martes, 2 de mayo de 2017

Herejías evolutivas


A estas alturas, y después de largos años de creencia en una teoría (el evolucionismo) que tiene mucho de ideología y más bien poco de ciencia, tengo que admitir que cuanto más me he adentrado en el estudio del origen de ser humano, menos certezas he obtenido. Sé que podría parecer un contrasentido, pero la acumulación de datos y hechos, y el contraste entre la ortodoxia darwinista y los postulados alternativos no me han aportado más luz, sino más duda y confusión. Pero, en fin, no es que desde posiciones disidentes se vean las lagunas y contradicciones, es que ya los propios científicos ortodoxos –defensores a ultranza del evolucionismo como hecho científico indiscutible– están empezando a reconocer que están perdidos en un laberinto de pruebas contradictorias y conjeturas del que no tienen la menor idea de cómo van a salir.

¿Y todo esto por qué? Básicamente porque desde los tiempos de Charles Darwin se ha ido construyendo un complejo edificio teórico fundamentado en una ideología racista, ultraliberal y competitiva, tal y como algunos científicos heterodoxos, como el profesor Máximo Sandín, han señalado oportunamente. Y lo que es más llamativo es que ya desde el siglo XIX se pudo observar que había una evidente falta de pruebas que el propio Darwin achacó al aún insuficiente conocimiento del registro fósil de especies vegetales y animales. Con el tiempo, no obstante, fueron apareciendo algunas pruebas físicas que parecían ratificar la teoría, aunque se seguía sin obtener un registro completo que mostrara la esperada gradualidad o uniformidad de la evolución de las especies a lo largo de millones de años, tal como reconoció un científico tan prestigioso como Stephen Jay Gould hace no muchas décadas.

S. J. Gould
La solución para este problema la sugirió el propio Gould –junto con Niles Eldredge– al plantear la posibilidad de un cierto equilibrio puntuado, según el cual en ciertos momentos, y debido a factores ambientales, las especies experimentarían saltos o discontinuidades bruscas que romperían el ritmo uniforme (o lento) de los cambios. De este modo, la evolución no sería siempre un proceso gradual o regular, sino que a veces se producirían cambios rápidos en poco tiempo sobre poblaciones muy localizadas y de escaso número de individuos, lo que a su vez explicaría la ausencia en el registro fósil de diversas formas transicionales entre las especies más arcaicas y las más modernas. Por cierto, que todo esto como planteamiento teórico está muy bien pero no ha habido forma humana de demostrarlo con pruebas fehacientes y se han tenido que violentar los propios fundamentos de la ciencia biológica para hacer que la teoría triunfase sobre la observación de la realidad.

De hecho, según el científico del CSIC Emilio Cervantes: 
Si se mira desde un punto de vista estrictamente científico, experimental, entonces la Teoría de Evolución por Selección Natural de Darwin no es una teoría científica, porque no es demostrable mediante experimentación y no es refutable. [...] La biología es la ciencia experimental poderosa y predominante en nuestro tiempo. Por lo tanto, la biología no puede someterse a las teorías especulativas de la evolución, sino al contrario.”[1]
Pero vayamos al origen del ser humano, siguiendo unos patrones “evolutivos”. Como es obvio para la ciencia actual que los homínidos no surgieron por arte de magia o por la obra de un creador, debe haber una causa natural que marcara el arranque de una línea evolutiva avanzada dentro de los primates y que luego fuera a desembocar al género Homo, cuyo último representante somos nosotros, el Homo sapiens. A este respecto, se han ido proponiendo teorías o escenarios en que podría haber tenido este desarrollo evolutivo, siendo la propuesta más aceptada la del investigador francés Yves Coppens, la llamada East Side Story. Y todo ello dentro de los márgenes de la citada gradualidad o uniformidad, yendo de los especímenes más primitivos a los más modernos, en un largo y lento progreso tanto de los rasgos físicos como de los intelectuales.

No obstante, el resultado de 150 años de estudios y hallazgos paleontológicos no ha sido precisamente una perfecta cadena de seres que van gradualmente desde el simio hasta el hombre moderno y en la que debía haber sus correspondientes y bien identificados eslabones de transición (incluido el famosísimo “eslabón perdido”). Antes bien, los hallazgos, que han sido escasos y relativamente incompletos, han ofrecido un panorama muy diverso en forma de arbusto, con varias líneas o ramas que los expertos tratan de relacionar y casar para aclarar las continuidades, discontinuidades o vías muertas que llevarían de los homínidos más primitivos hasta nosotros mismos.

El clásico esquema evolutivo humano
Y en este contexto, todo el edificio de la selección natural y la “mejora” de las especies debe funcionar en una escala lineal de tiempo, según la cual lo más arcaico y menos “adaptado” debe ser anterior a lo más moderno y avanzado, y así pues las formas primitivas y deficientes deben desaparecer en beneficio de las especies más capaces para subsistir y reproducirse. Siguiendo este modelo pensamiento, sólo nosotros estamos aquí, en el mundo actual, como representantes máximos de esa línea evolutiva; todos los demás desaparecieron hace muchos miles de años.

Sin embargo, las propias pruebas paleoantropológicas obtenidas durante el siglo XX y principios del XXI nos muestran un escenario más bien confuso, incluyendo datos contradictorios o heréticos, que son aparcados o explicados según el filtro cognitivo del paradigma imperante. De esta manera, se intenta salir airosamente de los apuros a base de suposiciones y de confianza en futuros descubrimientos que acabarán por despejar definitivamente la vía evolutiva humana. Pero pasemos ahora a explorar algunos ejemplos de estas “herejías”.

Como es bien sabido, la ortodoxia evolucionista da por hecho que los antecesores directos del género Homo son los llamados australopitecinos, una familia de homínidos arcaicos que ya tendría las primeras características “humanas”[2] y que sólo se ha localizado en África, con una datación de unos pocos millones de años. A grandes rasgos se dividen en gráciles y robustos, aunque los paleontólogos no tienen demasiado claro qué línea concreta fue la que condujo al género Homo. E incluso, yendo un poco más allá, ya se habla de pre-australopitecinos, los que habrían estado antes que los primeros australopitecos, también en África por supuesto. Pues bien, en 2002 se halló en el Chad un cráneo bastante completo de un pequeño homínido, y se dató en 6-7 millones años. Este nuevo homínido, un supuesto pre-australopitecino que fue denominado científicamente Sahelantropus chadensis, mostraba unas características muy especiales, con una combinación de rasgos claramente simiescos con otros bastante similares a los humanos.

