viernes, 19 de diciembre de 2014

La conquista “paranormal” de América


Si nos remontamos a los lejanos tiempos del Mundo Antiguo, no es extraño observar que muchos hechos o relatos de esa época están salpicados de detalles o eventos de dudoso realismo, que de algún modo podríamos etiquetar como “paranormales”. Por ejemplo, ¿cómo explicaríamos que las murallas de Jericó se derrumbaran por efecto del sonido de las trompetas de los israelitas?[1] Así pues, no es ninguna novedad afirmar que muchas narraciones supuestamente históricas de las antiguas civilizaciones navegaban a menudo en las aguas de la leyenda y la fantasía, con fuertes dosis de mito y religión. De hecho, era relativamente habitual la presencia de situaciones sobrenaturales mezcladas con otras más mundanas, del mismo modo en que aparecían dioses, semidioses, héroes, gigantes, etc. junto a humanos mortales.

Todo esto es sabido y reconocido por la historiografía y no ofrece más comentario. Sin embargo, me llama la atención que en tiempos mucho más recientes, como por ejemplo la Edad Moderna, nos encontremos con extraños relatos en los que el elemento sobrenatural o paranormal es indiscutible, a menos que consideremos que se trata de simples licencias literarias (“fantasías”) de los autores para dar más colorido o épica a un determinado suceso. Es evidente que si negamos tales referencias tachándolas de imposibles, se puede dar sin más carpetazo a la polémica. No obstante, si aceptamos –al menos como premisa–  la literalidad de los relatos, entonces nos podemos preguntar por su significado o interpretación correcta.

Recreación de la llegada de Colón a América
En este contexto, el tema que quiero sacar a colación es la rápida y exitosa invasión de América por parte de los conquistadores españoles. Este es un asunto debatido desde hace tiempo, por cuanto todavía a algunos investigadores les sorprende la fulgurante victoria de unos pocos centenares de hombres de armas frente a pueblos numéricamente muy superiores, incluyendo el caso de dos grandes civilizaciones como la azteca y la inca. Cabe recordar que no estamos hablando de unas cuantas tribus de salvajes (que ciertamente las había en América), sino de grandes estados, bien estructurados y organizados, con un gran desarrollo en muchas áreas del conocimiento y con grandes ejércitos.

Bien es verdad que se suele atribuir el éxito de los conquistadores a dos factores bien documentados: Por un lado, la superioridad militar y tecnológica de los europeos (en particular por sus caballos y sus armas de fuego) y, por otro, el recurso a la vieja táctica del “divide y vencerás”, rompiendo la unidad de los imperios y consiguiendo alianzas muy útiles en lo político y lo militar. Sin embargo, para algunos autores alternativos, la audacia, las maniobras políticas y la disponibilidad de un armamento superior no explican de manera convincente una gesta tan colosal realizada relativamente en pocos años y por tan pocos hombres.

Aquí es cuando entra en juego el primer factor que de alguna manera se sale de un marco racional. Así, hemos de referirnos a la tradición o creencia por parte de los aztecas acerca de unos seres divinos que habían estado entre ellos para difundir la civilización. Según las leyendas, estos seres –encarnados principalmente en la figura del gran dios Quetzalcóatl– habían partido hacia el este (el Océano Atlántico), y por allí mismo debían volver, tal como ellos mismos habían prometido. Sin embargo, no había nada de positivo en este hecho, pues tal regreso iba a suponer el fin inevitable de su imperio. La referencia dada por el cronista de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, en su obra Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (capítulo CI) sobre esta cuestión es clara e inequívoca:

“Y diré en la plática que tuvo el Montezuma con todos los caciques [...] que les dijo que mirasen que de muchos años pasados sabían por cierto, por lo que sus antepasados les habían dicho, e así lo tienen señalado en sus libros de cosas de memorias que de donde sale el Sol habían de venir gentes que habían de señorear estas tierras, y que se había de acabar en aquella sazón el señorío y reino de los mexicanos; y que él tiene entendido, por lo que sus dioses le han dicho, que somos nosotros.”

