jueves, 20 de agosto de 2015

El fenómeno de los “surcos de carro”


Los llamados “surcos de carro” constituyen una de esas rarezas del ámbito arqueológico que apenas es conocida por el gran público, tal vez porque no es espectacular ni especialmente misteriosa y porque se ha mantenido relativamente alejada de las muy populares teorías sobre la presencia de seres extraterrestres en nuestro planeta. Con todo, es un fenómeno que –pese a estar bien descrito y estudiado a lo largo de muchos años de investigación– sigue desafiando tanto a los académicos como a los investigadores independientes, puesto que nadie ha sido capaz de dar una explicación sólida y coherente sobre su origen y función.

Antes que nada, es preciso realizar una breve introducción o definición de estos “surcos de carro” (internacionalmente más conocidos por su denominación en inglés: cart ruts o cart tracks). Básicamente, se trata de unas pequeñas zanjas, canales o hendiduras excavadas sobre el terreno, que forman líneas rectas o curvas de diversa longitud y que aparecen por pares, lo que les da un aspecto de camino. Presentan una sección en “V” o “U”, con una profundidad que oscila entre unos 10-15 centímetros hasta 50-60 centímetros. No obstante, en algunos casos, los surcos apenas destacan sobre la superficie o bien son muy profundos, alcanzando incluso hasta un metro. Dada su trayectoria paralela y su separación media regular, alrededor de 1,40 metros, se empleó la expresión “surcos de carro” para definirlos, a falta de mejores explicaciones.

Surcos de Clapham Junction (Malta)
Estos surcos han sido localizados en diversos lugares del planeta, desde México a Azerbaiyán, pero sobre todo están muy presentes en el área mediterránea (Sicilia, Cerdeña, Italia, sur de Francia, España[1], Grecia, Turquía...). Pero de entre toda la casuística, destacan con mucho los 150 yacimientos de surcos hallados en las islas de Malta y Gozo, excavados sobre una dura superficie de piedra caliza coralina. Es de reseñar cierta zona del sudoeste de Malta llamada Misrah Ghar il-Kbir o Clapham Junction[2], que concentra una amplia red de surcos, que toman diversas direcciones y que a veces convergen o se entrecruzan. Asimismo, se han identificado allí unas extrañas crestas esculpidas en el mismo terreno rocoso, con la apariencia de cajas o cuadrados y de triángulos isósceles y equiláteros, sin que nadie sepa qué son y cómo se relacionan con los surcos.

También se ha podido apreciar que varios de los surcos acaban en los acantilados y parecen tener continuación más allá de la línea de la costa; de hecho, algunas prospecciones submarinas han permitido identificar restos de estos surcos en las aguas circundantes. En este sentido, varios investigadores apuntan al hecho de que la continuidad de surcos entre Malta y la adyacente isla de Filfla[3] demostraría que toda la zona estaba por encima de las aguas en tiempos muy remotos y que luego el nivel del mar subió en gran medida –quizá por efecto de una gran catástrofe natural– hasta separar las dos porciones de tierra.

Sobre su datación, no hay manera de obtener fechas absolutas, pero se aprecia que las tumbas púnicas se construyeron por encima de estos surcos, lo cual los remontaría a una antigüedad mínima del siglo VII a. C., con un horizonte aproximado entre la Edad del Hierro y la Edad del Bronce. Sin embargo, algunos investigadores creen que son bastante más antiguos y de hecho se ha formulado la hipótesis de que podrían coincidir con la época de construcción de los grandes templos del Neolítico (entre el 4000 y el 2500 a. C.) y que podrían estar relacionados con la extracción y traslado de piedra de las canteras a los enclaves megalíticos. De todas formas, si damos por buenos los surcos subacuáticos, la fecha podría retrasarse varios miles de años más, hasta el final de la última Edad de Hielo, cuando se produjo un gran deshielo global que hizo subir considerablemente el nivel de las aguas.

Lo cierto es que, a pesar de muchas décadas de estudios in situ, nadie sabe exactamente qué son los surcos, ni quién los hizo, ni cuándo ni con qué fin. De hecho, no existen referencias escritas, ni mitos ni tradiciones orales, ni imágenes de ningún tipo sobre los surcos. Por sus características se puede descartar que tales marcas sean fruto de procesos geológicos, pero tampoco parece que sean huellas de antiguos carros, dado que no tenemos una tercera marca central, la que habría hecho el animal o animales de tiro. Se ha especulado sobre otras opciones, como –por ejemplo– raíles sobre los que desplazar un trineo u objeto semejante, huellas de algún vehículo no identificado, canales de irrigación o incluso alineaciones con finalidades rituales o astronómicas (al “estilo Nazca”)  pero no hay pruebas mínimamente sólidas al respecto. En el caso de Malta, empero, la opinión mayoritaria de los arqueólogos es la mencionada teoría del transporte de piedra para los templos megalíticos.

Lo que es muy destacable es que este mismo año ha salido a la luz una noticia relacionada con este fenómeno con cierto toque sensacionalista, pero que merece ser tenida en cuenta a la espera de investigaciones posteriores. Así, el geólogo ruso Alexander Koltypin, de la Universidad Internacional Independiente de Ecología y Politología de Moscú, ha vertido afirmaciones muy llamativas sobre unos surcos paralelos ubicados un terreno petrificado del Valle Frigio[4], en la Anatolia Central (Turquía).

Surcos con estrías laterales sobre la roca (Turquía)
Según Koltypin, la formación rocosa en que se hallan estas marcas es particularmente antigua: se trata de una deposición solidificada de ceniza volcánica que se ha datado entre 12 y 14 millones de años, lo que descarta obviamente que hubiesen sido hechas por carros del Mundo Antiguo; además, algunos surcos son excepcionalmente profundos, hasta un metro en algunos puntos. Al parecer, las huellas se habrían originado sobre terreno blando y su notable profundidad es síntoma del peso del vehículo. En su opinión, más bien tienen el aspecto de huellas de vehículos modernos todo-terreno dado el ancho entre de los surcos, parecido al de los coches o camiones. Y por si fuera poco, por encima de los surcos se observan unas estrías laterales en la roca que  podrían haber sido hechas por los ejes de los supuestos vehículos.

El geólogo ruso no duda en aseverar que “estamos viendo los signos de una civilización que existió antes de la clásica creación de este mundo. Puede que las criaturas de esta pre-civilización no fueran como los humanos modernos.” Por otro lado, la perfección de los trazos le impulsa a rechazar la hipótesis de que sean productos de procesos naturales sin ninguna intervención humana. Así pues, Koltypin propone que hace unos 12-14 millones de años debió existir una antiquísima civilización pre-humana que manejaba enormes vehículos en lo que hoy es la actual Turquía[5].

En definitiva, más allá de mencionar gratuitamente la existencia de esos vehículos en una era muy remota, este hallazgo podría suponer un salto cualitativo en el estudio de los cart ruts, por la longitud y profundidad de las marcas, por la presencia de hendiduras laterales sobre la roca y por la datación geológica, que parece ser de bastante fiabilidad. No obstante, como es obvio, antes de lanzar las campanas al vuelo, se deberá comprobar con seguridad que tales trazos sobre el terreno no pudieron ser el resultado de algún proceso natural (¿glaciares?) o de alguna intervención humana relativamente reciente. Pero si se confirma la antigüedad y artificialidad de estos surcos, habrá que volver a plantear más de una hipótesis sobre su significado.