Sahelantropus chadensis
En primer lugar, lo más simiesco era el propio tamaño y forma del cráneo, pequeño y alargado, el rostro prognato y los arcos supraciliares muy marcados. Pero. por otro lado, sus pequeños caninos eran similares a los humanos, así como la posición del foramen mágnum (enlace del cráneo con la columna vertebral), situado más hacia el centro del cráneo en vez de la parte trasera, rasgo típico de los simios. En cuanto a su posible bipedalismo, los expertos no se ponían de acuerdo y más bien lo dejaban en entredicho. No obstante, sumando todos sus rasgos, se consideró que el Sahelantropus podría haber sido antecesor de los humanos y que también podría tener relación con los modernos chimpancés y gorilas.

Llegados a este punto, cabe destacar que el fuerte arco supraciliar es muy típico del Homo erectus (y también de los neandertales)[3], pero aquí saltan las alarmas, pues la amplia familia de los australopitecinos –datada entre 4,5 y 1 millón de años aproximadamente– carece de esta característica... con lo cual aparece en escena la terrible sospecha de que todos nuestros queridos australopitecos no sean precursores directos del ser humano, echando por tierra los cimientos del discurso aceptado sobre la evolución humana[4]. Ahí es nada.

Huella de Laetoli
Puestos a plantear más dudas sobre los australopitecinos, cabe mencionar las muy conocidas pisadas o huellas de Laetoli (Tanzania)[5], localizadas en 1979 y que también se atribuyeron a un grupo de australopitecos, por la sencilla razón de que –dada la datación geológica de unos 3,7 millones de años– no había más homínidos supuestamente bípedos sobre el planeta que los australopitecos. Sin embargo, la propia descubridora, Mary Leakey (esposa de Louis), reconoció que dichas huellas eran prácticamente indistinguibles de las del humano moderno. El grave problema, que aún persiste, es que disponemos de huesos de pie de australopiteco –bastante más simiesco que humano– y de algunas de sus pisadas, y no coinciden con lo que se puede ver en Laetoli. Luego, o bien estamos quizá ante un homínido desconocido (pariente o no de los australopitecinos) o bien se trata de pisadas de un Homo, en una época aparentemente “imposible”[6].

Y sin salir de África, tenemos otro ejemplar descubierto por el equipo de Louis Leakey que generó gran controversia en su momento y que a día de hoy sigue aparcado en un cierto limbo científico, pues los expertos no han sabido clasificarlo o relacionarlo con otros homínidos anteriores o posteriores. Me estoy refiriendo al llamado cráneo “ER 1470” hallado en Kenya en 1972, y que luego fue bautizado con el nombre técnico de Homo rudolfensis. En un principio se le dató en unos 3 millones de años y se le concedió una capacidad craneal de nada menos que 700 cm3.

Homo rudolfensis
Realmente, este hallazgo supuso un dolor de cabeza para los expertos porque dadas sus características físicas parecía de la familia del Homo habilis pero tenía características distintas, con un aspecto más “humano”, lo que podría hacerle candidato a ancestro directo del hombre moderno, aunque algunos expertos se salieron por la tangente y lo clasificaron como un australopiteco más grácil (y recordemos que las cronologías ejercen de potente prejuicio a la hora de clasificar los hallazgos). Pero la polémica persistía y no era poca cosa, pues este cráneo era notablemente más grande y más antiguo que el del habilis (datado entre 2,5 y 1,4 millones de años). Sin embargo, las aguas volvieron a su cauce cuando pocos años después el H. rudolfensis fue redatado en 1,9 millones de años y se rebajó su capacidad craneal a unos 500 cm3, lo cual encajaba mucho mejor en una escala evolutiva Asimismo, hubo cierta discusión por la manera en que se reconstruyó el cráneo, para darle un aspecto más simiesco. De hecho, no pocos especialistas lamentan que las reconstrucciones de antiguos homínidos (a veces de cuerpo entero) están teñidas de sesgos y prejuicios para hacerlas más “simiescas” o “humanas” según lo que le interese demostrar al investigador.

Después tenemos otro conjunto de herejías que ya he citado ampliamente en este blog, y que se refiere a los restos de homínidos en el continente americano. Allí, la ortodoxia académica sigue sin moverse de su horizonte Clovis (o pre-Clovis), que asegura que los humanos (se entiende el Homo sapiens) no se establecieron en el continente americano antes de 25.000 a. C. como fecha máxima[7]. No obstante, desde hace décadas se viene acumulando una irrefutable evidencia en forma de pruebas arqueológicas de una presencia humana en América que se puede remontar en algunos casos a cientos de miles de años, sin que quede claro si esa presencia pudiera incluir homínidos más arcaicos, como el propio Homo erectus.  Así, la lista de yacimientos polémicos desde Alaska a la Patagonia se ha ido ampliando desde hace al menos medio siglo: Monte Verde (Chile) con 33.000 años; Sheguiandah (Canadá), entre 65.000 y 125.000 años; Texas Street (EE UU), entre 80.000 y 90.000 años; Calico (EE UU), unos 200.000 años; Toca da Esperança (Brasil), entre 200.000 y 290.000 años; y Hueyatlaco (México), entre 250.000 y 400.000 años.

Finalmente, cabría citar otro aspecto que resulta especialmente herético y molesto, que no es otro que la aparición de homínidos supuestamente muy arcaicos en épocas recientes. Este hecho resulta particularmente embarazoso porque violenta el principio de que las especies más antiguas acaban por desaparecer y son sustituidas por especies más modernas, más capaces y mejor adaptadas, esto es, más “evolucionadas”. Y lo que es peor, tales especies se superponen unas con otras durante largos periodos de tiempo sin que haya “sustitución”, aparte de no mostrar apenas ningún signo de cambio anatómico a lo largo de cientos de miles o millones de años de existencia. Por ejemplo, el Homo erectus (datado entre 2 y 0,3 millones de años) cada vez tiene una mayor extensión cronológica, sobre todo hacia adelante, pues se le suponía extinguido hace 300.000 años pero se han identificado restos de erectus en Java de hace 50.000 años y otros de apenas unos 6.000 años, si bien estos últimos han sido rechazados por gran parte del estamento académico.