Dios Huitzilopochtli
Esta visión fatídica en un contexto de gran superstición no parece cosa baladí, pues el eminente historiador mexicano Miguel León-Portilla, en su conocida obra Visión de los vencidos[2], destaca que muchos años antes del desembarco de Cortés ya se habían dado numerosas muestras de esos presagios funestos en forma de todo tipo de desastres, incendios incontrolables[3], multitud de cometas, extrañas señales en el cielo... Estos presagios, al parecer, se prolongaron hasta muy poco antes de la llegada de los invasores, y de este modo fue creándose un clima de gran nerviosismo e inquietud sobre la desgracia que tenía que suceder. Además, algunos de estos fenómenos eran ciertamente pavorosos e inusuales, siendo bastante complicado explicarlos en términos naturales. Véase este texto de Muñoz Camargo[4]:

“Diez años antes que los españoles viniesen a esta tierra, hubo una señal que se tuvo por mala abusión, agüero y extraño prodigio, y fue que apareció una columna de fuego muy flamígera, muy encendida, de mucha claridad y resplandor, con unas centellas que centellaba en tanta espesura que parecía polvoreaba centellas, de tal manera, que la claridad que de ellas salía, hacia tan gran resplandor, que parecía la aurora de la mañana. La cual columna parecía estar clavada en el cielo, teniendo su principio desde el suelo de la tierra de do comenzaba de gran anchor, de suerte que desde el pie iba adelgazando, haciendo punta que llegaba a tocar el cielo en figura piramidal. La cual aparecía a la parte del medio día y de media noche para abajo hasta que amanecía, y era de día claro que con la fuerza del Sol y su resplandor y rayos era vencida. La cual señal duró un año, comenzando desde el principio del año que cuentan los naturales de doce casas, que verificada en nuestra cuenta castellana, acaeció el año de 1517.”

Otros fenómenos eran extremadamente inauditos ­–hasta el punto de entrar ya en el ámbito paranormal– y causaban auténtico terror entre los testigos. Según la misma obra recién citada:  

“El octavo prodigio y señal de México, fue que muchas veces se aparecían y veían dos hombres unidos en un cuerpo que los naturales los llaman
Tlacantzolli. Y otras veían cuerpos, con dos cabezas procedentes de un solo cuerpo, los cuales eran llevados al palacio de la sala negra del gran
Motecuhzoma, en donde llegando a ella desaparecían y se hacían invisibles todas estas señales y otras que a los naturales les pronosticaban su fin y acabamiento, porque decían que había de venir el fin y que todo el mundo se había de acabar y consumir, de que habían de ser creadas otras nuevas gentes e venir otros nuevos habitantes del mundo. Y así andaban tan tristes y despavoridos que no sabían qué juicio sobre esto habían de hacer sobre cosas tan raras, peregrinas, tan nuevas y nunca vistas y oídas.”

Dios Quetzalcóatl
Lo que resulta sorprendente es que, aparte de los presagios, se dio una feliz e inesperada casualidad, porque el año señalado para el regreso de los dioses era un año Ce-Acatl (“Uno Caña”), y precisamente fue en un año de estos años (1519) en que Cortés pisó las costas mexicanas para iniciar la conquista del imperio azteca. De ahí que los aztecas, empezando por el propio emperador Moctezuma, quedaran desconcertados ante la presencia en su territorio de unos hombres barbados y de raza blanca, aspecto que se atribuía a esos antiguos dioses[5].  Además, por si fuera poco, el emblema de Quetzalcóatl era la cruz, que como es bien sabido era el estandarte que portaban los españoles como símbolo de su fe. En suma, un cúmulo de coincidencias que podríamos achacar al mero azar, ¿o no?