© Xavier Bartlett 2015


[1] En la localidad de Solana de la Pedrera (Murcia).
[2] Nombre dado por el arqueólogo David Trump, a partir de la semejanza de este lugar con un complejo nudo de vías ferroviarias en Gran Bretaña.
[3] También allí se ha reconocido el mismo tipo de surcos.
[4] Frigia es una región de Turquía con una rica historia antigua, así como una notable mitología que incluye al rey Gordias o al rey Midas.
[5] Hay que incidir en el hecho que este geólogo es más bien un científico heterodoxo que ha abrazado muchas herejías y teorías alternativas relativamente radicales y que por ello sus afirmaciones deben tomarse como mínimo con una moderada prudencia.

martes, 4 de agosto de 2015

Los descubrimientos de Alfredo Gamarra


Tengo el placer de presentar aquí un trabajo del autor holandés Jan Peter de Jong, que lleva años viviendo en el Perú e investigando los misterios arqueológicos de las antiguas civilizaciones precolombinas. El empeño de este investigador se ha centrado en particular en las técnicas de construcción de los antiguos incas (o, para ser más exactos, los que estaban antes  que ellos), destapando las inconsistencias del paradigma actual, que, a su juicio, no da respuesta satisfactoria a ciertas características muy visibles en el registro arqueológico. Cabe decir que de Jong ha fundamentado gran parte de su labor en los esfuerzos previos de los Gamarra, Alfredo (ya fallecido) y su hijo Jesús, que desafiaron con sus teorías y observaciones los cimientos de la arqueología convencional.

Precisamente, hace pocos años Jan Peter de Jong escribió un artículo a modo de homenaje a Alfredo Gamarra, que la revista digital Dogmacero tuvo el honor de publicar en su número 2.  Y, dado que estos dos grandes investigadores peruanos fueron más bien poco mediáticos, sus propuestas no son demasiado conocidas, por lo cual quisiera ahora reproducir íntegramente este artículo en el que los lectores hallarán una completa síntesis de las aportaciones de este gran sabio peruano. Para todos aquellos que deseen ampliar la información sobre estos temas, les invito a que visiten los sitios web de Jan P. de Jong: http://www.ancient-mysteries-explained.com y  http://www.janpeterdejong.com




Alfredo Gamarra (1903-1999) fue un investigador peruano que dedicó buena parte de su vida a investigar los misterios de la historia de la Humanidad. Su trabajo, que tuvo carácter multidisciplinar, se basó especialmente en la información que le proporcionaron los numerosos vestigios arqueológicos de Cuzco, su ciudad natal y antigua capital inca del Perú. Estos esfuerzos, que afortunadamente tienen continuidad gracias al tesón de su hijo Jesús, le condujeron a conclusiones que van más allá del paradigma científico actual. Así, podríamos decir que nos hallamos frente a un trabajo no precisamente convencional, pero sí riguroso y exhaustivo, que sin duda merece una seria consideración, dado que presenta nuevas perspectivas y soluciones donde otros no han sido capaces de aportar nada.

Seguidamente exponemos un resumen de las principales teorías que desarrolló Alfredo Gamarra a partir de sus observaciones e investigaciones.


América no es el Nuevo Mundo, sino un mundo mucho más antiguo


Ruinas de Machu Picchu
Alfredo y Jesús Gamarra estudiaron muchos documentos antiguos y todos los vestigios que se hallan en la ciudad de Cuzco, Sacsayhuamán, el Valle Sagrado de los incas (incluyendo Machu Picchu) y muchos otros lugares poco conocidos por el público. A partir de estas pruebas, y con la aportación de su profundo conocimiento de los mitos locales, leyendas y restos de culturas pretéritas, como los incas, llegaron a la conclusión de que Cuzco y sus alrededores son mucho más antiguos de lo que se supone (de ningún modo construidos por los incas), y que el continente americano no era realmente un Nuevo Mundo, como sostiene el paradigma histórico dominante, sino un mundo mucho más arcaico de lo que se acepta comúnmente.


El origen de muchas culturas de todo el mundo se encuentra en Perú


Esta conclusión sobre América también se basaba en el descubrimiento de restos extraordinariamente antiguos dentro y cerca de lo que se supone que eran vestigios incas, así como en otros indicios procedentes de historias locales, topónimos, símbolos, archivos y crónicas del periodo colonial. Además, estudios posteriores centrados en libros antiguos  —como las obras de historiadores griegos y romanos, o informaciones extraídas del Vaticano y de la Biblia— y en la semejanza de las lenguas locales, como el quechua y el aymara, con otras lenguas de todo el mundo, les inclinaron a pensar que muchas culturas pudieron haber tenido su origen en esta parte del mundo. Asimismo, la memoria global que parece que existió sobre antiguas civilizaciones como la Atlántida o Mu pudo haber estado relacionada con este mismo lugar.

"Piedra de los 12 ángulos"  (Cuzco, Perú)
Cuzco podría haber sido el lugar sagrado de los orígenes de la humanidad. Para los Gamarra, la presencia de un estilo constructivo muy arcaico en Cuzco y sus alrededores significa algo especial, como si este lugar pudiera considerarse la cuna de Humanidad. Las construcciones en este estilo se encuentran en otras partes del mundo, también relacionadas con “El Origen”, pero no son tan abundantes como en la zona de Cuzco. Además, el estudio de la literatura, los topónimos y las antiguas lenguas, así como los indicios que Alfredo Gamarra percibió en sueños lúcidos, parecen confirmar esta sorprendente conclusión.

Los incas construyeron sobre vestigios ya existentes


Los Gamarra concluyeron que los incas fueron los responsables de las construcciones más simples de lugares como Sacsayhuamán o Machu Picchu, caracterizadas por el uso de  pequeñas piedras —con marcas de martillo y cincel— o bien de ladrillos de adobe. Sin embargo ellos no construyeron las estructuras más sofisticadas, dado que no poseían las herramientas adecuadas para producir tales resultados. Concretamente existirían dos estilos pre-incaicos:
  1. Del tiempo de Hanan Pacha, una época que según A. Gamarra coincidiría con el paraíso citado en la Biblia (según la mitología inca, el tiempo de la tierra con el cielo encima). Encontramos este estilo en la base de los vestigios, realizado sobre la roca viva, con el aspecto de haber sido tallado como mantequilla o queso. Las piedras presentan vitrificación y suelen hallarse en el centro o debajo de los muros de épocas posteriores.
  2. Del tiempo de Uran Pacha, que vendría a ser la época bíblica comprendida entre la expulsión del paraíso y la confusión de las lenguas. Se trataría del estilo típicamente megalítico con los bordes vitrificados y con un encaje perfecto de los bloques. Solemos encontrar estos muros encima o alrededor de las piedras del primer estilo.


