El enigma de los moai
Llegados a este punto, sólo nos
resta por adentrarnos en profundidad en el asunto que más ha dado que hablar
sobre la isla de Pascua: sus arquetípicos moai, que han causado una gran
admiración y sorpresa a todos los visitantes occidentales desde el siglo XVIII. En efecto, ya desde la primera investigación científica exhaustiva de K.
Routledge, la propia isla y sus moai resultaron ser algo desconcertante,
sorprendente y extraño –fuera de lo habitual– que sugería muchas más preguntas
que respuestas. En palabras de la propia antropóloga británica:
“En la isla de Pascua el pasado es presente, es imposible escapar de esto. Los habitantes de hoy son menos reales que los hombres que se fueron. La tierra sigue poseída por la sombra de esos constructores desaparecidos. Voluntaria o involuntariamente, el viajero debe unirse a esos viejos trabajadores, porque en el aire quedan restos de esa vibración de su energía y de la basta finalidad que los guiaba, algo que hoy parece haberse disipado. ¿De qué se trataba? ¿De qué?”[1]
Moai de tamaño medio, con tocado pukao |
Lo primero que llama la atención
es que en un territorio relativamente reducido se han llegado a identificar
casi 900 estatuas monolíticas antropomórficas, incluidas las 397 que
quedaron por acabar en la cantera de volcán Rano-Raraku. La mayoría de estos moai
tiene una altura media respetable, de unos 5 metros, aunque hay bastantes
situados entre 5 y 10 metros. Hay muy pocos que estén por debajo de los tres
metros, mientras que el moai acabado más alto medía unos 11 metros y
pesaba 80 toneladas. Entre los moai inacabados que quedaron en la ladera
del volcán hallamos ejemplares de más altura, hasta alcanzar incluso casi los
22 metros en un caso. El peso de las estatuas, acorde a la altura, va de unas
pocas toneladas a las 270 que se calcula para el gigante de 22 metros.
Casi todos los moai fueron
esculpidos de toba volcánica. Otros pocos, de tamaño más bien pequeño, fueron
realizados de escoria roja, traquita blanca o basalto. En cuanto a su
localización, unos 400 están clavados en la ladera del Rano-Raraku, mientras
que hay poco más de 200 situados sobre las plataformas llamadas ahu, casi
todas ellas en la franja costera. Todas las estatuas de los ahu
se orientaban al interior de la isla menos el Ahu Akivi. El resto de moai
están dispersos por el interior de la isla.
Moai Tuku Turi |
Sobre su origen y cronología, los expertos académicos
–tomando como referencia ciertos paralelismos con la estatuaria del Pacífico–
creen que los moai fueron realizados por gentes polinesias entre los
siglos IX y XVI de nuestra era. Ahora bien, no existe un consenso sobre qué
eran estas enormes estatuas, que podrían situarse entre lo humano y lo divino.
La teoría más difundida y aceptada, y que tiene en cuenta las creencias
nativas, es que eran representaciones divinizadas de antepasados, pero a decir
verdad la ciencia se mueve aquí en el campo de las conjeturas.
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Moai completamente desenterrado |
Y precisamente Schoch ha lanzado
la hipótesis de que los moai que se encuentran dispersos por la ladera
exterior del volcán, hechos mayormente de basalto y con ligeras diferencias
estilísticas con respecto a los moai realizados en toba volcánica,
podrían ser los más antiguos. El problema, empero, es localizar las canteras de
basalto que dieron lugar a esos moai, pues no son apreciables sobre la
superficie. Schoch cree que en realidad estaban en niveles estratigráficos
inferiores, y lo que es más, que tales niveles estarían ahora bajo las aguas.
Esto puede parecer un salida de tono, a menos que consideremos que las canteras
estuvieron en la superficie hace muchos miles de años, antes de que se produjera una
catastrófica subida de las aguas al final de la última Edad del Hielo. Aunque,
claro, eso supondría poner a las canteras –y a los moai– en un horizonte
temporal de hace nada menos que 12.000 años...[4]
De todos modos, otro geólogo, Christian O’Brien, cree que sólo observando los
diversos grados de erosión y comparándolos con otros monumentos antiguos en
climas semejantes se puede desmontar la cronología tradicional, concediendo a
los primeros moai una antigüedad
de varios miles de años.