A este respecto, Scott Patterson, un estudioso de las tribus indígenas americanas, da crédito en su obra Profecías de los indios americanos (1995) a los textos referentes a las profecías y malos augurios, y cree que tuvieron un impacto significativo sobre Moctezuma, empezando por la mencionada coincidencia de la llegada de Cortés en un año Ce-Acatl, una fecha cíclica[6] sagrada para los aztecas en la que se preveía el posible regreso de Quetzalcóatl. Patterson se apoya en los libros del cronista hispano Sahagún para mostrar la importancia del mito en el devenir del imperio azteca:

“Moctezuma estaba seguro de que se trataba de Topiltzin-Quetzalcóatl que había regresado a la Tierra […] Porque en sus corazones sabían que él vendría, que regresaría a la tierra en busca de su trono, su tierra. Porque había tomado ese rumbo (hacia el este) el día de su partida.” (Libro XII del Código Florentino)

Sin restar la debida importancia a la superioridad tecnológica de los españoles o a la habilidad de Cortés para tramar una alianza en contra de los aztecas, Patterson interpreta que Moctezuma no pudo escapar de su obsesión por las profecías que señalaban el fin de su imperio, siendo víctima de un inevitable fatalismo. No obstante, la mayoría de autores académicos rechazan esta visión, y aún reconociendo que el mito pudo tener cierta influencia en el primer contacto con los españoles, aseguran que luego los aztecas se dieron cuenta de que se enfrentaban a hombres como ellos, unos bárbaros invasores a los que había que combatir por todos los medios.

Por otro lado, existe una agria polémica entre académicos y alternativos que se remonta a los tiempos de Ignatius Donnelly y que gira en torno a la misma existencia de estos dioses, pues varios expertos niegan que la historia de los hombres blancos barbados fuera propiamente indígena, sino más bien una invención o manipulación a cargo de los cronistas españoles (o indios hispanizados) para facilitar la colonización y evangelización de los nativos. Dado que este es un tema largo y complejo lo dejaremos aquí para volver al terreno de lo paranormal.

Andreas Faber-Kaiser
En este punto cabe citar el trabajo del investigador hispano-alemán Andreas Faber-Kaiser (1944-1994) que en su libro Las nubes del engaño (1984) dedicó un capítulo a la conquista fulminante de América por parte de los españoles gracias a unos hechos que habrían quedado fuera de los libros de historia, precisamente por entrar en el terreno de lo sobrenatural. En efecto, esta tesis, sustentada en parte en el trabajo previo del investigador español Manuel Audije, descarta las explicaciones tradicionales sobre la derrota de los grandes imperios precolombinos y aporta en su lugar otra perspectiva completamente heterodoxa a partir de ciertos eventos narrados en las mismas fuentes de la época de la conquista (siglos XV y XVI), los cuales incluían la presencia de entidades o de fenómenos paranormales de muy complicada explicación en términos convencionales.

Lo primero que Faber-Kaiser pone de manifiesto es que la creencia en los dioses que habían de regresar estaba arraigada en muchos pueblos de América, no sólo entre los aztecas. De hecho, ya desde el mismo viaje de Colón aparecen testimonios de esta creencia por parte de los indígenas. A título de ejemplo tenemos esta cita del Diario de a bordo de Colón, de su primer viaje (1492)[7]:

“Otros, cuando veían que yo curaba de ir a tierra, se echaban a la mar nadando y venían, y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del cielo; y vino uno viejo en el batel dentro, y otros a voces grandes llamaban todos hombres y mujeres: venid a ver a los hombres que vinieron del cielo: traedles de comer y de beber.”