Estilo Hanan Pacha (pre-incaico)

Estilo Uran Pacha (pre-incaico)

 
Estilo Ukun Pacha (incaico)


Los mismos estilos constructivos anteriores a los incas aparecen en todo el mundo


Alfredo Gamarra identificó el estilo Hanan Pacha en varios monumentos antiguos de todo el mundo, como Malta, Egipto, Gran Bretaña o Japón. En muchos casos parece ser que este estilo fue utilizado por culturas posteriores. Así, en Egipto apareció este estilo en la cámara subterránea –una estructura supuestamente inacabada– que muestra algunas típicas características Hanan Pacha, como las esquinas interiores redondeadas y un aspecto moldeado. En Japón, las estructuras sumergidas de Yonaguni aún son objeto de debate sobre su artificialidad, pero para A. Gamarra estaba claro que mostraban los mismos rasgos típicos del estilo Hanan Pacha.

Gracias al análisis comparativo de imágenes de algunos yacimientos de todo el mundo, se ha podido observar estructuras similares en todos los rincones del planeta, formando en muchas ocasiones la base de antiguos monumentos sagrados. En este sentido, cabe destacar el sensacional descubrimiento de que la estructura pétrea en el interior de la mezquita de la Cúpula de la Roca en Jerusalén, llamada la piedra fundacional, es una típica piedra Hanan Pacha.

El tipo de construcción del Hanan Pacha forma parte de la base de los vestigios. Los muros se erigen alrededor de esas estructuras, como si necesitaran ser protegidas o fueran consideradas de vital importancia, si bien todavía no hemos sido capaces de asignar una función conocida a tales estructuras, al menos desde nuestra lógica actual. También está claro que estas estructuras, hasta el día de hoy, son utilizadas por la población local para hacer ofrendas. En todo caso, hay que reseñar que no se han identificado canteras para estas construcciones, como algunos han propuesto.

Megalitismo en Egipto
Lo mismo ocurre con el estilo de construcción del Uran Pacha: muros compuestos de piedras perfectamente unidas, tan típico de Cuzco, y algunas veces con enormes bloques. Como ya comentamos, este estilo se detecta muchas veces encima o alrededor del estilo Hanan Pacha. Gracias a Internet podemos ver hoy en día que este estilo aparece en varios yacimientos en todo el mundo; así, otros ejemplos de esta construcción, aparte de Perú, los encontramos en la Isla de Pascua, Egipto, Malta y Grecia.

El tercer estilo pertenece sin duda a los incas, según los Gamarra, y es el más tardío, edificado siempre encima de los otros dos estilos. Algunos podrán argüir que los diferentes estilos  se superponen en fluida armonía, pero resulta obvio que cada estilo se corresponde con una tecnología diferente, y que el último de ellos presenta una tecnología muy simple. Asimismo, las piedras utilizadas en cada estilo son de diferentes tipos, lo que puede representar diferentes fases.  También hay que considerar que en los muros con piedras perfectamente encajadas, aun de gran tamaño, no vemos nunca piedras mal colocadas: siempre apreciamos juntas perfectas, lo cual hace más probable la afirmación de los Gamarra de que en aquel tiempo les era fácil hacerlo así, gracias a algún tipo de tecnología desconocida.

Esta tecnología parece ser que se basaba en piedras moldeables. En todos los vestigios examinados se aprecia que los constructores de los estilos Hanan y Uran Pacha eran capaces de hacer cualquier forma que quisieran en la piedra. Así, hallamos bloques con la forma de esquina, juntas perfectas con superficies irregulares en todos los bordes de la piedra, formas caprichosas de la piedra –como si pudieran hacer movimientos rápidos– y diáfanos cambios en la superficie de la roca, como si ésta fuera blanda. El estilo Hanan Pacha se muestra como si hubiera sido moldeado con una cuchara, siempre con esquinas interiores cóncavas, redondeadas, lo que descarta que hubiera sido realizado con un rayo láser, como algunos indican. Una buena analogía de este estilo sería nuestro moderno material de protección de porexpan, hecho con moldes y calor, que tiene la misma apariencia de esquinas redondeadas. De nuevo encontramos esta misma manera de trabajar la piedra en otros yacimientos a nivel mundial.

Las piedras moldeadas y vitrificadas fueron usadas antes de la época inca


La vitrificación es un fenómeno que aún es negado sistemáticamente por la ciencia ortodoxa. Los arqueólogos se refieren a esta característica como “piedras exquisitamente pulidas”. Sin embargo, Alfredo Gamarra identificó hace mucho tiempo esta técnica de la vitrificación en diversos vestigios de Cuzco y sus alrededores, en los dos estilos antes mencionados y en diferentes tipos de piedra. 

La última información, a partir del análisis de una muestra, confirma que Alfredo estaba en el camino correcto. Los resultados demuestran que la composición de la capa superior de la muestra es muy diferente del resto de la piedra, que es una típica piedra caliza. La capa superior contiene significativamente más silicio y la composición es muy similar a la de la pintura cerámica. Así pues queda justificado afirmar que esta piedra debió ser tratada con una tecnología basada en la aplicación de calor.

Sacsayhuamán
La existencia de piedras vitrificadas se confirma en los clásicos tipos de piedra de los estilos Hanan Pacha y Uran Pacha. Se puede observar muchas veces una capa suave, delgada y uniforme, especialmente en aquellas piedras que de alguna manera han estado mucho más protegidas de la erosión, por ejemplo las que se encuentran dentro de las cuevas. En el caso de los muros con las juntas perfectas del estilo Uran Pacha vemos este fenómeno particularmente en las esquinas, donde las piedras parecen haber estado selladas juntas, mientras que otras piedras de esos mismos muros parece como si hubieran sido planchadas en algunos puntos.  Cuando se analizó en Europa una muestra de un monumento del Hanan Pacha se pudo apreciar que la capa superficial delgada tiene otra composición química, con una alta concentración de silicio, al igual que la composición de la pintura cerámica, lo cual confirma prácticamente el uso de calor. Asimismo, el análisis visual confirmó el efecto de refracción, muchas veces presente en la vitrificación, según había indicado Jesús Gamarra. Analizando este fenómeno en otras partes del mundo, ejemplos claros son los encontrados en las piedras de lugares como Egipto y Malta.

El quechua y el aymara son las lenguas más antiguas del mundo


Alfredo Gamarra conocía la relevancia de las lenguas quechua y aymara. Recientemente se ha propuesto la especial estructura del aymara como técnica de traducción automática informatizada, dado que el aymara no está basado en una lógica dual (verdadero o falso), sino en una lógica de tres valores. De este modo, es capaz de expresar sutilezas modales donde otros lenguajes han de recurrir a complejos circunloquios. Así pues, el aymara facilitaría la traducción de idiomas, tal como ha confirmado el investigador boliviano Iván Guzmán de Rojas, inventor del programa informático Atamiri. El aymara es tan perfecto que se ha llegado a sugerir que se trataría de una lengua artificial.

Alfredo dijo que el aymara, junto con el quechua, desciende directamente del primer lenguaje existente sobre la Tierra, lo que tendría confirmación a través de las semejanzas regulares que se dan entre el quechua y el aymara y otras lenguas de todo el mundo. Siguiendo la lógica de un solo lenguaje originario común, Alfredo consideró que ese origen estaba en Cuzco y que el quechua y el aymara eran los restos de ese primer lenguaje, la  lengua que la Humanidad tuvo que aprender después de la “confusión de lenguas”. Antes de ese tiempo, según Alfredo, los hombres se podían comunicar telepáticamente.

