hoy en día ya se admite la existencia de un horizonte “Pre-Clovis”, con una antigüedad máxima que no superaría los 25.000 años.


[3] Cabe destacar que, en libros y artículos anteriores, Hancock ya había llamado la atención sobre diversas pruebas (esqueletos, esculturas, etc.) según las cuales la América antigua parecía haber sido poblada también por individuos semíticos, caucásicos, negroides o asiáticos procedentes de China.