Nave fenicia
Puestos a preguntarse por esta extraña reacción ante la presencia de hombres blancos en América, podríamos buscar alguna explicación más o menos razonable, como el recuerdo de un antiguo contacto con algunos navegantes mediterráneos (fenicios, cartagineses, griegos, romanos...) que recalaron en las costas americanas. Estaríamos pues hablando de la teoría fundamentada en algunos indicios arqueológicos acerca de la llegada de estos pueblos de la Antigüedad a América muchos siglos antes que Colón. No obstante, hay que remarcar como dato significativo, al menos en este caso concreto, que los supuestos dioses venidos del este no procedían del mar, sino de los cielos, lo cual ya nos situaría más bien en el terreno mitológico o paranormal.

Ahora bien, si nos trasladamos ya al siglo XVI, en el momento álgido de la conquista española del continente, las crónicas relatan una serie de insólitos fenómenos que ayudaron de forma notable a la victoria de las armas europeas frente a los indígenas. Entre estos fenómenos destaca poderosamente cierta ayuda aérea en forma de caballeros voladores que recibieron los conquistadores españoles –muy en particular, Hernán Cortés– en la conquista de los vastos imperios precolombinos. Todo ello según algunos pasajes de la obra ya citada del cronista Bernal Díaz del Castillo Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. De hecho, uno de sus capítulos (el CCXIII) tiene este sugestivo título: “De las señales y planetas que hubo en el cielo de la Nueva España antes de que en ella entrásemos, y pronósticos de declaración que los indios mexicanos hicieron, diciendo sobre ellos y de una señal que hubo en el cielo, y otras cosas que son de traer a la memoria.”

De este capítulo extraemos el siguiente fragmento:

“Dijeron los indios mexicanos, que poco tiempo había, antes que viniésemos a la Nueva España, que vieron una señal en el cielo que era como verde y colorado y redonda como una rueda de carreta.”

Sobre este suceso, Faber-Kaiser apunta a que existen dos crónicas, ambas datadas en 1487 y de lugares bien alejados en el espacio como China e Italia, que describían aproximadamente el mismo fenómeno. Lógicamente, esta visión supondría un refuerzo de los ya mencionados malos presagios en torno a lo que tenía que pasar indefectiblemente.

Pero aparte de estas señales en el cielo, existen otras crónicas que hablan directamente de la aparición de extrañas figuras en el campo de los conquistadores que de alguna manera alentaba a los españoles y atemorizaba a los indios; véanse los siguientes textos.

De Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, capítulo XCIV:

“Y preguntó el Montezuma que, siendo ellos muchos millares de guerreros que cómo no vencieron a tan pocos teules[8]. Y respondieron que no aprovechaban nada de sus varas y flechas y buen pelear; que no les pudieron hacer retraer porque una gran tecleciguata de Castilla venía delante dellos, y que aquella señora ponía a los mexicanos temor, y decía palabras a sus teules que los esforzaba; y el Montezuma entonces creyó que aquella señora que era santa María  y la que le habíamos dicho que era nuestra abogada...”

De una carta de Pedro de Valdivia (conquistador de Chile) al emperador Carlos I, datada en 1541:

“Dixeron más: que tres días antes pasando el río de Biubiu para venir sobre nosotros, cayó una cometa entre ellos, un sábado a medio día y desde el fuerte donde estábamos la vieron muchos cristianos ir para allá con muy mayor resplandor que otras cometas salir, e que caída, salió della una señora muy hermosa, vestida también de blanco, y que les dixo: 'Serví a los cristianos y no vais contra ellos porque son muy valientes y os matarán a todos'.”

De Pedro de Cieza de León, La crónica del Perú, capítulo CXIX:

“Cuando en el Cuzco generalmente se levantaron los indios contra los cristianos no había más de ciento y ochenta españoles de a pie y de caballo. Pues estando contra ellos Mango inga, con más de doscientos mil indios de guerra, y durando un año entero, milagro es grande escapar de las manos de los indios; pues algunos dellos mismos afirman que vían algunas veces, cuando andaban peleando con los españoles, que junto a ellos andaba una figura celestial que en ellos hacía gran daño...”

