jueves, 21 de diciembre de 2017

Los misterios de la isla de Pascua (2ª parte)


El enigma de los moai



Llegados a este punto, sólo nos resta por adentrarnos en profundidad en el asunto que más ha dado que hablar sobre la isla de Pascua: sus arquetípicos moai, que han causado una gran admiración y sorpresa a todos los visitantes occidentales desde el siglo XVIII. En efecto, ya desde la primera investigación científica exhaustiva de K. Routledge, la propia isla y sus moai resultaron ser algo desconcertante, sorprendente y extraño –fuera de lo habitual– que sugería muchas más preguntas que respuestas. En palabras de la propia antropóloga británica:
“En la isla de Pascua el pasado es presente, es imposible escapar de esto. Los habitantes de hoy son menos reales que los hombres que se fueron. La tierra sigue poseída por la sombra de esos constructores desaparecidos. Voluntaria o involuntariamente, el viajero debe unirse a esos viejos trabajadores, porque en el aire quedan restos de esa vibración de su energía y de la basta finalidad que los guiaba, algo que hoy parece haberse disipado. ¿De qué se trataba? ¿De qué?”[1]
Moai de tamaño medio, con tocado pukao
Lo primero que llama la atención es que en un territorio relativamente reducido se han llegado a identificar casi 900 estatuas monolíticas antropomórficas, incluidas las 397 que quedaron por acabar en la cantera de volcán Rano-Raraku. La mayoría de estos moai tiene una altura media respetable, de unos 5 metros, aunque hay bastantes situados entre 5 y 10 metros. Hay muy pocos que estén por debajo de los tres metros, mientras que el moai acabado más alto medía unos 11 metros y pesaba 80 toneladas. Entre los moai inacabados que quedaron en la ladera del volcán hallamos ejemplares de más altura, hasta alcanzar incluso casi los 22 metros en un caso. El peso de las estatuas, acorde a la altura, va de unas pocas toneladas a las 270 que se calcula para el gigante de 22 metros.

Casi todos los moai fueron esculpidos de toba volcánica. Otros pocos, de tamaño más bien pequeño, fueron realizados de escoria roja, traquita blanca o basalto. En cuanto a su localización, unos 400 están clavados en la ladera del Rano-Raraku, mientras que hay poco más de 200 situados sobre las plataformas llamadas ahu, casi todas ellas en la franja costera. Todas las estatuas de los ahu se orientaban al interior de la isla menos el Ahu Akivi. El resto de moai están dispersos por el interior de la isla.

Moai Tuku Turi
En lo referente a su aspecto, en realidad cada moai es ligeramente distinto de los demás, como si fueran retratos, pero hay una tipología común. Los cuerpos son figuras erguidas y estilizadas como columnas. Los rostros son alargados y angulados, con orejas largas, y nariz y mentón muy marcados, en tanto que los brazos y manos –con largas uñas– se juntan en el ombligo, en un abdomen ligeramente abombado. Y vale la pena remarcar que este aspecto no se corresponde para nada con las gentes típicamente polinesias. Aparte, en algunas estatuas se aprecian una serie de grabados o símbolos en el dorso, cuyo significado es incierto. Algunas de las estatuas presentan una especie de corona, tocado o sombrero cilíndrico o troncocónico llamado pukao realizado en escoria roja[2]. Cabe destacar que los moai de los ahu muestran un aspecto un poco diferente, con formas más redondeadas y con ojos incrustados sobre el rostro. Existe además una excepción a la tipología general: una estatua llamada Tuku Turi, de unos 3,70 metros de alto y 10 toneladas, sin cuello, en posición arrodillada y con unos rasgos faciales bien distintos al resto de moai, que incluyen una prominente barba[3].