Hombre de la cueva del ciervo
Pero, para desconcierto de muchos, las “rarezas” siguen apareciendo en el registro arqueológico, como el llamado Hombre de la cueva del ciervo rojo, un homínido hallado en 1989 en China[8]. Se trataba de un homínido de aspecto tosco o arcaico, con marcados rasgos físicos atribuibles al Homo erectus o incluso al Homo habilis, como por ejemplo su moderado tamaño craneal, su prominente arco supraciliar, su ancha nariz, su fuerte mandíbula sin mentón o sus grandes dientes molares. No obstante, la sorpresa saltó cuando se obtuvieron las dataciones por radiocarbono a partir de unos restos de carbón, que arrojaron unas fechas extremadamente modernas, entre 14.500 y 11.500 años de antigüedad. Por supuesto, el hallazgo de estos peculiares restos humanos provocó el consiguiente debate evolutivo, en el cual se propusieron soluciones para todos los gustos: desde que era una nueva especie –tal vez procedente de África– que se debía clasificar a que era el resultado de la hibridación de humanos modernos y denisovianos[9], pasando por un escenario de supervivencia de una población marginal de homínidos primitivos.

Imagen de Azzo Bassou
A todo esto, la ortodoxia científica no quiere saber nada de posibles homínidos arcaicos (¿parientes nuestros?) todavía vivos en la actualidad, como los legendarios yeti, bigfoot, almas, etc. que según varios investigadores alternativos –y algún académico disidente– son especímenes bien reales que comparten determinados rasgos plenamente humanos con otros más simiescos. Así, se suelen citar los múltiples informes de huellas y avistamientos, e incluso algún caso de captura de uno de estos seres, como la llamada Zana, una supuesta hembra almas encontrada en Siberia y de aspecto neandertal, que vivió en el siglo XIX. Pero aún hay más, pues se tiene constancia –con testimonios y pruebas fotográficas– de la existencia en los años 30 del siglo pasado de un ser humano que bien podríamos calificar de neandertaloide, según su marcada fisonomía, si bien su pequeño cráneo se asemejaría más al de un Homo erectus. Era un individuo llamado Azzo Bassou, originario del valle de Dadès (Marruecos), de aspecto y comportamiento muy primitivos. Y por cierto, la comunidad científica no pareció estar demasiado interesada en este caso.

Sin embargo, el ejemplo arquetípico de las herejías evolutivas es el muy reciente Homo floresiensis (de la isla de Flores, en Indonesia), descubierto en 2003 en la cueva de Liang Bua. Se trata de una especie de humano anatómicamente moderno en muchos aspectos pero de talla muy reducida –alrededor de 1 metro– por lo cual recibió el apodo de “hobbit”. En cuanto a su cronología, según las pruebas radiométricas, se estima que vivió entre el 90000 a. C y el 13000 a. C., que resultan ser unas dataciones considerablemente modernas para un homínido tan pequeño y primitivo, y que parece aislado de cualquier relación evolutiva con los homínidos contemporáneos o inmediatamente anteriores.

En un principio se barajó la hipótesis de que fuera una comunidad aislada de sapiens (o incluso erectus) afectada por la enfermedad del enanismo, aunque era muy forzado imaginar un proceso de fuerte enanismo a partir de homínidos de talla y peso muy superiores. Así pues, se acabó por imponer la visión de que estamos ante una nueva –y desconcertante– especie, que a pesar de mostrar algunos rasgos arcaicos no sería muy distinta de los humanos modernos. Con todo, esta especie de “pigmeo” destaca por tener un cráneo muy pequeño (alrededor de 400 cc.), con una capacidad semejante a la de los australopitecos o incluso a los actuales chimpancés.

Cráneo de un Homo floresiensis
No obstante, según las pruebas arqueológicas, los hobbits eran capaces de realizar herramientas líticas de una factura y calidad similar a las realizadas por los neandertales y los sapiens. De hecho, según se pudo observar al estudiar su endocráneo, la estructura del cerebro del floresiensis sería bastante semejante a la de los humanos modernos, con un lóbulo frontal y unos temporales muy desarrollados, que son zonas asociadas al lenguaje y a las habilidades racionales. Pero, claro, dada la escasa estatura y ciertos rasgos arcaicos del floresiensis, los especialistas trataron de buscarle unos ancestros evolutivos adecuados, descartando lógicamente al sapiens. Así pues, propusieron en primer lugar al Homo erectus por ser la especie que cronológica y geográficamente podría casar como antecesor directo, aunque en contra de esta teoría cabe decir que a día de hoy no hay pruebas físicas de su presencia en la isla y su semejanza es bastante discutible.

Cráneo de un australopiteco
De este modo, surgieron otros candidatos más afines en términos de fisonomía como el conocido Homo habilis o bien algún tipo de nuestros socorridos australopitecinos, e incluso una especie recientemente identificada con el nombre de Homo georgicus[10]. Con todo, dichas propuestas tenían el grave inconveniente de plantear que estos homínidos tan primitivos habrían recorrido enormes distancias desde la lejana África o desde Asia y habrían perdurado mucho más de lo aceptado, pues ninguno de estos aspirantes seguía vivo hace un millón de años (según la ortodoxia). Y luego no faltaron los que –en un acto de humildad científica– reconocieron que el ancestro del pequeño hobbit tal vez sería una especie diferente y aún desconocida.

Y para acabar de rematar las incógnitas, en Mata Menge (otra cueva de Flores) se encontraron unos utensilios líticos –no muy distintos de los realizados por el hobbit– con una increíble antigüedad de 840.000 años, pero sin ningún resto óseo humano, aunque a falta de más datos dichos artefactos se atribuyeron –nuevamente por prejuicio cronológico– a los erectus. Pero esto obliga a suponer que los erectus ya estaban allí en tan remota fecha y que además habrían tenido que navegar para alcanzar la isla, pues Flores, a diferencia de otras islas de Indonesia, no estaba conectada a la masa continental asiática en esa remota era.  O sea, si la datación es correcta[11], nadie sabe qué homínido estaba allí por aquella época y sobre todo cómo pudo llegar, pues la población humana de las islas del Pacífico se remonta a unas decenas de miles de años, pero no a cientos de miles.