Y en la continuación de este mismo pasaje se afirma que los indígenas prendieron fuego a la ciudad –que ardió en muchas zonas– y pusieron especial empeño en quemar la iglesia y por tres veces lo intentaron poniendo paja bien seca, pero las tres veces el fuego se extinguió de forma inexplicable.

Precisamente, esta fenomenología paranormal, que al parecer se prolongó durante bastantes años, ayudó mucho a la tarea evangelizadora de los invasores, pues hay otros testimonios de sucesos extraños en los que intervienen personajes divinos o infernales pero siempre favoreciendo la conversión al cristianismo de los paganos indígenas, incluso los más reticentes.

A modo de ejemplo, tenemos estos dos textos del libro recién citado de Pedro de Cieza de León, La crónica del Perú. En su capítulo CXVII, refiriéndose a una experiencia del clérigo Marcos Otazo, se dice:

“...Vino a mí un muchacho que en la iglesia dormía, muy espantado, rogando me levantase y fuese a baptizar a un cacique que en la iglesia estaba hincado de rodillas delante de las imágenes, muy temeroso y espantado; el cual, estando la noche pasada [...] metido en una guaca, que es donde ellos adoran, decía haber visto a un hombre vestido de blanco el cual le dijo que qué hacía allí con aquella estatua de piedra. Que se fuese luego, y viniese para mí a se volver cristiano. [...] Contaba que el hombre que vio estando en la guaca o templo del diablo era blanco y muy hermoso, y que sus ropas eran resplandecientes.”

Y en el capítulo CXVIII:

“Tamaracunga, inspirando Dios en él, deseaba volverse cristiano y quería venir al pueblo de los cristianos a recibir baptismo. Y los demonios, que no les debía agradar el tal deseo, pesándoles de perder lo que tenían por tan ganado, espantaban a aqueste Tamaracunga de tal manera que lo asombraban, y permitiéndolo Dios, los demonios, en figura de unas aves hediondas llamadas auras, se ponían donde el cacique sólo las podía ver. [...] Y algunas veces, estando el cacique sentado y teniendo delante un vaso para beber, veían los dos cristianos cómo se alzaba el vaso con el vino en el aire y dende a un poco parescía sin el vino, y al cabo de un rato vían caer el vino en el vaso y el cacique atapábase con mantas el rostro y todo el cuerpo por no ver las malas misiones que tenía delante; y estando así sin se tirar ropa ni destapar la cara, le ponían barro en la boca como que lo querían ahogar.”

Todos estos relatos, escritos no por cualquiera sino por algunos de los cronistas más destacados de la época de la Conquista de América, pueden provocar cierto estupor pues en ellos vemos plasmados unos hechos que difícilmente pueden ser catalogados de verídicos desde una óptica estrictamente empírica. Ante estas descripciones tan anómalas, la interpretación de Faber-Kaiser se situaba en los terrenos propios de la ufología más tenebrosa, esto es, la que considera que los seres de otros mundos manejan en su provecho los hilos de la  existencia humana, incluidos los grandes acontecimientos históricos, como parte de un gran plan.

Por supuesto, desde su punto de vista, tales intervenciones sobrenaturales no eran hechos aislados, sino que formaban parte de una fenomenología similar observable a lo largo de la historia de la humanidad, y cuya finalidad sería precisamente “conformar” los hechos en un sentido determinado. De hecho, en su libro se ofrecen múltiples ejemplos de esta especie de intervencionismo histórico –frecuentemente ligado a hechos de armas– a través de crónicas de diferentes épocas y territorios. Por ejemplo, Faber-Kaiser expone un episodio ubicado en la Edad Media, en el que se narra la decisiva intervención de unas naves voladoras en la pugna entre el emperador Carlomagno y los sajones en el siglo VIII. Concretamente, según una crónica de la época (los Annales Laurissenses), los paganos sajones que habían atacado los territorios del emperador de los francos abandonaron aterrados el sitio de la fortaleza de Sigisburg al presentarse “dos grandes escudos de color rojizo llameantes y que se movían encima de la iglesia”.