Asimismo, existe una larga lista de libros que tratan esta cuestión y que establecen una similitud entre estas lenguas y otras de Europa y Asia. Durante mi primera visita a Cuzco, antes incluso de conocer las investigaciones de los Gamarra, conocí a un hombre que hablaba ocho lenguas, y según él esto se debía a que tenía el conocimiento del quechua, lo que le facilitaba hablar las otras siete lenguas restantes. También argumentaba que el quechua debió de haber sido una especie de lengua raíz, lo que parece confirmarse por otras fuentes. Jesús Gamarra escribió un pasaje interesante sobre esto, llamado “La Primera Lengua”.

En tiempos arcaicos existían otras condiciones físicas en el planeta


Para mucha gente puede resultar increíble el hecho de que existiese una menor gravedad en el pasado, pero ello podría explicar muchos misterios del pasado. Después de oír esta propuesta de Jesús Gamarra, la investigué más a fondo y llegué a la conclusión de que existen varias indicaciones y pruebas que confirman una menor gravedad en tiempos remotos.

Cráneo alargado (Malta)
Alfredo Gamarra sostenía que, a causa de una menor gravedad y una menor presión atmosférica, las formas de vida en el pasado pudieron haber sido más grandes, como por ejemplo durante la era de los dinosaurios. Asimismo, estableció una relación entre el tamaño de los seres humanos y una gravedad menor, tomando como base las numerosas referencias a los gigantes en el pasado y a algunos hallazgos de huesos gigantes. Otro rasgo peculiar serían los cráneos alargados —que no deben confundirse con las deformaciones artificiales—, que aparecen el Perú (Cuzco, Nazca, Paracas...), así como en otros lugares como Malta o Rusia.

La población de la era Hanan Pacha pudo haber tenido cartílagos en vez de huesos (insinuado también en los trabajos de Madame Blavatsky), lo que haría muy improbable encontrar ningún tipo de resto. Estas gentes de los periodos Hanan Pacha y Uran Pacha pudieron haber sido los dioses y gigantes de los que nos hablan los mitos, leyendas y religiones. En esos tiempos sería más fácil para los humanos materializar el pensamiento, dado que toda la materia sería menos densa. En este sentido, los humanos tendrían más poder sobre la materia y los animales, y la comunicación sería por vía telepática.

Además, una gravedad menor supondría un menor consumo de energía para superar los efectos de ésta. Así, según Alfredo, un proceso de regeneración celular más lento y un bajo consumo de energía serían factores que facilitarían una vida más larga en tiempos arcaicos. De este modo, en la era Hanan Pacha la duración de la vida podría haber sido casi eterna, y de más de mil años en la era Uran Pacha, lo que no haría preciso corregir la extensa duración de las vidas mencionadas en la Biblia.

Este fenómeno podría explicar la gran longevidad de los personajes de la Biblia y de Egipto. La gravedad es la fuerza que a lo largo de nuestra vida nos tira hacia abajo, una fuerza contra la que tenemos que luchar las 24 horas al día. Si esta fuera menor, consumiríamos menos energía y ello comportaría un proceso de envejecimiento más lento de nuestro cuerpo. Asimismo, podría explicar también la diferencia de escala que vemos en ciertos vestigios antiguos comparados con otros más modernos. La diferencia de escala entre los estilos Hanan Pacha, Uran Pacha y el Ukun Pacha es obvio. Primero, se edificaba sobre las laderas de montaña o sobre enormes bloques de piedra. Más tarde, se construía sobre el estilo anterior con bloques perfectos, a veces gigantes, del estilo Uran Pacha. Y finalmente encontramos el estilo inca de piedras pequeñas o adobe. Y, una vez más, hallamos estas características en otras partes del mundo.

Otro de los elementos a destacar es la diferencia de escala de los seres vivos en el pasado. Existe una importante literatura que confirma la idea de un decrecimiento del tamaño de los seres vivos con el paso del tiempo, desde las formas gigantes (dinosaurios) a las más pequeñas; de hecho, de todas las criaturas de la Tierra existen ejemplares más grandes en el pasado. Esto también se aplicaría al ser humano, a partir de supuestas evidencias. Obviamente, este hecho está muy presente en todo tipo de leyendas, mitos y religiones de todo el mundo.

Representación de Pangea
En el ámbito geológico, la teoría de la Tierra en expansión –como por ejemplo constata el científico alemán Konstantin Meyl– muestra que todos los continentes encajan perfectamente en un globo terráqueo mucho más pequeño, que comprendería toda la extensión de la Tierra. Esto no puede ser una coincidencia. El encaje de los continentes del globo terráqueo en su tamaño de hoy no es tan perfecto; de hecho, Pangea, el supercontinente primigenio, pudo haber estado realmente en un globo terráqueo mucho más pequeño. A pesar de que la física no puede demostrar con argumentos cómo pudo haber sucedido semejante evento —lo que constituye la principal razón por la que no se acepta esta teoría— tampoco podemos rechazar o negar la evidencia arguyendo que no sabemos como sucedió.

Una gravedad menor también podría explicar por qué los humanos podrían haber tenido más poder cerebral y capacidades especiales como la telepatía, ya que estas circunstancias diferentes parecen haber tenido gran influencia en el ser humano a nivel espiritual y mental. Mi interpretación, basada en la manera de pensar de Alfredo Gamarra, es la siguiente: en el presente, debido a un mundo con más gravedad y más densidad de todos los materiales, nos es más difícil tener acceso al Campo (término utilizado por la autora Lynn McTaggart en su libro del mismo nombre). Según McTaggart: “…la conciencia humana era una sustancia fuera de los confines del cuerpo. Una energía ordenada elevada capaz de cambiar el mundo físico.” El Campo, en este sentido, es el Universo Interconectado, donde todo y todos están conectados. La razón y causa de menos interconexión y de la vida de separación y aislamiento del hombre moderno se debe especialmente a las circunstancias de mayor gravedad y densidad. Así pues, en un pasado remoto, con menos gravedad, sería mucho mas fácil tener contacto con el Campo, lo que se traduciría en mayores capacidades telepáticas, acceso más fácil a un conocimiento común, y resultados de intención más inmediatos. Lynn McTaggart intenta probar el efecto de la intención humana con sus experimentos sobre la intención, ya que está convencida de que tenemos la capacidad de fabricar nuestro propio futuro e influenciar en la materia con nuestros pensamientos. En mi opinión, la situación actual de la densidad/gravedad es la que impide ver un efecto inmediato en nuestras intenciones, pero en el pasado, con otras condiciones, sería mucho mas fácil hacer cosas de este tipo.

En el pasado existieron diferentes calendarios, según las órbitas de la Tierra


Alfredo Gamarra relacionó las épocas Hanan Pacha y Uran Pacha con calendarios inferiores a 365 días por año, cuando la Tierra estaría más ceca del Sol. Así, Alfredo pensaba que la Tierra habría formado parte del Sol y que poco a poco habría incrementado su órbita, alejándose cada vez más. Las tres últimas, incluyendo la actual, serían las que permitirían la vida humana sobre el planeta.