Sobre su origen y cronología, los expertos académicos –tomando como referencia ciertos paralelismos con la estatuaria del Pacífico– creen que los moai fueron realizados por gentes polinesias entre los siglos IX y XVI de nuestra era. Ahora bien, no existe un consenso sobre qué eran estas enormes estatuas, que podrían situarse entre lo humano y lo divino. La teoría más difundida y aceptada, y que tiene en cuenta las creencias nativas, es que eran representaciones divinizadas de antepasados, pero a decir verdad la ciencia se mueve aquí en el campo de las conjeturas.

Moai completamente desenterrado
No obstante, como varios investigadores han apuntado, existe un problema importante con las dataciones de los moai. Por un lado, recalcan la escasa fiabilidad de la cronología convencional y por otro ponen de manifiesto que podría haber dos o más grupos de moai claramente diferenciados en el tiempo, dados los diversos grados de fuerte erosión observables en las propias esculturas, aparte de algunas diferencias estilísticas. Esta visión sobre una gran antigüedad de las estatuas está sustentada además por la importante sedimentación natural que se ha acumulado en torno a los moai situados en la ladera del volcán, que podría llegar hasta los 6 metros. A este respecto, cabe señalar que hace años se pudo excavar en su totalidad el busto de un moai, comprobando que era en realidad una gran estatua de cuerpo entero. Desde luego, tal sedimentación pudo haberse producido de forma más o menos rápida a causa de alguna catástrofe, corrimiento de tierras, erupción volcánica, etc. pero el geólogo Robert Schoch no apreció nada de esto cuando inspeccionó el terreno que circunda a los moai.

Y precisamente Schoch ha lanzado la hipótesis de que los moai que se encuentran dispersos por la ladera exterior del volcán, hechos mayormente de basalto y con ligeras diferencias estilísticas con respecto a los moai realizados en toba volcánica, podrían ser los más antiguos. El problema, empero, es localizar las canteras de basalto que dieron lugar a esos moai, pues no son apreciables sobre la superficie. Schoch cree que en realidad estaban en niveles estratigráficos inferiores, y lo que es más, que tales niveles estarían ahora bajo las aguas. Esto puede parecer un salida de tono, a menos que consideremos que las canteras estuvieron en la superficie hace muchos miles de años, antes de que se produjera una catastrófica subida de las aguas al final de la última Edad del Hielo. Aunque, claro, eso supondría poner a las canteras –y a los moai– en un horizonte temporal de hace nada menos que 12.000 años...[4] De todos modos, otro geólogo, Christian O’Brien, cree que sólo observando los diversos grados de erosión y comparándolos con otros monumentos antiguos en climas semejantes se puede desmontar la cronología tradicional, concediendo a los primeros moai  una antigüedad de varios miles de años.

Moai semienterrado de la ladera del volcán Rano-Raraku. Véanse los rasgos estilizados y las orejas largas
Así las cosas, es bien posible que hubieran dos grandes momentos de construcción de moai, uno extremadamente antiguo y otro más moderno, “histórico”, inspirado en los modelos arcaicos y realizado con menos habilidad y cuidado sobre toba y con primitivas herramientas de piedra. De hecho, el escritor francés Pierre Loti ya afirmó en el siglo XIX que había claramente dos clases de estatuas: las de la costa, derribadas y rotas, y las del interior, a las que califica de “aterradoras”, de una época y una apariencia bien distintas. En su opinión, posiblemente los polinesios que llegaron a Pascua se habían encontrado la isla desierta, sólo guardada por unos imponentes moai, que serían monumentos antiguos ya en aquella época.

Y ya bien entrados en el siglo XX, el también francés Francis Mazière observó que el tallado y pulido de los moai de la ladera exterior era superior al de los moai del interior del cráter –incluidos los inacabados– así como de los moai de los ahu, como si hubiesen sido realizados por dos comunidades distintas, siendo la segunda la de los polinesios. Estos habrían querido copiar la grandeza de los moai originales, pero colocando sus estatuas de peor factura sobre las plataformas, a la manera típicamente polinesia, si bien –como luego veremos– podrían haber reutilizado plataformas aún más antiguas.