En todo caso, si damos crédito a los relatos y no los consideramos puras invenciones o exageraciones de los cronistas, nos enfrentamos a dos interrogantes fundamentales. El primero, y más importante, es averiguar qué hay detrás de estas apariciones o fenómenos paranormales, si es que realmente tuvieron lugar de la forma en que se narran. Por otro lado, nos tendríamos que preguntar cuál es el sentido último de poner por escrito estas historias (o sea, por qué se les dio publicidad) y por qué los españoles no parecían asombrados o alterados por tales apariciones, a diferencia de los indígenas, que parecían estar muy afectados o aterrorizados.

Desde nuestra perspectiva racional actual es complicado dar una respuesta a la primera de las cuestiones, porque no hay manera de contrastar esa información. Podríamos hablar de alucinaciones colectivas o bien de algún tipo de “montaje” por parte de los conquistadores, pero ambas opciones se quedan en el campo de la mera especulación. Lo que sí está claro es que la aparición de un poderoso caballero en el campo de batalla capaz de espantar a los enemigos de los cristianos nos recuerda enormemente a la aparición del apóstol Santiago en ciertos hechos de armas contra los musulmanes en España. Además, existen otros relatos de hechos semejantes en varias partes del mundo, con caballeros volantes incluidos.[9] ¿Se trataría de la misma mitología?

Asimismo, es procedente relacionar estas apariciones de seres divinos con las apariciones marianas y similares de la religión católica; basta recordar la mención a la gran señora que protegía a los españoles y espantaba a los mexicanos. En este caso concreto, los personajes relucientes, vestidos de blanco y que aparecen desde el cielo nos muestran una iconografía muy similar a la de estas famosas apariciones religiosas. A partir de aquí, para muchos autores, estos fenómenos de supuestas alucinaciones (según el enfoque científico) o de auténticas visiones celestiales (según la creencia religiosa) tendrían en realidad otra explicación: se trataría de típicos fenómenos paranormales propios de la casuística ovni.

Los conquistadores se encuentran con las gentes de Tlaxcala
En lo que se refiere a la segunda cuestión, siempre nos quedaría la fácil salida de pensar que los cronistas incluyeron este tipo de episodios fantásticos para introducir el elemento religioso como parte esencial de la victoria del bando español, algo así como un motivo propagandístico, cosa que no sería descabellada y que muchos pueblos y culturas han hecho de una u otra forma a lo largo de los siglos. Por otra parte, está claro que la historia la escriben los vencedores (“a su gusto”, cabría añadir) y es obvio que a posteriori se pueden maquillar, edulcorar o tergiversar los hechos para crear una épica y brillante versión oficial.

Al final, lamentablemente, nos quedamos con muy pocas certezas, porque es prácticamente imposible determinar si estos sucesos ocurrieron, y aunque así fuera, tampoco podemos valorar qué vieron los testigos exactamente, más allá de las descripciones literales. Lo que sí es patente es que los relatos no son pocos ni aislados, si juntamos los eventos paranormales previos a la conquista (los malos presagios) con los hechos correspondientes a la propia conquista e incluso después de ésta. Sea como fuere, para la historiografía convencional no hay nada paranormal en estos textos sino pura ficción mezclada entre la narración de los hechos. Para Faber-Kaiser, en cambio, no había razón por la que debiéramos dudar de la veracidad de las crónicas, y por tanto estas apariciones y sucesos anómalos habrían sido reales y además habrían influido directamente en el resultado de una contienda histórica entre unos pocos españoles y los grandes imperios de la América precolombina.