Puerta del Sol (Tiahuanaco)
La primera órbita con presencia humana habría sido en el Hanan Pacha, con un año de 225 días, un calendario que Alfredo identificó en la Puerta del Sol de Tiahuanaco (Bolivia). Esta época, caracterizada por un clima tropical en todo el globo, habría permitido la vida casi eterna (el paraíso terrenal) en una Tierra más pequeña, con los continentes más juntos y con menos gravedad. La segunda órbita, la del tiempo Uran Pacha, habría tenido un año de 260 días, lo que sería el calendario maya Tzolkin.

Las dos veces en que la Tierra cambió de órbita en la historia humana se corresponderían a la expulsión del paraíso y luego a la confusión de lenguas. Ambos momentos representaron un cambio en la gravedad, así como cambios físicos y mentales para la humanidad. Según Alfredo, el motivo decorativo de los tres lados escalonados, un símbolo que se encuentra en toda la cultura inca, sería un reflejo de este concepto de tres periodos/órbitas/mundos. Lo mismo se aplicaría al concepto de los tres círculos hallado en vestigios de todo el mundo como los tres círculos de Stonehenge, los tres círculos en la cima del Borobudur y los tres círculos del Moyuc Marka, en la parte alta de Sacsayhuamán.

Con respecto a otros calendarios en el pasado, resulta interesante retomar las investigaciones de Alfredo Gamarra en lo referente a que mucha información del pasado se podría interpretar literalmente. Así, al igual que la longevidad de las persona en el pasado, los gigantes, las personas con capacidades espirituales y mentales mucho mayores que las de ahora, también sería factible la existencia de calendarios más cortos en el pasado, como el Calendario Tzolkin y el Calendario de la Puerta del Sol de Tihuanaco. Normalmente se considera el Calendario Tzolkin  como un calendario lunar, que habría sido modificado artificialmente a 365 días para hacerlo encajar con nuestro mundo moderno. A su vez, el Calendario de Tiahuanaco ha sido interpretado por Erich von Däniken como un calendario de Venus, de 225 días. Pero en el pasado, estos ciclos más cortos tal vez reflejaban la órbita real de la Tierra, lo cual encajaría en la teoría general de una Tierra que se va alejando del Sol y que se expande mientras orbita. De este modo, la extinción de especies –especialmente las criaturas gigantes– pudo haberse debido a este proceso y no a las inversiones de los polos u otros desastres naturales. Asimismo, tomando la historia humana relatada en la Biblia, tendríamos aquí una explicación para la reducción de la longevidad del hombre, ya que con cada cambio de órbita la Tierra habría incrementado su masa y su gravedad. Alfredo tenía una explicación interesante de cómo los seis días de la Creación están reflejados en los monolitos de Ollantaytambo; concretamente dijo que fueron seis órbitas diferentes, antes de que empezara la historia humana.


La Gran Torre de Babel, en Sacsayhuamán



Monolitos de Ollantaytambo
En cuanto a los lugares sagrados del origen en el Perú, Alfredo Gamarra tuvo una experiencia de tipo paranormal cuando estaba en frente de los monolitos de Ollantaytambo. Parece ser que  recibió un mensaje, como una voz de su interior, con estas palabras: “Esta es la primera edición del génesis de las sagradas escrituras.” Sus investigaciones posteriores, tras esta experiencia, le inclinaron a pensar que muchos de los escenarios de las sagradas escrituras judeo-cristianas sucedieron en Perú, especialmente cerca de Cuzco. De hecho, hay muchas indicaciones que coinciden con las antiguas descripciones, tal y como confirmé con Jesús Gamarra.

Mi propia visión coincide con la reivindicación de Alfredo Gamarra de que Cuzco fue la Gran Babilonia, la ciudad que gobernaba todo el mundo, y que Sacsayhuamán, encima de Cuzco, podría haber sido la Gran Torre de Babel. Y aunque esta afirmación sea más bien atrevida, existen bastantes razones para pensar y creer así. Babilonia en Irak es una ciudad relativamente moderna, mientras que Cuzco, originalmente entre dos ríos, tal y como afirman los mapas antiguos de la ciudad, podría ser mucho mas antigua siguiendo la lógica de Alfredo Gamarra, con sus dos estilos de construcción extraordinariamente arcaicos.

Además, las descripciones de Babilonia y de la Torre de Babel (Etemenanki) de los historiadores griegos y los romanos coinciden con las características de Sacsayhuamán. Y recordemos que nunca se ha encontrado en Mesopotamia nada parecido a la Torre de Babel, donde se supone que debería estar. Aparte de estas referencias, existen en la Biblia otros  escenarios que bien podrían haber tenido lugar en el continente americano. Por ejemplo, según el explorador Gene Savoy, Ophir debía de haber estado en Perú. El documental Etemenanki y el libro Parawayso de Jesús Gamarra dan más detalles de este tema en concreto.

Conclusiones



Mis experiencias personales, que arrancan del rodaje del documental La Cosmogonía de los Tres Mundos, un trabajo que produje junto a Jesús Gamarra sobre la obra de su padre, son de alguna manera la confirmación de las conclusiones de Alfredo, que aunque puedan sonar un poco desubicadas, están mayormente respaldadas por pruebas objetivas, como hemos expuesto. Y ante todo, cabe destacar que los descubrimientos de Alfredo permiten explicar muchos misterios del pasado, gracias a que conectan muchos elementos concretos. Así pues, no hay necesidad, por ejemplo, de caer en la hipótesis alienígena por falta de explicaciones sobre fenomenología extraña o sobre determinados objetos o tecnologías.

Todas estas investigaciones, teorías y afirmaciones de los descubrimientos de Alfredo Gamarra deben ser evaluadas, desarrolladas y elaboradas con mayor profundidad, un trabajo que está llevando a cabo su hijo Jesús Gamarra. Las afirmaciones de Alfredo Gamarra son como poco atrevidas, pero podrían servir para atar los cabos sueltos de algunas teorías oficiales que todavía están por demostrar. Sea como fuere, el trabajo de Alfredo Gamarra es de gran valor, y esperemos que dentro de un tiempo se convierta en la base de futuras investigaciones que nos hagan entender mucho mejor el pasado remoto de la historia del ser humano.

© Jan Peter de Jong 2013


lunes, 20 de julio de 2015

¿Cómo se erigieron los obeliscos?





Muchos autores alternativos hace tiempo que vienen insistiendo en que el Mundo Antiguo era bastante más avanzado de lo que la ciencia convencional nos ha mostrado. Esta distorsión aparece en varios aspectos, siendo uno de los más destacados la tecnología constructiva. En este sentido, dichos autores han puesto el dedo en la llaga al afirmar que la realidad observable sobre el terreno, en forma de monumentos de todo tipo, y muy en particular los realizados con enormes bloques, no casa con lo que nos dice la teoría ortodoxa histórico-arqueológica. De este modo, no se explican cómo los antiguos pudieron realizar ciertas proezas con los recursos y la tecnología que tenían a su alcance (o la que se les atribuye) en su época, y sugieren que disponían de unos altos conocimientos y técnicas que la arqueología ortodoxa no quiere aceptar de ninguna manera.

En la mayoría de estos casos, la arqueología académica ha ofrecido diversas respuestas, si bien muchas de estas no pasan de ser de meras especulaciones basadas en los propios hallazgos arqueológicos, en antiguos documentos escritos o bien en ensayos de arqueología experimental[1]. Por otra parte, a veces se admite –con cierta honestidad digna de reconocer– que todavía no se sabe bien cómo hicieron determinadas cosas, pero que tal vez en el futuro las investigaciones sobre esta materia puedan dar respuestas más sólidas.