De momento, nadie sabe con certeza de dónde salió el Homo floresiensis, por qué sólo lo encontramos ahí, o cómo acabó por extinguirse, sabiendo que convivió bastantes miles de años con el Homo sapiens. Entretanto, la ortodoxia evolucionista sigue rompiéndose la cabeza para hacer encajar las múltiples pruebas en su brillante e indiscutible teoría.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] CERVANTES, E. El Traje Nuevo de Darwin: Una opinión personal y otros puntos de vista sobre la Teoría de Evolución por Selección Natural. Digital CSIC handle/10261/6161
[2] Especialmente, la postura erguida y la locomoción bípeda.
[3] En cambio, nosotros, los sapiens, “perdimos” esta característica facial de nuestros supuestos antepasados sin que haya ningún motivo especial que explique ese salto evolutivo.
[4] Para la visión académica, el primer Homo, el Homo habilis, debe descender sin duda de alguna línea de australopitecinos. De todas formas, es de justicia puntualizar que algunos investigadores, incluido el famoso Louis Leakey, nunca creyeron que los autralopitecinos –dadas sus claras formas simiescas– estuvieran en la línea evolutiva principal de los humanos
[5] Véase el artículo específico sobre el tema en este mismo blog.
[6] Para Michael Cremo, creacionista hindú, no se debe excluir la posibilidad de que se trate de un humano anatómicamente moderno, u Homo sapiens, ya que –según las escrituras védicas– el ser humano es muchísimo más antiguo de lo que defiende la teoría darwinista.
[7] De hecho, a la cultura Clovis (de New México, EE UU) se le concedía una antigüedad de pocos más de 12.000 años.
[8] Concretamente en la cueva Maludong, en la provincia de Yunnan. El descubrimiento corrió a cargo de un equipo internacional chino-australiano.
[9] Hipótesis planteada por el paleontólogo británico Chris Stinger. Los denisovianos son una especie de reciente identificación a partir de unos escasos restos óseos hallados en Siberia. Sin embargo, los investigadores han localizado trazas genéticas de este ser casi desconocido en varios ejemplares de homínidos, sugiriendo que se cruzó tanto con el neandertal como con el sapiens.
[10] Homínido descubierto en Dmanisi (Georgia) y de talla no superior a 1,50 metros, con rasgos arcaicos semejantes al Homo habilis. Su datación se sitúa alrededor de 1,8 millones de años.
[11] Cabe señalar que algún experto ha negado que estos artefactos puedan ser tan antiguos, considerando que se produjo un error metodológico en la datación. Así, los artefactos serían mucho más modernos (unos 20.000 años) y se deberían atribuir al Homo sapiens.

jueves, 20 de abril de 2017

Los extraños petroglifos de la Piedra Cochno


Según nos confirma la arqueología, desde la más remota Prehistoria las sociedades primitivas realizaron trazados o grabados sobre piedra, lo que técnicamente se denomina petroglifos. Estos trazados, que van de lo relativamente naturalista a lo más simbólico, vendrían a ser una representación de su mundo cotidiano y de su sistema de creencias, que no siempre podemos captar en su significado último. De hecho, existen en todo el mundo muchos petroglifos que todavía nos resultan bastante incomprensibles, pues o bien muestran objetos o seres que no acabamos de descifrar en su simbolismo o bien se trata de formas geométricas o abstractas cuya interpretación es a menudo un auténtico rompecabezas.

Entre estos petroglifos tan peculiares por su extraño simbolismo, vale la pena destacar los que figuran en la llamada Piedra Cochno, un objeto arqueológico ubicado en Escocia y que es muy poco conocido por el público en general más allá de las fronteras del Reino Unido. Vamos a comentar en este breve artículo las particularidades de este objeto megalítico, su curiosa historia y las diversas incógnitas que suscitan sus enigmáticos petroglifos.

Signos grabados sobre la Piedra Cochno
La Piedra Cochno[1], de forma más o menos ovoide, es un gran bloque de arenisca de unos 13 metros de largo por unos 8 de ancho. Fue descubierta por el reverendo James Harvey en 1887 en un lugar llamado Auchnacraig, en las cercanías de la urbanización Faifley (West Dunbartonshire), próxima a la ciudad de Glasgow. En realidad, la Piedra ya era conocida desde hacía mucho tiempo por los pastores y los guardabosques locales. De hecho, aún conservaba un antiguo nombre gaélico, Cochno o Cauchanach, que significa “lugar de tacitas”. En aquella época, la Piedra sobresalía apenas un poco sobre el terreno pero se podían apreciar ciertas marcas sobre su superficie, y precisamente tales marcas –que también aparecían en otras piedras del lugar– se asemejaban a pequeñas concavidades o tazas rodeadas por anillos concéntricos, lo que ha dado el nombre coloquial de “taza y anillo” a este estilo de petroglifo. Asimismo, se identificaron otras formas geométricas, como espirales, y unos raros pies de cuatro dedos[2].

A raíz del hallazgo, la Piedra fue totalmente despejada y se realizaron dibujos y calcos de las 90 marcas o surcos, que cubrían aproximadamente la mitad de la superficie. Este material fue publicado en el Journal of the Society of Antiquaries of Scotland en 1889. Posteriormente, la Piedra fue objeto de diversos estudios in situ, destacando la peculiar intervención realizada en los años 30 del siglo pasado por el arqueólogo amateur Ludovic Maclellan Mann, que consideraba que el arte rupestre poseía algún tipo de significado cosmológico. Y así, en un arrebato de excentricidad, se dedicó a pintar los anillos en blanco y los diferentes motivos de la Piedra en varios colores. Además, trazó una gran rejilla en amarillo por encima de los signos. De este modo, Mann trataba de encontrar algún patrón cosmológico que relacionara las figuras, pero no pudo llegar a ninguna conclusión. No obstante, aún en la actualidad algunos expertos no descartan que el conjunto de símbolos pudiera tener alguna significación astronómica.