© Xavier Bartlett 2014


Créditos de las imágenes: 1. Luidger. 2 y 3. desconocido. 4, 5 y 7. Archivo autor. 6. Elie Plus.  8. Wolfgang Sauber

 

Referencias


FABER-KAISER, Andreas. Las nubes del engaño. Planeta. Barcelona, 1984
LEÓN-PORTILLA, Miguel. Visión de los vencidos. Universidad Nacional Autónoma de México, 1969.
PATTERSON, Scott. Profecías de los indios americanos. Tikal ediciones. Madrid, 1995



[1] Por supuesto, hay teorías alternativas sobre el uso armas sónicas en la Antigüedad que se salen del paradigma científico, pero ese sería otro debate.
[2] Cabe resaltar que esta obra está basada en los testimonios directos de los pueblos indígenas de México o bien a través de los cronistas españoles que recabaron información de primera mano de los propios indios, como es el caso particular de Bernardino de Sahagún.
[3] Por ejemplo, existe un relato sobre el repentino y violento incendio del templo del dios Huitzilopuchtli, que al intentar ser sofocado con cántaros de agua, todavía ardió con más vigor.
[4] De la Historia de Tlaxcala, citado en el libro de León-Portilla.
[5] Las descripciones también incluían el detalle de que estos hombres blancos solían ir vestidos con una túnica blanca, lo que en muchos casos concordaba con las vestimentas de los religiosos españoles. En cuanto a su carácter y conducta, se les consideraba personas sabias y de buen corazón, opuestas a la guerra y la violencia.
[6] Según un documento escrito en náhuatl, los Anales de Cuauhtitlán, Quetzalcóatl también estaba asociado al lucero del alba (el planeta Venus), y los años Ce-Acatl venían a representar los ciclos venusinos de 52 años.
[7] Documento trascrito por Fray Bartolomé de las Casas años después de este viaje.
[8] Nombre dado por los indios a los españoles.
[9] Estos relatos son citados en el libro de Faber-Kaiser; la mayoría de ellos proceden del Mundo Antiguo y de la Edad Media.

3 comentarios:

Piedra dijo...

Creo que un error que se comete es considerar la historia oficial post "descubrimiento", como literal a la hora de interpretar todo esto.

Según algunas fuentes el comercio con América existía desde hacía mucho (a pequeña escala y de modo secreto), por parte de al menos España y Portugal y en cuanto a lo antes mencionado, la conquista pudo suceder de un modo muy diferente y esto haber sido alterado mucho después, como propaganda política por parte de determinados estados. Los Incas colaboraron en el exterminio de muchas otras tribus indígenas, pero esto es mejor ocultarlo y echar la culpa a cuatro invasores sin recursos ni ejercito (tras ¿años? de zarpar de su país), ¿Como se puede invadir un continente sin ejercito ni comunicación, ni posibilidad de refuerzos?
-Solo con la colaboración de un rey ambicioso y genocida, capaz de vender a su madre por un poco más (para variar).
Pero es mejor dejar a los indios de víctima y a los españoles de asesinos, que lo fueron, pero solo en la medida que podían, que debió ser bien poco en un primer momento.


Saludos.

Xavier Bartlett dijo...

Sobre su comentario, me remito a otro artículo de este mismo blog ("¿Quién descubrió América?") en el que ya tocaba el tema de los visitantes anteriores a Colón, teoría que cada vez va ganando más adeptos, incluso entre las filas académicas.

Sobre el relato en sí mismo de la conquista, obviamente la historia la escriben los vencedores, sin que ello signifique que los vencidos no tuvieran "culpas" o "delitos" que los hagan aparecer como "buenos" a la hora de hacer un juicio histórico supuestamente imparcial.

En este artículo me he limitado a exponer una pequeña parte de este relato en que aparecían elementos anormales que la historiografía pasa por alto como meras ficciones, pero que contribuyen a reslatar el extraño éxito de unos pocos soldados frente a auténticos imperios bien organizados.

Saludos,
Xavier

Piedra dijo...

Pues habrá que buscarlo y leerlo. ;-)