Obeliscos de Karnak
A modo de ejemplo muy significativo vamos a referirnos ahora a los famosos obeliscos del Antiguo Egipto, cuyo tallado, transporte y colocación ha sido objeto de numerosas conjeturas y polémicas. Y antes de adentrarnos en esta controversia, desearía dejar claro que una cosa es deslegitimar las explicaciones académicas y otra cosa bien distinta es poder proponer una teoría alternativa firme y viable. De este modo, el trabajo realizado por muchos autores alternativos se ha centrado en observar los restos arqueológicos y luego contrastarlos con la (presunta) tecnología de su época, a fin de destapar las contradicciones e incongruencias de las explicaciones oficiales. Desde luego, el objetivo final sería poder hallar respuestas certeras sobre el modo concreto en que se hicieron las cosas, pero eso ya es otro nivel. Lo cierto es que, a falta de pruebas arqueológicas contundentes, la mayoría de los investigadores alternativos también se encogen de hombros, si bien unos pocos se atreven a lanzar osadas hipótesis de alta tecnología –digamos– de “ciencia-ficción”, aparte de otras propuestas de gran imaginación[2].

Pero vayamos al origen de la polémica y veamos las dos caras de la moneda. La arqueología convencional nos dice que los obeliscos eran unas esbeltas columnas monolíticas de sección cuadrada que se asentaban sobre una base prismática y que estaban rematadas por una especie de mini-pirámide, llamada piramidión o piedra benben. Los obeliscos, que eran de granito o cuarcita, se decoraban con extensos textos jeroglíficos[3] y solían colocarse a la entrada de los grandes templos, normalmente a pares. En cuanto a su función, parece ser que los obeliscos ofrecían una cierta protección simbólica[4] a los templos y, al igual que las pirámides, tenían una relación directa con el culto solar. De hecho, el piramidión estaba recubierto de oro –u otro metal brillante– y tenía un fuerte efecto resplandeciente al ser iluminado por el Sol.

El ejemplar más antiguo de obelisco se remonta al Imperio Antiguo (en tiempos del faraón Userkaf, 5ª dinastía), pero su época dorada fue el Imperio Nuevo, aproximadamente entre 1500 y 1100 a. C. En lo que se respecta a su evolución, prácticamente no hubo grandes cambios a lo largo de los siglos, aunque sí cierta variación en sus proporciones. Así, encontramos bastantes obeliscos relativamente “modestos” de escasos metros de altura, hasta los 10, 12 ó 15. Sin embargo, hay algunos de tamaño muy considerable, que se sitúan entre los 20 y los 32 metros, y con un peso de unos cuantos cientos de toneladas.

Es muy destacable el hecho que ya desde la Antigüedad, los diversos imperios y naciones quisieron llevarse los obeliscos de su emplazamiento original, lo cual comportó enormes esfuerzos de transporte y colocación, no sólo en la Roma de los Césares sino también en la Europa moderna e incluso contemporánea. Los romanos, empero, fueron los primeros en comprobar la gran dificultad de tal tarea. Por ejemplo, a finales del siglo I a. C. el emperador Octavio Augusto fracasó en su intento de trasladar a Roma el obelisco del templo de Karnak (cuyo peso se ha calculado entre 320 y 450 toneladas, según diversas estimaciones realizadas), aunque sí pudo llevarse otros dos, cada uno con un peso no superior a las 235 toneladas. El emperador Constantino, tres siglos más tarde, sí consiguió llevarse de Egipto el obelisco mencionado, pero con la salvedad de que parte de la base resultó destruida en el intento. Otra hazaña de esa época fue el transporte de un gran obelisco a Constantinopla en tiempos del emperador Teodosio (hacia 390 d. C.); se trataba de un monolito de casi 30 metros y unas 380 toneladas de peso.

Obelisco de la Plaza de San Pedro (El Vaticano)
Más adelante, otros obeliscos fueron llevados a Roma y posteriormente a otras grandes ciudades como París, Londres, o Nueva York. El mayor obelisco transportado fuera de Egipto es el que actualmente está frente a la Basílica Laterana (Roma), con una altura de unos 32 metros y un peso de unas 455 toneladas. También es muy conocido otro obelisco de Roma, el que está en la Plaza de San Pedro (Ciudad del Vaticano), llevado allí en el siglo XVI, cuya erección costó no pocos esfuerzos de ingeniería y logística. Se dice que necesitó de unos 1.000 hombres, 140 carros de caballos y 47 grúas.

Ahora bien, volviendo al Antiguo Egipto y su “limitada” tecnología, surge el problema de cómo tallaron estos monolitos de mayor dimensión y peso, y sobre todo cómo los manejaron, esto es, cómo los extrajeron, transportaron y alzaron en su emplazamiento definitivo. Los antiguos egipcios no dejaron ningún documento escrito en que se explicasen estos procesos y tan sólo tenemos algunos grabados en que se muestran ciertas operaciones constructivas. Por tanto, existe aún un gran campo de especulación e incógnitas, y de hecho, los propios expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar los métodos y recursos empleados por los egipcios. Sin embargo, la arqueología nos ha proporcionado un resto material muy destacado, como es el enorme obelisco inacabado de Aswan (datado en el Imperio Nuevo), que podría darnos algunas pistas acerca de los procesos implicados, aunque, como luego veremos, los problemas son tan grandes como las mismas dimensiones de este monumento.

La explicación académica para el tallado se sustenta en los artefactos hallados en la propia cantera. Así, se da por hecho que los egipcios usaron una especie de mazas o martillos para picar o golpear la piedra. Estas mazas eran en realidad unas bolas de dolerita[5] de tamaño diverso (entre 12 y 55 cm. de diámetro) unidas a una baqueta o bastón, que al golpear repetidamente la roca irían produciendo un progresivo desgaste. De este modo se acabarían por crear unos fosos o pasillos alrededor del núcleo o cuerpo del obelisco. Una vez creadas las tres caras del obelisco sobre la roca madre, se procedería a ir rebajando la parte inferior dejando una estrecha franja en el centro, que luego sería desmoronada mediante el uso de palancas y piedras. Asimismo, para acabar de liberar el cuerpo del obelisco, se podrían haber empleado cuñas de madera de sicómoro que se insertarían en pequeñas hendiduras de la piedra. Luego, serían humedecidas y, tras exponerse al sol, provocarían la progresiva fractura del granito[6].

En lo referente a la extracción y transporte, el egiptólogo británico Reginald Engelbach propuso que el alzamiento del obelisco de la cantera se podía haber hecho con palancas y grandes cuerdas, si bien esto sólo resultaría factible para obeliscos de pequeño tamaño. En el caso de los grandes obeliscos, sugirió que el monolito era desplazado poco a poco por una rampa o terraplén artificial de cierta pendiente, si bien la fase final de colocarlo sobre su pedestal habría sido muy problemática debido al enorme peso del monolito. Para salvar esta dificultad, Engelbach propuso como mejor opción la construcción de un gran canal o foso en forma de embudo y relleno de arena, en el cual se deslizaría el obelisco. Seguidamente, se iría desalojando progresivamente la arena del canal hasta que el monumento adquiriera la posición vertical deseada.