Moai semienterrado de la ladera del volcán Rano-Raraku. Véanse los rasgos estilizados y las orejas largas |
Y ya bien entrados en el siglo
XX, el también francés Francis Mazière observó que el tallado y pulido de los moai
de la ladera exterior era superior al de los moai del interior del
cráter –incluidos los inacabados– así como de los moai de los ahu,
como si hubiesen sido realizados por dos comunidades distintas, siendo la
segunda la de los polinesios. Estos habrían querido copiar la grandeza de los moai
originales, pero colocando sus estatuas de peor factura sobre las plataformas,
a la manera típicamente polinesia, si bien –como luego veremos– podrían haber
reutilizado plataformas aún más antiguas.
Con todo, el asunto que
normalmente ha generado más polémica es el modo en que se tallaron, se
trasportaron y se alzaron los moai (en particular, sobre los ahu),
con la dificultad añadida en algunos casos de colocar los tocados pukao.
El primer punto, el tallado, parece ser la parte más explicable, pues se han
descubierto algunas herramientas y se han propuesto métodos laboriosos pero al
alcance de una cultura primitiva de la Edad de Piedra, con procesos similares a
los empleados por los egipcios para tallar sus obeliscos. De hecho, la
expedición de William y Katherine Routledge estimó que un maestro tallador y un
equipo de unas 50 personas podían esculpir un moai de unos 10 metros en
poco más de dos semanas, si bien actualmente se considera que se precisaría al
menos el doble de tiempo. Aun así, algunos autores han señalado oportunamente
que resulta asombroso cómo se pudieron tallar y pulir con gran perfección los
durísimos bloques de basalto con sencillas herramientas de piedra, pues la
simple replicación de este procedimiento pone en evidencia la enorme dificultad
de tal labor.
![]() |
Thor Heyerdahl |
En cualquier caso, en todas estas hipótesis siempre han
surgido complicaciones y dudas razonables, teniendo en cuenta además que las
escasas pruebas experimentales sobre el terreno se han realizado con estatuas
bastante pequeñas. Por otro lado, tales métodos de arrastre y manipulación en
terreno agreste y con tramos de fuerte pendiente deberían haber dejado huellas
de rotura, desgaste o mella en los moai, pero sorprendentemente no se
aprecia el menor desperfecto en las estatuas, aparte de la erosión natural. Y
si bien trabajar con estatuas de unas pocas toneladas parece algo factible, los
moai de mayor tamaño y peso, como el gigante inacabado de 22 metros,
suponen todo un reto al sentido común, pues incluso hoy en día mover una mole
de esas dimensiones requeriría de la intervención de una grúa especial, y en un
terreno no precisamente favorable a las operaciones.
El poder del mana
Vistas las hipótesis
convencionales, queda claro que están lejos de ser satisfactorias. En cambio,
muy pocos estudiosos están por la labor de escuchar las tradiciones locales que
afirman en voz baja –pero con toda convicción– que las estatuas fueron movidas
gracias a una habilidad especial que los nativos llaman mana. Según
relata Katherine Routledge, el mana[6],
palabra bien conocida del lenguaje polinesio, quería decir literalmente “buena
suerte”, si bien la traducción más propia sería “poder sobrenatural” y se
relacionaría con la forma más simple de concepción religiosa.
En la práctica, se trataría de
una fuerza o capacidad de la mente que los sabios o sacerdotes podían manejar y
orientar a su voluntad para modelar el entorno físico; por ejemplo, atraer
bancos de peces, curar sólo con las manos, mejorar las cosechas, etc. Al
parecer esta fuerza era algo normal y cotidiano en los tiempos más antiguos y
sin duda habría sido clave en la labor de mover y alzar los moai,
colocándolos en lugares tan poco accesibles y difíciles como el acantilado de
Orongo. Lo que resulta claro es que en algún momento el mana se perdió
por motivos que ignoramos, y tal vez ello pudo impactar en la decadencia de los
moai.
En todo caso, es bien evidente que cualquier cosa que suene
a fenómeno paranormal es objeto de mofa o desprecio por parte de la ortodoxia.
No obstante, sería imprudente aparcar las tradiciones de varios lugares del
mundo que hablan de ese poder que podía manejar la materia de un modo que hoy
nos resulta imposible. Sin ir más lejos, los nativos de la isla de Ponape,
también en el Pacífico, hablan de Olosopa y Olosipa, dos hermanos míticos que
fueron capaces de levantar toda una ciudad megalítica (Nan Madol) moviendo los
bloques por los aires; esto es, por levitación o una fuerza antigravitatoria.