Con todo, el asunto que normalmente ha generado más polémica es el modo en que se tallaron, se trasportaron y se alzaron los moai (en particular, sobre los ahu), con la dificultad añadida en algunos casos de colocar los tocados pukao. El primer punto, el tallado, parece ser la parte más explicable, pues se han descubierto algunas herramientas y se han propuesto métodos laboriosos pero al alcance de una cultura primitiva de la Edad de Piedra, con procesos similares a los empleados por los egipcios para tallar sus obeliscos. De hecho, la expedición de William y Katherine Routledge estimó que un maestro tallador y un equipo de unas 50 personas podían esculpir un moai de unos 10 metros en poco más de dos semanas, si bien actualmente se considera que se precisaría al menos el doble de tiempo. Aun así, algunos autores han señalado oportunamente que resulta asombroso cómo se pudieron tallar y pulir con gran perfección los durísimos bloques de basalto con sencillas herramientas de piedra, pues la simple replicación de este procedimiento pone en evidencia la enorme dificultad de tal labor.

Thor Heyerdahl
En cambio, sobre el proceso completo, aún en la actualidad no hay más que meras especulaciones, aparte de algún intento de arqueología experimental como el que hizo el noruego Thor Heyerdahl en 1956, que de ninguna manera fue concluyente[5]. A su vez, desde la arqueología académica se han propuesto diversas soluciones tradicionales, como el uso de cuerdas, trineos, rodillos (troncos), trípodes, postes, palancas, terraplenes, etc. y con dos variaciones básicas: desplazar la estatua en horizontal o en vertical. Y por supuesto, todo ello contando con una importante –aunque no enorme– fuerza de trabajo. (Por supuesto, aquí no estamos en Egipto, donde los egiptólogos imaginan auténticos ejércitos de decenas de miles de esclavos o trabajadores para la realización de obras colosales.)

En cualquier caso, en todas estas hipótesis siempre han surgido complicaciones y dudas razonables, teniendo en cuenta además que las escasas pruebas experimentales sobre el terreno se han realizado con estatuas bastante pequeñas. Por otro lado, tales métodos de arrastre y manipulación en terreno agreste y con tramos de fuerte pendiente deberían haber dejado huellas de rotura, desgaste o mella en los moai, pero sorprendentemente no se aprecia el menor desperfecto en las estatuas, aparte de la erosión natural. Y si bien trabajar con estatuas de unas pocas toneladas parece algo factible, los moai de mayor tamaño y peso, como el gigante inacabado de 22 metros, suponen todo un reto al sentido común, pues incluso hoy en día mover una mole de esas dimensiones requeriría de la intervención de una grúa especial, y en un terreno no precisamente favorable a las operaciones.

El poder del mana



Vistas las hipótesis convencionales, queda claro que están lejos de ser satisfactorias. En cambio, muy pocos estudiosos están por la labor de escuchar las tradiciones locales que afirman en voz baja –pero con toda convicción– que las estatuas fueron movidas gracias a una habilidad especial que los nativos llaman mana. Según relata Katherine Routledge, el mana[6], palabra bien conocida del lenguaje polinesio, quería decir literalmente “buena suerte”, si bien la traducción más propia sería “poder sobrenatural” y se relacionaría con la forma más simple de concepción religiosa.

En la práctica, se trataría de una fuerza o capacidad de la mente que los sabios o sacerdotes podían manejar y orientar a su voluntad para modelar el entorno físico; por ejemplo, atraer bancos de peces, curar sólo con las manos, mejorar las cosechas, etc. Al parecer esta fuerza era algo normal y cotidiano en los tiempos más antiguos y sin duda habría sido clave en la labor de mover y alzar los moai, colocándolos en lugares tan poco accesibles y difíciles como el acantilado de Orongo. Lo que resulta claro es que en algún momento el mana se perdió por motivos que ignoramos, y tal vez ello pudo impactar en la decadencia de los moai.