Después tenemos el problema de mover el monolito hasta su emplazamiento final, cuando éste no estaba junto a la cantera. Aquí, se supone que el desplazamiento inicial se realizaba sobre trineos, sobre rampas o pistas preparadas, y con cientos o miles de personas tirando mediante cuerdas. Este escenario se sustenta, por ejemplo, en la representación de la tumba de un mandatario llamado Djehutihotep (12ª dinastía), en la que se ve cómo la gran estatua de este personaje es tirada mediante trineos por 172 hombres. También se aprecia cómo un hombre situado en la base de la estatua va tirando agua para reducir la fricción. De todas formas, esta explicación no deja de ser una hipótesis más de difícil comprobación. Finalmente, quedaría el complejo transporte del monolito a gran distancia, que se haría en barco por el Nilo, lo cual también comportaría enormes dificultades.

Lo que sí es cierto es que a finales del siglo XX se realizaron unos ensayos de arqueología experimental para tratar de ratificar las supuestas técnicas usadas por los egipcios, y los resultados fueron más bien pobres. Los ensayos realizados en 1994 y 1999 (en Aswan) fracasaron con un “ligero” monolito de 25 toneladas, peso muy respetable en sí mismo, pero que se quedaría en la gama más baja de los antiguos obeliscos. Finalmente, un tercer intento –con el mismo peso– a finales de 1999 llevado a cabo por un equipo de ingenieros y arqueólogos en Massachussets (EE UU) para la cadena de TV Nova terminó satisfactoriamente, pudiendo mover y alzar el obelisco con un método similar al procedimiento del canal de Engelbach[7].

Obelisco inacabado de Aswan
En definitiva, los propios egiptólogos reconocen que, en el caso de los obeliscos de gran altura y peso, el reto debió ser enorme para los antiguos egipcios, lo que hace acrecentar todavía más la admiración por esta gran civilización del pasado. No obstante, para algunos autores alternativos, el asunto de los grandes obeliscos, como el de Aswan, que mide más de 40 metros y pesa casi 1.200 toneladas, va más allá de la admiración y entra directamente en el terreno de lo inexplicable. Así, en opinión de estos autores, existen graves problemas y vacíos en las explicaciones académicas, que no resisten determinadas pruebas del ámbito de la ingeniería y la arquitectura.

En este contexto, quisiera destacar una recientísima aportación de Rik Negus, un técnico en arquitectura norteamericano, que en 2015 ha realizado cierto trabajo de campo en Egipto, plasmado luego en un artículo publicado en el sitio web de Graham Hancock. Negus ha tomado como referencia académica la conocida obra del egiptólogo egipcio Labib Hamachi The Obelisks of Egypt (1984), que a su vez se fundamenta en estudios anteriores y en particular en los trabajos ya citados de Engelbach. Su enfoque ha consistido en ir a los lugares arqueológicos y contrastar detalladamente la realidad observable en piedra con las apreciaciones de los arqueólogos, a fin de confirmar o desmentir sus hipótesis.

Sobre el obelisco de Aswan, la versión académica considera que la primera labor sería obtener una superficie lisa mediante la colocación de miles de ladrillos que se calentarían a alta temperatura y luego se enfriarían con agua, creando fracturas en el granito, con lo que la capa superficial de roca se podría romper sin mucha dificultad y se podría dejar razonablemente lisa. Luego, se insiste en el uso de las bolas de dolerita como medio para golpear y erosionar (que no cortar) la roca, lo que conllevaría la creación de las trincheras o fosos laterales que darían la forma básica al monolito. Para realizar dicha tarea, se emplearían miles de hombres, agrupados en equipos de tres, al objeto de que el golpe fuera dado con la fuerza y la precisión necesarias sobre la zona escogida.

Para Negus, estas explicaciones caen por su propio peso. Por un lado, se pregunta cómo pensaban calentar un área tan grande y con qué, y luego enfriarla, lo que requeriría una gran masa de agua. Además, es muy dudoso que se tuviera control sobre el proceso de fractura, nada fácil –por otro lado– al ser el granito una piedra particularmente dura. En cuanto al uso de las bolas de dolerita, Negus cree que la precisión y efectividad de este proceso serían muy bajas y que debería hacerse un experimento científico para comprobar si se podría o no erosionar de verdad el granito con este sistema.
Obelisco inacabado de Aswan
En todo caso, si hubiese empleado esta técnica, se debería observar un aspecto muy irregular en el foso, pero lo cierto es que el aspecto de éste es bastante regular, como si se hubiera cortado verticalmente, dejando un espacio mínimo uniforme de unos 50 cm. Asimismo, los lados del monolito muestran franjas de corte a espacios regulares de unos 20-25 cm., lo cual tampoco podría ser resultado del uso de las bolas de dolerita. El problema, desde luego, es que no tenemos idea de qué artefactos y qué técnicas se utilizaron para producir esos cortes, y Negus no tiene mejor respuesta. Finalmente, el tema de los miles (ni siquiera cientos) de trabajadores, no tendría pies ni cabeza dado el reducido espacio existente para maniobrar con eficacia.

En lo referente a la extracción del obelisco, la ortodoxia dice que se iría rebajando el fondo del obelisco y se iría sosteniendo con vigas o troncos de madera. No obstante, Negus, observando el lugar, estima que la tarea de romper la base de piedra central y poner palancas o vigas hubiera sido casi imposible dada la gran estrechez del espacio disponible. Y aun en el caso de que hubiesen podido poner las maderas, luego debían alzarlo y transportarlo aproximadamente unos 65 metros al área nivelada adyacente, unos 6 metros por debajo de la posición original del monolito. Por otra parte, para todas estas operaciones se hubiese necesitado mucha madera de grandes árboles, que son inexistentes en aquella región.

El siguiente paso sería el traslado del obelisco. Según la teoría de Engelbach, una vez despejado y nivelado el camino, el obelisco se habría arrastrado hasta el embarcadero, junto al río. Esta labor se podría haber realizado con trineos o rodillos de madera y unas 6.000 personas tirando del monolito mediante 40 grandes sogas de un diámetro de 18,4 cm. Rik Negus toma estos datos y extrae las siguiente conclusiones:

  • Debería haber 150 hombres por soga. Dando 1 metro de espacio por persona, estaríamos hablando de unos 150 metros de soga de casi un palmo de grosor (en sí mismo, un peso nada despreciable). Habría que ver cómo se podía agarrar bien semejante soga y luego tirar de un peso enorme ligado a ésta. Ello supone que cada hombre debía tirar de un peso de unos 154 kilos, sin contar el peso de la propia soga.
  • Existe la evidente paradoja de atar las sogas directamente al obelisco, pues si así se hiciese, las sogas interferirían con los rodillos. Pero es que, además, dado el gran diámetro de la soga, parece prácticamente imposible que se pudieran hacer nudos con ella alrededor del monolito.
  • La madera sigue siendo un problema; se necesitarían unos 40 enormes rodillos (uno por metro) de 6 metros de longitud y del mismo grosor, para que se produjera un rodamiento uniforme.
  • La superficie hasta el embarcadero debería ser perfectamente lisa y ligeramente inclinada, pero ¿cómo se maneja en bajada una mole de 1.200 toneladas sostenida sobre rodillos?