Cabeza de un enorme moai inacabado en la cantera de Rano-Raraku. ¿Cómo pensaban moverlo y alzarlo? |
Para Graham Hancock, estas referencias al mana
están conectadas a un ancestral poder mágico de alcance planetario y que
precedió a todas las civilizaciones conocidas. En concreto, el mana
tendría su paralelo en la magia de los sacerdotes egipcios, que ellos llamaban hekau,
y que se habría empleado –entre otras cosas– para abordar labores
constructivas. En Rapa-Nui esa magia era también propia de los sabios o
sacerdotes, que recurrían a una piedra sagrada denominada Te Pito Kura para
concentrar su poder mental y forzar a las estatuas “a que caminasen”. Esto es,
el tallado de las estatuas se haría por medios más o menos “convencionales”
pero el transporte y el alzado se realizarían mediante el mana. En suma,
nos encontramos aquí una vez más con la explicación alternativa para el
fenómeno del megalitismo –en todas sus facetas– que suele causar risa o
desprecio entre los académicos.
Los imponentes ahu
El ahu con mayor número de moai (15) |
Como ya cité, los ahu –poco más de 300 en toda la
isla– estaban mayoritariamente situados en la costa, en algunos casos
prácticamente sobre acantilados. Casi todos ellos contenían pequeños grupos de moai,
hasta un máximo de quince estatuas. En cuanto a su construcción, se aprecia un
esfuerzo nada despreciable, pues tenían un núcleo de mampostería y un paramento
exterior de grandes piedras. Su forma típica era de paralelepípedo alargado[7],
de entre unos pocos metros hasta 150 metros, y con una altura que podía llegar
incluso a los 7 metros. En el lado que daba a tierra solían tener una
superficie empedrada a modo de plaza. En cuanto al volumen y peso, se ha
calculado que los ahu medianos podían tener de 300 a 500 toneladas de
piedra, mientras que en Tahai hay tres grandes estructuras que podrían rondar
las 2.000 toneladas.
Por lo que se refiere al método de construcción, se ven
estilos de obra diferentes, añadidos y modificaciones (hasta más de cinco
intervenciones), lo que indicaría un largo periodo de utilización y reutilización.
Y volviendo a la vieja polémica del origen de los pascuenses, es patente que en
la isla hallamos varios muros o plataformas –el más notable, el Ahu Vinapu– que
recuerdan por su factura a la técnica megalítica empleada en Sudamérica (por
ejemplo, en Cuzco, Machu Picchu u Ollantaytambo), con gigantescos bloques de
gran peso y formas irregulares que encajan perfectamente, sin ningún tipo de
mortero, lo cual parece más bien impropio de una sociedad “primitiva”.
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Paramento megalítico del Ahu Vinapu, muy similar al estilo pre-incaico que puede verse en el Perú |
El problema de este tipo de paramento es que realmente no
se puede atribuir a la época inca, como algunos autores alternativos han
apuntado, pues los incas –aun siendo excelentes picapedreros y arquitectos–
usaban pequeños bloques rectangulares para sus construcciones. La obra
típicamente megalítica debe ser muy anterior, pero nadie sabe cuánto más
antigua, y esto mismo se podría aplicar a lo que vemos en Pascua, lo que nos
llevaría a una ocupación prehistórica que se hunde en la noche de los tiempos.
En todo caso, sería conveniente recordar que aparte del megalitismo americano,
existe un importante megalitismo del Pacífico que prácticamente no ha sido
estudiado por el mundo académico y que podría tener conexiones con Pascua.
Y todavía queda otro punto no
poco importante sobre los ahu. Hemos comentado que tendrían una función
ritual o religiosa –de procedencia netamente polinesia– y esto parece estar
confirmado por la presencia de algunos enterramientos, de unos fosos
crematorios y de una especie de pequeños altares donde se expondría el cuerpo
del difunto. Sin embargo, para algunos investigadores versados en
arqueoastronomía la posición y orientación de los ahu sobre el terreno
indicaría una finalidad original que tal vez no tuvo nada que ver con la
“reutilización polinesia”. En efecto, al menos unos 20 ahu –entre ellos
los principales– tendrían una función plenamente astronómica, pues serían
perfectos marcadores del sol naciente o poniente en los solsticios y
equinoccios.