Cabeza de un enorme moai inacabado en la cantera de Rano-Raraku. ¿Cómo pensaban moverlo y alzarlo?
En todo caso, es bien evidente que cualquier cosa que suene a fenómeno paranormal es objeto de mofa o desprecio por parte de la ortodoxia. No obstante, sería imprudente aparcar las tradiciones de varios lugares del mundo que hablan de ese poder que podía manejar la materia de un modo que hoy nos resulta imposible. Sin ir más lejos, los nativos de la isla de Ponape, también en el Pacífico, hablan de Olosopa y Olosipa, dos hermanos míticos que fueron capaces de levantar toda una ciudad megalítica (Nan Madol) moviendo los bloques por los aires; esto es, por levitación o una fuerza antigravitatoria.

Para Graham Hancock, estas referencias al mana están conectadas a un ancestral poder mágico de alcance planetario y que precedió a todas las civilizaciones conocidas. En concreto, el mana tendría su paralelo en la magia de los sacerdotes egipcios, que ellos llamaban hekau, y que se habría empleado –entre otras cosas– para abordar labores constructivas. En Rapa-Nui esa magia era también propia de los sabios o sacerdotes, que recurrían a una piedra sagrada denominada Te Pito Kura para concentrar su poder mental y forzar a las estatuas “a que caminasen”. Esto es, el tallado de las estatuas se haría por medios más o menos “convencionales” pero el transporte y el alzado se realizarían mediante el mana. En suma, nos encontramos aquí una vez más con la explicación alternativa para el fenómeno del megalitismo –en todas sus facetas– que suele causar risa o desprecio entre los académicos.

Los imponentes ahu



El ahu con mayor número de moai (15)
Inevitablemente, al hablar de moai no podemos olvidar que muchos de ellos estuvieron emplazados sobre unas grandes plataformas de piedra, los ya mencionados ahu. Para la arqueología convencional no hay ningún misterio en estas estructuras, y las relacionan directamente con las típicas plataformas polinesias llamadas marae, que eran centros socio-religiosos y santuarios para las divinidades. Sin embargo, vale la pena realizar algunas observaciones que podrían provocar más de una reflexión sobre los orígenes de la cultura pascuense y sobre sus capacidades y conocimientos.

Como ya cité, los ahu –poco más de 300 en toda la isla– estaban mayoritariamente situados en la costa, en algunos casos prácticamente sobre acantilados. Casi todos ellos contenían pequeños grupos de moai, hasta un máximo de quince estatuas. En cuanto a su construcción, se aprecia un esfuerzo nada despreciable, pues tenían un núcleo de mampostería y un paramento exterior de grandes piedras. Su forma típica era de paralelepípedo alargado[7], de entre unos pocos metros hasta 150 metros, y con una altura que podía llegar incluso a los 7 metros. En el lado que daba a tierra solían tener una superficie empedrada a modo de plaza. En cuanto al volumen y peso, se ha calculado que los ahu medianos podían tener de 300 a 500 toneladas de piedra, mientras que en Tahai hay tres grandes estructuras que podrían rondar las 2.000 toneladas.

Por lo que se refiere al método de construcción, se ven estilos de obra diferentes, añadidos y modificaciones (hasta más de cinco intervenciones), lo que indicaría un largo periodo de utilización y reutilización. Y volviendo a la vieja polémica del origen de los pascuenses, es patente que en la isla hallamos varios muros o plataformas –el más notable, el Ahu Vinapu– que recuerdan por su factura a la técnica megalítica empleada en Sudamérica (por ejemplo, en Cuzco, Machu Picchu u Ollantaytambo), con gigantescos bloques de gran peso y formas irregulares que encajan perfectamente, sin ningún tipo de mortero, lo cual parece más bien impropio de una sociedad “primitiva”.