En cuanto a su cronología, las investigaciones emprendidas concluyeron que la Piedra, así como el conjunto de petroglifos localizados en el área circundante, tenía una antigüedad de unos 5.000 años, y que debía ubicarse pues entre el Neolítico y la Edad del Bronce. Ahora bien, sobre los autores de los grabados y el significado de éstos no se pudo decir gran cosa, más allá de constatar el gran paralelismo con otros antiguos petroglifos de varias partes del planeta.

La Piedra Cochno convertida en espectáculo
Sea como fuere, la Piedra se convirtió en objeto de interés turístico local y empezó a ser visitada masivamente, lo que causó que muchas personas caminaran sobre su superficie y, lo que es peor, que realizaran graffiti en las partes más blandas de la roca. Así pues, en 1965, y a fin de evitar que fuera objeto de actos vandálicos, la Piedra fue vuelta a enterrar y quedó relegada a cierto olvido durante décadas. Esta situación se mantuvo hasta que en 2015, tras 50 años de abandono, un equipo de investigadores –con el apoyo de la Universidad de Glasgow– ha procedido a su “redescubrimiento” y limpieza[3], y ha impulsado un proyecto de investigación, el Cochno Stone Project, centrado en realizar una perfecta imagen en 3-D del objeto. El objetivo de esta iniciativa es doble. En primer lugar, se quiere disponer de una fiel representación tridimensional digital que permita estudiar en detalle los petroglifos sin necesidad de recurrir al objeto físico. Y en segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, se pretende enterrar la Piedra de forma definitiva para preservarla de los elementos y de la acción del hombre.

Pero ¿qué tienen de especial los signos grabados en la roca? ¿Por qué los arqueólogos están tan faltos de explicaciones? Este es realmente el quid de la cuestión y lo que ha llevado a sugerir las más variadas teorías e interpretaciones, que van de las visiones académicas “habituales” a los planteamientos propios de la arqueología alternativa, siendo algunos de ellos relativamente moderados, como los del ya citado Mann u otros más radicales, como los que han relacionado los anillos concéntricos con los famosos crop circles de la campiña británica, incluyendo de paso intervenciones extraterrestres.

Y para que no falte el tono misterioso, el investigador alternativo Wayne Herschel (especialista en arqueoastronomía) sospecha que hay otros motivos para mantener la Piedra bajo tierra. En concreto, piensa que esta operación podría tratar de ocultar un evidente mapa estelar, que incluiría constelaciones tan destacadas como Orión o las Pléyades, aunque no queda claro qué podría de haber de comprometedor en tal mapa (si es que en efecto es un mapa cósmico). No obstante, Herschel profundiza en una línea conspirativa y afirma que los grabados han sido retocados en la actual restauración, pues a su juicio no coinciden con lo que se ve en las fotos antiguas.

En cuanto a las interpretaciones más o menos ortodoxas, el historiador Alexander McCallum ha reconocido que los enfoques son múltiples y que de momento no hay forma de confirmar ninguno de ellos. Además, cree que la Piedra podría haber tenido usos distintos a lo largo de los siglos. Sólo a modo de muestra, podemos citar algunas de estas interpretaciones más socorridas:

  •  Algún tipo de escritura primitiva.
  • Un marcador tribal o territorial, una especie de “hito”.
  • Un mapa del terreno, concretamente de los asentamientos del valle del Clyde.
  • Un mapa del firmamento.
  • Un lugar simbólico de celebración de la vida, muerte y renacimiento.
  • Un lugar de prácticas rituales, tal vez un altar en el cual se vertían líquidos sobre las “tazas” y los anillos.
  • Un objeto puramente decorativo o “artístico”.


Espirales grabadas sobre un gran megalito
Asimismo, se ha intentado abrir una vía de estudio a partir del entorno físico de estos petroglifos. Según esta visión, el paisaje circundante debería dar pistas sobre la función de los grabados, lo cual también se ha aplicado hasta cierto punto en la cuestión del megalitismo. Así, algunos expertos han apuntado a que los petroglifos están próximos a determinados montículos funerarios o cairns[4]. Además, se han hallado signos parecidos en monolitos verticales, cistas[5], cromlechs (círculos) y tumbas de corredor, monumentos a los cuales se les ha conferido también un sentido religioso y funerario. De algún modo, esto supondría establecer un vínculo entre los grabados y las prácticas funerarias, siendo los primeros algún tipo de referencia simbólica a los antepasados o al mundo de ultratumba. Pero, por supuesto, esto no es más que otra conjetura.

Como vemos, las propuestas son del todo variopintas –e incluso imaginativas– pero nadie ha ido mucho más allá en este tema y realmente tampoco se han aportado pruebas sólidas que puedan sustentar una u otra interpretación. En todo caso, se aprecia una gran desconexión cultural y mental con el supuesto primitivismo de los antiguos y por ello se suele recurrir con frecuencia al magnífico cajón de sastre de la magia, los rituales, las creencias, etc. sin llegar a entender en el fondo cuál era la verdadera mentalidad –o nivel de conciencia– de esas comunidades.

Sin embargo, antes de cerrar el comentario sería apropiado realizar una breve reflexión sobre dos elementos que podrían tener una cierta relevancia. El primero de ellos no representa ningún misterio ni ninguna novedad, pero tal vez haya sido despachado con demasiada ligereza por los investigadores. Y no es otro que la universalidad de este tipo de simbología (o iconografía). En efecto, los propios especialistas académicos han destacado que estos motivos de anillos concéntricos, espirales o laberintos circulares[6] aparecen con profusión en las Islas Británicas pero también en otras regiones del planeta muy distantes entre sí, como por ejemplo en la Europa continental (Portugal, España[7], Italia, Grecia, Suiza...), América (Brasil), Asia (India) y en algunos puntos de África y del Pacífico. En cuanto a su datación, estas simbologías parecen remontarse a culturas muy antiguas, por lo menos desde el neolítico hasta la Edad del Bronce y del Hierro, con especial incidencia en el fenómeno megalítico.