Graham Hancock ha profundizado en
esta cuestión y nos habla de unos sabios de la isla llamados Tangata Rani
que tenían altos conocimientos astronómicos
y que empleaban lugares específicos para dedicarse a la observación del
Sol, los astros y el firmamento en general. Así, para el autor escocés no hay
duda de que “esa isla, que se llamaba a sí misma ojos que miran al cielo
[Mata ki-te-rangi], dispuso de un sistema institucionalizado para transmitir
los conocimientos astronómicos, un sistema iniciático con aprendices y
maestros”[8].
Hancock va más allá incluso y relaciona algunos conceptos y palabras pascuenses
con las antiguas creencias egipcias, sobre todo por los términos Mata
(ojos) y Raa (Sol), similares a Maat (armonía, equilibrio,
visión) y Ra (el dios Sol). Eso llevaría a considerar que Pascua tenía
una rica cosmogonía y sería un enclave equivalente al de otros puntos
específicos del planeta que también eran considerados “ombligos del mundo” (omphalos),
que Hancock califica de faros geodésicos, marcadores y guardianes
de un conocimiento ancestral, el de la precesión de los equinoccios[9].
La decadencia constructiva
Moai abandonados en la ladera del volcán... ¿desde cuándo? |
Sin embargo, la simple observación de los restos de estatuas inacabadas también nos empuja a pensar no en un única etapa de decadencia, sino en dos. Así, las estatuas que quedan en la ladera exterior del Rano-Raraku muestran una notable calidad, mientras que las que están en la ladera interior se ven bastante más toscas y “decadentes”. Todo esto confirma lo que ya hemos expuesto sobre la diversidad del poblamiento de la isla, pero también nos empuja a pensar que hubo un doble parón constructivo –y tal vez de ocupación de la isla– de quizá siglos o milenios entre la primera época y la segunda. Por lo demás, no tenemos ninguna pista de por qué se produjo ese rápido declive en ambos momentos, hasta el punto de abandonar tanto trabajo en las canteras cuando estaba casi acabado en muchos casos. Pudo ser un súbito desastre natural (terremoto, maremoto, erupción volcánica, etc.) o tal vez una escasez crítica de recursos motivada por la superpoblación y sobreexplotación del ecosistema, pero todo ello no deja de ser una mera conjetura.
Otra vía de interpretación podría ser la ya citada guerra
entre las dos comunidades, pues si bien Roggeveen (1722) había visto las
estatuas erguidas, ya desde la expedición de Cook (1774) se pudo apreciar que
quedaban muy pocas en pie, y cada vez menos con el trascurso de los años[10].
Y viendo la gran dimensión y peso de los moai y su firme colocación
sobre los ahu, todo apunta a que no fueron agentes naturales los que
provocaron su caída sino que fueron derribados ex profeso por los
nativos, posiblemente por los conflictos internos, sin descartar motivaciones
de tipo ideológico o religioso.
Lo que resulta paradójico, y muy poco mencionado por los
investigadores, es que el declive o fin de los moai fue tan súbito y
brusco como su origen, pues nadie ha sabido apreciar un “nacimiento y evolución
de los moai”. Encontramos las grandes estatuas ya bien formadas, y –como
ya se ha señalado– las más antiguas parecen ser las más perfectas. No hay un
periodo de inicio, unos prototipos más groseros, un refinamiento en la técnica,
una evolución progresiva. Todo surgió de golpe y de igual modo se esfumó de
golpe, aparte de las diferencias degenerativas que ya hemos destacado
entre las dos etapas.
Epílogo
Como hemos visto, la isla de Pascua se resiste aún a
desvelar todos sus secretos, ya sea desde una perspectiva académica o desde
otra alternativa, con el problema añadido de que unos han intentado encajar
las pruebas en las aguas tranquilas del paradigma mientras que otros han
tendido al puro sensacionalismo como ya comentamos al inicio. Quizá una tercera
opción intermedia sería un camino viable para emprender una investigación seria
y rigurosa, pero al mismo tiempo abierta a todas las posibilidades sin
prejuicio alguno.
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Reivindicación de los nativos de Rapa-Nui (foto:Daniel Schávelzon) |
Por ejemplo, Mazière narra que su expedición de los años
60 todavía pudo entrever que había muchos más misterios en la isla, que había
lugares secretos inexplorados celosamente protegidos (hablaba abiertamente de
ciertas grutas), que los ancianos pascuenses guardaban para sí conocimientos
esotéricos que debían quedar lejos del hombre blanco. Y bien, es posible que el
autor francés se fuera por las ramas y cayera víctima de la influencia del realismo
fantástico tan en boga en su época, pero no cabe duda de que muchos
aspectos de las sociedades pasadas no pueden ser entendidos si continuamos
aplicando el mismo patrón de pensamiento racionalista-materialista de la
ciencia moderna.