Paramento megalítico del Ahu Vinapu, muy similar al estilo pre-incaico que puede verse en el Perú

El problema de este tipo de paramento es que realmente no se puede atribuir a la época inca, como algunos autores alternativos han apuntado, pues los incas –aun siendo excelentes picapedreros y arquitectos– usaban pequeños bloques rectangulares para sus construcciones. La obra típicamente megalítica debe ser muy anterior, pero nadie sabe cuánto más antigua, y esto mismo se podría aplicar a lo que vemos en Pascua, lo que nos llevaría a una ocupación prehistórica que se hunde en la noche de los tiempos. En todo caso, sería conveniente recordar que aparte del megalitismo americano, existe un importante megalitismo del Pacífico que prácticamente no ha sido estudiado por el mundo académico y que podría tener conexiones con Pascua.

Y todavía queda otro punto no poco importante sobre los ahu. Hemos comentado que tendrían una función ritual o religiosa –de procedencia netamente polinesia– y esto parece estar confirmado por la presencia de algunos enterramientos, de unos fosos crematorios y de una especie de pequeños altares donde se expondría el cuerpo del difunto. Sin embargo, para algunos investigadores versados en arqueoastronomía la posición y orientación de los ahu sobre el terreno indicaría una finalidad original que tal vez no tuvo nada que ver con la “reutilización polinesia”. En efecto, al menos unos 20 ahu –entre ellos los principales– tendrían una función plenamente astronómica, pues serían perfectos marcadores del sol naciente o poniente en los solsticios y equinoccios.

Graham Hancock ha profundizado en esta cuestión y nos habla de unos sabios de la isla llamados Tangata Rani que tenían altos conocimientos astronómicos  y que empleaban lugares específicos para dedicarse a la observación del Sol, los astros y el firmamento en general. Así, para el autor escocés no hay duda de que “esa isla, que se llamaba a sí misma ojos que miran al cielo [Mata ki-te-rangi], dispuso de un sistema institucionalizado para transmitir los conocimientos astronómicos, un sistema iniciático con aprendices y maestros”[8]. Hancock va más allá incluso y relaciona algunos conceptos y palabras pascuenses con las antiguas creencias egipcias, sobre todo por los términos Mata (ojos) y Raa (Sol), similares a Maat (armonía, equilibrio, visión) y Ra (el dios Sol). Eso llevaría a considerar que Pascua tenía una rica cosmogonía y sería un enclave equivalente al de otros puntos específicos del planeta que también eran considerados “ombligos del mundo” (omphalos), que Hancock califica de faros geodésicos, marcadores y guardianes de un conocimiento ancestral, el de la precesión de los equinoccios[9].

La decadencia constructiva



Moai abandonados en la ladera del volcán... ¿desde cuándo?
Finalmente, queda por resolver una de las mayores incógnitas sobre los moai: su brusco punto y final, dado que hallamos en la cantera del volcán docenas de piezas inacabadas, como si de repente se hubiera parado el tiempo de forma súbita y la civilización pascuense se hubiera agotado de golpe en unos pocos años, o incluso meses o semanas. Para la arqueología académica, el último moai fue erigido en Hanga Kioe hacia el año 1650 y allí se acabó el impulso constructivo o escultórico de los nativos, lo que vendría a coincidir con el inicio de la decadencia de su sociedad y su cultura.

Sin embargo, la simple observación de los restos de estatuas inacabadas también nos empuja a pensar no en un única etapa de decadencia, sino en dos. Así, las estatuas que quedan en la ladera exterior del Rano-Raraku muestran una notable calidad, mientras que las que están en la ladera interior se ven bastante más toscas y “decadentes”. Todo esto confirma lo que ya hemos expuesto sobre la diversidad del poblamiento de la isla, pero también nos empuja a pensar que hubo un doble parón constructivo –y tal vez de ocupación de la isla– de quizá siglos o milenios entre la primera época y la segunda. Por lo demás, no tenemos ninguna pista de por qué se produjo ese rápido declive en ambos momentos, hasta el punto de abandonar tanto trabajo en las canteras cuando estaba casi acabado en muchos casos. Pudo ser un súbito desastre natural (terremoto, maremoto, erupción volcánica, etc.) o tal vez una escasez crítica de recursos motivada por la superpoblación y sobreexplotación del ecosistema, pero todo ello no deja de ser una mera conjetura.