Petroglifo de Portaxes (Galicia), con la típica forma de anillos concéntricos

Lo cierto es que todavía nadie ha sabido acercarse al simbolismo de esas figuras, pero su presencia en tantas culturas y en tiempos tan remotos sugiere que hace milenios tal vez existió una cosmología común para la Humanidad, sin que podamos determinar si fue fruto de un gran difusionismo o bien de fenómenos autóctonos idénticos. La arqueóloga lituana Marija Gimbutas ya intentó –sin éxito– convencer al estamento académico de que estos símbolos en realidad constituían el complejo metalenguaje de una supuesta civilización matriarcal neolítica existente sobre todo en el Mediterráneo y buena parte de Europa y que habría sucumbido a manos de una cultura guerrera euroasiática. Y con respecto a los trazados en forma de anillos o espirales, Gimbutas recalcó que eran muy frecuentes las representaciones de dos espirales confrontadas, que quizás podrían simbolizar el ciclo de vida, muerte y renacimiento, o simplemente un sentido de eternidad. De todas formas, estas propuestas se quedaron en el terreno de la teoría, pues nadie en el mundo académico continuó la línea de los trabajos emprendidos por Gimbutas, tras su muerte hace unos 20 años.

Yacimiento de Cancho Roano (Jaén)
El segundo elemento de reflexión es una apreciación personal que se basa en unas hipotéticas conexiones entre el arte de las antiguas civilizaciones o las comunidades prehistóricas y el mito de la Atlántida. Como ya se ha comentado, los motivos de los anillos concéntricos aparecen en muchas culturas de varios rincones del planeta, pero es de destacar que en la Piedra Cochno algunas representaciones de estos anillos muestran un núcleo central (la “taza”) del que parte una línea recta[8] o canal que atraviesa los anillos. ¿A qué nos recuerda esto?  Al ver este modelo, me vino a la mente un tipo de decoración idéntica que podemos hallar en algunas antiguas cerámicas de la Península Ibérica. Y precisamente el investigador independiente Díaz-Montexano relacionó esta iconografía con la descripción platónica de la isla principal atlante, con su ciudadela rodeada de canales circulares de tierra y agua y su gran canal que comunicaba la ciudadela con el mar. A ello se debía añadir el descubrimiento de un poblado de la Edad del Bronce en Jaén, llamado Cancho Roano, que estaba estructurado en una serie de terrenos y fosos concéntricos.

Para Díaz-Montexano, este sería un indicio más que notable de que la Atlántida estaba en las cercanías de la Península Ibérica o que tendría una relación directa con la antigua cultura de Tartessos, en el sudoeste peninsular. De hecho, este investigador, como muchos otros a lo largo de décadas, se ha obsesionado con la literalidad de los diálogos platónicos y ha tratado de descubrir sobre el terreno las formas exactas –o al menos aproximadas– descritas por Platón. No obstante, la presencia de una simbología tan similar en un lugar tan distante como Escocia nos tendría que plantear dudas razonables sobre la correlación geográfica de estos trazados. ¿Es una simple casualidad? ¿O también los antiguos habitantes de aquella región nórdica tenían un conocimiento o recuerdo de la antigua (y perdida) Atlántida? Esa es una posibilidad, pero estamos aquí ante la vieja controversia de ubicar la Atlántida en algún lugar concreto de la Tierra, lo que ha derivado en opiniones y teorías para todos los gustos.

Representación "terrenal" de la Atlántida
Ahora bien, ¿y si cambiáramos nuestro clásico patrón de pensamiento y dejáramos de considerar la Atlántida como un lugar físico sobre el planeta? Dicho de otro modo, el relato platónico no sería una descripción geográfica “terrenal”, sino una sutil metáfora de otra realidad que deberíamos situar en otro plano, tal vez astronómico o astrológico, aunque también podría tratarse de un fenómeno cósmico o de otra dimensión, que se escapa de nuestro actual nivel de conciencia. Así pues, aquí se abriría un campo de interpretación insospechado para leer los extraños petroglifos de la Piedra, que quizás representarían realidades y conocimientos codificados a los que sólo podrían acceder ciertos iniciados, ya fuera en un estado de conciencia “normal” o en un estado alterado de ésta, probablemente mediante prácticas chamanísticas, incluyendo la ingestión de sustancias psicotrópicas. Desde este punto de vista, quizá esos grabados concéntricos o laberínticos podrían representar algún tipo de mandala, con una finalidad mística.

Naturalmente, esta visión no deja de ser una especulación más, pero a veces es preciso romper con los moldes establecidos para avanzar en las investigaciones. En este sentido, los análisis convencionales de estos petroglifos se han estancado en un callejón sin salida y no han aportado nada realmente convincente. Tal vez ya sería hora de plantear hipótesis más arriesgadas (de arqueología muy alternativa, si se quiere) que de alguna manera nos permitan salir de este paradigma tan dogmático que nos sigue insistiendo en la idea fija de que los antiguos eran primitivos, ignorantes y supersticiosos, y que no tenían un conocimiento científico de su entorno y del cosmos.

En cualquier caso, lo que es del todo evidente es que nosotros –anclados en la soberbia de una ciencia y una tecnología aparentemente avanzadas– somos incapaces de interpretar su profundo simbolismo. Porque está claro que los que grabaron esos signos sobre la piedra hace miles de años no lo hicieron para pasar el rato o para expresar cierto “arte”.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Historic Environment Scotland. Wikimedia Commons





[1] También conocida localmente como Druid Stone o “Piedra de los druidas”.

[2] Según algunos expertos, estos pies podrían ser un añadido muy posterior a los trazados originales.

[3] Esta labor fue llevada por un pequeño equipo de trabajo ayudado por una excavadora. Tras desenterrar la Piedra, ésta fue rociada por los bomberos con 2.000 litros de agua. Luego se pudo comprobar que después de tantos años, todavía se conservaban restos de pintura del trabajo de Mann, así como de las inscripciones de los turistas.

[4] Cairn: túmulo, mojón, hito o simple apilamiento de piedras.

[5] Tumbas realizadas con grandes losas más o menos rectangulares, a modo de cajas.

[6] De hecho, muchos petroglifos se asemejan más al típico laberinto circular, que se perpetuó en la iconografía antigua y medieval, como por ejemplo el famoso laberinto de la catedral de Chartres.

[7] Son muy destacables los petroglifos de la zona noroeste, especialmente los de Galicia, con una gran similitud a los de Escocia.