Entretanto, mucho me temo que Pascua va a seguir al menos
parcialmente en ese limbo de incomprensión hasta que no superemos esa visión
prepotente de la modernidad occidental, que cree saberlo todo y abarcarlo todo
con su avanzada ciencia y tecnología, y es incapaz realmente de explicar cómo
se alzaron esos fabulosos moai con métodos y utensilios supuestamente
primitivos.
© Xavier Bartlett 2017
Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons
Bibliografía y referencias
BADDELEY, G.; SCHOCH, R. The mysteries of
Easter island: a proposal to
investigate and possibly uncover significant new evidence. 2010
BENÍTEZ, J. J. Mis enigmas
favoritos. Ed. Plaza & Janés. Barcelona, 1993
FAGAN, B. M. (Ed.) Los setenta
misterios del mundo antiguo. Ed. Blume. Barcelona, 2002
HANCOCK, G. El espejo del
paraíso. Ed. Grijalbo. Barcelona, 2001
HEYERDHAL, T. La expedición de
la Kon-Tiki. Ed. Juventud. Barcelona, 1971
HEYERDHAL, T. Aku-Aku. Ed.
Juventud. Barcelona, 1959.
MAZIÈRE, F. Fantástica isla de
Pascua. Ed. Plaza & Janés. Barcelona, 1976
PRATT, D. Easter Island: land of mystery.
http://davidpratt.info/easter1.htm
RIBERA, A. Operación Rapa-Nui.
Ed. Pomaire. Barcelona, 1975
ROUTLEDGE,
K. The mystery of Easter Island: The story of an expedition. Hazel,
Watson & Viney. London, 1919
[1] De su libro
“The mystery of Easter Island” (1919), página 165 (original en inglés).
[2] Algunos son
de tamaño y peso notable; al más pesado se le atribuyen unas 11 toneladas.
[3] Al
principio, empero, se pensó que se trataba de una mujer. Este moai fue hallado
por la expedición de Heyerdahl a mediados del siglo XX.
[4] Al parecer,
según menciona Schoch, el famoso oceanógrafo francés Jacques Cousteau encontró
oquedades y agujeros rectangulares en las capas de basalto localizadas bajo la
superficie cuando realizaba una prospección en aquellas aguas.
[5] Heyerdahl
recurrió a un moai de pequeño tamaño y peso, empleó unas cuerdas dudosamente
históricas y desplazó la estatua por un terreno arenoso muy específico, apenas
presente en la isla.
[6] Como
anécdota, cabe señalar que el barco que llevó a los Routledge a Pascua se
llamaba precisamente Mana.
[7] Sólo en unos
ahu tardíos vemos una forma de sencilla pirámide escalonada, que en
realidad sería una superposición de una estructura nueva sobre otra más
antigua. En estos casos parece ser que no se colocaron estatuas encima y que la
estructura fue empleada con fines funerarios.
[8] HANCOCK, G. El
espejo del paraíso. Ed. Grijalbo. Barcelona, 2001. (Pág. 303)
[9] Hancock
defiende que desde tiempo inmemorial existe una red de lugares sagrados en el
mundo separados exactamente por las mismas distancias en grados, con
Guiza-Heliópolis como eje central, y todo ello en relación con el ciclo
precesional.
[10] En tiempos
modernos casi todas las estatuas ya habían caído de las plataformas y hubo que
alzarlas y colocarlas en su lugar original.
2 comentarios:
De nuevo indicios sobre una civilización antigua y desconocida, con grandes conocimientos astronómicos y de construcción.
Lo que me descoloca un poco de los moais es que no representan al típico ser con cabeza alargada, tan frecuente en otras culturas.
Gracias Cobalt
Bueno, ya ves que se repiten esos mismos patrones de altos conocimientos, pero en cuanto a la fisonomía de los moai, nadie sabe a ciencia cierta a qué raza pertenecen; lo que está claro es que no se corresponden con la raza polinesia. De todos modos, son formas estilizadas, casi abstractas, por lo que sería complicado asignarlas a ese tipo de cabezas alargadas que mencionas, como por ejemplo los cráneos de Paracas, etc.
Saludos,
X.
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