Otra vía de interpretación podría ser la ya citada guerra entre las dos comunidades, pues si bien Roggeveen (1722) había visto las estatuas erguidas, ya desde la expedición de Cook (1774) se pudo apreciar que quedaban muy pocas en pie, y cada vez menos con el trascurso de los años[10]. Y viendo la gran dimensión y peso de los moai y su firme colocación sobre los ahu, todo apunta a que no fueron agentes naturales los que provocaron su caída sino que fueron derribados ex profeso por los nativos, posiblemente por los conflictos internos, sin descartar motivaciones de tipo ideológico o religioso.

Lo que resulta paradójico, y muy poco mencionado por los investigadores, es que el declive o fin de los moai fue tan súbito y brusco como su origen, pues nadie ha sabido apreciar un “nacimiento y evolución de los moai”. Encontramos las grandes estatuas ya bien formadas, y –como ya se ha señalado– las más antiguas parecen ser las más perfectas. No hay un periodo de inicio, unos prototipos más groseros, un refinamiento en la técnica, una evolución progresiva. Todo surgió de golpe y de igual modo se esfumó de golpe, aparte de las diferencias degenerativas que ya hemos destacado entre las dos etapas.

Epílogo



Como hemos visto, la isla de Pascua se resiste aún a desvelar todos sus secretos, ya sea desde una perspectiva académica o desde otra alternativa, con el problema añadido de que unos han intentado encajar las pruebas en las aguas tranquilas del paradigma mientras que otros han tendido al puro sensacionalismo como ya comentamos al inicio. Quizá una tercera opción intermedia sería un camino viable para emprender una investigación seria y rigurosa, pero al mismo tiempo abierta a todas las posibilidades sin prejuicio alguno.

Reivindicación de los nativos de Rapa-Nui (foto:Daniel Schávelzon)
Pero, ya sea desde una vertiente ortodoxa o alternativa, lo que es más triste es que el mundo occidental ha entrado en Pascua como un elefante en una cacharrería y ha cometido numerosos errores y tropelías que han repercutido en la pérdida irreparable de un conocimiento ancestral y en una cerrazón por parte de la población nativa. A este respecto, me ha llamado la atención que en varias obras se pone bien de manifiesto que el hombre blanco llegó a la isla con aires de superioridad, esclavizó a la población local, cometió un auténtico genocidio, expolió o destruyó su cultura, colonizó su territorio, metió a la población en un ghetto, persiguió sus creencias y su tradición e impuso un cierto orden ideológico, administrativo, social y económico. Y como resultado de esta intolerancia y prepotencia racial, ideológica o religiosa, el espíritu de Rapa-Nui quedó parcialmente destruido o tuvo que ser ocultado y protegido por sus últimos guardianes. Por decirlo de otro modo, los primeros occidentales ya encontraron un sociedad en decadencia pero ellos acabaron de rematarla de forma brutal entre el siglo XIX e inicios del XX, lo cual supuso una auténtica debacle para cualquier estudio antropológico posterior.

Por ejemplo, Mazière narra que su expedición de los años 60 todavía pudo entrever que había muchos más misterios en la isla, que había lugares secretos inexplorados celosamente protegidos (hablaba abiertamente de ciertas grutas), que los ancianos pascuenses guardaban para sí conocimientos esotéricos que debían quedar lejos del hombre blanco. Y bien, es posible que el autor francés se fuera por las ramas y cayera víctima de la influencia del realismo fantástico tan en boga en su época, pero no cabe duda de que muchos aspectos de las sociedades pasadas no pueden ser entendidos si continuamos aplicando el mismo patrón de pensamiento racionalista-materialista de la ciencia moderna.