Obelisco de Luxor
Finalmente, Negus analiza las hipótesis de erección de otros obeliscos más modestos, como los del templo de Karnak (Tutmosis I y Hapshepsut), que no obstante son de casi 20 metros y unas 143 toneladas (el primero) y de 29 metros y 323 toneladas (el segundo). La explicación académica para esta tarea ya la hemos esbozado anteriormente: la construcción de una rampa y de un canal o foso lleno de arena, donde se acabaría colocando el obelisco en su emplazamiento definitivo. Negus examina esta hipótesis y –teniendo en cuenta el tamaño y peso de los obeliscos mencionados– aprecia una serie de inconsistencias.

En primer lugar está la propia construcción de la rampa que acabaría en un ángulo de unos 45º para el deslizamiento del obelisco en el canal de arena, todo lo cual ya sería una obra tremenda. Es complicado imaginar con qué material se construiría, pues debería aguantar el peso del obelisco y de los miles de hombres que tirarían de él, y la arena sería muy difícil de compactar para que pudiera resistir ese peso. Adicionalmente, Negus ha comprobado que en el lugar donde se erigió el obelisco de Hapshepsut, ya había allí antes otras estructuras, lo cual no habría dejado espacio para una rampa o construcción similar[8].

Sea como fuere, para arrastrar eficazmente el monolito y llevarlo al foso se debería hacer una rampa de un 10% (más inclinación comprometería mucho la labor de arrastre); eso supondría crear una rampa de unos 20 metros de alto, 210 metros de longitud y unos 6 metros de ancho, con unos 37.250 m.³ de tierra o material compactado. En todo caso, acomodar a tantos miles de hombres allí ya sería un problema, y también cabe pensar que al final de la rampa ya no sería posible que todos pudiesen tirar del monolito para completar el tramo restante[9].

Ahora bien, una vez llegados al final, de la manera que fuese, el obelisco caería en el foso de arena y no es de esperar que fuese de manera perfecta. Posiblemente, la arena quedaría aplastada y dispersada, y no habría forma de controlar bien la posición del obelisco. Para evitar esto, Negus sugiere que sería mejor construir una estructura de madera o piedra alrededor de la base, pero aún así no se podría garantizar la manejabilidad del obelisco.

En suma, para concluir su estudio, el investigador americano considera que el trabajo llevado a cabo por los egipcios fue de gran mérito, no sólo en el tallado y manejo de los obeliscos, sino en la precisión y calidad de los acabados, en la perfecta simetría de las caras y en el pulimento y grabado de las superficies, y todo ello realizado (supuestamente) con mazas de madera, martillos de dolerita y cinceles de cobre. Con todo, una vez vistos los resultados sobre el terreno, Negus afirma que debió existir una tecnología desconocida capaz de llevar a cabo estas tareas, y que la vía propuesta por los expertos de la egiptología jamás aportará las respuestas adecuadas.

Y bien, volviendo a las consideraciones iniciales, podemos decir que la civilización egipcia sigue en medio de una batalla entre la egiptología tradicional y las visiones alternativas. Lo que está claro a estas alturas es que muchas de las explicaciones convencionales cada vez se sostienen menos, a la vista de los argumentos de tipo técnico que van apareciendo. Sin embargo, como hemos visto, los alternativos no pueden aportar aún una versión consistente sobre “la verdad” de la antigua tecnología egipcia. Podemos decir que muy probablemente no lo hicieron del modo que nos muestra la egiptología, pero tampoco hay pistas claras sobre una cierta tecnología fabulosa que se escapa a nuestro entendimiento. De aquí surgen los dos escenarios en liza: ¿Estamos simplemente minusvalorando las capacidades de la civilización egipcia tal como la concebimos? O bien, ¿Tendremos que admitir que los antiguos egipcios disponían de una tecnología tan avanzada o más que la nuestra, lo cual choca frontalmente con la visión evolutiva y progresiva de la historia?

Para finalizar, creo oportuno exponer una visión que aúna en su justa medida el conocimiento técnico con el egiptológico. El famoso autor Robert Bauval, egiptólogo amateur, es también ingeniero profesional, lo cual le permite opinar con conocimiento de causa en el tema del movimiento y erección de grandes pesos. Así, con respecto al obelisco inacabado de Aswan dijo lo siguiente:
«Esto va más allá de mi entendimiento: hoy en día no hay medio de transporte capaz de mover tal objeto; se tiene que diseñar una plataforma específica para mover esta clase de peso. Tenemos, primero, que tallar tal objeto en la roca viva –que ya es un problema– y luego extraerlo y alzarlo, y finalmente transportarlo hasta el templo y erigirlo. No sé cómo podríamos hacerlo.»[10]


No hace falta añadir mucho más. Si para la modernísima y avanzada  tecnología del siglo XXI, el obelisco de Aswan es todo un reto, qué podemos decir para una civilización de la Edad del Bronce...

© Xavier Bartlett 2015





[1] Estos ensayos son muy loables por cuanto se intenta imitar o reconstruir al máximo los medios técnicos de las antiguas culturas de hace miles de años. Con todo, en bastantes casos, tales ensayos incluyen especulaciones, expectativas y factores que pueden estar marcados por el sesgo de nuestro pensamiento actual. A veces estos experimentos funcionan y a veces fracasan estrepitosamente, pero incluso cuando son exitosos es prácticamente imposible asegurar que en el pasado las cosas se hicieron de tal modo. Simplemente, se aporta una explicación razonable basada en la propia experimentación, pero no se puede decir que “seguramente se hizo así”. Además, cabe destacar que –en lo referente a grandes construcciones– muchas veces las pruebas se hacen en pequeña escala, lo cual desvirtúa en gran parte la validez del experimento.

[2] Una de estas propuestas “imaginativas” fue la de la doctora Maureen Clemmons, que hizo una serie de experimentos con cometas para comprobar si la fuerza del viento podía elevar un obelisco. Tras varias pruebas pudo alzar un monolito, pero de tan solo 11 toneladas.

[3] Normalmente, dichos textos aludían al nombre y títulos del faraón que había promovido la obra, al dios al que se dedicaba el monumento o a ciertos eventos históricos.

[4] De hecho, la palabra egipcia para obelisco era “tejen”, que significaba defensa o protección.

[5] Material más duro incluso que el granito.

[6] En realidad, este sistema se ha propuesto para todas las obras megalíticas de la prehistoria y el Mundo Antiguo

[7] De todas formas, es oportuno mencionar que el trabajo de preparación se realizó con tecnología moderna, lo cual introduce una distorsión en la reconstrucción del método antiguo, y afecta a la validez del experimento.

[8] Según la fuente Karnak Digital Time Map (http://dlib.etc.ucla.edu/projects/Karnak/timemap)

[9] Negus cree que para un obelisco de 323 toneladas, se necesitarían muchísimos hombres para arrastrarlo –aún con rodillos– por una superficie levemente inclinada y que tal vez no cabrían en la propia rampa, por no hablar del problema ya citado de atar grandes sogas al monolito.


[10] Afirmaciones realizadas en una entrevista concedida a la revista digital Dogmacero, nº 2 (2013)