[8] En algún caso, empero, tal línea se muestra ondulante.

sábado, 8 de abril de 2017

Tesoros del pasado perdidos... o expoliados



Para desgracia de los arqueólogos, no sabemos realmente cuánto se ha conservado del pasado más remoto y cuánto hemos perdido. A veces tenemos referencias históricas –o incluso mitológicas– que nos hablan de multitud de realidades que se han desvanecido completamente con el paso de los milenios y que ya nunca podremos recuperar. En otros casos, tal vez los restos de ese pasado se mantengan ocultos –en un estado más o menos precario– en algún lugar recóndito a la espera que o bien las prospecciones arqueológicas o bien un golpe de fortuna los hagan salir a la luz. Y no obstante, muchas veces –aun habiendo encontrado tales restos–  la desidia, la dejadez, la falta de método u otros motivos provocaron la pérdida parcial o total del patrimonio arqueológico, sobre todo en los primeros tiempos de la ciencia arqueológica[1].

En cualquier caso, existe otra realidad bien conocida desde hace mucho tiempo que no es otra que el expolio o saqueo de yacimientos arqueológicos. Actualmente se asocia este fenómeno a la acción de excavadores clandestinos que llevan a cabo razzias en yacimientos arqueológicos sin ningún método ni cuidado y con el único afán de extraer y luego comercializar objetos de valor en el mercado ilegal de antigüedades[2]. Y si bien es cierto que a veces se recuperan los objetos expoliados, lo más frecuente es que –al no saber qué se ha podido hallar y dónde exactamente– esos artefactos desaparezcan para siempre para la investigación científica.

Ahora bien, es justo resaltar que el saqueo o expolio de yacimientos para fines privados se remonta a los inicios mismos de la arqueología y estaba protagonizado muchas veces por supuestos “arqueólogos”, que en realidad tenían mucho más de aventureros y de anticuarios que de auténticos científicos. Así pues, el simple objetivo de estas personas era acumular tesoros y antigüedades y llevárselos a sus países de origen, para ir a parar finalmente a museos o a colecciones privadas[3]. Lógicamente, en aquella época la protección del patrimonio histórico y cultural de todos los países estaba en pañales, y cuando no se conseguían los permisos oportunos se recurría a todo tipo de artimañas para excavar en el lugar deseado y transportar después los objetos hasta su destino final sin dar mayores explicaciones.

De este modo, desde los tiempos de Lord Elgin (el que se llevó los frisos del Partenón a Londres a principios del siglo XIX), se fue generando una cultura de expolio por parte de los exploradores occidentales, que actuaron con relativa impunidad en los cinco continentes sobre todo tipo de civilizaciones y culturas del pasado, por lo menos hasta bien entrado el siglo XX. El resultado es que muchos de los antiguos tesoros de esos pueblos ya no están en su lugar de origen y presumiblemente nunca van a volver allí.

Como ejemplo y explicación de esta casuística, me es grato presentar aquí un artículo del investigador italiano Yuri Leveratto sobre el expolio practicado en el famosísimo yacimiento peruano de Machu Picchu, un asunto turbio muy poco conocido y que todavía está lejos de solucionarse. Además, este artículo nos aporta interesantes datos sobre el origen y decadencia de esta ciudadela y nos revela que no fue Hiram Bingham –en contra de la creencia común– el descubridor de las ruinas en tiempos modernos. Lo que sí es cierto es que fue Bingham el que protagonizó la excavación sistemática de los restos de la ciudad durante tres años (1912-1915) y el que se encargó de trasladar varios miles de objetos arqueológicos incas a la Universidad de Yale, entre los cuales tal vez podría estar la momia del Inca Pachacutec, el monarca que mandó construir este fabuloso enclave.

 

El saqueo de Machu Picchu




El soberano de los Incas Pachacutec hizo construir, alrededor de 1440 d. C., un complejo urbano con edificaciones imponentes entre las cimas llamadas Machu Picchu y Huayna Picchu, no lejos del río Urubamba, en el actual Perú meridional. La ciudadela, cuyo nombre original era probablemente Picchu, quizá tuvo una función religiosa y fue poblada por dignatarios de casta alta cercanos al rey. El hallazgo de esqueletos de mujeres jóvenes hace pensar en las vírgenes del Sol y clasificaría al asentamiento como un Aclla o casa de las elegidas.
El asentamiento está dividido en una zona agrícola, constituida por terrazas cultivadas delimitadas por muros de contención y la zona urbana, donde se desarrollaron las principales actividades religiosas y cotidianas. Las dos áreas están divididas por un muro de aproximadamente 400 metros de largo, paralelo a una acequia que sirve para el desagüe.


La construcción de Machu Picchu (como se le denomina hoy: del quechua montaña vieja) en una zona geológicamente inestable, a altísima pluviosidad y ubicada entre dos montañas, fue una obra de ingeniería de máximo nivel. El sistema de drenaje de las aguas, constituido por 129 canales, es todavía hoy admirado como único. Los doscientos edificios aproximadamente fueron construidos teniendo en cuenta fenómenos astronómicos como los equinoccios y están destinados a coincidir con algunas estrellas durante particulares días del año. Casi todas las construcciones tienen un perímetro rectangular y los muros están formados de granito que fue elaborado con hachas de bronce, puesto que el hierro se utilizaba poco en el imperio incaico. En el sector alto, denominado Hanan, además de unidades residenciales, está el templo del Sol, utilizado para ceremonias relacionadas con el solsticio de junio; algunos estudiosos lo consideran como un mausoleo donde se conservó la momia de Pachacutec. En el sector alto, hay un patio cuadrado circundado por construcciones maravillosas: dos templos principales y una casa sacerdotal.


En el sector bajo, llamado Urin, se encuentra un gran edificio caracterizado por una sola puerta de ingreso. De algunos estudios se deduce que se trata de la Acllahuasi o casa de las mujeres elegidas, que se dedicaban a la religión y a la artesanía. En los cien años siguientes a su fundación, Machu Picchu prosperó. En los alrededores fueron fundados otros asentamientos como Patallacta y Quente Marca, que servían de base para las provisiones agrícolas de Machu Picchu.


En los años siguientes a la muerte de Pachacutec, sin embargo, Machu Picchu perdió parte de su importancia, puesto que debió competir con las posesiones personales de otros emperadores.