Entretanto, mucho me temo que Pascua va a seguir al menos parcialmente en ese limbo de incomprensión hasta que no superemos esa visión prepotente de la modernidad occidental, que cree saberlo todo y abarcarlo todo con su avanzada ciencia y tecnología, y es incapaz realmente de explicar cómo se alzaron esos fabulosos moai con métodos y utensilios supuestamente primitivos.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons


Bibliografía y referencias


BADDELEY, G.; SCHOCH, R. The mysteries of Easter island: a proposal to investigate and possibly uncover significant new evidence. 2010

BENÍTEZ, J. J. Mis enigmas favoritos. Ed. Plaza & Janés. Barcelona, 1993

FAGAN, B. M. (Ed.) Los setenta misterios del mundo antiguo. Ed. Blume. Barcelona, 2002

HANCOCK, G. El espejo del paraíso. Ed. Grijalbo. Barcelona, 2001

HEYERDHAL, T. La expedición de la Kon-Tiki. Ed. Juventud. Barcelona, 1971

HEYERDHAL, T. Aku-Aku. Ed. Juventud. Barcelona, 1959.

MAZIÈRE, F. Fantástica isla de Pascua. Ed. Plaza & Janés. Barcelona, 1976

PRATT, D. Easter Island: land of mystery. http://davidpratt.info/easter1.htm

RIBERA, A. Operación Rapa-Nui. Ed. Pomaire. Barcelona, 1975

ROUTLEDGE, K. The mystery of Easter Island: The story of an expedition. Hazel, Watson & Viney. London, 1919



[1] De su libro “The mystery of Easter Island” (1919), página 165 (original en inglés).

[2] Algunos son de tamaño y peso notable; al más pesado se le atribuyen unas 11 toneladas.

[3] Al principio, empero, se pensó que se trataba de una mujer. Este moai fue hallado por la expedición de Heyerdahl a mediados del siglo XX.

[4] Al parecer, según menciona Schoch, el famoso oceanógrafo francés Jacques Cousteau encontró oquedades y agujeros rectangulares en las capas de basalto localizadas bajo la superficie cuando realizaba una prospección en aquellas aguas.

[5] Heyerdahl recurrió a un moai de pequeño tamaño y peso, empleó unas cuerdas dudosamente históricas y desplazó la estatua por un terreno arenoso muy específico, apenas presente en la isla.

[6] Como anécdota, cabe señalar que el barco que llevó a los Routledge a Pascua se llamaba precisamente Mana.

[7] Sólo en unos ahu tardíos vemos una forma de sencilla pirámide escalonada, que en realidad sería una superposición de una estructura nueva sobre otra más antigua. En estos casos parece ser que no se colocaron estatuas encima y que la estructura fue empleada con fines funerarios.

[8] HANCOCK, G. El espejo del paraíso. Ed. Grijalbo. Barcelona, 2001. (Pág. 303)

[9] Hancock defiende que desde tiempo inmemorial existe una red de lugares sagrados en el mundo separados exactamente por las mismas distancias en grados, con Guiza-Heliópolis como eje central, y todo ello en relación con el ciclo precesional.
[10] En tiempos modernos casi todas las estatuas ya habían caído de las plataformas y hubo que alzarlas y colocarlas en su lugar original.

2 comentarios:

Cobalt UDK dijo...

De nuevo indicios sobre una civilización antigua y desconocida, con grandes conocimientos astronómicos y de construcción.

Lo que me descoloca un poco de los moais es que no representan al típico ser con cabeza alargada, tan frecuente en otras culturas.

Xavier Bartlett dijo...

Gracias Cobalt

Bueno, ya ves que se repiten esos mismos patrones de altos conocimientos, pero en cuanto a la fisonomía de los moai, nadie sabe a ciencia cierta a qué raza pertenecen; lo que está claro es que no se corresponden con la raza polinesia. De todos modos, son formas estilizadas, casi abstractas, por lo que sería complicado asignarlas a ese tipo de cabezas alargadas que mencionas, como por ejemplo los cráneos de Paracas, etc.

Saludos,
X.