El monarca inca Manco-Capac
Cuando los españoles irrumpieron a la fuerza en la región de Cuzco, alrededor de 1534, muchos colonos agrícolas, llamados mitimaes, que habían sido obligados a trabajar en los valles vecinos, volvieron a sus tierras, abandonando la zona. Durante la resistencia de Manco Inca a la invasión de los españoles, algunos nobles que vivían en Machu Picchu se integraron en la corte del soberano incaico abandonando, por consiguiente, la ciudad.


Sin embargo, algunos documentos de la época prueban que Machu Picchu no permaneció del todo desierta en los años sucesivos, sino que pagaba un tributo a la ciudad de Ollantaytambo, en manos de los españoles. El último Curaca de Machu Picchu, Juan Macora, fue el líder espiritual de la ciudad hasta 1568. Después, nada más, sólo documentos y descripciones confusas.


Machu Picchu permaneció perdida en el olvido por más de 300 años, cuando un colono alemán de nombre Augusto Berns la visitó en 1867. Lamentablemente, el alemán no era un arqueólogo y tampoco una persona interesada en la historia o respetuosa con los hallazgos antiguos. El rudo aventurero constituyó una sociedad para la explotación de los tesoros auríferos que encontrara en el lugar, llamada Compañía Anónima Explotadora de las Huacas del Inca y, con el consentimiento del gobierno peruano de entonces, comenzó a saquear la ciudad y a vender innumerables manualidades de oro de enorme valor artístico e intrínseco a comerciantes sin escrúpulos.


En 1870, el estadounidense Harry Singer dibujó un mapa de la zona y, por primera vez, lo nombró Machu Picchu, probando que el lugar comenzaba a ser conocido. En 1902, Agostino Lizaraga, un propietario de tierras del Cuzco, visitó Machu Picchu con algunos de sus amigos.
 
Nueve años más tarde, el estadounidense Hiram Bingham, profesor de historia, llegó a Cuzco. Tuvo contacto con el arqueólogo Gabriel Cosio, que le describió a Machu Picchu. Bingham intuyó la posibilidad de conocer un lugar arqueológico de enorme importancia. Llegó allí poco después, guiado por otro peruano, Melchor Arteaga. El estadounidense se dio cuenta inmediatamente de que se encontraba frente a un lugar extraordinario.

H. Bingham en Machu Picchu
Con el apoyo de la Universidad Yale, de la National Geographic Society y del gobierno peruano, Bingham realizó cuidadosos estudios arqueológicos del 1912 al 1915, en cooperación con otros dos estadounidenses y varios peruanos. La existencia de Machu Picchu fue divulgada al mundo en 1913, mientras Bingham llevaba a cabo sus estudios.


El estadounidense, quien fue el primero en estudiar el lugar arqueológico, fue, sin embargo, el responsable de haber enviado a los Estados Unidos unos 46.332 hallazgos arqueológicos, que hoy en día se encuentran en la Universidad privada Yale, en la ciudad de New Haven, en Connecticut y no han sido todavía restituidos al gobierno de Perú.

Cientos de cajas que contenían momias enteras perfectamente adornadas, objetos de oro de valor inestimable, cerámicas finamente talladas y otros utensilios importantísimos para conocer la vida y la cultura de los Incas, fueron transportados en la espalda de mulas hasta el Cuzco y luego montadas en trenes hasta el puerto de Mollendo, ciudad del actual departamento de Arequipa, de donde se dirigieron, vía mar, hacia los Estados Unidos.

¿Quizás entre las momias sustraídas estaba aquella de Pachacutec? El gobierno de Lima, que había autorizado a Bingham a efectuar los estudios histórico-arqueológicos, se mostró impotente para detener el saqueo de Machu Picchu. Luego de este atraco, efectuado probablemente con la excusa de que en la Universidad Yale los hallazgos podían ser estudiados, Bingham obtuvo fama y poder y posteriormente fue elegido senador de los Estados Unidos y gobernador de Connecticut (en 1925).

Los objetos robados se encuentran aún hoy en la Universidad Yale. Sólo en los años 80’s del siglo pasado se comenzaron a estudiar y a catalogar. Actualmente, algunos hallazgos se exhiben en el museo Peabody en la Universidad Yale.

En los primeros años del siglo XXI, el gobierno peruano inició un proceso contra la Universidad Yale para obtener la restitución de los hallazgos substraídos. El actual gobierno peruano está, en cambio, llevando una política más suave para buscar un acuerdo con la Universidad Yale. Parece, sin embargo, que la Universidad puso condiciones para la restitución de aproximadamente 350 hallazgos, entre las cuales pide tenerlos por otros 99 años. Además, puso la condición de que se construya un museo (financiado por Perú) en el Cuzco, donde estos objetos puedan ser exhibidos. No está clara la suerte de los otros hallazgos.


En mi opinión, todos los 46.332 objetos injustamente sustraídos deben ser devueltos lo más pronto posible, sin condiciones de la Universidad Yale, al pueblo peruano, legítimo propietario. Debe, además, pagarse una compensación equitativa al gobierno peruano.

© Yuri Leveratto 2008


Fuente de imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor

 


[1] Otro asunto sería hablar de una “pérdida” deliberada de objetos, esto es, la ocultación, encubrimiento o destrucción de pruebas por oscuros motivos. Esta seria acusación ha sido realizada por determinados autores alternativos ante la ausencia incompresible de unos restos que se habían excavado y almacenado en su momento, como ocurre, por ejemplo, con el muy controvertido tema de los gigantes.

[2] Yo mismo, siendo estudiante, viví esta realidad al comprobar cómo unos clandestinos habían destrozado parcialmente el yacimiento de cultura ibérica en el que yo me iniciaba en la práctica arqueológica. Estas personas iban en busca de “tesoros” cuando el equipo arqueológico no estaba presente, normalmente recurriendo al detector de metales y al pico y la pala.


[3] Véase la anécdota sobre Giovanni Belzoni en el artículo sobre curiosidades de la arqueología en este mismo blog. Y hasta el propio Schliemann se llevó numerosos objetos de Troya para su colección particular, hecho por el que fue perseguido y sancionado por el Gobierno otomano.